Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XIV

Pleitos internacionales.  Cerruti.  Reclamación del <<Star and Herald>>.  Puchard y Antonio José Restrepo. Epoca de monopolios.

 

Pleitos internacionales.

         La Regeneración no fue afortunada en el manejo de varios y disímiles pleitos internacionales, como consecuencia de contratos y desacertadas resoluciones administrativas. Cada uno fue intrincado y lleno de sorpresas económicas en las condenas.

El Gobierno suspendió el Star and Herald, tratándolo con el mismo criterio con el cual manejaba la prensa liberal. Pero sus directores no se detuvieron en reclamar. La repercusión sobre el manejo de la libertad de prensa, se extendió con un análisis que perjudicaba la imagen colombiana. La condena la registran como de treinta mil dólares. Otros hablaban de cantidad más alta. En las cartas de Martínez Silva que se comentan en este escrito, habla con insistencia sobre otro caso: el de Cherry. Cuenta cómo se perdió el pleito ante la primera autoridad judicial, que se interpuso el recurso ante la Corte de Apelaciones de Richmond y que quedaba aún por intentar otro ante la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos. La condena fue por la suma de cuatrocientos mil dólares. 176 «Sobre los doscientos mil que nuestro inolvidable don Miguel Antonio le regaló a aquel aventurero. Para surtir un trámite de apelación, hay que depositar quince mil. Los he pedido a la casa comisionista en el negocio del canal, la Fould Fieres, y contesta no han recibido la orden de Bogotá y, además, hay que pagar a nuestros abogados. Esto es horrible, humillante, y luego nos quejamos de que nos traten como nos tratan».  Era tal el cúmulo de reclamaciones contra Colombia, que el presidente Sanclemente en carta dirigida a José C. Borda 177 en la cual se lamenta que como consecuencia de estos litigios «el fomento, que es otra misión del Gobierno, esté paralizado...». Pero lo esencial de su preocupación se encuentra en estas palabras: «Como usted habrá visto en las recientes publicaciones hechas en el Diario Oficial, el Gobierno está interesado en poner término honroso a las reclamaciones fiscales que hay pendientes... abrigo la esperanza de que  transadas que sean nuestras actuales cuestiones financieras, de acuerdo con el decoro nacional, las rentas públicas mejorarán...>

Cerruti

    Un tema que aparece con frecuencia es el referente a la reclamación de Cerruti. Lo menciona la prensa; se refieren a él los ministros; celebran como una proeza el haber pagado esa acreencia. ¿De qué se trata? De algo muy simple, elemental y de ocurrencia diaria, en esa época regeneradora, contra los liberales. El, era un súbdito italiano. Se estableció en Colombia y puso unos negocios en compañía de gentes liberales muy reconocidas del Cauca: el general Tomás Rengifo, quien peleó en la época de la guerra del 85 y don Jeremías Cárdenas, ambos de mucho ascendiente entre sus copartidarios. El había entregado al Gobierno liberal de 1876 sus mercancías y dio así apoyo indirecto a la legitimidad. Había que cobrarle ese hecho. En la guerra de 1885 arremetieron contra sus propiedades. Quedó en situación tan difícil que no podía liquidar sus negocios. Su reclamación se enderezó a que le pagaran «las pérdidas y daños en las propiedades en el Estado (ahora departamento) del Cauca..., durante los trastornos políticos de 1885».   Antonio José Restrepo 178 publicó en Lausana su libro Cuestiones colombianas: con Venezuela, con Costa Rica, con el Ecuador, con Inglaterra, con los Estados Unidos, con Italia. El caso Cerruti. La sentencia de Cleveland. Sus consecuencias necesarias. ¿Hubo alta traición?

Esta reclamación se planteó en el gobierno de Caro. De suerte que a Sanclemente le tocaron sus consecuencias.  La discusión legal duró cerca de trece años. Fueron partes actuantes: una comisión en Bogotá, el rey de España, que falló a favor de Cerruti; después el presidente Cleveland de Estados Unidos, quien también condenó a Colombia a pagar US$60.000. Después el Gobierno italiano envió una misión militar marinera, al mando del almirante Candiani, que se situó en Cartagena. Extrañamente fue recibida, atendida y agasajada por los funcionarios de esta ciudad. Ha sido uno de los episodios más vergonzosos de nuestra vida republicana.  

Nuestro país presentaba objeciones al fallo. En Italia, se volvió problema nacional. En el Parlamento de este país, interrogaban a los ministros por qué no se había cumplido la sentencia arbitral. Era materia que conocía el Gobierno colombiano en detalle. Hay una carta del embajador José Marcelino Hurtado en la cual confiesa «que en el año de 1898 hubo en el Parlamento italiano más de una interpelación sobre el asunto Cerruti», lo que es la pura verdad. Nosotros, con no ser ni regeneradores ni empleados de la Regeneración, pudimos leer en los periódicos suizos y en los mismos de Italia que se venden aquí, hasta dos interpelaciones que daban mucho en qué pensar, que eran tan serias como fue angustiosa la situación de Laoconte y sus hijos entre las roscas de las serpientes que los estrangularon desde febrero decía el subsecretario Bonin, respondiéndole a Santini que lo interrogaba para saber por cuál razón el Gobierno de Colombia después de haber aceptado en la cuestión Cerruti el arbitramento del presidente de los Estados Unidos, persistía en no dar cumplimiento a una parte de aquel laudo, que era una sentencia arbitral, como quien dice inapelable y firme:

«Por razones de deferencia internacional el Gobierno italiano ha creído conveniente dejar al de Colombia todo el tiempo necesario para mejor considerar la cuestión y disipar todo equívoco. Esperamos a conocer la definitiva decisión de aquel Gobierno, confiados en que será satisfactoria, conscientes de nuestro buen derecho y del deber que nos incumbe de hacerlo respetar».  

El 10 de julio de 1898, es citado el embajador Hurtado a la Cancillería italiana e inmediatamente comunicó a Bogotá. Era la notificación que llegarían sus fuerzas militares a Cartagena. A pesar de que se transmitió la noticia, no se hizo nada para evitar la afrenta, y luego, el bochornoso espectáculo de los cartageneros atendiendo al invasor. El ministro encargado de Relaciones Exteriores y Caro, su jefe, callaron. La opinión pública no tuvo información. El comandante italiano Candiani ha podido quemar a la ciudad, como en 1815 lo hizo Morillo. Restrepo considera que a los funcionarios, por callar, se les podía juzgar como traidores de la patria.  

Restrepo refiere en su libro que «la liquidación y pago de las deudas Cerruti debe haberse terminado, sin necesidad de que Italia, como lo dice el telégrafo, «vele por el laudo Cleveland, estando aquel Gobierno moralmente obligado a obtener la completa ejecución de ese fallo». Millones cuesta al país esta aventura de los tiempos de Núñez y seguro que otras aventuras de los tiempos de Holguín y Caro, aventuras cuya solución está pendiente, costarán más aún».  

Es cuando Carlos Martínez Silva 182 escribe contundentemente:

«Los seis años de Gobierno del señor Caro constituyen la más grande catástrofe que ha sufrido este país. La desorganización de la Hacienda Pública; la bancarrota fiscal; el enorme déficit en el servicio del Tesoro; el abandono de la instrucción pública; el desgreño en todos los departamentos administrativos; las humillaciones impuestas a la nación por el mal manejo de las Relaciones Exteriores; los fraudes y violencias en las elecciones; el opacamiento y mengua de los caracteres; la corrupción como medio y sistema de Gobierno; la desorganización y desprestigio del Partido Conservador; la opresión del liberal; todo eso y mucho más que sería largo enumerar, es lo que el señor Caro nos presenta como argumento de hecho en apoyo de sus teorías».  

Cuando Colombia resolvió impugnar el fallo, ya se había convertido en ley de la República con el número 55 de 16 de noviembre de 1894. Hubo imprevisión en el análisis de este negocio.

Las repercusiones del caso Cerruti, interesaba a los más lejanos países. La Nación de Buenos Aires, en 19 de septiembre, publica: «Italia, La cuestión con Colombia. El arreglo pactado. Dificultades que le precedieron» y dice así:  

«La prensa italiana reproduce un artículo del Times sobre la cuestión Cerruti, que ha llamado la atención y en el cual su autor dice que para darse cuenta de la conducta del Gobierno colombiano, es necesario ir más allá de las causas aparentes y buscar una influencia oculta: la del clericalismo.  

«Cerruti, prosigue el autorizado diario londinense, era anticlerical, el Gobierno que lo hizo arrestar y después lo puso en libertad, era clerical, por lo tanto, las fuerzas que se le oponían en Roma y en Bogotá no eran las que se oponen a quien pide dinero a un gobierno. Según se afirma, entraron también en juego las fuerzas disciplinadas de la diplomacia clerical. El Vaticano hizo suyo el asunto. Pudiendo decirse que trató de conseguir simpatías en el exterior. Por otra parte, no hay dudas que existió la resistencia en Bogotá.  

«Todo el mundo comprenderá que no era este el modo de obtener que el Gobierno italiano cediera en cualquiera de sus pretensiones, ni que el ministro Pelloux, que había tenido razón para sospechar de la conducta del Vaticano respecto de las recientes tentativas revolucionarias en Italia permitiese a un débil gobierno extranjero, supeditado por consejeros hostiles, el prolongar indefinidamente una violación de la buena fe internacional a costa de un súbdito italiano.   

«El Times halla oportuna y justificada la actitud resuelta de Italia, y aprovecha la ocasión para hacer algunas observaciones melancólicas sobre los malos resultados de este ensayo de arbitraje internacional en un asunto clarísimo entre dos pueblos de raza latina: Ha sido necesario, dice, la amenaza de una acción militar para que Colombia se sometiese a las condiciones impuestas por el arbitraje Cleveland. Los Estados Unidos no deben estar muy satisfechos de la república sudamericana».   

Se unían otros sentimientos para no querer cancelar las obligaciones con Cerruti. Este había peleado al lado de Garibaldi cuando la lucha por la nación italiana contra el Vaticano. Entonces, era réprobo. La clerecía lo señalaba como un hombre de libertad europea, creando así en la Regeneración, las mayores resistencias. Por este lado oculto, hay que buscar muchas explicaciones acerca de lo que aconteció. El periódico La Vera Roma considera que Cerruti debe reducir a sus «límites debidos sus pretensiones». Hace referencia el escrito a que el eximio delegado apostólico monseñor Vico «no tiene títulos para injerirse en la cuestión; pero no dejará de aconsejar prudentemente... acerca del ex garibaldino Cerruti».   

El asunto tuvo los más inquietantes perfiles diplomáticos. Colombia no quería admitir que los negocios de Italia los representara aquí ningún otro gobierno. Fueron momentos muy tensos. The Morning Post escribía el 27 de septiembre: «Negarse Colombia a aceptar al ministro británico como representante de los intereses italianos allí, argüía el señor Canevaro, era una violación del derecho de gentes, mucho más estando en paz los dos países. Parece que ahora Colombia lo ha llegado a entender así, y que se ha tirado al suelo firme, abandonando la insostenible posición a que le habían inducido a encaramarse los consejos del nuncio papal monseñor Sibilia. En los círculos del Vaticano se murmura que monseñor Sibilia será retirado de Bogotá por cuanto seguía allí una política que no era la ideada por el Vaticano. Esta entidad tiene en Colombia intereses muy sólidos, que se extienden a mucho más que a los solos intereses religiosos de la nación. Colombia está hoy prácticamente en la posición de Estado vasallo de la Santa Sede, y paga anualmente  20.000 de tributo al tesorero del Papa...».

 El poder clerical pudo emplear en esa época, la tormentosa fuerza que le había entregado el poder civil.  

El 29-XII-1898, el gobierno colombiano firmó un convenio con los agentes diplomáticos de Alemania, Francia y Gran Bretaña «para confiar a una comisión internacional el cumplimiento del artículo 5° del laudo de 2 de marzo de 1897 del presidente de los Estados Unidos...». El negocio tenía complicaciones de interpretación jurídica. El Gobierno Nacional ha debido presentar una serie de argumentos legales para no aplicar el arbitraje. Pero no tenía condiciones políticas, ni internas ni externas, para manejar la situación. El caos administrativo y la impericia gubernamental, no permitían tener orden en la conducción de asuntos tan enojosos. Además, era consecuencia de la impericia con que se dirigían los asuntos en el furor político. A Cerruti hubo que pagarle directamente sesenta mil libras esterlinas y, luego, cancelar los créditos que él debía atender. El Repertorio Americano escribía: «He aquí lo que nos sale costando en dinero, fuera de humillaciones y de gastos diplomáticos, el vandálico atropello cometido por el Gobierno del general Pay{an en el Cauca, la impericia con que se manejó en sus principios este asunto, tan fácil y económicamente arreglable, y la desidia de que dio pruebas respecto de él, como de todos los asuntos públicos, la inolvidable administración del señor Caro.

«El arreglo de que damos cuenta fue comunicado por los ministros en Bogotá a sus respectivos gobiernos, y ha sido definitivamente aprobado.

«Grato nos es consignar aquí que a la feliz terminación de este asunto contribuyó de una manera especial y acaso decisiva la mediación de dos distinguidos extranjeros, el señor Nic. Krohne, representante de uno de los más fuertes acreedores de Cerruti, y el señor Oliver R. Sweeny, súbdito inglés, representante de la Compañía de Navegación en el Pacífico, lo mismo que la del señor Tomás Herrán, nombrado intérprete de la comisión después que se separó del Ministerio de Instrucción Pública. Igualmente es digna de todo elogio la conducta del señor José María Núñez Uricoechea, miembro de la comisión por el Gobierno, por la manera como sostuvo y defendió los intereses de Colombia. Puso él término a sus servicios en este asunto, cediendo los $3.000 que le correspondían de honorarios al Lazareto de Agua de Dios. Lo propio hizo el otro miembro de la comisión, señor Kopp, quien favoreció con suma igual al Hospital de la Misericordia que se está fundando en esta ciudad».

Reclamación del «Star and Herald»

    El 9-11-1885, el presidente del Estado Soberano de Panamá, publica un decreto que en el artículo 4° dispone que serán considerados «auxiliadores y promotores» a quienes alienten, auxilien, estimulen la rebelión.

En Panamá circulaba como diario el Star and Herald, y La Estrella como semanario. Se ponen a las órdenes del general Rafael Aizpuru, que organizaba la resistencia junto con Carlos A. Mendoza. El día 20, lanza una edición en la cual apoya el desmembramiento: Panamá no debe estar más atado a los avatares de Colombia. El razonamiento es el siguiente: en esta nación hay muchas revueltas que no interesan a los panameños y tienen que pagar contribuciones y se toman contingentes humanos para combates que no se relacionan con sus vidas.

Entonces, el presidente, general Ramón Santodomingo Vila, dicta su resolución —del 26-III -1886— por la cual suspende el Star por sesenta días. Sus editores iniciaron su defensa. Se amparaban 180 en los siguientes supuestos: «En contra de la legalidad de esa medida se alegará: 1° La disposición constitucional, entonces todavía vigente, sobre libertad absoluta de la imprenta; 2° El Decreto número 43 de 13 de marzo de 1886, en que el gobernador, declaró libre de censura los actos oficiales de carácter puramente administrativo y local; y 3° El hecho de que habiendo dispuesto el Gobierno Nacional, con fecha 15 de julio de 1885, durante la guerra civil, suspender todas las publicaciones periódicas de la República, el editor del Star and Herald expresó su esperanza de que su periódico no estuviera comprendido en la medida, y obtuvo del presidente este despacho por cable: «Bogotá, septiembre 15 de 1885. Star podrá publicarse considerándose empresa industrial, principalmente como demostración aprecio a Estados Unidos. Confíase guarde estricta circunspección sobre asuntos políticos. Núñez».

Los argumentos que se esgrimían contra los que presentaba el Star, se pueden resumir así:

«Pero a esas razones puede notoriosamente replicarse con estas tres: 1° Cuando el Star and Herald fue suspendido, la Constitución de Rionegro había cesado de regir, y lo que imperaba en el país era el estado de sitio, bajo el cual cesa la garantía de los derechos individuales; 2° Las medidas censuradas por el Star no eran de carácter puramente local, que el honrado gobernador Santodomingo quería no eximir del examen público, sino de carácter nacional, sobre las cuales no le era potestativo permitir el mismo amplio examen, y respecto de las cuales su propio decreto dejó, como no podía menos, subsistentes las restricciones impuestas por las resoluciones del Ejecutivo nacional; y 3° Que el propio cable de Núñez estableció las condiciones con que se permitió al Star seguir publicándose: la de considerarse como empresa meramente industrial, y la de guardar estricta circunspección política, y eso como excepción que demostraba aprecio por los Estados Unidos. El periódico aceptó esas condiciones, tácita o expresamente, puesto que siguió publicándose; pero al violarlas, entró en la regla general de la suspensión decretada, voluntariamente, con conocimiento de causa y sin derecho a quejarse.»

El Gobierno Central, desde Bogotá, pide que se rebaje la pena:  

«Bogotá, abril 5 de 1886. Santodomingo-Panamá. No dudo sobraría a usted razón para suspender Star & Herald, 60 días. Agradeceríale, no obstante, si fuere posible, rebaje suspensión a veinte días en obsequio a nuestras relaciones cordiales con Gobierno americano. Vicente Restrepo, secretario».

   Viene un diálogo telegráfico en el cual la actitud complaciente desde Bogotá y la resistencia, asistida de dignidad, del general Santodomingo Vila terminan por despojarlo de su cargo: «General Santodomingo-Panamá. Ordena Gobierno restablezca inmediatamente publicación Herald, sin réplica. Restrepo, secretario».

El íntegro militar creyó que ceder era contrario al orgullo del nombre colombiano y a su propio honor, y antes que plegarse, prefirió renunciar su empleo.

Entonces el propio encargado del Poder Ejecutivo telegrafió:

«Santodomingo Vila, Panamá. Orden restablecer Herald exige cumplimiento perentorio. Si prefiere usted separarse, encargue Gobierno a general Julio Rengifo.J. M. Campo Serrano».

El general Santodomingo contestó con estas viriles palabras:

«Presidente República. Bogotá. Prefiero separarme a continuar expuesto a recibir órdenes que humillen la honra, la dignidad y la soberanía de la nación, como las que han motivado mi renuncia. Transmitiré el Gobierno al general Rengifo. Santodomingo Vila».

El Herald triunfante volvió a desplegar al viento sus páginas parciales.

Viene la reclamación. El Gobierno colombiano sostiene que «ningún gobierno es responsable —de conformidad con la práctica de las naciones de la legislación internacional— de los actos que ejecuten sus agentes, si sus procedimientos no se hallan en perfecta conformidad con las atribuciones que la ley les confiere, o con órdenes o instrucciones que el mismo Gobierno les haya comunicado».

El Gobierno de Estados Unidos interviene a favor del Star y el Departamento de Estado asume la orientación de la reclamación. Es cuando Mr. Hay contesta: «El Estado es responsable de los actos de sus altos empleados civiles y militares, ejecútense o no con su autorización. Si el Estado desaprueba el acto, no es por eso menos responsable del perjuicio causado. La aprobación de tal acto podría en algunos casos conducir a las más serias consecuencias, que su desaprobación prevendría; pero aprobado o desaprobado el dicho acto, el daño injustamente causado deberá compensarse. No hay principio de derecho público más sólidamente reconocido que este».

Se volvió pleito de nación a nación. Hay muchos incidentes de picaresca, de imprecisión, de falta de claridad, de alevosía, etc., que se van desarrollando entre Estados Unidos y Colombia. Se piden, finalmente, 91.000 oro, como valor de los perjuicios sufridos. Dice El Autonomista, en su crónica, que «por la misericordiosa generosidad de Mr. Hay y de su Gobierno, la indemnización fue reducida de noventa y un mil pesos a treinta mil pesos oro».

El periodista escribe indignado: «La enérgica protesta que contra esta iniquidad no formuló nuestro Gobierno, nosotros la formulamos contra él. Es preciso patentizar que su conducta discrepa en absoluto del carácter colombiano y de las tradiciones nacionales. Reprodujimos la valerosa proclama del general Santander en un caso semejante. En nuestro artículo 'Nueva humillación', escrito en noviembre sobre este mismo asunto del Star and Herald, citamos aquellas nobles palabras del secretario Lino de Pombo, dirigidas en ocasión solemne a la misma nación que hoy nos ultraja:

«El Gobierno considera irresponsable a la República, y consiguientemente no puede prestar su aquiescencia a las demandas de indemnización que se le hacen, sea cual fuere la cifra en que se la estime. Esta no es cuestión pecuniaria sino de principios».

El Gobierno Nacional pagó en «atención a las difíciles circunstancias actuales del país y a las apremiantes gestiones hechas en nombre del gobierno de Estados Unidos...».

Punchard

    El caso de la Punchard, es muy complejo. Hay varios escritos de Rafael Uribe Uribe 181 en los cuales cuenta en detalle cómo fue el procedimiento y la responsabilidad que le corresponde a Caro por las modificaciones que le introdujo a los contratos que había acordado el departamento de Antioquia con la casa constructora del ferrocarril Punchard, Mc., Taggart, Lowther & Co. de Londres. Ese es realmente el origen de la reclamación. Aparece explicado, con detalles, precios, valor por kilómetro en el extenso escrito del caudillo. Pone en cabeza de Miguel Antonio Caro la responsabilidad.

Punchard y Antonio José Restrepo

   La intención de examinar la casa de Santiago Pérez, era para crear atmósfera contra este. Quien había sido agente de la Punchard fue su hijo del mismo nombre. Para crear una suspicacia extraña, detuvieron a Antonio José Restrepo, que había sido abogado de la compañía. Fue un combatiente parlamentario liberal, distinguiéndose como orador y por su humor periodista de agresivas acometidas. Autor de varios disímiles libros. Entre otros sobresalen: Fuego graneado. El cancionero antioqueño, Sombras chinescas, Núñez Futuro imperialismo, Prosas medulares.   Entonces, él escribe una carta en su estilo peculiar.182

    «Es verdad que el hecho de haber sido y ser (por mucha honra mía) abogado de la Compañía Constructora del Ferrocarril, y de ganarle a ella un sueldo que el señor Spencer reputa de moderado y que yo reputo de exiguo, según el trabajo y la responsabilidad que me acarrea, deben de constituirme, ante la benevolencia de algunos de mis amigos, y ante la pronta benignidad del misericordioso público, en un directo responsable de todo lo que se haya pasado en ese asunto de tanta trascendencia, si algo se pasó que fuese injusto. «Pero a pesar de esto, y no embargante el sentirme aquí en mi calabozo más delincuente que un Tropman, vuelvo a preguntarles a los que no sean cretinos, aunque sean cotudos, ¿me rigen por la ley de los caballos, por el derecho común, o por la ley del embudo o por la del birlibirloque?». Restrepo continuó en su ejercicio profesional.

      Así lo cuenta su biógrafo Alirio Gómez Picón:183 «Restrepo defendió con singulares bríos la causa de la Casa Punchard ante los tribunales del país y luego ante los extranjeros. Con ese objeto fijó su residencia en Lausana y a fines de 1889 fue fallado favorablemente para los intereses de sus poderdantes que lograron un millón de francos como indemnización, gracias a los alegatos insuperables de Restrepo. «Por esos días defender el derecho en cabeza de un extranjero era considerado por gentes pacatas como un acto desdoroso. No podía escapar a la crítica apasionada e interesada, y, desde luego, a los ataques de los envidiosos. Pero Restrepo supo responder arrogantemente cuantas veces le echaron en cara estas actividades profesionales absolutamente lícitas. En La Tribuna, su diario bogotano, decía en tono desafiador estas palabras: «Yo soy el viejo dogo de los Punchard, defensor de sus dineros, con honra para mí y para el foro de Colombia». «Y realmente la actuación suya fue irreprochable como lo demuestra el resultado del litigio internacional.

Con su genio festivo y socarrón agregaba: «Siendo, como soy, un poeta sin consonantes, un abogado sin clientes, un hombre sin dinero, un ciudadano sin valimento, ¿a qué cúmulo feliz de circunstancias le debo esta fortuna de conocer las prisiones ? ...» y ya irguiéndose, agregaba: «Sea lo que fuere de la hora presente, y traiga el porvenir en sus días más sombras para las frentes que instantes para las vidas, esta mía podrá acabarse como se apaga un fósforo, pero la otra, mi frente honrada de trabajador y de patriota, no se abajará manchada ante mis iguales, pero mucho menos ante la pléyade de hombres ilustres que puedan pretender oscurecerla». Ni se la oscurecieron ni se la mancharon. De la prueba salió su reputación ilesa.»

Epoca de monopolios

Para agravar más los males de la vida fiscal colombiana, en esa época prosperaron los monopolios: el de licores, el de los fósforos, el del manejo de las rentas fiscales de los departamentos. Muchos de ellos fueron defendidos con ardentía por los conservadores cuando el pensador y jefe doctrinario Rafael Uribe Uribe proponía en el Parlamento que ellos desaparecieran.l84 Inclusive había liberales atados mercurialmente a ellos y, desde luego, no querían que se restringieran. Administraban estos beneficios exclusivos y personales, que dañan a la comunidad, con largos provechos individuales. El monopolio rompe el equilibrio social. Este es materia sugerente para un estudio fiscal y de desarrollo económico que tampoco se ha adelantado. El sistema ayudaba a que fuera más confuso el mundo oficial
de la vida colombiana.

Uribe Uribe presentó proyectos de ley; visitó departamentos para constatar la forma como se hacían las trampas «legales» para la adjudicación; señaló los daños que se incubaban en la vida de los gobiernos y, desde luego, que se reflejaban en la colectividad. Es otro aspecto que ayuda a hacer, en esa época, más confusa, oscura y dramática la vida de los colombianos. Haciendo el caudillo el análisis de lo que sucedía en el Tolima, señaló cuáles son los defectos del monopolio como tesis general: «Nació esa negociación en las sombras, la realizaron personajes de esos que sólo buscan la satisfaccción de criminales apetitos, y de los detalles se encargaron los agentes de aquellos que se gozan en quitar a los pueblos el fruto de
su trabajo honrado».

Es otro daño que crece e inunda la vida colombiana en la época regenerativa. Los monopolios manejaban la vida nacional. Algunos conservadores confunden su existencia con la prolongación de la Regeneración. Es materia para analizar detenidamente desde el punto de vista doctrinario y fiscal. y contar cómo eran las vivezas de los rematadores.

i En ese momento, los de los fósforos, aprovechaban la malas venturas del papel moneda y las aulagas del Gobierno en la guerra !

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176. Por qué caen los partidos; obra citada.(Regresar)

177. El Autonomista. No 117, 28-11-1899. (Regresar)

178. Antonio José Restrepo: Cuestiones colombianas. Imprenta Jorge Bridel & Co. Lausana, 1899. (Regresar)

179. Carlos Martínez Silva: Repertorio Americano. Volumen XVIII. Agosto de 1898, No 4. (Regresar)

180. El Repertorio Colombiano. Volumen XIX. Febrero de 1899, No 4. Páginas 313 a  315. (Regresar)

181. El Autonomista. Serie V, No 107. 12-II-1899, páginas 2 y 3. (Regresar)

182. La Regeneración...; obra citada. (Regresar)

183. Alirio Gómez Picón: Semblanza de Antonio José Restrepo: vida y ejemplo para una juventud. Medellín, 1956. (Regresar)

184. Otto Morales Benitez. Selección y prólogo: Nuevos aportes de Uribe Uribe al pensamiento social. Antología No 2. Colección Secretaría.(Regresar)  

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