|
Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XII
(2 parte)
Medallón de Aquileo Parra
Mala información crítica sobre don Aquileo Parra tienen los colombianos. La pasión
política ha disminuido su estatura de hombre de gobierno y su visión del destino
nacional. Con sus padres y hermanos, libró una batalla cerca al río Suárez para
establecer una fundación agrícola y ganadera. Luego, después de correr las letras de
bachillerato, entró a participar en una agitada y constante correría de manejo de
mercancías, aprovechamiento de baldíos, establecimiento de compañías para abrir
caminos y organizar desplazamientos por los ríos. Conoció a la patria, recorriéndola
por malas trochas, en barquichuelos sin acondicionamientos técnicos, en las mulas de
noble estampa, capaces de vencer dificultades en las montañas. Desde muy niño, fue
hombre de trabajo. No dejó de impulsar una acción dinámica como hombre de diferentes
empresas. Sus enemigos han querido presentarlo como un simple buhonero. Se mencionan
algunas de sus acciones mercuriales para tratar de rebajarle su perfil de político y de
hombre de Estado. Pero sus posiciones frente a los problemas regionales y nacionales; sus
actuaciones políticas; el ambiente en el cual se movió y las posiciones que ocupó y las
soluciones que entregó con inteligencia y equidad; su examen de los hechos y sus más
sobresalientes protagonistas, desvanecen esos juicios menesterosos.
No queremos apelar a ninguno de sus panegiristas. Vamos a tomar sus Memorias
173
para que
nos demos cuenta de cómo manejó los temas; de qué manera se fue integrando al mundo
político y logró que se le diera un alto sitio en la consideración pública. Su primera
vinculación con los problemas políticos sucedió cuando el golpe de Meló el 17 de abril
de 1854. Realiza una tarea tan importante, que Mosquera, hombre de agudo conocimiento de
los hombres, pues los manejó de todas las dimensiones, lo nombró gobernador, apenas
saliendo de la adolescencia. Obró en el Gobierno con energía y con prudencia. Esta, fue
signo de su existencia. Cuando Salgar ejercía de presidente del Estado de Santander, se
toma la resolución de elegirlo designado para que ocupara ese cargo de inmediato, pues el
titular debería desplazarse a otras preeminencias.
|
|
Aquileo
Parra
|
Sin humildad, pero con claridad, explica que aún no tiene suficiente madurez ni
ascendiente sobre la opinión de su región que aún no lo conocía, para
ocupar un sitio de responsabilidad donde la autoridad necesita consentimiento colectivo.
Aparece el ser de razonar sereno. Después de la Esponsión de Manizales, que no la firmó
Ospina Rodríguez, ni la consintió Sanclemente que era su ministro de Gobierno, Murillo
Toro, que ya era una especie de genio político en ascenso en la República, lo llama para
consultarle acaeceres y soluciones.
En Vélez, donde tenía el centro de sus negocios, estaba atento a los hechos sociales.
Por allí se llegaba a la capital del Estado. Quienes tenían jurisdicción y mando en el
Gobierno o en la dirección política, lo buscaban. Lo mismo sucedía con quienes tenían
representación nacional o comarcana. Era hombre de consejo. Su palabra se escuchaba desde
su primera juventud. Sus diálogos sirvieron para orientar muchas acciones administrativas
y conductas políticas. A los veintiocho años, sus coloquios con Murillo Toro recaían
sobre materias graves: la organización fiscal, los diferentes tipos de impuestos, la
manera de garantizar sufragio limpio y completo, las más justas formas de federalismo, el
manejo de las libertades públicas. Se necesita tener ya una formación para afrontar, con
hombre de tanta pericia como Murillo, temas que rozan con la maestría del conocimiento de
las tareas del Estado.
Fue parlamentario activo y eficaz. Tenía
actitudes orientadoras en asambleas públicas. Vélez lo eligió dos veces diputado muy
joven. Desde esa edad estuvo en contacto con los problemas administrativos y ayudando a
manejar hombres claves en el destino del área. En 1856, se crea el Estado Soberano de
Santander. Se le elige para integrar la Asamblea Constituyente de Pamplona, que dicta la
primera Constitución, el 11 de noviembre de 1857. Carlos Restrepo Piedrahíta así lo
registra.174 Desde luego, allí se consagraron libertades, sin límite, y se
proclamó la defensa de los principios esenciales, que, en esta época, llaman
fundamentales.
La política nacional de Ospina Rodríguez
desata la guerra. Su reforma electoral de 1859 impulsó la rebelión. Su actividad
política estimuló acciones desviadas contra el Gobierno legítimo del Estado Soberano de
Santander. Se desató así el mayor número de protestas. A este torbellino colectivo, se
unió el proceso electoral. El escrutinio nacional se le entregó a un Consejo que no
garantizaba el recuento limpio. Las medidas se censuraron por la prensa liberal. No se
escucharon las observaciones. Pero el espíritu de combate se exacerbó cuando Ospina
escribió: «Es que todos comprendemos que es necesario exterminar al partido contrario a
toda costa; eso dice la razón, esto explica la conciencia pública». Ospina perdió la
guerra que le propuso Mosquera. Así se llegó a una nueva Constitución.
Tenía tal aceptación y se le entregaba respeto
entre sus conciudadanos que lo eligen miembro de la Constituyente de Rionegro. Era el más
alto reconocimiento que podía recibir, en esos días, quien actuara en la política.
Siguiendo sus Memorias, se aprecia la intensidad
del trabajo que se realizó; la dimensión de los conflictos doctrinarios que se
suscitaron; el alcance de la nueva organización que se daba a la República. Las páginas
que escribe acerca de ese proceso doctrinario, uno de los de mayor grandeza nacional, son
reveladoras de su agudeza política; de la prodigiosa habilidad para relatar
acontecimientos; destacar sus posturas ideológicas; sus enfrentamientos por principios
administrativos. No se puede escribir con tanta seguridad y conocimiento, si no se tiene
ya una propia y personal disciplina intelectual sobre materias tan inquietantes.
Lo primero que relata es el forcejeo entre
Mosquera, con su prestigio tradicional y el que lo asistía, en esos días, por el triunfo
de la revolución contra Ospina Rodríguez. Este pretendía que no se tocara el Pacto de
la Unión de los Estados Soberanos que se había suscrito meses antes. Ello implicaba que
sus cláusulas serían las que finalmente subsistirían. Era tanto como cercenar las
posibilidades de cambio que estimulaba y consagraría la reunión de la Constituyente. Los
paisanos de Parra entre los cuales podemos mencionar a valores bien señalados de la
patria como Felipe Zapata y Foción Soto, lo escogen para que tenga la
representación y hable en nombre de la delegación. Para ello se requiere que el escogido
entrañe el criterio de la autoridad. Luego, la misma Constituyente lo nomina para
integrar el grupo de plenipotenciarios que deben reformar aquel pacto. Mosquera, en ese
momento, amenaza con abandonar, con los caucanos, la Asamblea. Parra, con clara
energía, sin alardes, se enfrenta a Mosquera para indicarle que esa voluntad de los
integrantes de la Constituyente, no puede él doblegarla con amenazas. Se necesita valor y
crédito entre los colegas para tomar actitudes tan firmes ante el caudillo de soberbio
perfil.
Hay otra sucesión de momentos en los cuales la
actitud de don Aquileo, definió y señaló un derrotero a la convención de Rionegro.
Eran posiciones de hombre que mediante su reflexión doctrinaria advierte cuáles son las
necesidades nacionales. No anda con cálculos. Su entereza moral lo ampara y guía. Con
Camilo Antonio Echeverri, Silva, Gómez Santos, Zapata como lo consigna este
Parra propone que la capital del país sea Panamá. La propuesta la avala y explica
Núñez y la apoya Mosquera. Las consideraciones deben leerse con afán de comprender las
razones tan poderosas, nacionales e internacionales, que justificaban esa solución. En
esa augusta Asamblea, se discute, con detalles, lo que puede acontecer con Panamá.
Algunos constituyentes consideran que si no se ponía máxima atención al istmo, se
podría hundir la posibilidad de conservar ese territorio. Se enjuició duramente la
actitud de Pedro Alcántara Herrán quien, desde 1860, había solicitado a Estados Unidos
que ocuparan el istmo.
Queremos señalar la importancia de lo que
cuenta Parra. Son vitales los temas que trata. En sus páginas aparecen los asuntos
relacionados con la federación, los conflictos con el clero, las manos muertas, etc. Cada
uno de los temas se estudian con seriedad y con profundidad. No hay asunto que no tenga un
análisis severo y revelador de las posiciones ideológicas, jurídicas, de alcance social
y político.
Su juicio sobre la Constitución de Rionegro,
levanta esta a la dimensión de página de riguroso valor en cuanto a la concepción
orgánica del Estado y la valoriza en cuanto a su dimensión política.
«De los defectos de la Constitución de
Rionegro, sea cual fuere su número y gravedad, puede decirse lo mismo que de los
preceptos del decálogo, que se encierran en dos, a saber: la implícita
descentralización del orden público, y las condiciones impuestas para la reforma del
mismo código, condiciones o requisitos que equivalían en la práctica a una verdadera
prohibición.
«Por lo demás, ese documento honrará siempre
al partido que lo dictó por haberse mostrado en él consecuente con las doctrinas
políticas que había predicado en la oposición. Es un código francamente republicano
liberal; sin cobardes aplazamientos, como los de los artículos transitorios de la
Constitución del 86, y sin emboscadas siniestras, como la famosa orden verbal, vigente, y
de cotidiana aplicación en el actual régimen. Cuenta la historia que el vencido en la
batalla de Filipo, a tiempo de darse la muerte exclamó: «¡Oh virtud! no eres más que
un sueño». Imitando al ilustre romano, podríamos exclamar hoy los colombianos: ¡Oh
libertad en la justicia! ¡no sólo eres para quien aquí os invoca nombre vano sino
también falsa divisa!
«La Convención de Rionegro pasará a la
historia como una de las corporaciones políticas más dignas, independientes y laboriosas
que ha tenido el país. Lo primero, como rasgo característico de aquella asamblea, es
generalmente conocido; y en cuanto a lo último, bastará observar que en los ciento cinco
días que duró reunida, tuvo ciento cuarenta y tres sesiones, y que aparte de la
Constitución obra laboriosísima expidió treinta y dos leyes casi todas
ellas de interés general. Digno es también de notarse que acabando de salir de una larga
y cruentísima guerra, en la que tantos ciudadanos sacrificaron la vida en servicio de la
revolución, y en la que muchos de los sobrevivientes ejecutaron acciones distinguidas de
valor, solo cuatro decretos de pensiones y recompensas expidió la convención. Después
se dictaron otros por los siguientes congresos, pero nunca se llegó a la prodigalidad que
se ha visto en estos últimos tiempos. Ya se ve: el mercantilismo político, que la
Regeneración ha bautizado con el nombre de apaciguamiento,
bien que conocido y practicado desde tiempo inmemorial en casos particulares, nunca, hasta
el año de gracia de 1886, se había visto elevado a la categoría de sistema político,
proclamado sin escrúpulo e implantado sin rubor a la faz de la nación».
Después de ese magno suceso histórico, regresa
a presidir la Asamblea de su Estado. En 1865, lo eligen senador y renuncia porque él no
está convencido de que la votación se haya ajustado a los más elementales principios de
libertad en el sufragio. Dice que se debe dar ejemplo sobre materia tan trascendental para
la paz pública colombiana. Luego, va al Senado y le da posesión a Mosquera. Le repite
que debe ceñirse a la Constitución y a la ley, recomendación que era aconsejable por su
tendencia a desbordar los principios. Le indica que se está viviendo un momento
trascendental, porque existe el propósito de aclimatar las reglas jurídicas en la
acción del gobierno. Y que el destino del país no se puede atar a ningún interés
partidista. Que el jefe de Estado debía tener la devoción y la inclinación
insustituible de ser jefe nacional. Luego, cuenta la lucha que se debe adelantar para
librar al país de los monopolios, porque estos estorban el proceso natural de crecimiento
de una nación.
Se refirió en su discurso a las materias más
preocupantes en la vida nacional. Lo hizo con el acento que poseen los jefes. No eran
palabras circunstanciales sino las que cabalmente definían una conducta política.
En sus Memorias
hay riqueza en la descripción en cuanto a las guerras que le tocó presenciar. Tanto las
regionales que, a veces, obedecían a intromisiones del poder central o como consecuencia
de las medidas que tomaba este y que dañaban la vida de la comarca.
Leyéndolo, advierte uno que tenía juicios muy
penetrantes acerca de los hombres. Con visión profética. Este es un don político
inapreciable. El que actúa en la política necesita mucha penetración para descubrir las
calidades de los seres. Gobernar, a veces, no es más que elegir: señalar colaboradores,
dirigentes públicos, realizadores comprometidos con la comunidad.
Parra gozaba de concepciones clarísimas que se
inclinaban a favorecer una constante defensa del sistema federal. Por sus Memorias pasan demasiados episodios históricos,
relatados con prudente orden, sin exaltación, dando claridad sobre cada acontecimiento.
Tiene predilección por asuntos regionales, pero entrelazándolos con los nacionales.
No pierde el sentido de integración. Pasan por
sus capítulos el origen de las leyes, sus alcances, lo que preveían y querían
controlar. También las reformas constitucionales en el Estado de Santander. Los hechos de
la República lo preocupaban y les da el carácter que tienen y, a la vez, indica cuáles
son sus rumbos.
Lo que revela su condición más íntima, es que
no utiliza palabras ligeras, ni juicios precipitados, ni razonamientos improvidentes. En
su escritura sobresalen la mesura y el equilibrio. Dice como síntesis: «la verdadera
modestia, aliada con una bien entendida firmeza, debería ser, pues, base esencial de
educación de los pueblos de nuestra raza». No se deja desviar en lo que cree. Cuando
Mosquera renuncia, se produce una gran conmoción. El no se deja arrebatar y termina
afirmando: «Habiendo llegado el
general
Mosquera a la cumbre de la grandeza y del poder, se halla en el
punto desde el cual no puede dar un paso sin
descender». Ese volumen reúne discursos, juicios sobre los fallos de la Corte con sus
personales explicaciones. Sobresale la claridad, la limpieza idiomática, el sereno
razonar.
Sus preocupaciones tuvieron algunos nortes bien
precisos: educación, caminos, agricultura y ganadería, comercio, pureza del sufragio,
función de la prensa política, religión como medio de evitar pugnas entre los
colombianos.
Quienes señalan que era de pocos
deslumbramientos y sólo lo aceptan como comerciante, deberían de leer estos capítulos.
Desde luego, en muchos de sus enemigos, priman los prejuicios, resabios y desvíos que
acicatearon la guerra de 1876. Continúan apegados al odio irracional de esas horas
turbulentas.
Aparecen en sus libros las citas en francés con
máxima naturalidad. Participa en la discusión de hasta dónde debe llegar la libertad
del uso de la palabra, contradiciendo tesis de Louis Blanc. Cuando relata por los caminos
que atravesó con sus negocios particulares, se preocupa de describir las tribus, sus
costumbres y sus ritos. Cuando está hablando de constituciones, lo acompañan las
palabras de Laboulaye con el apoyo del examen de las cartas magnas. También son citados,
sin artificio, sin acomodo innecesario: Démostenos, Montaigne, Thiers, César Cantú,
Spencer, Montesquieu. No son citas de pedante erudición. Son las referencias que aparecen
con naturalidad en medio de la escritura. Esto no se logra sino existe una cercanía de
lecturas al autor mencionado.
Cuando describe un viaje a Estados Unidos y
Europa, se hacen visibles su capacidad de observación y cómo reacciona su sensibilidad a
ciertos estímulos del arte. La naturaleza le compromete su atención y anota los cambios
que advierte en su peregrinaje. Como relieva que la miseria agobia a muchos países que
presumen de administrar la civilización en el mundo. Señala la ventaja que tenemos en
Indoamérica, en cuanto a la propiedad: esta no se recibe por privilegio de la sangre,
sino de conquista en las colonizaciones y de trabajo contra propietarios que abandonan sus
tierras. Es la lucha contra los títulos de quienes no tienen voluntad de adelantar
labranzas.
Cuando se encuentra con Florentino Vesga en
París, este le pregunta qué se llevaría de esa ciudad. Contesta con la sabiduría de
alguien que tiene sus vocaciones estéticas bien definidas: el Museo de Louvre, un teatro
con sus cantatrices, incluyendo a la Parri y el vino de Burdeos. ¡Esto no lo contesta un
simple comerciante! El recorrido va indicando lo que lo atrae y lo apasiona. Son buenas
referencias que enriquecen su mundo interior. No es el viaje de un bárbaro. Cuando es
adecuado, aparecen los juicios de Taine, o los de Jefferson, o son explícitas las
referencias a Ticiano, Tintoreto, Pablo Varones, la Venus de Mediéis, el Perseo de
Benvenuto Cellini. O puntualiza cómo es el encanto de la Plaza de San Marcos. Es el
registro de un hombre que tiene bien abiertas sus antenas espirituales. Lo mismo que lo
entusiasma la evocación de Garibaidi y sus hazañas, las de Mazzini o los fabulosos
tesoros de la Capilla Sixtina.
Examina los gobiernos de Santos Gutiérrez,
Salgar, Murillo Toro. En el de este, comienza lo que él llama su vinculación con la
política nacional al aceptar la Secretaría de Hacienda y de Fomento. Luego, es reelegido
por Santiago Pérez.
Más tarde, aparece el relato de su elección de
presidente de Colombia. Sólo registra el momento en el cual se posesionó. Publica los
discursos que se pronunciaron por el presidente del Congreso y el suyo. Allí se detienen
las Memorias. Es una lástima grande que no haya
dejado el estudio y balance de su administración. Le tocó afrontar la guerra de 1876 que
organizaron los conservadores de Antioquia y el Tolima, donde gobernaban. Triunfó Parra
contra ella en forma total. En su discurso de posesión, dice algo que levanta su sentido
ético de la vida, que fue mandato capital en su lucha: «Mis actos como funcionario
público, especialmente en la administración de la Hacienda Nacional, acaso se pusieron
alguna vez, no en la balanza de la justicia, sino en el crisol de las pasiones de partido;
pero mi honra fue siempre respetada, y ni aún mi amor propio llegó a sentirse
lastimado».
Carlos Arturo Torres, en página que publicó en
El Liberal Ilustrado, dijo que Parra era «como
una iluminación serena».
El
Manifiesto de Vargas Santos
Retirado
Parra de la jefatura del partido, es elegido Gabriel Vargas Santos, después de que no
aceptó don Sergio Camargo. Aquél principió a cumplir los mandatos que había recibido.
La guerra ya estaba en medio del torbellino nacional. Lanza un manifiesto en el cual se
hacen explícitos cuáles son los propósitos, afanes, intereses y vocaciones del
liberalismo. En sus palabras campea una fuerte conciencia de la unidad nacional, que debe
guiarnos. No es un combate por sutilezas. Es que el entramado político se ha roto en la
República. No hay palabra que no explique el alcance nobilísimo de una lucha por llegar
a tener los derechos que se le negaban al partido por la Regeneración. Su texto
172
es realmente impresionante por la altura
espiritual que guía sus palabras:
«Dirijo una guerra, a la cual dan inspiración
e impulso los más levantados ideales de libertad y de justicia: Domina el norte de la
República; se levanta imponente en todos los ámbitos del país y, con paso firme y
seguro, avanza, hora por hora, terreno que amplía su campo de acción y ensancha su base
de operaciones».
«Los ejércitos liberales luchan por establecer
en este país efectiva y definitivamente la República...».
«Por parte del liberalismo no ha sido abierto
en esta lucha el propósito de reponer instituciones y de incidir en prácticas que no se
conformen con el sentimiento nacional».
«Aspira... a renovar en nuestras prácticas
administrativas las ya olvidadas tradiciones de una severa honradez».
«Propende porque la Constitución Política se
conforme a la estructura social».
«Es su propósito, robustecer... la unidad
nacional».
«Que se deje a cada entidad política la
autonomía y los medios necesarios para impulsar su progreso y procurar su propio bien».
«Luchar porque sean los individuos y los
pueblos los que dispongan de su suerte».
«Respeta y garantiza, por lo mismo, el
sentimiento religioso, naturalmente católico, del pueblo colombiano, y otorga a los
sacerdotes toda la consideración que se merecen, en cuanto no tomen su augusta misión de
paz, en baluarte y propaganda de la guerra».
«Rehabilitar nuestro sistema monetario».
«Restablecer la responsabilidad de los
mandatarios y la limitación de sus funciones a la simple misión de resguardar el
derecho».
«Clama por establecer en materia de
contribuciones una austera economía».
«Acabar con el odioso y suicida distingo entre
compatriotas vencedores y vencidos».
Líneas sobre Vargas Santos
Vargas Santos era un viejo militar. Estaba
retirado en los Llanos, dedicado a sus labores en el campo. El país tenía memoria de su
heroísmo y de sus intervenciones de hondo calado en la vida política de la mitad del
siglo. Se le conocía por su desinterés, su entereza moral, y su valor personal «que
llegaba hasta el asombro». Amó a su partido y sus ideas. Nunca vaciló en sus afectos
doctrinarios. En la guerra de 1876, organizada por los conservadores de Antioquia y el
Tolima, básicamente para cambiar los efectos de la revolución económica en torno de la
tierra y en el afán de devolver los bienes a la Iglesia, lo mismo que la educación, se
le reconocieron a Vargas Santos sus acciones de gran pericia guerrera. Lo mismo sucedió
en 1895. De suerte que contaba con un nombre que sobresalía entre los conductores.
Max Grillo,
173
en su libro Emociones de la guerra, cuenta cómo
fue la incorporación de aquél a los designios de la contienda y qué estampa admirable
la que irradiaba su figura humana:
«El anuncio del arribo del patriarca llanero
designado conductor del liberalismo, colmó de regocijo. El joven vencedor, [se refiere a
Uribe] contento con el vaso de gloria que le habían servido los hados en una hora
magnífica, se dirigió al encuentro del jefe a quien él había sacado triunfante en los
comicios del partido. «El día fue solemne, el momento grandioso. «A modo de un profeta
que abandonaba su reino, la gruta donde todas las verdades lo visitaron y todas las
contemplaciones interiores le enseñaron su doctrina, el anciano Vargas Santos aparecía
con aureola de patriota prudente, de sabio sencillo, de corazón bueno, habituado a sentir
con nobleza y a obrar con generoso impulso.
«El cielo fulguraba graciosamente; la luz se
diría contenta por modo espiritual y en colaboración con los hombres. Un testigo
presencial decía, refiriéndose al encuentro de los dos generales, que semejó una misa,
una misa primitiva oficiada al aire libre, entre la hermosura del cielo y el silencio de
la tierra en que iban a levantar sus cálices, sus corazones, dos almas sinceras, dos
espíritus rectos.
«¡Hoy es pascua, general exclamó Uribe
en poético giro, la pascua florida del liberalismo que con su primera victoria y
con la llegada de usted ve reverdecer el árbol de sus libertades y reventar en brote
prodigioso todas las flores de sus esperanzas!»
Allí mismo lo proclamaba director supremo de la
guerra, generalísimo y presidente provisional de Colombia.
Y Max Grillo escritor, poeta, autor de las
obras capitales Santander: el hombre de las leyes
(estudio histórico - crítico); Al Illimani y otros poemas; Los dioses pálidos; Andrés
Santamaría: insigne pintor; La arquitectura en Bogotá; El Diario de Bucaramanga; Ensayos
y comentarios; Granada entreabierta y multitud de estudios de alta calidad, cuenta
cómo recuerda al viejo caudillo Vargas Santos:
«Era grande el deseo que teníamos de conocer y
tratar a Vargas Santos. Uribe nos lo presentó, a tiempo que nos exigía permaneciéramos
al lado del jefe supremo para prestarle nuestros servicios de escribas.
«En una silla de madera antigua, colocado en la
mitad de un vasto salón atestado de muebles y adornos, vimos por primera vez al
generalísimo. Vestía de negro y se embozaba en capa española de visos rojos y broches
de plata. Su aspecto era el de un hombre asediado por el frío de los vientos de Pamplona.
El rostro rubicundo; la cabeza blanca por el soplo de los años, cubierta con gorro de
irónica borla, los ojos brillantes y expresivos y la boca sonriente. Nos recibió con
amabilidad acentuando su sonrisa; habló con gravedad de varios asuntos; nos dejó la
impresión de una persona culta que conversaba anecdóticamente y con facilidad».
__________________
172. La Revolución.
13-11-1900. Biblioteca Luis Angel Arango.(Siguiente)
173. Max Grillo: Emociones
de la guerra. Segundo volumen. Editor Juan Lozano y Lozano. Bogotá, 1934.(Siguiente)
CONTINUAR
REGRESAR AL
ÍNDICE
|