Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO III
(1 Parte)

RIOHACHA. SUS MORADORES, SUS COSTUMBRES

 

Riohacha situada bajo el 11 o 35, de latitud Norte, es una ciudad de 4 a 5000 habitantes, formando la extremidad civilizada de Colombia septentrional.

Debe su  nombre al río que la separa de la península Guajira, primitivamente llamado Río de la Hacha, como recuerdo de la leyenda de un hacha, dado por sus habitantes, los indios.

Aquel río se llama hoy en aval “El Calancala” y la parte de arriba “La Ranchería”.

Propiamente dicho, no tiene un puerto, sino una sencilla rada abierta a los buques de pequeño calado; sus aguas poco profundas hacen que su acceso sea difícil para los grandes buques que no llegan sino a gran distancia, en el mar.

Esa es bastante segura, a pesar de los vientos del noroeste, que soplan durante las tres cuartas partes del año con violencia desde el mes de diciembre hasta el mes de abril.

Desde el puente, lo que me sorprendió a primera vista fue el aspecto pobre y triste de Riohacha, la ausencia completa de vegetación y siempre, como en Barranquilla, Ciénaga, Santa Marta, un sol abrasador, sin ninguna sombra para moderar su ardor.

La brisa, afortunadamente aquí, modera el excesivo calor durante el mes de julio solamente y a principios de agosto la temperatura alcanza 37º centígrados a la sombra. En otras épocas, el termómetro varía entre los 25 y 33 grados.

Sólo tres edificaciones llamaron mi atención, la torre de la iglesia la cual sirve también como faro, y dos casas con pórtico y un segundo piso; la primera, la del señor M.     Antonio C... rico comerciante español, establecido allá desde hace más de cuarenta años; la segunda, la de la administración local, de la alcaldía.

Al fondo del paisaje, bien lejos, a 30 millas tal vez, la silueta de cadenas montañosas de “San Pablo” que desprende de la cordillera de los Andes y se perfila a través de una atmósfera brumosa.

Frente a la alcaldía, creo distinguir estacas que emergen del agua. Pregunto a un marino para qué sirven. Son me contestó, los restos de un malecón.

Me señalan la costa Guajira y la desembocadura del río Calancala en medio de un bosquecillo de árboles; esto me parece triste.

Estas costas son totalmente bajas, desnudas, y pueden fácilmente confundirse con el mar, en la noche especialmente. Se desprende un olor muy característico, el de la siega del heno seco cortado.

Pocos instantes después, una canoa con los colores colombianos, con algunos hombres, se dirigía hacia nosotros y nos abordó. Eran, el comandante y los empleados de la aduana, encargados de pasar visita a nuestra goleta y examinar la lista de pasajeros.

El capitán quiso presentarme particularmente al comandante del puerto, señor Rodolfo D... joven y amable, quien hizo todos sus estudios en el liceo del Havre, hablaba admirablemente nuestra lengua, y había conservado una real afección para con nuestra bella Francia.

Fuimos enseguida los mejores amigos del mundo. Me ofreció todos sus buenos oficios, asegurándome el placer que sentía en serme útil y agradable.

Esto fue para mí un encuentro feliz y una preciosa relación, me informó sobre muchas cosas y prometió ayudarme en las inevitables dificultades del principio.

Terminada la inspección, me propuso bajar a tierra en su embarcación, lo que acepté.

Su canoa, un “cayuco”, hecho de un solo tronco del “caracolí ”, podía tener 10 u 11 metros de largo por 1,50 de ancho.

En algunos minutos estuvimos en la orilla.

En el momento en que me alistaba a desembarcar, los remeros me hicieron señas de quedarme quieto y remangándose los pantalones hasta la rodilla, saltaron al agua, empujaron la canoa lo más posible a la orilla y la amarraron. Después, para mí fue una sorpresa cuando a cada uno de nosotros en sus brazos vigorosos, nos dejaron por orden en la arena.

Fue así, en esa forma pintoresca y original como hice mi entrada a Riohacha en el año de gracia de 1.88... a las 10 de la mañana.

Siendo raras las distracciones en esa ciudad, es casi un acontecimiento cuando llega un barco. Por tal razón todo el mundo  se precipita hacia la playa para examinar   a los viajeros y tener algunas noticias.

Ese día había precisamente una gran multitud, hombres, mujeres, niños de todas las clases.

Ya imaginarán  cómo fui examinado de pies a cabeza en mi calidad de extranjero. La gente se apretaba, se empujaban por verme mejor, estaba rodeado de gamines por todos lados y ya no podía andar.

Pero sobre todas estas fisonomías, en las cuales se veía únicamente el atractivo, la preocupación de la curiosidad, buscaba inútilmente esa simpatía, ese, no sequé, benévolo con lo cual en algunos países se recibe a los europeos, a los franceses especialmente.

En todas estas miradas fijas en mí, había un punto de interrogación expresando una desconfianza visible; ¿qué podía hacer? ¿iba a volverme un competidor para un comerciante del lugar? No venía para perjudicarlos.

Tuve la intuición inmediata de lo que pasaba por la mente de toda esta gente: evidentemente, estaba intrigada, inquieta por mi llegada, y era fácil comprender por su actitud muy clara, que el interés era la única guía.

No me equivoqué y debía saberlo pronto por la experiencia.

Como la nota alegre no pierde nunca sus derechos, hasta en las circunstancias serias, el casco blanco que llevaba y que hacía su aparición sin duda por primera vez en estas orillas lejanas, obtuvo un enorme éxito dentro de la juventud; fueron verdaderos gritos de felicidad.

Si la canción de “La casquette au Père Bugeaud” hubiera sido conocida, estoy seguro que la habrían cantado.

No pude conservar mi serenidad frente a esa explosión tan sincera y espontánea de jovialidad.

Logré sin embargo dejar esa multitud, pues el señor Rodolfo D...    que no me había dejado, había reconocido dentro de los asistentes al agente consular francés, señor Víctor Dugand, y quería presentarme.

Inútil decir que esa conversación fue muy cordial.

El señor Dugand es un amable parisiense que se estableció en Riohacha desde el año de 1872, donde ocupa en el comercio uno de los puestos más importantes.

Entonces principió toda una serie de presentaciones, complicadas por fórmulas de cortesía, cuyo sentido se me escapaba.

Sin embargo adivinaba a través de los gestos, sendos apretones de mano, según la rígida usanza, y se me hacían mil protestas de amistad, mil ofertas de servicio. Sin duda me decían: “Estoy a sus órdenes para todo lo que se ofrezca... Mi casa está a su disposición” y otras frases del mismo estilo.

Pero no se debe nunca tomar estas palabras al pie de la letra, las gentes que lo dicen no lo hacen en serio; son, repito, simples fórmulas de cortesía, obsequiosidad hipócrita y de mal gusto, a las cuales no se debe dar el menor crédito. La generosidad es solamente aparente y falsa; en la raza todo es cálculo, si por casualidad le dan a uno un huevo, es con la firme esperanza de recibir un buey.

Me fui hacia el hotel seguido por todo un grupo de personas.

A la puerta, esperaba que a excepción de los señores D..., y M. Dugand, todos estos intrusos iban a dejarme. Tenía necesidad de cambiarme y descansar un poco de mi estado de fatiga; en una palabra creía que estas demostraciones de amistad tan fastidiosas como falaces iban al fin a cesar.

Estaba en el más completo error.

Me siguieron hasta mi habitación en la cual se sentaron como si fuera en su casa.

Pronto, otros individuos se unieron a los primeros, bajo el pretexto de saludarme, pero en realidad únicamente por el deseo de ver  la cara del recién llegado, para saber de sus propios labios cuales eran mis proyectos. Sus intenciones serían después ir a propagar los detalles en toda la ciudad. Es la moda: todos están ávidos de sujetos interesantes para contar.

Los habitantes de Riohacha establecen inmediatamente, según la recepción que se les reserva por parte del recién llegado, su buena o mala reputación. Si según ellos, fueron bien recibidos, sus elogios con el énfasis que les es propio, no conocen limites cuando fueron bien recibidos.

Ese extranjero es un ser totalmente extraordinario, como nunca se había visto, las más mínimas cosas son unas maravillas, sus palabras, son oráculos. Es un “Caballerísimo”, lo que es el “non plus ultra” de la consideración, cuando han soltado esa palabra.

Si, al contrario el habitante de Riohacha no ha, en su opinión, recibido la acogida que esperaba, todo lo contrario se produce: ese extranjero es un imbécil, un cobarde, un hombre muy grosero, una basura, que todo se juzga según una impresión, una susceptibilidad grotesca.

Ese pueblo no tiene nada del hombre serio, reflexivo: es de una vanidad y petulancia increíbles, que sorprende por lo ligero de sus actos y su desenvoltura para con los Europeos.

¿Qué pensaron y qué dijeron mis visitantes? Claro que esto no me importaba, sus opiniones me eran completamente indiferentes.

Después de una hora pude, luego de miles de preguntas. muchas veces indiscretas, deshacerme de todos estos inoportunos. Sentí una verdadera felicidad al encontrarme solo y libre de hacer lo que quisiera.

Mi primer cuidado fue encerrarme, bañarme de pies a cabeza para refrescarme y ponerme un vestido limpio.

Sentí inmediatamente un alivio, un descanso incomparables, pero al mismo tiempo también una irresistible necesidad de dormir. Eran como las 12 1/2   p.m. cuando terminé mi arreglo, bajé al comedor para almorzar con unos huevos tibios e inmediatamente volví para hacer una buena siesta.

La atmósfera era pesada, mis párpados se cerraban a pesar de mis esfuerzos.

Dormí hasta las cinco de la tarde, y fue un camarero de la posada quien, al venir a avisarme que la comida estaba servida, me despertó sobresaltado.

Los platos estaban ya sobre la mesa y no tenían mal aspecto. Una sopa de fideos en la cual nadaban menudencias de pollo, me pareció buena, lo mismo que una tortilla sencilla, y un pescado frito muy parecido a la merluza. La carne, como en Puerto Colombia me inspiraba invencible repugnancia; de color negro, seca, sin salsa, era dura como un cuero. Tuve que abstenerme de comerla  después de probarla.

Me había prometido después del café dar una vuelta a los lugares principales, pero no tuve el coraje, mis piernas se doblegaban; sería al día siguiente.

Me quedé hasta las 8 apoyado en el balcón de mi habitación para respirar el aire fresco de la tarde, y de nuevo, volví a tenderme sobre la cama, cuando oí, al otro lado de la calle gritos y sollozos lastimeros o más bien alaridos humanos.

Me volví  a vestir rápidamente sorprendido e intrigado por semejantes exclamaciones y vi la casa del frente iluminada por fuera por dos linternas colgadas a cada lado de la puerta, distinguí unos bancos y sillas situados sobre el andén y vi el ir y venir en la casa, de hombres y mujeres  de todas las edades y condiciones. Miré con atención y noté que en cada entrada, los gemidos y las lágrimas aumentaban en el interior y que al salir los visitantes se sentaban en las sillas y bancos.

¿Qué podría significar todo esto?

Hacia las 10 p.m. se produjo un movimiento de descanso.

Las visitas se interrumpieron, como también los ruidosos sollozos.

Pensé en acostarme.

Pero sea por enervamiento, sea por mis preocupaciones sobre el porvenir, me fue imposible volver a dormir y pronto a estos motivos se agregaron otros.

Los individuos sentados, afuera, que al principio iniciaron conversaciones en voz baja, poco a poco se  animaron y sus voces degeneraron en un verdadero alboroto. Reían y lloraban a la vez. Pronto me di cuenta que era inútil luchar contra el insomnio y que lo mejor sería levantarme definitivamente.

Entonces me di cuenta, no sin sorpresa, que toda esa gente estaba tomando café con ron.

Esa era la explicación del alboroto.

Al alba, algunos se retiraron totalmente ebrios.

Pedí en el hotel una explicación sobre esa extraña escena; me contaron que una anciana había muerto la víspera por la tarde; según la antigua costumbre colombiana, los hijos de la difunta la lloraban así, con grandes demostraciones de dolor, y parientes y amigos de la familia velaron el cuerpo toda la noche, con acompañamiento de galletas, café y ron. Supe también que siempre siguiendo la costumbre colombiana, la casa del difunto debe quedar cerrada durante una semana, y durante ese lapso de tiempo seguían los mismos gritos, lamentaciones o aullidos, a cada visita de pésame.

Estas ceremonias, evidentemente vestigios de una época bárbara, son singularmente chocantes, y deberían desaparecer de las costumbres de un pueblo civilizado. Los indios no lo hacen peor.

Quise aprovechar la hora matinal para bañarme y me dirigí hacia el mar. Tal vez ese baño calmara mis nervios un poco agotados y tal vez tuviera la suerte de encontrar sobre mi ruta, algunos de estos Guajiros, quienes, desde tanto tiempo obsesionaban mi espíritu.

Me dijeron que a muy temprana hora, se veían algunos por las calles de Riohacha, unos arrastrando sus barriles de agua, otros llevando al mercado leche, carbón, carbón de madera o animales.

No me habían engañado.

El primer ser viviente con quien me crucé en  el camino, casi a la puerta del hotel, fue precisamente un indio tirando pesadamente un barril. Estaba lejos de parecerse al ideal que me había creado y que me pintó mi amigo X... Para mis adentros, pensé que en la vida, la realidad está siempre a mil leguas de la ilusión.

Era pequeño, de apariencia débil y enclenque, no tenía nada de estas formas atléticas como me lo había imaginado.

Quedé contrariado por la destrucción repentina y completa de mi sueño, y buscaba ya razones para mentirme a mi mismo, cuando en la esquina de la calle de la Marina, cerca al “Mercado Guajiro” vi otros varios indios de los dos sexos, que me hicieron cambiar mi primera impresión tan desfavorable. Tres de ellos, proporcionados, el pecho desarrollado y carnudo, las piernas fuertes y nerviosas, los hombros anchos y la cabeza redonda, el pelo negro y espeso,  cayendo sobre la cara, el cuello corto y bien sujeto, la piel color café con leche y lisa. Tenían realmente buena presencia, un aire noble, imponente; en sus venas debía correr una sangre rica y pura, y en estas miradas había una arrogancia nativa, un orgullo racial algo altivo.

Una joven mujer de unos veinte años estaba con ellos, despertó particularmente mi atención.

No era bonita, en el sentido  que sus rasgos no eran regulares, pero su cara agradable, sus ojos eran bellos, los labios rojos, sensuales; de talla un poco mayor que el promedio, las caderas desarrolladas y bien formadas, los senos erectos y firmes parecían reventar el vestido “Tashé” que llevaba, me parecía o mejor dicho adivinaba como el cuerpo de mujer de Rubens, con sus carnes apetitosas y redondas; lo que se considera como una bonita mujer, atractiva y   deseable.

Ese encuentro imprevisto cambió mis ideas.

Estos últimos indios correspondían perfectamente a los vistos por mi imaginación y descritos por mi amigo X...

Con pesar los dejé para seguir mi camino. Me volví diez veces a mirarlos.

Cuando me desvestí para entrar al agua, otro grupo de indios e indias se dirigían hacia Riohacha, aparecieron como saliendo de un sendero oculto entre la maleza. Noté que las mujeres estaban cargadas como asnos; una de ellas especialmente, con una gran red; “Kacton” en lengua guajira, llevaba sobre la cabeza una enorme cantidad de carbón vegetal.

El peso la obligaba a andar encorvada y además, llevaba a horcajadas sobre la cadera derecha, un niño de 15 o 16 meses; caminaba penosamente sucumbiendo bajo la carga. Su marido al contrario, los brazos vacíos, la cabeza alta y arrogante, un bastón en la mano, la seguía dos pasos atrás, majestuoso como un pachá, sin preocuparse para nada ni ayudar a la pobre criatura.

Tuve dificultad para reprimir un sentimiento instantáneo de rebelión frente a estos abusos; aquella manera increíble de tratar al sexo débil, tan diferente a nuestros instintos caballerescos franceses, me exasperó; no se lo que me detuvo para apostrofarlo duramente.

Esto no habría servido de nada; la mujer en estas poblaciones no es sino un ser secundario, la bestia de carga del matrimonio, tal como se probará en nuestro relato.

Al fin me bañé.

Me habían asegurado que el mar en Riohacha y sus alrededores estaba infestado de tiburones que llegaban hasta las orillas. Habría sido feliz de encontrar uno, pero ni ese día ni los siguientes pude tener esa suerte. Pero la tuve más tarde: un día vi uno, con la aleta triangular saliendo del agua, parecida a un cuchillo de guillotina. Otro me dio un susto una tarde al atravesar a caballo la desembocadura del “Calancala” tal como lo contaré en otro capítulo.

En cambio en ese primer baño, conocí las medusas, las estrellas de mar que abundan en estas costas, y particularmente un pequeño pescadito cuyo nombre científico ignoro.

Los colombianos le llaman “Bergantina” y la picadura es dañosísima. Puedo hablar de estos con propiedad por haber sido víctima. De repente sentí en el lado derecho un dolor seguido de una irritación, a tal punto que tuve un síncope, como si me hubieran introducido en el costado un instrumento agudo; y al mismo tiempo sentí una especie de escalofrío, de choque nervioso que me sacudía todos los miembros.

Mire el sitio donde se produjo la picadura; no había herida sino que estaba rojo con tumefacción. Semejaba una quemadura de ventosa, del tamaño de una pieza de dos francos  con muchas pequeñas manchas, o para más  exactitud habría podido decir que se me había introducido por debajo de la piel un manojo de alfileres.

De regreso al hotel, hablé de mi desventura: me aconsejaron frotarme con la mitad de un limón.

En diez minutos me sentí aliviado, pero durante mucho tiempo llevé la marca.

Me quedé casi un mes en Riohacha, a pesar de mi gran deseo de realizar lo más pronto posible mi misión. Ese tiempo era indispensable para reunir algunas notas sobre la ciudad y sus alrededores, costumbres, organizar poco a poco mi viaje, con todos los datos posibles y precauciones útiles.

No tuve que lamentar esa permanencia.

Riohacha y sus habitantes no ofrecen nada notable solamente algunos hábitos, usos y placeres son curiosos para anotarlos.

Las calles son como en Barranquilla absolutamente arenosas, y cuando llueve, lo mismo que allá se trasforman en verdaderos torrentes. Largo tiempo después de pasada la tempestad quedan aún grandes charcos y si usted quiere salir, debe chapotear hasta la mitad de la pierna.

Las casas están construidas por lo general, con tapones de paja y cubiertas con hojas de palmas; las casas con piso no pasan de una docena, son especies de quintas cubiertas con techos de teja, y planchas de madera.

En las de los pobres, el interior es igual al de nuestras mas humildes chozas, algunas sillas, una mesa coja, y para dormir hamacas tejidas con algodón.

En las poquitas familias ricas, el mobiliario es mucho menos pobre, pero no lujoso, no tienen comodidades modernas. Sillas y sillones acanalados en los cuales las damas pasan parte del día, charlando, unas rinconeras de color negro, una mesa de centro, un velador, uno o dos espejos, dos o tres lámparas forman el mobiliario ordinario de una sala. En las piezas, las camas, distintas de catres son muy raras; todo esto es importado de América del Norte.

Hay que decir que, siendo el calor tan fuerte durante todo el año, no se podrían soportar cortinas ni grandes colgaduras, el aire debe circular libremente. Por la misma razón las ventanas no llevan cristales, están hechas con barrotes de madera y pequeños postigos que se abren de día y cierran de noche.

Es muy difícil para un europeo conseguir los alimentos a los cuales está acostumbrado. No se encuentra ninguna de nuestras legumbres, ni de nuestros quesos, frutas, solamente a veces algunas papas importadas de Francia, de Nueva York o de la Sierra Nevada, pero a un precio exorbitante; dos reales o sea un franco, la libra de 460 gramos. Carne de cerdo fresca, no se consigue casi nunca, de carnero muy de vez en cuando, de cabra o de cabrito con frecuencia. Lo que se compra corrientemente son huevos, arroz, carne de res, y los productos del país, banano y yuca. Pero recordando la canción no se puede comer todos los días paté de anguila, es muy duro acostumbrarse a comer siempre arroz, res, huevos y legumbres exóticas, sobre todo que las cocineras indígenas tienen una educación culinaria muy rudimentaria. No solamente ignoran  el arte de acomodar los sobrantes sino el arte precioso, tal vez de variar los platos.  Por tal  motivo se ven todos los días en cada comida las mismas cosas, sin cambiar en nada. Después de 15 días de este régimen uno  queda hastiado, el apetito ha desaparecido, el estómago se atrofia, en un abrir y cerrar de ojos uno queda anémico y desde ese momento, cuidado con las fiebres   con todo su cortejo de peligros.

Cuántas veces lejos de mi querido París envidié un modesto guisado o una buena sopa de col, con mucho tocino y mucha col, como plato único.

Por ese plato habría dado todos los festines de Colombia.

Los habitantes de Riohacha no sienten la necesidad del bienestar, del progreso y en nada tratan de mejorar su situación: son rutinarios y atrasados en toda la fuerza del término. Poco instruidos, ignoran hasta las más elementales nociones de ciencia, la que además desprecian.

Los fenómenos físicos más sencillos que no comprenden, son para ellos el objeto de supersticiones inverosímiles; los explican como milagros y sobrenaturales. Gustan mucho de cuentos fantásticos, está dentro de su temperamento, sus gustos; exagerados en todo, les agrada lo que tiene un carácter espantoso, maravilloso, o místico. Cada uno en Francia a excepción tal vez de aldeas en el fondo de la Bretaña sabe que los fuegos fatuos que a veces revolotean en las tardes por encima de las ciénagas se deben a la combustión de gas mezclado con el aire, pero para los colombianos estos fuegos fatuos anuncian los “espíritus”, sin duda tesoros escondidos. Ellos están absolutamente convencidos y nunca se podrá hacerlos desistir de esa ridícula prevención.

Lo más cómico, es que, a pesar de su fe inquebrantable en sus creencias, nadie se atrevería a excavar, por miedo de que pudieran provocar una gran desdicha.

Ellos contarán muy bien, sin pestañear y con las más grande sinceridad, historias abracadabrantes de espectros con todos los accesorios obligatorios en estos casos, aparición de fantasmas, ruido de pasos o de voces sepulcrales, chischas de armas, en resumen todas las alucinaciones de una imaginación enfermiza y pusilánime.

Esto, me dirán, no es extraordinario pues existen aún muchas gentes en Francia lo bastante ingenuas para creer en estas puerilidades. Es verdad, pero es en Francia una excepción mientras que allá es la generalidad, la totalidad y se le confiesa abiertamente.

No hay un placer más grande para un habitante de Riohacha que provocar la curiosidad en sus auditores muy crédulos o excitar un sentimiento de terror dentro de ellos.

Una tarde, escandalicé mucho a un buen hombre cuya casa era, según él, visitada cada noche por su anterior dueño ya muerto.

Alrededor de la media noche él sentía muy indistintamente sobre las losas, la marcha de un jinete calzando botas con espuelas, el cual se acercaba a su hamaca para conversarle.

Al hablarme así, tenía un tono misterioso y su fisonomía, tomaba una expresión de miedo muy significativa.

Le propuse, inmediatamente dormir solo en su casa esa misma noche, reconociendo que estaba deseoso de entrar en relación con ese pacífico fantasma y apretarle la mano.

Mi broma, muy anodina, le pareció lúgubre e impropia, sin embargo accedió a retirarse.

Es inútil afirmarle que mi sueño no fue turbado por ninguna visión y que me desperté a las cinco de la madrugada por unos golpes reiterados a mi puerta. Era mi hombre, ansioso de saber si no había abandonado su edificio  y si había sido testigo de las escenas nocturnas que tanto le molestaban. El resultado mas claro fue que era un cobarde, como tantos otros.

El sueño de cualquier buen habitante de Riohacha es ser comerciante cuando sus medios se lo permitan o empleado del gobierno.

Lo mismo, el sueño de cualquier negociante o individuo acomodado es poder mandar a su hijo a estudiar a Bogotá y graduarse de abogado.

Con ese título, en Colombia como en los otros países de América del Sur, se llega a todo.

De arriba a abajo en la escala social, nadie quiere una profesión fatigosa.

Los jóvenes que con un poco de instrucción y capital, podrían dedicarse a los trabajos de agricultura o crear una industria se niegan a eso; ellos quieren pasar la vida lo más agradablemente posible, sin esforzarse.

 

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