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Sanclemente,
Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO XI
(2 parte)
El negro Ramón Marín y la gallardía
En medio de tanto atropello y vilezas de hombres
de crédito en la inteligencia y la política, apareció la gallardía de un varón del
pueblo, que era un combatiente por la libertad de su patria: el negro Ramón Marín. Este,
participaba en la guerra. No tiene ninguna cercanía con el pensamiento y las clases
sociales en las cuales ha desenvuelto su vida el presidente Sanclemente Es hombre lejano a
las calidades intelectuales de esto y anda en una lucha contra el partido que él
representa en el poder. Pero tiene el aire de gran señor. Lo que asoma en nuestro pueblo
colombiano como ademán y conducta. Algo que viene de la fuerza interior de los mandatos
populares. Está en el centro de su conducta personal.
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Ramón
Marín
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Marín le escribe una carta ejemplar por la
nobleza, el sello personal de autenticidad, que se inclina hacia los símbolos de la
patria. La Presidencia de la República tiene un carácter donde la dignidad debe imperar.
Con naturalidad, desde luego, como algo que fluye limpiamente del poder. A pesar de estar
combatiendo, de ser un general liberal victorioso en varios combates, de mantener alerta
su valor personal para la beligerancia, le brota un sentimiento de respeto al mandatario.
Y eleva consultas a los poderes centrales de la guerra. Cuando tiene las autorizaciones,
escribe su mensaje, que es impecable como imagen de una conducta de lo que el hombre del
pueblo siente por la majestad del poder. En palabras sin dobleces, sin zalamerías
subyugantes, le escribe a Sanclemente:
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REPUBLICA DE COLOMBIA DEPARTAMENTO DE
CUNDINAMARCA
Ejército Liberal del Norte del Tolima
Comandante general
San Juan, octubre 19 de 1900.
Excelentísimo, señor doctor don Manuel Antonio
Sanclemente Villeta.
Con el acatamiento que usted se merece me
permito enviarle mi saludo, deseando que con el caballero su hijo y el doctor Perea,
estén sin novedad.
Su permanencia en ese lugar sin fuerza que lo
haga respetar, rodeado de enemigos como está, y dadas las especiales circunstancias en
que usted se encuentra, por las desmedidas ambiciones de los históricos, y deseo de estos
en legalizar de alguna manera el golpe del 31, hacen de usted un ser a quien
indiscutiblemente querrán hacer desaparecer del teatro de la actual contienda política.
Visto lo anterior y lo que de Bogotá se nos
comunica, creo de mi deber ofrecer a usted todo mi apoyo y proponerle su salida de esa con
dirección a Fusagasugá, favorecido por mi fuerza y con todas las consideraciones del
caso.
La proposición que en esta le hago, me es
indicada por el comité de la capital. Por tanto dejo a la consideración de usted la
resolución que sobre el asunto tome, esperando se sirva comunicarme a esta cualquiera que
ella sea.
Con sentimientos de alta consideración, me
suscribo de usted afectísimo seguro servidor.
El comandante general, Ramón Marín.
El jefe del Estado Mayor General, Aristides V.
San Martín.
El presidente Sanclemente le contesta
llamándolo amigo. No podría darle mejor testimonio de agradecimiento. El presidente le
dice:
Villeta, noviembre 1º
de 1900.
Señor general Ramón Marín.
San Juan.
Mi estimado amigo:
Tengo a la vista su
atenta carta de fecha 29 del mes próximo pasado, y agradecido por el saludo que en ella
se ha servido dirigirme, se lo correspondo gustoso.
Entregado aquí a mi propia suerte, como usted me dice, por no haber fuerza que me
resguarde, me propone usted, de acuerdo con el comité de la capital, que me traslade a
Fusagasugá, ofreciéndome para ello la custodia de la fuerza de su mando y las mayores
consideraciones para mi persona; favor es ese que le estimo en alto grado por tener en
mira evitarme nuevos y, acaso, mayores vejámenes de parte del actual Gobierno de hecho.
Pero el cambio de residencia ofrece para mí muy graves dificultades, y por esto he
resuelto permanecer aquí hasta que el curso de los acontecimientos me indique la medida
que deba tomar.
Reconocido hacia usted por su benevolencia para conmigo, aprovecho la ocasión que se ha
servido presentarme, para suscribirme de usted atento y seguro servidor.
Manuel Antonio Sanclemente
Breves
noticias sobre el negro
Marín
Es uno de los pocos héroes que tiene el Gran
Caldas. Su figura fue legendaria en las luchas del liberalismo. Nació en Marmato y
creció entre socavones, molinos y brillo del oro. Ese es un pueblo lleno de encantos
humanos, con leyendas, brujerías, bohemias y hechicerías femeninas. El, desde los
primeros días, tuvo preeminencias en su trabajo: por ser guapo para enfrentar las duras
dificultades del laboreo; por tener carácter para conducir a los hombres; por su honradez
sin mengua. Por ello, fue capataz desde muy joven. Tenía sentido de la autoridad y sabía
imponer respeto y lograr acatamiento para sus decisiones.
Su experiencia lo llevó al Tolima. Allí en la
mina de las Frías se encontraba cuando el liberalismo resolvió, por las armas, rescatar
el derecho para vivir en el país que sus jefes no tuvieran que estar en el destierro.
Entre otras causas, por ello irrumpió la guerra. Marín ya tenía un capital y una
posición en la cual se acentuaba el respeto por sus determinaciones. Tenía calidad de
jefe, pero, por fortuna, sus características le daban la de conductor popular. Lo
rodeaban sus compañeros de minería; lo respetaban sus obreros; lo querían las gentes
del contorno. Lo que aconsejaba, se aceptaba como insinuación de quien emanaba autoridad.
Por ello cuando él resolvió vincularse a la beligerancia, con él marcharon ejércitos
de hombres de trabajo.
Los retratos de la época lo presentan con su
sombrero aguadeño, de ancha ala protectora. A veces, le levantaba sobre la frente,
avizorando en los momentos del diálogo de expansión. Su guarniel se lo terciaba con la
maestría heredada de los antioqueños. El machete al cinto, acentuaba la virilidad.
Nadie discutió sus condiciones de buen
guerrillero. Muchos de los combates del Tolima grande los ganó él con su pericia, arrojo
e intrepidez. La toma de Ibagué se recuerda como episodio de grandeza y habilidad
guerreras. Su nombre aparece en el relato del episodio histórico popular. Su figura
alcanzó tal nombradía, que su retrato se puso en las cajetillas de cigarrillos, como
homenaje a un líder reconocido, de condiciones humanas y de vivacísima inteligencia de
estratega. Se volvió, con el tiempo, leyenda colectiva.
El negro Marín era alto, con una figura
poderosa, con las manos anchas y la mirada de vigoroso fulgor. Era inconfundible. Cuando
se principiaron a hacer pactos para deponer las armas, él fue uno de los últimos en
hacerlo. Tenía celo por la hombría y el respeto a sus deberes políticos. Estos, los
consideraba materia no negociable. No lo agobiaban los reveses. Volvía a levantar su
orgullo de combatiente para imponer sus devociones, sus reglas, sus principios, sus
mandatos. En Honda murió en 1923. De los últimos actos que realizó en favor de sus
gentes de Marmato, de sus hombres de minas, fue apelar al doctor Rafael Uribe Uribe para
que denunciará cómo se cumplía el desalojo de los mineros para dar cumplimiento a la
concesión que se le había entregado a Alfredo Vásquez Cobo.
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Era
un hombre con sensibilidad por el destino de sus gentes. Se le ve vibrante, cercano a la
tragedia comunal, responsable del destino de sus viejos compañeros.
Nunca abandonó la vocación entrañable por las
ideas liberales. No se dejó vencer por el aislamiento en que cayeron muchos de los
combatientes. El padeció las limitaciones naturales de la existencia, pero también
peleaba contra ellas.
Cuando se rompió la Unión
Nacional, en el gobierno de Mariano Ospina Pérez, el maestro Darío Echandía que
tuvo que retirarse del Ministeno de Gobierno por el asedio sectario del conservatismo,
pronunció un discurso en un banquete que recibió de apoyo del liberalismo. Allí hizo un
gran elogio del negro Ramón Marín. Echandía era tolimense: tenía en su memoria lo que
había escuchado en su niñez y primera juventud de las acciones de aquel combatiente.
Dijo palabras acerca de él que es necesario recoger. El maestro advirtió que él había
forjado una conducta para nuestro partido.
150151
Que había dejado una enseñanza de profunda fuerza
moral y política que no podía abandonar nuestra colectividad. Así era el negro Marín:
dejaba enseñanzas.
«Pero yo creo interpretar la esencia íntima,
la suprema razón de ser de nuestro partido, dijo Echandía, el sostener que la política
liberal no puede ser otra, lo mismo en el gobierno que en la oposición, que la de una
disposición permanente a sacrificar el interés táctico o puramente sectario, al
supremo interés de salvar la democracia y conservar la libertad. Recordad, una vez más,
la pregunta aquella del general Marín que a mí me parece mas profunda y plena de
enseñanzas morales que el mismo inmortal apotegma del general Herrera, citado sin cesar:
«Si vamos a hacer lo mismo que los conservadores, ¿dónde estaría la diferencia?».
Quien pronunció esas palabras no era un letrado: era un soldado rudo que sintió un día
en su pecho un vago pero irresistible anhelo de libertad y se echó al campo a luchar
contra los que él creía conculcadores de esa libertad en su patria. No ostentaba
títulos académicos, ni había adiestrado su mente con el contacto intelectual de
filósofos y jurisconsultos. Y sin embargo, qué frase aquella, digna de ser esculpida en
bronce como admonición perpetua a todos los partidos políticos.
Darío Samper,
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publicó una poesía cívica excepcional por su belleza y por el resplandor de
fuerzas humanas que asisten a sus poemas. Cantó a las hazañas de Tulio Varón, de Vidal
Acosta, de Helí Villanueva. En una conversación poco antes de la muerte, me relató que
tenía reunidos los datos para el romance del negro Ramón Marín. No alcanzó a
terminarlo. Pero él consagró el aire popular levantando la majestad del ímpetu de los
luchadores por la libertad: hizo alarde de la épica comunal. Levantó los hombres de las
hazañas ciudadanas y lo consagró en su canto:
Iba así el canto en la noche encendida,
en la honda noche que sabe a tabaco,
La luz de las llamas les teñía de rojo las
manos.
Los hombres tendidos sobre la hierba
oían la canción y bebían el viento
la frescura de las estrellas.
De los campos dormidos
Venía el olor de los frutales maduros
y de las naranjas que caen en la sombra.
Cada hombre veía en el baile de las llamas
la danza loca de los soldados
cuando comienza el fuego de los fusiles,
y cuando las balas silban
como las culebras en la sombra.
Veía a sus compañeros
Asaltando con los brazos abiertos
como si fueran al encuentro de sus mujeres,
mientras giraban sobre sus frentes
las palmeras como un anillo,
y cuando, arrastrándose sobre las piedras,
como las lagartijas al sol de la tarde,
oyen la pobre música de sus corazones
que se va extinguiendo,
bajo el día roto
como el ruido de una fuente pequeña!
Y los hombres oían el canto
y soñaban en sus mujeres
cuyas trenzas huelen a miel.
Y las veían en pie, con sus delantales blancos,
y danzaban los delantales
como una señal de saludo
hecha en el límite de los días.
Pero la guerra nunca termina,
y todavía sus soldados le esperan!
Los soldados campesinos,
con sus gorras de caña,
con sus camisas de lienzo,
más cerca el corazón a la muerte.
¡En pie, sobre la tierra,
esperando el clarín de la revolución!
Esa estirpe de colosal ímpetu humano, ayudaba a formarla el negro Marín.
Luis Eduardo Nieto Caballero
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rememora cómo Marín fue una verdadera leyenda en el alma colectiva. Sus palabras
recobran esa etapa como parte esencialísima de la revolución liberal:
«Peralonso, a los dos meses del grito de
rebelión, fue un triunfo que nos electrizó. Palonegro después, la derrota máxima, nos
cortó las alas a todos los muchachos. Pero seguían ardiendo las fogatas del Tolima.
Tantos hombres que prendimos del corazón: Pulido, Ibáñez, Varón, Pedroza, Caicedo, el
fantástico negro Marín, a quien todos los días cercaban las fuerzas del Gobierno, el
que todos los días se les escapaba, como si hubiera sabido aquella oración de Quijano
Mantilla que le permite a uno convenirse en cucarrón y salir por entre las patas de los
caballos o por entre las grietas de las puertas. ¡Y luego el resplandor de Panamá!
Benjamín Herrera se bahía adueñado del istmo con el mejor ejército que haya tenido en
Colombia.» Formula una alabanza a la vida, a las hazañas y al temple revolucionado del
negro Marín. Es la estampa del combatiente que representa al pueblo e incluye las
esencias de la palma.
«Las hazañas del negro Marín circulaban como
monedas de heroísmo, entre la gente joven y el pueblo de Colombia».
Marroquín
según Vargas Vila
José María Vargas Vila, un escritor de
extensísima obra, publicó su libro Los césares de
la decadencia
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en el destierro. Es una de las
innumerables víctimas de la Regeneración. En ese libro enjuicia, con su dinámico y
panfletario estilo, las vidas en Colombia de Rafael Núñez, Miguel A. Caro, Manuel A.
Sanclemente, José Manuel Marroquín y Rafael Reyes. En Venezuela juzga con riqueza de
adjetivos a José A. Páez, Guzmán Blanco, Rojas y Ardueza, Joaquín Crespo, Ignacio
Andrade y Cipriano Castro. El signo de su escritura, es la exaltación de la libertad. Y
condenar toda forma de despotismo. No amó sino a aquellos seres que tenían noción
integral del poder en servicio de la comunidad. El consideraba que un «escritor honrado,
es toda la conciencia de su época». Como «un hombre libre, no es el cortesano de su
época: es su juez. Seamos sin piedad para los enemigos de la libertad. No pactemos con el
éxito, cuando este no es el de la virtud». Con relampagueante estilo va diciendo sus
sentencias: «Yo no tengo el amor de los tiranos, ni siento el temor de ellos».
Después hace un análisis sobre la tiranía.
Esta «ha tenido en Colombia un solo nombre: La Regeneración. Fundada por la traición de
Rafael Núñez. en 1885, para asesinar la libertad, terminó en 1903, por vender la
nacionalidad... hecha por un partido, para castigar el orgullo de otro, terminó por
deshonrar el orgullo de todos... Rafael Núñez pertenecía a la raza triste de los
tiranos filósofos... era déspota por hastío... su obra no fue estéril: la impotencia
del talento, engendró la omnipotencia de la fuerza;...ya, no hay patria, pero aún hay
tiranía: esa es su obra».
De Caro dice que «pertenece a la raza enojosa
de los tiranos letrados y a la legión rencorosa de los tiranos austeros». De Sanclemente
decía que «la justicia se desarma, ante esta cabeza ultrajada pon la traición...un
motín de pretorianos, presidido por José Manuel Marroquín, vicepresidente de la
República, dio en tierra con el poder de Sanclemente, el 31 de julio de 1900... en esa
noche trágica los pretorianos ebrios, mandados por Manuel Casabianca, asaltaron el
palacio presidencial, declararon destituido al presidente, y sobre las ruinas de la
legalidad inauguraron la tiranía del tumulto...».
De Marroquín dice que «el usurpador, no tenía
historia: el crimen venía a dársela llegado al poder por la traición, se afianza en él
por la violencia... y la historia ya no puede olvidarlo: su crimen lo sobrevive; no tuvo
siquiera la apariencia de las virtudes, de las cuales otros tuvieron la realidad; sin
talentos ningunos que hacerse perdonar, pudo desarmar la envidia por la ineptitud: y
cuando con cándida ironía se hacía pasar por idiota, era las única vez que no
engañaba a nadie; no tuvo que fingir nada para hacerse pasar por nulo; y esta sinceridad
era su única modestia. Así había llegado a los setenta años, obscuro y feliz,
entregado a la enseñanza cuando los pretorianos, arrancándolo brutalmente de la
obscuridad, lo llevaron al poder; no da de sí la historia mayor ejemplo de la pequeñez
de un hombre, unida a la enormidad de un crimen; la grandeza de sus delitos parece
ocultarlo, más que mostrarlo, a las miradas atónitas de los hombres: tal es la montaña
de responsabilidades que gravita sobre su cabeza. Nunca hombre más nulo tuvo un destino
más fatal; una liga de ambiciones subalternas en que todo fue mediocre; incluso el
crimen, lo llevó al poder; fue a la traición, presidiendo un motín de cosas pequeñas,
en que no hubo grande nada, ni siquiera la ambición; un desborde de mercenarios ebrios lo
subió al trono, temblando como Claudio, y lo hizo amo; su obscuridad y su mediocridad le
habían precedido como un renombre; desde aquella hora, el crimen lo coronó como una
aureola; en él no quedaba ya ni el recuerdo de la virtud».
*
«Núñez había buscado el poder como una
venganza; Holguín, como un lujo; Caro, como un orgullo; Sanclemente, como un honor.
Marroquín lo buscó, como un Medro; de todas las pasiones, en este anciano simoníaco, no
sobrevivía sino la codicia; y se entregó a satisfacerla, con un placer senil, que era
una voluptuosidad; no teniendo ya nada que hacer en el despotismo, se dedicó al pillaje;
metió las manos hasta los codos en las cajas del erario nacional, y las vació. Nada
saciaba su avaricia. Lo vendió todo, esperando la hora de vender la patria. El peculado,
que hasta entonces residía en el sistema, se encarnó en el dictador; y la probidad, que
había sido la única apariencia de virtud de los presidentes de la Regeneración,
desapareció para siempre; y ya no volvió a entrar en el Palacio de San Carlos; las
larguezas, con que los otros tiranos avivaban la fidelidad voraz de los mercenarios,
fueron recortadas; y el César, codicioso, no pagó ya sus legiones, sino con la propiedad
de los ciudadanos; la República fue entregada al saqueo, como una ciudad vencida; y ya no
hubo que empujarla a la mina, marchó sola hacia su disolución. Los pretorianos mismos,
que quisieron ampararse bajo el manto imperial, retrocedieron ante el gesto del avaro, que
después de prostituirlos, no quiso pagarlos; robó el imperio; no lo compró; lo explotó
sin haberlo pagado; y se contentó con hartarse, en una tiranía, en que otros habían
sabido honrarse».
«El 31 de julio, no fue un golpe de Estado; fue
un golpe de muerte; en él no sólo murió la legalidad: murió Colombia; esos mercenarios
ebrios, que con Manuel Casabianca a la cabeza degollaron la legitimidad en el motín,
¿previeron que en aquella asonada lúgubre degollaron también la República? Todo hace
creer que sí, porque muchos de aquellos jefes fueron de ese grupo de cobardes, que años
después se retiraron del istmo segregado, ocultando con una mano el oro recibido de los
yanquis, y envainando con la otra la espada recibida de la patria; espadas que fatigadas
de venderse al extranjero; cansadas de asesinar la libertad, se alquilaron para asesinar
la patria, y no teniendo nada que esperar de la tiranía, se vendieron a la conquista.
«Esteban Huertas es un miserable; pero todos
esos generales fueron Huertas; ninguno fue inferior a él en venalidad; todos le fueron
inferiores en el valor de su crimen: todos ellos se vendieron; sólo él tuvo el valor de
confesar altamente la traición. ¡Triste valor de un bandido, que queda siempre más
alto, que la infame cobardía de aquellos que después de vender la patria, continuaron en
explotarla!»
«Manuel Casabianca, el jefe de los mercenarios
de 3l de julio, aventurero, mitad corso, mitad guajiro, al asesinar la República, no
asesinaba su patria; no habiendo nacido en Colombia, se conformó con deshonrarla,
después de haber vivido de ella, y dejó a otros el cuidado de venderla. ¿Qué podía
importar eso a su venalidad de aventurero? Colombia no era su patria. Aquellos legionarios
de la traición, una vez obtenida su victoria, no supieron qué hacer de la República;
heridos de vértigo, la asesinaron primero; después vendieron su cadáver a los yanquis;
mercenarios que incapaces de otra libertad, no conservaron sino la de venderse; y usaron
de ella, vendiendo también la tierra en que acampaban. No se enseña a un pueblo el
desprecio absoluto de la libertad, sin que ese desprecio no suba un día hasta la patria
misma; y la ahogue. Es explotando la bestialidad de los pueblos que se les subyuga; pero
es explotando su corrupción, que se les vende; cuando se ha corrompido a un pueblo por la
servidumbre, ¿qué queda por hacer de él? Entregarlo maniatado a la conquista; los
letrados de la Regeneración hicieron la primera parte de la obra; los mercenarios se
encargaron de realizar la última; ellos abrieron con sus picas el sepulcro de la
República, la sepultaron allá, y sobre esa tumba pusieron extendida la espada de Esteban
Huertas, como una cruz; la pluma de Núñez había engendrado la espada de Huertas; no se
predica a los pueblos el desprecio del honor, sin morir un día de ese desprecio; la lepra
de la servidumbre no sana nunca se muere de ella... ¡ay! a veces, demasiado tarde, para
ahorrar a la historia, un puñado de vergüenzas.»
*
«Marroquín, no se conformó con el crimen que
lo llevó al poder; no contento de haberse deshonrado por la traición, quiso deshonrarse
aún más por la crueldad; e inmoló la ancianidad, como ya había inmolado, la legalidad;
el presidente nonagenario fue reducido a prisión, privado del cuidado de los suyos,
sometido a los más duros tormentos que la ancianidad pueda resistir, y la crueldad pueda
inventar; se le sometió al hambre y a la sed, como a un enmurado de la Edad Media; se le
privó del sueño, tan reparador en la vejez; se arrancó de su lado no sólo su familia,
sino los servidores más fieles de su senectud; se violó su correspondencia y se le
prohibió después toda comunicación con los suyos; se le espió; se le aisló; se le
rodeó de hombres y de cosas hostiles.
«Dimitir o morir, tal fue el dilema, que
Marroquín le puso en la punta de un puñal; y el anciano no tembló; su valor fue más
grande aún que su infortunio; no abdicó, no sancionó el atentado, no absolvió jamás
la usurpación; aquella austera dignidad que quería ser torturada, encolerizaba la
ambiciosa vulgaridad, que quería ser legitimada; y el duelo aleve y cobarde, entre el
usurpador y el presidente, se estableció entonces; el uno desde el poder, el otro en la
prisión...¡duelo conmovedor, que hace llorar la historia!.., en ese duelo, Sanclemente,
toma proporciones desmesuradas.., un sicario, mandado por el usurpador, lo abofeteó un
día, porque no firmaba su abdicación: el anciano, caído bajo la mesa, se levantó
penosamente, pálido, en su dignidad ultrajada, y extendiendo la mano, dijo con un gesto
de majestad, que bastaba para enaltecer una vida:
«Caballero; habéis abofeteado la
legalidad. Salid de aquí!
«El sicario, ni obedeció, ni enrojeció; se
conformó con vengarse, privando al prisionero de alimentos, y ordenando que nadie
retirara las materias inmundas cerca a las cuales estaba desmayado el patriarca doloroso;
ya muy tarde de la noche, lo reanimaron del sincope, arrojándole cántaros de agua fría
y punzándolo con las bayonetas...
« Firmad le decían los corchetes,
extendiéndole la renuncia.
« ¡Jamás! respondía él,
rechazándola noblemente: entonces, los pretorianos lo herían a culatazos; y el anciano
augusto resistía, en aquella intemperie del derecho; otro día, un Sicofante palatino que
llevaba sobre su librea charreteras de general, se llegó a la prisión del presidente,
exigiéndole imperativamente que firmara su renuncia; el anciano se negó; loco de furor
por esta rehusa, el pretoriano abofeteó al presidente, y cuando este estaba en tierra, lo
tomó despiadadamente por los escasos cabellos, y lo arrastró por el aposento hasta que
las blancas guedejas, desprendidas del cráneo, le quedaron en las manos. Sanclemente, a
medio incorporar, le dijo:
«Decid a vuestro amo, que habéis querido
matarme, pero no habéis podido amedrentarme. Llevadle eso que tenéis en las manos, para
probarle que habéis podido arrancarme los cabellos, pero no habéis podido arrancarme la
renuncia. Que yo soy, la legitimidad; el sicario estaba ebrio y volvió a Palacio
orgulloso de su hazaña.
Marroquín lo hizo ministro: la cabeza del
patriarca sufrió el tormento, pero no se dobló ante él; abofeteada fue; pero domada no;
la agonía de Sanclemente rescata por su grandeza, todos los crímenes de su partido; un
país que ha tenido un mártir de esa talla, mereció morir con él. Los pretorianos que
lo asesinaron, lo abofetearon con las mismas manos que habían de tenderse luego al
yanqui, para recibir el oro en que vendieron el campo ilustre en que murió Pedro
Prestán».
__________
148. Ibídem.(Regresar)
149. Otto Morales Benitez: Teoría
y aplicación de las historias locales y regionales.
Editorial Universidad de Caldas.
Manizales, 1995.
(Regresar)
150.
Otto Morales Benitez: Cátedra caldense; obra citada.
(Regresar)
151. Darío Echandía: Obras
selectas: ideología y política. Tomo III. Selección de textos: Aníbal Noguera
Mendoza. Editorial Banco de la República. Bogotá, 1981.
(Regresar)
152. Darío Samper. Cuaderno
del trópico. Poemas. Suplemento de la Revista de Indias. Bogotá, 1936.(Regresar)
153. Nieto Caballero; obra
citada.
(Regresar)
154. José María Vargas
Vila: Los cesares de la decadencia. Editorial Sopeña, Barcelona, España.
(Regresar)
CONTINUAR
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