Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO XI

Vejámenes, irrespetos, durezas.  Nuevos documentos denunciando atropellos.  Traslado en una caja a Guaduas.  Relato del «Herald» de Nueva York.  Crónica de la infamia.  El negro Marín.  Marroquín según Vargas Vila.  Notas sobre Vargas Vila.

Vejámenes, irrespetos, durezas

            Lo que ha acontecido no lo entiende mi vocación democrática. Ningún golpe se puede justificar, cuando hay canales a través de los cuales consultar la opinión pública. Esta puede desviarse pero tiene la capacidad decisoria  más profunda. Rectifica cuando encuentra que sus avances han sido equivocados. Por ello mi posición es de condena a lo que he venido relatando como golpe de mano. Como actitud de primacía de las bayonetas. Como símbolo y círculo en donde anda la verdad política. El destino de los pueblos no lo concibo sino en una actitud positiva en la cual ellos puedan determinar. No me gustan los cambios en los cuales las gentes del común no participan.  En este golpe de cuartel, todo se fraguó en la media noche, lejos de la presencia de la multitud, en el sigilo. Así no puede hablarse de adhesión a Marroquín.

             Cómo me despierta indignación la manera como trataron a Sanclemente. El sentido de la dignidad humana se pierde en las dictaduras. Doblegan las fuerzas espirituales para conservar el dominio del poder. El irrespeto alcanzó en aquella época unas dimensiones realmente impresionantes. No hubo contención de discreta presencia de la hombría de bien en el manejo del presidente. Se le produjeron los escarnios más aberrantes. Las gentes del gobierno no tuvieron límites  en el abuso, perversión y afrenta ejercidos contra un nobilísimo varón. Este merece respeto por el solo hecho de existir. Máxime cuando tiene unos dones de inteligencia y de señorío que no pueden desconocerse. El venía de una estirpe de varones del derecho, de vocaciones pedagógicas, de seres en constantes acciones de gobierno. Alcanzó una preeminencia que se la da el país  a quienes han acumulado, en los años, una serie de acciones que los indican para conducir una comunidad. Ello se olvidó y se abandonó.

             El 14 de agosto 144 Sanclemente le escribe a Marco Fidel Suárez una larga carta. Va precisando cada uno de los hechos aberrantes de que ha sido víctima. Apareció a su casa Eliseo Arbeláez para manifestarle que estaba preso. A la vez le informó del plebiscito que estaba recibiendo el Gobierno de facto de todo el país y la colaboración eficaz de quienes designaba. El presidente le dijo: «Si todo eso es cierto, y tan desopinado estoy yo, no veo la necesidad que haya de ponerme preso, y debe manifestarlo así a sus comitentes...» Enviaron en su reemplazo a Guillermo Martínez Silva, quien dispuso la prisión de su hijo Sergio, e impidió que su yerno Aparicio Perea y dos de sus hijos «salieran de mi casa». Pero no fue severo en cuanto a incomunicación pues dejaba que me visitaran algunos amigos. No estaba tranquilo con su oficio de esbirro y pidió traslado. Arribó Mariano Tovar, quien había celebrado con báquicas alegrías, la noticia de que yo había muerto en Tena. Este extremó las medidas para evitar que me comunicara. A mi nieto Jorge Perea, quien venía a visitarme lo mismo que su padre, se le impidió. Mas tarde enviaron un grupo de jóvenes, «los  bartolinos», contra quien pronunció una condena por su mala conducta. El general Quintero Calderón, por conducto del capitán Enrique Angulo, exigió que yo entregara  mi archivo personal. Se le había dicho que obrara con discreción. Se presentó con «dos oficiales»... trayendo ocho o diez soldado armados de fusil y bayoneta calada. Se tomaron el archivo y no dejaron levantar inventario. A la señora Verónica Forero, directora del Hotel Mazanares le pidieron que ayudara a cuidarme, en el sentido «que me hostilizara como ellos». A su servicio, se le prohibe asistir a las procesiones religiosas. « Después de la seis de la tarde ningún sirviente de la casa puede salir a comprar lo que se necesita,  ni a traer siquiera de la botica algún remedio en caso de enfermedad. ¡Qué hemos de hacer!».   

           Le dice Sanclemente a Suárez: «¿Sabe usted, mi amigo, que a alguno que haya sido condenado por delitos atroces, se le pueda tratar con más rigor que a mí y a los que me acompañan, que hemos sido privados hasta del aire y la luz? Pero, ¿cómo, me dirá usted? Pues del modo siguiente: la casa en que vivo tiene una galería que da a la plaza, y a ella salíamos mi familia y yo a refrescarnos en las horas de mayor calor, y a distraer la vista de algún modo, pero llegó la Compañía de Cívicos y el señor Santiago Vergara, oficial de ella, y comenzó sus funciones por colocar uno de los centinelas en dicha galería, con facultad, le dijo, de hacer uso de toda ella; y como yo no pudiese consentir en que mi familia y yo estuviésemos en comunidad con nuestros carceleros espías, personas que nos eran desconocidas, hice cerrar las puertas quedando por esto la sala de mi casa a oscuras y sin ventilación por muchos días, y también mi escritorio y las demás piezas que dan a la calle Literal, porque siendo rasgadas sus ventanas, las he mantenido cerradas para no ser espiado con mi familia por medio de ellas; visto lo cual por el doctor Insignares, consiguió que el centinela volviera a ponerse en el lugar de antes, y él mismo abrió las puerta de la casa».

  No desaparece la hostilidad. En la carta al señor Suárez, cuenta que se pretende esculcar las ropas limpias y sucias que entran a la casa.

         El presidente Sanclemente, luego, hace algunas anotaciones acerca del comportamiento inexplicable del vicepresidente:

«Volviendo al señor Marroquín, le diré a usted que yo no he extrañado su traición el que se haya declarado dictador, porque desde el 3 de noviembre de 1898 conocí claramente que estaba muy lejos de ser lo que yo me había imaginado. En ese día, último en que ejerció legalmente el Poder Ejecutivo, abandonó su puesto y se fue a su hacienda de Yerbabuena, dejándome entregado a una muchedumbre desordenada que los llamados históricos habían pagado para que me impidiera tomar posesión de la Presidencia de la República, y que según su actitud, me habrían maltratado o dado muerte a pedradas, si yo hubiera salido de la casa a posesionarme en el local de la Corte Suprema. Tampoco he extrañado la conducta de los que han sido cómplices del crimen del 31 de julio, porque, sin embargo de la buena voluntad con que he procurado la unión de los colombianos, aquellos, intransigentes y exclusivistas, como son han ahondado la división del Partido Conservador, por considerarse los únicos que tienen derecho a gobernar la República».

El mismo da la explicación de la actitud de suministro de Guerra, que ya tratamos en capitulo anterior: «A preparar lo ocurrido en la noche del 31 de julio, ayudó eficazmente el general Casabianca, porque, según la voz pública, le habrían ofrecido a él la dictadura».

No hay límites en las osadías equivocas: en Villeta había dos médicos que lo atendían. Uno de ellos era su yerno. Le notifican que no puede quedarse sino uno y el otro debe viajar a la capital. Es quitarle la colaboración científica, si la llegare a necesitar. Sanclemente contesta a los enviados del general Tovar que este resolviera y que podía expulsarlos a ambos, «pues mi principal médico era Dios.» Dejaron a mi yerno, pero, naturalmente, en prisión como el presidente. A la vez, se le retira su edecán, que también sufría prisión en la casa del mandatario. Pero algo aún más delirante, es que le nombraron un esbirro para que les compre los alimentos. No podía hacerlo el servicio doméstico. Sanclemente protesta por esa intromisión.

La suma de estos actos, y del control de las publicaciones, producen una protesta en la inteligencia y voluntad de Sanclemente, por tanta vileza. Muy expresamente reitera su decisión de conservar intacta la dignidad presidencial. Contra ella pueden atentar, pero no sucederá por su culpa. Es ejemplar su actitud y cómo la manifiesta:

«¿Ha visto usted en la historia algo igual a lo ejecutado por uno de los principales autores del crimen del 31 de julio, escogido para venir a ejercer aquel oficio de verdugo de un anciano digno de consideración y de una familia que la merece también? ¿Pensarán los que se han adueñado del poder y sus agentes que privándome de mi libertad, amordazándome  y ultrajándome de todas maneras, y aprisionando y persiguiendo a los que no piensan como ellos, podrán establecer gobierno y hacerlo aceptable? ¿Pensarán, por otra parte, que asesinando a su patria, como lo están haciendo, desacreditándola sin piedad ante el mundo entero y consumando su ruina, se someterá ella, como si se compusiera de parias, a la detestable dictadura que se está ejerciendo? Por lo que hace a mí que estoy sufriendo persecución, por la justicia, a Dios le pido que los perdone, como yo los perdono».

«Según el señor Marroquín, él ha cambiado el Gobierno y lo preside, impulsado por la opinión pública; pero, ¿cuándo, de qué modo y por qué medios se ha dejado conocer esta? En una nación como la nuestra,  compuesta de más de cuatro millones de habitantes, formarán la opinión  pública los generales Moya Vásquez y Mariano Tovar con dos o tres batallones puestos a su servicio, y el director de la policía, prototipo de deslealtad, a quien  compraron los que más lo odiaban, para que no impidiera con la fuerza a su mando, adicta en su mayor parte del Gobierno legítimo (página 218 no se ve la primera parte)

 

Nuevos documentos denunciando atropellos

        Es inconcebible el terror de los dictadores es algo sobre lo cual es necesario reflexionar. Sus temores son tan profundos, inquietantes, que no tienen reposo. Los asalta la vacilación en medio de la arbitrariedad. Quizás el mal comportamiento que ellos saben que han tenido, los lleva a recelar de cada persona y del más mínimo movimiento humano. Es como que el mundo –la integridad del universo-, los persiguiera. Arremeten contra los más inofensivos. No tienen confianza sino en sus cancerberos, entre más feroces y primitivos, tienen más audiencia. Terminan rodeados de verdaderas lacras morales. Siempre acontece así con los dictadores. Aparecen como hombres en caricatura pública.

        El presidente Sanclemente no calló nunca frente a los atropellos. Hay un signo de esa hora en su vida: estuvo vigilante. Luchó por encontrar una salida que facilitara la dignidad del retiro del poder; que garantizara la armonía conservadora; que le diera descanso a Colombia en sus múltiples dolores. El silencio no fue su signo.  Esto lo hace más respetable y su figura se levanta con la dimensión de magistrado, que siempre tuvo. El 17 de abril de 1901, escribe a Marroquín 145 una carta de protesta por el atropello a sus hijos. La titulan ‘proceso histórico’. Una versión sintética de ella, la intentaremos. Ellos viven en Buga. Han venido a visitarlo con «pasaporte» del gobernador del Cauca, de ida y regreso. A Enrique se le detuvo en su marcha a Bogotá para visitar sus hermanas. Se le confinó en Villeta. Se le puso preso en pieza sin cama y sin alimentación. Ahora están arraigados en el pueblo. Son casados, tienen su pequeña familia en el Valle y sus negocios sin su vigilancia, y se han visto obligados a abandonar los bienes de Sanclemente que ellos administraban. Es, pues, un castigo oficial. Tanto sus bienes como los del presidente, son «el único recurso con que contamos para nuestro sustento y el de nuestros allegados.» ¿Habrá justicia en esto?, le pregunta Sanclemente al usurpador.

       El hijo  de Marroquín pasó por Villeta. Venía de desempeñar un cargo diplomático que le solicitó a Sanclemente y este se lo otorgó con largueza. Los hijos de este, le pidieron intercediera para el salvoconducto y volver a sus hogares. No les ha llegado. Esta carta protesta, si no los envían, será publicada «para que la nación sepa hasta dónde llega en usted la pasión política. Por lo que a mí toca, puede usted disponer de mi persona como a bien lo tenga, porque se bien que sus vejaciones, lejos de deshonrarme me enaltecen y que a usted lo harán pasar a la historia con un inri en la frente».

      « No terminaré  esta carta, ya que la escribo, sin hacerle algunas observaciones sobre el golpe de cuartel del 31 de julio.

      «Que un hombre de espada de esos que nunca faltan, que la sacan sin razón y la envainan sin honor, por adueñarse del poder, abusando de la fuerza  cuyo mando se le hubiera confiado y por libertarse acaso de la pena a que fuera acreedor por la comisión de algún grave delito, como Melo en 1854, se proclamara dictador y cometiera toda clase de atropellos para gobernar por medio del terror, no me sería extraño; pero que usted señor don José Manuel, vicepresidente de la República, violando manifiestamente la Constitución y las leyes que juré cumplir con fidelidad, por ambición de mando y de mayor lucro, me despojara violentamente de la autoridad que yo ejercía, eso es imperdonable, porque demuestra (se lo digo con pena) que, dejando usted de ser caballero y hombre de honor, prefirió hacer el papel de Judas, sin tener en cuenta que la traición es el delito más infamante. Para disculpar usted su procedimiento, díjole usted a la nación en su manifiesto, del 1º de agosto de 1900, que se había visto en la necesidad de no desatender la potente voz de la opinión pública que de tiempo atrás venía clamando por el restablecimiento de un gobierno justiciero, probo y enérgico para el bien, y por incapacidad del primer mandatario rara residir en la capital de la República y para dirigir los negocios públicos por sí mismo; pero todo eso, señor Marroquín, no pasa de ser una farsa inventada por usted para engañar a los tontos, porque en primer lugar, ¿cuándo la opinión pública lo impulsó a usted a cometer el crimen de la noche del 31 de julio? ¿ni cómo fuera posible que lo excitara a ejercer el Poder Ejecutivo fuera de los únicos casos en que la Constitución se lo permite? ¿Quién, por otra parte, le ha dicho que usted fuera llamado a establecer un gobierno probo, justiciero y enérgico para el bien? ¿No le parece a usted que eso es pura vanidad y que su Gobierno está muy lejos de reunir tales condiciones?

      «En segundo lugar, el argumento de estar yo incapacitado para residir en la capital de la República, no tiene fuerza alguna, porque refutando yo un acuerdo aprobado por la mayoría de la Corte Suprema, relativo al asunto, he demostrado hasta la saciedad que por derecho propio he podido ejercer mis funciones de presidente en cualquier punto del territorio de Cundinamarca; refutación que le acompaño a usted por si no la hubiere visto.

        «Y en tercer lugar, ¿en virtud de qué se ha considerado usted con derecho para declararme por sí y ante sí incapacitado para dirigir por mí mismo los negocios políticos, siendo, como ha sido, notoria mi absoluta consagración al desempeño de mis funciones hasta que usted tuvo a bien desconocerme como presidente? Lo hecho por usted, ¿no ha tenido por objeto decirme, quítese usted para ponerme yo, que soy más capaz que usted, olvidando que en telegrama del 4 de octubre de 1897, después de hablarme de su ineptitud para la Vicepresidencia, me dijo que sólo lo animaría a aceptarla el que su nombre hubiera de ir unido con el de un patricio, como yo el más respetable de los que en épocas muy señaladas han prestado insignes servicios a nuestra causa y al país? ¿No le parece a usted vergonzoso que el sustituto se declare por sí mismo principal y remueva a este? ¿Permite acaso la Constitución de la República que el Gobierno se cambie a voluntad de cualquier aspirante a él? Si ella dice en sus artículos 114 y 128 que el presidente y vicepresidente serán elegidos por las asambleas  electorales, en un mismo día, para un periodo de seis años, y así lo fuimos usted y yo; si los artículos 118, 119 y 120 de la misma Constitución señalan las atribuciones del presidente en sus relaciones con el Poder Legislativo y con el Judicial, y como suprema autoridad administrativa, y según el 130, corresponde al vicepresidente presidir el Consejo de Estado y ejercer las demás funciones que le atribuye la ley, ¿por qué el 31 de julio me despojó usted de las a mí atribuidas y dio a conocer sus hechos que no se conformaban con ser vicepresidente y presidir el Consejo de Estado, sino con la suprema autoridad, de la cual se invistió? ¿El periodo constitucional para que ambos fuimos nombrados, presidente el uno y vicepresidente el otro, corre sólo para usted y no para mi? Implícitamente lo ha declarado usted, que todo lo puede. Tan cierto es esto, que mandé a uno de sus esbirros a la cabeza de numerosa fuerza a que me redujera a prisión, y que  habiendo obtenido el santo y seña de un militar desleal, de los destinados a hacerme guardia de honor, vino a pasitrote como él mismo lo ha dicho por la prensa, a cumplir con ufanía su cometido. Y si como esto sólo no bastara, dispuso usted que una compañía de jóvenes inexpertos e inurbanos vinieran a comenzar su carrera política por ser mis carceleros, quienes cumpliendo las órdenes del señor Mariano Tovar, jefe de esta plaza en ese tiempo, mi gratuito enemigo, me mantuvieron en absoluta incomunicación, manifestando por ello la mayor complacencia. ¿Para todo esto fue impulsado usted también por la opinión pública? Seguro es que no; pero si como usted lo ha afirmado, fue ella la que lo indujo a incurrir en el crimen de lesa patria del 31 de julio, si yo estaba incapacitado para ejercer la Presidencia, y si, por otra parte, contaba usted, según ha dicho con el apoyo del ejército, y si lo ha hecho se apoderó de las rentas públicas, de los parques y de todos los elementos que pudieran servirle para considerarse soberano de Colombia, ¿qué necesidad tuvo y continúa teniendo usted de privarme de mi libertad y de oprimirme de diversas maneras sin piedad alguna? ¿El buitre roedor de Prometeo  no estará devorando la conciencia y el corazón de usted? Dígalo con franqueza, y si quiere saber que está muy equivocado en eso de la opinión pública, abra las imprentas y deje escribir con libertad, y ya verá cuán impopular es.

       «En su manifiesto del 1º de agosto, ya citado, habla usted de la ruina y del atraso en que se encontraba el país antes de comenzar la guerra, y de la necesidad de fundar un gobierno capaz de mejorar la situación y de restablecer el orden, y excita a los instrumentos a deponer las armas que habían empeñado contra un gobierno que ya no existía, agregando uno de sus ministros que por solo el hecho de haberse cambiado el personal del Poder Ejecutivo, los revolucionarios estaban ya deponiendo las armas, y todo prometía bienestar para los colombianos; pero el 31 de julio la revolución estaba ya vencida y muy poco faltaba por hacer, y el crimen de ese día vino a revivirla, en tales términos que usted con un ejército que el periódico denominado La Opinión hace subir a 80.000 hombres en la República, no ha podido develarla en el transcurso de ocho meses y medio. Y mientras tanto ¿qué han hecho usted y sus colaboradores para dominar tan horrible situación que ha sido consecuencia del crimen de dicho día? ¿Consistirá el bienestar prometido en mantener las cárceles llenas de presos políticos, en reclutar incesantemente a cuantos estaban consagrados a trabajos de agricultura para proporcionarle al pueblo medios de subsistencia, en emitir diariamente papel-moneda en cantidad tal que el cambio ha subido al dos mil por ciento, haciéndose por esto la vida casi imposible por la carestía de los artículos de primera necesidad, y ejecutando por medio de agentes despiadados, actos de barbarie que deshonran al país? ¿Si como usted mismo ha dicho, nuestros nietos no alcanzarán a ver remediados los males que nos afligen? ¿A dónde iremos a parar señor Marroquín, si usted continúa por el mismo camino que lleva?

         «Mucho más pudiera decirle a usted con relación a su gobierno, pero bastando lo dicho para mi propósito, reservo lo que omito para mejor ocasión.

Manuel Antonio Sanclemente».

 

Trasladado en una caja a Guaduas

          Es doloroso y vergonzoso registrar las cobardes infamias que se cometían contra un hombre indefenso. La inseguridad en el prestigio del acto de arrebato cometido por Marroquín, lo llevaban a ordenar con sus ministros, los más abyectos actos contra  Sanclemente y su familia. Este presidente no vaciló en conservar la noble naturaleza de su investidura y una altura intelectual que se manifestaba en cada nuevo mensaje. Se buscaba intimidarlo, reducirlo, llevarlo a la renuncia. Pero no lograron doblegarlo. Ni inducirlo a un acto indigno. Ni le sacaron un adjetivo de consentimiento a  los dictatoriales acontecimientos.

         El 22 de octubre de 1901 escribe otra página que titula «Nuevo documento para La historia» 146 en el cual comienza por preguntar: «¿Ha dejado de existir la República de Colombia? ¿Merecerá el nombre de gobierno el que viene imperando desde el 31 de julio de 1900?». Y más adelante reafirma: «A confirmar lo que dejo dicho, es decir, que en Colombia ha desaparecido la República y que no hay gobierno sino una dictadura soez y opresora, vienen los hechos que paso a referir».

         Relató, entonces, que llevaba catorce meses de cautiverio en Villeta: «El 24 de septiembre, tocan mi puerta, a las siete de la noche, y entra Salomón Coreal, prefecto de Guaduas, y me dice: Tengo la pena de hacer saber a usted que queda preso. Esa notificación, le conteste, está de más, porque preso estoy hace catorce meses. ¿Y de quién procede la orden?, añadí. Del señor don José Vicente Concha, ministro de Guerra».

          El recuento de los hechos es escalofriante: a las tres de la mañana, le tocan la puerta de su pieza para notificarle a Sanclemente que debe prepararse para viajar. Este contesta que «no me prestaré a ello». Se le repitió que era orden superior. Sanclemente contesto: «...yo, presidente de a República como soy, no reconozco superior en ninguno de los traidores que por vías de hecho me despojaron de mi autoridad el consabido 31 de julio y se adueñaron del Gobierno que yo estaba ejerciendo legítimamente. No obstante lo dicho, a las cinco de la mañana introdujeron a la casa una silla de manos, enviada de Bogotá con muchos días de anticipación...». Dijo que no accedía a ninguna acción contra él. Se fueron a consultar a Bogotá. Regresaron a las cinco de la tarde. Al día siguiente, a la hora del almuerzo, le notificaron al hijo Sergio que tendría que viajar el presidente para el Cauca. «... yo manifesté que aunque aspiraba a volver a mi casa (al Cauca agrego yo), no lo verificaría por imposición del actual Gobierno...». Se puso a Sergio preso en un cuartel. Acentúa sus palabras de repudio cuando manifiesta: «Indignación causa ver que al señor Marroquín, a su ministro de Guerra y a sus menguados agentes se les haya ocurrido que soy siervo suyo y pueden disponer de mi libertad y de mi persona cuando y como a bien lo tengan, pensando equivocadamente humillarme y que el día de la justicia nunca llegará. Qué ceguedad».

         Entonces, arribaron con una silla de manos. «Sírvase, me dijo el oficial de guardia, entrar en ella, y yo le contesté que no lo haría por mi voluntad. Entonces él me tomó de un brazo, y un hombre, que no sé si sería soldado, del otro, me introdujeron en la silla, la cerraron herméticamente y me sacaron de la casa sin permitirme dar mi adiós a mi familia...».

        Por malos caminos, estropeado por los movimientos bruscos de la jaula, la última noche alumbrando con pequeñas velas el sitio por donde se avanzaba, se llegó a Guaduas. A los tres días, el presidente estaba enfermo. Tan grave aparecía su estado, que Marroquín envió dos médicos para que lo reconocieran. Ordenaron el retorno a Villeta.

       «No desconozco que los ultrajes de que he sido víctima han tenido por objeto obligarme a renunciar a la Presidencia y a retirarme a mi hogar en el Cauca, ofreciéndome como motivo que pudiera halagarme que los gastos de traslación con mi familia se harían por medio del Tesoro Público; pero, ¿será posible que al señor Marroquín se le haya ocurrido hacerme semejante propuesta, considerándome capaz de vender por un plato de lentejas la Presidencia con que me honró la nación y de la cual estaba en posesión y en ejercicio el día en que dicho señor me despojó de ella? Bien poco me conoce, cuando me juzga dispuesto a incurrir en una bajeza impropia de un hombre que, como yo, sabe estimarse.

«Fue por conducto del señor Correal por el que el señor Marroquín me hizo dicho ofrecimiento, y yo le manifesté que del actual Gobierno no aceptaría favor alguno, y lo he cumplido, porque los gastos de mi viaje hasta Guaduas y de los de mi permanencia allí los hice de mi propio peculio».

      Lo único claro es que Sanclemente en 1901, continuaba peleando. Y que el propósito de Marroquín de sacarlo del departamento de Cundinamarca, en cuyo suelo podía ejercer el poder, no lo pudo cumplir. Se le quedó instalado Sanclemente con la totalidad de los poderes constitucionales y legales.

      Además, se produjeron protestas del arzobispo, de los antioqueños, de los caucanos, de colombianos de todos los lugares. El acto produjo una reacción visible contra la dictadura.

Relato del «Herald» de Nueva York

      El diario estadounidense tenía en Villeta uno de sus corresponsales Trataba de ver si era posible entrevistar al presidente Sanclemente. Pero lo que le tocó fue el viaje hacia Guaduas. Los titulares del periódico, resumen claramente la situación:

      «El presidente de Colombia ha sido arrebatado a la nación.

      «Sus enemigos políticos, quienes ya habían despojado del poder al anciano Sanclemente, ahora lo transportan secreta y violentamente.

       «Lo transportan rápidamente a través de ásperas montañas.

       «Puesto en una caja burda y custodiado por fuerte guardia, es sustraído de su casa. cerca de Bogotá.

        «Los usurpadores temen algo de él.

        «Esperaba se le volviese al puesto, pero sin intentar una conjuración o tramar una conspiración.

        «Se apodera de él la soldadesca.

        «Ruda e inconsiderablemente, sin ningún respeto a su persona, ha sido arrebatado a su familia.

         «Los periódicos no se atreven a narrar lo sucedido.

         «Las últimas noticias son que se encuentran actualmente en un distrito plagado de bandidos, quienes harían lo imposible por capturarlo».

 

El periodista informa que lo obligaron a viajar «en una caja miserable y burlesca» por malísimo camino y a través de ásperas montañas  Se guardó en esto el más grande sigilo... iba en calidad de prisionero».

Más adelante cuenta lo abrupto de los terrenos y cómo él lo siguió en una mula que tenía dificultades para superar los obstáculos. Más tarde, al regresar a Villeta, lo pude visitar: «Se dirigió a recibirme y permaneció de pie algunos momentos estrechándome la mano. Es alto y delgado, pero no escaso de carnes; de estatura y formas regulares; sus ojos son claros y su fisonomía en general es despejada y demuestra una clara y vigorosa inteligencia».

Crónica de la infamia

El corresponsal americano que visitó a Colombia con motivo del golpe de Estado, hace un relato de las incomodidades y peripecias que se vivieron en el viaje en la jaula. El escrito lo firma en Honda. Lo primero que le escuchó el periodista al presidente Sanclemente fue una declaración que acentúa el sentido de la dignidad personal que lo distinguía «Yo vivo aquí de mis propios recursos. Cualquiera que sea mi suerte, no recibiré un centavo, ni siquiera un vaso de agua, de este Gobierno». La casa en que vivía en Villeta tenía «todas las ventanas cerradas desde que fue reducido a prisión, y se pusieron centinelas que se paseaban de un extremo a otro de la galería... El coronel Rodríguez entró y le dijo: «Levántese usted y vístase”; y Sanclemente contestó: «no lo haré». «Ordeno a usted que se retiren. Soy el presidente, único jefe de Gobierno a quienes ustedes deben reconocer». Ninguna atención se prestó a sus palabras. Cuando acabaron de vestirlo le pusieron en la cabeza un gorro redondo de terciopelo bordado en oro y plata, y lo condujeron al guando donde lo colocaron en el asiento; cerraron la puerta inmediatamente pasándole el pestillo exterior. La estrecha caja en que fue metido tenía tres ventanillas herméticamente cerradas... Mi mula, dice el reportero, tropezaba y resbalaba sobre las resbaladizas rocas o pedrones que estaban esparcidos entre las masas de barro en la horrible bajada. Yo no podía ver el camino y no había más qué hacer que dejar a la mula que buscara los pasos... Yo podía oír el ruido que producía el cuerno del doctor Sanclemente, rodando de lado a lado dentro de la caja, y mi temor era que se hubiese desmayado o muerto... En ese momento —de la  mañana siguiente—don Sergio Sanclemente salió del cuarto de su padre, y habiéndole yo preguntado por este, después de saludarnos me manifestó que había pasado muy mala la noche por estar magullado a causa del estropeo del penoso viaje. Detrás del guando iba a pie don Sergio Sanclemente.., y dos sirvientes cargados de algunos útiles.. El único cargo que podía hacerse al doctor Sanclemente era el de que durante su permanencia en Villeta, se le miraba como una amenaza para el Gobierno de Bogotá...».

Hay un relato de Carmen, hija de Sanclemente, en carta para la señora María Jesús S. de Sanclemente, 147 del 6 de febrero de 1902, en la cual puntualiza cómo fueron de aberrantes los procedimientos empleados. Ella firma que a su padre trataron de envenenarlo y menciona la forma irrespetuosa como se comportaban los representantes del usurpador en la casa del presidente legítimo. Esa descripción de hechos inexplicables, conmueve por su patetismo de dolorosa presencia del hostigamiento bárbaro:

«Tulio lleva escrita por mi papá la relación del viaje a Guaduas. Tan solo le diré que sufrí lo que no es decible desde antes de verificarse, pues ocho días viví entre los soldados viendo cometer abusos de hostilidad cuantos quisieron, y figúrese cuál sería mi pena cuando me arrebatan a mi papá y quedo sola con Manuelita y Chepita. La salida fue en una silla herméticamente cerrada y la cargaban soldados, adelante iba parte del batallón, y a la cabeza de este la bandera azul y blanca, a retaguardia el resto del batallón y una turba de a caballo encabezada por Correal y su estado mayor. Olvidé decirle que a un lado de la silla iba Sergio de a pie, y del otro lado nuestras nobles sirvientes Gregoria y Peralta. Después seguí oyendo conjeturas, unos decían que lo llevaban a Antioquia, otros al Cauca, otros a las bóvedas de Cartagena, y otros que lo mantendrían en un buque en el río; a todas estas sin medios de comunicarme, y para poder obtener alguna noticia tenía que mandar mujercitas al escondido. Si mi papá no hubiera enfermado en Guaduas en donde pretendieron envenenarlo, y esto está probado, sí lo habrían llevado a Cartagena, pero Dios se apiado de mí y me lo devolvió a los 22 días; durante estos vivimos encerradas, y de noche nos acompañaron dos señoritas amigas, y creerá que abusaron hasta de nuestro encierro, pues, en la galería principal de la casa hicieron cuartel y dormían ahí como 25 personas causándonos gran miedo y además abrían carne fresca en la baranda, ropa sucia, ropa mojada y cuanta inmundicia puede imaginar y esto lo autorizaba el jefe, lo consentía el alcalde y no hubo un amigo que les hiciera notar que nosotros habitábamos la casa, y a las doce del día nos estaban abriendo el escritorio de mi papá».

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144. Manuel Antonio Sanclemente: Carta a Marco Fidel Suárez. Hojas y periódicos.(Regresar)

sueltos, folio 16, página 1. Biblioteca Luis Angel Arango. (Regresar)

145. Sanclemente Villalón; Obra citada. (Regresar)

146. Ibídem. (Regresar)

147. Ibídem. (Regresar)

 

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