Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XI
(2 parte)

El negro Ramón Marín y la gallardía

En medio de tanto atropello y vilezas de hombres de crédito en la inteligencia y la política, apareció la gallardía de un varón del pueblo, que era un combatiente por la libertad de su patria: el negro Ramón Marín. Este, participaba en la guerra. No tiene ninguna cercanía con el pensamiento y las clases sociales en las cuales ha desenvuelto su vida el presidente Sanclemente Es hombre lejano a las calidades intelectuales de esto y anda en una lucha contra el partido que él representa en el poder. Pero tiene el aire de gran señor. Lo que asoma en nuestro pueblo colombiano como ademán y conducta. Algo que viene de la fuerza interior de los mandatos populares. Está en el centro de su conducta personal.

 

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Ramón Marín

 

 

 

Marín le escribe una carta ejemplar por la nobleza, el sello personal de autenticidad, que se inclina hacia los símbolos de la patria. La Presidencia de la República tiene un carácter donde la dignidad debe imperar. Con naturalidad, desde luego, como algo que fluye limpiamente del poder. A pesar de estar combatiendo, de ser un general liberal victorioso en varios combates, de mantener alerta su valor personal para la beligerancia, le brota un sentimiento de respeto al mandatario. Y eleva consultas a los poderes centrales de la guerra. Cuando tiene las autorizaciones, escribe su mensaje, que es impecable como imagen de una conducta de lo que el hombre del pueblo siente por la majestad del poder. En palabras sin dobleces, sin zalamerías subyugantes, le escribe a Sanclemente: 148

 

REPUBLICA DE COLOMBIA • DEPARTAMENTO DE CUNDINAMARCA

Ejército Liberal del Norte del Tolima • Comandante general

 

San Juan, octubre 19 de 1900.

 

Excelentísimo, señor doctor don Manuel Antonio Sanclemente Villeta.

Con el acatamiento que usted se merece me permito enviarle mi saludo, deseando que con el caballero su hijo y el doctor Perea, estén sin novedad.

Su permanencia en ese lugar sin fuerza que lo haga respetar, rodeado de enemigos como está, y dadas las especiales circunstancias en que usted se encuentra, por las desmedidas ambiciones de los históricos, y deseo de estos en legalizar de alguna manera el golpe del 31, hacen de usted un ser a quien indiscutiblemente querrán hacer desaparecer del teatro de la actual contienda política.

Visto lo anterior y lo que de Bogotá se nos comunica, creo de mi deber ofrecer a usted todo mi apoyo y proponerle su salida de esa con dirección a Fusagasugá, favorecido por mi fuerza y con todas las consideraciones del caso.

La proposición que en esta le hago, me es indicada por el comité de la capital. Por tanto dejo a la consideración de usted la resolución que sobre el asunto tome, esperando se sirva comunicarme a esta cualquiera que ella sea.

Con sentimientos de alta consideración, me suscribo de usted afectísimo seguro servidor.

El comandante general, Ramón Marín.

El jefe del Estado Mayor General, Aristides V. San Martín.

 

El presidente Sanclemente le contesta llamándolo amigo. No podría darle mejor testimonio de agradecimiento. El presidente le dice:

Villeta, noviembre 1º de 1900.

Señor general Ramón Marín.

San Juan.

Mi estimado amigo:

          

           Tengo a la vista su atenta carta de fecha 29 del mes próximo pasado, y agradecido por el saludo que en ella se ha servido dirigirme, se lo correspondo gustoso.

           Entregado aquí a mi propia suerte, como usted me dice, por no haber fuerza que me resguarde, me propone usted, de acuerdo con el comité de la capital, que me traslade a Fusagasugá, ofreciéndome para ello la custodia de la fuerza de su mando y las mayores consideraciones para mi persona; favor es ese que le estimo en alto grado por tener en mira evitarme nuevos y, acaso, mayores vejámenes de parte del actual Gobierno de hecho. Pero el cambio de residencia ofrece para mí muy graves dificultades, y por esto he resuelto permanecer aquí hasta que el curso de los acontecimientos me indique la medida que deba tomar.

           Reconocido hacia usted por su benevolencia para conmigo, aprovecho la ocasión que se ha servido presentarme, para suscribirme de usted atento y seguro servidor.

Manuel Antonio Sanclemente

 

Breves noticias sobre el negro Marín

Es uno de los pocos héroes que tiene el Gran Caldas. Su figura fue legendaria en las luchas del liberalismo. Nació en Marmato y creció entre socavones, molinos y brillo del oro. Ese es un pueblo lleno de encantos humanos, con leyendas, brujerías, bohemias y hechicerías femeninas. El, desde los primeros días, tuvo preeminencias en su trabajo: por ser guapo para enfrentar las duras dificultades del laboreo; por tener carácter para conducir a los hombres; por su honradez sin mengua. Por ello, fue capataz desde muy joven. Tenía sentido de la autoridad y sabía imponer respeto y lograr acatamiento para sus decisiones.

Su experiencia lo llevó al Tolima. Allí en la mina de las Frías se encontraba cuando el liberalismo resolvió, por las armas, rescatar el derecho para vivir en el país que sus jefes no tuvieran que estar en el destierro. Entre otras causas, por ello irrumpió la guerra. Marín ya tenía un capital y una posición en la cual se acentuaba el respeto por sus determinaciones. Tenía calidad de jefe, pero, por fortuna, sus características le daban la de conductor popular. Lo rodeaban sus compañeros de minería; lo respetaban sus obreros; lo querían las gentes del contorno. Lo que aconsejaba, se aceptaba como insinuación de quien emanaba autoridad. Por ello cuando él resolvió vincularse a la beligerancia, con él marcharon ejércitos de hombres de trabajo.

Los retratos de la época lo presentan con su sombrero aguadeño, de ancha ala protectora. A veces, le levantaba sobre la frente, avizorando en los momentos del diálogo de expansión. Su guarniel se lo terciaba con la maestría heredada de los antioqueños. El machete al cinto, acentuaba la virilidad.

Nadie discutió sus condiciones de buen guerrillero. Muchos de los combates del Tolima grande los ganó él con su pericia, arrojo e intrepidez. La toma de Ibagué se recuerda como episodio de grandeza y habilidad guerreras. Su nombre aparece en el relato del episodio histórico popular. Su figura alcanzó tal nombradía, que su retrato se puso en las cajetillas de cigarrillos, como homenaje a un líder reconocido, de condiciones humanas y de vivacísima inteligencia de estratega. Se volvió, con el tiempo, leyenda colectiva.

El negro Marín era alto, con una figura poderosa, con las manos anchas y la mirada de vigoroso fulgor. Era inconfundible. Cuando se principiaron a hacer pactos para deponer las armas, él fue uno de los últimos en hacerlo. Tenía celo por la hombría y el respeto a sus deberes políticos. Estos, los consideraba materia no negociable. No lo agobiaban los reveses. Volvía a levantar su orgullo de combatiente para imponer sus devociones, sus reglas, sus principios, sus mandatos. En Honda murió en 1923. De los últimos actos que realizó en favor de sus gentes de Marmato, de sus hombres de minas, fue apelar al doctor Rafael Uribe Uribe para que denunciará cómo se cumplía el desalojo de los mineros para dar cumplimiento a la concesión que se le había entregado a Alfredo Vásquez Cobo. 149 Era un hombre con sensibilidad por el destino de sus gentes. Se le ve vibrante, cercano a la tragedia comunal, responsable del destino de sus viejos compañeros.

Nunca abandonó la vocación entrañable por las ideas liberales. No se dejó vencer por el aislamiento en que cayeron muchos de los combatientes. El padeció las limitaciones naturales de la existencia, pero también peleaba contra ellas.

Cuando se rompió la ‘Unión Nacional’, en el gobierno de Mariano Ospina Pérez, el maestro Darío Echandía que tuvo que retirarse del Ministeno de Gobierno por el asedio sectario del conservatismo, pronunció un discurso en un banquete que recibió de apoyo del liberalismo. Allí hizo un gran elogio del negro Ramón Marín. Echandía era tolimense: tenía en su memoria lo que había escuchado en su niñez y primera juventud de las acciones de aquel combatiente. Dijo palabras acerca de él que es necesario recoger. El maestro advirtió que él había forjado una conducta para nuestro partido. 150151 Que había dejado una enseñanza de profunda fuerza moral y política que no podía abandonar nuestra colectividad. Así era el negro Marín: dejaba enseñanzas.

«Pero yo creo interpretar la esencia íntima, la suprema razón de ser de nuestro partido, dijo Echandía, el sostener que la política liberal no puede ser otra, lo mismo en el gobierno que en la oposición, que la de una disposición permanente a sacrificar el interés táctico o puramente sectario,  al supremo interés de salvar la democracia y conservar la libertad. Recordad, una vez más, la pregunta aquella del general Marín que a mí me parece mas profunda y plena de enseñanzas morales que el mismo inmortal apotegma del general Herrera, citado sin cesar: «Si vamos a hacer lo mismo que los conservadores, ¿dónde estaría la diferencia?». Quien pronunció esas palabras no era un letrado: era un soldado rudo que sintió un día en su pecho un vago pero irresistible anhelo de libertad y se echó al campo a luchar contra los que él creía conculcadores de esa libertad en su patria. No ostentaba títulos académicos, ni había adiestrado su mente con el contacto intelectual de filósofos y jurisconsultos. Y sin embargo, qué frase aquella, digna de ser esculpida en bronce como admonición perpetua a todos los partidos políticos.

Darío Samper, 152 publicó una poesía cívica excepcional por su belleza y por el resplandor de fuerzas humanas que asisten a sus poemas. Cantó a las hazañas de Tulio Varón, de Vidal Acosta, de Helí Villanueva. En una conversación poco antes de la muerte, me relató que tenía reunidos los datos para el romance del negro Ramón Marín. No alcanzó a terminarlo. Pero él consagró el aire popular levantando la majestad del ímpetu de los luchadores por la libertad: hizo alarde de la épica comunal. Levantó los hombres de las hazañas ciudadanas y lo consagró en su canto:

 

Iba así el canto en la noche encendida,

en la honda noche que sabe a tabaco,

La luz de las llamas les teñía de rojo las manos.

Los hombres tendidos sobre la hierba

oían la canción y bebían el viento

la frescura de las estrellas.

De los campos dormidos

Venía el olor de los frutales maduros

y de las naranjas que caen en la sombra.

Cada hombre veía en el baile de las llamas

la danza loca de los soldados

cuando comienza el fuego de los fusiles,

 y cuando las balas silban

como las culebras en la sombra.

Veía a sus compañeros

Asaltando con los brazos abiertos

como si fueran al encuentro de sus mujeres,

mientras giraban sobre sus frentes

las palmeras como un anillo,

y cuando, arrastrándose sobre las piedras,

como las lagartijas al sol de la tarde,

oyen la pobre música de sus corazones

que se va extinguiendo,

bajo el día roto

como el ruido de una fuente pequeña!

 

Y los hombres oían el canto

y  soñaban en sus mujeres

cuyas trenzas huelen a miel.

Y las veían en pie, con sus delantales blancos,

y danzaban los delantales

como una señal de saludo

hecha en el límite de los días.

 

Pero la guerra nunca termina,

y todavía sus soldados le esperan!

Los soldados campesinos,

con sus gorras de caña,

con sus camisas de lienzo,

más cerca el corazón a la muerte.

¡En pie, sobre la tierra,

esperando el clarín de la revolución!

     

            Esa estirpe de colosal ímpetu humano, ayudaba a formarla el negro Marín.

Luis Eduardo Nieto Caballero 153 rememora cómo Marín fue una verdadera leyenda en el alma colectiva. Sus palabras recobran esa etapa como parte esencialísima de la revolución liberal:

«Peralonso, a los dos meses del grito de rebelión, fue un triunfo que nos electrizó. Palonegro después, la derrota máxima, nos cortó las alas a todos los muchachos. Pero seguían ardiendo las fogatas del Tolima. Tantos hombres que prendimos del corazón: Pulido, Ibáñez, Varón, Pedroza, Caicedo, el fantástico negro Marín, a quien todos los días cercaban las fuerzas del Gobierno, el que todos los días se les escapaba, como si hubiera sabido aquella oración de Quijano Mantilla que le permite a uno convenirse en cucarrón y salir por entre las patas de los caballos o por entre las grietas de las puertas. ¡Y luego el resplandor de Panamá! Benjamín Herrera se bahía adueñado del istmo con el mejor ejército que haya tenido en Colombia.» Formula una alabanza a la vida, a las hazañas y al temple revolucionado del negro Marín. Es la estampa del combatiente que representa al pueblo e incluye las esencias de la palma.

«Las hazañas del negro Marín circulaban como monedas de heroísmo, entre la gente joven y el pueblo de Colombia».

 

Marroquín según Vargas Vila

José María Vargas Vila, un escritor de extensísima obra, publicó su libro Los césares de la decadencia 154 en el destierro. Es una de las innumerables víctimas de la Regeneración. En ese libro enjuicia, con su dinámico y panfletario estilo, las vidas en Colombia de Rafael Núñez, Miguel A. Caro, Manuel A. Sanclemente, José Manuel Marroquín y Rafael Reyes. En Venezuela juzga con riqueza de adjetivos a José A. Páez, Guzmán Blanco, Rojas y Ardueza, Joaquín Crespo, Ignacio Andrade y Cipriano Castro. El signo de su escritura, es la exaltación de la libertad. Y condenar toda forma de despotismo. No amó sino a aquellos seres que tenían noción integral del poder en servicio de la comunidad. El consideraba que un «escritor honrado, es toda la conciencia de su época». Como «un hombre libre, no es el cortesano de su época: es su juez. Seamos sin piedad para los enemigos de la libertad. No pactemos con el éxito, cuando este no es el de la virtud». Con relampagueante estilo va diciendo sus sentencias: «Yo no tengo el amor de los tiranos, ni siento el temor de ellos».

Después hace un análisis sobre la tiranía. Esta «ha tenido en Colombia un solo nombre: La Regeneración. Fundada por la traición de Rafael Núñez. en 1885, para asesinar la libertad, terminó en 1903, por vender la nacionalidad... hecha por un partido, para castigar el orgullo de otro, terminó por deshonrar el orgullo de todos... Rafael Núñez pertenecía a la raza triste de los tiranos filósofos... era déspota por hastío... su obra no fue estéril: la impotencia del talento, engendró la omnipotencia de la fuerza;...ya, no hay patria, pero aún hay tiranía: esa es su obra».

De Caro dice que «pertenece a la raza enojosa de los tiranos letrados y a la legión rencorosa de los tiranos austeros». De Sanclemente decía que «la justicia se desarma, ante esta cabeza ultrajada pon la traición...un motín de pretorianos, presidido por José Manuel Marroquín, vicepresidente de la República, dio en tierra con el poder de Sanclemente, el 31 de julio de 1900... en esa noche trágica los pretorianos ebrios, mandados por Manuel Casabianca, asaltaron el palacio presidencial, declararon destituido al presidente, y sobre las ruinas de la legalidad inauguraron la tiranía del tumulto...».

De Marroquín dice que «el usurpador, no tenía historia: el crimen venía a dársela llegado al poder por la traición, se afianza en él por la violencia... y la historia ya no puede olvidarlo: su crimen lo sobrevive; no tuvo siquiera la apariencia de las virtudes, de las cuales otros tuvieron la realidad; sin talentos ningunos que hacerse perdonar, pudo desarmar la envidia por la ineptitud: y cuando con cándida ironía se hacía pasar por idiota, era las única vez que no engañaba a nadie; no tuvo que fingir nada para hacerse pasar por nulo; y esta sinceridad era su única modestia. Así había llegado a los setenta años, obscuro y feliz, entregado a la enseñanza cuando los pretorianos, arrancándolo brutalmente de la obscuridad, lo llevaron al poder; no da de sí la historia mayor ejemplo de la pequeñez de un hombre, unida a la enormidad de un crimen; la grandeza de sus delitos parece ocultarlo, más que mostrarlo, a las miradas atónitas de los hombres: tal es la montaña de responsabilidades que gravita sobre su cabeza. Nunca hombre más nulo tuvo un destino más fatal; una liga de ambiciones subalternas en que todo fue mediocre; incluso el crimen, lo llevó al poder; fue a la traición, presidiendo un motín de cosas pequeñas, en que no hubo grande nada, ni siquiera la ambición; un desborde de mercenarios ebrios lo subió al trono, temblando como Claudio, y lo hizo amo; su obscuridad y su mediocridad le habían precedido como un renombre; desde aquella hora, el crimen lo coronó como una aureola; en él no quedaba ya ni el recuerdo de la virtud».

*

«Núñez había buscado el poder como una venganza; Holguín, como un lujo; Caro, como un orgullo; Sanclemente, como un honor. Marroquín lo buscó, como un Medro; de todas las pasiones, en este anciano simoníaco, no sobrevivía sino la codicia; y se entregó a satisfacerla, con un placer senil, que era una voluptuosidad; no teniendo ya nada que hacer en el despotismo, se dedicó al pillaje; metió las manos hasta los codos en las cajas del erario nacional, y las vació. Nada saciaba su avaricia. Lo vendió todo, esperando la hora de vender la patria. El peculado, que hasta entonces residía en el sistema, se encarnó en el dictador; y la probidad, que había sido la única apariencia de virtud de los presidentes de la Regeneración, desapareció para siempre; y ya no volvió a entrar en el Palacio de San Carlos; las larguezas, con que los otros tiranos avivaban la fidelidad voraz de los mercenarios, fueron recortadas; y el César, codicioso, no pagó ya sus legiones, sino con la propiedad de los ciudadanos; la República fue entregada al saqueo, como una ciudad vencida; y ya no hubo que empujarla a la mina, marchó sola hacia su disolución. Los pretorianos mismos, que quisieron ampararse bajo el manto imperial, retrocedieron ante el gesto del avaro, que después de prostituirlos, no quiso pagarlos; robó el imperio; no lo compró; lo explotó sin haberlo pagado; y se contentó con hartarse, en una tiranía, en que otros habían sabido honrarse».

«El 31 de julio, no fue un golpe de Estado; fue un golpe de muerte; en él no sólo murió la legalidad: murió Colombia; esos mercenarios ebrios, que con Manuel Casabianca a la cabeza degollaron la legitimidad en el motín, ¿previeron que en aquella asonada lúgubre degollaron también la República? Todo hace creer que sí, porque muchos de aquellos jefes fueron de ese grupo de cobardes, que años después se retiraron del istmo segregado, ocultando con una mano el oro recibido de los yanquis, y envainando con la otra la espada recibida de la patria; espadas que fatigadas de venderse al extranjero; cansadas de asesinar la libertad, se alquilaron para asesinar la patria, y no teniendo nada que esperar de la tiranía, se vendieron a la conquista.

«Esteban Huertas es un miserable; pero todos esos generales fueron Huertas; ninguno fue inferior a él en venalidad; todos le fueron inferiores en el valor de su crimen: todos ellos se vendieron; sólo él tuvo el valor de confesar altamente la traición. ¡Triste valor de un bandido, que queda siempre más alto, que la infame cobardía de aquellos que después de vender la patria, continuaron en explotarla!»

«Manuel Casabianca, el jefe de los mercenarios de 3l de julio, aventurero, mitad corso, mitad guajiro, al asesinar la República, no asesinaba su patria; no habiendo nacido en Colombia, se conformó con deshonrarla, después de haber vivido de ella, y dejó a otros el cuidado de venderla. ¿Qué podía importar eso a su venalidad de aventurero? Colombia no era su patria. Aquellos legionarios de la traición, una vez obtenida su victoria, no supieron qué hacer de la República; heridos de vértigo, la asesinaron primero; después vendieron su cadáver a los yanquis; mercenarios que incapaces de otra libertad, no conservaron sino la de venderse; y usaron de ella, vendiendo también la tierra en que acampaban. No se enseña a un pueblo el desprecio absoluto de la libertad, sin que ese desprecio no suba un día hasta la patria misma; y la ahogue. Es explotando la bestialidad de los pueblos que se les subyuga; pero es explotando su corrupción, que se les vende; cuando se ha corrompido a un pueblo por la servidumbre, ¿qué queda por hacer de él? Entregarlo maniatado a la conquista; los letrados de la Regeneración hicieron la primera parte de la obra; los mercenarios se encargaron de realizar la última; ellos abrieron con sus picas el sepulcro de la  República, la sepultaron allá, y sobre esa tumba pusieron extendida la espada de Esteban Huertas, como una cruz; la pluma de Núñez había engendrado la espada de Huertas; no se predica a los pueblos el desprecio del honor, sin morir un día de ese desprecio; la lepra de la servidumbre no sana nunca se muere de ella... ¡ay! a veces, demasiado tarde, para ahorrar a la historia, un puñado de vergüenzas.»

*

«Marroquín, no se conformó con el crimen que lo llevó al poder; no contento de haberse deshonrado por la traición, quiso deshonrarse aún más por la crueldad; e inmoló la ancianidad, como ya había inmolado, la legalidad; el presidente nonagenario fue reducido a prisión, privado del cuidado de los suyos, sometido a los más duros tormentos que la ancianidad pueda resistir, y la crueldad pueda inventar; se le sometió al hambre y a la sed, como a un enmurado de la Edad Media; se le privó del sueño, tan reparador en la vejez; se arrancó de su lado no sólo su familia, sino los servidores más fieles de su senectud; se violó su correspondencia y se le prohibió después toda comunicación con los suyos; se le espió; se le aisló; se le rodeó de hombres y de cosas hostiles.

«Dimitir o morir, tal fue el dilema, que Marroquín le puso en la punta de un puñal; y el anciano no tembló; su valor fue más grande aún que su infortunio; no abdicó, no sancionó el atentado, no absolvió jamás la usurpación; aquella austera dignidad que quería ser torturada, encolerizaba la ambiciosa vulgaridad, que quería ser legitimada; y el duelo aleve y cobarde, entre el usurpador y el presidente, se estableció entonces; el uno desde el poder, el otro en la prisión...¡duelo conmovedor, que hace llorar la historia!.., en ese duelo, Sanclemente, toma proporciones desmesuradas.., un sicario, mandado por el usurpador, lo abofeteó un día, porque no firmaba su abdicación: el anciano, caído bajo la mesa, se levantó penosamente, pálido, en su dignidad ultrajada, y extendiendo la mano, dijo con un gesto de majestad, que bastaba para enaltecer una vida:

«—Caballero; habéis abofeteado la legalidad. Salid de aquí!

«El sicario, ni obedeció, ni enrojeció; se conformó con vengarse, privando al prisionero de alimentos, y ordenando que nadie retirara las materias inmundas cerca a las cuales estaba desmayado el patriarca doloroso; ya muy tarde de la noche, lo reanimaron del sincope, arrojándole cántaros de agua fría y punzándolo con las bayonetas...

«— Firmad — le decían los corchetes, extendiéndole la renuncia.

«— ¡Jamás! — respondía él, rechazándola noblemente: entonces, los pretorianos lo herían a culatazos; y el anciano augusto resistía, en aquella intemperie del derecho; otro día, un Sicofante palatino que llevaba sobre su librea charreteras de general, se llegó a la prisión del presidente, exigiéndole imperativamente que firmara su renuncia; el anciano se negó; loco de furor por esta rehusa, el pretoriano abofeteó al presidente, y cuando este estaba en tierra, lo tomó despiadadamente por los escasos cabellos, y lo arrastró por el aposento hasta que las blancas guedejas, desprendidas del cráneo, le quedaron en las manos. Sanclemente, a medio incorporar, le dijo:

«—Decid a vuestro amo, que habéis querido matarme, pero no habéis podido amedrentarme. Llevadle eso que tenéis en las manos, para probarle que habéis podido arrancarme los cabellos, pero no habéis podido arrancarme la renuncia. Que yo soy, la legitimidad; el sicario estaba ebrio y volvió a Palacio orgulloso de su hazaña.

Marroquín lo hizo ministro: la cabeza del patriarca sufrió el tormento, pero no se dobló ante él; abofeteada fue; pero domada no; la agonía de Sanclemente rescata por su grandeza, todos los crímenes de su partido; un país que ha tenido un mártir de esa talla, mereció morir con él. Los pretorianos que lo asesinaron, lo abofetearon con las mismas manos que habían de tenderse luego al yanqui, para recibir el oro en que vendieron el campo ilustre en que murió Pedro Prestán».

 

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148. Ibídem.(Regresar)

149. Otto Morales Benitez: Teoría y aplicación de las historias locales y regionales. Editorial Universidad de Caldas. Manizales, 1995. (Regresar)

150. Otto Morales Benitez: Cátedra caldense; obra citada. (Regresar)

151. Darío Echandía: Obras selectas: ideología y política. Tomo III. Selección de textos: Aníbal Noguera Mendoza. Editorial Banco de la República. Bogotá, 1981. (Regresar)

152. Darío Samper. Cuaderno del trópico. Poemas. Suplemento de la Revista de Indias. Bogotá, 1936.(Regresar)

153. Nieto Caballero; obra citada. (Regresar)

154. José María Vargas Vila: Los cesares de la decadencia. Editorial Sopeña, Barcelona, España. (Regresar)

 

CONTINUAR                                                            

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