Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO III
(2 Parte)

 RIOHACHA. SUS MORADORES, SUS COSTUMBRES

 

El obrero, o “peón” quiere también ganar su pan mediante una dosis pequeñísima de esfuerzo y pedirá como salario para un día lo que lógicamente debería reunir en una semana.

La causa predominante de esa apatía es, sin duda, el clima caliente que ablanda los corajes; la culpa la tiene también la educación primaria y la falta de iniciativa en las clases dirigentes.

A estos motivos podemos agregar otro, que no es menos importante; la despreocupación para el día siguiente; para los nativos del país, la existencia es barata y las necesidades mínimas. ¿Entonces para qué ahorrar?

No existe el invierno, una estación fría, por consiguiente no es necesario el carbón para la calefacción, ni vestidos gruesos; el verano es perpetuo con una temperatura media de 28 grados. Un pantalón y una camisa de tela, un sombrero liviano de paja, es todo lo que un obrero necesita.

Qué gasta para su alimentación? Casi nada, las frutas tropicales son baratas. Si no tiene una casa para abrigarse, dormirá en las calles o en la playa, sobre la fina arena, durante las noches tibias, bellas y dulces.

Si está enfermo, ¿no tendrá un familiar, un compadre que se encargue de él? Pues debo reconocerlo, con toda justicia, los habitantes de Riohacha, como los colombianos en general, tienen al lado de sus defectos, una cualidad supremamente apreciable y preciosa; practican entre sí las leyes de la más amplia hospitalidad, y se sienten felices ayudándose mutuamente.

No hay carros en la ciudad, serian inútiles, ¿a dónde pasear, fuera de cuatro o cinco calles? inmediatamente los resortes se quebrantarían en los huecos. ¿Fuera de la ciudad? No se debe pensar en eso puesto que las vías no son transitables. No se encuentran sino unas carretas arrastradas por burros.

Para ir a la provincia, Villanueva, Treinta, Valledupar o Fonseca, el único medio de locomoción son la mula y el caballo, por unos espantosos caminos ¡Son viajes duros y penosos bajo un sol ardiente que quema la piel y la sangre!

Como en Barranquilla, también los cerdos pueden circular libremente por todas partes donde los impulse su olor vagabundo. Penetran hasta en los patios de las casas para robar algo que comer. No se los puede expulsar sino a patadas... o garrotazos: vientre hambriento no tiene orejas. Como sus dueños no les dan sino una mínima alimentación, estos animales tienen que conseguirla, primero dentro de los residuos botados sobre  la vía pública, y después en las propiedades privadas.

Son de un atrevimiento y voracidad increíbles y como se dice en “Rabagas” si existiera una palabra más puerca el “puerco” ella sería ciertamente aplicable.

Imagínense que en los primeros días que siguieron a mi llegada a Riohacha, llegado cerca a unos botaderos de basura que también sirven de baños, me seguía cada mañana el mismo “Querido Angel de Monselet”, sin adivinar porqué. Quedábase a una distancia respetuosa y tan pronto como regresaba, se acercaba rápidamente al sitio que había dejado. Quise saber el porqué y constaté que ese estimable animal, según el viejo dicho francés, “ a falta de tordos comía mirlos...”

Los perros no gozan de la misma libertad; la policía, de vez en cuando hace batidas por la tarde y los masacra sin ton ni son.

Los únicos monumentos,  si se les puede llamar así, son la Iglesia que sirve para iluminar con la luz divina a los fieles durante el día, y con el faro de su torre a los marinos durante la noche; después la estatua del almirante Padilla sobre la Gran Plaza, frente a la iglesia.

El almirante Padilla es un nativo de Riohacha, quien se distinguió en la guerra de la Independencia al vencer la barra de Maracaibo. Aquella hazaña le hizo célebre entre sus conciudadanos que lo consideran, como uno de sus grandes hombres, y con razón, honran su memoria. He aquí lo que se puede leer sobre el pedestal.  

“A José PADILLA, experto marino
“que forzó la barra de Maracaybo
“pasando a fuego vivo los esteros
“y Castillos de San Carlos
“La Patria agradecida.

"MDCCCLXXXI"

Puesto que estoy sobre el capítulo de la Iglesia, es el momento para narrar las costumbres religiosas que se perpetuaron a través de los siglos en su casi total integridad.

Hoy se las sigue con fidelidad y escrúpulo. Pero no crean que el habitante de Riohacha, hablo especialmente del pobre, a pesar de ser católico de nacimiento, no es muy practicante: no, la devoción no le ahoga, el es desinteresado e indiferente. Su religión se parece más bien a una superstición: así es que ni por un imperio le podrían decidir a trabajar en el monte un domingo ni un día festivo de santo, como tantos que se celebran en Colombia, ¿ por qué? Por la razón de que la idea está muy difundida entre ellos y al desobedecer sería infaliblemente picado por una víbora, una serpiente o se heriría.

Pero no asiste a misa, y si tiene el deseo de embriagarse o visitar a sus amantes, tengan por seguro que no vacila; a pesar de todo, arregla esto como quiere, es muy fanático.

Las dos únicas fiestas en las cuales cada uno participa son las patronales, la de “La Purísima Virgen”, “la Candelaria”, el 2 de febrero y la de “La Virgen de los Remedios” el 14 de mayo. Duran 8 días y el octavo es el más bello.

Las dos son objeto de una observancia particular especialmente la segunda, por una leyenda que sigue viva dentro de la población. Se trata de un hecho milagroso atribuido a la estatua de “la Virgen de los Remedios”que se encuentra en la iglesia desde la conquista española y se  venera con fervor y gran veneración.

En aquel tiempo, Riohacha era rica y próspera.

La playa, que hoy está desierta con casas medio destruidas era la “Calle de la Marina” llena de joyerías, orfebres  vendiendo perlas, joyas y piedras preciosas.

Su fama era grande en todo el mundo, y varias veces la envidia de los piratas quienes la saquearon y destruyeron, pero siempre, merced a sus recursos inagotables, volvía a levantarse sobre sus ruinas.

Ese año, un 14 de mayo, atraídos una vez más por el incentivo de un enorme botín, los piratas regresaron para saquear de arriba a abajo, cuando los habitantes tuvieron la idea de dirigirse a la Virgen de los Remedios, para el peligro que los amenazaba.  Para tal fin pasaron pomposamente la estatua adornada con todos atavíos por la ciudad, y cuando la procesión, según la leyenda, llegó a la orilla del mar, la Virgen cogió, de repente su corona, que estaba sobre su cabeza y la arrojó al agua. Inmediatamente una tempestad horrible se levantó y todos los buques de los corsarios zozobraron y se ahogaron todos.

Por el  recuerdo de este milagro que salvó a Riohacha de una ruina total, se estableció cada año, el 14 de mayo, una fiesta de aniversario. Ese mismo día la estatua de la Virgen adornada, a la usanza española, con sus más bellos atavíos, sale con el ceremonial acostumbrado, a través de las calles de la ciudad.

Toda la población llena de regocijo sigue el cortejo, las casas se engalanan con banderas y banderolas, en las ventanas se prenden lámparas de velas, y los seis músicos de la “Banda Municipal” sin olvidar el bombo y los timbales, que tienen un papel importante, hacen oír un repertorio variado.

En cada altar, y también caminando, las familias cantan unas “Salves” para solicitar el favor celeste que deseen.

Cada “Salve” produce una piastra al buen cura de la parroquia. A veces se recitan doscientas durante el trayecto, de tal manera que la procesión que salió de la Iglesia a las cinco de la tarde, después del fuerte calor, no regresará sino entre la media noche y la una de la madrugada. Tuve el honor de asistir a una de esas procesiones; no invento nada.

Otras dos costumbres religiosas que se conservan desde hace un número incalculable de años, revisten usanzas de otra edad, un carácter de la fe aún primitiva: estas fiestas manifiestan su fe en forma exagerada, tal como debió ser en los primeros tiempos de la cristiandad.

Durante la semana santa, Judas, el traidor está representado, por un maniquí, de tamaño natural y las gentes del pueblo se distraen disparando sobre él con escopeta, muy seriamente, tal como si estuvieran cumpliendo un deber.

La otra no es menos extraña.

La víspera de Noche Buena, cuando suenan las doce de la noche, en la misa se ve descender el Santo Espíritu sobre el pesebre, bajo la forma habitual de una paloma, e inmediatamente para dar más realismo al nacimiento de Jesús en Bethleem en un establo en medio de diversos animales, los niños imitan en voz alta, los gritos del cordero, el gallo, el perro, el buey, y a mover una cantidad grande de matracas muy ruidosas. Usted no puede imaginar el efecto cómico que produce, por primera vez, ese realismo, tan infantil como imprevisto, que no tiene ninguna relación con la santidad del lugar y el respeto que se le debe.

El riohachero no es malo: suave y calmado por naturaleza, se irrita solamente cuando ha tomado unos unas copas de ron. En ese caso, algunos tienen el humor batallador y se ven sencillas disputas degenerar en riñas en las cuales el machete resuelve la querella con buenas heridas.

Las tres diversiones principales del riohachero son las “parrandas”, las peleas de gallos y la “Cubiemba”; esa última es la diversión favorita de la clase pobre.

Se dedica también, con placer durante tardes enteras al juego de naipes y loto, siendo las mujeres más nadas que los hombres.

Todos son jugadores, adoran las loterías, los juegos de azar. No pasa una semana sin que le ofrezcan a uno un billete por una o dos piastras, emitidos en número de 12, 20 o 25, según el caso y la importancia del objeto rifado: una caja de perfume, una falda para niña, un pañuelo  bordado, un anillo, o cualquier cosa.

Lo que ellos llaman “parranda” es reunirse por la noche, tomar juntos algunos tragos de ron en la casa de alguno, y hacia las 11 de la noche, ir cantando alguna canción o refrán a la puerta de unos amigos, y darles una serenata. Aquellos, según la costumbre, tienen la obligación de levantarse, y obsequiar a los cantantes otros traguitos.

“Parrandear” se traduciría en argot parisiense con los términos, “faire la noce”.

Las peleas de gallos son muy concurridas; principian el primer domingo de diciembre para terminar en abril. Si estas despiertan entusiasmo en Bélgica y norte de Francia, no me atrevería sin embargo a afirmar que tienen el mismo éxito que en Riohacha; allí es frenesí.

El recinto está siempre colmado; las apuestas en  relación con la fortuna local, son considerables; ellos venderían casi hasta la camisa para poder apostar, y ‘la animación entre los dos campos lleva algo de delirio. El triunfo o el fracaso se traduce con pataleos, vociferaciones o hurras es un alboroto infernal ¡Felices los sordos!

Existe una gran emulación entre los propietarios de gallos para seleccionar la mejor raza; cada uno alaba la suya, proclamándola superior a todas. Casi siempre, el cuello, pecho, patas de estas aves están desprovistos de plumas, para que no se acaloren tanto durante el combate y así puedan resistir más tiempo: esto los vuelve feos con sus carnes rojas. Contrariamente a las costumbres belgas y francesas no se les atan a las patas espuelas de acero, se limitan a afilarles los espolones hasta dejárselos muy puntiagudos.

Tengo aversión por estos espectáculos los encuentro bárbaros; quise sin embargo, un día por curiosidad, darme cuenta de esa lucha, a título informativo y como un estudio sobre costumbres.

Seguramente no volveré más a verlo; regresé enfermo, realmente asqueado por las miradas duras y las sensaciones crueles que podía ver en todas las fisonomías; había algo de feroz en esos ojos. ¡En cambio, qué coraje, que intrepidez muestran estos pequeños animales, que se pegan con ardor, con toda su energía hasta caer mortalmente heridos!

La “Cubiemba” es la danza de los obreros danza absolutamente indígena.         

Quiero hacer aquí una descripción precisa para no quitar nada de su carácter, de su pintoresca originalidad; única en su género.

Para hacerme entender lo mejor posible, trataré de trazarla en forma sucinta en este cuadro:

En primer lugar, no hay salón de baile; todo sucede al aire libre, en una plaza; no hay cercas ni trabas.

Imagínense ahora, un poste hundido en la tierra, un pequeño mástil de 2,50 metros de altura, encima del cual ondea el pabellón colombiano; más abajo, alrededor del  pabellón y contra el mástil, tres o cuatro linternas suspendidas.

Es el escenario en toda su sencillez.

Hacia las 8 de la noche, tres músicos vienen a apoyarse contra el poste, un hombre con un acordeón, otro con tambor y otro tocando “Guacharaca”.

Preludian algunos aires, es la invitación. Todo el mundo conoce el acordeón, importado de Alemania los tambores o mejor dicho el tamboril, tiene esa particularidad en su forma de cono truncado y no tiene una sola piel: es algo parecido al instrumento de los negros de la Martinica . También se coloca entre las piernas y se toca con las manos.

“La Guacharaca” no se parece a ningún otro instrumento con el que se lo pueda comparar.

Es un pequeño tallo de madera, plana, de una caña y de dos dedos de largo, cubierta con una delgada placa de hierro o de cinc con dientes en forma de sierra, con muescas parecidas a una cremallera si usted prefiere.

Con la mano izquierda se sostiene ese bastón, mientras con la derecha armada de un pequeño pedacito del tamaño y grueso de un lápiz, raspa el instrumento subiendo y bajando.

Esto produce un ruido destinado a acompañar a los otros instrumentos.

Es poco armonioso se le concede, y bastante irritante, ¡oh! ¡ese rechinamiento!,

Tan pronto la música sigue un ritmo, se ven desfilar hombres   y mujeres en grupos, los hombres en mangas de camisa, las mujeres llevando velas prendidas y “Cucuyos” o gusanos  de luz en el cabello y el talle.

Inmediatamente las mujeres excitadas por esa música que les es favorita, se ponen a revolotear alrededor del mástil, deslizándose sobre el suelo, con un ligero movimiento rítmico, lascivo, de vaivén para adelante y atrás, del vientre, de las caderas y del talle: los hombres al frente de ellas ejecutan el mismo movimiento.

No diré que es una danza muy casta y decente, pero es ciertamente muy graciosa y no tiene nada parecido con esa danza del vientre que Argelinas y Egipcias nos exhibieron durante la exposición de 1889. Era más que grotesca,  ¡era horrorosa!

Esas mujeres revoloteando así, iluminadas por la luz de lámparas y velas, me parecieron tener una expresión feliz, radiante.

Por momentos cantaban, me pareció verlas estremecerse, llevadas por esa ronda lánguida, por una emoción inconsciente, quién sabe, por una especie de satisfacción de los sentidos.

Ellas bailaron hasta el amanecer.

Un placer que iba a omitir y que también tiene su valor para los habitantes de Riohacha, es el de sentarse después de la comida, a la puerta de los vecinos para respirar el aire fresco, y hablar sobre todos los acontecimientos del día.

Esa costumbre mantiene su inclinación por el chisme. La conversación se inicia por cosas triviales, la lluvia, el sol, y poco a poco cambia en propósitos íntimos, en confidencias y se termina siempre tratando los hechos y movimientos de fulano M. o zutano, o de la señora tal.... Entonces durante un cuarto de hora, una media hora, estos infortunados están sometidos a todos los chismes, su conducta es examinada con cuidado desde A hasta Z, no se les perdonan los epítetos y su reputación queda rápidamente establecida.

Al día siguiente estas noticias se propalan de boca con la debida exageración inseparable de todas las habladurías.

La fábula de ese bueno de La fontaine “la mujer y el secreto” seguirá siempre viva.

El carnaval tiene también en Riohacha, mucho atractivo. Desde el mes de enero, los jóvenes, al anochecer se disfrazan e intrigan en las casas de sus amigos. Pero los tres días de carne, se festejan con una animación extraordinaria, así como en todas las otras ciudades del litoral, en Santa Marta y Barranquilla.

Es  todavía una moda observada: la gente más seria, ancianos padres de familia participan y la naturaleza de bromas van más allá, para nosotros los europeos, de los límites y licencias permitidos. De domingo a martes de carnaval cada uno puede actuar según su fantasía y dar curso a su imaginación, y a veces, a las chanzas desagradables. No son nuestras costumbres, su alegría no  tiene nada de espiritual, es de una educación dudosa por no decir grosera.

Así es como en la calle le pueden embadurnar la cara o los vestidos con colores o negro de humo: vi unos de una suciedad repugnante.

Le romperán fácilmente sobre la cabeza huevos vacíos con otras materias de menos fino olor, llegan hasta entrar en su propia casa y arrojarle baldes de agua,  estuviese o no enfermo y le obligarán a salir de su casa pasear por la ciudad arrastrándolo. Si por casualidad toma a mal la situación o si se queja, tendrá otros tantos enemigos y la autoridad cerrará los ojos.

Durante ese período, lo mejor para un europeo es encerrarse en su casa.

No puedo evitar hablar a grandes rasgos sobre el bello sexo, ese elemento tan apreciable del género humano,  fuente de las más grandes virtudes y de los más grandes crímenes que hace latir tan deliciosamente nuestro corazón, que nos preocupa tanto, tan pronto como abordamos una ciudad nueva, un país nuevo. ¿Cómo serán las mujeres? ¿serán bonitas? ¿buenas? ¿encontraremos ese ideal soñado durante nuestra juventud, ese ángel con alas de azul? ¿Estallará por fin ese amor latente que duerme en el corazón de cada uno de nosotros y que no espera para su realización sino la aparición viviente del sueño? ¿no es nuestro primer pensamiento al desembarcar? Todo el resto es secundario.

 

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