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Riohacha y los Indios
Hanri Candelier
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CAPITULO IX
( 2 Parte)
Regreso a Riohacha - Mi
terrible enfermedad -El itinerario desde el sur-oeste hasta el Sur-éste- Guamachal -
Acrashva - Ishamana- Guinca-- Garrapatamana - José Dolores - Joaquín y Briaku y -
Su última expediciónSinamaica
Tuvo sin embargo inmediatamente algunas atenciones
que no pensaba encontrar en un salvaje.
Debemos decir que esa parte de la península,
hasta Ishamana, como todas las vecinas a Riohacha, es mucho más civilizada que las otras.
Jaipara, según la costumbre, me hizo sentar en su
más bonita hamaca, suspendida en un rancho abierto, Guanetu es, como hemos
dicho arriba, un verdadero cobertizo de granja.
En un segundo, según la costumbre de la raza, me
circundó toda una multitud de indios, pidiendo tabaco yoi yoi y
también aguardiente. Como ellos insistían en una forma realmente muy apremiante, hasta
insolente, Jaipara para se dio cuenta, y les ordenó con un tono sin réplica, retirarse
de mí.
Todos se eclipsaron como escolares reprendidos.
Después hizo matar a un joven becerro en mi honor
y tuve que compartir su comida.
Cuando le dejé éramos los mejores amigos del
mundo.
Garrapatamana está situado cerca al
monte Oca, donde llegamos al día siguiente.
Su Jefe, José Dolores, rico indio muy temido; de
la casta de los Arpushainas está con frecuencia en guerra con los
lpuanas, los
Yusayus y los Cocinas. Tiene dos
tenientes muy bravos y también temidos Joaquín y Briaku.
Casado con una lindísima mestiza, hija de una
india y un español de Riohacha, posee grandes rebaños y especialmente una raza de
caballos muy renombrada.
He aquí lo que me contaron sobre ellos;
ese
relato, más que todo el resto, dará una idea exacta sobre las guerras encarnizadas que
los indios se hacen entre sí y sobre su increíble malicia.
Desde mucho tiempo atrás, José Dolores y sus
ayudantes tenían un
viejo rencor, una antigua querella que querían dirimir
con
una tribu de lpuanas. Las Posibilidades eran casi iguales y la victoria sería del más
hábil, el más fino.
Los primeros imaginaron primero
para
desembarazarse de los segundos: era la guerra a muerte, una de las dos tribus debía
perecer.
Conociendo la inclinación de todos
los
indios sin excepción por el ron, pues ellos son esencialmente borrachines, mandaron a la
ranchería enemiga un espía cargado
con varios barriles de ese líquido, con la
misión de emborrachar a todos sus habitantes, y coger como prenda sus fusiles.
Al principio los indios pagaron al contado, por
medio de pequeños intercambios, todo el ron que tomaron; después habiendo agotado todos
sus recursos quisieron seguir bebiendo a crédito y satisfacer su pasión favorita. Fue el
momento que esperaba el espía, aceptó en dar más ron, pero con la condición de
entregar todas sus armas como garantía.
Aquellos se las dieron sin desconfianza, y se
emborracharon tremendamente.
Cuando
estuvieron así en la imposibilidad
de defenderse, el espía corrió a avisar a los Arpushainas, situados y armados a poca
distancia y masacrando toda la ranchería; hombres, mujeres y niños, hasta el último.
En su furor de venganza y su sed de sangre,
cogían los los por los pies y los descuartizaban en dos, o detalle más horrible aún,
les rompieron la cabeza contra los árboles!
Este ejemplo de astucia me recuerda otro,
igualmente reciente.
Desde hacía cierto tiempo un indio, Antonio
Amaya, tenía el deseo de vengarse de un Riohachero, Manuel J. Bonivento, hijo civilizado
de un indio. Un día de mayo o Junio de 1888, si mi memoria me es fiel, estos dos
enemigos, ambos armados, se cruzaron en el camino en los alrededores del
Calancala cerca a San Antonio, en el territorio Guajiro.
Al verlo Amaya le gritó: ¿Me quieres
matar, como lo afirmaron?
-No, contestó el otro, nunca dije
esto y protestó de sus buenas intenciones pacíficas, casi amistosas.
Después de ese cambio de palabra. se separaron y
cada uno siguió su camino como si
no se
hubieran visto.
Apenas Bonivento, tranquilo por esa explicación
caminó tres o cuatro pasos adelante, recibió en la espalda, por detrás una bala
disparada por Amaya, que le hirió mortalmente. A pesar de haber caído sobre las
rodillas, casi moribundo Bonivento, reuniendo todas sus fuerzas tuvo el coraje de apuntar
a su cobarde adversario con el rémington que tenía y le rompió la cabeza.
Dos días después quise salir de Sinamaica, pero
todos los indios me disuadieron. La región era muy insegura; desde hacía más de un
año, las diversas tribus luchaban perpetuamente y los Cocinas se volvieron
más feroces que nunca. Con toda seguridad encontraríamos emboscadas y dispararían
contra
nosotros; en una palabra tendríamos nueve oportunidades sobre diez de ser
atacados y robadas nuestras mulas y caballos, muertos tal vez. Para aventurarnos en esa
región sería
indispensable hacerlo con una verdadera caravana; de lo contrario
sería exponernos a un verdadero peligro inútilmente. Los Cocinas no son sino un montón
de malos sujetos, bandidos que masacran sin piedad y el país más allá no
ofrecía
para mí ningún interés.
La conclusión fue que debía regresar y llegamos
sanos y salvos a Sinamaica. Un solo disparo de fusil, viniendo no se de donde, fue hecho
en nuestra dirección, pero no vimos nada.
Nos quedamos solamente unos días; tuve que
regresar rápidamente a Riohacha. Aquel viaje, aunque muy corto me afectó la salud y mi
terrible enfermedad parecía querer afectarme otra vez. La mala alimentación, el caballo,
y el sol tan ardiente en ese país tropical me habían otra vez descompuesto la sangre. Al
llegar a la ciudad tuve que descansar más de un mes, sin trabajo y sin fatiga, antes de
regresar a mi domicilio indio, a Yosuru.
Durante mi permanencia, una mujer Rio Hachera vino
una tarde afligida, suplicándome ir a ver su joven hijo,
que un indio,
llamado Kalaché había herido de gravedad con una flecha
Siguaray. Me contó lo que sigue:
Un indio Chombo que venía con mucha
frecuencia a Riohacha, cometía desde hacía mucho tiempo, pequeños y grandes robos de
los cuales nunca se le pudo culpar. Se tenía la convicción moral, pero ninguna prueba
material contra él, pues era merodeador de profesión.
Un día le dio por robar una vaca a un riohachero
menos paciente que los otros, y que no bromeaba con
estas cosas. Chombo fue
designado como culpable.
Ese mismo día, hacia las tres de la tarde, en el
momento en que iba a cruzar el Calancala, ese indio recibía de un individuo desconocido,
escondido detrás de un matorral, una bala en pleno pecho que le mató en el acto. Dos
horas después, su hermano Kalaché en el momento en que también iba a pasar
el río para irse de la Guajira, encontró el cadáver, ya frío, en mitad de un mar de
sangre.
Fiel a la ley de su raza, prometió matar al
primer civilizado que encontrara, Español lo hizo, Español lo paga (para
ellos un colombiano es español).
El primer civilizado que se presentó, fue
precisamente un joven chico de 16 o 17 años, hijo de una pobre mujer desolada y bien
inocente del crimen.
Kalaché fue directamente sobre él y sin
pronunciar una sola palabra le hundió una flecha en el estómago.
El pobre niño se botó al agua para tratar de
escapar a la ira de ese loco y tuvo el coraje de quitarse la flecha. Después de su
crimen, el indio desapareció.
El joven salió del agua, y más bien que mal,
tuvo la energía para regresar a su casa. Pero sus fuerzas le traicionaron después de
cien pasos y cayó en el camino donde los transeúntes lo recogieron.
Era a ese herido al que, en ausencia de los
médicos, de Riohacha me solicitaba ir a visitar. En el extranjero, todos los europeos
pasan por médicos; por humanidad no me hice rogar.
Encontré al muchacho presa de horribles
sufrimientos y una sed ardiente. Examiné la herida, estaba precisamente en la cavidad
estomacal, y según mis modestos conocimientos en historia natural, el diafragma estaba
atravesado había una hemorragia interna y a mi modo
de ver, una peritonitis iba a declararse.
La herida tenía un ancho de
cinco
centímetros por haber retirado la flecha, pues la punta de hierro posee en su base dos
ganchos en forma de anzuelos que agrandaron la
herida. Al extraerlos se producen
horribles lesiones internas al arrancar los tejidos.
No disimulé mi opinión a la desdichada mujer,
quien ya había adivinado todo en mi expresión. A las diez de la mañana, del día
siguiente, en efecto, su hijo murió después de una noche de dolores espantosos.
En cuanto a Kalaché, el supo que yo había
cuidado a su víctima y sintió un profundo resentimiento contra mí y se jactó de que me
mataría tan pronto como regresara
a la Guajira.
Su amenaza no me inquietó mucho y no cambié en
nada la resolución que había tomado de regresar por tierra hasta mi residencia en
Yosuru.
Salí a caballo, acompañado solamente por dos
jóvenes indios, sobrinos de Kuta Buchichande y Pachichena. Tenía,
naturalmente una
buena carabina de repetición, que habría hecho un buen trabajo
si fuese el caso. Una emboscada era lo único que había que temer.
Quise, recuerdo, esta vez cruzar sobre mi montura
a la manera India la desembocadura del Calancala; era la estación seca, y el agua no
alcanzaba a las pantorríllas.
Al llegar a la mitad, horrorizado Buchichande me
gritó peryuri, peryuri. Era un tiburón que no había visto y estaba a unos
cinco o seis metros de las patas de mi bestia, en busca de alimentos sin duda en las
inmediaciones del río. Todos gritamos para asustarlo. Se hundió y no volvió a aparecer.
Al atardecer regresé a mí
rancho después
de una ausencia de seis meses. Nada había cambiado.
Durante mi camino no habla visto la silueta de
Kalaché.
Supe solamente de la
muerte de Briaku atravesado por las cuatro flechas envenenadas de un enemigo;
su agonía había durado tres días en medio de atroces sufrimientos.
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Portaretrato
de indios
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Grupo de
indios adornados Mapuara
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Muñeco
guajiro en barro o arcilla
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Muñeco
Guajiro
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Indice
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