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Sanclemente, Marroquin, El Liberalismo y Panamá
Otto Morales Benitez
© Derechos Reservados de Autor
CAPITULO
I
Datos
Saltuarios. Lucha entre nacionalistas e históricos por el poder. La figura de
Marceliano Vélez. Juicios conservadores sobre el nacionalismo. Convención
Liberal de 1897. Noticias del clero y del liberalismo.
Datos saltuarios
Vamos a asomarnos a los finales del siglo XIX colombiano. Es época de confusos
lineamientos; de caóticos hechos; de personalidades de complejísimas reacciones. No
existe claridad de cómo se empinaban, se agigantaban y volvían a caer los hombres y los
acontecimientos.
Al doctor Manuel Antonio
Sanclemente, y a su época tan extrañamente convulsionada, no se les ha intentado el
análisis que merecen. Ni siquiera se han acumulado los materiales para que, luego, los
investigadores comiencen a explorar con desvelos de acierto. Parece que hubiera caído un
manto de repudio a esas horas, O que sólo primaran los prejuicios que se repartieron para
enmarcarla históricamente. O que las ideas, oscuramente trabajadas con prejuicios
religiosos, resabios de clase, permanentes incidencias de odio político, aún tuvieran
vigencia. O que una parte de la ciudadanía estuviera aún al margen del transcurso
humano, como castigo por sus ideas. Es bien lejano el rumor de lo que pasó en esos
tiempos en la historia nacional.
La vida de Sanclemente va de
1814 a 1902. Por ella, entonces, asiste a los más trascendentales momentos de lo
colombiano en su formación e integración como nacionalidad. Precisamente se cumple, con
el radicalismo liberal, el definitivo rompimiento con la tradición colonial española, que
aún pesaba sobre la comunidad, a pesar de la independencia. En esa poca se consolidan los
principios fundamentales de los partidos, que ya tenían sus perfiles desde el comienzo de
los primeros actos de la vida administrativa de la nueva república. No es cierto que
estos no tuvieron presencia sino más tarde: sus fuentes están allá donde nacía el
manantial de la libertad y el rechazo de la dictadura bolivariana. Ese es el hecho simple
y escueto. Por entre ese hervir de ideas, pasiones, personajes, matices y honduras,
revoluciones y reacciones, van emergiendo sus existencias. No es fácil, por lo tanto,
inclinarse por unas breves palabras para despachar el recorrido de nuestras colectividades
partidistas. Habrá que volver muchas veces para situar acciones, positivas y negativas de
su periplo, en medio de tanto azoro político.
Sanclemente no fue hombre que
hubiera estado al margen de la contienda. Participaba en el torbellino. A veces lo
comparte, dándole vueltas a las ideas; a las pasiones de los partidos; a las
manifestaciones, unas de honda raigambre colombianistas y, otras, de carácter
singularmente de grupo, con tintes de sectarismo. Así era de uno y otro lado. Eran
épocas en que se combatía y no se negociaba como en esta hora menguada.
Existe un acento, calificación
y método que marca su existencia: la proyección del magistrado. Tuvo gran cercanía con
las leyes, artículos, incisos, jurisprudencias, que destacaron al jurista. Pero esta
toga, que lució con dignidad, la abandonaba para entrar a la arena política.
Nace en Buga, que es ciudad de
característico señorío, que marca las maneras y actitud de sus hijos. Hay un matiz de
fina calidad ciudadana, que cobija a estos. Que les da una manera de comportamiento
social. Estudia en la ilustre Universidad del Cauca, en Popayán, la culta. Es, pues, un
ser preferido. Era recibir otras aguas lustrales. Y en 1836, al filo de los veintidós
años, le entregan el título consagratorio en la austera y bella casona de arcadas
monumentales. Allí donde la grandeza de espíritu crece entre eruditos varones, memoria
de los próceres los mismos que debió ver pasear Sanclemente por sus calles y
hazañas en defensa de la región y de la patria, que son, en esa ciudad, como fruto
natural de la acción civil y militar. Estar en Popayán es un privilegio. Porque fuera de
los claustros, corren las enseñanzas del existir, que saltan de calle en calle,
sintiéndose la grandeza de la historia y de la cultura. La belleza de sus mujeres, con su
fino ademán, le dan resplandor al paisaje. Al final de la tarde, aparecen sus
crepúsculos sonrosados que, con tanta fidelidad ha consagrado en sus cuadros el maestro
Efraín Martínez. Es un mundo apto para el ensueño amoroso, para la fantasía, para el
regodeo de las palabras y de las caricias en las horas del solaz y la ternura. Popayán
marca a sus discípulos, con la ventura de su pedagogía, en las diversas fuentes de la
existencia.
Regresa a sus lares. Se
compromete doblemente con sus dos pasiones que fueron constantes: la profesional y la
docencia. Llegó a ser rector del Colegio Académico, preeminencia que han disputado sus
mejores y más calificados hijos, intelectualmente. Los primeros desvelos, de honda
adhesión a la patria, se inician cuando los ecuatorianos, en las revueltas del sur,
tratan de anexarse parte del territorio colombiano. Esta fue obsesión largos años, que
alimentó el venezolano Flórez, quien guerreaba y gobernaba. De esos riesgos, pasa
al desempeño como juez letrado de Hacienda en la
provincia del Cauca y llega a
secretario de la Cámara provincial. Son antecedentes para la consagración como
magistrado regional.
En 1842 hace parte de un grupo
político en el conservatismo, al cual se le distingue con el apelativo de «los
moderados» y le eligen Representante al Congreso. A los veintiocho años ya tiene una
primacía. Nunca perderá en su parcialidad. Por ello es un político atado a las
peripecias de su partido. No está a la orilla, esperando que la suerte lo tome y lo
lleve. Al contrario, desde su juventud anda en el combate. No será un ser improvisando
ninguno de los aspectos públicos que dirigió, administró, o compartió. Estuvo en el
meollo de lo prudente, y compartió el acento beligerante. No hizo un recorrido vital de
menguados modos. Al contrario, se empleó en plenitud de noblezas y de acciones temerarias
que ordenaba el partido. No eran tiempos de tibiezas. Y Sanclemente no las tuvo. No hay
que olvidarlo, ni ocultarlo, pues no podríamos, entonces, entender su culminación en el
alto poder. Iba alternando la dinámica política y esta era ardiente en esa segunda
mitad del siglo diecinueve porque es cuando se van definiendo perfiles, calidades y
posturas doctrinarias ante el devenir nacional. No podía existir reposo. Quien se ataba a
la política, compartía esos avatares. Sanclemente no fue ajeno a estos. Del centro del
fuego partidista, salía nuevamente a redactar jurisprudencias. Varias veces fue juez de
la Suprema Corte.
Le toca un Congreso
agitado en 1842. Es uno de los instantes más dramáticos cuando se habla de un intento de
separación de Panamá.
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Las emociones son
profundas. Y arriscadas las sesiones. Además, se propone la reforma de la Constitución
de 1833. Una prédica más enciende los debates: la propuesta de traer, nuevamente, a los
jesuitas para entregarles la educación. No eran pocos los ingredientes propicios para la
agitación. Esta, crecía en medio de los resplandores bélicos, siempre presentes y que
estallaban, como petardos de luces, inesperadamente.
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Manuel Antonio Sanclemente
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El 43 continúa en el
parlamento el tema referente a la reforma constitucional. Esta se expidió el 20 abril,
con dos tendencias: fortalecer el Poder Ejecutivo y restringir los
derechos individuales.
En 1848 Sanclemente es
nombrado juez del Tribunal del Cauca, cuyos límites se determinaban de las fronteras con
el Ecuador hasta Marmato, en los límites con Antioquia. En ese año se publican las bases
doctrinarias de los dos partidos: en el liberalismo, don Ezequiel Rojas edita su
planteamiento y José Eusebio Caro y Mariano Ospina Rodríguez por dónde anda su
colectividad. Pero, realmente, ya se habían producido muchos y cardinales deslindes
doctrinarios, en los años de vida republicana. Las posiciones, actitudes, guerras del
tiempo anterior, señalaron deslindes ideológicos: las confrontaciones entre libertad y
dictadura entre Santander y Bolívar, o las acciones y escritos definidores de José
María Córdova al pelear y condenar la tiranía; o las guerras entre federalistas o
centralistas, para poner sólo tres ejemplos. Estos, se pueden multiplicar. Básicamente,
las tesis van definiendo y conformando en cuanto se va gobernando. Las acciones públicas
marcan derroteros. Las gentes se van alineando.
Viene la guerra de 1851,
que trata de desestabilizar al partido liberal. Acusan a Sanclemente de conspirador.
Lo condenan y, más tarde, mediante sus alegatos y pruebas, obtiene que los mismos jueces
lo absuelvan.
El presidente protesta, no por este sólo acto, sino por múltiples e
inquietantes contra la estabilidad nacional y José Hilario López renuncia. No puede ser
un prudentísimo político el que, como Sanclemente, se ata en tan pronunciados
movimientos en que su prestigio crece y se obscurece, reluce y opaca. Se necesita ser un
combatiente y él lo fue. Se va para Panamá. Se designa como secretario de las
administraciones de Tomás Herrera y de Salvador Camacho Roldán. Es nombrado primer
suplente de los magistrados de la Suprema Corte, en 1854. Estos hechos relacionados con la
vida pública, van señalando la primacía que tenía en el país, cuando se asomaba a los
cuarenta años de su existencia.
Carlos Sanclemente, en su libro El
presidente Sanclemente: un magistrado ejemplar; dice que, en esos días, se inicia lo
que él llama, acertadamente, su «proyección nacional». Eligen a José María Obando,
presidente.
Se presenta el golpe de Melo. Es acusado aquél por una serie indeterminada de hechos. El
proceso lo envía el Congreso a la Corte. Sanclemente lo condena. Antonio José Lemos
Guzmán, en su libro de tantas calidades históricas y de riqueza informativa,
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Obando, relata así los hechos. La sentencia del Senado
de la Nueva Granada es del 4 de abril de 1855, que firman Justo Arosemena, como
presidente, y Lázaro María Pérez, como secretario.
«Aún quedaba por pronunciar sentencia la Corte Suprema, lo que hizo el 19 de mayo, en
primera instancia, siendo magistrado el doctor M.A. Sanclemente, y fiscal el doctor
florentino González, que acusó a Obando por los delitos de traición y rebeldía, de que
le había absuelto el Senado.
«Sanclemente acogió parcialmente el parecer del fiscal, y así dictó su sentencia,
condenando al presidente como traidor a sus juramentos y a doce años de destierro; a
pagar la octava parte del valor de sus bienes; a perder los derechos civiles y políticos
por el término del destierro, y a los costos por daños y perjuicios; se le absolvió por
rebeldía.
«En la segunda y definitiva instancia, de que fueron magistrados los doctores Márquez y
Latorre, se modificó la sentencia anterior y se absolvió a Obando del delito de
traición; esto ocurrió el 19 de diciembre de 1855.
«Fue gran defensor del general,
desde la prensa El Tiempo el doctor Murillo, haciéndolo con ardentía
y brillantemente».
Hay multitud de acontecimientos
y de personajes que atraviesan la historia nacional. En 1856 gana las elecciones Mariano
Ospina Rodríguez y nombra ministro de Gobierno y de Guerra a Sanclemente. Era procurador
don Florentino González, el conspirador del 25 de septiembre y el tratadista de Derecho
Constitucional. Viene la ley de elecciones de 1859. Es bien revelador del temperamento de
Sanclemente y de su concepción de gobierno. La reacción frente a la declaratoria de
Tomás Cipriano de Mosquera de que el Cauca dejaría de ser parte de la Conferación
Granadina, por las medidas tomadas por el Gobierno Central para el desarme, es la del
hombre de Estado, enérgica, poderosamente clara y sin esguinces. Siempre escribió así y
de esa manera también redactó sus mensajes en múltiples ocasiones, inclusive cuando se
le dio un golpe de Estado, para despojarlo
del gobierno. Hay que pensar en el poder
y prestigio inmenso de Mosquera. Y no hay ni titubeos, ni complacencias, para aplacar la
reacción del caudillo caucano. El mensaje es del 10 de abril de 1860.
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Leamos algunos brevísimos apartes: «Dice usted que es
imposible tratar las cuestiones que se ventilan, bajo los principios adoptados por el
gobierno general. El Poder Ejecutivo no sabe de qué cuestiones quiere usted hablar,
porque él no ventila ninguna con el gobierno del Cauca. En cuanto a principios, los que
el Gobierno general tiene adoptados son los que, en forma de mandamientos y de reglas,
están consignados en la Constitución y las leyes de la Confederación. Cuantas
cuestiones interiores, que atañen a la nación, sea necesario tratar y decidir, se
tratarán y decidirán conforme a esa Constitución y leyes, y el Poder Ejecutivo está
muy ajeno a creer que para esto haya imposibilidad de ningún género.
«El haber negado la
Constitución de la Confederación el título de soberano a los estados no fue efecto de
olvido o de no caer en cuenta los legisladores que tal epíteto podría corresponderles,
sino porque examinada detenidamente la cuestión, hallaron que semejante título sólo
podía darse con propiedad a la Nación».
El alegato respuesta de
Sanclemente sigue en dignidad de conceptos y en severas admoniciones, sin ningún
desvelo de ligereza ni de complacencia.
Viene, al final del largo
mensaje, una defensa del Congreso: «El poder Ejecutivo no puede consentir que
oficialmente se injurie a los representantes de la Confederación, y por tanto el
ciudadano presidente me ha ordenado requerir a usted formalmente para que en lo sucesivo
se abstenga, en las comunicaciones que dirija a los despachos del Poder Ejecutivo,
de usar, respecto de los actos del Congreso, de calificativos que envuelvan una injuria a
los representantes de la nación».
Son las palabras de un
gobernante. No hay equívocos en sus razonamientos. En la revolución de 1865, comprometen
a Sanclemente. Este episodio lo resaltamos, pues es indicativo de que su actividad
política no era de serena indiferencia. Al contrario, se le encuentra participando
activamente: siempre alerta en sus deberes políticos. Personalmente, estos no
los
comparto, pero los registro como parte singular de su carácter. Cuando en 1866, Payán
concede amnistía a los revolucionarios, él protesta. Consideraba que se necesitaba mano
más dura. Regresa a Panamá. En la medida que avanzaba en su acción pública, recibió
más consagraciones: gobernador del Cauca, senador, ministro de Gobierno de Miguel Antonio
Caro. En ocasiones, cuando la racha política no le era propicia, regresaba a una de sus
vocaciones: la educación. En Pichichí, su hacienda, organizó una escuela para espantar
las dudas de sus educandos. Ejemplar gesto. Finalmente, fue consagrado con su elección
para presidente de la República.
Lucha entre
nacionalistas e históricos por el poder
La división conservadora era cada día más aguda. Se movían muchos
intereses. Los liberales independientes que habían acompañado el movimiento de Núñez,
se retiraban. Los grupos de derecha celebraban este acontecimiento, pues desaparecían
como elementos que perturbaban el goce absoluto del poder. Lo fueron logrando lentamente.
Aquellos se sintieron prestando un concurso incómodo a un proceso que no conduciría a
resultados eficaces para sus ideas. El mundo de posibilidades que habían soñado, se les
cerraba en forma definitiva. Quedaban las definiciones en manos de los conservadores. Pero
estos, ariscamente y con una división cruel, señalaban a sus antiguos socios
con los más entusiastas calificativos de desdén.
Antonio
José Restrepo, en su libro Sombras chinescas, cuenta cómo fue el proceso de
retiro de los independientes liberales:
«Como lo sentía el presidente conservador, D. Recaredo de Villa, en precioso documento
que se analiza en el texto por la pluma ponderosa de Felipe Zapata, el nuñismo se
presentó al país, desde su inicio, como una amenaza para todos los intereses legítimos,
para la seguridad, para la propiedad, para la familia, para la religión, para los
partidos, para la República. Engañados por el falso apóstol, muchos y muy buenos
liberales quisieron empujarlo al solio presidencial, pero aquellos hombres de honor y
desinterés se le fueron retirando silenciosamente, o pasaron a blandir su pluma y su
espada contra él y su régimen de desgobierno, derroche y compra de conciencias, que al
fin provocó la guerra. Esta lucha fue la ocasión, desgraciadamente, de que el felón
oculto consumara sus designios y les cumpliera a los conservadores, en la persona de la
hembra que lo enyugaba y a quien también había hecho promesas, que era el momento de
realizar, aquellas otras promesas consignadas en la carta oculta a Martínez Silva,
aumentadas de todo en todo hasta más allá de lo que pudieron soñar los mismos que las
palparon delirantes.»
En el periódico El
Criterio,
4
de Panamá, se escribió una
radiografía del nacionalismo que tiene valor conceptual:
«Los presidentes
regeneradores, desde Núñez hasta Sanclemente, han llamado a política de conciliación
que consiste en ganar prosélitos con destinos públicos: el contrato innominado do ut
des. Esta política, que corresponde a las necesidades del círculo estrecho que tiene
decidido mantenerse, bon gré mal gré, en las posiciones que ganó por asalto en
1885, es funesta para el país. Tiende a rebajar el carácter popular, que era altivo y
viril, y a disolver los partidos históricos, los que difieren en ideas de gobierno, y han
luchado valientemente en todos los campos, por lo que consideran ser la virtud política.
La existencia de esos partidos es natural, lógica e inevitable. Los llamados partidos
nacionales, son el producto artificial, y
por lo mismo, efímero; esos partidos son
una enfermedad que aparece en las épocas de decadencia; son bandos personales, en riña
con los principios y con los intereses públicos. En esas facciones perniciosas el nombre
es ancho molde en que caben las opiniones ostensibles; mejor dicho, todos los apetitos; es
bandera tornasol, sin lema, a cuya sombra pueden congregarse, especie de familia
feliz, los hábiles de todas las procedencias y de todos los colores. Por causa de
los medios que les son necesarios para conservar el gobierno que detentan, esos partidos
son origen incesante de inquietud y perturbación. Pretenden, con el desenfado que los
caracteriza, que son defensores apasionados del orden público; como el orden les ingiere
grave injuria, sueñan con su perturbación, y la provocan para hacer copiosa pesca en las
aguas que enturbian intencionadamente. Cuando sus necesidades lo requieren, descubren
pavorosa conspiración y alojan piadosamente en las cárceles a los que tienen el arrojo
de combatirlos con franqueza y con energía. Ellos, los verdaderos revolucionarios, llaman
revolucionarios a los que trabajan por establecer en el país el imperio de la legalidad,
y de los sanos principios de la moral política. Y su predominio, que es el de la fuerza,
lo llaman el imperio de la libertad en la justicia, la regeneración fundamental, la
República cristiana!...»
Pero lo que revela más claramente la disputa que se desarrollaba en el
interior del partido conservador, era lo que expresaba el ex presidente Holguín a Concha:
«Dejemos a los independientes los negocios y conservemos el gobierno para los
conservadores».
5
Este ambiente se manifestaba en la lucha por la candidatura presidencial en 1897. Pero
aún más: se sentía la influencia de Antioquia, cuyas más altas personalidades tenían
una actitud que no participaban ni en el nacionalismo ni en el grupo de los históricos.
Era otro sector, que se encarnaba, en parte considerable, en las ideas del general
Marceliano Vélez. No era fácil el manejo político. Caro despertaba muchas resistencias
y oponía obstáculos a sus copartidarios.
La figura de
Marceliano Vélez
Para entender esos años, se necesita refrescar la imagen de
algunos de los protagonistas. Uno del cual se ha desdibujado su estampa de luchador civil,
de general y de hombre esencial en esos acaeceres políticos, es la figura de Marceliano
Vélez. Fue el anticarista por excelencia. Fue hombre de larga actuación: juez de la
República, fiscal, gobernador, profesor de economía política, rector de la Universidad
de Antioquia. El jefe radical Salvador Camacho Roldán indicó que su estampa «era digna
de un romano de la primera época».
Se rememora por algunos gestos que destacan su carácter y hombría. El era
gobernador cuando el desastre de las tropas antioqueñas en Cartago. Reclamó para sí la
total responsabilidad, alegando que, como gobernante, había comprometido a su pueblo en
una hazaña que terminó con mala ventura. A nadie más debía enjuiciarse. Era él el
mandatario y, por lo tanto, el actor principal y quien merecía castigo. Tomás Cipriano
de Mosquera se conmovió con el gesto y le pidió que continuara gobernando. La respuesta
fue simple: no comparto sus ideas, y, por lo tanto, no puedo acatar su solicitud. Hace
evidente cómo era la concepción ética que se tenía de los deberes doctrinarios de
quien gobernaba. Son ejemplos que dignifican la historia y son viáticos, en el futuro
colombiano, a quienes pretendan dirigir los destinos nacionales. Ocupando tal cargo, le
ordenaron construir una carretera que podía influir en comodidades para una pequeña
finca que tenía cerca de Envigado. Entonces, la vendió, en desventaja de precio, pues no
quería que se juzgara que esa acción administrativa favorecía sus intereses personales.
Era el simple resplandor ético, que se volvía conducta. En esa época, impulsó la
apertura de la Escuela de Minas; fundó la Biblioteca y el Museo de Zea; abrió el camino
de Antioquia hacia el occidente, buscando la salida al mar y romper así el aislamiento de
la comarca; vigiló el desarrollo de Urabá, creando el municipio de Dabeiba, y vinculó
al Chocó con comunicaciones hacia Quibdó. Iba de lo universal a lo práctico, a lo
social y económico. Cuando estuvo en el Congreso, presentó ley de minorías, que
eliminaba las aberrantes limitaciones impuestas al liberalismo, Este partido, lo
reconoció como combatiente leal. En 1891, cuando fue candidato a la Presidencia, le
entregó su apoyo. El, con su acción de negociador de la paz, en Manizales, en 1876,
había garantizado el regreso del conservatismo al poder al asegurar la Presidencia de
Trujillo, que conduciría a la traición ideológica de Núñez a su partido.
6
Marceliano
Vélez
Abel García Valencia refiere
que fue «jefe de un movimiento civil y civilizado... varón que enalteció la toga, que
fue catón por sus virtudes, que ciñó con verdadero honor la victoriosa espada del
guerrero, que ocupó las más altas dignidades de su tierra en circunstancias tremendas,
que fue maestro en la más noble y digna acepción de este vocablo, que también fue
escritor y orador castizo y elocuente y que dejó hermosas páginas de acendrada doctrina,
porque en él se cumplió el decir de quien afirmó que los antioqueños saben
escribir la historia, pero antes son maestros en hacerla'». Y el mismo escritor,
7
lo recuerda en su vejez caminando por Medellín
<<casi como un mendigo>> pues él pertenecía a la estirpe de quienes,
habiendo ostentado la totalidad de la magnificencia del poder, no lo utilizaban para su
lucro personal. El poder político no se confundía con grupos económicos, ni con mafias,
ni se establecían preferencias para el provecho individual. Su existencia fue espejo en
el cual se podía mirar la República. Fue un «anticarista», pues rechazaba su dureza y
sus fijaciones políticoreligiosas. En ese momento, podría sintetizarse la actividad
política conservadora como la del predominio de varios y enconados grupos: el carismo,
los velistas, los nacionalistas y los históricos.
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1. Gustavo
Arboleda: Historia contemporánea de Colombia: desde la disolución de la antigua
república de ese nombre hasta la época presente. Tomo III. Presidencia del general
Pedro Alcántara Herrán 1845. Presidencia del general Tomás Cipriano de Mosquera. Banco
Central Hipotecario, segunda edición. Bogotá, 1990.(Regresar)
2. Antonio
José Lemos Guzmán: Obando: De Cruz Verde a Cruz Verde. Imprenta Departamental del
Cauca, Popayán, 1956.(Regresar)
3. Manuel
Antonio Sanclemente: Archivo General de la Nación. Correspondencia Tomos I al XXVII. (Regresar)
4. El
Criterio, periódico de Panamá dirigido por Carlos A. Mendoza y Eusebio A. Morales.
Páginas publicadas en el libro Periódicos panameños de oposición:1892-1899.
Selección de artículos, editoriales y noticias de la prensa liberal istmeño opuesta a
la Regeneración colombiana de Núñez y Caro. Carlos Alberto Mendoza y Vicente
Stamato, compiladores. Biblioteca Cultural Shell, Panamá, 1996.(Regresar)
5. Eduardo
Rodríguez Piñeres. La revolución de 1899. IV: Las elecciones de 1897. El Tiempo.
Sección segunda. 18-IV-1943.
(Regresar)
6.
Otto Morales Benitez: Cátedra caldense. Publicación del Banco Central
Hipotecario. Carlos Valencia Editores. Primera edición, Bogotá, 1984.
(Regresar)
7. Abel
García Valencia: El profesor de literatura. Colección de autores antioqueños, No
98. Editorial L. Vieco e Hijas Ltda. Medellín, 1995.
(Regresar)
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