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Riohacha y los Indios
Hanri Candelier
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO 1
COMO ME VOLVI EXPLORADOR
Desde mi juventud, he tenido
inclinación por los viajes.
Por lejos que puedan reportarse
mis recuerdos, no olvidaré que mi mayor felicidad, en la velada era la de devorar, no
puedo usar otra expresión, las aventuras de Robinson Crusoe muy especialmente y
también los cuentos de Fenimore
Cooper!
¡Ah! ese pobre Robinson, en
su isla, cuánto cautivó mi imaginación infantil. Cuántas veces leí y volví a leer
ese libro que se puede llamar clásico, y cada vez con un placer renovado. Y su pobre Vendredi,
ese fiel compañero, ¡cuánto le amaba! Le dediqué una afección agradecida.
Me sentía mas feliz aún, cuando un viejo tío, antiguo
capitán en los Ejércitos del Primer Imperio, venía a pasar algunas semanas con mi
familia. Que fiesta para mi era oírlo contar sus campañas. No tenía bastantes orejas
para escucharlas. Me cogía sobre sus rodillas y entonces las preguntas no acababan nunca.
Le interrogaba sobre todo al mismo tiempo: sus contestaciones no llegaban nunca lo
bastante rápido, ni eran jamás lo suficientemente completas. Debía entrar en los más minuciosos detalles,
sobre las guerrillas Españolas, las emboscadas, los peligros de cada momento: sobre la
retirada de Moscú, las estepas de Rusia, al paso de la Beresina, etc... etc.., él debía
citarme todas las ciudades que atravesó, las batallas en las cuales participó. Me
estremecía de emoción y esa emoción crecía con los peligros.
Más tarde en el colegio, buscaba
como camarada a jóvenes que tuvieran los mismos gustos que yo; casi siempre, nuestras
conversaciones trataban del mismo sujeto, mutuamente nos llenábamos la cabeza.
Con mi vecino de salón, entre
otros, hacíamos maravillosos proyectos. Al terminar nuestros estudios, debíamos recorrer
juntos el mundo, ir al África, al Asia, desde Asia a Oceanía y también hacia las dos
Américas.
Luego, como sucede siempre, estos
lindos sueños desaparecieron como el humo.
La familia se interpuso.
Decidieron que yo estudiaría
Derecho y sería Abogado.
Tuve que resignarme.
Los años pasaron: ya había
renunciado totalmente a una carrera, para mí llena de atractivos, cuando por medio del
más grande de los azares, un encuentro imprevisto vino a reanimar todos mis sueños de
antaño, todos mis deseos, y cambiar momentáneamente el aspecto de mi existencia.
A fines de octubre de 188 ...,
callejeaba
filosóficamente por los grandes bulevares, deseoso de aprovechar los últimos y cálidos
rayos de un lindo sol de otoño, cuando vi acercarse a mí, y tenderme la mano, a un
hombre joven, de unos 35 a 36 años, con rasgos amarillentos y enfermizos, con el
semblante triste y flaco de un convaleciente.
¡Como me siento de feliz al
encontrarte mi querido amigo, me dijo, hace mucho tiempo que dejamos de vernos!
Me quedé un poco desconcertado,
le confesé, por ese apóstrofe imprevisto y miré atentamente a ese señor de pies a
cabeza sin poder meter a primera vista, tal como se dice vulgarmente, un nombre sobre su
cara.
Pero él insistiendo:
-¿ No me reconoces?
Esta vez el sonido de su voz me
golpeó.
-Ah,
mi pobre X... contesté, perdóname; me has cogido de imprevisto, que en el primer
momento...
Era él, en efecto, el amigo X ...
mi antiguo compañero del colegio, mi vecino en el salón de clases, pero Dios ¡cómo
había cambiado, el pobre muchacho!
Comprendió muy bien mi
vacilación y adivinó mi pensamiento:
-Me encuentro envejecido, ¿no es
cierto?
Me cogió del brazo, y recorriendo
conmigo los bulevares, me contó en pocas palabras sus historias, desde nuestra última
entrevista que databa de hace más o menos tres años.
Llevado por su irresistible amor
por los viajes, salió como ingeniero para el Istmo de Panamá, donde pasó mas o menos 18
meses, y regresó medio muerto.
Esa ausencia no le fue favorable,
las fiebres palúdicas le atacaron seis meses después de su llegada allá.
A pesar de todo, dijo, no puedes
imaginar lo feliz que me siento de haber estado en esas regiones.
Y entonces, durante más de una
hora, me habló con tanto entusiasmo de una raza de indios, aún totalmente desconocida en
Francia, los indios de la península Guajira, me alabó tanto la belleza de esa raza, que
me sentí violentamente conmovido.
-Los conocí, agregó, durante un
mes de permanencia en Riohacha, ciudad situada sobre la costa norte de Colombia, y
separada solamente de estas poblaciones por el río La Calancala.
Mi más grande pesar es no haber
podido estudiarlos en sus hogares. Hay que ver estos hombres, de porte varonil y viril,
con paso noble y altivo, envueltos en sus abrigos al estilo romano, y el tipo de sus
mujeres con formas opulentas y firmes, con rostro suave y resignado. ¡Ah, si
no
estuviera enfermo! Pero tú, porqué no vas, hasta esa región. ¿Qué mejor puedes hacer?
Toda esa parte de la costa colombiana es sana, te lo repito, es una interesante y curiosa
exploración para emprender.
¿Has renunciado a nuestros
proyectos de colegio?
Oh!, no por cierto, si estuviese
libre; pero hoy soy casado, y además ya no tengo veinte años.
-Créeme, mi querido amigo, no
vaciles, un día te felicitarás y me agradecerás.
Con estas palabras nos despedimos
con un cordial apretón de manos.
De regreso a mi casa, esa
conversación volvió a mi mente: no le prestaba, primero una gran importancia. Después, poco a poco, esa idea creció, se impuso,
tomó cuerpo, me persiguió por todas partes, me obsesionó. No podía hacer nada. Tenía
siempre frente a mis ojos las descripciones seductoras hechas por mi camarada X... sobre
estos países tropicales, sus habitantes, esa naturaleza agreste, sobre esa vegetación
diferente de la nuestra, y, mi imaginación ayudando, llegué a representarme estas tribus
lejanas, como una casta aún absolutamente primitiva como especies de atletas.
No soñaba con otra cosa que con
mis Indios Guajiros y sin embargo estuve durante algún tiempo indeciso.
¡Ah!, si estuviese soltero, mi
resolución habría sido tomada rápidamente, pero dejar una mujer buena y consagrada,
niños encantadores y afectuosos, no dejaba de hacerme vacilar.
La lucha entre mi corazón y el
desconocido misterio que me atraía fue bastante dura. Involuntariamente, recordé la
encantadora comedia de Octavio Feullet, Le Village y la escena tan
aflictiva por su sencillez en la cual Rouviere cuenta a su amigo Dupuis su agonía
en una habitación de una posada en Italia, esta soledad, abandono, indiferencia general,
y el cuadro que hace tan elocuentemente de una muerte sin parientes y sin lágrimas.
Hubiésemos dicho que tuve la intuición de la horrorosa
enfermedad que me debía alcanzar.
En fin, un buen día, de acuerdo
con mi familia, mi viaje se decidió. Merced al apoyo de uno de mis mejores amigos del
Ministerio de Instrucción Pública, una misión de estudios etnográficos en Colombia.
Y el 1° de julio de 188...
provisto de todo el equipaje necesario para un explorador me embarqué, lleno de coraje y
esperanzas a bordo de uno de los vapores de la Compañía Trasatlántica, con destino a
Savanilla.
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Panorámica
de la Gaujira
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Mujer de
Martinica
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