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                                                                       IX

 

Síntomas notables de alzamientos, anteriores  1810.— Explicación de esos hechos.— Explosión revolucionaria. — Fisonomía general de la revolución en su principio; — sus hombres y su programa.— Actitud de los gobiernos coloniales. — Sinceridad de la revolución;  —su oportunidad y moralidad.

 

El siglo XIX se abrió para el imperio español en circunstancias bien difíciles. La revolución francesa era, por una parte, un gran peligro, una constante amenaza para el absolutismo español; la neutralidad era muy difícil en presencia de la gran república vecina, ya dominada por el genio audaz y ambicioso de Bonaparte; en caso de guerra, las colonias colombianas debían ofrecerle una tentación irresistible al enemigo y aun al rival aliado. Pero si los peligros eran graves en Europa, no lo eran quizás menos en las colonias mismas. Los viejos tiempos de la obediencia pasiva absoluta habían pasado, y no pocos síntomas de tendencias revolucionarias se habían presentado en varias de las provincias colombianas, durante el último siglo y el principio del actual.

Notábase que cada vez eran mayores las dificultades que hallaban los virreyes, presidentes y capitanes generales para gobernar con la tradicional severidad, ya por sus frecuentes querellas con las audiencias y á veces con los altos prelados, ya por las resistencias de los criollos, principalmente en lo relativo á contribuciones, y las agresiones que de tiempo en tiempo renovaban las tribus indígenas insumisas. Entre los muchos episodios parciales, mas ó menos locales, que pudiéramos citar respecto de casi todas las comarcas colombianas, recordaremos solo tres muy significativos, que le hicieron comprender al gobierno español el cambio que se iba verificando en los espíritus y la posibilidad de una conmoción no muy lejana.

Durante la reciente guerra que España había sostenido contra Inglaterra, un cuerpo de tropas británicas, relativamente formidable, invadió á Buenos—Aires y fue valientemente rechazado y destrozado por los hispano— colombianos. Aunque por entonces el provecho de la victoria fuese para España, el gobierno español recibió una lección grave, y los argentinos establecieron un precedente muy importante. Ellos ensayaron su valor y sus fuerzas, y probaron que, sin su patriotismo y su bravura, España habría perdido tal vez á Buenos-Aires. Y el gobierno español no solo sintió su debilidad y tuvo que contar con el pueblo criollo, sino que sospechó que la conducta valerosa de los argentinos era el fruto del espíritu de independencia ó nacionalidad, espíritu que un día podría volverse contra España misma.

La insurrección desgraciada ó abortada que encabezó en la presidencia de Quito el desventurado Tupac- Amaru, como heredero del trono indígena de sus antepasados, — y la tremenda insurrección de los Comuneros en las provincias del norte del «Nuevo-reino de Granada » (en 1784) debieron alarmar también al gobierno español; porque sí ámbas le hicieron ver que había gérmenes de insurrección, la segunda le probó su impotencia, puesto que el gobierno de Bogotá estuvo apunto de sucumbir ante 10,000 comuneros armados á la diabla, y no se salvó por entonces sino al favor del prestigio sacerdotal y de pérfidos compromisos, que tuvieron sangriento y vergonzoso desenlace. La insurrección de Quito entrañaba la idea de la nacionalidad indígena y no tenía probabilidades de triunfar. La de los comuneros era social, y por lo mismo mas grave y significativa. Ambas fueron ahogadas en sangre, y la represión sembró profundos resentimientos que mas tarde fructificaron.

Entre tanto España, trabajada por el doble movimiento de la invasión francesa y de la revolución interior, había consentido en hacerles ái sus colonias continentales una concesión tardía: la de admitir en las Cortes de la monarquía un número muy reducido de diputados colombianos. Esta concesión, que luego fue ilusoria en gran parte, aunque era el resultado de una situación muy apurada y no aparecía rodeada de suficientes garantías, era el reconocimiento implícito del derecho de los colombianos, y equivalía en el fondo á la elevación de las colonias al rango de provincias. Pero ella sirvió también para que se manifestase un nuevo síntoma de aspiraciones á la autonomía y de progreso en las ideas políticas de los hispano-colombianos. ¿Por qué? El gobierno español pudo notar que la mayor parte de los pliegos de instrucciones dadas por los mas respetables ayuntamientos á sus diputados á cortes, contenían fórmulas y manifestaciones que indicaban en sus autores la adquisición de la nción del derecho y una seria preocupación en el sentido de las mejoras sociales, de la libertad individual y municipal y de la autonomía de los pueblos del Nuevo Mundo.

Tal era la situación de las cosas cuando la invasión de Napoleón, ó sus tenientes, tomando proporciones decisivas por entonces, suspendió de hecho la autoridad del trono español y redujo á estrechos limites la personalidad ostensible de la nación española. Hispano-Colombia, profundamente trabajada por las ideas de la revolución francesa, por sus propias aspiraciones y por sus miserias seculares, sintió que la hora de la insurrección había llegado. Los hombres superiores comprendieron que era necesario aprovechar la coyuntura para consultar simultáneamente dos grandes intereses: la emancipación política y social de las colonias continentales, y el alejamiento de todo peligro de parte de Napoleón y la Francia conquistadora, contra cuyas fuerzas era impotente España para proteger á sus colonias, puesto que no podía defenderse á sí misma.

La revolución estalló, — revolución extraña, original en todo y singularmente hábil bajo el punto de vista colombiano. ¿Por dónde comenzó? Es muy curioso observarlo, porque en este punto los hechos y los contrastes son muy significativos, probando la lógica de esa revolución inevitable, preparada desde larga fecha por las instituciones y los hechos. Buenos-Aires dio el primer grito en 1809; pocos meses después la ciudad de Quito, predispuesta ái levantarse desde 1797, bajo la inspiración de Montúfar; en el mes de julio de 1810 se levanta el interior de la Nueva Granada; en el mismo año se inicia la revolución en Venezuela; después en Bolivia y Chile; mas tarde en el Perú, y al fin en Méjico y Centro-Colombia, con mas energía que en 1808.

Nótese bien que Buenos-Aires que, si bien formuló su revolución en 1810, haciendo abdicar al virrey Cisneros, había iniciado en el año anterior su movimiento, acababa de salir triunfante de la invasión británica de 1806; que Quito, la segunda comarca pronunciada, había hecho su primera tentativa en 1766; y que Nueva Granada, la tercera en la revolución y la que se mostrara mas explícita en sus actos, se había ensayado con la insurrección de los Comuneros, en 1781. Por contra, nótese también que la revolución fue mucho mas tardía en Méjico y Centro—Colombia 1 , donde el elemento español puro era infinitamente mas fuerte que en casi todas las demás colonias continentales, y donde España tenía mayores facilidades para reprimir la insurrección, á causa de la situación geográfica de las comarcas del golfo mejicano.

Así, donde quiera que los antecedentes habían evidenciado aspiraciones populares hacia la emancipación, el movimiento revolucionario comenzó desde temprano; y donde quiera que la mezcla de las razas había sido menos intensa y que el elemento español preponderaba, la revolución se retardó algunos años, á lo menos en sus manifestaciones mas explícitas. Esto prueba, por una parte, que la revolución era el fruto de un trabajo lento y profundo de los espíritus, no un movimiento caprichoso y casual; y por otra, que el gobierno español, al adoptar instituciones que hicieron inevitable el cruzamiento de razas muy distintas, al mismo tiempo que las ponían en un antagonismo artificial, preparó, sin pensarlo ni quererlo, el gran drama de la revolución colombiana.

¿Bajo qué formas y con qué fisonomía se presentó esa revolución en 1840, época que se puede considerar, por término medio y por sus conspicuas manifestaciones, como la del movimiento general? Curioso y singular espectáculo! Donde quiera el movimiento nace de la misma fuente; unos hombres de la misma clase lo preparan y dirigen; las tendencias, el lenguaje y los actos de la revolución son perfectamente análogos : la actitud de los gobiernos coloniales es la misma, con diferencias de poca monta, según las localidades; las multitudes revelan iguales disposiciones; la filosofía del movimiento es invariable. Y sin embargo ¡qué de obstáculos habían impedido la comunicación entre los hombres pensadores y los pueblos, — el concierto en la revolución! En nuestro concepto, la revolución hispano-colombiana, estudiada con atención y cabal conocimiento de sus hechos generales y de sus antecedentes en conjunto, es uno de los acontecimientos de la historia moderna que mas deben hacer reflexionar sobre la fisiología social y la lógica de las instituciones, porque contiene las mas profundas enseñanzas.

Tracemos en brevísimos rasgos la fisonomía general de esa revolución, prescindiendo de las pequeñas diferencias de detalle ó ejecución, consiguientes á las diferencias locales, á fin de que aparezcan solo los caracteres universales del movimiento, aplicables á todas las colonias continentales, desde el virreinato de Buenos—Aires, —el primero en la lucha y el mas meridional, — hasta el de Méjico, — el mas tardío en formalizarse, el mas contradictorio y vacilante en sus movimientos y el mas septentrional. Después haremos notar algunas particularidades que nos han parecido siempre muy significativas, porque en cierto modo han sido los puntos de partida de acontecimientos posteriores admirablemente lógicos.

Es curioso observar que donde quiera, en Buenos-Aires como en Quito, en Bogotá como en Caracas y las demás capitales, un pretexto cualquiera, fútil, ó personal, ó puramente local, es la causa determinante, en apariencia, de una transformación profunda, radical y que venia preparándose de tiempo atrás. Los pueblos revelaron su candor en sus motivos ostensibles como en su agitación y sus actos. Surge un episodio cualquiera, acaso insignificante del todo, en su forma, pero capaz de evidenciar el antagonismo profundo entre españoles dominantes y criollos dominados: la multitud de una capital de colonia ó de provincia colonial, se agita, se reúne en las calles y plazas públicas en tumultuosa confusión....

Hombres y mujeres, ancianos y niños, letrados y  artesanos, eclesiásticos y seglares se amontonan, sin palabra de orden, sin un signo de afiliación, sin ningún esfuerzo convencional. Todo el mundo clama por el ayuntamiento, pidiéndole el remedio de una situación penosa, insoportable. El ayuntamiento responde que él no se cree con poderes para resolver nada por si solo. Alguien propone la constitución de una Junta de salud pública, encargada de entenderse con el virrey, presidente ó capitán general, y de regularizar un gobierno propio de las circunstancias. La idea es aceptada por aclamación. Incontinente la multitud, dirigida por su instinto con admirable unanimidad, y encabezada por los hombres pensadores y de influencia, elige 20, 30 ó mas diputados que, por su carácter, su posición social y sus ideas, representan á las diversas clases sociales, personifican las opiniones comunes y harán respetable la revolución. Ninguno de esos diputados se excusa; todos —abogados, profesores, sacerdotes, propietarios, etc., —aceptan el mandato y lo desempeñan con lealtad y consagración. Las Juntas se constituyen y entran en relación con los gobiernos.

¿Qué hacen entre tanto los gobernantes españoles?. Cada uno de ellos tiene á su disposición una fuerza militar respetable; no pocos de los españoles, previendo las consecuencias radicales del movimiento, ó adivinándolas instintivamente, aconsejan la represión violenta. Los virreyes , presidentes y capitanes generales vacilan, amenazan, pero no se atreven á obrar, y acaban por hacer concesiones que rebajan su autoridad y le hacen cobrar aliento á la revolución. ¿Por qué esas vacilaciones y esas debilidades?.

Fácil es explicarlas. Por una parte, las audiencias, los jueces subalternos y las municipalidades, siempre en antagonismo con el gobierno político en Hispano-Colombia, en mayor ó menor grado, apoyaban, ó disculpaban, ó estimulaban mas ó menos el movimiento, por diversos motivos, unos francamente, otros con disimulo. Esto legitimaba en cierto modo el alzamiento y aislaba la situación de los gobernantes superiores. Por otra parte, el acontecimiento sorprendió de tal modo á esos gobernantes, que cada virrey, presidente ó capitán general se sintió como aturdido, inferior á una situación enteramente nueva, ó incapaz de tomar resoluciones enérgicas. Esos gobernantes estaban tan habituados   á la obediencia pasiva de los pueblos y tenían tal fe en la eficacia del absolutismo, que no acertaron á comprender la naturaleza real del movimiento. Vieron meras conmociones locales y transitorias donde lo que germinaba era una inmensa y trascendental revolución. Excelentes caporales regios de millones de esclavos, esos virreyes y capitanes generales se hallaron desorientados en presencia de juntas populares que representaban un nuevo orden de ideas.

Otras consideraciones debieron influir en el ánimo de los gobernantes para disuadirías de la represión violenta. Siendo el movimiento obra de toda la población colombiana de las capitales, para reprimirla por la fuerza habría sido necesario desencadenar los regimientos españoles contra pueblos desarmados, y hacer fusilar ó ametrallar á   hombres y mujeres, sacerdotes y seglares.

Semejante atrocidad, ser repugnante para los gobernantes, envolvía dos gravísimas consecuencias diezmar á todas las clases sociales en lo mas escogido, ensangrentando las ciudades, y sobre excitar al pueblo, condenándolo irremediablemente á la venganza y la insurrección definitiva.

Por otra parte, la dirección dada al movimiento desde su principio era sumamente hábil, y tanto que en cierto modo era legal é intachable aun á los ojos de los gobernantes. En primer lugar, apareciendo á la cabeza de cada pronunciamiento los hombres mas respetables de cada capital, por su ciencia, su fortuna, su carácter sacerdotal y su influencia, era difícil atribuirle tendencias criminales ó realmente subversivas del orden público; tanto mas cuanto que las juntas, al regularizar el movimiento espontáneo de las multitudes, aparecían como verdaderas garantías públicas. En segundo lugar, esas juntas revolucionarias lo eran de un modo singular: sus programas eran realmente irrefutables. ¿En qué principios se apoyaban ? Qué cosas proclamaban? — la legalidad rigurosa.

En efecto, en todas las actas de esas juntas, que luego han sido consideradas, y con razón, como proclamaciones de la independencia y puntos de partida de las revoluciones respectivas, se establecía claramente: 1º que habiendo caído el trono español, por virtud de la invasión francesa, las colonias se hallaban abandonadas, en grave peligro y con pleno derecho de proveer á su seguridad; 2º que Hispano-Colombia no podía ni debía someterse jamás  á la dominación extranjera ó de Napoleón; 3º que Fernando VII era el único soberano legitimo, á quien se le debía fidelidad y obediencia, y que en tanto que ese príncipe se hallaba incapacitado para ejercer su autoridad, las colonias tenían el deber de mantenerse independientes de una metrópoli dominada por el conquistador extranjero; 4º que hallándose los gobiernos establecidos en las colonias sin título para ejercer su autoridad, puesto que la metrópoli había cambiado completamente  de situación, los pueblos podían asumir la autoridad, en nombre de su amado rey legitimo, durante el interregno, sin perjuicio de contar con los virreyes, oidores, etc., que habían gobernado en nombre de Carlos IV, ya privado de la corona por su abdicación; 5º que importaba mucho poner á cubierto de todo peligro la religión católica apostólica romana, y los intereses sociales de las colonias; 6º en fin, que si en España misma los pueblos habían dado el ejemplo, constituyendo juntas para la defensa nacional, las colonias tenían igual derecho, tanto mas cuanto que las distancias inmensas y los azares de la guerra impedían las comunicaciones y el concierto entre la madre patria y sus dependencias colombianas.

¿Qué podían alegar los gobernantes de hispano-Colombia contra semejante resolución? El problema no tenía salida. Si ellos hubieran comprendido la filosofía de la revolución que se iniciaba, habrían hecho una de dos  cosas, ventajosas para la causa de España por entonces ó reprimir enérgicamente el movimiento, sin dejarlo vivir un instante; ó encabezarlo resueltamente, fuese en el sentido de la independencia absoluta, fuese en el de la conservación de la nacionalidad española, y sobre la base de un régimen constitucional y de autonomía moderada.

Pero los virreyes, presidentes, etc., eran incapaces de comprender claramente la situación y adoptar. grandes resoluciones. Cedieron al principio, por debilidad y á medias cuando debían resistir ó encabezar la revolución; y poco después, cuando empezaron á abrir los ojos á la evidencia, quisieron resistir. Ya no era tiempo! Así no hicieron mas que irritar á los pueblos; y virreyes, presidentes, capitanes generales y oidores reaccionarios hubieron de sucumbir, unos abdicando, otros puestos en arresto y expulsados, algunos huyendo espontáneamente del peligro. Desde ese momento la revolución había pasado el Rubicon , — perdónesenos la frase tan gastada; había arrojado el guante á la metrópoli, quitándose la máscara y levantando resueltamente su bandera: proclamó la independencia y la república!

Es aquí el caso de explicar la índole de esa revolución, en cuanto a sus primeras manifestaciones. ¿Fue sincera en sus actas de pronunciamiento? O bien procedió sistemáticamente y conforme á un cálculo político? Diremos con franqueza lo que pensamos, guiados por las revelaciones personales que nos han transmitido algunos patricios de la época de la revolución, y por el estudio de los hechos, y para eso es preciso distinguir dos elementos  de la revolución: el filosófico, es decir el de los hombres inteligentes que la encabezaron, y el popular ó de las multitudes que la aceptaron por instinto y como arrebatadas por la impulsión, el soplo y la electricidad de la idea revolucionaria.

El segundo elemento fue candorosamente sincero en todo, porque no tenia la idea; no sabia mas que sentir, y sus creencias y tradiciones se amalgamaban con los programas conservadores de las juntas, como sus miserias y sus instintos hallaban un consuelo misterioso en el movimiento político. Pero en primer elemento no fue sincero en todo, ni podía ni debía serlo. Las revoluciones no son otra cosa que violencias que trastorna por el pronto el orden social establecido, con el objeto de fundar uno mejor, basado en la verdad y la justicia. Hablamos de las revoluciones verdaderas, no de las insurrecciones de caudillos é de cuadrilleros. Por tanto, una revolución, cuando es popular y justa, cuando entraña una grande y noble idea que no puede triunfar pacíficamente, es un mal transitorio que tiende á suprimir otros mayores y procurar sólidos bienes. En tal caso, su derecho mismo le veda el crimen y la infamia, y su deber, tan grande como su derecho, le indica el camino del honor y de la gloria. Pero también desde el momento en que el pueblo y el gobierno son beligerantes ó adversarios declarados, el derecho de la guerra (que es la defensa) y el interés legítimo de su causa, les permiten solicitar aquellos medios que, sin ser criminales ni deshonrosos, pueden burlar al enemigo y vencerle con mas seguridad y sin efusión de sangre. Por eso, una operación estratégica, astuta y bien combinada, que obliga al enemigo á rendirse sin combatir, será preferible siempre, bajo el punto de vista moral y del interés político y social bien entendido, á una batalla sangrienta y desoladora que dé la victoria cubierta de crespones. Para nosotros Garibaldi, por ejemplo, entrando a Nápoles en un tren de ferrocarril, armado del derecho y venciendo á fuerza de habilidad, será siempre infinitamente mas grande, bajo el aspecto militar, que Napoleón III, llegando hasta Villafrancia á celebrar la paz por entre los montones de cadáveres de Magenta y Solferino.

La revolución colombiana quiso evitar conflictos sangrientos, asegurando su victoria; y no teniendo á su disposición armas, ni soldados, ni elemento alguno. De fuerza para encararse desde el primer momento con la dominación española, adoptó un programa que, conteniendo toda la verdad en el fondo, permitía ganar tiempo y fuerza para futuros combates en campo abierto, adormecer al enemigo, en España como en Colombia y conciliar el movimiento, en lo que tenía de profundamente radical, con las tradiciones y preocupaciones de los pueblos. Si los hombres de 1810 hubieran adoptado la vía de las insurrección armada, en vez de la revolución filosófica y de apariencias legales, se habrían sacrificado miserablemente, haciéndole á Hispano-Colombia el inmenso mal de retardar por muchos años la emancipación.

Creemos que las juntas revolucionarias no fueron sinceras en ninguna parte, en lo relativo á sus protestas de fidelidad á Fernando VII y á los principios de la monarquía constitucional. En lo demás fueron perfectamente sinceras (sin ser por eso francas), puesto que formularon la declaración de sus aspiraciones á la autonomía, al gobierno libre y filantrópico y á la conservación de la personalidad de los pueblos, en presencia de la invasión francesa que tendía á suprimirla; principios que estaban en perfecto acuerdo con la índole verdadera de la revolución. Otro tanto diremos, porque lo creemos firmemente, en cuanto a la profesión de fe religiosa, por mas que en esto se revelase la habilidad de los jefes del movimiento y su profundo conocimiento del corazón humano. Si esos hombres eran todos despreocupados, también eran creyentes sinceros, y encontraban la perfecta y sublime alianza que reina entre la filosofía y la religión. ¿Y cómo no habían de ser creyentes, sí eran sabios en gran número, si tenían corazón valeroso y abnegado y abrigaban una fe profunda en la justicia de su causa? Es imposible tener fe en un derecho, en una idea, sin tenerla en la fuente suprema de toda justicia y en la idea infinita, consoladora y fortificante que hace germinar todas las ideas!

La revolución, pues, tomó la mejor vía posible, — la misma en toda Hispano-Colombia, — y aprovechó con maravillosa habilidad la ocasión que se le presentó. ¿Se dirá que la revolución engañó á la metrópoli con sus promesas del primer momento? Es fuerza reconocer que los gobiernos coloniales les habían dado muchos ejemplos á los colombianos. Y en definitiva ¿es que los pueblos cuando se levantan en masa por una causa justa engañan jamás á sus gobiernos? Estos, cuando son opresores, deben saber a qué atenerse, puesto que obran por su cuenta y riesgo y á sabiendas. ¿Se dirá tal vez que la revolución colombiana no habría surgido sin la ocasión propicia que le ofreció la invasión francesa de España? Nos parece indudable que  se habría retardado algunos años; pero ella estaba en la naturaleza de las cosas, en la lógica de la historia, y mas tarde ó mas  temprano  habría estallado, de un modo u otro, — acaso terrible desde su principio, — como estalla el rayo tarde ó temprano, según los elementos de la tempestad. Un pueblo no es mas que una inmensa máquina eléctrica en constante acebo: vivifica, ó aturde y anonada, según como se la hace funcionar.



 

1 En realidad la revolución no se formalizó allí sino en 1820.