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DEDICADO
A LOS PERIODISTAS DE LAS REPÚBLICAS
COLOMBIANAS,
EN
TESTIMONIO DE CONFRATERNIDAD CORDIAL.
París,
Octubre 3l De 1861.
EL AUTOR.
AL
LECTOR.
El
rápido Ensayo que se va á leer no es más que un bosquejo del plan metódico que, en
nuestra opinión, conviene seguir cuando se quieren estudiar con atención y provecho los
fenómenos de la vida social y política de los pueblos colombianos ó
«hispano-americanos.» Es con este carácter que, sin la pretensión de tratar á fondo
las complicadas cuestiones que tan vasta materia comporta, nos permitimos presentar al
lector, reunidas en un pequeño libro, las reflexiones que hemos publicado, en forma de
artículos, en un notable periódico de Londres, el Español de ambos mundos.
Hemos
creído que debíamos mantener en este Ensayo todo lo que indica su espontaneidad,
modificando apenas las locuciones de periódico, y conservando lo demás tal como salió
de nuestra pluma, obligada por las necesidades del periodismo á improvisar
frecuentemente, y aun á someter muchas veces el vuelo del pensamiento á las
restricciones de cierta medida. Si el plan y las tendencias de este Ensayo merecieren la
aprobación del lector, es probable que algún día nos creamos estimulados á emprender
un trabajo de considerables proporciones sobre la historia crítica general de la
colonización y de las revoluciones de la América española, si es que no sentimos
nuestras fuerzas demasiado inferiores á la
magnitud de la obra.
Para
completar, en lo posible, nuestro Ensayo, hemos creído conveniente añadir al estudio
principal la traducción de otro que en 1860 presentamos á la Sociedad de Etnografía de
París y que ha sido publicado, en francés, en la revista mensual que le sirve de órgano
á esa ilustrada corporación. Refiriéndose ese trabajo particularmente á la
Confederación granadina, es en cierto modo el corolario de las reflexiones generales
relativas á los pueblos de «Colombia.»
Esta
última palabra exige una explicación de nuestra parte. Hemos creído tener plena razón
para iniciar en la prensa una innovación en la terminología histórico-geográfica del
Nuevo Mundo.
Hasta
ahora la parte continental de América, al sur del istmo de Panamá ha sido
llamada América del sur ó meridional, y el conjunto de las antiguas
colonia continentales de España, América española. Esto implicaba la
clasificación del mundo americano en varias Américas y podía evitar toda
confusión, aunque las denominaciones eran infundadas en parte. Pero los ciudadanos de la
Confederación del Norte llamada «Estados Unidos,» se han arrogado para sí solos, y con
razón, el nombre de Americanos, como expresión de su nacionalidad política,
así como designan con el nombre general de América la Confederación
fundada por Washington. La Europa ha aceptado tan decididamente esas denominaciones, que
estas no solo son habituales para los escritores europeos, sino también en el lenguaje común. Posteriormente, con motivo de la guerra
civil de los «Estados Unidos,» la opinión ha establecido la distinción de América del
Sur y del
Note entre las dos
Confederaciones beligerantes; y de este modo, ó el lenguaje producirá gran confusión,
ó los antiguos sur-americanos (de origen español en gran parte) tendremos que
perder nuestro nombre.
Creemos que los ciudadanos de los Estados Unidos
acaso por un sentimiento de orgullo, han comprendido mejor la justicia de la historia que
los que le dan á todo el Nuevo Mundo el nombre general de «América. » Esta
denominación ha defraudado la gloria de Cristóval Colomb, y atribuídole al descubridor
secundario, Amerigo Vespucci, lo que no le pertenece. La justicia exige que el
mundo moderno restablezca la clasificación histórica; tanto más cuanto que así
desaparecerá toda confusión en las denominaciones. Por tanto, nos permitimos proponer (y
damos el ejemplo en este escrito) que en lo sucesivo se adopte la siguiente clasificación
:
COLOMBIA, la parte del Nuevo Mundo que se
entiende desde el cabo de Hornos hasta la frontera septentrional de Méjico;
AMÉRICA,
lo demás del continente. De esta manera, Colombia admitirá dos clasificaciones:
una geográfica, que comprenderá á Colombia meridional (del cabo de Hornos al
golfo de Darien y las bocas del Orinoco); Colombia central (los istmos de
Panamá y « CentroAmérica » ); Colombia septentrional (Méjico), y Colombia
insular (los archipiélagos de las Antillas ó del mar Caribe); y otra clasificación
etnográfica, que comprenderá las diversas « Colombias, » española,
portuguesa, francesa, británica, holandesa, etc.
En
cuanto á la América, ella se prestará fácilmente á las mismas clasificaciones, y no
habrá injusticia ni confusión en los términos.
Como
en el curso de este Ensayo aludimos frecuentemente á la antigua república de Colombia,
que se disolvió en 1830, y á los colombianos, como ciudadanos de ella,
escribimos, los dos nombres en letra cursiva para evitar toda confusión.
París,
octubre 31 de 1861.
J.M.S.
INTRODUCCION
Nociones erróneas en Europa respecto de Colombia.
Por qué se ha descuidado el estudio de la condición social de las repúblicas
colombianas. Inconsecuencia en las apreciaciones
hechas.
Objeto de este Ensayo.
Las
repúblicas colombianas son un verdadero misterio para el mundo europeo, sobre todo bajo
el punto de vista político-social. Acaso son algo peor que un misterio, un monstruo de
quince cabezas disformes y discordantes, sentado sobre los Andes, en medio de dos océanos
y ocupando un vasto continente! A Europa no llega jamás el eco de las nobles palabras que
se pronuncian, la imagen de las bellas figuras que se levantan, ni la revelación clara de
los hechos buenos y fecundos que se producen en Colombia! No: lo que llega es el eco
estruendoso y confuso de nuestras tempestades políticas, la fotografía de nuestros
dictadores de cuartel ó de sacristía, las proclamas sanguinarias ó ridículas de
nuestros caudillos
de insurrecciones ó reacciones, igualmente desleales! Y como
Europa no nos conoce sino en virtud de esos datos, ella ha llegado á concebir una
opinión respecto del mundo colombiano que, sin exageración, se puede traducir con esta
frase: « Colombia es el escándalo permanente de la civilización, organizado en quince
repúblicas más ó menos desorganizadas. »
¡Extrañas
aberraciones en que suelen incurrir las sociedades civilizadas, en su manera de estudiar,
apreciar y juzgar á los pueblos que les son inferiores! Europa ha tenido gran cuidado de
enviar al Nuevo Mundo muchos hombres de alta capacidad, encargados de estudiar la
naturaleza física de nuestro continente.Humboldt y Bonpland (sin contar los sabios
y viajeros del siglo XVIII ), Boussingault y Roulin, DOrbigny y cien más, han hecho
en ese vasto campo estudios y revelaciones de la más alta importancia. El mundo europeo
conoce poco más ó menos las cordilleras colosales, los formidables ríos, las pampas y
los páramos, los nevados y volcanes, los golfos y puertos, la flora y la fauna, la
geología y la meteorología del continente colombiano .Si en sus pormenores curiosos la
naturaleza americana ha sido apenas superficialmente explorada, al menos su conjunto ó
sus formas generales y características no son ya un misterio para las gentes ilustradas
de Europa.
Poco
más ó menos sucede otro tanto en lo económico. Los comerciantes de Londres y Liverpool,
de Hamburgo y Amsterdam, del Havre y Marsella, de Génova y Trieste, de Barcelona y
Cádiz, saben que pueden obtener plata y cochinilla en Méjico, añil y café en CentroAmérica,
oro, tabaco y maderas de tinte en Nueva Granada, café y cacao en Venezuela, sombreros
de paja y cacao en Guayaquil, guano y plata en el Perú, cobre en Chile, quina y plata en
Bolivia, cueros en Buenos-Aires, café en Montevideo, etc. Y esos mismos comerciantes de
Europa saben también á cuáles de nuestros mercados pueden enviar sus telas de algodón
y lana, de lino y seda, sus vinos y otros líquidos, sus metales y artículos de
quincallería y mil otros productos de las manufacturas europeas.
¿Qué
más? ¿ Sabe Europa alguna otra cosa del continente ó el mundo de Colomb? No: ¿para
qué? ¿ Le importa saber algo más? Parece que no, si juzgamos por los hechos. Las
sociedades europeas saben que tenemos volcanes, terremotos, indios salvajes, caimanes,
ríos inmensos, estupendas montañas, mosquitos, calor y fiebres en las costas y los
valles húmedos, boas y mil clases de serpientes, negros y mestizos, y una insurrección
ó reacción á mañana y tarde. Saben también que producimos oro y plata, quinas y
tabaco, y mil otros artículos de comercio. Eso es todo. Pero ¿conocen acaso nuestra
historia colonial, la índole de nuestras revoluciones, los tipos de nuestras razas y
castas, la estructura de nuestras instituciones, el genio de nuestras costumbres, las
influencias que nos rodean, las condiciones del trato internacional que se nos da, las
tendencias que nos animan, y el carácter de nuestra literatura, nuestro periodismo y
nuestras relaciones íntimas? No, nada de eso. El mundo europeo ha puesto más interés en
estudiar nuestros volcanes que nuestras sociedades; conoce mejor nuestros insectos que
nuestra literatura, más los caimanes de nuestros ríos que los actos de nuestros hombres
de Estado; y tiene mucho mayor erudición respecto del corte de las quinas y el modo de
salar los cueros de Buenos-Aires, que respecto de la vitalidad de nuestra democracia
infantil!
El
contraste es bien triste y humillante, y por cierto que lo es más para las sociedades
europeas que para las hispano-colombianas. Podríamos citar cien nombres de naturalistas
que han ido á explorar y estudiar á fondo, en el presente siglo, la naturaleza hispano-colombiana.
No tenemos noticia de uno solo (después del admirable Humboldt, hombre de genio
universal) que haya ido á estudiar detenidamente la sociedad. Mollien (que no hizo
en Colombia estudios, sino colecciones de consejas ridículas) no escribió sino
puerilidades y absurdos. La mayor parte de los viajeros, ó visitando apenas las costas,
ó deteniéndose durante pocos días en algunas ciudades, ó tratando solo con las clases
inferiores de la sociedad, no han venido á propagar en Europa sino errores, nociones
truncas y exageradas, ó extravagancias de que se ríen los lectores en Colombia. El hecho
es que en Europa se ignoran profundamente las condiciones sociales, políticas é
históricas de los pueblos hispano-colombianos.
Pero
¿quién tiene la culpa de que subsista en Europa esa ignorancia? ¿Los europeos? ¿los
hispanocolombianos? Unos y otros, aunque en grado desigual. Por una parte, en cuanto
a los europeos, el espíritu mercantil, el materialismo de los gobiernos, ha buscado
únicamente en Colombia mercados para las fábricas europeas, oro y plata
para los bancos y las tesorerías, y puertos de estación naval como bases de
dominación de los mares, de intrigas y rivalidades políticas y de engrandecimiento
particular. Para eso no se ha creído necesario estudiar la índole de nuestras
sociedades, tratadas como berberiscas. El cálculo ha sido muy erróneo, porque se
olvidaba la base fundamental de todo comercio y de toda preponderancia internacional: el pueblo.
Pero erróneo y todo, ese cálculo es el que ha guiado á la política europea en
Colombia.
Por
otra parte, y esto es más importante todavía, los europeos se han equivocado
deplorablemente en sus previsiones y apreciaciones del primer cuarto de este siglo
respecto de la revolución colombiana de 1810. O la han temido ó la han despreciado sin
fundamento. Unos, desconociendo las leyes que presiden á la aclimatación
de los gobiernos y las instituciones, han creído
que la democracia colombiana, al consolidarse y perfeccionarse desarrollando grandes
progresos, podía tarde ó temprano hacer irrupción en Europa y destruir, ó por lo menos
socavar profundamente los tronos y las aristocracias e instituciones europeas. De ahí la
guerra tenaz de antipatías, desdenes y ultrajes que algunos gobiernos le han declarado
desde 1810 á la democracia colombiana; como si no hubiese entre las condiciones
sociales de los dos mundos una
distancia mayor aún que la que establece el océano entre la naturaleza de los dos
continentes!
Otros
no le han tenido miedo á la democracia
HispanoColombia, sino que (y estos forman la mayoría) la han desconocido de tal modo,
que la han desdeñado creer en su vitalidad, irrevocable, lógica y fatal como una
necesidad para el equilibrio de la civilización y del mundo y económico; democracia
fecunda, dígase aquí lo que se quiera, que no podrá desaparecer sino con la ruina total
de las sociedades colombianas. Los que han desdeñado nuestra democracia han sido cortos
de vista, pero lógicos. Al ver que la revolución de 1810 fué un movimiento súbito,
inexplicable y sin causas, en apariencia, y al considerar la esterilidad de las
revoluciones democráticas en Europa (esterilidad falsa que estamos muy lejos de
reconocer), han creído que en Colombia todo era transitorio y subalterno, que allí solo
se trataba de un cambio de decoraciones: presidentes en lugar de virreyes, congresos en
vez de audiencias, la dictadura de muchos en reemplazo de la dictadura única del monarca
de España. Han creído que en esa nueva situación no asomaba una idea sino apenas
un hecho; que la revolución no era profundamente social, sino meramente política;
que la civilización no tenia interés en respetar esa situación y apoyarla, ó por
lo menos dejarla desarrollarse libremente, y aceptarla como el punto de partida de una
grande y saludable transformación; en fin, que esa revolución republicana podía con el
tiempo producir ó la monarquía constitucional entre nosotros, que fortificase las
tradiciones europeas, ó una disociación que, haciendo necesaria la intervención de
Europa, se prestase á la explotación y la partija, en beneficio de los fuertes que tanto
le habían codiciado á España su dominación en el nuevo Mundo.
Ese
error capital en la manera de apreciar la transformación de Colombia, ha hecho á los
europeos hostiles respecto de nuestras sociedades. Y su hostilidad no ha consistido solo
en suscitarnos conflictos y embarazos é infligimos humillaciones numerosas por cuestiones
ridículas. Han hecho algo peor que eso: nos han desdeñado, prescindiendo del deber de
estudiarnos, despreciando nuestros propios esfuerzos por hacernos conocer, y perdiendo un
tiempo precioso para la civilización.
Por
lo demás una causa poderosa concurría á mantener esas preocupaciones en Europa: la
situación de España. Si el noble país de nuestros progenitores hubiera conquistado su
libertad como nosotros, desde 1812 por ejemplo, se habría elevado en breve al rango de
gran potencia europea, y la práctica de las instituciones libres le habría inspirado un
sentimiento de inteligente benevovencia, aceptando desde temprano nuestra emancipación
como un hecho irrevocable y fecundo, del cual se podía sacar un partido inmenso.
Entonces habría surgido, por la fuerza de las cosas, una gran Confederación social de
España y sus antiguas colonias, fundada en los principios de la libertad, la
independencia, la comunidad de régimen constitucional, literatura, historia, religión,
lengua, raza, etc., y en la mutualidad de concesiones y ventajas. España habría tenido
una preponderancia enorme y fecunda, por su apoyo sobre todo un continente; y nosotros,
sostenidos por el prestigio español, habríamos consolidado en breve una democracia
pacífica, hospitalaria, noble y esencialmente progresista, contando con el respeto del
mundo europeo.
Pero
las cosas no sucedieron así. España, después de salvar su independencia y el trono de
Fernando IV, haciendo heróicos esfuerzos, recibió en recompensa la cadena. Muy luego una
expedición inicua, enviada por el mismo país que había causado las desgracias de
España, fue á restablecer el despotismo, por un momento derrotado; su tercera caída fue
la señal de una guerra civil de diez años, devastadora y sangrienta; y después de
consolidado el régimen constitucional, España no ha podido ocuparse sino en reparar sus
desastres y resistirá las reacciones de los absolutistas. Así, si hasta 1833 su
gobierno, por su naturaleza, no tuvo voluntad para hacer la paz con las repúblicas
hispano-colombianas, entrar en alianza con ellas y levantar al primer rango a nuestra
raza, en la segunda época le han faltado tiempo y fuerza moral para tal
obra. Por eso los hispano-colombianos hemos sentido todo el peso del desdén europeo, y
Europa ha tenido menor interés en estudiar, comprender y tratar á nuestros pueblos como
á la civilización convenía.
Pero
nosotros también hemos hecho, como pueblos y gobiernos, todo lo posible por oscurecer
nuestra situación y retardar el momento en que se nos conociese á fondo. Y no es que
hayamos descuidado las letras y las ciencias hasta el punto de que faltase todo elemento
para juzgarnos. Prescindiendo de nuestra literatura, relativamente brillante en Caracas,
Bogotá, Santiago de Chile y Buenos-Aires, y no poco adelantada en Méjico, Quito, Lima y
otras capitales; prescindiendo también de la actividad de nuestro periodismo, de
carácter múltiple, no son pocos los publicistas, historiadores, geógrafos, escritores
de costumbres, hacendistas y jurisconsultos que han publicado trabajos muy estimables para
hacer conocer las verdaderas condiciones históricas, sociales, políticas, económicas y
etnológicas de nuestros pueblos. Bastaría citar, en comprobación de esa verdad, los
nombres de Baralt, Díaz, Toro, Rojas, García de Quevedo y otros cuantos en Venezuela
(sin olvidar al heroico é infatigable geógrafo Codazzi); á Vergara, González, Pinzón,
Restrepo, Acosta, Plaza, Ancízar, Royo, Uricoechea y cien más, en Nueva Granada; á
Olmedo y Villavicencio, en el Ecuador; al ilustre y eminente Bello, el fecundo Lastarria,
Amunátegui, Vicuña Mackenna, Sarmiento, Bilbao, La Fragua, Magariños Cervantes y gran
número de escritores de mérito que han llamado la atención en Chile, Perú,
Buenos-Aires y otras repúblicas de Hispano-Colombia.
Pero
los trabajos de esos hombres superiores han sido infecundos respecto de Europa: nuestras
inconsecuencias los han desprestigiado, y el ruido de nuestras borrascas políticas ha impedido á los europeos la atenta
lectura de las revelaciones ó manifestaciones del espíritu hispano-colombiano. Es en
este sentido que tenemos, en parte, la culpa de que se nos ignore y juzgue con injusticia
ó parcialidad en Europa.
Y
con todo ¿las revoluciones hispano-colombianas son en realidad tan escandalosas y
sorprendentes como se quiere decir? Prescindamos por el momento de las causas locales que
las producen, y hagamos una simple comparación. Nada llama tanto la atención del mundo
en el momento actual como la revolución italiana, revolución admirable por su
época, sus hombres, sus hechos y su significación. ¿Por qué se la mira con tan inmenso
interés? Es que no solo depende de ella la solución de grandes problemas, y que las
aspiraciones de la Europa entera se reflejan en esa revolución, sino que Italia, por su
valor histórico, por el hecho de ser la madre ó la cuna de la civilización moderna,
tiene mil títulos para merecer la atención, el respeto, la simpatía y la admiración
del mundo.
Y
sin embargo ¿qué espectáculo ha ofrecido ese gran pueblo? Nada más triste, sangriento
y espantoso que la historia política y social de Italia, desde los tiempos de Odoacro
hasta 1858, ó 1859. Qué procesión, catorce veces secular, de papas y antipapas,
emperadores y anti-emperadores, reyes y príncipes, obispos y señores feudales, dux y
cónsules, ciudades libres y repúblicas, condottieri y aristócratas, agitándose
en un drama incesante de sublimes virtudes y crímenes que espantan, de rebeliones y
reacciones, de guerras civiles y de independencia, de conspiraciones y misterios, de
despotismo sombrío y demagogia sangrienta! La historia de Italia resume todas las
grandezas y todos los horrores de la humanidad en su perpetua aspiración de progreso y
renovación.
Y
al derredor de Italia ¿qué encontramos al abrir la historia de los demás pueblos hasta tiempos muy recientes? Lo que
ella recuerda respecto de las revoluciones de Alemania, Inglaterra, Francia y España,
hace estremecer al lector. No ha mucho, en Rusia, gran potencia muy pretensiosa, el
veneno, el puñal y las conspiraciones de cuartel decidían todas las cuestiones de
dinastía. Apenas hace doce años que en París se encendían velas en los cráneos de los
guardias movibles víctimas del combate. En Irlanda, la católica Irlanda, el
asesinato y las violencias de todo género han reinado en permanencia. ¿Para qué
multiplicar ejemplos, si la verdad es evidente? Y sin embargo, esta Europa civilizada,
heredera de los Griegos y Romanos, que todavía se destroza con guerras espantosas, ó se
aniquila con la paz armada y suspicaz; esta Europa donde coexisten la suprema opulencia y
la suprema miseria, y se vive bajo la amenaza del comunismo y la organización oficial del
socialismo (disfrazado con el nombre de gobierno fuerte, centralizador y previsor); esta
Europa que se agita como en una pesadilla bajo el peso de las cuestiones de Italia,
Oriente, Alemania, Hungría, etc., y que está muy lejos de haber consolidado su
organización y conjurado los peligros del porvenir; esta Europa que, siendo ya tan vieja,
vive en un torbellino de ensayos y experiencias, sin estar satisfecha de nada, tiene el
apoyo de las tradiciones del mundo antiguo y el caudal de luz y fuerza atesorado durante
más de diez y ocho siglos transcurridos desde la fundación del cristianismo!
Todo
lo que sucede en Europa es á los ojos de los europeos explicable, natural y lógico.
¿Pero se trata de las repúblicas hispano-colombianas? Entonces el criterio varía. Una
sociedad apenas esbozada en los siglos XVI, XVII y XVIII, y compuesta de elementos
heterogéneos y mal combinados; que apenas cuenta medio siglo de revolución emancipadora
y existencia propia, y que, teniendo solo 26 millones de individuos, está dispersa en un
continente dos ó tres veces mayor que esta Europa que posee 300 millones de habitantes;
sociedad infante, abrumada por la grandeza de la creación que la rodea, se
ve juzgada de un modo particular. Sus revoluciones, para europeos, no son las vacilaciones
naturalmente desordenadas del infante, las agitaciones propias de la gestación del
progreso en un mundo virgen, y de la transición social y política. No: esas revoluciones
no son miradas sino como crímenes característicos, como señales de una corrupción
orgánica, como pruebas irrefragables de incapacidad, que hacen perder toda esperanza
respecto de nuestras repúblicas. Si la Europa se ha sentido humillada y deshonrada por un
Fernando Ñ, un Radetzkl y tantos otros personajes, se les mira como excepciones. En
cuanto á Colombia, la cosa es diferente: Rosas es nuestro símbolo; Santa Ana, Belzú,
Monágas y otros personajes terribles, son reputados cómo la regla general. Tal es
la lógica que ha guiado á la opinión europea respecto de las repúblicas colombianas!
Hasta
ahora no se ha parado mientes en el estudio profundo que requerían los fenómenos que han
constituido la historia de nuestra civilización. Acaso no muy tarde surgirá un genio
vasto y vigoroso que haga tal estudio y formule esa historia, que es una de las más
grandes necesidades de la civilización universal, ya por la inmensa importancia y la
novedad de Colombia, ya porque la conquista y emancipación de ese continente son los
hechos más trascendentales que la humanidad ha presenciado después de la invención de
la imprenta. Pero en tanto que aparece un genio de la fuerza necesaria para realizarla
obra, es un deber de todo hispano-colombiano, que ame la verdad y el progreso, concurrir
á ella según la medida de sus fuerzas y por oscuro que sea su nombre en Europa.
Exponer
rápidamente los elementos y las condiciones de la conquista y colonización de Colombia;
concretar los rasgos característicos del régimen colonial que subsistió hasta 1810;
analizar la índole de la revolución general de la independencia y de las evoluciones que
después han hecho nuestras repúblicas; determinar con precisión los elementos de su
condición actual, y formular las verdaderas tendencias de esas sociedades, tales
son los objetos que nos proponemos abarcar en este breve Ensayo. Diremos con franqueza y
sinceridad, con candor, lo que nos parece la verdad; sin recriminaciones ni lisonjas que
nos repugnan, y con la sola mira de provocar á los gobiernos y los hombres pensadores de
Europa á que observen de cerca la vida de nuestras sociedades, y echen á un lado ese
desdén con que las miran, tan funesto para ellas como para Europa misma y para el
progreso general de la civilización.
Pero
como tendremos que hablar de hechos muy notables de la historia de España y Colombia, y
este escrito será leído por Españoles de Ambos Mundos, hermanos por la
raza, las tradiciones y otros poderosos vínculos,rogamos una vez por todas que no
se eche á mala parte ninguna de nuestras alusiones á lo pasado. Hoy sería igualmente
ridículo e injusto que los hispano-colombianos guardásemos resentimiento por la
opresión que pesó sobre nosotros, ó que los españoles nos mirasen con encono á causa
de nuestra emancipación. El resentimiento de los primeros se ha extinguido como el encono
de los segundos; porque si los hijos de Colombia hemos reconocido que aquella opresión no
fue obra del pueblo español (víctima también y acaso en mayor grado), sino de
una época ó civilización viciosa, los españoles han comprendido que la revolución de
nuestra independencia no fue efecto del odio, sino el resultado inevitable de la ley del
progreso y de la lógica de los hechos y de los principios. Nada, pues, se
opone á que discutamos con calma y franqueza las condiciones históricas y
sociales de las repúblicas hispano-colombianas.
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