Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO V

( 2 Parte)

Primer Itinerario desde Riohacha hasta Bahía Honda y a los Montes Macuira - Travesía del Calancala - Guarepo - El Pájaro - Kuta – Su recepción.

Les pido que disparen sus arcos; quedo sorprendido por su destreza, disparan al bulto sin apuntar. A cincuenta pasos dieron casi a cada golpe con el blanco que había puesto.

A las 4 p.m. volvimos a ponemos en camino hacia el  Pájaro” (Yosuru) después de despedirnos de nuestros huéspedes, que se volvieron nuestros amigos. “Auni taya”, me voy; “punata” vaya, fue nuestro intercambio de saludo, la fórmula guajira para el “hasta la vista” y una vez mas nos encontramos en pleno viaje.

Es la media noche cuando Antonio me muestra a lo lejos “El Pájaro” del cual se distinguen solamente a través de las tinieblas, los grandes fuegos, prendidos por las noches frente a cada rancho según la costumbre guajira.

Singular impresión me produjo esa vista. Tantas ideas curiosas despertaron en mi mente. Me parecía como un mundo nuevo que se me aparecía.

Pronto los perros de la ranchería que habían oído los pasos de nuestras mulas, se pusieron a ladrar. Al llegar, varios indios salieron de sus ranchos y noté que, a la luz de las llamas todos llevan su arco y flechas en la mano. Están a la defensiva, temiendo siempre un ataque sorpresivo.

Nos acercamos. Ya no es la misma fisonomía, ni la misma acogida. Se ve que estamos lejos de Riohacha; hay desconfianza y se lee fácilmente en sus rostros esa pregunta: “¿qué quiere esa gente?”

Antonio que es muy conocido y querido en toda la Península, se adelanta hacia ellos y se hace reconocer.

En un segundo se riega la bola de que un Parainsishi ha llegado con Antonio; todo el mundo quiere verlo, y en menos de cinco minutos, tengo una veintena de indios, grandes y chicos en mi persecución.

Todos como en Guarepo, tratan de mirarme, en la media oscuridad en la cual me mantengo.

Me miran hasta bajo la nariz, e inmediatamente oigo la misma palabra: “ioi, ioi” tabaco, tabaco, es la regla. Es siempre la misma cosa que esperan de un civilizado y esto en cualquier sitio de la Península. Les doy.

Afortunadamente que tal como el duque Emile en “Tricoche y Cacolet”, la espiritual pieza del Palacio Real, había traído, no una suma fuerte sino una gran cantidad de cigarros.

Sin tardanza nos dirigimos hacia la choza de kuta, el jefe indio a quien me recomendó uno de sus amigos riohacheros.

Fue avisado de mi llegada.

La misma ceremonia que en Guarepo; nos quedamos frente a la puerta de su rancho, “pinche”, esperando que saliera para desearnos la bien venida. Sus rebaños, vacas, cabras, corderos, están alrededor rumiando, otros durmiendo bajo la guardia de los perros.

Por lo que pude apreciar, todos los ranchos eran idénticos y cubiertos con hojas de palma.

Kuta no se hace esperar; avanza hacia nosotros arrogante, con gravedad como contando los pasos. A la luz del fuego de su vivac, tengo un retrato muy nítido de él, es alto, robusto, con hombros anchos, vestido con su manto indio, y como todos, con los pies desnudos.

Mientras cambiaba saludos con Antonio no dejaba de mirarme y me dirigió algunas palabras que no entendí. Parecía molesto por mi presencia. Antonio le dio algunas explicaciones, quien era yo, el motivo de mi viaje, etc., y agregó a propósito que me sentiría feliz de ser su amigo.

Ese primer contacto fue muy frío. No pude evitar decírselo a Antonio.

-No se sorprenda, me contestó, el guajiro es siempre así, frío y reservado.

Kuta al contrario, está muy feliz de recibirlo.

En efecto, puso uno de sus ranchos a nuestra disposición y suspendieron las hamacas, mientras que jóvenes indios se ocupaban en desensillar nuestras bestias y llevarlas a un potrero. Tuvieron la precaución de atar las patas delanteras, según la costumbre del país que les impedía escaparse.

Kuta se sentó con nosotros, e inició con Antonio una larga conversación, seguramente tratando de mí, pues pronuncia mi nombre. Kuta a pesar de sus esfuerzos no puede repetirlo sin destrozarlo. Pero poco a poco se familiariza.

Después dos indias, la mujer y la hija de kuta sin duda, nos traen dos escudillas llenas de queso y mazorcas de maíz cocinado en agua. Esa fue nuestra comida.

La noche me impide examinarlas; será mañana. El queso es friable, blanco, grumoso y además muy indigesto.

Comimos con los dedos, medio acostados en las hamacas, con una mano sosteníamos un pedazo de queso, con la otra una mazorca a falta de pan, mordiéndola para sacar los granos cocinados. A pesar de todo, comimos con buen apetito.

Apenas terminada esa frugal cena y para caerle en gracia a Kuta, creí llegado el momento favorable de ofrecerle algunos cigarros. Prendí uno en su compañía.

Mi intención era hacerle algunas preguntas por intermedio de mi guía, pero poco a poco el cansancio de esa primera jornada, me hizo sucumbir al sueño.

Cuando me desperté a la luz del día, las mujeres ordeñaban las vacas.

Las dos indias del día anterior, creo reconocerlas, nos traen cada una, una totuma con leche caliente. Son de mediana estatura, bastante fuertes ambas; una puede tener de 17 a 18 años, la otra unos cuarenta, son madre e hija. Igual a “Lakana” llevan una falda-saco, en tela blanca, con brazaletes en las muñecas y tobillos, y un collar de coral y perlas de oro al cuello; la joven no es fea, tiene bonitos ojos y una expresión de suavidad incomparable. Me dio la media calabaza, sin pronunciar una sola palabra, hasta sin mirarme, y se retiró inmediatamente.

Algunos instantes después, una niña de 12 o 13 años nos trajo agua para enjuagarnos la boca. Examino a esa niña, no lleva la falda-saco; por todo vestido lleva una tela cuadrada de algodón tejida por las Indias, “Suiché” que pasa  entre las piernas y está atada adelante y atrás por un cinturón de pequeñas perlas de vidrio rojas y negras “sirapo”.

Estos cinturones, pesan hasta 8 y 10 libras, sirven para arquear los riñones y dibujar el talle   esbelto; no se quitan jamás. Cuando son más jóvenes, llevan también una especie de tirantes hechos con perlas de vidrio negras “chapuna”, destinados a sostener el “sirapo”.

Después las dos primeras vuelven para recoger las totumas vacías de la leche, y se alejan sin hacer ningún movimiento, sin que sus rostros impasibles revelen la menor sensación, el menor pensamiento.   

Esa indiferencia exterior, esa existencia mecánica, es el hecho del papel insignificante que tienen las mujeres en estas poblaciones. No son sino las esclavas, las bestias de carga del matrimonio; son las que deben hacer todos los trabajos; trabajar para el sostenimiento de sus nobles maridos.

Entretanto, Kuta se acerca a nosotros y al ver que nos disponemos a seguir nuestro viaje, nos aconseja aplazar nuestra salida, asegurándonos que iba a llover. Acepté.

Su amabilidad me hizo recordar que no le había dado los pequeños regalos tradicionales.

Entre las cosas que le di había dos botellas de ron que le hicieron sonreír amablemente.

El ron, es para el guajiro la felicidad suprema, adoran la embriaguez; así como sin tragos son tranquilos, fríos, sobrios en sus gestos, después de haber tomado se vuelven todo lo contrario, habladores, exuberantes; pronto tuve el ejemplo.

Kuta, quien tuvo para conmigo una reserva bastante vecina a la hostil desconfianza, se volvió afectuoso y demostró una gran amistad, tan pronto como los humos del alcohol se le subieron a la cabeza.

Se puso a cantar, a apretarme en sus brazos, me obligó hasta a sentarme en sus rodillas y no dejaba de llamarme su amigo.

Para escapar de sus expansiones demasiado generosas, tuve que pretextar que me iba con Antonio a visitar los alrededores y especialmente las grandes lagunas vecinas  de estas Rancherías.

Debo insistir sobre la descripción de estas recepciones para indicar desde el principio el carácter, la fisonomía de  esa raza, sus costumbres y usos.

Estas lagunas son verdaderas hondonadas, arcas de agua para las lluvias, y se explican fácilmente por la conformación del terreno.

Este es completamente plano. Sin embargo a intervalos que varían entre uno y dos kilómetros está surcado por ondulaciones, por pequeñas lomas. Por ellas las aguas del cielo encuentran una pendiente indicada, con un receptáculo natural con fondo arcilloso, para conservarlas.

Un día de cacería en estas lagunas me sucedió algo que les contaré luego.

Al regresar hacia las 12 del día, donde Kuta, y a unos 500 metros de su rancho, tuve la oportunidad de matar una joven serpiente cascabel de un metro de largo. Fue mi guía quien me la mostró, había pasado a su lado sin verla.

Estaba enrollada, al lado de un manojo de hierbas, la cabeza únicamente salía del centro. No es fácil distinguirlas, se requiere un ojo ejercitado, el color de su  piel se confunde con el de la tierra.

Apenas llegado, el tiempo cambió y según la predicción de Kuta, una tempestad formidable amenazaba. Hacia la una de la tarde estalló; estábamos entonces en la estación de las lluvias.

Fue un verdadero diluvio acompañado por relámpagos y violentos truenos, sobre todos los puntos a la vez.

Los indios de la ranchería espantados, se pusieron, según la costumbre guajira a quemar lana y cuernos de toros, para calmar la tempestad. Creen que por ese medio pueden conjurarla.

Hacia las 3 de la tarde calmó. El agua entraba en mi rancho abierto a todos los vientos “Guanetou” al de Kuta no entraba ni una gota merced a la precaución de establecer una zanja alrededor de la habitación y terraplenar las paredes con arena. El suelo es sumamente arenoso; en cinco minutos toda el agua fue absorbida.

La noche llegó. Vimos los rebaños de Kuta regresar, arriados por los indios vaqueros. Los caballos y mulas fueron encerrados en su corral “kurura”; los bueyes y vacas se apostaron en su sitio habitual alrededor del rancho.

Inmediatamente todo el mundo se puso a trabajar. Las niñas a ordeñar mientras que la madre molía con piedras un maíz mojado, para la sopa de la cena ‘Uoro”.

Al mismo tiempo unos jóvenes de siete a ocho años eteramente desnudos, traían madera seca para prender el gran fuego nocturno.

Ese cuadro me hizo involuntariamente recordar los viejos villorrios de nuestra bella Francia, en los cuales las manadas de ganado regresan a la granja al caer el sol, el vaivén de los domésticos, bajo el ojo del dueño, el hogar centelleante de la fogata nocturna.

Evidentemente estas gentes con costumbres tan sencillas debían sentirse muy felices.

El gran fuego se prendió e instintivamente atraído por la llama, que siempre alegra, me senté sobre un pequeño banco, “Turú” hecho de un bloque de madera blanda, “Parsua”.

La mujer de Kuta puso una olla grande para la sopa de maíz y vigilaba su cocción y la removía con un largo bastón plano, imitando una larga plegadera.

La joven india de 18 años vino a reunirse con su madre, sin inquietarse demasiado por mi presencia y por primera vez, oí sus voces y charlas.

Durante sus conversaciones dos cosas especialmente me llamaron la atención. No comprendiendo en esa época ni una sola palabra de su lenguaje, trataba sin embargo de captar en sus fisonomías una expresión cualquiera que me pudiera dar idea sobre sus conversaciones.

A pesar de toda mi atención y esfuerzos, no pude discernir nada de esa oleada de palabras; sus rostros seguían impenetrables, cerrados.

Ni la menor contracción física, ni las más mínima manifestación moral.

La segunda observación que hice fue que la hija y la madre, mientras hablaban, no se miraban nunca.

Es por lo demás una costumbre entre todos los indios al conversar entre ellos. Cuando están frente a frente, apartan los ojos hacia un lado.

Para la cena, nos sirvieron ese caldo que había visto cocinar. Pero por deferencia para con nosotros agregaron leche y panela, especie de cogucho en tabletas hecha en Colombia, con el jugo de la caña de azúcar. La trasformaron así en lo que llaman “Eirajushi” o caldo de leche.

Ese plato nuevo me pareció delicioso; nos sirvieron también granos de maíz fritos.

Después todo quedó en silencio. Cada uno se acostó en su hamaca, mientras los jóvenes muchachos indios vinieron a acostarse cerca al fuego para pasar la noche, disputando el puesto con los perros.

Antes de dormirse quise conocer la razón de esa costumbre de los guajiros, de prender grandes fuegos cada noche frente a los ranchos. Kuta me contestó que era para alejar a sus enemigos muertos, “Iorua”. Creen que ellos vuelven de noche a la tierra, armados con un cuchillo y un fusil; tienen miedo de ser muertos durante sueño. Con estos fuegos no corren ningún peligro.

Veremos luego que los guajiros son supersticiosos mas allá de cualquier idea.

También les pregunté como prendían el fuego; tienen dos maneras de hacerlo; la primera con un briquet, “ejeso” igual a como lo hacían antaño nuestros buenos campesinos franceses; la segunda, la única interesante a la manera de los salvajes: principias por frotar dos pequeños pedazos de madera bien secos y de esencia tan blanda como fuera posible. Después, cuando aparece la primera chispa, ponen sobre ese fuego naciente, soplando con mucha precaución, sea una especie de trapo yesca fabricado por ellos y llamado “kururata”, sea cagarruta de asnos, bien secas “purikucha” que desmoronan en sus manos. Después de algunos minutos, el fuego es suficientemente fuerte para   poder  soportar hojas y pequeños leños, los cuales pronto producen una gran llama.

Agradecí a Kuta sus explicaciones. Me prometió ponerme al tanto de todas las costumbres, usos y leyes guajiras, si decidía quedarme solamente seis meses con él. Me ofreció también guiarme a todos los sitios que quisiera visitar.  Le agradecí y le prometí que a mi regreso, vendría con gran placer a instalarme en su casa, feliz de tenerlo como compañero.

Y al día siguiente, al amanecer nos despedimos con fuertes protestas de amistad, para seguir nuestro camino hacia el norte de la península.

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Procesión de la Virgen de los Remedios Niños Guajiros

 

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Desembocadura del río Calancala Cinturón de hombre tejido en varios colores, Siira

 

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