Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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  PREFACIO

 

 
Estimado señor:

Tal vez fue en 1874, pero seguramente en 1875.

En esa época, existía en el ministerio de la Instrucción Pública, en la planta baja dando sobre la calle de “Bellechasse” una especie de sótano embetunado en el cual “papelotaban” media docena de empleados.

Los más favorecidos, los antiguos, estaban instalados del lado Bellechasse. Del lado del patio, hablo del patio del ministerio, se instalaron así, así, más bien mal, los “presupuestivoros” de última hora.

La atmósfera de ese sótano, que llevaba en ese entonces el nombre de “Oficina del depósito de los libros y bibliotecas escolares", era pesada. Por tan alto que pudiera estar en el horizonte, el sol no penetraba nunca en ese “Conservatorio de los reumatismos” hoy entarimado, iluminado, saneado.

Únicamente el poderoso reír de la juventud circulaba en libertad.

Un día, entró, sombrero en mano, respetuoso y amargado a la vez, un autor de provincia, de edad madura, quien deseaba saber si la “Comisión encargada del examen de los libros” había favorecido una de sus obras.

Se dirigió hacia el empleado encargado de centralizar los informes y le dirigió la palabra de la manera siguiente:

-Señor, en - en , en- entregué al mi -mi, al mí, mimi, mi, mis— —terio, desde hace mucho tiempo, un vo, un vovo, un vo, -un vovo-volúmen y no he re-re ­rere-recibi-bi-do ninguna no-noticia.

Se enjugó la frente que el esfuerzo de la conversación había inundado de sudor, mientras que el empleado interpelado, ahogándose de ira, sujetaba sus anteojos con violencia y contestaba:

-S’ - S’- señor, ¿usted se imagina que- que que-que-que los emplea- plea-pleados del Estado sean co- co­coco- “orveables” para poder burla- burlar- larse — — de ellos?

-Me que- que- queja —ré al mimi, al ministro, dijo el visitante. No tiene derecho a ri-ri- didi-ridiculi-lizar la dolo-dolo-do-dolencia, de un elec- de un elec-lelect—tor.

El empleado trataba inútilmente de interrumpir y protestar. Su cara convulsionada pasaba por todos los colores del arco iris, mientras que de su garganta congestionada se escapaban unos sonidos bárbaros, entrecortados involuntariamente. Los camaradas, atacados por la locura, se retorcían de risa sobre sus asientos y no tenían fuerza para interponerse entre los dos interlocutores exasperados que se lanzaban insultos y amenazaban con empezar un vulgar pugilato.

La cordura apareció bajo el aspecto de un mozo de oficina quien clamó a voz en cuello: —   Pero, ustedes, ¿no ven que son tartamudos los dos?

El tumulto se sosegó frente a esa verdad.

No nombraré al empleado. Se ha vuelto desde ese momento uno de los propietarios más recomendables del sud-oeste de Francia, y sin duda debe haber olvidado el incidente. Ustedes fueron testigos por azar. De este incidente he seguido las inolvidables peripecias, porque tenía unos motivos muy particulares para frecuentar la calle de Grenelle.

De allí se inició entre nosotros una cordialidad tan bien desarrollada por el tiempo que hoy me hace el honor amigable de pedirme para usted y su libro una presentación para el público.

Se lo agradezco y me asusto.

No basta con haber vivido veinte años en compañía de exploradores, de haberse interesado apasionadamente en sus empresas, de haberlas defendido, sostenidas, de haber participado en su organización y en cierta medida, en su dirección, para decretar al principio de un volumen de viaje que el lector se beneficiará al leerlo.

¿Por qué no habéis solicitado la pluma elocuente de uno de los sabios ilustres que pesaron y analizaron los resultados tan novedosos y ricos de vuestras correrías a través de lo desconocido?

¿Vuestra modestia rechazó esa diligencia?

Tanto peor para vuestra modestia. La heriré lo mejor que pueda; puesto que usted no se imaginará que descuidaré lo que caracteriza, para mí, la fluidez, la energía y la dignidad de vuestra individualidad.

¡Pasó mucho tiempo desde su debut y éxitos como abogado hasta vuestra primera exploración de la Sierra Nevada!

En el intervalo, una preocupación patriótica le absorbió y fundó, sobre bases sólidas los concursos nacionales de tiro.

Por medio del periódico que usted dirige, por una propaganda hablada cada día, llegó a agrupar a alrededor una multitud de hombres jóvenes, atentos a sus generosas enseñanzas. El gobierno aplaude todas sus tentativas fecundas y le condecora.

Más tarde usted orienta su vida en otro sentido. Apoyándose sobre amistades artísticas, que apreciaron vuestro juicio sobre las cosas del Teatro, usted se volvió una especie de Eminencia gris de uno de los más jóvenes e inteligentes directores de París.

La Tarántula al fin le picó. Ya salió hacia las cimas nevadas de América meridional. Durante dos años, usted las escaló y trajo indicaciones inéditas.

Acabando de llegar a Francia, usted desea ya nuevas emociones; usted las persigue y las encuentra en el corazón de la península de la Guajira.

Lo que usted descubrió donde estos Indios atléticos, de esa región que no recibió antes de su llegada la visita de ningún francés, está contado en su libro con una sencillez encantadora.

La llaneza de sus relatos revela una sinceridad absoluta y provoca la simpatía.

Ningún detalle de lo que vio está omitida en sus páginas familiares; pero vuestra discreción es excesiva cuando nos cuenta de las dificultades vencidas, de los peligros conjurados y de los dolores sufridos. ¡Dios sabe si el número fue grande y el recuerdo permanece cruel!

En pocas palabras, nos cuenta del día en el cual sintió pasar sobre su frente las alas negras de la muerte; y usted no nos confía que una herida sangra en el fondo de su alma.

Evidentemente sentimos que usted está orgulloso de haber enriquecido el tesoro científico de Francia;  pero no reconoce el precio exorbitante de esa contribución; la vida de un adolescente, suave, valiente y bueno, vuestro fiel compañero, vuestro querido hijo.

¡Saludo su memoria respetuosamente sea cual sea la tristeza que así despertó!

Se debe hablar de tales muertos. El público debe saber que existieron e inscribirlos al lado de los mártires cuyo culto será eternamente sagrado.

Ser aniquilado, a los 19 años, por una fiebre palúdica, en el momento preciso cuando por primera vez, se va a fraternizar con una raza indómita e indomable, ¡qué horror! Y sin embargo, a pesar del golpe espantoso que sufrió, a despecho del abismo insondable que se creó, sin parar en el camino, usted fue hasta el final, por el honor de Francia, ¡qué virtud!

¡Es lo que hizo usted, sin palabras, sin ruidos!

En el estudio de los Guajiros, bajo sus toldos, en mitad de sus bosques usted volvió a templar sus nervios para reunir materiales preciosos y abandonároslo. Gracias.

Merced a usted, amaremos un pueblo que la civilización desfiguró. Sus cualidades y defectos tienen el sabor de la naturaleza virgen. ¡Los adoro, tal como son! Mi deseo ardiente es que no los civilicen. ¿Usted asegura que serán destruidos y que no serán sojuzgados?

¡Vivan los guajiros! ¿Con qué derecho se puede pretender imponerles las chucherías de nuestro estado social? Sus costumbres me parecen como un privilegió legítimo que no se les puede quitar sin cometer una injusticia. Además ellas están perfectamente bien reguladas.

No me parece que se pueda reprochar, por ejemplo, a los Guajiros, la condición un poco retraída de la mujer en el hogar, ni los trabajos difíciles que a ellas incumben.

¿No compensan ellas ese abuso por el horror que tienen al adulterio y por el castigo que les corresponde?

Una mujer guajira no se entrega nunca a dos hombres. ¡Es sencillamente maravilloso lo que usted nos certifica!

Si por desgracia una india tiene la carne débil, si un indio engaña a un vecino o a un amigo, el código guajiro, código de la tradición al cual M. Prudhomme, el “legislador” no colaboró, se aplica sin remisión y los culpables son castigados con la muerte.

Anotamos que los matrimonios son libres; ningún párrafo notarial, ninguna bendición de sacerdote, y sin embargo la unión es indisoluble, rodeada con tales garantías morales y respeto, que una india sospechosa de un sentimiento más o menos tierno para con otro hombre distinto a su esposo es despreciada y rechazada en todas partes.

Se debe convenir en que esto es algo original.

Es distinto en París donde no hay ideas elevadas.

La unión libre es a veces tan sólida y respetada como entre los guajiros; pero es criticada. A cambio, los matrimonios provistos de todos los Sacramentos preocupan a veces a los Tribunales, el mundo y la ciudad.

Se sabe que la señora X... no tiene una fidelidad infalible; que el señor Z..., padre de una numerosa familia, tuvo algunos colaboradores. ¡¿Y qué importa?! La señora X y la señora Z no dejan de ser invitadas con honor por las gentes más escrupulosas.

Ellas están debidamente casadas, por lo consiguiente todo les es permitido.

Lo que ofendería tremendamente a los Guajiros, ¿no es así, señor?

No hay, decididamente manera para entenderse con sus salvajes.

Su afectísimo

Raoul de Saint - Arroman

 

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