Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
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CAPITULO X  (2 parte)


El clero y el 31 de julio      

           Se asistía, pues, a una participación muy áspera de los levitas en la activa colombiana, aupando lo que más agudizaba las reacciones de sus fieles, A estos los ataban en luchas internas muy agudas y dramáticas. Vivían en el fondo de la agitación civil. No se contribuía propiamente a serenar los espíritus. Al contrario, se levantaban llamaradas de crueles resplandores humanos.

           Marroquín justifica su golpe de Estado en carta al ilustrísimo Nicolás Casas, vicario apostólico de Casanare. Le escribe el 3-VIII-1900:

          «La situación anormal por que atravesaba cl país de tiempo atrás, a causa principalmente de que el presidente de la República no podía ejercer en realidad de verdad el Poder Ejecutivo; la consideración de que semejante estado de cosas era motivo poderoso para la indefinida prolongación de una guerra cruel y sangrienta, esto unido a la exigencia imperiosa del partido conservador con el beneplácito unánime del ejército, me ha obligado en mi calidad de vicepresidente a hacerme cargo del ejercicio del Poder Ejecutivo».

El prelado le contesta:

«Muy lejos de mí el pensamiento de emitir juicio sobre si lo anormal de la situación era o no debido a la causa señalada, ni de sí podía o no el presidente ejercer realmente el poder. Pero, excelentísimo señor, el hecho es. dejando aparte cualquiera otra razón, que hasta el momento de la reasunción del poder por V.E., lo había venido ejerciendo el excelentísimo señor presidente, y esto, válida y realmente: a no ser que digamos que han sido nulos todos sus actos, decretos, disposiciones, etc., dados desde no sabernos cuánto tiempo hacia atrás. La nación, y en algunos casos (supongo) las naciones extranjeras, han recibido, y tienen por válidos esos actos emanados del Poder Ejecutivo, sin que a nadie le haya ocurrido acusarlos de nulidad: luego, si han sido tenidos, y lo son, por válidos, deber es suponer que el presidente estaba ejerciendo real, verdadera y válidamente el Poder Ejecutivo hasta ese momento dicho».

Luego le expresa tajantemente:

«Si, pues, realmente hasta ese momento ha estado ejerciendo, tenemos que realmente hasta entonces era verdaderamente presidente; era la verdadera y legítima autoridad. Ahora bien, existiendo la verdadera autoridad, la cual, según la ley, persevera mientras no muera el presidente en ejercicio, o mientras no renuncie, y su renuncia, hecha en debida forma y modo, sea debidamente aceptada por el Congreso, es evidente que, sin violencia manifiesta a la persona que, por derecho propio y constitucional, la venía ejerciendo, y sin faltar a la Constitución, ninguna otra persona podía ser investida de ella, ni ejercerla un momento siquiera, por mis que la situación no tuviese la normalidad debida».

Andrade Valderrama anota que «Casas traía a colación la autoridad de los pontífices en documentos pertinentes: las encíclicas Qui pluribus, Noscitis  Nobiscum, Sapientiae christianae. Immortale Dei y Quod Apostolici muneris, más la proposición 63 del Syllabus. Luego invocaba concretamente la autoridad de León  XIII en sus encíclicas Diuturnum y Humanum genus, para detenerse en la alocución Quibus quantisque y en la proposición 64 de dicho Syllabus.

«Casi en tono de súplica se dirigía fray Nicolás, ya al final de sin carta, al vicepresidente Marroquín, urgiéndolo para que legalizara su situación:

«Tal es, excelentísimo señor, la doctrina divina enseñada por la Santa Iglesia...  Medítela atentamente, excelentísimo señor; medítela por Dios, por su alma (¿quid  prodest homini....?), y por el bien mismo de la nación que sabido es cuán ardientemente lo desea V.E..; y haga cuanto le sea posible por arreglar lo anormal de la situación sin menoscabo de las enseñanzas divinas y eclesiásticas. Legalizado el ejercicio del poder, ¿quién con mas gusto que yo; al menos, quién con más desinterés que yo estará al lado de V.E.?»

El arzobispo Bernardo Herrera Restrepo, que tenía tanta influencia y poder político en su tiempo, le contesta a Marroquín con cautela. Pero, al invocar las doctrinas de León XIII, le está haciendo los mismos reproches que los que le formulaba el prebendado de los Llanos:

«V.E. como hijo muy adicto que es de la Iglesia católica, conoce muy bien las doctrinas de la misma Iglesia, admirablemente desarrolladas en varios documentos de nuestro reinante sumo pontífice León XIII relativamente al origen, a la transmisión al ejercicio de la autoridad en las sociedades civiles. Por lo mismo cumple a mi deber hacer presente a V.E. que sus procedimientos no pueden menos de ajustarse a aquellas doctrinas, las cuales son la única norma segura en el ejercicio del poder público».

Marroquín trataba de explicar sus procedimientos y conseguir el apoyo del clero. Por último, escribió el 23 de agosto a León XIII y le presentaba argumentos nuevos, explicando que la guerra es causa del gobierno de Sanclemente. Leamos esta argumentación:

«Como hijo sumiso de vuestra santidad y como jefe supremo de una nación eminentemente católica y adicta a la Santa Sede, juzgo deber naturalísimo hacer saber a vuestra santidad, que desde el 10 del mes en curso, y en mi calidad de vicepresidente de la República, he entrado a ejercer el Poder Ejecutivo. La edad avanzada del presidente titular, doctor Manuel Antonio Sanclemente, y más que su edad casi nonagenaria, sus enfermedades, que le impedían residir en la ciudad capital, asiento constitucional de los altos poderes, y que lo obligaban a mantenerse en pueblecillos  aislados y distantes, habían dado por resultado el que su gobierno tuviera una vida muy difícil y del todo contraria a los intereses de la nación, toda vez que dicho gobierno se estaba ejerciendo de hecho no por el individuo a quien los pueblos habían querido confiar esta delicada misión, sino por un círculo de allegados y de hombres políticos desprestigiados, que llevaban a la nación por seguro camino de perdición y muerte. Esta situación, ya de suyo gravísima, vino a empeorarse con la guerra civil que desde fines del año pasado promovió el partido liberal, enemigo formal de la Iglesia, aunque muchísimos de sus miembros, como particulares, se apelliden y realmente parezcan ser católicos. Esta misma guerra tal vez no habría estallado si el gobierno hubiera llenado sus funciones de una manera más normal y si no hubiera limitado la escogencia de su personal de empleados al estrecho y no aceptado círculo de personas a que antes he hecho referencia: ese grupo, al cual se ha dado en el país el nombre de circulo nacionalista...».

  En cambio, Fray Ezequiel, el combatiente, aparece inclinado a favor del golpe. Leamos sus invectivas. Al padre Enrique Pérez, le dice el 24 de septiembre: «Supongo que algo muy serio ocurría en el Gobierno anterior, cuando los conservadores han dado ese paso. Era voz corriente por aquí que había en el ministerio dos masones, que nos iban entregando al enemigo, porque no podía ser otra cosa, siendo masones>.

  El delegado apostólico, monseñor Antonio Vico, «parecía inclinase a la causa del depuesto presidente Sanclemente», se sostiene por otro comentarista, Joaquín Fernando Vélez, ministro de Colombia ante la Santa Sede, en mensaje al Ministerio de Relaciones, manifiesta que ha dirigido carta anterior contando cómo van sus acciones ante el Vaticano «originadas por la conducta hasta ahora inexplicable de monseñor Vico...». Forzoso es que añada que el señor cardenal secretario de Estado, me pareció más que nunca contrariado con la nueva crisis que atraviesa Colombia... Algo de extraño ocurre en Bogotá cuando no recibo del delegado carta, ni un telegrama explícito... Asevera que la reacción contra Marroquín es poderosa..». Más adelante añade que la Iglesia tenía una conducta frente al caso y era estar «en expectativa de imparcialidad estricta».

  El 27 de febrero de 19O1, el ilustrísimo Nicolás Salas le manifiesta desde Bogotá al excelentísimo señor presidente.

  «A su lado ha tenido siempre con el pensamiento, participando de sus penas y sufrimientos; admirando su invicta constancia en el cumplimiento de su deber, a pesar de la tempestad horrible de deslealtades, traiciones e ingratitudes que han caído sobre su cabeza; y, a la vez, pidiendo al Señor lo confortara con su divina gracia, y le diera la mucha paciencia virtud que tan necesarias le eran en semejantes circunstancias».

Sanclemente le responde el 11 de marzo haciendo gala de su claridad intelectual y de la concepción de la integradora responsabilidad de sus deberes con la nación. La síntesis es la siguiente: principia por expresarle cómo sus palabras lo han fortalecido. Declara que su carta un «positivo consuelo en las tribulaciones de que vengo siendo víctima hace más de siete meses>.

El presidente se detiene minuciosamente en advertirle que el mensaje de Salas a Marroquín, contestándole el que este le transmitió para justificar el golpe de Estado, lo lee como pieza de alta categoría. Le agrega que «refutó de manen incontestable lo aducido por dicho señor, por considerarlo extraño a las leyes naturales, divinas y humanas». Es decir, no hay un sólo aspecto que haya permanecido en la exposición de Marroquín. Está contra los irás complejos y sutiles aspectos de lo que es una relación con el poder y con la voluntad ciudadana.

Vienen luego palabras en las cuales se hacen explícitas su indignación, sus convicciones políticas, sus certidumbres constitucionales. A pesar de que es evidente que su reacción es de un ser herido en lo más íntimo de su vida y de sus condiciones personales, se manifiesta con el noble estilo del magistrado. Pero sus verdades asoman sin que se les niegue la oportunidad de que expresen su indignada reacción:

«Decir que lo ha hecho porque yo no podía ejercer en realidad de verdad la Presidencia de la República. por haber obrado en su ánimo la consideración de que semejante estado de cosas era motivo poderoso para la indefinida prolongación de una guerra cruel y sangrienta y por habérselo exigido imperiosamente el partido conservador con el beneplácito unánime del ejército, y agregar que su actitud ha sido impuesta por elevadas consideraciones de orden público y de bien social y por el acatamiento que debe a la Constitución de la República, es pintar como querer sin que sea el león el pintor, según la fábula: porque ni es cierto que yo no pudiera ejercer la Presidencia, como con tanta audacia lo afirma el señor Marroquín, ni en las facultades de este estaba valerse de esa patraña rara adueñarse del poder, ni por culpa mía, sino de él, la guerra, que estaba ya al terminar debido a mis esfuerzos, se ha prolongado hasta ahora. Ni el partido conservador, ni el ejército todo le hicieron a dicho señor la exigencia que les atribuye, y menos puede alegar que el bien social y el acatamiento que debe a la Constitución fueran la causa del crimen nefando del 31 de julio, porque yo no veo como puede ser un bien para la nación el desconocimiento de la legitimidad y el ejercicio de una dictadura que la tiene anarquizada, ni cómo se acata la Constitución violándola manifiestamente el mismo que juró cumplirla, y que ha convertido en crónico este atroz delito. V.S. le ha dado al señor Marroquín, en la carta privada que tuvo a bien dirigirle, una elocuente lección que tiene por fundamento la religión, la moral y el crédito de la República; pero como no hay peor sordo que el que no quiere oír; él ha seguido por el camino de la deshonra, olvidando que puede acontecerle lo que al impío, que habiéndose elevado como los cedros del Líbano, ya no existía cuando el que lo vio en tal altura volvió a pasar, como con tanta propiedad se lo ha dicho V.S.»

No rehuye concluir afirmando que Marroquín ha seguido por <el camino de la deshonra». No ha escuchado las voces de la Constitución, pues esta es la única que puede ordenar cómo opera la substitución en el poder: él, «está funcionando apoyado en las bayonetas».

Miguel Antonio Cato escribe en latín otros versos que titula Religionis questus es occultatio, que cobija a obispos y sacerdotes que ensalzaron el golpe de Estado:

 

         Vadere ego immunis soleo per tela, per ignes;

                      Crudeles hostes non nucuere mihi,

                      Immo sub gladios saevaeque tyrannidis iras

                      Purior effulsit gloria Christiadúm.

                      At vos, qui geritis nomenque habitumque piorum,

                      Tam Foedum audetis tollere in astra nefas?

                      Talia, me invita, tanque improva verba sonare?

                      Tanti me sceleris fingere participem?

                      Impuram in larvam sic nostrum vertere vultum

                      Quaeritis, innocuas et masculare manus,

                      Atque id, quod nullis potuissent viribus hostes,

                      Infandum! Veterem perdere fraude Fidem. 

                      Aufugiam: horrendum luat hacc generatio crimen!

                      Relligio haec nuper dixit ie ingemuit.

                      Ex oculis hominum simul aversata recessit;

                      Hospitio exceptam pectora fida colunt.

      

          La traducción de Carlos Valderrama Andrade, a quien hay que tributarle un homenaje por sus condiciones de erudita precisión en sus investigaciones, la publica con el título de "Lamento y ocultación de la religión".

         «Acostumbro caminar inmune entre las armas y el fuego: enemigos  crueles no me dañaron, por el contrario bajo las espadas y las furias del tirano  cruel más pura brilló la gloria de la cristiandad. En cambio vosotros que lleváis nombre y hábito de piadosos, ¿un crimen tan horrible osáis, ensalzar la impiedad? ¿Os atrevéis a pronunciar tales y tan malas palabras contra mi querer? ¿Hacedme partícipe de tanto crimen? Con máscara pura así nuestros rostros queréis convertir, y manchar las inmaculadas manos, y lo que no pudieron los enemigos de ninguna manera ¡oh horror!, echar a perder con el fraude la vieja fe. Escaparé: ¡esta generación pague tan horrendo crimen!. Esto dijo poco ha la religión y gimió. De la presencia da hombres igualmente rechazada, se retiró; los pechos fieles hospedan religión que huyó».

Festivas y satíricas

            Se ha localizado en un legajo en el Instituto Caro y Cuervo, en el archivo de Caro, en el cual a agrupado una serie de composiciones que el mismo ha titulado <Festivas y Satíricas>. Hay que acercarse a ellas y gozarlas en su gracia intelectual. Tienen natural frescura y maldad erudita. Se acogen a sus fantásticos recursos idiomáticos y a la maestría para reflejar su pensamiento, el más sutil y dramático; el más cruel, perverso y atinente a lo que se refiere. Era de una maestría en su malignidad imperial. Los poemas son abundantes. Mencionaremos  algunos títulos: Himno Nacional; Crónica del siglo XX. Año 1900 Julio: Era un santo; Seguidilla; Alocución: saliendo del sermón; Interpretación auténtica; A la ex suprema Corte de Justicia; Frioleras: P...P... (dirigidos a Próspero Pinzón); Marrijerigonza; A los manes de Luis Vives; A Huertas & CA; Otro sí. 

            Para referirse a los actos de Marroquín, dice:

 

            Ya puedes recoger tranquilamente

            las mies que la traición te rinde opima...

     

     Su juicio de como gobierna el usurpador:

     

     andemos de rodillas y él en coche;

     agonice en las cárceles la gente

     o muera a bala, y él en insolente

     lujo el tesoro nacional derroche;

 

En el soneto ‘Reinado marroquinesto y franjaveruno’ canta de la siguiente y sagacísima manera:

 

Traición ejecutada a salvamano:

cintica azul y proceder villano;

mozuelos educados en conventos,

y hoy de maldad perfectos instrumentos,

dando tortura a inmaculado anciano;

monopolio de bestias y monturas,

honradez y billetes a montones.

 

            Las alusiones son muy elocuentes a lo que acontecía en el Ejecutivo, al título de los libros de Marroquín, a otras actitudes que dieron aliento a los sagaces del diálogo. Acerca del clima, tema que se tocó tanto en el proceso del golpe, dice, sonreído:

           

            Sanclemente delinquía,

            porque iba a tierra caliente,

            Marroquín, varón prudente

            no sale de tierra fría.

 

 

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