Riohacha y los Indios y los indios guajiros
Hanri Candelier

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CAPITULO X
( 2 Parte)

Un año en Yosuru - Principales castas indias -Carácter de los indios - Sus leyes – Costumbres y Usanzas

 

Si una epidemia se produce en una ranchería, los indios la atribuyen a la presencia de un espíritu maléfico, de un enemigo muerto, del diablo en una palabra, “Yoruja”. Por lo tanto tienen la costumbre en este caso, de colgar de los techos de sus ranchos y árboles de los alrededores, una cuerda provista de anzuelos en una de sus extremidades, para que ese diablo venga a engancharse en ellos.

Si varios decesos se producen, no es raro ver incendiar los ranchos de los difuntos o por lo menos abandonarlos.

Si un indio tiene fiebre dirá, que es un muerto entrevisto durante la noche el responsable. Si tiene violentos dolores de cabeza, será una puñalada que había recibido del muerto durante el sueño. Es supersticioso en el más alto grado.

Si al salir de su rancho para visitar a un amigo en una aldea vecina, oye, en el camino el canto de un pájaro llamado “Setkoi” que se parece a un “Tchiou” se convencerá que no encontrará a nadie y debe regresar a su casa.

Si, al contrario, el canto es de otra ave, “Uchecherr” que grita “Tetou, tetou” seguirá su camino seguro de encontrar al amigo que le está esperando.

Los cocinas, me afirmaron, tienen la costumbre de matarse por causas muy fútiles. Así por ejemplo, cuando un cocina al pasear mata un pequeño pájaro y su compañero lo reprende por esto, le hundirá, sin decir nada e inmediatamente una flecha envenenada en el pecho.

Los indios usan amuletos para preservarse de las enfermedades o para curarlas; uno es una piedra de jaspe, roja, en forma de dije llamada “kasushi”. Las cuelgan de los collares que llevan al cuello y tienen en sus propiedades curativas una absoluta confianza .

La lengua guajira es poco conocida hasta hoy. El Padre Celedón, sacerdote colombiano, publicó en Maisonneuve, en París, una gramática y vocabulario bastante extensos.

Desgraciadamente se encuentran un gran número de errores y es casi imposible con el solo libro aprender el idioma. Las palabras son numerosas, mucha consonancia en ka, en shi, tu, y a pesar de esto, no es desagradable al oído. No diré sino una sola palabra: se puede escribir mucho sobre ese capítulo.

Los instrumentos de música son muy primitivos.

Los indios no conocen sino el tambor, “kasha”, hecho con una madera liviana y templada por medio de tiras de cuero torcidas, un silbato de doce a quince centímetros, “Más” un oboe de caña, una bola en la cual se sopla para producir dos sonidos, “Huanai” una especie de violín en forma de arco, “Tirirai” y en fin una pequeña guimbarda de hierro, “Trompa” que compran en Riohacha.

El guajiro no es músico, y no sabe sacar de sus instrumentos ninguna frase musical. Son sonidos sin ilación, sin idea, tales como puede hacerlo un niño soplando en su flauta, dejando sus dedos errar sobre los huecos al azar. Para convencerse basta con oírlo cantar.

Tiene un ritmo único y monótono, utilizando dos o tres notas. Es una canción triste.

Su arma es el arco y la flecha. Algunos poseen armas de fuego, Rémington, fusil de chispa o de pistón provenientes de colombianos, venezolanos o habitantes de Curazao. Saben usarlo con tino.

No puedo evitar hablar del veneno que usan para sus flechas.

Está compuesto por materias vegetales podridas. Echan en una calabaza varios reptiles muertos de los más venenosos, víboras, serpientes de bejucos, sapos, escorpiones, etc. y los dejan podrir. Pronto se forma un líquido viscoso amarillo oscuro en el cual remojan la punta. Esa flecha tiene además la particularidad de tener una muesca circular a la punta, hecha de tal manera que la parte inútil de la flecha se rompa al tocar la meta y el dardo queda en la herida sin que se lo pueda quitar.

A la edad de los cinco o seis años, los jóvenes indios aprenden a usar el arco y pronto adquieren, como sus mayores una gran destreza.

Los chicos en su juventud se distraen jugando con un trompo, “Chocho” poco diferente de los nuestros: lo cortan con un cuchillo en una madera semejante a nuestro boj y por hierro utilizan un clavo.

También saben lanzar piedras con una honda, “Hunaia”, el fondo está constituido con una pequeña red trenzada con pita, o “Makui”.

Las niñas juegan con muñecas de tierra cocinada, “Guayonquera”.

Los guajiros conocen dos danzas, las dos individuales, en el sentido de que no se enlazan como en nuestro país.

Arriba describí la “chichamaya”, la otra llamada “Cabra” es casi una declaración de amor imaginaria. El hombre hace entender por medio de gestos expresivos a la joven india que se siente enamorado de ella. Es de un realismo que no quiero describir más.

Los bailarines son supremamente graciosos y ligeros.

También conocen las carreras de caballos.

Cada indio rico cree tener una de las mejores razas y por lo tanto invita de vez en cuando, a sus vecinos amigos a luchar con él. Estas reuniones son motivo para organizar grandes fiestas en las cuales el ron y el maíz tiene el papel principal. Cada invitado debe a su salida, llevar como regalo cierta cantidad del uno y del otro.

Los jóvenes de doce a diez y seis años son los jokeys de esas carreras; hay que verlos rivalizar en intrepidez y sangre fría.

El niño chiquito corre desnudo hasta los ocho o diez años.

Para preservarse de los rayos del sol, en viajes, los guajiros acostumbran pintarse la nariz y mejillas; tienen cuatro pinturas principales o afeites:

1-  “La Parisa” ya descrita antes.  

2-  “La Mashuka”, que viene de un hongo de tierra en forma de un pequeño abeto, que produce un color negro.  

3-  “La Guanapai” que es madera podrida y cuyo color es pardo oscuro.  

4-  “La Mapuara” un polvo producido por el árbol “Mapua” del cual hablé ya.

Tienen además un polvo color marrón, el cual, según ellos tiene la propiedad de enamorar. ¿Quiére usted que una mujer le ame o una chica joven? entrégale un poco de ese polvo y se volverá loca por usted. Desgraciadamente perdí el nombre.

No conocen el tatuaje, exceptuando los pequeños signos que se hacen sobre los brazos, en forma de cruz u otras marcas siempre muy sencillas.

Sus utensilios de cocina son: jarras, ollas, cacerolas, platos, todo hecho de tierra cocida, de diferentes tamaños y formas. Tienen para el caldo de maíz la olla “Ushi”; para la crema de leche otra, “Moko”; la jarra para conservar el agua en la casa, “Tenashi”; la pequeña jarra para sacar el agua del río, “Amuchi”; la cantimplora de viaje, en forma de un pequeño barril con una asa, “Shoiché”; la media calabaza para beber, “Ita”; el plato para comer, “Poso”; el plato que sirve de grasera, “Jirala”; la cuchara en forma de espátula, “Posha”; la  calabaza para el camino, “Japuin”.

No conocen ni las sillas, ni las mesas, tienen solamente un pequeño banco, “Turú” cortado en la madera del “Parsua”, y una cama que es una larga tabla situada sobre cuatro patas de 1.50 de alto, “Kaishé”, cubierta con la piel de un becerro.

Duermen en las hamacas de cuerda, “Sori”, tejida con la fibra del agave, “Makui” o en bonitas hamacas hechas con algodón, tejido por las mujeres indias, con dibujos y colores variados “Jamatauré” .

Cuando la joven chica llega al estado de pubertad, la encierran en un rancho durante un lapso de tiempo que varía según su rango, desde unos días hasta algunos meses y es sometida a un régimen especial. Debe entre otras cosas, tomar muchas tisanas, hechas con diferentes plantas recogidas en el monte. Durante ese tiempo la joven india aprende, bajo la dirección de una hábil maestra, a hilar algodón, tejer las hamacas, los mantos y los “suiches” y nadie la puede ver. El día de su salida se sabe que está lista para casarse.

El indio rico se alimenta de carnes, arroz, caldo de maíz, plátanos, leche, queso, pescado, pero no come la carne de cerdo ni de la gallina por considerar que el cerdo es un animal demasiado sucio y repugnante.

El indio pobre se nutre con caldo de maíz y diversas frutas de la región, especialmente las de un gran cactus, “Hiosu” y de otro árbol. “Aipia”.

Los trabajos manuales de los hombres son poco numerosos. Sin embargo saben hacer con cuerdas trenzadas unos sacos llamados “mochilas” pero en su lenguaje indio tienen un nombre diferente según el tamaño y uso.

Los grandes sacos para cargar los asnos de cada lado, se llaman “kacton” y los otros más chiquitos, “susiroche y susrichon”.

La pequeñísima bolsa hecha con hilos de algodón para la moneda se llama “Huoochon” .

Con las crines de los caballos fabrican pequeñas redes, “Amazo y Huoré” para atrapar pájaros, sin olvidar los lazos “Aipiza y Kapuerta” de los cuales ya hemos hablado.

La flora y la fauna de la Guajira son poco numerosas. De la flora hemos visto casi todo lo que existe, en el curso de este relato.

Los principales animales salvajes son el jaguar, el gato tigre, pecarí, venado, conejo.

Las aves de rapiña son los gavilanes de diversas especies que destruyen las serpientes jóvenes y los “Guacao”. Un detalle que noté: estas aves de rapiña no tienen las alas puntiagudas como las de Europa y la envergadura es menor.

Se encuentra también una pequeña perdiz encopetada, que se parece más a gordas codornices por el color y tamaño, los guacos, los cardenales, dos especies de mirlas amarillas y negras, una llamada turpial por los colombianos, la otra imitando el grito de los otros pájaros, llamada por los mismos “Europel”, pequeños loros verdes, cotorras verdes de diferentes tamaños, los pequeños pájaros “Uchecherr y Setkou”, parecidos a gordos gorriones, palomas salvajes, “Yruri”, la tórtola pequeña y grande, con plumas gris-azulado “Huahuachi”, etc.

Las aves acuáticas son las garzas blancas, gris y gris oscura, garzotas, cigüeñas, espátulas con plumas rosadas, flamencos y pequeños pelícanos.

Las serpientes son más numerosas, hasta en la llanura: boa; cascabel; coral rosada, rayada de negro, boquidorada; las serpientes de bejuco y una gran variedad de lagartos.

Tuve la oportunidad durante mi viaje de matar muchos de estos animales y aves.

Traje vivos varios ejemplares a Francia, para el Museo de Historia Natural. Ninguno de ellos figuraba aún.

En fin, terminaré mi relato con algunas leyendas raras guajiras y que trascribiré tal como me las contaron.  Encontramos un fondo de inocencia y una vaga analogía en la primera de estas leyendas con los principios de nuestra religión, el fruto prohibido.

Ellos creen que Dios, en el tiempo, tenía una mujer; naturalmente, esa mujer era india, no encuentran nada que sea superior a ellos.

Dios la encerró en un rancho sin puertas ni ventanas  llamado”Purashi” (que significa santo, respetable, divino) y nadie más que él la podía ver.

Dios también tenía un esclavo, un indio naturalmente, y le había prohibido ver a esa mujer, advirtiéndolo que si la veía, lo mataría.

Un día, que Dios salió a dar un paseo, le recomendó una vez más a su esclavo no desobedecerle. Pero este, impulsado por una invencible curiosidad, se acercó al rancho tan pronto como Dios se fue y como había un pequeño hueco en la pared, aplicó el ojo, a pesar de la prohibición. Pero al ver esa mujer que era muy bonita todo su cuerno se erizó, dice la leyenda. Aquella mujer lo vio también, le lanzó una mirada que le hizo caer y le mató. Después viendo al esclavo muerto, se fugó.

Cuando Dios regreso, encontró al hombre echando sangre por la boca, la nariz, las orejas, y tuvo lástima de él. Compuso inmediatamente un remedio con un polvo fino, y con él restregó al indio la cabeza y los hombros. El indio resucitó y Dios le regañó por haberle desobedecido.

La mujer espantada por su asesinato, desapareció y nadie la volvió a ver.

La segunda leyenda se relaciona con la tierra:

Los indios creen que la tierra tiene por debajo de ella casas y habitantes y que las mujeres de esa región se abren el vientre para dar a luz.

Aquellos habitantes son, como siempre indios y serían hijos de otros indios de la tierra. He aquí la explicación que dan:

Un día, aquel indio cazaba un venado y no lograba cogerlo. Se puso entonces a hacer un hueco en el suelo, para esconderse, esperando así poder lograr sus fines. Pero el podía hacer el hueco más hondo y siempre el ciervo lo veía. Al fin, a fuerza de excavar pasó al otro lado.

Su mujer inquieta de no verlo se puso a buscarlo y sin dudar de que su marido había pasado por ese hueco fue a  reunirse con él.

De su unión nació la “raza de los indios” de abajo.

Tales son, en resumen las costumbres de ese pequeño pueblo salvaje.

Había vivido dos años y medio, casi tres con él.

Regresé a Europa durante los primeros meses del año 1892.

 

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Vasijas de viaje, Schoiché

 

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