Riohacha y los Indios
Hanri Candelier

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CAPITULO X
( 1 Parte)

Un año en Yosuru - Principales castas indias -Carácter de los indios - Sus leyes – Costumbres y Usanzas

 

Me quedé alrededor de un año en Yosuru, y sus alrededores, cazando mucho y en todas partes, para conocer mejor la fauna y la flora de la región. Visitaba a mis amigos, Kuta, José Cuenta y Cheché con los cuales se establecieron rápidamente lazos estrechos para estudiar con ellos las leyes, costumbres, de los indios.

Supe que los guajiros se subdividían en treinta tribus, castas o familias, todas llevando el nombre de un animal o de un ave. indicaré las diez principales.

 

1-       Los "URIANAS" de la familia del tigre.

2-       Los “PUSHAINOS” de la del pecarí.

    3-       Los “EPINAYUES” de la del corzo ligero.

    4-       Los “EPIEYUES” de la del buitre.  

    5-       Los “IPUANOS” de la del rey de los gavilanes.  

6-                  Los “ARPUSHAINOS” de la del buitre (otra especie). 

    7-                  Los “YUSAYUES” de la de la serpiente cascabel.

    8-                  Los “SAPUANOS” de la de los edienemes.  

9-                   Los “YAYARIUS” de la del perro.  

10-                 Los “HUAURIUS” de la perdiz.

Las otras no presentan ningún interés, pues casi todas viven bajo la dependencia de las citadas arriba.

El pobre, entre ellos, se considera como un paria; no goza de ninguna consideración ni crédito.

Cada ranchería tiene un jefe, “raura” o “laura”, un cabo, dicen los colombianos. Es el encargado de cuidar la defensa común, es el jefe designado en caso de guerra; fuera de esto, no tiene ninguna autoridad particular. Es generalmente el más rico.

Las principales tribus indias, por la fortuna son los Urianas, Epinayues y Arpushainas.

Estas diversas castas están diseminadas en todas partes de la Península. Los Epinayues y los Epieyues, habitan las llanuras que se extienden entre el río Calancala y Manaure o Acuoro en la costa oeste.

Sin embargo se encuentran Epieyues en la cadena del Macuira; Urianas al este de las montañas del Cojoro; Arpushianas al sur; Ipuanas en la llanura, entre los montes Aceite y la punta Espada.

Los peligrosos Jusayues que no tienen una fama mejor que sus vecinos los Cocinas, habitan en el sur de los montes Cojoro y la parte comprendida entre el pico de la “Teta” y los montes Oca.

El sitio donde se debe establecer una ranchería se escoge con cuidado: uno de los ranchos se construye siempre sobre una eminencia, para poder ver a lo lejos. y los otros se hacen a alguna distancia, con frecuencia tapados por árboles. Esa medida tiene por objeto, en caso de ataque, impedir a los indios de ser sorprendidos de imprevisto y por lo tanto toda la casta ser exterminada.

Igualmente un indio rico no tendrá jamás todos sus rebaños con él, los repartirá en varias aldeas.

El indio guajiro tiene una robusta constitución. De estatura mediana, los hombros anchos, el pecho y los miembros corpulentos y las piernas fuertes. Es un caminante infatigable y puede soportar muy bien el hambre y la sed.

Cuando tiene muchos alimentos a su disposición come todo lo que puede absorber; se levanta también de noche para acabar lo que había dejado.

Pero sabe también abstenerse y quedarse un día o dos en ayunas si no tiene nada que comer. Sobre ese punto tiene algún parecido al caimán.

La cara es generalmente redonda, el pelo grueso y negro, espeso, cayéndole sobre los ojos, especialmente en las mujeres; la barba rala, la piel de color café con leche claro. La nariz es con frecuencia amplia y chata, la boca grande, la mirada como su comportamiento, es orgullosa.

Se considera demasiado importante para dedicarse a un trabajo. Eso es para la mujer.

Recordaré toda la vida la contestación que me dio un día un joven indio de trece o catorce años, en mis primeros tiempos en la península.

Ignorando totalmente las costumbres en esa época. pedí al muchacho llevar sobre el hombro mi máquina de retratar que me molestaba; me contestó con orgullo, mirándome de pies a cabeza, con una expresión de desprecio inolvidable: ¡“No soy una mujer”!

Nadie se preocupa nunca por ella; si acompaña al marido fuera, es ella quien llevará toda la carga. Si se ofrece de comer al indio, la mujer no recibirá sino lo que quisiera darle su señor y amo.

El indio no se agachará nunca para recoger alguna cosa si lo puede hacer con el pie.

Tiene una vista extraordinaria, y es lo que me hizo decir al principio de este relato que el guajiro nació para la ganadería; jamás pierde un animal en su ranchería. Si un buey, caballo o mula falta por la tarde, por haberse apartado para pacer un poco lejos, el vaquero indio seguirá su pista sobre la arena, hasta en la noche y lo volverá a traer al rancho.

También tiene una gran calidad para vigilar un rebaño: es muy paciente.

El indio es muy buen jinete. Muy ducho para domar, para amaestrar por ejemplo una mula que no ha sido aún montada y que vive en plena libertad. Después de pasarle el nudo corredizo, le pasa acariciándola una lonja muy larga, hecha con tiras de cuero trenzadas “kapureta” y la ata corta a un poste sólido. Siempre acariciándola le pone una silla sobre el lomo y atando una cuerda a la altura de los corvejones, la inmoviliza; la bestia es así encerrada fuertemente. Después, mientras se monta llama a un compañero encargado de desatar suavemente el animal y tener la lonja con una mano firme.

La mula al sentirse libre, generalmente sale disparada y mientras el jinete trata de dominarla como puede, el otro indio corre detrás reteniéndola con toda su fuerza con la “kapureta” para impedir el desbocarse.

El guajiro tiene tres defectos capitales: es borrachín, vindicativo, interesado. Estos tres defectos constituyen la característica de su raza.

Es de carácter suave, se vuelve todo lo contrario cuando ha bebido, con frecuencia es malo o triste. Es también hospitalario por naturaleza, y en su casa el huésped es inviolable.

Desde el momento que ha pasado la entrada del rancho, hasta si es un enemigo, hace parte de la familia, y se le protege igualmente.

Si no hay más que una hamaca en la casa, aquella le será reservada, el amo dormirá en el suelo.

Donde los indios Aruaques de la Sierra Nevada no recibirá usted ni un vaso de agua.

Les gusta el aguardiente mas allá de toda expresión, especialmente la embriaguez que produce: es el vicio predominante.

¿Cómo quiere que el indio no sea vengativo e interesado cuando la venganza y el interés son la base de sus leyes y se le enseña al niño, tan pronto como alcanza la edad de la razón, a vengar a su padre, indicándole el nombre del asesino?

Igualmente si ocasionó una herida, un accidente, un prejuicio, aún involuntariamente, tiene que pagar a la víctima el precio de la sangre, reparar el mal causado, proporcionalmente al daño y a la calidad del ofendido.

No se conocen sino dos castigos, la muerte y el despojo de sus bienes.

El indio busca siempre, salvo en casos excepcionales, transigir amigablemente. Para tal efecto mandará al ofensor dos mensajeros encargados de hacer valer su reclamación “Amangna eshi” (vengo a recibir). Si se niega a pagar, la víctima y los suyos se van al sitio donde pacen los rebaños del culpable y se apoderan de una parte, que llevan hasta su ranchería. Aquella captura tiene por objeto entrar en un arreglo. Si él consiente en el pago, el ofendido conservará el número de cabezas de ganado convenido y devolverá el resto.

En caso de que el autor del delito no tenga ningún bien, todos sus parientes del lado materno serán como él responsables de la falta y solidarios con las consecuencias.

Un día, un indio vino trayendo dividivi y cueros a un habitante de Riohacha. Este, para agradecerle le dio algunos tragos de ron y hacia la tarde el indio totalmente borracho queriendo cruzar el río “Calancala” para regresar a su rancho se ahogó. Fue imposible encontrar el cuerpo. Los parientes vinieron a reclamar el valor, el precio de la sangre al rio-hachero, por dos razones: la primera porque el pariente murió al servicio de un civilizado, en el curso de un trabajo que le había encomendado; la segunda porque el ron fue la causa de su pérdida.

El civilizado para evitar represalias y una multitud de disgustos tuvo que pagar. Afortunadamente el difunto era pobre y el pago fue reducido. Si no hubiere pagado, estos indios habrían podido matar al primer colombiano que hubiesen encontrado en su camino, siempre en función de su ley bárbara: “el colombiano lo hizo, el colombiano pagará”. El inocente paga por el culpable.

El mismo principio de venganza y de interés rige en el matrimonio.

Si la mujer muere durante el parto, el marido debe pagarla por segunda vez a su familia, como si la hubiera asesinado voluntariamente; siempre el “precio de la sangre”. Al contrario se produce si la mujer da a luz un niño muerto. En este caso es el marido quien debe recibir la indemnización del perjuicio.

Igualmente pasa cuando un accidente afecta al niño durante sus primeros años, la madre es responsable de sus descuidos.

Cuando un indio maltrata a su mujer, aquella por venganza va a veces a colgarse de un árbol para que su marido tenga por obligación que pagar una segunda vez a su familia.

La misma cosa se produce a veces cuando la madre pega o insulta a su hija casada; aquella para vengarse, se mata, y así obliga a su madre a devolver a su marido todo lo que de él ha recibido.

La mujer es muy respetada por los guajiros, aunque sea considerada como un ser subalterno.

Ella puede ir a todas partes con plena seguridad, hasta cuando es joven chica. Nadie abusará de ella para no exponerse al rigor de las leyes.

Hablo siempre, evidentemente de la clase rica.

Si un indio viola y rapta a una joven india para hacerla su mujer, tendrá que pagar dos veces a su familia; una vez por la injuria del rapto, otra por el precio de la dote, de la venta, si se quiere.

Pero si fuera un pobre el autor de ese rapto, con toda seguridad sería muerto, a menos que sus parientes reunidos consigan el valor exigido.

Por esa seguridad, la mujer es para los indios la mejor guía y más segura. Se puede ir con ella impunemente por el país, especialmente si pertenece a una casta poderosa.

Me citaron el caso de un hermano quien sospechando que su hermana era la amante de un pobre, vino de noche, a esconderse detrás del rancho del seductor. Cuando estuvo seguro de que no se había equivocado le mató y despojó a su hermana de todos los bienes.

Nunca se debe pronunciar frente a un guajiro el nombre de uno de sus parientes fallecidos. Habrá que pagarle una multa proporcional a la calidad, situación del difunto, por la pena que se supone haberle causado.

Si un indio tiene una herida aparente, absténgase de  preguntarle al respecto, sería considerado como una ofensa que usted deberá reparar con un regalo cualquiera el prejuicio moral sufrido por él.

La poligamia es admitida. Un indio puede tener tantas mujeres como pueda pagar: puede también repudiarlas y venderlas a otros sin que eso sea considerado como un insulto.

Si una de ellas es infiel, lo que o se ve casi nunca, (-la fidelidad es una virtud esencial de la mujer guajira-), puede hacerse devolver, por la familia, el precio de la venta de la dote.

 

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