El obrero, o peón quiere también
ganar su pan mediante una dosis pequeñísima de esfuerzo y pedirá como salario para un
día lo que lógicamente debería reunir en una semana.
La causa predominante de esa apatía es, sin duda,
el clima caliente que ablanda los corajes; la culpa la tiene también la educación
primaria y la falta de iniciativa en las clases dirigentes.
A estos motivos podemos agregar otro, que no es
menos importante; la despreocupación para el día siguiente; para los nativos del país,
la existencia es barata y las necesidades mínimas. ¿Entonces para qué ahorrar?
No
existe el invierno, una estación fría, por consiguiente no es necesario el carbón para
la calefacción, ni vestidos gruesos; el verano es perpetuo con una temperatura media de
28 grados. Un pantalón y una camisa de tela, un sombrero liviano de paja, es todo lo que
un obrero necesita.
Qué gasta para su alimentación? Casi nada, las
frutas tropicales son baratas. Si no tiene una casa para abrigarse, dormirá en las calles
o en la playa, sobre la fina arena, durante las noches tibias, bellas y dulces.
Si está enfermo, ¿no tendrá un familiar, un
compadre que se encargue de él? Pues debo reconocerlo, con toda justicia, los habitantes
de Riohacha, como los colombianos en general, tienen al lado de sus defectos, una cualidad
supremamente apreciable y preciosa; practican entre sí las leyes de la más amplia
hospitalidad, y se sienten felices ayudándose mutuamente.
No hay carros en la ciudad, serian inútiles, ¿a
dónde pasear, fuera de cuatro o cinco calles? inmediatamente los resortes se
quebrantarían en los huecos. ¿Fuera de la ciudad? No se debe pensar en eso puesto que
las vías no son transitables. No se encuentran sino unas carretas arrastradas por burros.
Para ir a la provincia, Villanueva, Treinta,
Valledupar o Fonseca, el único medio de locomoción son la mula y el caballo, por unos
espantosos caminos ¡Son viajes duros y penosos bajo un sol ardiente que quema la piel y
la sangre!
Como
en Barranquilla, también los cerdos pueden circular libremente por todas partes donde los
impulse su olor vagabundo. Penetran hasta en los patios de las casas para robar algo que
comer. No se los puede expulsar sino a patadas... o garrotazos: vientre hambriento no
tiene orejas. Como sus dueños no les dan sino una mínima alimentación, estos animales
tienen que conseguirla, primero dentro de los residuos botados sobre la
vía pública, y después en las propiedades privadas.
Son de un atrevimiento y voracidad increíbles y
como se dice en Rabagas si existiera una palabra más puerca el
puerco ella sería ciertamente aplicable.
Imagínense que en los primeros días que
siguieron a mi llegada a Riohacha, llegado cerca a unos botaderos de basura que también
sirven de baños, me seguía cada mañana el mismo Querido Angel de Monselet,
sin adivinar porqué. Quedábase a una distancia respetuosa y tan pronto como regresaba,
se acercaba rápidamente al sitio que había dejado. Quise saber el porqué y constaté
que ese estimable animal, según el viejo dicho francés, a falta de tordos comía
mirlos...
Los perros no gozan de la misma libertad; la
policía, de vez en cuando hace batidas por la tarde y los masacra sin ton ni son.
Los únicos monumentos, si se les puede llamar así, son la Iglesia que
sirve para iluminar con la luz divina a los fieles durante el día, y con el faro de su
torre a los marinos durante la noche; después la estatua del almirante Padilla sobre la
Gran Plaza, frente a la iglesia.
El almirante Padilla es un nativo de Riohacha,
quien se distinguió en la guerra de la Independencia al vencer la barra de Maracaibo.
Aquella hazaña le hizo célebre entre sus conciudadanos que lo consideran, como uno de
sus grandes hombres, y con razón, honran su memoria. He aquí lo que se puede leer sobre
el pedestal.
A José PADILLA, experto marino
que forzó la barra de Maracaybo
pasando a fuego vivo los esteros
y Castillos de San Carlos
La Patria agradecida.
Puesto
que estoy sobre el capítulo de la Iglesia,
es el momento para narrar las costumbres religiosas que se perpetuaron a través de los
siglos en su casi total integridad.
Hoy se las sigue con fidelidad y escrúpulo. Pero
no crean que el habitante de Riohacha, hablo especialmente del pobre, a pesar de ser
católico de nacimiento, no es muy practicante: no, la devoción no le ahoga, el es
desinteresado e indiferente. Su religión se parece más bien a una superstición: así es
que ni por un imperio le podrían decidir a trabajar en el monte un domingo ni un día festivo de santo, como tantos que se celebran
en Colombia, ¿ por qué? Por la razón de que la idea está muy difundida entre ellos y
al desobedecer sería infaliblemente picado
por una víbora, una serpiente o se heriría.
Pero no asiste a misa, y si tiene el deseo de
embriagarse o visitar a sus amantes, tengan por seguro que no vacila; a pesar de todo,
arregla esto como quiere, es muy fanático.
Las dos únicas fiestas en las cuales cada uno
participa son las patronales, la de La Purísima Virgen, la
Candelaria, el 2 de febrero y la de La Virgen de los Remedios el 14 de
mayo. Duran 8 días y el octavo es el más bello.
Las dos son objeto de una observancia particular
especialmente la segunda, por una leyenda que sigue viva dentro de la población. Se trata
de un hecho milagroso atribuido a la estatua de la Virgen de los Remediosque
se encuentra en la iglesia desde la conquista española y se venera con fervor y gran veneración.
En aquel tiempo, Riohacha era rica y próspera.
La playa, que hoy está desierta con casas medio
destruidas era la Calle de la Marina llena de joyerías, orfebres vendiendo perlas, joyas y piedras preciosas.
Su fama era grande en todo el mundo, y
varias veces la envidia de los piratas quienes la saquearon y destruyeron, pero siempre,
merced a sus recursos inagotables, volvía a levantarse sobre sus ruinas.
Ese año, un 14 de mayo, atraídos una vez
más por el incentivo de un enorme botín, los piratas regresaron para saquear de arriba a
abajo, cuando los habitantes tuvieron la idea de dirigirse a la Virgen de los Remedios,
para el peligro que los amenazaba. Para tal
fin pasaron pomposamente la estatua adornada con todos atavíos por la ciudad, y cuando la
procesión, según la leyenda, llegó a la orilla del mar, la Virgen cogió, de repente su
corona, que estaba sobre su cabeza y la arrojó al agua. Inmediatamente una tempestad
horrible se levantó y todos los buques de los corsarios zozobraron y se ahogaron todos.
Por
el recuerdo de este milagro que salvó a
Riohacha de una ruina total, se estableció cada
año, el 14 de mayo, una fiesta de
aniversario. Ese mismo día la estatua de la Virgen adornada,
a la usanza española, con
sus más bellos atavíos, sale con el ceremonial acostumbrado,
a través de las calles de
la ciudad.
Toda
la población llena de regocijo sigue el cortejo, las casas se engalanan con banderas y
banderolas, en las ventanas se prenden lámparas de velas, y los seis músicos de la
Banda Municipal sin olvidar el bombo y los timbales, que tienen un papel
importante, hacen oír un
repertorio variado.
En cada altar, y también caminando, las
familias cantan unas Salves para solicitar el favor celeste que deseen.
Cada Salve produce una piastra
al buen cura de la parroquia. A veces se recitan doscientas durante el trayecto, de tal
manera que la procesión que salió de la Iglesia a las cinco de la tarde, después del
fuerte calor, no regresará sino entre la media noche y la una de la madrugada. Tuve el
honor de asistir a una de esas procesiones; no invento nada.
Otras dos costumbres religiosas que se
conservan desde hace un número incalculable de años, revisten usanzas de otra edad, un
carácter de la fe aún primitiva: estas fiestas manifiestan su fe en forma exagerada, tal
como debió ser en los primeros tiempos de la cristiandad.
Durante la semana santa, Judas, el traidor
está representado, por un maniquí, de tamaño natural y las gentes del pueblo se
distraen disparando sobre él con escopeta, muy seriamente, tal como si estuvieran
cumpliendo un deber.
La otra no es menos extraña.
La víspera de Noche Buena, cuando suenan
las doce de la noche, en la misa se ve descender el Santo Espíritu sobre el pesebre, bajo
la forma habitual de una paloma, e inmediatamente para dar más realismo al nacimiento de
Jesús en Bethleem en un establo en medio de diversos animales, los niños imitan en voz
alta, los gritos del cordero, el gallo, el perro, el buey, y a mover una cantidad grande
de matracas muy ruidosas. Usted no puede imaginar el efecto cómico que produce, por
primera vez, ese realismo, tan infantil como imprevisto, que no tiene ninguna relación
con la santidad del lugar y el respeto que se le debe.
El riohachero no es malo: suave y calmado
por naturaleza, se irrita solamente cuando ha tomado unos unas copas de ron. En ese caso,
algunos tienen el humor batallador y se ven sencillas disputas degenerar en riñas en las
cuales el machete resuelve la querella con buenas heridas.
Las tres diversiones principales del
riohachero son las parrandas, las peleas de gallos y la Cubiemba;
esa última es la diversión favorita de la clase pobre.
Se dedica también, con placer durante
tardes enteras al juego de naipes y loto, siendo las mujeres más nadas que los hombres.
Todos son jugadores, adoran las loterías,
los juegos de azar. No pasa una semana sin que le ofrezcan a uno un billete por una o dos
piastras, emitidos en número de 12, 20 o 25, según el caso y la importancia del objeto
rifado: una caja de perfume, una falda para niña, un pañuelo bordado, un anillo, o cualquier cosa.
Lo que ellos llaman parranda es
reunirse por la noche, tomar juntos algunos tragos de ron en la casa de alguno, y hacia
las 11 de la noche, ir cantando alguna canción o refrán a la puerta de unos amigos, y
darles una serenata. Aquellos, según la costumbre, tienen la obligación de levantarse, y
obsequiar a los cantantes otros traguitos.
Parrandear se traduciría en
argot parisiense con los términos, faire la noce.
Las peleas de gallos son muy concurridas;
principian el primer domingo de diciembre para terminar en abril. Si estas despiertan
entusiasmo en Bélgica y norte de Francia, no me atrevería sin embargo a afirmar que
tienen el mismo éxito que en Riohacha; allí es frenesí.
El recinto está siempre colmado; las
apuestas en relación con la fortuna local,
son considerables; ellos venderían casi hasta la camisa para poder apostar, y la
animación entre los dos campos lleva algo de delirio. El triunfo o el fracaso se traduce
con pataleos, vociferaciones o hurras es un alboroto infernal ¡Felices los sordos!
Existe una gran emulación entre los
propietarios de gallos para seleccionar la mejor raza; cada uno alaba la suya,
proclamándola superior a todas. Casi siempre, el cuello, pecho, patas de estas aves
están desprovistos
de plumas, para que no se acaloren tanto durante el combate
y así puedan resistir más tiempo: esto los vuelve feos con sus carnes rojas.
Contrariamente a las costumbres belgas y francesas no se les atan a las patas espuelas de
acero, se limitan a afilarles los espolones hasta dejárselos muy puntiagudos.
Tengo aversión por estos espectáculos los
encuentro bárbaros; quise sin embargo, un día por curiosidad, darme cuenta de esa lucha,
a título informativo y como un estudio sobre costumbres.
Seguramente no volveré más a verlo;
regresé enfermo, realmente asqueado por las miradas duras y las sensaciones crueles que
podía ver en todas las fisonomías; había algo de feroz en esos ojos. ¡En cambio, qué
coraje, que intrepidez muestran estos pequeños animales, que se pegan con ardor, con toda
su energía hasta caer mortalmente heridos!
La Cubiemba es la danza de los
obreros danza absolutamente indígena.
Quiero hacer aquí una descripción precisa
para no quitar nada de su carácter, de su pintoresca originalidad; única en su género.
Para hacerme entender lo mejor posible,
trataré de trazarla en forma sucinta en este cuadro:
En primer lugar, no hay salón de baile;
todo sucede al aire libre, en una plaza; no hay cercas ni trabas.
Imagínense ahora, un poste hundido en la
tierra, un pequeño mástil de 2,50 metros de altura, encima del cual ondea el pabellón
colombiano; más abajo, alrededor del pabellón
y contra el mástil, tres o cuatro linternas suspendidas.
Es el escenario en toda su sencillez.
Hacia las 8 de la noche, tres músicos
vienen a apoyarse contra el poste, un hombre con un acordeón, otro con tambor y otro
tocando Guacharaca.
Preludian
algunos aires, es la invitación. Todo el mundo conoce el acordeón, importado de Alemania
los tambores o mejor dicho el tamboril, tiene esa particularidad en su forma de cono
truncado y no tiene una sola piel: es algo parecido al instrumento de los
negros de la
Martinica . También se coloca entre las piernas y se toca con las manos.
La
Guacharaca no se
parece a ningún otro instrumento con el que se lo pueda comparar.
Es un pequeño tallo de madera, plana, de
una caña y de dos dedos de largo, cubierta con una delgada placa de hierro o de cinc con
dientes en forma de sierra, con muescas parecidas a una cremallera si usted prefiere.
Con la mano izquierda se sostiene ese
bastón, mientras con la derecha armada de un pequeño pedacito del tamaño y grueso de un
lápiz, raspa el instrumento subiendo y bajando.
Esto produce un ruido destinado a
acompañar a los
otros instrumentos.
Es poco
armonioso se le concede, y
bastante irritante, ¡oh! ¡ese rechinamiento!,
Tan pronto la música sigue un ritmo, se
ven desfilar hombres y mujeres en grupos,
los hombres en mangas de camisa, las mujeres llevando velas prendidas y
Cucuyos o gusanos de luz en el
cabello y el talle.
Inmediatamente las mujeres excitadas por
esa música que les es favorita, se ponen a revolotear alrededor del mástil,
deslizándose sobre el suelo, con un ligero movimiento rítmico, lascivo, de vaivén para
adelante y atrás, del vientre, de las caderas y del talle: los hombres al frente de ellas
ejecutan el mismo movimiento.
No diré que es una danza muy casta y
decente, pero es ciertamente muy graciosa y no tiene nada parecido con esa danza del
vientre que Argelinas y Egipcias nos exhibieron durante la exposición de 1889. Era más
que grotesca, ¡era horrorosa!
Esas mujeres revoloteando así, iluminadas
por la luz de lámparas y velas, me parecieron tener una expresión feliz, radiante.
Por momentos cantaban, me pareció verlas
estremecerse, llevadas por esa ronda lánguida, por una emoción inconsciente, quién
sabe, por una especie de satisfacción de los sentidos.
Ellas bailaron hasta el amanecer.
Un placer que iba a omitir y que también
tiene su valor para los habitantes de Riohacha, es el de sentarse después de la comida, a
la puerta de los vecinos para respirar el aire fresco, y hablar sobre todos los
acontecimientos del día.
Esa costumbre mantiene su inclinación por
el chisme. La conversación se inicia por cosas triviales, la lluvia, el sol, y poco a
poco cambia en propósitos íntimos, en confidencias y se termina siempre tratando los
hechos y movimientos de fulano M. o zutano, o de la señora tal.... Entonces durante un
cuarto de hora, una media hora, estos infortunados están sometidos a todos los chismes,
su conducta es examinada con cuidado desde A hasta Z, no se les perdonan los
epítetos y su reputación queda rápidamente establecida.
Al día siguiente estas noticias se
propalan de boca con la debida exageración inseparable de todas las habladurías.
La fábula de ese bueno de La fontaine la
mujer y el secreto seguirá siempre viva.
El carnaval tiene también en Riohacha,
mucho atractivo. Desde el mes de enero, los jóvenes, al anochecer se disfrazan e intrigan
en las casas de sus amigos. Pero los tres días de carne, se festejan con una animación
extraordinaria, así como en todas las otras ciudades del litoral, en Santa Marta y
Barranquilla.
Es todavía
una moda observada: la gente más seria, ancianos padres de familia participan y la
naturaleza de bromas van más allá, para nosotros los europeos, de los límites y
licencias permitidos. De domingo a martes de carnaval cada uno puede actuar según su
fantasía y dar
curso a su imaginación, y a veces, a las chanzas desagradables. No son
nuestras costumbres, su alegría no tiene
nada de espiritual, es de una educación dudosa por no decir grosera.
Así es como en la calle le pueden
embadurnar la cara o los vestidos con colores o negro de humo: vi unos de una suciedad
repugnante.
Le romperán fácilmente sobre la cabeza
huevos vacíos con otras materias de menos fino olor, llegan hasta entrar en su propia
casa y arrojarle baldes de agua, estuviese o
no enfermo y le obligarán a salir de su casa pasear por la ciudad arrastrándolo. Si por
casualidad toma a
mal la situación o si se queja, tendrá otros tantos enemigos y la
autoridad cerrará los ojos.
Durante ese período, lo mejor para un
europeo es encerrarse en su casa.
No puedo evitar hablar a grandes rasgos
sobre el bello sexo, ese elemento tan apreciable del género humano, fuente
de las más grandes virtudes y de
los más grandes crímenes que hace latir tan deliciosamente nuestro corazón, que nos
preocupa tanto, tan pronto como abordamos una ciudad nueva, un país nuevo. ¿Cómo serán
las mujeres? ¿serán bonitas? ¿buenas? ¿encontraremos ese ideal soñado durante nuestra
juventud, ese ángel con alas de azul? ¿Estallará por fin ese amor latente que duerme en
el corazón de cada uno de nosotros y que no espera para su realización sino la
aparición viviente del sueño? ¿no es nuestro primer
pensamiento al desembarcar?
Todo el resto es secundario.