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VI
I
Sistema comercial; el monopolio en las
colonias colombianas. Organización
artificial del
comercio. Consecuencias políticas y sociales de ese
régimen. Ruina de las plazas fuertes. Censuras
infundadas.
Si el
régimen colonial implantó en Hispano-Colombia la inquisición religiosa, todavía fue
más riguroso respecto de la inquisición fiscal y comercial. La primera levantó algunas
hogueras en los tiempos de la conquista, y más tarde hizo sentir su peso en los
calabozos, particularmente en Lima y Cartagena; pero á la verdad Santo Domingo de Guzmán
no se mostró muy terrible con los colombianos. Los hombres de genio eran muy raros, los
imbéciles muy numerosos, y con tales elementos el Santo Oficio tenía poca tarea que
llenar. A falta de herejes, hizo sus siegas á expensas de los libros de filosofía que el
contrabando solía llevar de Europa.
Pero
la obra de la inquisición fiscal fue otra. Delante del Santo oficio fiscal era
escandalosamente herética toda pieza de indiana procedente de Inglaterra, toda barrica de
vino de Burdeos y toda caja de fideos de Génova. La persecución fue implacable contra
todo lo que no procedía de España, y Vizcaya, Cádiz
y
Sevilla tuvieron el privilegio de proveer de todo á las colonias
hispanocolombianas. Hoy todavía España está sufriendo las consecuencias de su
funesto régimen de monopolio, personificado en la famosa Casa de Contratación de
Sevilla. Hace mas de dos años, cuando visitábamos el espléndido edificio llamado Lonja,
en la bella metrópoli andaluza, nos decíamos, al contemplar los voluminosos paquetes
del inmenso archivo : « Cada uno de estos montones de papeles representa los
dolores y las miserias de Hispano-Colombia, los torrentes de sangre generosa de heroico
españoles y colombianos, que hizo derramar la tenacidad codiciosa ó interesada de la
compañía de Cádiz que tuvo el monopolio comercial; y representa al mismo tiempo dos
siglos de atraso en la industria española, y los grandes embarazos en que hoy se
encuentra España respecto de la cuestión de aduanas ó aranceles y sistema económico.»
Y así
es la verdad. Colombia vegetó miserablemente por causa de ese monopolio. La cuestión de
la independencia ó la autonomía colombiana se habría transigido desde 1812 a 1815,
evitando inmensos desastres, si las compañías interesadas no se hubiesen opuesto
tenazmente á toda conciliación; y España,
que hoy se siente entrabada en sus progresos por las ligaduras del régimen
pseudo-protector, uncida al yugo de algunos fabricantes de Cataluña, debe esa situación
al sistema sofístico de las antiguas casas de contratación, sistema que, excluyendo toda
competencia y dándoles un giro artificial á la agricultura, la industria y el comercio
de España, anuló todo estímulo verdadero y durable, y condenó á la producción
peninsular á la rutina y el estancamiento.
Cuando
las antiguas colonias se independizaron, España se halló en la incapacidad de luchar
contra la repentina competencia de la industria inglesa, francesa y alemana, y a pesar de
la libertad comercial á que las nuevas repúblicas convidaron á todo el mundo, España
perdió los mercados colombianos, donde todo le era favorable para obtener la
superioridad, por razón de las ventajas que le ofrecía la comunidad de lengua y raza, de
costumbres y consumos, de gustos y tradiciones. Pero está escrito que el pecador sufre la
pena por el mismo lado en que el pecado aparece. España quiso abarcarlo todo, proveer á
todo un continente, per fas aut nefas, y lo perdió todo. Del monopolio absoluto
del comercio y la navegación, descendió á la exclusión absoluta, en el campo abierto
de la libertad.
El
sistema español respecto de las colonias era bien sencillo: conceder á compañías de
negociantes, mediante fuertes subvenciones para el Fisco, el privilegio de comerciar con
aquellas colonias, trayendo sus productos á los puertos españoles, erigidos en grandes
depósitos, y llevándoles de los mismos puertos los artículos de Europa, en los galeones
peninsulares exclusivamente. Las compañías eran diversas, en ocasiones, pero no se
hacían competencia. Teniendo sus residencias principales en Bilbao, Cádiz y Sevilla, la
una hacia su negocio con Méjico y Centro-Colombia, la otra con Nueva Granada y Venezuela,
otra con el Perú, Buenos-Aires, etc.
Semejante
sistema era igualmente funesto para la madre patria y las colonias. Faltando la
competencia, las compañías imponían en Colombia los precios que querían sobre los
productos europeos; y á su turno España recibía la ley de los privilegiados respecto de
los artículos Colombianos. Pero en cuanto á las exportaciones, la condición de las
colonias era mucho peor. España podía siquiera comerciar con Europa, África, Asia y Sur
América, enviándoles sus productos según su merito: Hispano-Colombia no podía exportar
nada sino por medio de los privilegiados, quedando á
discreción de estos. Y
téngase en cuenta que los productos principales, el oro y la plata, tenían forzosamente
que pasar por las oficinas de ensayo y las casas de amonedación, ya en Colombia misma, ya
en España; sin poder entrar en la Circulación sino de un modo indirecto y con enorme
gravamen.
El
resultado primero de ese sistema fue el de darle al comercio con Colombia una
organización enteramente artificial, falsa y deleznable. Los galeones y las mercancías
no seguían el curso natural que indicaban la geografía y las necesidades del consumo,
sino el que les imprimían intereses egoístas y contradictorios y el empirismo de la
especulación reglamentada. Como España temía constantemente las tentativas de
competencia y contrabando de otras potencias, y aun las contingencias de sus guerras
marítimas, tuvo necesidad de adoptar dos grandes medidas de seguridad: la primera,
convoyar con buques de guerra los galeones mercantes, dándole así al comercio una
regularidad ó periodicidad forzada que estancaba su desarrollo; la segunda, establecer en
algunas de las costas puertos fortificados, formidables, que protegiesen el tráfico. Este
motivo, mas que ninguno otro, fue el que hizo aparecer las fortalezas monstruosamente
costosas de Vera-Cruz, Portobelo, Cartagena, Puerto-Cabello, Callao, Panamá y otras. Para
un sistema de comercio artificial era necesario un sistema artificial de defensa. España
gastaba en fortalezas marítimas lo que ganaba con su régimen de monopolio comercial, y
á veces mucho más.
Ahora bien: como no se veía
seguridad para el monopolio y contra el contrabando, se habilitó para las importaciones y
exportaciones el menor número posible de puertos, y estos no aparecieron sino á la
sombra de las fortalezas. De ahí la extrema lentitud en la colonización, la soledad de
las costas y la violenta situación de las transacciones. El gobierno español evitó
siempre cuidadosamente permitir el tráfico directo por el istmo de Panamá, temiendo la
competencia de las colonias británicas, francesas, etc., establecidas en el mar de las
Antillas. El comercio, pues, se veía forzado á dar la inmensa vuelta del cabo de Hornos
para sus transacciones con las poblaciones de la costa del Pacífico, ó
bien á
hacer inauditas travesías por los territorios de Méjico, Guatemala y Nueva Granada.
Bástenos á
este
propósito citar un hecho monstruoso al cual debió su antigua prosperidad nuestra ciudad
natal. Las mercancías que iban de España al interior de la presidencia del Ecuador y á
las provincias de Popayán, Pasto y Cauca, en el extremo meridional del virreinato de
Nueva Granada, llegaban á Cartagena, en el mar Caribe, subían por el rio Magdalena
hasta Honda (800 kilómetros, asunto de cinco ó seis meses), de Honda seguían
por tierra á lomo de mala y espaldas de peones, atravesaban las cordilleras central y
occidental de los Andes granadinos, transitaban 500, 800, 1,000 ó mas kilómetros por
caminos imposibles, y llegaban hasta Quito á
los
veinte meses ó dos años de haber sido expedidas de España!
Figuraos
que tenéis mercancías del Levante y quereís llevarlas á Noruega; os cierran el paso de
Gibraltar (equivalente para el caso al istmo de Panamá) y os dicen:
Buscad otro
camino. Entonces hacéis remontar vuestro cargamento por el Ródano hasta Lyon, después
lo hacéis pasar sucesivamente al través de todas las montañas de Suiza, del Tirol, de
las llanuras de Austria y Prusia, de Polonia, parte de Rusia, Finlandia y Suecia, hasta
llegar á Cristiania (como quien dice á Quito); figuraos, decimos, esa serie de
barbaridades, y tendréis idea del modo como se hacía el comercio con
HispanoColombia.
¿Cuál
fue mas tarde, al asegurarse la independencia de las colonias, la consecuencia de ese
sistema comercial? Que todo lo artificial se desplomó y arruinó: los intereses,
favorecidos por la libertad, tomaron nuevas vías; los puertos comerciales se
multiplicaron; los centros de especulación cambiaron de lugar, y las ciudades que habían
tenido una importancia ó prosperidad ficticia perdieron casi repentinamente su posición
y su valer. De ahí un grave cargo, absolutamente injusto, que senos ha hecho á los
hispano-colombianos, por la ruina ó muy notable desmejora en que se encuentran las
antiguas plazas fuertes y comerciales, como Cartagena y otras análogas, en las costas de
los dos océanos. Por cada puerto antiguo y artificial que ha decaído, se han levantado
tres, cuatro ó mas, establecidos en las vías naturales del comercio; y por cada ciudad
que ha perdido sus privilegios, han crecido y prosperado muchas otras, llamadas por la
libertad á hacer un papel importante. Si quisiéramos aducir ejemplos en comprobación de
estas verdades, no tendríamos mas dificultad que la de escoger.
Por lo
que hace á las fortalezas marítimas, las censuras que se les hacen á nuestras
repúblicas no son menos duras, persistentes é infundadas. En Europa, donde la política
nacional reposa generalmente en el principio de la represión, la centralización y la
reglamentación, y la internacional en el de la desconfianza, el antagonismo, la
suspicacia, el temor y la guerra de tarifas, pasaportes é intrigas, en Europa,
decimos, comprendemos la existencia de las plazas fuertes, las escuadras y todo su cortejo
de suntuosas miserias y mezquindades del egoísmo. En hispano-Colombia todo eso es
soberanamente absurdo y ridículo. Allí lo que se necesita es abrirle la puerta á todo
el mundo, darles franca hospitalidad á todas las razas, á todas las opiniones, á todas
las producciones, á todas las manifestaciones del progreso.
Los
pueblos nuevos que poseen suelos vírgenes, no son ni pueden ser suspicaces ó
desconfiados. La libertad es su arma; su defensa está en su propia debilidad, su
franqueza y el aliciente que le ofrecen al progreso exterior. Los cañones están de mas,
rayados ó sin rayar, y las casamatas les sirven de estorbo ó deben ser destinadas al
almacenaje de mercancías. ¿Qué podremos hacer los hispano-colombianos con escuadrillas
en caricatura para defendernos de los ataques de las grandes potencias? Nada! Lo mejor es
desarmarnos del todo, ahorrar gastos inútiles que nos dejan siempre en la impotencia y
nos ponen en ridículo, y desarmar á cualquier enemigo con nuestra confianza. Un niño
que amenaza con un garrote, ó irrita ó hace reír; pero si se presenta sin mas
armas que las de su inocencia, su confianza ó su aturdimiento, seduce y desarma la
cólera del hombre mas irritado.
Nueva
Granada ha desarmado sus fortalezas de Cartagena, Panamá, Portobelo, etc., y ha vendido
todos los cañones al peso, por su valor metálico. Se le han hecho muchas censuras por
ese desafuero ó sacrilegio contra la religión tradicional del miedo y de la fuerza; pero
lo cierto es que los cañones se oxidaban sobre sus cureñas, completamente inútiles, y
que su metal convertido en muebles, vasijas é instrumentos, ha servido para cosas de
provecho. ¿ Y para qué habrían de servirle sus fortalezas y cañones á una república
que ha abolido los pasaportes, las cuarentenas y los cordones sanitarios; que ha fundado
la plena libertad comercial, industrial y de tránsito, la de comerciar con armas y
municiones, la libertad absoluta de la prensa, de los cultos, de la enseñanza, etc., y la
igualdad civil completa entre nacionales y extranjeros? Para qué las fortificaciones, si
lo que mas deseamos es que nos invadan legiones de inmigrantes, de
ingenieros,
artesanos, agricultores y negociantes?. Nosotros daríamos de prima, en Hispano-Colombia,
veinte cañones viejos por cada inmigrante que fuese á recibir las tierras que ofrecemos
gratis, y el negocio sería bien usurario.
Desde
el momento en que Hispano-Colombia dejó de ser una China de mestizos y abrió sus puertas
al comercio del mundo entero, su sistema político debió ser enteramente nuevo, en
armonía con su sistema comercial. Los derechos diferenciales y las tarifas de protección
hacen juego cabal con las fortalezas: desapareciendo los primeros, las plazas fuertes
perdían su razón de ser, lo mismo que los convoyes militares que antes protegían el
tráfico. Que se nos acuse en hora buena por no haber multiplicado ó construido en
nuestras costas muelles y fanales, ni establecido vapores-correos, si bien es cierto que
nos han faltado el tiempo y el dinero, como nos falta la población. Pero que los viajeros
europeos cesen de acusarnos por la ruina de fortaleza sin objeto ninguno.
Cada
país tiene sus condiciones propias; Colombia es el Nuevo Mundo, el mundo de
la libertad, de la fusión de las razas, de la hospitalidad y la esperanza; y no
hay razón para que se le agregue á la barbarie de una naturaleza prodigiosamente rica y
fuerte la barbarie de los cañones rayados.
Es
también injusto acusar á las repúblicas hispano-colombianas de incuria y abandono, como
lo hacen muchos viajeros en abreviatura, juzgando solo por el aspecto de nuestras
costas desiertas ó miserablemente pobladas.
No ha
mucho leímos una obra de impresiones de viaje, relativa á las Antillas y algunas de las
costas de Tierra-Firme, escrita por Mr. Anthony Trollope, literato inglés muy
notable. El distinguido novelista ha probado en su libro una singular ligereza, que nos
hace pensar que lo escribió por escribirlo y nada mas. Se detuvo tres ó cuatro días en
Santa-Marta, Cartagena y Panamá,
y
como no encontró allí nada parecido á Hyde Park
y Regent Street ni á su fuerte y orgullosa raza británica, declaró
sin apelación que toda la Nueva Granada era un país bárbaro y en pleno
retroceso, insalubre y odioso. Le bastó ver con fiebre á la esposa del vicecónsul
inglés en Santa-Marta, para afirmar que en Nueva Granada la fiebre reina en permanencia y
devora á todo ser viviente. Ese modo de juzgar á un pueblo y una inmensa comarca
es deplorable, é inexcusable en un hombre de talento como Mr. Trollope. Lo mismo valdría
que nosotros declarásemos á Inglaterra un país bárbaro y mortífero, porque su
populacho es el mas grosero de todos los países civilizados, y porque en Londres reina la
tisis en permanencia.
Es
preciso no olvidar la geografía de la civilización y de las razas en Hispano-Colombia.
Allí, en muchos de los Estados, los mejores elementos de civilización se han aglomerado
en el interior, y el progreso se va verificando de un modo singular: de adentro hacia
fuera, del centro á la circunferencia. Tal es el fenómeno que se produce en las
comarcas cuya capital y cuyas razas mas puras se hallan en el interior, sobre las
altiplanicies, como son: Méjico, los Estados de Centro Colombia, la
Confederación granadina, el Ecuador y Bolivia. En otros la situación es inversa: la
civilización ha tenido su primer centro hacia las costas, como se ve en Caracas, Lima,
Santiago de Chile, Buenos-Aires y Montevideo. Si se penetra al interior, á medida que se
avanza se encuentra sucesivamente el atraso, la semi-barbarie y la barbarie completa. Es
necesario, pues, para juzgar con equidad á las repúblicas hispano-colombianas, seguir en
cada una de ellas la marcha particular de la civilización. Todo otro método es empírico
y erróneo. Detrás de las costas insalubres de Vera-Cruz, está la espléndida Méjico,
digna de ser la capital de una gran nación europea; detrás de los zambos de los costas
granadinas, está la rica y bella Medellín, la noble Popayán, y la ciudad, altamente
ilustrada y estimable, de Bogotá. Así mismo, detrás de la hermosa Caracas está el
salvaje llanero del Apure; detrás de la ilustre BuenosAires vive el terrible
gaucho de las pampas, y detrás de la opulenta y refinada Lima están las turbas
imbéciles de indios del Cuzco.
Pero
volvamos, para terminar este capítulo, á las consecuencias del régimen comercial que
España estableció en sus colonias. Aparte del estancamiento que mantuvo en la vida
económica y moral, y de los males causados a la España misma, ese régimen fue un
poderoso estimulante de la insurrección en Colombia y de las tendencias europeas,
particularmente de Inglaterra, á favorecer un levantamiento general. Si en los primeros
años de la lucha Inglaterra se mantuvo oficialmente neutral, no solo fue la
primera en reconocer nuestra independencia, sino que, durante la guerra, sus banqueros y
voluntarios nos suministraron (con enorme usura, es verdad, porque el riesgo de la
pérdida era grande) legiones de combatientes auxiliares, armas, buques de guerra,
municiones, equipos y dinero.
Es evidente que, si España,
desde el tiempo en que el conde de Aranda le daba tan sabios consejos de política,
hubiese abierto los puertos de sus colonias al comercio del mundo, ninguna potencia
europea habría tenido interés en favorecer el alzamiento general de las poblaciones que
vivieron en secuestro absoluto. La independencia habría tenido lugar mas tarde (eso era
inevitable) de un modo pacifico, y las nuevas repúblicas no habrían iniciado su carrera
contrayendo enormes deudas, ensangrentándose durante quince años de terrible lucha y
agravando su situación con el militarismo que la guerra engendró. Pero las cosas
tuvieron otro giro: nacimos en medio del fragor de la borrasca; nuestra cuna ha sido un
columpio peligroso; nuestra infancia ha pasado por todas las incertidumbres del dolor, de
la pobreza y de una especie de orfandad; nuestra juventud ha comenzado, si es que ya somos
jóvenes, como la del hijo pródigo; y aunque tenemos delante los inmensos horizontes de
un porvenir afortunado, todavía sentimos los estrecimientos del adolescente, ardoroso
pero ignorante, que comienza á iniciarse en el gran drama de la vida ó el poema miste
rioso
de la civilización!
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