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Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XIII
Sanclemente vende su
vajilla.
La austeridad de
los gobernantes colombianos fue proverbial. Hacían una vida de permanente combate por sus
ideas; se movían intensamente para levantar sus criterios y sus concepciones acerca de la
patria. Se desenvolvían buscando respuestas a sus afanes internos. La concupiscencia
económica no era su norte. Podían equivocarse, y abusar de sus poderes, desviarse de los
criterios democráticos, pero no se comprometían en granjerías. Tenían un respeto
natural por el mandato que recibían de su pueblo. Eran austeros, severos en el manejo de
sus deberes éticos.
Manuel Antonio
Sanclemente declaró que no recibiría dineros de la dictadura de Marroquín. Las
necesidades lo asediaban. Pero cumplió su palabra de procer civil. Este gesto, enaltece
su existencia. El 3 de febrero de 1902, tuvo que apelar a su vajilla familiar y le escribe
a don Eduardo Gerlein:
«Por motivos especiales he resuelto vender
cuarenta y ocho libras y unas onzas de plata, labrada en tiempo antiguo para servicio
doméstico, la cual le entregará a usted el señor don Manuel Narciso Jiménez, suegro de
usted y amigo mío; y como usted tiene una agencia de negocios, le estimaré la ofrezca en
ella para ver si hay quienes la compren, guardando la proporción debida con el cambio
actual, y si posible es que paguen la obra de mano de muchas de las piezas propias para el
servicio de familia. Informado usted de ambas cosas, sírvase usted darme aviso con el
primer portador que se presente para decirle en definitiva si debe proceder a la
enajenación, pues usted comprenderá que no me conviene disponer de un valor real por
billetes depreciados sino por un precio que me satisfaga».
El 7 de marzo, su hijo Sergio se dirige al mismo
comerciante, para decirle que el presidente Sanclemente «lo autoriza a usted para que,
estimulado por el interés que muestra en su favor, proceda a celebrar el contrato... y le
estimará sirva remitirle esa suma con portador seguro por tener urgente necesidad de
hacer uso de ella para sus gastos...».
Allí aparece la imagen del hombre de honesta
vida política. Es la gran tradición colombiana. Su enseñanza debe repartirse para que
se detenga el deterioro de la vida nacional. Para que los que luchan políticamente gocen
de oráculos altos para consultar, como dice el poeta.
Rafael Uribe Uribe nos cuenta cómo ha sido esa
tradición ética de la nación:
«El general Santander muere de sentimiento
porque en esta misma Cámara lo acusa injustamente el general Borrero de no haber manejado
con limpieza el empréstito de los treinta millones; el doctor Márquez baja pobre de la
Presidencia, pobre vive y pobres deja a sus descendientes; la hija del general Mosquera,
viuda del general Herrán, presidente, embajador y hombre de grandes empleos, ha vivido
siempre con sus hijas del fruto de su propio trabajo, en el profesorado y otras
ocupaciones tan laboriosas como poco productivas; ni López ni Obando dejan al morir
caudales de ninguna consideración; el doctor Ospina fue la probidad pecuniaria
personificada, así en lo privado como en lo público; Mallarino da, como gobernante y
como ciudadano, ejemplos de honradez que no sé bien si sus herederos han seguido; el
doctor Berrío gobierna ocho años el rico departamento de Antioquia, y a la semana
siguiente de dejar el empleo no tiene con qué hacer los gastos de mercado para proveer su
despensa; el mismo Mosquera, general victorioso, dictador omnipotente, varias veces jefe
del Ejecutivo en paz y en guerra, ministro en el exterior, y descendiente de familia rica,
testa por todo haber las fincas de Coconuco y Paletará y una casa en Popayán, todo por
un valor que no alcanza a cuarenta mil pesos, esto es, lo que un regenerador se gana de
una vez en un mal contrato. El doctor Murillo fue en Colombia cuanto un hombre puede ser
como hombre público durante largos años, y sin embargo su noble viuda ha vivido y vive
en suma estrechez; el general Salgar entra rico a la Presidencia, sale de ella pobre y
muere dejando a su familia en la medianía, después de que para evitar hasta la sombra de
la sospecha, va en persona a prender al responsable de la falsificación de sentencias de
la Corte Suprema, siendo así que después no hemos visto extenderse el bastón del
presidente sino para cubrir la impunidad de los panamistas y de los clandestinos. ¿Quién
no conoce la proverbial honradez del doctor Santiago Pérez? ¿Quién no lo ha visto ganar
su vida dando lecciones después de haber sido primer magistrado de la República?
¿Quién no sabe la suma escasez de recursos que padece en el destierro? He aquí un rasgo
suyo poco conocido, que da idea de lo que se entendía por probidad en los tiempos
anteriores. Enviado después de la revolución del 76 a comprar armas para el Gobierno en
los Estados Unidos, solicita los precios de varias fábricas, los compara cuidadosamente
con la calidad del artículo, y acaba por preferir la casa que lo ofrece en mejores
condiciones;formulada la cuenta por los vendedores aparece en ella una prima personal de
cinco mil pesos oro, ofrecido por ellos al doctor Pérez, por la preferencia que les
había otorgado, advirtiéndole que ninguna dificultad debía oponer para aceptarla,
porque esa era la costumbre comercial del país. Aceptola, en efecto, el doctor Pérez,
más para hacerla figurar en sus cuentas al Gobierno, como menor valor de la compra de los
elementos de guerra, pero sin advertirlo, sin jactarse de ello como de acción meritoria,
sino en cumplimiento del sencillo deber de no apropiarse una suma que en su opinión
pertenecía al Tesoreo Público, aunque nadie habría podido jamás comprobar su falta de
delicadeza si de contrario modo procede. El mérito oculto de esta acción, ejecutada
sólo por respeto a la máxima de que el primer testigo de nuestra virtud debe ser nuestra
conciencia, no ha llegado a descubrirse al cabo de los años sino por una indiscreción de
la casa vendedora. ¡Qué contraste no habrá ella advertido cuando ha tenido que tratar
con los agentes enviados por la Regeneración a Nueva York, a comprar armamento, buques,
vestuarios, etc.! El doctor Parra, de quien puedo disentir, no en doctrina sino en
procedimientos políticos, pero cuyo nombre, al brotar de mis labios en este instante, me
haría quitar el sombrero si lo tuviese puesto, en señal de respeto por sus virtudes
públicas y privadas; el doctor Parra, para retirarse con licencia de tres meses a
descansar de las inmensas fatigas de la lucha, manda buscar privadamente mil pesos
prestados para sostenerse en su retiro, suma que un regenerador desdeñaría para
arriesgarla en media hora en el tapete verde o para disponer la más insignificante de sus
francachelas. Sobre la memoria del general Trujillo podrán pesar algunos errores
políticos, pero lejos de empañarla ningún acto de improbidad, su limpia honra brilla e
ilumina la pobreza de sus hijos. La viuda de Otálora ofrece al Congreso su fortuna
personal para responder a las calumnias contra su esposo muerto; Hurtado sale de limosna
para el destierro; Santos Gutiérrez, el general Acosta... pero señores, ¿para qué
continuar esta enumeración, si todo mundo sabe que hasta la venida del régimen imperante
la regla de la probidad pública no tuvo excepción ni en los presidentes, ni en los
ministros ni en los miembros del Congreso, ni en los magistrados, ni en los gobernadores,
ni en los responsables del erario, ni en los que desempeñaron cargo alguno, alto o bajo,
considerable o insignificante, y eso sin distinción de épocas ni de partidos?».
Al final, trae el cuento de don Santiago Eder en
cuanto a la manteca y los gatos y concluye:
«Lo que son los gatos, digo yo, esto es lo que
son los regeneradores ricos, por ahí están y todo mundo los conoce, ¿pero dónde están
el Tesoro Público y las obras de progreso?».
Esta venta de la vajilla enaltece la vida
histórica de Sanclemente.
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