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Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XII
La guerra. «Manifiesto de
los 21». Sanclemente y la guerra. Diferencias entre Aquileo Parra y
Uribe Uribe. Los «civilistas» liberales. Los diversos frentes.
Circulares que avivan el fuego. Medallón de Aquileo Parra. El manifiesto de
Vargas Santos.
La guerra
Hay dos hechos de
excepcional importancia en esta etapa: la guerra de los Mil Días y la situación de las
negociaciones acerca del Canal de Panamá. Cada uno permitiría concebir tomos de eruditas
referencias. En este ensayo haremos apenas una aproximación deliberada y consciente a las
materias, tan llenas de controversias y de consecuencias inquietantes para el porvenir de
Colombia.
Pero vamos por partes. La guerra se decreta en
octubre de 1899. Durante meses se habla de que sucederá. No se toma ninguna de las
medidas que había sugerido el liberalismo para que fuera conjurada. Al contrario, se
imposibilitan las iniciativas que pudieran ser una respuesta favorable a esos
planteamientos. Había falta de conciencia y claridad política al juzgar su gravedad y su
dramatismo. Nadie hace un esfuerzo para evitar los peligros.
La primera observación que se podría consignar
es que Sanclemente mantuvo una información detallada de los movimientos de ella. A él le
escribían los jefes militares del Gobierno. El, a la vez, daba órdenes, indicaba
movilización de tropas, condenaba los movimientos y señalaba que sólo merecían el
acomodo de sus conductas al Código Penal. En este juicio, era implacable. Ninguna
blandura se le advertía en sus reacciones. Al contrario, hacía hincapié en la dureza de
la ley primitiva, aplicada sin vacilación. Nunca se le escuchó lenguaje de perdón o que
buscara el entendimiento. Probablemente pensaba en el rendimiento total.
La actitud de Sanclemente frente a la guerra,
fue mantener permanente contacto con quienes representaban al Gobierno. Los partes de lo
que acontecía eran detallados. Le cuentan cada movimiento, repliegue, hazañas o vivezas,
de quienes conducen los movimientos de tropas gubernamentales. Desde los campamentos, los
comunicados son de un optimismo muy elocuente, al principio. Se va opacando. El presidente
sigue cada acción con minucioso afán. Hay un telegrama de Jorge Holguín, 24-XI-1900, en
el cual le dice que «con suma complacencia he observado que son ya muy pocos los
'históricos' que permanecen indiferentes a la contienda».
Es bueno recordar que estos, en diferentes
escritos, dejaron la sensación casi la certidumbre de que apoyarían al
liberalismo en sus movilizaciones bélicas. Declararon que nada los unía al proceso del
Gobierno. Así notificaban dónde estaban sus complacencias. Era otro frente que tenía
que atender el presidente: la división conservadora.
Sanclemente nunca propuso una política de
entendimiento con los guerrilleros liberales, ni de clemencia. Al contrario, cada vez que
se refirió a la guerra invariablemente invocaba el Código Penal como el arma más eficaz
para su tratamiento. El interés por la paz, realmente no existía. Explicable cuando los
anuncios que le remitían, concluían de que se tendría un fin próximo en la contienda.
Manifiesto de los 21
Las declaraciones de los históricos hacían
presumir que no defenderían al Gobierno en caso de un conflicto. Sus manifestaciones eran
muy explícitas. Ello le sirvió al liberalismo para confiar en ayudas, alianzas,
concordancias en la beligerancia. Además, se buscaba llegar a entendimientos y así lo
sugerían los jefes más prominentes. Desde luego, esta actitud le dio más seguridades al
partido. En el 'Manifiesto de los 21', en la declaración que hicieron, dicen:
«La Junta de Delegados del Partido Conservador,
considerando: 1°. Que en la actualidad no existe vínculo político ninguno entre el
Gobierno que es nacionalista y el partido conservador, y que, por el contrario, los
miembros de esta comunidad son sistemáticamente alejados de la cosa pública, con el
visible objeto de privar a su partido de toda influencia en la política y en la
administración; 2°. Que de la crisis oficial y económica que hoy aflige a la nación
son responsables principalmente la administración ejecutiva del sexenio anterior y
actual; 3°. Que el Gobierno, lejos de buscar remedio a los gravísimos males del país,
solo presta atención a la política y hacerse sentir con los alardes de fuerza que
despliega, aprisionando individuos inculpados y poniendo bajo la Ley Marcial parte del
territorio de la República, sin motivo hasta ahora justificado; 4°. Que tanto por
recientes nombramientos oficiales, sobre todo en el ramo militar, como por datos privados
que han llegado a la junta, cree ella que se piensa seriamente en hacer ilusorio, una vez
más, el derecho electoral, y en romper el régimen constitucional; 5°. Que esta junta ha
estado dispuesta a contribuir a que se implantasen algunas reformas políticas y
administrativas de trascendencia para el bien de la patria y a que se constituyese un
gobierno serio y honrado que inspirara confianza en la presente situación de crisis y
malestar y se apoyara en la opinión pública, pero que sus propósitos no han sido
secundados en las regiones oficiales; 6°. Que a esta junta preguntan muchos conservadores
de diferentes puntos de la República cuál debe ser su línea de conducta en caso de un
conflicto armado, es decir, si deben o no prestar su apoyo al Gobierno; y 7°. Que la
junta no cree justo, patriótico ni decoroso el que el partido conservador se haga
responsable de los actos del círculo nacionalista contra los intereses patrios; Acuerda:
1°. Declarar que el Gobierno actual, por su política y tendencias, no corresponde a los
ideales, prácticas y aspiraciones del partido conservador, y que, en consecuencia, los
conservadores no están en la obligación moral de apoyarlo y compartir con él la
responsabilidad de sus actos; 2°. Autorizar a la dirección del partido para que, si las
circunstancias actuales y la política oficial cambian sustancialmente, obre en el sentido
que considere más conveniente para el país y que esté de acuerdo con las tradiciones
del partido conservador; 3°. Declarar que, si llegare el caso de romperse el régimen
constitucional, es deber de todos los conservadores esforzarse por todos los medios a su
alcance en restablecerlo, sin aguardar órdenes e instrucciones de nadie, y uniendo de
hecho sus esfuerzos con los de los demás republicanos que tengan igual aspiración».
El anterior documento, fechado en Bogotá el 17
de agosto de 1899, dos meses antes de estallar la revolución liberal, aparece suscrito
por los siguientes jefes del conservatismo histórico: Marceliano Vélez, delegado por
Antioquia; Augusto N. Samper, delegado por Bolívar; José Joaquín Pérez, delegado por
Boyacá; Juan Bautista Pombo, delegado por el Cauca; Jorge Roa, delegado por Cundinamarca;
Juan B. Pérez y Soto, delegado por el Magdalena; Eduardo Posada, delegado por Panamá;
Ignacio S. Hoyos, delegado por Santander; y Agustín Uribe, delegado por el Tolima.
El Acuerdo No 4 de la misma reunión que produjo
el anterior manifiesto, ordena al directorio histórico que se ponga en contacto con el
liberalismo «en paz o en guerra». Estas expresiones, permitían reflexiones optimistas a
la colectividad. Pero nadie se detuvo, en la euforia, a examinar el alcance del numeral 3,
que declara: «...si llegare el caso de romperse el régimen constitucional, es deber de
todos los conservadores esforzarse por todos los medios a su alcance en restablecerlo, sin
aguardar órdenes e instrucciones de nadie...». En esas líneas está abierta la
posibilidad de luchar, también, contra el liberalismo en caso de un levantamiento.
158
El Acuerdo No 4 que establece la posibilidad de
concordancias con los liberales, «en la paz o en la guerra», fue iniciativa de
Marceliano Vélez. El 8-I-1900, un grupo de conservadores de Antioquia: Pedro Justo
Berrío, Camilo Botero Guerrra, Fabriciano Escobar, Francisco A. Arango, Félix A.
Restrepo, Marco A. Mejía y muchas firmas más, le dicen a este jefe de derecha, que lo
felicitan por haberse opuesto a la venta de Panamá, pues ello implica ¡a negociación
que se adelanta. Vélez, al responder, reafirma su criterio el 13-I-1900
159
acerca de la guerra: «Dos exageraciones se disputan por las
armas el poder público. La una violenta, avasalladora del derecho, demoledora si no se ha
modificado en la adversidad de los fundamentos morales sobre que descansa el orden social
en las naciones civilizadas. La otra es un personalismo autoritario, un sistema inmoral y
escandaloso de explotación del tesoro público, el peculado erigido en arte de gobierno,
la negación del imperio de la ley y la degradación y abatimiento de los caracteres por
la corrupción. ¿Dónde está la necesidad, el deber moral y de conciencia de escoger una
de esas dos causas, haciéndonos solidarios de sus errores y sus faltas?». Y, finalmente,
declara sin reservas: «Olvidaron que el temor de un mal no puede autorizar ni justificar
el apoyo a un crimen y que entre dos causas malas, la ley moral no obliga a escoger una de
ellas».
Es la neutralidad, entonces, de los históricos.
Desde luego, ella estimulaba la lucha roja. Más adelante se doblegaron a su
conservatismo. Y entraron a luchar contra nuestro partido. Esa es otra historia.
Sanclemente y la guerra
Hemos indicado cómo al presidente Sanclemente,
en lo que se refería a la guerra, le reclamaban desde el dinero, que no era abundante en
la vida fiscal de ese tiempo, hasta los más simples elementos de movilización. Ello nos
advierte que estaba atentísimo a los detalles. Vamos sólo a registrar dos ejemplos de
cómo actuaba. Del Ecuador arriba un diplomático. Sanclemente le escribe, en mayo 16 de
1899, al ministro de Guerra y le solicita que el de Relaciones, le pida explicaciones de
por qué su Gobierno se moviliza hacia Colombia, pues es «inexplicable... con miras al
parecer hostiles».
Pero no desaparecen sus intervenciones. Da orden
para que le envíen «instrucciones terminantes al señor gobernador del Cauca y al jefe
militar residente en Pasto para rechazar cualquiera agresión a nuestro territorio o para
ponerse en actitud defensiva». Pero no declina su acción: señala cuál batallón se
debe movilizar. Estas posturas nos revelan cómo no es un ausente ni un débil en el
Gobierno, como lo presentan sus enemigos políticos.
En mayo 24 de 1899 manifiesta Sanclemente que
«hay personas sospechosas» de querer perturbar el orden público. Solicita
imperiosamente que cada movimiento lo debe establecer el gobernador y que «disponga que
se comprueben los hechos para que se someta ajuicio a los que aparezcan responsables».
Los partes de guerra que le transmiten a
Sanclemente, de diversos estilos y de mentalidades muy diversas entre sus comandantes,
dejan la sensación de que el Gobierno está obteniendo triunfos, que este califica de
significativos. El Ejecutivo confía en que habrá una solución inmediata. No parecen
tener suficiente información de cómo se movilizan las fuerzas guerrilleras. Aquellos
datos así de esperanzados, no crean ningún clima favorable para el estudio de las
demandas del liberalismo, pues este sería rápidamente aplastado. Sólo queremos dejar
relievado estos rasgos esenciales de la posición de Sanclemente frente a la guerra.
Diferencias entre Aquileo Parra y
Uríbe Uribe
Uribe Uribe se encontraba en el exterior.
Regresa por Barranquilla y pronuncia una conferencia en el Salón Fraternidad. En las
reseñas periodísticas se cuenta que había alegría de escucharlo; que existía un
ánimo febricitante; que sus palabras caían refrescando y encendiendo el espíritu del
liberalismo. Fueron duras sus apreciaciones. Consideraba que no existía suficiente
decisión en las órdenes que impartía, desde la jefatura, don Aquileo Parra. Le faltaba
más beligerancia. Con la conferencia publicó un folleto
160
y
luego, en Bogotá, otro más.
161
Los repartía
cuidadosamente e iba formando una atmósfera de lucha frontal, que amalgamaba al partido.
Hablaba con franqueza y sin blanduras. Policarpo Neira Martínez
162
en el libro Caudillos
liberales, escribe sobre este hombre de tan singulares virtudes: «Nunca pudo
disfrazar su pensamiento y llamaba a las cosas por sus nombres, sin preocuparse de las
heridas que esta hubiera causado, pues consideraba que con ello había traicionado su
conciencia».
Julio H. Palacio,
163
conservador, cronista de prensa lleno de anécdotas, juguetón mentalmente, nos cuenta
cómo fueron las reacciones que suscitaron las palabras de Uribe Uribe y sus
planteamientos: «La conferencia o discurso de R.U.U. en Barranquilla, fue un desembozado
y franco anuncio de guerra, una crítica a la política y los sistemas del liberalismo ya,
entonces, llamado «civilista»... fue un memorial de agravios... contra el régimen que
había privado a su partido de representación en los cuerpos de origen popular, de la
libre expresión de pensamiento hablado y escrito que lo mantenía en el humillante estado
de casta inferior».
El mismo Palacio recuerda cuál era la
situación nacional: «Bancarrota fiscal, depreciación del papel moneda, bruscas
oscilaciones del cambio sobre el exterior, baja de] precio del café, incertidumbre sobre
la política que habría de desarrollar la próxima administración ejecutiva, noticias
contradictorias de la salud y propósitos del presidente electo, doctor Sanclemente».
La circular de Aquileo Parra, como jefe del
liberalismo, del 15-IX-1898, dirigida a los directorios departamentales, y que refería la
actitud de Uribe Uribe en la misión al exterior, debió de haber crispado los nervios del
caudillo. Era una presentación no mal intencionada, pero que hacía desmerecer la forma
de actuar de aquél y debilitaba sus puntos de vista. Poco debieron reconfortar esas
palabras al combatiente. Max Grillo
164
considera
que «la guerra se perdió entre otras causas porque la circular del doctor Parra,
preparó en contra de Uribe Uribe una gran parte de la opinión liberal». Así le creó
hostilidad y desató una permanente crítica a sus actuaciones.
Los «civilistas» liberales
Uribe Uribe funda El Autonomista que, sin subterfugios, predica la
guerra. Al frente, debía de enfrentar otro grupo: «los civilistas» liberales, que
predicaban desde sus escritorios. Algunos recomendaban entendimiento con Caro, a pesar de
que la convención había rechazado esa posibilidad. En medio de los combates, proponían
misiones de paz que debilitaban la voluntad de lucha del partido y paralizaban acciones
colectivas. Nunca hemos podido entender esa política. Los enfrentamientos contra Uribe
Uribe los comandaba en la prensa Carlos Arturo Torres, quien no olvidaba que aquél se
había opuesto a su viaje con el doctor Esguerra a París, para intervenir en las
negociaciones del Canal de Panamá. Se unían prédicas universales con minúsculos
resentimientos. Fue, vista con sentido crítico, cruel esa postura de los enemigos de la
guerra por el daño, desconcierto y desvíos que llevaban a la comunidad. Existen
obligaciones de respetar y de no intervenir con nuestras palabras y acciones, en
determinados momentos históricos. Con mayor acopio de razones, cuando el valor personal,
y el sentido heroico, preside muchas de las acciones. Cuando el otro, además, está
exponiendo su vida, no parece aconsejable levantar barreras de hostilidad para que no
pueda defenderse de las crueldades del régimen que se combate. No vamos a terminar de
entender estas políticas de sigilosas complacencias. Ellos se aglutinaron en torno de La Crónica que dirigían José Camacho Carrizosa
y Carlos Arturo Torres. Esta es otra ciudad, otra moral, otra presencia diferente frente a
la vida dramática del liberalismo.
En el libro de Pedro A. Gómez Naranjo,
165
La sal de la
tierra, aparece un capítulo que se titula 'El gran Robles', donde reproduce sus
palabras y queda el ejemplo de varonía y el sentido político como su signo de noble
conducta:
«En el año de 1876 asistió a la Cámara de
Representantes por el Magdalena, su tierra natal. Le correspondió defender a don Santiago
Pérez de los ataques de los independientes. Y lo hizo con energía y con valor. En uno de
sus discursos dijo:
¡Ni Santodomingo Vila ni Solón Wilches,
erguido sobre sus botas, son capaces de llegar a tocar uno de los botones de la levita de
don Santiago Pérez!
«El doctor Robles fue secretario del Tesoro del
presidente Parra y dejó ese puesto para incorporarse en el ejército liberal como
soldado.
«Pocos días antes de su muerte fue a visitarlo
un amigo, a quien le dijo: 'Me escriben de Santander que el liberalismo se lanzará a la
guerra; yo no soy partidario de esa aventura, porque no creo en la ayuda de los
conservadores históricos y porque considero un esfuerzo inútil que será ahogado
irremediablemente por el Gobierno. Pero no desautorizo a los liberales, porque yo no puedo
ir contra ningún movimiento de mis copartidarios en favor de la libertad'».
Los «civilistas» tenían como órgano de
expresión La Crónica. La dirigían José
Camacho Carrizosa y Torres. Los acompañaban varias personalidades, pero entre los asiduos
sobresalían, como parte de la redacción, Daniel Arias Argáez, José Manuel Pérez
Sarmiento, Esteban Rodríguez Triana. El juicio de Camacho Carrizosa acerca de Torres, se
puede leer en el prólogo con el cual abre su libro Crítica
y política:
166
«Aún más que periodista,
porque no tenía la fibrosa concesión del estilo, era un ensayista de refulgente prosa,
como lo demostró en sus Estudios ingleses, tan
jugoso y en Idola Fori, obra en que hay
páginas escritas con tal relieve de humorismo y tan ricas de observación directa y
penetrante, que se citará como uno de los trozos de psicología política más hondos,
más pensados y eruditos que se han escrito entre nosotros».
De Camacho Carrizosa dice Armando Solano
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que tenía una «prosa cálida y mordiente,
donde el vocablo familiar se codeaba con la referencia crítica, y que corría
vertiginosamente a clavarse en el blanco. No ha tenido entre nosotros rival, aunque
nuestra prensa sigue siendo la mejor escrita en el continente». Camacho Carrizosa
terminó en el conservatismo. El mismo lo cuenta:168
sostiene que las ideas han evolucionado y que las suyas y las de Torres de 1898, cuando
dirigían La Crónica, son las de su partido
finalmente: «Pude, según eso, haber modificado mi criterio, siguiendo las ondulaciones
del país, y, sin embargo, el polo de mis opiniones no ha cambiado: pienso hoy lo mismo
que pensaba hace veinte años, cuando escribía en la columnas de La Crónica. Y, al ingresar en el partido
conservador, he mantenido mis ideas políticas intactas».
El
Autonomista reaccionaba contra esa manera de desviar y contener el ímpetu liberal:
«¡Ah! pero ellos, los viejos jefes [del liberalismo] acatados por los adversarios y bien
a cubierto de las contingencias de la vida, pueden, desde sus gabinetes, más o menos
confortables, encomiar la espera en el triunfo final, pregonar las virtudes del quietismo,
y motejar los males de la impaciencia».
Los diversos frentes
Uribe Uribe fue empecinado en su campaña. No la detuvo. La mantenía en vigor de
análisis y no descuidaba ningún frente. Arremetía contra quienes defendían posiciones
contrarias a las suyas. Además, condenaba a los «civilistas». Estos, desde luego, se
atravesaban en muchos de los grandes episodios y sucesos que debían de provocarse para
levantar el espíritu de la guerra. En un momento dado, principió a publicar, en su
periódico, unos avisos en los cuales se decía, solamente, que el candidato para jefe del
partido era Sergio Camargo.
La organización del partido contaba con un consejo consultivo. Además, tenía
autorización el jefe del liberalismo, don Aquileo Parra, para recoger opiniones a nivel
regional. El fue cumpliendo cada una de las etapas. Mirando los archivos, tanto de don
Aquileo Parra lo que se encuentra, pues parte muy apreciable se quemó el 6 de
septiembre de 1952, en el incendio de la casa del jefe liberal Carlos Lleras
Restrepo como los de Uribe Uribe, es impresionante el torrente de cartas, mensajes,
opiniones, apreciaciones, juicios que se emitían. Realmente, casi ninguno sobre el meollo
del asunto, que era la guerra. Era más la manifestación del sentimiento de simpatía o
respeto que despertaba don Aquileo. Para otros, el atractivo de una política más
dinámica como la que proponía Uribe Uribe.
En El
Autonomista se escribe una serie de artículos con el título de
'Reorganización', referidos al destino del partido. No existía ánimo tranquilo para el
análisis. Uribe Uribe se queja 23-XII-1899, en el periódico, de que se ha
producido una serie de circulares secretas dirigidas contra él desde la dirección del
partido: «Afirmo que la Dirección sí se ha preocupado de 'mi buena o mala fama', como
que a darme esta y a quitarme aquélla, se han referido las expresadas circulares, cuyo
único objeto he sido de desacreditarme».
El clima, pues, no es el más favorable para discutir cuáles rumbos debería tomar el
partido. Uribe Uribe propone que haya una consulta. Entiende que puede ser indirecta la
escogencia de los delegados. Pero que no la presidan, dirijan y ordenen sólo los enemigos
de sus fórmulas. Repite que sólo anhela que «se dé cabida a nuestros amigos en las
juntas provisionales encargadas de presidir la consulta de la comunidad».
De suerte que el tema de la guerra, no aparece en la agenda. En ese mismo artículo se
lee: «No hemos querido, sin embargo, que el doctor Parra abandone su puesto, herido su
orgullo y apesadumbrado su ánimo, por ataques que nunca han asumido el carácter de
ultraje público. Consideramos indispensable procurarle un medio decoroso de retirarse de
su cargo devolviéndole a una entidad como la que se le confió, y que aún mejor que esa,
represente al partido».
Circulares
que avivan el fuego
Una de las circulares de don Aquileo contra Uribe Uribe, se transmite a continuación. No
podía crearse un clima de convivencia con términos tan perentorios para calificar la
conducta de los copartidarios, separados de nuestras creencias. Ello explica las
reacciones de Uribe Uribe. Hay que anotar que no fue una sola circular. Hemos leído
varias. Desde luego, el ánimo político crecía en beligerancia interna. Los
«pacifistas», desde sus trincheras periodísticas, estimulaban un clima de pugnacidad.
Uribe Uribe no cedía en sus alientos de reclamo, de protesta, de acentuada pasión por la
lucha. El modelo de circular
169 dice
así:
DIRECCION GENERAL DEL PARTIDO LIBERAL
CIRCULAR
Con fecha 27 de agosto dirigí al señor
director del Partido de ese departamento lo siguiente:
Bogotá, septiembre 3 de 1898.
Señor.
Una relación documentada, de que se enviará a usted un extracto cuando haya conducto
seguro le pondrá a usted de manifiesto la conducta del doctor Rafael Uribe Uribe, durante
su permanencia fuera del país con relación a la Dirección del Partido. La más absoluta
prescindencia de sus compromisos para con la dirección, y el propósito deliberado de
obrar por su propia cuenta, manteniendo de aquella a los doctores Soto y Robles en la más
completa ignorancia de lo que proyectaba, especialmente en lo relativo a la invasión al
Cauca; tal fue la norma de su conducta en el exterior; conducta que le ha enajenado
completamente las simpatías y la confianza del liberalismo caucano, al cual acaba por
tratar, en carta del 20 de julio próximo pasado de que se me ha enviado copia, del modo
más insólito y depresivo que usted pueda imaginar.
El doctor Uribe acaba de publicar aquí un folleto del discurso que pronunció en
Barranquilla, en el cual, inconsultamente, declara al Partido Liberal en impotencia de
reinvindicar sus derechos por medio de las armas.
En cabeza del partido, ataca a su dirección porque llamó a las urnas a los liberales,
sin recordar que este punto fue resuelto por la Convención de 1897; porque consintió en
que los electores concurrieran a las asambleas, sin advertir que así lo resolvió el
Consejo Consultivo para evitar persecuciones a los electores liberales, quienes estaban en
el deber de ir a votar bajo responsabilidad penal.
La ataca porque no llamó a las armas a sus copartidarios al terminar la farsa electoral,
sin parar mientes en que no existían esas armas, y la ataca porque no hizo evolución,
sin contar con que para ello se necesitaba el concurso de dos voluntades, y nunca hubo
sino una sola, y que lo que se llamó 'Evolución Cyro', no pasaba de ser una simple
abdicación.
Próximamente se informará a usted sobre otros
asuntos.
De usted amigo y compatriota,
Aquileo Parra
.
Pero este no es tema que debamos examinar aquí exhaustivamente. Ha sido necesario
consignarlo, porque es parte del proceso que se vivió. Pero es tema apasionante que dará
para un estudio en el futuro.
Parra se retira y nombran a Sergio Camargo. No acepta desde Miraflores, Boyacá, en donde
vive. Entonces eligen a Gabriel Vargas Santos, cuando ya se está en plena guerra.
Eduardo Rodríguez Piñeres,
170
quien nunca
estuvo cerca de Uribe Uribe, escribe que «la disolución del Congreso sin haberse
expedido la ley de elecciones, que con tanto ahínco solicitaba la opinión pública, dio
bandera al belicismo para formar ambiente desfavorable a la dirección liberal, a quien se
culpaba de abúlica, o por lo menos de indolente».
Desde El Autonomista No 42 se escribía. «Si
persisto en esa labor [la del cambio de dirección] es por la convicción honrada de que
con ello sirvo mejor a esa causa que callándome o plegándome a entrar en las filas mudas
y pacientes de los acéfalos».
«Un poder de esta clase [el que tenía Parra de la convención] se concibe para hacer la
guerra, no para guiar por tranquilos senderos al partido», decía Rudas en su renuncia de
miembro del Consejo Consultivo, documento que olía a pólvora.
___________
158. Eduardo Santa: Rafael
Uribe Uribe. Biblioteca Colombiana de Cultura. Colección de Autores Nacionales.
Cuarta edición. Bogotá, 1974.(Siguiente)
159. Alerta. Hoja volante.
Biblioteca Luis Angel Arango. «Hojas y periódicos sueltos». Folio 3.
(Siguiente)
160. Rafael
Uribe Uribe; obra citada.
(Siguiente)
161. Ibídem.
(Siguiente)
162. Policarpo Martínez
Neira y otros: Caudillos liberales. Volumen 1. Ediciones Antena. Editorial
Renacimiento. Bogotá, 1936.
(Siguiente)
163. Julio H. Palacio: «El
regreso de Uribe Uribe». El Tiempo. Sección segunda. 21 -VIII-1942.
(Siguiente)
164. Max Grillo: «Uribe y la
guerra de 1899». El Tiempo. Sección segunda. 13-VI-1988.
(Siguiente)
165. Pedro A. Gómez Naranjo:
La sal de la tierra. Bucaramanga, 1963.
(Siguiente)
166. Guillermo Camacho
Carrizosa: Crítica y política. Sucesores de Rivadeneira. S.A., Madrid, 1924.
(Siguiente)
167. Guillermo Camacho
Carrizosa: Santiago Pérez y otros estudios. Editorial Cromos. Bogotá, 1924.
(Siguiente)
168. Ibídem.
(Siguiente)
169. Carpeta 29. Folio
2.148-2.149. AGN.
(Siguiente)
170. Eduardo Rodríguez
Piñeres: «La caída del señor Parra». El Tiempo. 20-VI-1943.
(Siguiente)
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