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Riohacha y los Indios
Hanri Candelier
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO VII
Regreso a Yosuru - Visita a Causorchón
-Samvita y Germán
- La Danza chicha-maya La chicha - Matrimonio - Perdido en
una laguna
Kuta pareció encantando por mi regreso. Tal como
habíamos convenido, me instalé en su casa, mientras terminaban la construcción de mi
propio rancho. Le pedí hacerlo lo más pronto
posible y cerca del suyo.
Mi intención era pasar en este punto central,
seis meses o un año, para conocer a fondo lo más
posible, la etnografía de esa raza
casi desconocida, lo cual era la meta de
mi viaje.
Después de ocho días, terminaron mi rancho.
Antes de elegir mi domicilio, quise hacer
algunas excursiones hacia el centro, hacia el
este, hasta Jamaicamana, Amurcor, Chororsiru,
etc, todas rancherías parecidas entre
sí, en las cuales no encontré nada que valga la pena
contar. En todas partes el mismo tipo de indio, las mismas
chozas de palmas y los mismos
vestidos.
Sin embargo, en Chororsirtu, no puedo pasar en
silencio el encuentro que tuve con una joven india de quince a diez y seis años realmente
bella.
Alta, esbelta, elegante, con grandes ojos negros
como una japonesa, la tez casi blanca, una boca adorable ornada con magníficos dientes de
una blancura esplendorosa, ella fue para mí como una aparición.
Mestiza de un europeo y una india, tenía además
el paso orgulloso de su raza, esa suavidad en la expresión común a nuestras mujeres de
Europa y la mirada aterciopelada, lánguida de la española, bajo sus largas pestañas.
¡Dios! ¡que bella chica y que cuerpo con contornos graciosos y firmes! En todos los
países del mundo, con un poco de educación, esa mujer habría, por su porte tan noble,
pasado por una gran dama, como también por su belleza, habría sido admirada.
Quise fotografiarla, pero no lo pude lograr; a
pesar de mi insistencia, mis ruegos, ella rehusó constantemente.
En tres oportunidades fui a su ranchería con la
esperanza de convencerla o sorprenderla. No tuve la suerte de lograrlo.
La presencia de un extranjero en la región se
supo inmediatamente y varios indios ricos, manifestaron sus deseos de verme. Dentro de
ellos estaba la india Samvita y su hijo Germán, de Causorchon, quienes cuentan dentro de
lo más poderoso y respetado.
Samvita posee una de las dos o tres grandes
muñecas de oro Guara que existen en la Guajira.
La Guara es un fetiche que tiene un
gran valor para los guajiros. Los que la poseen, se consideran como los más poderosos y
ricos; usted comprenderá fácilmente la razón.
Según la leyenda entretenida naturalmente con
mucho cuidado por los felices propietarios, la Guara trae felicidad a los que pueden
verla. Pero dice también la leyenda, que para poder contemplarla, se debe pagar una
ofrenda, una becerra por lo menos; sin la cual el indio se expone a perder la vista.
Usted puede ver inmediatamente lo que resulta: Los
indios muy supersticiosos por naturaleza y por educación, bien convencidos que la vista
de ese fetiche les va atraer la suerte, pagan la ofrenda indispensable.
El feliz propietario se enriquece con todos estos
presentes.
Por estos motivos la Guara fue en varias
circunstancias el árbitro supremo de la paz o de la guerra entre dos tribus.
Un jefe entregándola al jefe enemigo hacía cesar
inmediatamente cualquier especie de
hostilidad.
Esa Guara es precisamente encerrada en una caja,
envuelta en algodón y no se la saca sino una sola vez al año para bañarla. Ese día es
de fiesta, y los asistentes deben matar varios bueyes en su honor.
No se conoce el origen de esas Guaras.
Las Guaras las tienen desde un tiempo inmemorial y
ellas se perpetúan de padres a hijos.
Existen dos muy conocidas, la de Samvita y la del
cacique Jaipara de Ischamana.
Hay otras más pequeñas, Keirésia
pero no tienen la misma importancia.
Sabiendo que esa relación con Samvita me podía
ser preciosa, al menos útil, salí para su ranchería una tarde de diciembre, acompañado
por mis amigos Kuta y Antonio.
Recuerdo que hicimos ese trayecto en condiciones
penosas, a pesar de las mulas escogidas que teníamos. Tal
vez Kuta equivocó el camino, pero lo cierto es que tuvimos que pasar por senderos
estrechos a través de un bosque espinoso que nos arañaba el rostro.
Un poco más lejos una laguna grande apareció,
tenía poca agua, y para no tener que dar un largo rodeo, decidimos atravesarla. Pero
apenas nuestras mulas pisaron esa ciénaga, una nube de mosquitos imperceptibles me
entraron en los ojos, nariz y orejas.
Me vi reducido a poner unas bolitas de papel en
mis orejas y aplicarme un pañuelo sobre la nariz y los ojos. Dejaba que mi bestia se condujera por sí sola.
Al fin llegamos a una sabana con pastos bien
descubiertos donde pudimos respirar.
En ese momento nos pareció oír a lo lejos
redobles de tambores y hacia las ocho vimos los fuegos de los ranchos y llegamos en plena
fiesta. Pregunté cuál era el motivo y me lo explicaron en dos palabras.
Desde hacía algunos meses, una enfermedad cuyo
origen se ignora y que no se podía combatir, cayó sobre Causorchon sobre los caballos,
mulas, ganado; principalmente sobre los primeros.
Estos animales morían sin sufrimiento aparente y
sin poder suministrarles ningún remedio.
Los indios estaban convencidos que un espíitu
maligno Yoruja aparecía en las rancherías.
Resolvieron dar un gran baile, una fiesta
para alejar al diablo y al mismo tiempo exorcizar los ranchos y caballos por conducto de
sus Piaches o médicos.
Estos bailes duran a veces una o dos semanas
enteras; los indios vienen de todos los ranchos y aldeas vecinas y el último día es el
más importante.
Para su clausura, los indios ricos se visten con
sus más llamativos vestidos, cinturas y collares.
La falda o manto, Sheí hecha por las
mujeres con algodón o lana tejida con bonitos dibujos coloreados en los cuales predomina
el rojo.
Su cintura, Si-ira es hecha con la
misma tela tejida y sirve para sujetar la falda.
Sobre la cabeza, ponen la más bonita corona,
hecha con garras de tigres, Kiara, sea con paja trenzada, Korsu, o
sea también con la misma tela kapanasa.
Al cuello, cuelgan sus mejores collares de
Tumas de perlas de oro o coral.
En Causorchon la fiesta llegaba a su
último día, y ,debía terminarse al día siguiente, al amanecer. Según la costumbre,
Germán y su cuñado Federico, se habrían puesto sus más bonitos mantos.
Los dos, grandes y fuertes, las piernas a partir
de la rodilla y los pies, desnudos, me parecieron soberbios en su estampa y más
orgullosos que nunca, cuando vinieron a saludarme. Fue realmente con un paso majestuoso
que se me acercaron.
Para recibir de Samvita y su hijo Germán una
excelente acogida, tuve la precaución de
proveerme de pequeños regalos indispensables.
A un indio rico se le debe dar más, como
reconocimiento a su prestigio, a su autoridad, y eso le halaga. Por esa razón había
traído para Samvita un gran saco de maíz y plátanos, que me mandaron dos días antes de
Riohacha, y para Germán, tenía ron, cigarros y una manta de lana roja.
Estos diversos objetos produjeron el buen
resultado que esperaba.
Me trataron con mucha consideración y como
siempre pusieron a mi disposición un rancho y hamacas. Aquí, como en Yosuru, el ron
obtuvo el mejor éxito. Germán y su cuñado Federico no esperaron para hacerle el honor;
las seis botellas regaladas se vaciaron en un momento.
Para la cena encontré otra vez esa sopa de maíz
con leche y panela, Eirajuschi que me ofrecieron cuando llegué donde Kuta y
la tomé con placer. Inmediatamente después, me dirigí hacia el sitio donde bailaban.
Al llegar a unos cien pasos me detuve para mirar
mejor el conjunto del cuadro. Una luna
brillante en un cielo puro iluminaba la escena y le
daba un relieve extraordinario. Había algo
de poético y de extraño a la vez en ese baile
campestre, en esa campiña muda y desierta alsonido único y monótono del tambor.
Me acerqué. Había por lo menos cien indios o
indias reunidos, jóvenes en su mayoría, unos parados, otros sentados sobre el suelo y
haciendo un círculo alrededor de tres grupos de bailadores.
Mi presencia produjo un momento de curiosidad.
Vinieron a mirarme hasta por debajo de mis narices y como siempre, también tuve que pagar
la bienvenida distribuyendo un gran número de pequeños cigarros.
Uno de los indios estuvo muy amable, debo
reconocerlo, al ofrecerme un banquito. Así pude mirar sin perder ningún detalle.
Con razón o sin ella, esto es cuestión de
impresión, nada me pareció más gracioso que estos guajiros de ambos sexos en sus
evoluciones, sus movimientos.
Su danza La Chichamaya no tiene en sí
nada de complicado. El único reproche que se le puede hacer sería, al contrario, ser
demasiado simple. Pero la manera de ejecutarla es de lo mas atractiva, y repito la palabra
con intención, de lo mas graciosa.
He aquí una descripción sumaria: Se traza un
círculo en la arena. Se le limpia de todas las piedras para no herir a los bailarines que
comúnmente andan descalzos. Es una especie de pista, en una palabra, de la cual nadie
debe salir.
La india entra primero en ese círculo y
levantando su falda por ambos lados, a la moda de nuestras abuelas y tatarabuelas bailando
el minué, da la vuelta varias veces a esa pequeña plaza, revoloteando sobre sí misma,
liviana como una sílfide.
Después de ese pequeño preludio, el indio se
hace presente también en el círculo y su papel consiste en evitar a la mujer la cual
tratará de perseguirle por todos los medios posibles para hacerlo caer.
Todo el talento consiste pues, para la mujer,
caminando con pasos precipitados acercarse al hombre lo más posible, de tal manera que le
haga perder el equilibrio.
El hombre al contrario, debe, saltando
rápidamente hacia atrás, evitar por medio de fingidos felices y hábiles pasos, a la
derecha o a la izquierda, las rápidas persecuciones de su compañera.
Aquel juego, cuando los dos adversarios son
igualmente diestros y ágiles, puede durar cierto tiempo. No es raro ver a la mujer
retirarse de la lucha, muy cansada y jadeando sin poder seguir.
En cambio, cuando ha logrado tumbar a su parejo,
se producen risas, gritos por parte de los asistentes.
Aquella danza tiene un atractivo tal para estos
indios, que, a pesar de la monotonía de la música, ellos no sienten la necesidad de
dormir. Al día siguiente siguen con su placer favorito.
Sin compartir ese entusiasmo excesivo, declaro
francamente que me quedé con ellos hasta una hora avanzada. Las noches por otra parte,
son tan bellas y deliciosas.
Le aseguro que en ningún momento me aburrí. La
gracia de las jóvenes indias me había positivamente encantado.
Sin embargo volví a mi hamaca, encantado por la
velada: ya para acostarme oí en un rancho vecino, un ruido que tomé como el de una
carraca, y al mismo tiempo una voz de hombre que parecía lanza invocaciones, oraciones
con un ritmo lastimero y regular. En algunos instantes el ruido de la carraca disminuía y
la voz bajaba; pero, nuevamente volvían otras y altas exclamaciones.
Intrigado e ignorando lo que todo esto podía
significar llamé a Antonio, quien dormía ya, para pedirle una explicación.
Era un médico guajiro Piaché a quien
se le había encargado exorcizar la ranchería y expulsar el espíritu malo, causante de
la enfermedad de todos los animales que estaba cumpliendo con su oficio, y procedía a la
ceremonia habitual.
El Piaché no es, propiamente dicho,
un médico, es el equivalente de nuestros magos de aldea, de nuestros
curanderos, los cuales por medio de algunos signos cabalísticos y de algunas
palabras farfulladas de prisa pretenden recomponer un brazo o curar un esguince.
La ceremonia se inició al ponerse el sol y debía
terminar al amanecer. A esta hora el Piaché debía ir hasta el corral
reservado a los caballos y mulas, exorcizarlos a cada uno por separado.
Naturalmente prometí asistir. Iba al fin a cerrar
los ojos, cuando mi atención fue nuevamente llamada por los llantos y sollozos originados
muy cerca a mí.
Estos llantos parecidos a los de un niño que
tiene una violenta pena y que no puede parar en sus gemidos, venían de uno de los indios
que había tomado demasiado ron, y que tenía la embriaguez triste.
Estos gemidos emitidos en medio de la noche,
tenían algo de siniestro y formaban un contraste notorio con la alegría de los
bailarines, el sonido del tambor y las exhortaciones, las súplicas del
Piaché.
Ya no era cuestión de dormir. Todo el resto de la
noche, la pasé reflexionando sobre los hechos curiosos de los cuales fui testigo y sobre
las costumbres tan singulares de esas poblaciones.
Al fin el alba apareció, y vi al
Piaché salir de su rancho. Estaba totalmente desnudo, con la excepción del
pequeño vestido prendido a la cintura, el Icha, y llevaba en la mano el instrumento que
había tomado, por una carraca. Era una bola grande, hueca, de madera, llena de pequeñas
arenillas fija sobre un palo. No le puedo comparar mejor sino a un sonajero grande, de
niño, o mejor como grueso boliche puesto sobre su pie. Al agitarlo se obtiene un ruido
parecido al de la maraca.
Se
dirigió hacia los caballos, le seguí.
Entró solo; y después de tomar un pedazo de tabaco en la boca, Manilla mira
a cada caballo uno después de otro, soplando sobre él, casi a cada momento el jugo de su
mascada, y agitando de arriba a abajo, con fuerza según los casos, su maraca.
No sé realmente cómo no se produjo un accidente. Había cincuenta caballos al menos en el corral,
muy estrecho, y algunos se asustaron.
Durante ese tiempo, afuera bailaban siempre.
Al fin hacia las seis y media de la mañana todo
terminó, baile y exorcismo.
Según la costumbre guajira, se trataba ahora de
dar a los bailarines, la bebida de maíz fermentado, o chicha, a la cual tenían derecho.
La chicha es la bebida habitual de los indios
ricos. Es agria y muy refrescante; la hay de dos especies, o para ser más exacto, hay dos
maneras de prepararla.
O se aplasta entre dos piedras el maíz bien
blando, el cual se ha dejado en agua una noche entera, y después se deja fermentar
durante unos días, en grandes vasos de barros.
O las viejas indias que quedan en el rancho, para
los quehaceres internos, mastican ese maíz
y
lo escupen así masticado en grandes ollas.
La fermentación provocada por la saliva, es,
según ellos mucho más activa.
En los dos casos cuando se termina la
fermentación se agrega agua, panela, canela para endulzarla; la bebida queda lista para
su consumo.
Tuve muchas veces, durante mis dos años de
permanencia que probar estas dos especies de chicha.
Bebía la primera sin ninguna repulsión, pero la
segunda, usted comprenderá, fue con repugnancia. Sin embargo es una bebida agradable
cuando uno está acostumbrado y muy refrescante.
La repartición se hizo entre los bailarines
proporcionalmente según su rango y calidad. Cuando, entre ellos se encuentra un indio
rico, es la costumbre darle además una porción de maíz fresco.
Iba a despedirme de mis huéspedes, eran las ocho
más o menos, y para evitar el calor del día me marché. Pero Germán, antes de dejarme
ir, me preguntó si aceptaría hacerle el honor de ser el padrino de su hija.
¡Padrino!... yo no entendía nada; esto revolcaba
totalmente todas mis ideas de un solo golpe. Pues se conocía el bautismo en la Guajira?
¿Había católicos entre ellos?... Antonio frente a mi sorpresa visible, vino en mi
socorro. Los indios, me dijo aunque evangelizados con frecuencia desde hace tres siglos, y
aún actualmente por los capuchinos españoles, no son cristianos y no abrazan jamás
ninguna religión. Son perfectamente indomables por persuasión. Algunos recibían los
consejos, las palabras de los misioneros, hasta fingían admitir sus doctrinas, solamente
para recibir sus medallas u otras pequeñas cosas, pero tan pronto como aquellos se iban,
actuaban según su capricho, sus instintos. Los indios creen en Dios,
Mareigua, y no más.
El bautismo no representa para ellos sino una e
pequeña formalidad, una imitación de las costumbres civilizadas, y un pretexto para
entablar amistad por vanidad o por especulación con un personaje importante, influyente y
rico.
Era pues, por ser un extranjero reputado y rico,
que Germán me buscó para ofrecerme su hija y la acepté. Adivinaba sus intenciones. Un
rechazo de mi parte me habría producido un enemigo. Sin saber a qué me comprometía
acepté su oferta halagueña, pero adivinando lo que mi nueva situación para con él iba
a crear entre su poderosa familia y yo, lazos estrechos de amistad.
Pero de ahora en adelante tenía un apoyo seguro y
serio en la Guajira.
Antonio y Kuta aprobaron y la cosa fue decidida en
el acto. Ofrecí a mi futura ahijada unos modestos regalos. Se convino que su bautizo
tuviera lugar en Riohacha, un mes después, y que me informarían a tiempo.
Después me despedí,
Aunis taya (me voy) a lo cual con
Funata (váyase). Es el
saludo y partimos para Yosuru, por un camino, esta vez practicable.
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Mi primer
jaguar
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Grupo de
indios
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Rancho,
habitación de indios guajiros
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Schei,
con manta de indio rico
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Indice
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