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Riohacha y los Indios
Hanri Candelier
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO IX
( 1 Parte)
Regreso a Riohacha - Mi
terrible enfermedad - El itinerario desde el sur-oeste hasta el Sur-este - Guamachal -
Acrashva - Ishamana - Guinca - Garrapatamana - José Dolores - Joaquín y Briaku y
- Su última expedición - Sinamaica
Ocho días después de mi regreso a esa ciudad, mi
disentería se agravó hasta tal punto, que una mañana al despertarme de un corto sueño,
mis ojos vieron turbio y tuve nítidamente conciencia de la gravedad de mi estado.
Tenía frío, un frío muy peculiar, en las
extremidades especialmente, es lo que se debe sentir al pasar toda una noche en una helada
fuente era la sensación de la muerte. Y a pesar de ese anonadamiento del cuerpo,
conservé la más completa lucidez; mis sentidos, el oído
especialmente, adquirieron una agudeza extraordinaria, podía percibir, el
menor ruido, el menor sonido.
El médico homeópata que había escogido, a falta
de otro, vino hacia las ocho según su costumbre y no se hizo ninguna ilusión.
A pesar de que hablaba en voz baja, le oí muy
claramente decir a la digna mujer que me había velado, y al vicecónsul francés M.
Dugand, que acababa de llegar: el pobre muchacho está perdido, no pasará el
día Y, corno el vice-cónsul, quien me manifestaba alguna simpatía,
se apiadó de mi suerte, recomendaba a ese médico ensayar todo para tratar de salvarme,
oí nuevamente muy claro cuchichear estas palabras: No hay nada más que hacer, sus
manos huelen ya a descomposición, su barba cae por si sola, es el fin. Se debe pedir el
ataúd para estar preparado, pues dos horas después de su deceso, habrá que enterrarlo.
Puede imaginar usted el efecto que ese dictamen
fúnebre produjo en mí. Mis momentos eran contados, cada minuto pasado me acercaba al
término fatal.
El señor Dugand estaba aterrado.
De pronto el médico cambió de parecer: Hay
tal vez algo más que intentar dijo, que experimenté en varias circunstancias parecidas,
¡la oportuna experiencia! Es darle un baño frío seguido de fricciones y de una porción
de mi conocimiento. La reacción, sí se produce, puede provocar la energía necesaria al
organismo, para resistir algunos días más, y tiempo ganado es esperanza. Es nuestro
deber intentar todo, es la única esperanza, y por lo menos habremos hecho todo lo
posible.
- Haga todo lo que quiera, contestó el
señor Dugand. Si así es.
Se mandó en toda dirección a buscar una bañera,
una tina cualquiera; no se pudo conseguir; los rio-hacheros tienen la costumbre de
bañarse en el mar o en el río Calancala.
Al fin encontraron un barril grande que dividieron
en dos.
Me cogieron bajo los brazos y piernas. Cuando el
agua me cayó sobre la cabeza y los hombros, sufrí tal sacudida, tal sofocación que
perdí la noción de las cosas.
Cuando volví en mí, me estaban ingurgitando a la
fuerza, entre los dientes apretados, algunas cucharadas un líquido cualquiera, me
frotaban todos los miembros con una grasa casi hirviendo y me aplicaban sobre el vientre
servilletas muy calientes.
La reacción prevista se produjo, seguida de varios
sopores y despertares sucesivos.
Me pareció respirar mas fácilmente y pude al fin
abrir boca. Pregunté a mi consagrada enfermera cual era la hora Las tres me
contestó.
-No será aún hoy, pensaba feliz.
Al día siguiente me sentí mejor. Esa mejoría
siguió lentamente, en verdad, pero qué importaba, estaba fuera de peligro.
Seis semanas después de ese día memorable, mi
médico que no desdeñaba los juegos de palabras, me dijo: "usted podrá, a su
regreso a Francia, jactarse de haber ido al Nuevo Mundo, y casi... al otro
.
Supe, en esa misma época de la grave enfermedad
de mi primer guía Antonio y algunos días después de su deceso. Murió a consecuencia de
una fluxión de pecho, enfermedad muy rara en estas regiones. Sentí verdadera pena.
Mi convalecencia duró más de tres meses.
Mi pobre cuerpo debilitado, agotado, tardó mucho
en recuperar su estado normal, su vitalidad.
Estaba muy anémico.
Cuando me sentí lo suficientemente restablecido,
resolví irme de Riohacha para Maracaibo
(Venezuela) cruzando la península en toda su extensión, del sur-oeste hasta el sur-este.
Debía remontar la desembocadura del Calancala, que no conocía sino imperfectamente,
hasta Pancho, aldea situada al otro lado del río en territorio indio.
Allá tenía la intención de pedir a mi excelente
amigo Vicente Siosi ser mi compañero y alquilarle los caballos y mulas necesarios.
Embarqué en una pequeña canoa, a las 4 de la
madrugada, llevando conmigo como siempre los objetos indispensables, sin olvidar mi buena
carabina Winchester.
A esa hora matinal, todo es silencioso, quieto. El
paisaje es pintoresco, en la desembocadura grandes mangles ofrecen un refugio natural a
los numerosos cocodrilos que infestan el río.
La canoa anda muy lentamente. La corriente, a
pesar de dar la apariencia de agua tranquila, unida como un espejo, es muy fuerte, y
nuestros remeros tienen que trabajar intensamente.
Pasamos frente a una abertura a través de estos
árboles. Es el sitio donde una embarcación, puesta por las autoridades de Riohacha a la
disposición de los civilizados y de los indios, permite irse hasta esa ciudad, o penetrar
en la península.
De repente, más arriba del río, a nuestra
izquierda, alzaron el vuelo una cantidad de aves acuáticas, garzas blancas, grises y
negras, pelícanos y otras. En ese punto habitualmente pasan la noche.
Al fin, empieza a amanecer, en los linderos de los
bosques entramos a la llanura y percibimos un rancho, el de nuestro amigo Vicente Siosi.
Desembarcamos.
Vicente Siosi es hoy el mejor guía de la Guajira.
Es un buen hombre de unos 40 años, casado con una india inteligente que le enseñó a
hablar su lenguaje como un verdadero aborigen. Goza, dentro de esta tribu de una gran
consideración por la honradez constante de sus relaciones comerciales.
Ya había tenido el placer de conocerlo en
Riohacha; me visitó durante mi enfermedad, en resumen somos viejos amigos y sabía que
podía confiar en él.
Le propuse ser mi intérprete en el viaje hasta
Maracaibo. Muy a su pesar no pudo aceptar. Debía partir precisamente al día siguiente
por causas urgentes, en dirección opuesta, pero puso a su hermano Santander a mi
disposición y me prestó los animales que necesité.
La primera aldea que percibimos a nuestra
izquierda Buena-Vista que habíamos dejado a nuestra derecha cuando mi primer
itinerario hacia el Norte. Dejamos también otros dos, la de Areguatatu y de
Chipana.
Las grandes llanuras que atravesamos están llenas
de malvas, casi idénticas a las de Europa. La tierra es arcillosa.
Llegamos a Guamachal donde unos
capuchinos españoles fundaron una capilla y una escuela, con la intención de evangelizar
a los guajiros. Nos demoramos instante para saludarlos, ver su residencia y saludar
también a la rica india La Nicha, hermana del cacique Jaipara, del cual
hablaremos.
Los misioneros nos recibieron muy bien; parecían
felices de la presencia de un europeo. La habitación era modesta, tuvieron que
construirla, en gran parte ellos mismos. Pero no parecían satisfechos de sus esfuerzos.
Les creo sin dificultad. La tarea es ruda, no se
le puede disimular; para mí estos valientes religiosos se equivocan curiosamente sobre el
resultado final y se hacen locas ilusiones.
No lograrán nunca catequizar a estos salvajes,
por lo que los puedo conocer, convertirlos, hacer de ellos hombres sometidos, dóciles,
obedientes, cristianos en una palabra.
Estos indios son indomables; y por principio, por
instinto, refractarios a cualquier civilización. Orgullosos de
su libertad, de su
independencia, sienten muy bien que la religión sería para ellos un yugo, una
dominación, no quieren sufrir ninguna cadena. Estos pobres capuchinos pierden tiempo y
sufren penas, no serán más afortunados que sus predecesores. Si un día se logra someter
esa raza, será a la fuerza; de otra manera no se debe pensar. Ojalá que esté en un
error. La sangre derramada en nombre de una supuesta civilización es una atrocidad!
La Nicha está también feliz de
vemos; pero se debe decir que ella es casi una civilizada, habla corrientemente el
español.
En un rincón del rancho, se esconde su hija,
Soledad, un poco intimidada por nuestra llegada; poco a poco sin embargo, ella echó un
rápido vistazo, buscando la manera de miramos y pronto se domesticó.
Es una joven india, de unos 20 años, de talla
mediana, con senos erectos caderas prominentes, con una expresión simpática de una gran
dulzura. Me arriesgué a hacerle un cumplido, pero ella pareció molestarse.
Allí almorzamos y solamente alrededor de las 3
p.m. salimos bajo un sol de fuego.
Atravesamos Vallenático y casi por la
noche llegamos a Carashua. Fuimos a pedir hospitalidad a
Guayahojo, jefe muy amado de los colombianos, muy benévolo para con ellos.
Tiene doce mujeres, nos dijo. Nos presentó a una, bastante pequeña, insignificante, las
otras viven en rancherías vecinas.
Al amanecer del día siguiente, nos montamos otra
vez en dirección a Cambute, Yakururema, Kaleriana, Ishamana y Guincua. Esa
última ranchería tiene el honor de poseer por jefe uno de los más respetados de toda la
Guajira, Jaipara, cuya rectitud de juicio, apreciada por sus compatriotas, le valió con
frecuencia el ser escogido como árbitro en conflictos, en guerras entre diversas castas.
De gran talla, lleva una barba bastante grande, lo que no es común en su raza poco
velluda en su gran mayoría. Sus rasgos acusan unos 55 o 60 años, la cabeza es enérgica
y franca: mira bien de frente. Tiene el brazo
derecho anquilosado por una bala que su hijo mayor le disparó por imprudencia jugando con
un remington que el no sabía cargar. La bala fracturó el radio cerca al codo.
Por ese hecho, el hijo fue desposeído de todos
sus bienes, tal como lo ordena la ley guajira.
Desde el momento en que se derrama sangre, hay que
pagar el precio de ella, aunque sea entre parientes.
Jaipara, al igual que todos los otros indios, me
recibió al principio con frialdad.
Continuar
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