CAPITULO V
( 2 Parte)
Primer Itinerario desde
Riohacha hasta Bahía Honda y a los Montes Macuira - Travesía del Calancala - Guarepo -
El Pájaro - Kuta Su recepción.
Les pido que disparen sus
arcos; quedo sorprendido por su destreza, disparan al bulto sin apuntar. A cincuenta pasos
dieron casi a cada golpe con el blanco que había puesto.
A las 4 p.m. volvimos a ponemos
en camino hacia el Pájaro (Yosuru) después de despedirnos de nuestros
huéspedes, que se volvieron nuestros amigos. Auni taya, me voy;
punata vaya, fue nuestro intercambio de saludo, la fórmula guajira para el
hasta la vista y una vez mas nos encontramos en pleno viaje.
Es la media noche cuando
Antonio me muestra a lo lejos El Pájaro del cual se distinguen solamente a
través de las tinieblas, los grandes fuegos, prendidos por las noches frente a cada
rancho según la costumbre guajira.
Singular impresión me produjo
esa vista. Tantas ideas curiosas despertaron en mi mente. Me parecía como un mundo nuevo
que se me aparecía.
Pronto los perros de la
ranchería que habían oído los pasos de nuestras mulas, se pusieron a ladrar. Al llegar,
varios indios salieron de sus ranchos y noté que, a la luz de las llamas todos llevan su
arco y flechas en la mano. Están a la defensiva, temiendo siempre un ataque sorpresivo.
Nos acercamos. Ya no es la
misma fisonomía, ni la misma acogida. Se ve que estamos lejos de Riohacha; hay
desconfianza y se lee fácilmente en sus rostros esa pregunta: ¿qué quiere esa
gente?
Antonio que es muy conocido y
querido en toda la Península, se adelanta hacia ellos y se hace reconocer.
En un segundo se riega la bola
de que un Parainsishi ha llegado con Antonio; todo el mundo quiere verlo, y en menos de
cinco minutos, tengo una veintena de indios, grandes y chicos en mi persecución.
Todos como en Guarepo, tratan
de mirarme, en la media oscuridad en la cual me mantengo.
Me miran hasta bajo la nariz, e
inmediatamente oigo la misma palabra: ioi, ioi tabaco, tabaco, es la regla. Es
siempre la misma cosa que esperan de un civilizado y esto en cualquier sitio de la
Península. Les doy.
Afortunadamente que tal como el
duque Emile en Tricoche y Cacolet, la espiritual pieza del Palacio Real,
había traído, no una suma fuerte sino una gran cantidad de cigarros.
Sin tardanza nos dirigimos
hacia la choza de kuta, el jefe indio a quien me recomendó uno de sus amigos riohacheros.
Fue avisado de mi llegada.
La misma ceremonia que en
Guarepo; nos quedamos frente a la puerta de su rancho, pinche, esperando que
saliera para desearnos la bien venida. Sus rebaños, vacas,
cabras, corderos, están
alrededor rumiando, otros durmiendo bajo la guardia de los perros.
Por lo que pude apreciar, todos
los ranchos eran idénticos y cubiertos con hojas de palma.
Kuta no se hace esperar; avanza
hacia nosotros arrogante, con gravedad como contando los
pasos. A la luz del fuego de su
vivac, tengo un retrato muy nítido de él, es alto, robusto, con hombros anchos, vestido
con su manto indio, y como todos, con los pies desnudos.
Mientras cambiaba saludos con
Antonio no dejaba de mirarme y me dirigió algunas palabras que no entendí. Parecía
molesto por mi presencia. Antonio le dio algunas explicaciones, quien era yo, el motivo de
mi viaje, etc., y agregó a propósito que me sentiría feliz de ser su amigo.
Ese primer contacto fue muy
frío. No pude evitar decírselo a Antonio.
-No se sorprenda, me contestó,
el guajiro es siempre así, frío y reservado.
Kuta al contrario, está muy
feliz de recibirlo.
En efecto, puso uno de sus
ranchos a nuestra disposición y suspendieron las hamacas, mientras que jóvenes
indios se ocupaban en desensillar nuestras bestias y llevarlas a un potrero. Tuvieron la
precaución de atar las patas delanteras, según la costumbre del país que les impedía
escaparse.
Kuta se sentó con nosotros, e
inició con Antonio una larga conversación, seguramente tratando de mí, pues pronuncia
mi nombre. Kuta a pesar de sus esfuerzos no puede repetirlo sin destrozarlo. Pero poco a
poco se familiariza.
Después dos indias, la mujer y
la hija de kuta sin duda, nos traen dos escudillas llenas de queso y mazorcas de maíz
cocinado en agua. Esa fue nuestra comida.
La noche me impide examinarlas;
será mañana. El queso es friable, blanco, grumoso y además muy indigesto.
Comimos con los dedos, medio
acostados en las hamacas, con una mano sosteníamos un pedazo de queso, con la otra una
mazorca a falta de pan, mordiéndola para sacar los granos cocinados. A pesar de todo,
comimos con buen apetito.
Apenas terminada esa frugal
cena y para caerle en gracia a Kuta, creí llegado el momento favorable de ofrecerle
algunos cigarros. Prendí uno en su compañía.
Mi intención era hacerle
algunas preguntas por intermedio de mi guía, pero poco a poco el cansancio de esa primera
jornada, me hizo sucumbir al sueño.
Cuando me desperté a la luz
del día, las mujeres ordeñaban las vacas.
Las dos indias del día
anterior, creo reconocerlas, nos traen cada una, una totuma con leche caliente. Son de
mediana estatura, bastante fuertes ambas; una puede tener de 17 a 18 años, la otra unos
cuarenta, son madre e hija. Igual a Lakana llevan una falda-saco, en tela
blanca, con brazaletes en las muñecas y tobillos, y un collar de coral y perlas de oro al
cuello; la joven no es fea, tiene
bonitos ojos y una expresión de suavidad
incomparable. Me dio la media calabaza, sin pronunciar una sola palabra, hasta sin
mirarme, y se retiró inmediatamente.
Algunos instantes después, una
niña de 12 o 13 años nos trajo agua para enjuagarnos la boca. Examino a esa niña, no
lleva la falda-saco; por todo vestido lleva una tela cuadrada de algodón tejida por las
Indias, Suiché que pasa entre las piernas y está atada adelante y
atrás por un cinturón de pequeñas perlas de vidrio rojas y negras sirapo.
Estos cinturones, pesan hasta 8
y 10 libras, sirven para arquear los riñones y dibujar el talle
esbelto; no se
quitan jamás. Cuando son más jóvenes, llevan también una especie de tirantes
hechos
con perlas de vidrio negras chapuna, destinados a sostener el
sirapo.
Después las dos primeras
vuelven para recoger las totumas vacías de la leche, y se alejan sin hacer ningún
movimiento, sin que sus rostros impasibles revelen la menor sensación, el menor
pensamiento.
Esa indiferencia exterior, esa
existencia mecánica, es el hecho del papel insignificante que tienen las mujeres en estas
poblaciones. No son sino las esclavas, las bestias de carga del matrimonio; son las que
deben hacer todos los trabajos; trabajar para el sostenimiento de sus nobles maridos.
Entretanto, Kuta se acerca a
nosotros y al ver que nos disponemos a seguir nuestro viaje, nos aconseja aplazar nuestra
salida, asegurándonos que iba a llover. Acepté.
Su amabilidad me hizo recordar
que no le había dado los pequeños regalos tradicionales.
Entre las cosas que le di
había dos botellas de ron que le hicieron sonreír amablemente.
El ron, es para el guajiro la
felicidad suprema, adoran la embriaguez; así como sin tragos son tranquilos, fríos,
sobrios en sus gestos, después de haber tomado se vuelven todo lo contrario, habladores,
exuberantes; pronto tuve el ejemplo.
Kuta, quien tuvo para conmigo
una reserva bastante vecina a la hostil desconfianza, se volvió afectuoso y demostró una
gran amistad, tan pronto como los humos del alcohol se le subieron a la cabeza.
Se puso a cantar, a apretarme
en sus brazos, me obligó hasta a sentarme en sus rodillas y no dejaba de llamarme su
amigo.
Para escapar de sus expansiones
demasiado generosas, tuve que pretextar que me iba con
Antonio a visitar los alrededores y
especialmente las grandes lagunas vecinas de estas
Rancherías.
Debo insistir sobre la
descripción de estas recepciones para indicar desde el principio el carácter, la
fisonomía de esa raza, sus costumbres y usos.
Estas lagunas son verdaderas
hondonadas, arcas de agua para las lluvias, y se explican fácilmente por la conformación
del terreno.
Este es completamente plano.
Sin embargo a intervalos que varían entre uno y dos kilómetros está surcado por
ondulaciones, por pequeñas lomas. Por ellas las aguas del cielo encuentran una pendiente
indicada, con un receptáculo natural con fondo arcilloso, para conservarlas.
Un día de cacería en estas
lagunas me sucedió algo que les contaré luego.
Al regresar hacia las 12 del
día, donde Kuta, y a unos 500 metros de su rancho, tuve la oportunidad de matar una joven
serpiente cascabel de un metro de largo. Fue mi guía quien me la mostró, había pasado a
su lado sin verla.
Estaba enrollada, al lado de un
manojo de hierbas, la cabeza únicamente salía del centro. No es fácil distinguirlas, se
requiere un ojo ejercitado, el color de su piel se confunde con el de la tierra.
Apenas llegado, el tiempo
cambió y según la predicción de Kuta, una tempestad formidable amenazaba. Hacia la una
de la tarde estalló; estábamos entonces en la estación de las lluvias.
Fue un verdadero diluvio
acompañado por relámpagos y violentos truenos, sobre todos los puntos a la vez.
Los indios de la ranchería
espantados, se pusieron, según la costumbre guajira a quemar lana y cuernos de toros,
para calmar la tempestad. Creen que por ese medio pueden conjurarla.
Hacia las 3 de la tarde calmó.
El agua entraba en mi rancho abierto a todos los vientos Guanetou al de Kuta
no entraba ni una gota merced a la precaución de establecer una zanja alrededor de la
habitación y terraplenar las paredes con arena. El suelo es sumamente arenoso; en cinco
minutos toda el agua fue absorbida.
La noche llegó. Vimos los
rebaños de Kuta regresar, arriados por los indios vaqueros. Los caballos y mulas fueron
encerrados en su corral kurura; los bueyes y vacas se apostaron en su sitio
habitual alrededor del rancho.
Inmediatamente todo el mundo se
puso a trabajar. Las niñas a ordeñar mientras que la madre molía con piedras un maíz
mojado, para la sopa de la cena Uoro.
Al mismo tiempo unos jóvenes
de siete a ocho años eteramente desnudos, traían madera seca para prender el gran fuego
nocturno.
Ese cuadro me hizo
involuntariamente recordar los viejos villorrios de nuestra bella Francia, en los cuales
las manadas de ganado regresan a la granja al caer el sol, el vaivén de los domésticos,
bajo el ojo del dueño, el hogar centelleante de la fogata nocturna.
Evidentemente estas gentes con
costumbres tan sencillas debían sentirse muy felices.
El gran fuego se prendió e
instintivamente atraído por la llama, que siempre alegra, me senté sobre un pequeño
banco, Turú hecho de un bloque de madera blanda, Parsua.
La mujer de Kuta puso una olla
grande para la sopa de maíz y vigilaba su cocción y la removía con un largo bastón
plano, imitando una larga plegadera.
La joven india de 18 años vino
a reunirse con su madre, sin inquietarse demasiado por mi presencia y por primera vez, oí
sus voces y charlas.
Durante sus conversaciones dos
cosas especialmente me llamaron la atención. No comprendiendo en esa época ni una sola
palabra de su lenguaje, trataba sin embargo de captar en sus fisonomías una expresión
cualquiera que me pudiera dar idea sobre sus conversaciones.
A pesar de toda mi atención y
esfuerzos, no pude discernir nada de esa oleada de palabras; sus rostros seguían
impenetrables, cerrados.
Ni la menor contracción
física, ni las más mínima manifestación moral.
La segunda observación que
hice fue que la hija y la madre, mientras hablaban, no se miraban nunca.
Es por lo demás una costumbre
entre todos los indios al conversar entre ellos. Cuando están frente a frente, apartan
los ojos hacia un lado.
Para la cena, nos sirvieron ese
caldo que había visto cocinar. Pero por deferencia para con nosotros agregaron leche y
panela, especie de cogucho en tabletas hecha en Colombia, con el jugo de la caña de
azúcar. La trasformaron así en lo que llaman Eirajushi o caldo de leche.
Ese plato nuevo me pareció
delicioso; nos sirvieron también granos de maíz fritos.
Después todo quedó en
silencio. Cada uno se acostó en su hamaca, mientras los jóvenes muchachos indios
vinieron a acostarse cerca al fuego para pasar la noche, disputando el puesto con los
perros.
Antes de dormirse quise conocer
la razón de esa costumbre de los guajiros, de prender grandes fuegos cada noche frente a
los ranchos. Kuta me contestó que era para alejar a sus enemigos muertos,
Iorua. Creen que ellos vuelven de noche a la tierra, armados con un cuchillo y
un fusil; tienen miedo de ser muertos durante sueño. Con estos fuegos no corren ningún
peligro.
Veremos luego que los guajiros
son supersticiosos mas allá de cualquier idea.
También les pregunté como
prendían el fuego; tienen dos maneras de hacerlo; la primera con
un briquet,
ejeso igual a como lo hacían antaño nuestros buenos campesinos franceses; la
segunda, la única interesante a la manera de los salvajes: principias por frotar dos
pequeños
pedazos de madera bien secos y de esencia tan blanda como fuera posible.
Después, cuando
aparece la primera chispa, ponen sobre ese fuego naciente, soplando con
mucha precaución, sea
una especie de trapo yesca fabricado por ellos y llamado
kururata, sea cagarruta de asnos,
bien secas purikucha que
desmoronan en sus manos. Después de algunos minutos, el fuego
es suficientemente fuerte
para poder soportar hojas y pequeños leños, los cuales pronto producen una
gran llama.
Agradecí a Kuta sus
explicaciones. Me prometió ponerme al tanto de todas las costumbres,
usos y leyes
guajiras, si decidía quedarme solamente seis meses con él. Me ofreció también
guiarme
a todos los sitios que quisiera visitar. Le agradecí y le prometí que a mi
regreso, vendría con gran placer a instalarme en su casa, feliz de tenerlo como
compañero.
Y al día siguiente, al amanecer nos despedimos
con fuertes protestas de amistad, para seguir nuestro camino hacia el norte de la
península.
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Procesión de
la Virgen de los Remedios
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Niños
Guajiros
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Desembocadura
del río Calancala
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Cinturón de
hombre tejido en varios colores, Siira
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