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Riohacha y los Indios
Hanri Candelier
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CAPITULO
VIII
( 2 Parte)
Matrimonio - Duelo Guajiro - La Ceremonia -Cacería - Exorcismo del
Piaché.
Al día siguiente supimos que se había fugado
para sustraerse a una unión que no le gustaba. No había llegado a su casa.
Como epílogo de ese rechazo, supe algunas semanas
después, que esa joven india, tan altiva, y tan desdeñosa como bella, tenía por amante
al vaquero de uno de sus tíos,
un bruto de la mas baja categoría y por ese hecho
su hermano quiso matarla.
Un mes apenas, después de ese incidente, el jefe
de la aldea de Cambute, el caporal Suta como dicen los colombianos, nativos de
Yosuru, vino a morirse y según la ley guajira la ceremonia de duelo debía hacerse en el
lugar de su nacimiento. Era el tío de Kuta y casi homónimo, el cadáver fue pues llevado
a Yosuru por Kuta.
Debo dar aquí algunos detalles
preliminares; nada más curioso dentro de las costumbres que una muerte donde los
guajiros.
Tan pronto como el indio entra en agonía, se le
esconde la cara con gran pañuelo para que nadie lo pueda ver más.
Cuando muere, si es rico se manda, como en nuestro
país, mensajeros a llevar la nueva a todas las rancherías de la región, y sus mas
cercanos parientes lavan el cadáver con sal y jabón.
Después se le viste con sus más bonitos mantos, shei que tenía en
vida.
Para enterrarlo, se da a su cuerpo la posición de
un hombre sentado, la cabeza ligeramente
inclinada adelante, y las manos juntas entre las piernas.
En esa posición le envuelven primero en su
cobertura de lana, después al depositar a sus pies una gran olla de barro
Tenashi que contiene sus joyas, el oro y la plata que podía poseer y además
alimentos para varios días, la que comía generalmente, como bananas, maíz, panela,
carne salada, quesos, sopa de maíz, más tabaco.
Una vez puesto ese primer sudario, le instalan en
lo que debe servirle de ataud y que es una piel de buey, en la cual es sólidamente
cocido, con los víveres que acabo de indicar.
El cuerpo casi atado, es el verdadero término,
será expuesto en una hamaca, y conducido hasta su aldea natal. Entonces, de todas partes
de la Guajira vienen amigos para llorar la pérdida.
Suta que fue un jefe rico, respetado y amado,
atrajo una multitud a su entierro. Era, me contaron, para un salvaje, un hombre de gran
sabiduría y cosa curiosa, un hombre de gran rectitud. Todos venían a pedirle consejos de
varias leguas a la redonda.
Quise asistir a ese espectáculo. Los numerosos
indios, venidos de varios puntos de la Península, se agruparon por familias, castas. La
mayoría se había puesto sus más bonitos vestidos y habían traído sus más valiosos
caballos. Formaban un gran cuadro alrededor del rancho del difunto. Era como una muralla
humana de una gran corte, y el abigarrado de las vestiduras presentaba un aspecto muy
interesante.
Cuando llegué, varios indios e indias estaban ya
alrededor del cadáver, sentados en el suelo al modo de nuestros sastres, la cara cubierta
con un gran velo y llorando en voz alta.
Esa manera de expresar su dolor me pareció
lúgubre y poco sincera a la vez.
Ya en Riohacha me chocó una escena muy parecida
que conté arriba. Sin embargo entre las dos existe una diferencia.
En ambas, evidentemente hay convención. Donde los
Riohacheros son explosiones de dolor, llantos ruidosos y gritos, no son uniformes para
todos.
Cada uno los modifica según su carácter, su
educación, su temperamento; en otros términos, varía, son más o menos violentos,
continuos. Este depende de cada persona.
Donde los guajiros al contrario, es un ritmo
usado, empleado por todos, una especie de
melopea triste siempre la misma; mejor dicho una
lamentación según la fórmula.
Al escucharlos, sus gemidos me daban la impresión
siniestra y monótona de los aullidos del perro de noche, llorando a su amo.
Al lado de ese cuadro tan triste, había otro muy
diferente, los preparativos de grandes
cuchipandas. Ese contraste era muy singular.
Unos indios trinchaban unos bueyes y el ron
circulaba entre los grupos. Pues la costumbre
guajira quiere, si el difunto es rico, que
se mate parte de su ganado para distribuirlo a los asistentes y que su familia ofrezca
también varios barriles de aguardiente.
Según la cantidad de animales degollados y de ron
comprado, la ceremonia de duelo dura uno o varios días. Se necesita tiempo para comer y
tomar todo; después solamente será enterrado el difunto. El indio pobre se enterrará el
mismo día.
Desgraciadamente, estas fiestas
terminan frecuentemente mal. Los indios se emborrachan y hay discusiones, querellas,
riñas, a veces surgen y así se declara la guerra entre dos castas.
Esta vez no hubo nada parecido que deplorar, por
fortuna, durante el duelo de Suta; las cuchipandas duraron dos días, todo pasó en calma.
Después su cuerpo fue trasportado al cementerio Amuyu, vecino de Cambute, su
residencia, donde lo enterraron.
Se hace un gran hueco en la tierra, en el cual se
pone el cadáver, parado, no acostado; todo fue después cubierto con tierra, arena,
piedras, cal, y en la superficie grandes conchas marinas.
Ninguna eminencia, ningún signo exterior;
solamente estas escamas de mar, emergen del suelo.
Los muertos donde los indios son el objeto de un
culto particular, lo que parece indicar sentimientos elevados y cierta civilización. Un
individuo sorprendido violando una sepultura, será inexorablemente muerto.
Durante nueve días, la costumbre exige que los
parientes más cercanos del difunto, prendan grandes fuegos cerca a su tumba, para alejar
a sus enemigos fallecidos. Aquellos, según sus creencias podrían venir de noche y
hacerle daño.
Pues para ellos uno está realmente muerto
después de pasar nueve días. También por esa creencia, se deposita en el ataúd
víveres para algún tiempo.
Durante todo ese tiempo es prohibido, en ciertas
castas comer carne. Dentro de ciertas castas también, el rico es enterrado en su propio
rancho, con el mismo ceremonial.
Después de un año, puesto que las carnes en ese
país caliente se descomponen rápidamente, se retiran los huesos desecados, se les ponen
en una urna de barro Tenashi y estos huesos se ponen después definitivamente
en el cementerio.
Los amigos y parientes del difunto vienen
nuevamente para llorarlo, y es motivo para organizar otras comidas y tomar ron.
Dos días después del duelo de Suta, un indio se
presentó a mi casa acompañado con una vaca negra, la cual, para mi gran sorpresa, me
estaba destinada.
Así lo ordena la costumbre que los notables
invitados reciban según su rango, o un caballo o una becerra o becerro.
Me quedé alrededor de cuatro meses en Yosuru,
ocupado en hacer unos cambios con los indios, para obtener sus arcos, flechas, utensilios
de cocina, instrumentos de música, vestidos, etc... cuando un día me sentí gravemente
indispuesto. Tenía fiebres intermitentes, enfermedades largas y peligrosas en estos
países. Tuve que acostarme, me sentía bien un día cada tres, pero en mis accesos tenía
delirios, desatinaba, estaba loco.
Una mañana, después de una noche muy agitada,
Kuta me aconsejó hacerme curar de un Piaché, hombre o mujer, pues existen de ambos
sexos, y se comprometió a traerme uno si lo deseaba, convencido de que me podía curar.
Escogí un Piaché mujer, por curiosidad.
Estaba deseoso desde que los vi operar con los
caballos, en Causorchon, y conocer su
prácticas sobre sus semejantes, y acepté con gusto.
Al fin sabré a que atenerme.
Hacia las doce, en efecto, Kuta volvió
acompañado de una pequeña india, bastante gorda y por lo que pude ver, con ojos
penetrantes y de una expresión poco común. Era mi futura Piaché.
Ella gozaba de una gran notoriedad y para
decidirla a venir a mi casa, Kuta tuvo que ofrecerle un collar de coral.
Como desde hacía unas horas me había dejado mi
fiebre, pude seguir con atención la pequeña ceremonia, sin perder un solo detalle.
Apenas llegada a mi rancho, esa mujer exigió que
todo el mundo se saliera; debía quedarme solo con ella. Nadie puede ver a un Piaché
ejerciendo sus funciones y tampoco él, puede vender o prestar su maraca; sería un caso
de muerte para él.
Inmediatamente, ella tendió una sábana entre
ella y yo, y con otra sábana cerró también la abertura que sirve de entrada.
Afortunadamente las sábanas eran muy delgadas, y
podía fácilmente distinguir a través, los menores movimientos de esa buena mujer.
Ella principió por quitarse la falda, y se quedó
únicamente con su primer vestido o suiche. Después sacando su matraca de un
pequeño saco de cabuya trenzado, susirche se sentó sobre un pequeño banco.
Al mismo tiempo se puso un pedazo de tabaco en la boca.
De pronto se puso a temblar todo su cuerpo,
haciendo invocaciones y agitando su matraca.
Por momentos se levantaba de su asiento y todo su
ser, de pies a cabeza, se agitaba nerviosamente, mientras sus cantos al igual que su
instrumento alcanzaban el paroxismo de su fuerza. En otros, paraba un instante, para
expectorar y escupir jugo de tabaco; se habría podido pensar que escupía la enfermedad.
Ese pequeño ejercicio duró una hora y media por lo menos. Debía sentirse muy cansada.
En efecto, después de volver a vestirse con su
falda, se enjugó la cara en varias ocasiones, después tosió, escupió una vez más y se
dirigió hacia mí haciéndome muchas preguntas. Viendo que no le contestaba, habló por
signos; creí comprender que ella quería tocarme el brazo.
Creyendo que era para apreciar el estado de mi
fiebre se lo extendí, remangándome.
Para mi sorpresa ella se puso a aplicar sus labios
y a hacerme como el oficio de sanguijuelas, chupando y escupiendo. Adiviné que esa
práctica tenía el propósito de querer extraer el mal y vomitarlo después.
Este ejercicio duró más o menos media hora;
tenía el brazo adolorido.
En este momento, como el interés donde los
guajiros no pierde nunca sus derechos, tuve que prometer a mi Piaché, regalarle una
becerra bien gorda. Era absolutamente necesario me dijo, para que el espíritu invocado me
sea favorable, y obtener mi curación.
Se la prometí inmediatamente, y conociendo ahora
lo que deseaba, le agradecí y la despaché.
El resto era poco interesante y además me lo
habían contado frecuentemente. Lo que especialmente anoté fueron las enormes
pretensiones de los Piachés y no tenía ninguna intención de ser generoso
con ellos.
Estas exigencias vienen de la ciega confianza que
los indios tienen en estos curanderos amables y farsantes.
Cuando ellos dicen que el
Espíritu exige un regalo, sea una mula, sea un caballo, sea un buey, sea un
collar de Tumas o un rico vestido, la familia se apresura a dárselo. Lo
cierto es que no se le puede contrariar, pues de pronto podría mostrarse hostil.
El Piaché hasta la curación o... la
muerte de su enfermo queda cerca a él y no permite a nadie entrar al rancho. Los que
vienen de las aldeas vecinas, pueden traer de nuevo al diablo, el Yoruja y
este puede matar al enfermo.
Por la misma razón no permite a ningún miembro
de la familia ausentarse, dejar la ranchería, podría también hacer regresar al diablo.
Si el enfermo cura, todos los objetos y animales
que el piaché pudo obtener, le pertenecen; en el caso contrario, todo vuelve a la
familia.
Con frecuencia también, consulta el tabaco o el
fuego, cuando las brasas siguen muy vivaces es que el enfermo no morirá.
Interrogué una vez a un Piaché sobre la suerte
de un indio que se estaba muriendo; me contestó con un tono absolutamente convencido:
Si no muere, es que Dios no lo quiere.
Me sorprendió esa afirmación tan categórica de
su creencia en Dios en medio de tantas absurdas prácticas.
Mi salud seguía muy delicada. A estas fiebres
intermitentes se agregó un principio de disentería.
Por prudencia me hice
trasportar a Riohacha, donde al menos encontraría los medicamentos y cuidados necesarios.
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Tairiana,
collar de perlas, dijes tumas
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Capuchinos
evangelizando la Guajira
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Instrumento
musical en forma de vaina
Tambor, Kasha
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