Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO VI

Manaure- El tabaco que habla - Tucuraca -Bahía Honda - Macuira - Regreso al Pájaro

Me detuve después de pasar la punta de Chuchupa, algunos instantes solamente, en Marquesina (Murujure). donde grandes remolinos de arena, provocados por vientos contrarios sin duda que se entrecruzan, desecan todo y lo ciegan a uno.

No hay en este sitio sino algunos raros indios que viven generalmente del producto de su pesca y de la cosecha del dividivi, cuando es la estación.

Encontramos después en nuestro camino la desembocadura del río San Juan, de aguas salobres y después sucesivamente, las dos rancherías de Bolombolo y   Manaure (Purpouilpa) y (Acuoro).

De la primera no diré nada, sino que la reverberación de algunas salinas contiguas a la playa, hacen el calor sofocante y que los guajiros de esa región se ven obligados, en ciertas épocas, a ir hasta el río “Pájaro” a buscar el agua notable que tanto necesitan.

En  Manaure, donde llegamos por la noche, fui presentado por mi amigo Antonio al jefe de esa aldea, “Boca-Burro”, en otros tiempos rico indio de la casta de los Ipuanas, hoy arruinado.

Su nombre se lo dieron los Riohacheros a causa de su boca con labios prominentes, que recuerdan bastante las de los asnos.

Nos recibió muy bien, y nos obligó a aceptar su hospitalidad. Venía en nombre de Kuta, y con su apoyo.

Fuimos testigos de una pequeña ceremonia que me probo una vez más hasta qué punto estos salvajes son supersticiosos

“Boca-Burro” había soñado, al parecer, la noche anterior, con un indio Epinayue, llamado “Cheché” que más tarde fue para mí un seguro y excelente amigo, que había resuelto atacarlo por una antigua querella.

Como los indios creen firmemente, que los sueños son anuncios de acontecimientos que deben suceder en la vida, quería para tal efecto, “consultar el tabaco” siempre a la usanza guajira y saber si realmente había algo que temer.

Aquella pequeña operación consiste en esto: el indio consultante, se pone una mascada de tabaco en la boca que llaman “Manilla” en Riohacha, después hace quemar por uno de sus hijos o servidores, un bastón del tamaño de una caña en una de sus extremidades; cuando se le entrega, el indio examina cómo se quema, soplando sobre la parte prendida el jugo de su mascada.

Tres veces seguidas se prende el bastón y tres veces también el indio hace la misma operación.

Según la mayor o menor fuerza del fuego es la felicidad o la desgracia que anuncia.

El guajiro tiene una fe robusta en este oráculo inconsciente, y espera su decisión con una gravedad, una seriedad extraordinaria. Las pitonisas antiguas no debían cumplir su misión con más convicción.

Las noticias fueron probablemente buenas, puesto que Boca-Burro estuvo de mejor humor, y casi alegre.

Las otras rancherías hasta el Cabo de la Vela, Ija, Turacas, Ahullamas, El Cardon, Garrisal, o en Guajira “Alamarka” Nchoua, Guarirajao, Atomui, son poca cosa.

Sin embargo a medida que nos alejamos de Riohacha, las acogidas son mas frías y más exigentes se muestran los indios. Es absolutamente necesario pagar su bienvenida con tabaco y otros pequeños regalos a los jefes.

Por fortuna Antonio tiene buenas relaciones en todos los villorrios y nadie nos inquietó.

Pero no me oculta que al partir del Cabo, el camino será difícil aún.

Frente a Cardon y Carrisal, encuentro dos picos aislados, sin importancia, cuya altura no pasa de los 120 metros. Y en “Alamarka” me cuentan un hecho reciente, bien característico y típico de la raza.

El indio del interior, mató a otro de Alamarka. Ese último dejó un niño aún de pecho, diez o doce meses.

Según la costumbre guajira, tan pronto como ese hijo alcanza una edad para comprender aprende el nombre del asesino de su padre, excitándolo a la venganza mas tarde.   Es la primera educación de estos salvajes.

Cuando el niño tuvo 15 años, levantado en estos sentimientos de odio, supo un día por azar, que su enemigo se encontraba en la aldea.

Se lo hizo mostrar, y en el momento en el cual aquél lo esperaba menos, le disparó varias flechas envenenadas. Cumplido su crimen se mostró orgulloso y feliz.

Llegados cerca al Cabo de la Vela (Epira) además del pico que se erige vemos los montes del Carpintero que no pasan de los 230 metros de altura. Acá, hay una ranchería que atravesamos, el jefe amigo de Antonio, nos invita a quedamos.

Una querella estalló últimamente, dijo, en los alrededores, entre un indio y un Riohachero, el primero fue herido, y según la ley guajira; “El civilizado lo hizo, el civilizado la pagará” podríamos aparecer responsables de la falta de otro, ser despojados de nuestros animales y tal vez cogidos como rehenes.

Consulto a mi guía, y decidimos inmediatamente pedir la protección de ese jefe, invitándolo a acompañarnos, hasta “Chemenao” donde el rico y poderoso indio, José Agustín se pondría seguramente a nuestra disposición.

Con él podríamos viajar con toda seguridad. El plan así preparado fue aceptado por el jefe quien emprendió con nosotros la marcha.

Pasamos cerca a “Portete” y vimos los acantilados que desde ese puerto bordean el mar hasta Bahía Honda. Su altura puede ser de 50 o 60 metros.

Y sin ningún incidente digno de comentarse llegamos a Bahía Honda, y después nos dirigimos a través de los montes Parase hacia Chemenao.

Recibimos del jefe José Agustín, la más amable acogida, el es amigo de los extranjeros.

Dos días después llegamos a los montes Macuira de los cuales ya hemos hablado.

Fue en estas montañas donde algunos días después de nuestra llegada conocí al pequeño jaguar o gato montés.

Había salido de cacería con mi indio, con la esperanza de matar, sea pecarís, guacos de Alberto, pavas silvestres, o pequeños venados cariacou.

Estaba en un pequeño bosque cuando al pasar cerca a un árbol, un animal saltó de él de repente, a tres pasos frente a mí.

Sorprendidos por esa caída inesperada, instintivamente cogí mi fusil agachándome.

Era un gato montés que se escapó al aproximarnos. A unos quince pasos se detuvo y miré tras él; en ese momento presentaba su lado derecho. Era la ocasión para disparar; le apunté en pleno pecho; cayó con un leve rugido. Trató de levantarse, dar un salto, pero volvió a caer estirando sus patas... y murió; medía 1,40 desde el hocico hasta la punta de la cola.

La bala penetró en los pulmones rozando el corazón: la muerte fue casi instantánea.

Agregaré que en estas montañas se encuentran árboles, cuyas hojas o las ramas sirven a los indios para varias cosas.

El llamado “Parisa” produce ese polvo rojo del mismo nombre, especie de carmín tan estimado por ellos, lo emplean mezclado con aceite, para pintarse la nariz y las mejillas, y preservarse así de los ardientes rayos del sol.

Los civilizados también lo buscan, y estregan las encías de los bebes para calmar la irritación durante la dentición.

Los guajiros le atribuyen una virtud curiosa sobre la cual diré algunas palabras.

Cuando se quiere saber en una ranchería, cuáles son las jóvenes indias vírgenes y las que dejaron de serlo, se las reúne y encierran bajo la dirección de una maestra, de  una matrona  para la fabricación de la “Parisa”.

Cada una al parecer, se traicionará en su trabajo, o mejor dicho la “Parisa” denunciará a la, o las culpables del pecado de amor; he aquí como: cuando la pasta esta hecha, cada india forma, según la costumbre, pequeños conos del tamaño de una gruesa fresa. La base es, por debajo totalmente lisa como todo el resto, sin ningún dibujo. Se los expone al sol para endurecerlos; si al secarse la base queda absolutamente lisa e intacta, es que la niña es aún inocente; si al contrario, ella no lo es, la base presentará un hueco que no dejará ninguna duda.

El segundo árbol, “Bija”, es un árbol muy resinoso, con un olor supremamente penetrante: un pedazo tan grande como la mano en una pieza cerrada, basta para dejar un perfume penetrante. Al quemarlo sirve de agradable desinfectante.

Cuando tienen un resfriado, los indios hacen de él una cocción con la cual se lavan.

Gastamos ocho días para regresar a Bahía Honda. Allá, me esperaba una piragua con la cual quería, siguiendo la costa oeste, regresar por mar a Yosuuru. Tenía tres remeros Riohacheros.

El viaje de regreso fue bastante accidentado, y casi me cuesta la vida.

Hasta el Cabo de la Vela, todo iba bien; el mar tranquilo y nada podía hacer presagiar lo que debía suceder.

El día era caliente y decidimos salir un poco antes de la noche, para evitar el sol demasiado ardiente.

El viento soplaba del nordeste, nos era favorable, en pocas horas debíamos llegar a Garrizal. Cuando de repente el viento refrescó, se volvió violento; por poco zozobramos, pero afortunadamente se rompió nuestra vela.

Nos encontramos a unos 400 metros de la orilla, pero el mar estaba tan agitado ahora y la oscuridad era profunda, era de noche, no podíamos orientarnos... la corriente nos llevó mar adentro, pues los remeros a pesar de sus esfuerzos no podían acercarnos a la orilla; nuestra piragua dio unos saltos inquietantes; subíamos a lo alto de las olas y después caíamos en el vacío, al abismo que abrían.

Al mismo tiempo gigantescas olas entraban en nuestra embarcación y amenazaban sumergirnos. Con mi casco trataba de retirar el agua bastante rápido. La situación se tornó crítica.

Tememos también que una ola partiera en dos nuestra barca. Todo desapareció alrededor de nosotros, estábamos en la inmensidad del mar, sin socorro posible, a merced de las olas.

Estábamos perdidos, tuve la absoluta convicción.

Durante horas y horas fuimos el juguete de la tempestad luchando sin embargo y defendiendo nuestra vida con coraje; cuando habíamos perdido toda esperanza se produjo una violenta sacudida.

Pensamos que era el fin esta vez... no, fue la salvación: las olas nos botaron a la costa.

Eran las dos de la mañana. Estuvimos perdidos durante más de ocho horas.

Dos días después, regresé a Yosuro.

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