No
tuve esa felicidad en Riohacha; el tipo, aparte de algunas raras excepciones, es incapaz
de entusiasmarlo
a uno. En algunas familias acomodadas, tienen bonitos ojos y
un encanto y dulzura muy simpáticos en el rostro, pero ese abandono en el andar, la
molicie en las maneras, la forma de vestirse poco coqueta y sin gusto, la ausencia
completa de ascendiente que cautiva e inflama el espíritu, les restan la mayor parte de
sus cualidades seductoras. Es sosa, sin brillo, sin nervios, sin fuerza; ¡sus sentidos
siguen fríos!
La mujer del pueblo es fea y lo que es peor
que la fealdad, descuidada y sucia.
Aquí y allí, algunas niñas graciosas,
deseables, con unos ojos grandes y una cabellera bastante bonita, pero por lo general sin
presencia, sin elegancia corporal, sin formas apetitosas. Por falta de corsé, las caderas
no están acentuadas, y los senos, tan pronto como se desarrollan un poco, bajan de lugar.
¡Ah! estamos lejos de nuestras
pequeñas obreras parisienses, con la cara tan
fresca, la nariz respingada que husmea el viento, con aspecto delicado, vivaracha y
alegre, una mirada y sonrisa tan provocativas, el talle tan fino y bien torneado, el paso
vivo cuando sus pequeños pies deliciosos resuenan sobre nuestro macadan.
Su vestimenta no hace resaltar sus encantos; no
lleva sino unas faldas, batas, apenas ajustadas y sus pies desnudos llevan una
Chandeta.
Sin
embargo, a la larga habría podido dominar esa mala impresión, y suspirar en secreto por
alguna inocente del lugar; sí, para confesarle toda la verdad, no estuve desilusionado y
hastiado desde el principio por un hecho que les voy a contar, y que me dejó para siempre
una repulsión instintiva.
Había
abandonado el hotel, incómodo y arrendé una pequeña casa y contraté una muchachita
para mi servicio, de unos 20 años que no era más desagradable que
otras y quien
cada
mañana al salir del baño, llevaba su complacencia hasta friccionarme la espalda.
Pero...
pasamos.
Un
día, al almuerzo me sirvió una pequeña lata de sardinas; tenía un hambre vigorosa y
comí todo mientras a dos pasos de mí, la muchacha miraba de soslayo la lata.
Cuando
la lata estuvo vacía, ella me la pidió. Se la di, naturalmente sin preguntarle para qué
la quería.
Al
levantarme para ir a fumar al patio, la vi engrasándose cabellera con el aceite de las
sardinas.
A
partir de ese día, fue más fuerte que yo el asco, adiós amores, ella se me volvió
odiosa; no podía deshacerme de idea que todo en ella olía a sardina, era una obsesión
género inédito, la obsesión de la sardina. En adelante, me fue imposible tener ni
siquiera una mirada tierna
para esa
criatura por bella que fuese, con más que ya tuve la oportunidad de observar la manera
rudimentaria con la cual hombres y mujeres se lavan la cara por la mañana. No puedo
omitir ese detalle.
Llenan
de agua un vaso ordinario o una pequeña
totuma aspiran lo necesario
para lavarse la
boca y hacer gargarismos.
Después
con un dedo, se frotan las encías y los dientes, esa misma agua les sirve para lavarse
los labios, ojos y un poco la punta de la nariz. Con lo que queda de agua en el vaso, se
enjuagan las manos y todo está dicho.
El
domingo, es de buen gusto ir a bañarse al Calancala o a la desembocadura misma o en los
alrededores de Riohacha, a los dos ríos o a Barrancas. En estos
dos lugares se van casi siempre en son de placer jóvenes de ambos sexos, a caballo o en
pequeñas carretas arrastradas por una mula o un burro. Dicen que van para el
campo.
Si
no van al campo, lo elegante, especialmente para un joven mozo, montar un bonito caballo
indio y caracolear por las calles de la ciudad, a la mayor velocidad posible. Pues quieren
asombrar un poco a la población y producir su pequeño efecto.
¡Así
se siente un señor, un caballero!
Como
lo dije arriba no hay water-closet en las casas de Riohacha, les reemplazan por un paseo
en los solares por los alrededores de la ciudad.
Hay
una costumbre divertida; las mujeres se reúnen para ir a estos lugares discretos; ellas
se buscan mutuamente. Es lo que en su lenguaje llaman ir al monte.
Las
mujeres, como los hombres fuman muchísimo, un cigarro largo y delgado; el tabaco no es
muy bueno, pero es barato; es un producto de la región, de la Ciénaga. Al contrario de
los hombres las mujeres ponen en la boca el lado prendido, por esto casi todas, tienen los
dientes malos, dañados, negros y desportillados. Ellas no pueden privarse de fumar; si
tienen un trabajo que hacer, apagan su cigarro y se lo ponen como si fuera un lápiz,
detrás de la oreja y a veces en el moño. Tan pronto como terminan el trabajo vuelven a
prenderlo.
No
hablaré de las costumbres en Riohacha pues es algo escabroso, delicado y no deseo ofender
a nadie. Tengo esa regla personal de no meterme en la vida privada de nadie; cada uno es
libre de sus actos bajo su responsabilidad. Sin embargo, como en Europa la gente cree que
el amor bajo el cielo tropical debe resentirse de las caricias del sol, es mi deber
desengañarlo.
Las
grandes y violentas pasiones son totalmente desconocidas; se ama suavemente, con
tranquilidad, sin fogosidad, sin fatiga. Nada de esas elevaciones del alma, de esas
inefables dichas secretas, de esas aflicciones grandes, de esos inmensos dolores, todo
parece agua de
rosas.
El
calor mata en uno las altas inspiraciones, no hay elevación de ideas, es el vulgar hecho
de la reproducción animal. Por eso, allá jamás se producen esos tristes y numerosos
suicidios de desesperación, de locura amorosa, terribles dramas del adulterio que desolan
nuestras sociedades.
Todas
estas flores del mal no crecen sino en los países fríos, es el exceso de civilización,
sin
duda que las hace abrirse.
Allá
el interés en gran porcentaje guía a la mujer pobre en sus afectos; es tan rico hacer
nada
cuando hay 35 grados a la sombra.
Los
gamines corren por las calles hasta los siete u ocho años, completamente desnudos, o
solamente con una camisa. Comen siempre algo y no rechazan nunca el alimento.
Tienen
el vientre prominente y las piernas flacas; vistos de lejos son desgraciados. Pero si se
examinan la cara, se ven unos ojos bonitos, rasgos bastante finos y regulares; lo mismo
las niñas hasta los diez años; son graciosas y prometen mucho como bellezas.
Después
de esa edad, desgraciadamente, al acentuarse los rasgos se descomponen, endurecen o se
estiran, la nariz y los labios pierden los contornos infantiles; la bonita crisálida se
vuelve una mariposa fea.
Si
usted tiene en Riohacha un compadre poderoso, que lleva el mango de la
sartén, es decir que ocupa un puesto en el Gobierno, pues no existen sino dos partidos,
conservadores y liberales, puede obtener todo lo que desea. Todos tienen para usted
deferencias, indulgencias innarrables.
Para
darle un ejemplo, se puso en subasta hace unos años la reconstrucción de los edificios
de la aduana; un señor cuyo nombre lamento no poder recordar ahora, fue el adjudicatario
mediante el precio de 10 a 12.000 piastras, que le debía pagar el Estado si mi
memoria no me falla.
Se
pagó un adelanto a dicho señor, una fuerte cantidad a buena cuenta, como las dos
terceras partes o tres cuartas partes de la suma para iniciar los trabajos.
Salió
en dirección a Santa Marta, y... los habitantes de Riohacha siguen esperándolo.
Se
instaló dicen, en una pequeña destilería que hizo construir.
Quisieron demandarlo pero el poderoso
compadre se interpuso y todo quedó en silencio y olvido. Me garantizaron la
escrupulosa exactitud de la historia, en Riohacha
.
¿Cómo
están las relaciones entre civilizados e indios guajiros, sus vecinos inmediatos?
No de lo mejor por culpa de los primeros. Los habitantes de Riohacha que trafican con
estos salvajes o algunos de ellos, no fueron siempre modelos de buena fe y lealtad.
Con
frecuencia los engañaban y maltrataban, abusando de su ignorancia; y estos para vengarse
despojaban a los civilizados de sus rebaños, o emboscados en las carreteras los atacaban
y mataban. No estoy emitiendo una opinión personal sino que se encuentra en un folleto
publicado en 1889 en Santa Manta, por el señor Santiago Z... entonces prefecto de
Riohacha y dirigido al Gobernador del Magdalena; tengo un ejemplar en mis manos.
Los
Indios son todavía bárbaros en sus leyes y costumbres y se les debería domar o por lo
menos, crear en sus propios territorios algunos puestos militares, tal como se hizo en
Venezuela.
Así
tendrían que obedecer a las leyes colombianas. Pero debemos reconocer que los civilizados
no son ajenos a sus violencias, a sus incursiones en las propiedades de Riohacha, por los
malos tratos que algunos de ellos les inflingen. He aquí una prueba, copia textual:
Males que
reciben los indígenas por parte de los civilizados.
1.En
los tratos y negocios que los civilizados celebran con los indígenas, algunos de aquellos
tratan de engañar a estos; y al efecto los emborrachan para quitarles todo por menos del
precio; no cuidan a traerlos a las buenas costumbres, sino que les dan malos ejemplos; la mayor parte los maltratan y es
aventurado decir que muchos de los crímenes y tropelías que cometen los Indios, se
debe a uno o más civilizados pervertidos,
etc...
2.Ataques
a la vida e intereses de los Indígenas por los civilizados lo que naturalmente queda
impune, porque los agraviados no acuden a la autoridad... ni hay en el territorio, que
evite tales desmanes.
3.El
abuso que puede cometerse y que quizá se ha cometido muchas veces, de traer
Indígenas ante las autoridades, y con testigos de
amaño probarles una deuda o un robo o hurto, y hacerlos detener o reducir a prisión o
pagar lo que no deben.
Sea
como fuere, es justo decir que entre los Indios, hay muchos malos sujetos, que viven de
rapiña y robos. Durante mi permanencia en Riohacha, tuve varios ejemplos.
Una
noche todo el ganado de un rico Venezolano establecido en Colombia, señor Alejandro
Goeticoa, de doscientas cabezas fue robado por una banda de guajiros sin que se haya
podido saber donde se lo llevó.
Además
el estrecho camino que lleva a Treinta en la provincia se había vuelto muy peligroso. Los
arrieros encargados de traer a Riohacha, con las caravanas de mulas y asnos, el café
desde Villanueva, del Molino, de Barrancas y otros productos como el maíz, panela, madera del Brasil fueron varias veces atacados y robados.
Varios
de ellos fueron muertos por haberse resistido y negado a entregar sus cargamentos a los
bandidos; ni a un joven de trece o catorce años le fue perdonada la vida. Le ataron a un
árbol y le acribillaron con flechas desde corta distancia.
El
autor de estos hechos debía ser un feroz indio muy temido, del cual olvidé el nombre.
Era el jefe de cuatro o cinco pillos de su especie, y el miedo que inspiraba le aseguraba
la impunidad.
Sin
embargo cansados por estas exacciones los habitantes de Riohacha resolvieron quitarlo del
medio. Siendo la policía insuficiente, se organizó una verdadera cacería al hombre
dirigida por un joven y valiente colombiano, Andres I... acompañado de unos treinta
amigos de buena voluntad, todos armados de fusiles. Ese pequeño ejército recorrió
inútilmente las malezas en cinco o seis leguas a la redonda; la multiplicidad de las
sendas cruzándose en todos sentidos volvían las búsquedas difíciles, casi imposibles.
El
principal criminal, quien conocía a la perfección el país, en sus menores rincones, se
les escapó. Ignoro lo sucedido después. Solamente cogieron uno de sus sobrinos, que
pusieron en la cárcel de la ciudad. No era desgraciadamente el más culpable.
Le
encontré un día que estuve de cacería en los alrededores de Riohacha (era mi placer
favorito) según las señas que me dieron a mi regreso.
Hablando
de la cacería, debo decir que ella es muy poco atractiva, por varias razones: el calor
del día, las numerosas espinas en las espesuras y la falta de caza. Volvía casi siempre
sin gran resultado, algunas perdices, palomas, unas veces unos conejos, una sola vez un
zorro gris.
En resumen no valía la pena. Pero en cambio gané fama de destructor de
serpientes, por haber tenido la suerte de matar
algunas, incluyendo una boa de gran
dimensión, grueso como un muslo, de casi 4 metros de largo. Recibió bala en plena
columna vertebral, cerca de la cabeza cuando dormía al sol.
La
víspera de mi salida para la península de la Guajira, unos gamines me avisaron que
mientras cortaban madera, cerca a los Dos Ríos vieron una gran serpiente
cascabel. Me dijeron si quería matarla.
Salí con ellos buscando ese famoso reptil que tanto terror causó. Durante una hora
busqué en
todos los sitios que
me indicaron: pensé que se había refugiado en el
tronco hueco de un
voluminoso cactus situado a dos pasos, y con una vara traté de hacerlo
salir golpeando el
árbol de arriba a abajo. Mal me resultó, la serpiente no estaba en el
tronco, pero sí una decena
de avispas gigantes que se botaron sobre mí y en dos segundos
el ojo izquierdo y la mejilla se
hincharon como si fuera una fluxión.
Apenas
podía dirigirme solo; uno de los niños me cogió de la mano y me sirvió como un perro para ciegos, para regresar, en ese estado a
Riohacha. Durante el camino el niño me aplicó sobre el lado izquierdo de la cara, barro
húmedo para atenuar la inflamación y disminuir el dolor, es el remedio casero indicado
en estos casos, y en su sencillez es
bastante eficaz. Al día siguiente la inflamación había cesado, pero en mitad de la
mejilla, el dardo de una estas avispas se había quedado.
Tuve que hacerme una pequeña incisión
para quitarlo y cauterizar la herida con alcali.
Conservaré la marca toda la vida. Al otro
día, al atardecer, maté a la serpiente. Tenía en la extremidad de la cola once
vértebras, que llaman cascabeles y medía casi 2 metros.
Dos días después salí para la península
Guajira, con algunas telas y objetos indispensables para los intercambios y para pequeños
regalos.
Antes de iniciar el relato de mi modesto
viaje, daré algunos datos geográficos sobre ese pequeño país. (sic).