Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO III
( 3 Parte)

RIOHACHA. SUS MORADORES, SUS COSTUMBRES

 

No tuve esa felicidad en Riohacha; el tipo, aparte de algunas raras excepciones, es incapaz de entusiasmarlo a uno. En algunas familias acomodadas, tienen bonitos ojos y un encanto y dulzura muy simpáticos en el rostro, pero ese abandono en el andar, la molicie en las maneras, la forma de vestirse poco coqueta y sin gusto, la ausencia completa de ascendiente que cautiva e inflama el espíritu, les restan la mayor parte de sus cualidades seductoras. Es sosa, sin brillo, sin nervios, sin fuerza; ¡sus sentidos siguen fríos!

La mujer del pueblo es fea y lo que es peor que la fealdad, descuidada y sucia.

Aquí y allí, algunas niñas graciosas, deseables, con unos ojos grandes y una cabellera bastante bonita, pero por lo general sin presencia, sin elegancia corporal, sin formas apetitosas. Por falta de corsé, las caderas no están acentuadas, y los senos, tan pronto como se desarrollan un poco, bajan de lugar. ¡Ah! estamos lejos de nuestras pequeñas obreras parisienses, con la cara tan fresca, la nariz respingada que husmea el viento, con aspecto delicado, vivaracha y alegre, una mirada y sonrisa tan provocativas, el talle tan fino y bien torneado, el paso vivo cuando sus pequeños pies deliciosos resuenan sobre nuestro macadan.

Su vestimenta no hace resaltar sus encantos; no lleva sino unas faldas, batas, apenas ajustadas y sus pies desnudos llevan una “Chandeta”.

Sin embargo, a la larga habría podido dominar esa mala impresión, y suspirar en secreto por alguna inocente del lugar; sí, para confesarle toda la verdad, no estuve desilusionado y hastiado desde el principio por un hecho que les voy a contar, y que me dejó para siempre una repulsión instintiva.

Había abandonado el hotel, incómodo y arrendé una pequeña casa y contraté una muchachita para mi servicio, de unos 20 años que no era más desagradable que otras  y quien cada mañana al salir del baño, llevaba su complacencia hasta friccionarme la espalda. Pero... pasamos.

Un día, al almuerzo me sirvió una pequeña lata de sardinas; tenía un hambre vigorosa y comí todo mientras a dos pasos de mí, la muchacha miraba de soslayo la lata.

Cuando la lata estuvo vacía, ella me la pidió. Se la di, naturalmente sin preguntarle para qué la quería.

Al levantarme para ir a fumar al patio, la vi engrasándose cabellera con el aceite de las sardinas.

A partir de ese día, fue más fuerte que yo el asco, adiós amores, ella se me volvió odiosa; no podía deshacerme de idea que todo en ella olía a sardina, era una obsesión género inédito, la obsesión de la sardina. En adelante, me fue imposible tener ni siquiera una mirada tierna para esa criatura por bella que fuese, con más que ya tuve la oportunidad de observar la manera rudimentaria con la cual hombres y mujeres se lavan la cara por la mañana. No puedo omitir ese detalle.

Llenan de agua un vaso ordinario o una pequeña “totuma” aspiran lo necesario para lavarse la boca y hacer gargarismos.

Después con un dedo, se frotan las encías y los dientes, esa misma agua les sirve para lavarse los labios, ojos y un poco la punta de la nariz. Con lo que queda de agua en el vaso, se enjuagan las manos y todo está dicho.

El domingo, es de buen gusto ir a bañarse al Calancala o a la desembocadura misma o en los alrededores de Riohacha, a los “dos ríos” o a “Barrancas”. En estos dos lugares se van casi siempre en son de placer jóvenes de ambos sexos, a caballo o en pequeñas carretas arrastradas por una mula o un burro. Dicen que van para “el campo”.

Si no van al campo, lo elegante, especialmente para un joven mozo, montar un bonito caballo indio y caracolear por las calles de la ciudad, a la mayor velocidad posible. Pues quieren asombrar un poco a la población y producir su pequeño efecto.

¡Así se siente un señor, un caballero!

Como lo dije arriba no hay water-closet en las casas de Riohacha, les reemplazan por un paseo en los solares por los alrededores de la ciudad.

Hay una costumbre divertida; las mujeres se reúnen para ir a estos lugares discretos; ellas se buscan mutuamente. Es lo que en su lenguaje llaman “ir al monte”.

Las mujeres, como los hombres fuman muchísimo, un cigarro largo y delgado; el tabaco no es muy bueno, pero es barato; es un producto de la región, de la Ciénaga. Al contrario de los hombres las mujeres ponen en la boca el lado prendido, por esto casi todas, tienen los dientes malos, dañados, negros y desportillados. Ellas no pueden privarse de fumar; si tienen un trabajo que hacer, apagan su cigarro y se lo ponen como si fuera un lápiz, detrás de la oreja y a veces en el moño. Tan pronto como terminan el trabajo vuelven a prenderlo.

No hablaré de las costumbres en Riohacha pues es algo escabroso, delicado y no deseo ofender a nadie. Tengo esa regla personal de no meterme en la vida privada de nadie; cada uno es libre de sus actos bajo su responsabilidad. Sin embargo, como en Europa la gente cree que el amor bajo el cielo tropical debe resentirse de las caricias del sol, es mi deber desengañarlo.

Las grandes y violentas pasiones son totalmente desconocidas; se ama suavemente, con tranquilidad, sin fogosidad, sin fatiga. Nada de esas elevaciones del alma, de esas inefables dichas secretas, de esas aflicciones grandes, de esos inmensos dolores, todo parece agua de rosas.

El calor mata en uno las altas inspiraciones, no hay elevación de ideas, es el vulgar hecho de la reproducción animal. Por eso, allá jamás se producen esos tristes y numerosos suicidios de desesperación, de locura amorosa, terribles dramas del adulterio que desolan nuestras sociedades.

Todas estas flores del mal no crecen sino en los países fríos, es el exceso de civilización, sin duda que las hace abrirse.

Allá el interés en gran porcentaje guía a la mujer pobre en sus afectos; es tan rico hacer nada cuando hay 35 grados a la sombra.

Los gamines corren por las calles hasta los siete u ocho años, completamente desnudos, o solamente con una camisa. Comen siempre algo y no rechazan nunca el alimento.

Tienen el vientre prominente y las piernas flacas; vistos de lejos son desgraciados. Pero si se examinan la cara, se ven unos ojos bonitos, rasgos bastante finos y regulares; lo mismo las niñas hasta los diez años; son graciosas y prometen mucho como bellezas.

Después de esa edad, desgraciadamente, al acentuarse los rasgos se descomponen, endurecen o se estiran, la nariz y los labios pierden los contornos infantiles; la bonita crisálida se vuelve una mariposa fea.

Si usted tiene en Riohacha un “compadre” poderoso, que lleva el mango de la sartén, es decir que ocupa un puesto en el Gobierno, pues no existen sino dos partidos, conservadores y liberales, puede obtener todo lo que desea. Todos tienen para usted deferencias, indulgencias innarrables.

Para darle un ejemplo, se puso en subasta hace unos años la reconstrucción de los edificios de la aduana; un señor cuyo nombre lamento no poder recordar ahora, fue el adjudicatario mediante el precio de 10 a 12.000 piastras, que le debía pagar el Estado si mi memoria no me falla.

Se pagó un adelanto a dicho señor, una fuerte cantidad a buena cuenta, como las dos terceras partes o tres cuartas partes de la suma para iniciar los trabajos.

Salió en dirección a Santa Marta, y... los habitantes de Riohacha siguen esperándolo.

Se instaló dicen, en una pequeña destilería que hizo construir. Quisieron demandarlo pero el poderoso “compadre” se interpuso y todo quedó en silencio y olvido. Me garantizaron la escrupulosa exactitud de la historia, en Riohacha .

¿Cómo están las relaciones entre civilizados e indios guajiros, sus vecinos inmediatos?

No de lo mejor por culpa de los primeros. Los habitantes de Riohacha que trafican con estos salvajes o algunos de ellos, no fueron siempre modelos de buena fe y lealtad.

Con frecuencia los engañaban y maltrataban, abusando de su ignorancia; y estos para vengarse despojaban a los civilizados de sus rebaños, o emboscados en las carreteras los atacaban y mataban. No estoy emitiendo una opinión personal sino que se encuentra en un folleto publicado en 1889 en Santa Manta, por el señor Santiago Z... entonces prefecto de Riohacha y dirigido al Gobernador del Magdalena; tengo un ejemplar en mis manos.

Los Indios son todavía bárbaros en sus leyes y costumbres y se les debería domar o por lo menos, crear en sus propios territorios algunos puestos militares, tal como se hizo en Venezuela.

Así tendrían que obedecer a las leyes colombianas. Pero debemos reconocer que los civilizados no son ajenos a sus violencias, a sus incursiones en las propiedades de Riohacha, por los malos tratos que algunos de ellos les inflingen. He aquí una prueba, copia textual:


      “Males que reciben los indígenas por parte de los civilizados”.

1.En los tratos y negocios que los civilizados celebran con los indígenas, algunos de aquellos tratan de engañar a estos; y al efecto los emborrachan para quitarles todo por menos del precio; no cuidan a traerlos a las buenas costumbres, sino que les dan  malos ejemplos; la mayor parte los maltratan y es aventurado decir que muchos de los crímenes y tropelías que cometen los Indios, se   debe a uno o más civilizados pervertidos, etc...

2.“Ataques a la vida e intereses de los Indígenas por los civilizados lo que naturalmente queda impune, porque los agraviados no acuden a la autoridad... ni hay en el territorio, que evite tales desmanes.

3.“El abuso que puede cometerse y que quizá se ha cometido muchas veces, de traer Indígenas ante las autoridades, y con testigos de amaño probarles una deuda o un robo o hurto, y hacerlos detener o reducir a prisión o pagar lo que no deben”.

Sea como fuere, es justo decir que entre los Indios, hay muchos malos sujetos, que viven de rapiña y robos. Durante mi permanencia en Riohacha, tuve varios ejemplos.

Una noche todo el ganado de un rico Venezolano establecido en Colombia, señor Alejandro Goeticoa, de doscientas cabezas fue robado por una banda de guajiros sin que se haya podido saber donde se lo llevó.

Además el estrecho camino que lleva a Treinta en la provincia se había vuelto muy peligroso. Los arrieros encargados de traer a Riohacha, con las caravanas de mulas y asnos, el café desde Villanueva, del Molino, de Barrancas y otros productos como el maíz, panela, madera del Brasil fueron varias veces atacados y robados.

Varios de ellos fueron muertos por haberse resistido y negado a entregar sus cargamentos a los bandidos; ni a un joven de trece o catorce años le fue perdonada la vida. Le ataron a un árbol y le acribillaron con flechas desde corta distancia.

El autor de estos hechos debía ser un feroz indio muy temido, del cual olvidé el nombre. Era el jefe de cuatro o cinco pillos de su especie, y el miedo que inspiraba le aseguraba la impunidad.

Sin embargo cansados por estas exacciones los habitantes de Riohacha resolvieron quitarlo del medio. Siendo la policía insuficiente, se organizó una verdadera cacería al hombre dirigida por un joven y valiente colombiano, Andres I... acompañado de unos treinta amigos de buena voluntad, todos armados de fusiles. Ese pequeño ejército recorrió inútilmente las malezas en cinco o seis leguas a la redonda; la multiplicidad de las sendas cruzándose en todos sentidos volvían las búsquedas difíciles, casi imposibles.

El principal criminal, quien conocía a la perfección el país, en sus menores rincones, se les escapó. Ignoro lo sucedido después. Solamente cogieron uno de sus sobrinos, que pusieron en la cárcel de la ciudad. No era desgraciadamente el más culpable.

Le encontré un día que estuve de cacería en los alrededores de Riohacha (era mi placer favorito) según las señas que me dieron a mi regreso.

Hablando de la cacería, debo decir que ella es muy poco atractiva, por varias razones: el calor del día, las numerosas espinas en las espesuras y la falta de caza. Volvía casi siempre sin gran resultado, algunas perdices, palomas, unas veces unos conejos, una sola vez un zorro gris. En resumen no valía la pena. Pero en cambio gané fama de destructor de serpientes, por haber tenido la suerte de matar algunas, incluyendo una boa de gran dimensión, grueso como un muslo, de casi 4 metros de largo. Recibió bala en plena columna vertebral, cerca de la cabeza cuando dormía al sol.

La víspera de mi salida para la península de la Guajira, unos gamines me avisaron que mientras cortaban madera, cerca a los “Dos Ríos” vieron una gran serpiente cascabel. Me dijeron si quería matarla.

Salí con ellos buscando ese famoso reptil que tanto terror causó. Durante una hora busqué en todos los sitios que me indicaron: pensé que se había refugiado en el tronco hueco de un voluminoso cactus situado a dos pasos, y con una vara traté de hacerlo salir golpeando el árbol de arriba a abajo. Mal me resultó, la serpiente no estaba en el tronco, pero sí una decena de avispas gigantes que se botaron sobre mí y en dos segundos el ojo izquierdo y la mejilla se hincharon como si fuera una fluxión.

Apenas podía dirigirme solo; uno de los niños me cogió de la mano y me sirvió como un  perro para ciegos, para regresar, en ese estado a Riohacha. Durante el camino el niño me aplicó sobre el lado izquierdo de la cara, barro húmedo para atenuar la inflamación y disminuir el dolor, es el remedio casero indicado en estos casos, y en su sencillez es bastante eficaz. Al día siguiente la inflamación había cesado, pero en mitad de la mejilla, el dardo de una estas avispas se había quedado.

Tuve que hacerme una pequeña incisión para quitarlo y cauterizar la herida con alcali.

Conservaré la marca toda la vida. Al otro día, al atardecer, maté a la serpiente. Tenía en la extremidad de la cola once vértebras, que llaman cascabeles y medía casi 2 metros.

Dos días después salí para la península Guajira, con algunas telas y objetos indispensables para los intercambios y para pequeños regalos.

Antes de iniciar el relato de mi modesto viaje, daré algunos datos geográficos sobre ese pequeño país. (sic).

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Mujer Barranquillera Niño Guajiro

 

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Península de la Guajira Vasija Guajira

 

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