Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

© Derechos Reservados de Autor


CAPITULO II

( 2 Parte)

La Travesía- Llegada a Savanilla – Barranquilla- Viajes de Barranquilla hasta Riohacha por la Ciénaga y Santa Marta

 

No disimularé que esa primera noche, en tales condiciones y en previsión del porvenir enfrió mi coraje y apaciguó mi ardor.

Cuando aparecieron las primeras luces del día estaba totalmente reventado de fatiga, tenía los miembros doloridos y el cerebro vacío. Interrogué a mis gentes para saber dónde nos encontrábamos; ¡hicimos más de la mitad del viaje, me contestaron!

Ya se percibía nítidamente a lo lejos el inmenso macizo de La Sierra Nevada contrastando como un fondo obscuro cielo claro.

Esto me reanimó.

De repente, cuando pasábamos por otro canal pequeño llamado “Caño Sucio” si mi memoria me es fiel, mis remeros o “bogas” me gritaron: “ ¡Caimanes! ¡caimanes!” mostrándome con el dedo un bosquecillo de mangles. Una decena de cocodrilos, en efecto, que se podían ver entre las raíces de estos árboles se calentaban a los primeros rayos del sol naciente. Se quedaban totalmente inmóviles, como entumecidos a unos veinte pasos de nosotros. Miré al más grande, me parecía más al alcance y al mismo tiempo más al descubierto: media más de tres metros.

Según las recomendaciones que recibí, le apunté al ojo, en lugar de ajustarlo en el codillo que las ramas me tapaban.

Por desgracia, sorpresa, emoción de placer instintivo, unidos al leve movimiento de la canoa fueron causas que errase ese primer tiro. Mi bala acarició su vieja caparazón sin hacerle aparentemente ninguna herida. Se precipitó al agua y no lo volví a ver; los otros lo imitaron.

Leí, en no recuerdo cual libro, que los caimanes del Magdalena son arriscados y muy feroces, que frecuentemente atacan las pequeñas embarcaciones; esa aseveración me sorprende, pero no la puedo contradecir. Todo lo que puedo asegurar sin miedo a ser desmentido es que no es así en estas ciénagas.

La única razón es que los cocodrilos de la ciénaga tienen a su disposición una cantidad tal de peces de todo los géneros que el hambre no los obliga jamás a buscar otra alimentación.

Sin embargo no se debe tener la veleidad, la fantasía de bañarse ahí, sin tener a pesar de todo, la certidumbre de ser devorado en poco tiempo.

Lo que es peligroso en estos canales, son los vampiros que pululan de noche.

Si usted no toma las precauciones habituales, es decir protegerse con una sábana, toalla, u otro objeto parecido, no sería raro que fuera mordido durante su sueño, especialmente en la cabeza.

En el momento no se siente nada, ningún dolor; pero al despertar tiene los cabellos llenos de sangre, y la cicatriz dura mucho tiempo en cerrarse.

Un cuarto de hora más tarde, mis “bogas” atrajeron nuevamente mi atención. Había otro caimán en la orilla.

El hocico abierto, mostraba su enorme mandíbula armada con una doble fila de dientes agudos y cruzados. Qué espantoso torno y ¿cómo escapar de él una vez cogido? Estaba a diez pasos a lo sumo y el blanco era perfecto! Puse en mi carabina un cartucho con bala explosiva, apunté esta vez con mucha sangre fría. Fue el mas bonito disparo que hice y haré en mi vida; que Santo Humberto me bendiga, le ingurgité la bala como si fuera una píldora y una píldora que produjo inmediatamente sus efectos fulgurantes. Tuvo un movimiento hacia adelante, un esfuerzo supremo para precipitarse al agua. Pero sus fuerzas le traicionaron y volvió a caer con las patas abiertas: había terminado su noble carrera y no derramaría más lágrimas.

Usted no me creerá si no quiere, pero estaba orgulloso de mi presa. La alzamos a bordo no sin dificultades pues era de una gran dimensión. No les molestaré hablando del resto del viaje. A las dos horas p.m. después de un almuerzo muy frugal, compuesto de pequeñas bananas, pescado salado y pan de maíz, desembarcamos sin incidentes en “Pueblo Viejo”, junto a la Ciénaga. Salté a tierra con felicidad. Las veintidós horas consecutivas pasadas en el bongo, sin poder moverme, ni caminar, habían sido para mí un verdadero suplicio.

Pueblo Viejo es solamente una aldea de pescadores, establecida sobre una lengua de tierra arenosa reservada entre el mar y las amplias lagunas de las cuales hablamos.

Sus chozas son de madera en su mayoría. Ni el menor árbol, ni sombra; el sol al medio día es terrible.

Me dirigí inmediatamente hacia la Ciénaga en una pequeña carreta enganchada a un asno que llevaba mi equipaje. Llegué en 25 minutos.

Esa ciudad de 5 a 6.000 habitantes, situada al sur de la Sierra Nevada, debe su nombre a los marjales inmensos que la rodean, y que acababa de recorrer desde Barranquilla. En español “ciénaga” quiere decir marjal.

Su conjunto de casas blancas, bajas, de una construcción liviana, en la mitad de un llano enteramente desnudo y pantanoso, sobre el cual caen desde la mañana  hasta la tarde sus rayos tropicales, sugiere la idea de una hoguera, de ciudad malsana, sometida a las enfermedades endémicas.

En realidad no hay nada de eso y según lo que se me  aseguró, la ciudad, a pesar de su temperatura elevada goza al contrario de un clima muy sano y siempre parejo.  La fiebre amarilla es totalmente desconocida y las fiebres  intermitentes no hacen más víctimas allí que en otras partes.

Durante las tres cuartas partes del año, los vientos soplan del Noreste, es decir de la montaña.

Tuve tiempo para ir a visitar a uno de los principales habitantes, el señor Francisco Durand, para quien tenía una carta de recomendación. Este perfecto gentil-hombre me recibió con mucha cortesía y se puso a mi disposición, me informó sobre lo que deseaba saber – Me dijo que toda la región, hasta “Rio Frío” estaba sembrada con plantaciones de cacao, plátano, tabaco, etc. me citó otras las de los señores González hermanos, y un inglés Sir Karr.

Entre tanto llegó la hora del tren: me despedí de  mi amable colombiano.

El pequeño ferrocarril de vía angosta entre Santa Marta y la Ciénaga, creado hace una decena de años por el señor  Manuel Julien de Mier, rico propietario de Santa Marta y de Paparés, hoy propiedad de una Compañía inglesa, la cual se prolongó hasta Rio Frío. Desgraciadamente los recursos de la región no permiten cubrir los gastos del tráfico, y a esto sin duda, se debe la mala organización del servicio y el mal estado del material. Las  locomotoras son antiguas, demasiado débiles y las calderas no consumen sino madera.

Salimos a las cuatro precisas y llegamos a las nueve y media de la noche, y sin embargo la distancia no es sino desde ocho leguas. Pero he aquí la explicación de ese viaje interminable

Una violenta tempestad estalló en el momento de entrar en el vagón, y fue imposible para la máquina, después de la primera estación de Paparés volver a caminar. Los rieles mojados le impedían andar, las ruedas resbalaban sobre ellos. El mecánico usó inútilmente todos los medios conocidos, chorros de vapor, de arena, movimiento hacia atrás; después de veinte minutos de un verdadero trabajo logró impulsarla de nuevo.

Ella se parecía a estos pobres caballos épicos, enganchados a una carga demasiado
pesada, y que a pesar de los gritos y fuetazos del conductor, no puede andar, más cuando se les para para darles un instante de tregua y de descanso. La fuerza de la presión era insuficiente.

Aquella ceremonia volvió a repetirse seis o siete veces en el curso del trayecto, en cada parada que hacíamos, sea para tomar agua, sea madera o para recoger viajeros.

A veces había que esperar que la caldera estuviera en ebullición para producir el vapor necesario para el impulso. Les dejo pensar en qué condiciones terribles se efectuó el trayecto. Cinco horas y media para una carrera de 8 leguas.  

Por fin llegamos a Santa Marta, capital de la provincia del Magdalena, en la cual reside el Gobernador. Ella, con Barranquilla y Cartagena son las ciudades más civilizadas del litoral norte. Se encuentran algunas buenas familias y una sociedad bastante agradable.

Inmediatamente me fui para un hotel; estaba muerto de hambre.

Nada que comer; las tiendas estaban cerradas, al cabo de muchas dificultades obtuve unos huevos y un pedazo de pan.

Puse al mal tiempo buena cara y sin más tardanza me instalé en la pieza que me habían reservado.

El mismo confort de siempre: cuatro paredes blanqueadas con cal... hace una decena de años, un catre sin mosquitero (a Dios gracias) una silla, una pequeña mesita con un platón encima.

Dormí bien sin embargo, y era ya muy tarde cuando me levanté.

-¿Cuando saldrá una goleta para Riohacha? fue mi primera pregunta a la hotelera.

-Una salió anteayer, me contestó.

Naturalmente no podía ser diferente. ¿No es esto la historia eterna de la vida?

-¿Y dentro de cuántos días habrá otra?

-Cuatro o cinco, señor

-Gracias.

En realidad esto me daba la posibilidad de hacer algunas excursiones: por eso no me sentí enfadado.

Para reponerme de las fatigas y emociones del día anterior, resolví bañarme en el río “El Manzanares” el cual corre a un kilómetro de la ciudad. Me indicaron el camino.

Ya otros bañistas, de ambos sexos se me habían adelantado. Lo que me sorprendió fue ver que se desconocía en la principal ciudad de la costa norte de Colombia el uso del vestido de baño, los hombres y las mujeres se bañan en grupos a pequeña distancia los unos de los otros, escondidos por bosquecillos que crecen en la orilla. Se trataba  para mí de no irme a equivocar de lado. Un rincón del cuadro que entreví no me dejó ninguna duda.

La costumbre de bañarse desnudo se explica muy bien. Proviene del pudor exterior, excesivo, exagerado, que es la regla del buen gusto, en sociedad.

Jamás en efecto, nadie se permitiría unas miradas indiscretas, inmediatamente sería uno considerado como un grosero personaje.

Esa educación social, esa convención protege mejor las costumbres que la ley. No crean sin embargo que por esto cada  individuo sea digno del premio Montyon.

Esto me hace recordar una anécdota personal que me aconteció algunos meses más tarde en Treinta, en los alrededores de Riohacha. No puedo resistir el contársela.

Una mañana yendo hasta el río para bañarme, unas lavanderas estaban lavando ropa, las piernas dentro del agua, y las enaguas recogidas arriba de las rodillas, me había puesto como de costumbre mi vulgar vestido de baño y respiraba el aire fresco antes de botarme al agua, cuando oí carcajadas femeninas, joviales exclamaciones. Se retorcían de risa, perdonen la expresión trivial. Me volteé; eran mis lavanderas quienes, poco acostumbradas a ver un hombre bajo ese corto y púdico vestido de baño, tuvieron ése acceso de loca hilaridad. Ese vestido de baño les parecía tan extraordinario que seguramente pensaron que estaba lisiado.

Al regresar a Santa Marta, fui al mercado como acostumbraba hacerlo en cada ciudad nueva a la cual llegaba. Además del atractivo de lo nuevo y la curiosidad de la vista es allá, donde mejor se puede estudiar la fisonomía y el carácter de una localidad.

Y, si el conjunto del país es bello, forzosamente se debe encontrar en él también algunas muestras.

Mi esperanza fue decepcionada, las mujeres del pueblo son idénticas a las de Barranquilla.

La ciudad por sí misma no es bonita, con sus antiguas casas españolas descuidadas, sin pisos la mayoría, pero su situación en el centro de una media-circunferencia de montañas que la dominan y protegen es realmente magnifica.

Las autoridades locales quisieron darle el sello de ciudad principal, de capital de departamento del Magdalena. Para eso, la gran plaza posee una pila pública sobre la cual domina una pequeña estatua de mujer, un pequeño jardín dos veces más grande que la mano, público también, pero de nombre solamente pues siempre está cerrado, y un amplio andén de por lo menos tres metros con cincuenta, a lo largo de ese pequeño jardín.

Es el bulevar del sitio. Y allí es donde los días de música, pues hay música el jueves y el domingo a las ocho de la noche, si mis recuerdos no me engañan, en ese sitio, digo, los personajes importantes se dan un baño de popularidad en compañía de sus familias. Todo el mundo parece coincidir en que es divertido. Tengo la misma opinión, es divertido... para los que miran.

El puerto es notable y seguro, bien abrigado de todos los vientos. Sus aguas profundas desde la orilla proporcionan a los barcos de alto tonelaje la facultad de atracar cerca al pequeño muelle establecido por la Compañía del Ferrocarril.

La entrada es soberbia con su alto morro saliendo de las aguas, tal como un centinela avanzado, y su muralla de montañas que la encierran por la derecha y la izquierda.

Sobre el morro un faro brilla hasta ocho millas, dentro del mar.

También había leído en no recuerdo que libro que Santa Marta conserva descendientes de españoles, en los se encuentra la pura belleza andaluza, con los  ojos negros aterciopelados, con largas pestañas, con la mirada lánguida, espesa cabellera, y formas opulentas arqueadas. Aquella variedad totalmente desaparecida y que probablemente no existió sino en la imaginación de jóvenes entusiasmados o de artistas enamorados.

Los jóvenes de Santa Marta o las samarias son ciertamente muy amables y seductoras, pero no se parecen en nada a nuestras mujeres de Europa.

De constitución delicada, por lo general, lo que hace su encanto, es su suavidad y su aire bondadoso.

Dos días después de mi llegada, fui invitado a un baile privado organizado para festejar el “cumpleaños” de la señorita X... en sus 18 años.

A pesar de su cordial amabilidad vacilé en aceptar la invitación, pues mis conocimientos de la lengua castellana eran mínimos. Pero la invitación me fue reiterada con tanta gracia que mandé una carta de agradecimiento y aceptación a la señorita X.

No vi al entrar en su casa sino una fila de faldas blancas. Después de haber presentado mis respetos a la dueña de casa y saludado en redondo a toda esa juventud bulliciosa, me situé en un rincón para mirar con comodidad esa pequeña reunión. Mi calidad de extranjero, de francés me valió a ratos algunas miradas a escondidas, pero siempre de manera discreta y muy reservada. No veía sino dos grandes ojos negros, bonitos, medio escondidos detrás de un abanico.

Nos pusimos a bailar. La orquesta estaba compuesta de dos violines, dos mandolinas, una o dos flautas.

La contradanza es casi desconocida; únicamente la polka y el valse alternaron en la velada.

Las jóvenes samarias son muy graciosas bailando.

Sus aires de danza tienen una melodía particular, alguna cosa de ternura y melancolía, alguna cosa de lágrimas y caricias, un ritmo suave y lento, un acento turbador en una palabra.

A media noche, me retiré, satisfecho por las atenciones recibidas, por parte de todo el mundo; la acogida fue de las más simpáticas.

Al día siguiente alquilé un caballo para ir sucesivamente a “Mamatoco”, “Bonda”, “Masinca” todas aldeas actualmente sin importancia, situadas en la sierra Nevada y sobre las cuales no hay nada que señalar.

La única cosa curiosa que vi en mi ruta fue la propiedad de “San Pedro” donde el general Bolívar, el héroe de la Independencia, pasó los últimos años de su existencia y donde murió. Me mostraron su habitación y un grueso árbol del jardín, bajo la sombra del cual iba con frecuencia a leer y descansar.

A mi regreso, la hotelera me informó que en mi ausencia una goleta de Riohacha había anclado y que, dentro de dos días, debía salir.

Aquella noticia fue para mí muy agradable. No me aburrí en Santa Marta, pero no olvidaba mi objetivo, mis famosos indios Guajiros.

La salida se fijó para el sábado por la noche a las 8p.m.

Fue de una escrupulosa exactitud: a las 7 1/2 p.m. para tener la seguridad de no perderla, estaba ya a bordo.

La goleta era un pequeño buque de comercio costero, de 40 toneladas más o menos, de dos mástiles y muy bajo sobre el agua.

Por camarote me ofrecieron una pequeña cabina móvil situada en la popa del buque, cerca al timón; era una especie de caja larga de unos 0.80 cmts. de altura, pudiendo servir indistintamente como gallinero o jaula para conejos, según la elección.  Ancha, a lo sumo de 0,60 cmts. era demasiado corta para mí, por lo menos en un pie. Me era imposible moverme y debía además tener las piernas plegadas en dos.

¡Usted puede imaginar mi martirio!

A falta de colchón seguía extendiendo mi cobertor.

Hacia las 8 1/2 oí el ruido significativo de cadenas; salíamos. Miré al cielo, era estrellado.

Esto me pareció un buen augurio; tendremos una travesía.

-¿Cuándo podremos estar en Riohacha? pregunté al capitán.

Pasado mañana, por la noche, lunes o martes por la mañana, según todas las probabilidades.

Riohacha está a 90 millas más o menos de Santa Marta y tendremos que permanecer tal vez tres días en el mar...Había que tomar el mal con paciencia, ¿qué más hacer?

Fui a encarcelarme en mi camarote, debería decir, “a mi jaula” a esperar el sueño...

Durante una hora, o dos, no sé con precisión, me meció el movimiento bastante regular del barco sin experimentar ningún  malestar. Hasta logré principiar a dormir, cuando de repente, me sentí proyectado contra la pared izquierda, después sobre la derecha sacudido como en una cesta para escurrir ensalada.

Nuestra  pequeña goleta se balanceaba horrorosamente, el mar estaba agitado, debíamos encontrarnos alrededor de la “Punta Aguja”.

Me habían avisado.

Convencido de que ahora me sería imposible cerrar los ojos, y sintiendo ya muy bien que mi estómago no se acostumbraría nunca a esa gimnasia imprevista, resolví salir fuera de mi jaula, con la secreta esperanza de que el frío aire de la tarde podría vigorizarme. Al momento preciso de abrir la puerta, tal como Noé en su arca, para apreciar el estado de las aguas, una ola enorme saltando por encima del empalletado cayó sobre el puente, limpiando todo, rociándome, bañándome como si estuviera en la ducha. No podía vacilar, tenía a la fuerza que levantarme y sacudirme. Pero a pesar de agarrarme a los cabos, no podía quedarme parado, las olas siempre más fuertes barrían todo. Regresé a mi “hotel” era lo más razonable.

Al día siguiente, domingo, por la tarde, el mar se calmó, teníamos buen viento e íbamos ligero. Saqué otra vez la nariz fuera, tenía todo el cuerpo dolorido y las piernas casi paralizadas.

El lunes pasó sin incidentes.

El martes por la mañana un marino trepado al mástil delantero gritó: “Riohacha” Había visto la torre de la iglesia.

No es sino un puntito, después ese punto crece, se vuelve preciso, otras casas aparecen, la ciudad entera, al fin se dibuja. Nos acercamos, ya no quedan sino algunas millas, y los vientos nos empujan siempre bien.

No tengo sino el tiempo necesario para arreglar mis cosas, ¡uf! llegamos, el buque atraca.

Riohacha, se extendía a 500 metros frente a nosotros con su fila de casas con la fachada hacia la orilla.

 

Continuar

Indice