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VI
La
organización económica de las colonias colombianas.
Impuestos,
contribuciones,
rentas y monopolios.
Preocupaciones económicas.
La minería, la agricultura y la industria.
Resultados funestos de la exageración ó el exclusivismo de la minería.
La
economía de una sociedad, bajo el punto de vista de su fiscalidad, de su alimentación y
su desarrollo material, está ligada tan íntimamente a todos los problemas morales y
políticos que pueden interesar a un Estado, que en vano se crearían las más hábiles
combinaciones, se contaría con la raza más enérgica y emprendedora y se conquistarían
mil glorias, si la vida económica del país fuese viciosa y contradictoria con la ley del
progreso. La poesía y la prosa se combinan donde quiera, y es fuerza en todo caso contar
con su concurso simultáneo. Por eso, si muchos gobiernos se han perdido, preocupados
solamente con la idea del engrandecimiento y la gloria, que son la poesía de la
política,
olvidando la prosa de las instituciones fiscales y económicas,
otros
han sucumbido pecando en el sentido opuesto. La dominación española, en el continente
colombiano, siguió sucesivamente las dos tendencias exclusivas. Como conquistadora,
procedió heróicamente: la conquista fue un admirable poema; como colonizadora, la
potencia española fue deplorablemente prosaica; olvidó los grandes intereses del
corazón y del espíritu, y simbolizó su acción con estas tres entidades: el guarda fiscal,
el alcabalero y el estanquillero.
Si
en toda sociedad un mal sistema económico y fiscal es ruinoso, ó estancador por lo
menos, en una sociedad naciente ó
apenas en formación es infinitamente mas funesto. Cortadle sus retoños á un
árbol sólido y maduro, ó arrancadle sus frutos fuera de sazón: el árbol seguirá
reproduciendo sus retoños y fructificando, porque su savia es poderosa y resistente.
Haced lo mismo con la planta tierna, apenas iniciándose en los primeros estremecimientos
de la vida, y no resistirá; sucumbirá en breve, ó se viciará desde temprano. Las
sociedades obedecen á las mismas leyes, pero en mas alto grado. Cuándo la Asamblea
constituyente y la Convención fundaban su obra prodigiosa de reparación en Francia, qué
de monstruosidades no tuvieron que destruir! Y eso que ya Sully, Colbert y Necker habían
trabajado sucesivamente en la gran labor. Y sin embargo de tantos vicios profundos en su
organización fiscal y económica, qué de grandes cosas no había realizado la vieja y
heroica Francia!.Después de 1789
¿
no
ha vivido ella casi hasta hoy con su cohorte de monopolios, prohibiciones, régimen
protector, escala movible, etc.? Y sin embargo, la pujanza moral, intelectual y material
de esa nación es inmensa.
¿
Por
qué? Porque ella ha podido encontrar en el genio de sus razas, en sus tradiciones, su
sentimiento heroico y sus fuerzas latentes de todo género, el reactivo constante para
neutralizar en mucho, al través de los siglos, la acción perniciosa de las instituciones
económicas.
En Hispano-Colombia la sociedad naciente carecía de
fuerza para luchar contra un físico insaciable, que buscaba el dinero hasta por
partículas, cebándose en sus manifestaciones, con una especie de encarnizamiento
sistemático. Esta censura, en verdad no pesa sobre España sola: aunque atrasada en años
respecto de Europa, sus doctrinas fiscales eran en el siglo XVIII y principio del XIX poco
mas ó menos, las mismas que las de todos los gobiernos. Se creía que el gobierno era una
cosa distinta y aun antagonista de la nación, y por tanto el fisco era enemigo del
contribuyente. Es la ciencia política moderna la que ha demostrado que el gobierno no es
otra cosa que una consecuencia de la vida social, una manifestación y garantía del
derecho de todos y cada uno,
y
por lo mismo una entidad sin vida propia, sin personalidad. Así mismo, es la moderna
ciencia económica la que ha probado que el fisco no es mas que una fórmula,
una caja de seguros de los asociados,
y que, por tanto, no puede haber nada razonable en un sistema fiscal que pugne con el
interés de los particulares.
Pero
estas verdades de hoy, todavía negadas por muchos gobiernos, eran completamente
desconocidas en Hispano-Colombia durante el régimen colonial. Ello es que allí no reinó
sino el empirismo asolador, en materia de impuestos y vitalidad económica, y que el fisco
se mostró donde quiera armado en curso contra la riqueza pública, y esgrimiendo la
tijera con maravillosa actividad en el ejercicio del arte de sisar. La completa
nomenclatura de los impuestos y contribuciones que existieron en Hispano-Colombia hasta la
época de la revolución, asustaría, no diremos á un economista mediocre, sino al más
severo colector de rentas de Austria, Francia o España. Sería inútil detallar toda esa
nomenclatura, que tuvo sus variedades según los países, y por tanto nos reduciremos á
indicar los rasgos más notables del régimen fiscal que tan poderosamente contribuyó á
preparar la inmensa explosión de 1810.
Tal
parece como si el fisco, animado por un genio maléfico, no hubiese tenido sino el
propósito de estancar toda fuente de riqueza. Él perseguía la propiedad, la
producción, el simple trabajo, como se persigue á los animales dañinos; y lo hacia
muchas veces de un modo tan mezquino, que gravaba mil pequeños nadas con impuestos
insignificantes, cuyo producto era absorbido por los gastos de percepción, sin provecho
ninguno para el fisco mismo, pero con gran detrimento de la sociedad. Que nuestros
lectores juzguen simplemente por la siguiente lista abreviada de las más notables
imposiciones, de las cuales unas parecían destinadas á nutrir al tesoro de la madre
patria, otras á sostener los gastos generales
de
las colonias, otras al servicio municipal, y no pocas y bien sustanciosas en beneficio del
clero.
Los
principales ramos de imposición eran:-
Las
Aduanas, sometidas al régimen del monopolio semi-oficial y de la exclusión de
toda importación no española;
Las
Alcabalas, o derechos sobre toda clase de compras o ventas;
Los
impuestos sobre las sucesiones, en cuotas diversas según la naturaleza de los
herederos;
Los
derechos de almotacén, basados en el uso forzoso para todas las transacciones, de los pesos, pesas y medidas
oficiales;
Los
quintos de fundición, enorme impuesto que pesaba sobre la producción de oro y
plata;
El
tributo, de que ya hemos hablado, que, bajo la odiosa forma de capitación,
abrumaba á los indígenas;
Los
diezmos y primicias, impuestos crueles, exorbitantes, que gravaban la
totalidad del producto agrícola y pecuario, es decir capital, trabajo y renta,
y muchas veces gravaban la pérdida en vez de la utilidad; prestándose, por otra
parte, á los abusos más odiosos y funestos;
Los
derechos de registros y anotaciones;
Los
derechos por razón de oficios ó industrias, títulos profesionales, títulos de
minas y tierras, títulos de empleos, etc.;
El
papel sellado, obligatorio para todos los actos oficiales y la mayor parte de los
contratos ó actos privados, con una escala de precios muy subidos;
Los
derechos de consumo, que gravaban la vida en sus más imperiosas necesidades;
Los
peajes y pontazgos, sobre caminos y puentes, construidos gracias al trabajo
personal, forzado y gratuito o de los ciudadanos
y los indios;
Los
proventos de multas, ventas de empleos, sisas de todo género, mas ó menos
inmorales y odiosas, y otras menudencias;
El
monopolio de la producción y venta de sal marítima y de la explotación de las
minas de sal gemma que le daba al artículo un precio insoportable;
El
monopolio del cultivo y venta de tabacos;
El
de la fabricación y venta de pólvora, armas y municiones;
El
de la destilación y venta de aguardientes;
El
de la fabricación y venta dc naipes;
El
de la propiedad de minas de plata, esmeraldas, y
otras materias;
El
de todo servicio de correos;
La
renta proveniente de la amonedación, de la venta de tierras baldías, de los bienes
mostrencos, etc.
Agregad
á todo eso un enjambre de impuestos municipales de diversas formas, tales como:
Los
propios,
derechos sobre tiendas, puertas, ventanas, mercados á cielo raso, etc.;
El
impuesto directo para apertura de caminos, sobre los vecinos pudientes;
El
trabajo personal subsidiario, especie de corvea, exigido á los proletarios,
sin indemnización alguna, para atender á los mismos caminos;
Los
derechos de puertos, tránsito, pasaportes, licencias para fiestas, bailes y mil cosas.
No
acabaríamos al querer continuar la nomenclatura.
Pero
lo peor de todo no eran los impuestos, tan gravosos, complicados y absurdos de por sí. El
mal se agravaba infinitamente con el sistema de administración, el mas arrevesado que
podía darse. Unos ramos eran administrados directamente por el tren de empleados, y otros
se hallaban sujetos al sistema de remates en almoneda pública.
¿
Según
qué reglas se hacía la distribución? Según la regla general del empirismo. El
gobierno tenía el singular talento de trocar los frenos: administraba directamente los estancos,
las aduanas y todos los ramos sujetos á una tarifa de derechos ó valores mas ó
menos precisa; mientras que arrendaba ó ponía en remate los ramos que, no teniendo
tarifas determinadas, se prestaban, en manos de los rematadores, á ser objeto de mil
abusos y una explotación inhumana, como los diezmos, por ejemplo. Procedía, pues, en un
sentido diametralmente opuesto al que le aconsejaba su propio interés y al de los
contribuyentes.
No
es, pues, extraño, sino perfectamente natural y comprensible, que los patriotas de
Hispano-Colombia hubiesen tenido en sus manos, al hacer la revolución de 1810, una arma
poderosa, irresistible, que consistía en decirles á los pueblos:
« Apoyadnos, y el día de la victoria suprimiremos los
monopolios, las alcabalas, las sisas y otros impuestos inicuos que nos extorsionan y
aniquilan. » En todas las revoluciones ese lenguaje es el mas eficaz para las
multitudes; lo que prueba que la
mas
grave falta que un gobierno puede cometer, como administrador, es la de sangrar demasiado
el bolsillo de los ciudadanos, sobre todo cuando se trata de poblaciones muy atrasadas ó
nacientes en civilización. Los pueblos muy ilustrados se preocupan mas con sus 1ibertades
civiles y políticas y su condición moral. Las poblaciones ignorantes en cuyo seno la
vida es un materialismo, se reconocen y sienten sus males metiendo la mano al bolsillo
exhausto; al sacarla vacía, experimentan un estremecimiento de amargura, odio y despecho
que, despertándoles el instinto de la justicia, embotado hasta entonces, es el síntoma
infalible de la fiebre revolucionaria.
La
política española no solo era funesta en razón de su sistema fiscal, sino que también
le imprimió al movimiento económico de las colonias un giro completamente artificial.
Ese artificio (tan fatal para España como para sus colonias) se manifestaba
principalmente en dos cosas: la preocupación de la minería, de la riqueza metálica, de
la
balanza
del comercio
;
y el espíritu receloso ú egoísta respecto de las relaciones comerciales de
Hispano-Colombia con el mundo europeo. Si aquella preocupación condenó por largo tiempo
á las colonias á ser casi exclusivamente mineras, y paralizó, por contragolpe, la
minería en España, ese espíritu egoísta estancó la industria fabril en la península,
por falta de estímulo y competencia, al propio tiempo que vició en Colombia la vitalidad
del comercio y mantuvo en sus habitantes la tentación de la independencia, como el solo
medio de entrar en contacto con el mundo. El ilustre conde dc Aranda comprendió muy bien
todo eso, porque era hombre de genio y de corazón; pero sus consejos fueron desoídos, y
España sufrió la responsabilidad, al mismo tiempo que las fatales consecuencias se
hicieron sentir en Hispano-Colombia aun mucho después de la revolución.
El
gobierno español, creyendo que solo el dinero era riqueza positiva, se propuso
hacer de cada montaña colombiana una casa de amonedación. La cuestión era sacar de
allí oro y plata, y por eso se reglamentó tan minuciosamente la minería, que se
le consagró todo un código voluminoso. Se quiso hasta reglamentar la geología del Nuevo
Mundo. Con semejante propósito no solo se descuidó deplorablemente todo lo que
interesaba á las artes, la agricultura la ganadería, la industria, el comercio, etc.: se
llegó hasta la extravagancia de desdeñar en la minería misma todo lo que no era oro,
plata, sal gemma y esmeraldas. Las riquísimas y muy numerosas minas de hierro, cobre,
plomo, carbón, asfalto, nitro y demás materias metálicas y salmeas, secundarias ó
subalternas por su valor especifico, fueron generalmente miradas con desprecio,
cuando en ellas estaba una gran parte de la fortuna latente de Hispano-Colombia.
Un
hecho muy curioso revela por sí solo el cuidado que se tenía por estancar la
agricultura, creyendo favorecer la minería: el gobierno, con sus factorías que servían
de centro á la producción de tabaco, fijaba límites rigorosos que la agricultura no
podía traspasar.
El
distrito tal podrá cultivar solo un millón de plantas de tabaco,
decía,
por ejemplo, aunque el distrito fuese capaz para diez millones y no pidiese sino que lo
dejasen producir. Ese régimen de limitar expresamente producción y reglamentaria sin
piedad, tuvo aplicación á muchos ramos importantes de la actividad económica
1
.
A
propósito de la minería, es necesario que hagamos aquí algunas reflexiones que nos
parecen decisivas, y que defienden á las repúblicas hispano-colombianas de muy graves
cargos que se les han hecho. Se ha dicho principalmente, que entre nosotros son notables
la pasión por el juego, la falta de buenas vías de comunicación, el abandono de la
instrucción primaria y el atraso lamentable de la agricultura. Los cargos son
perfectamente fundados.
¿
Pero cuál es la causa de esos graves defectos? Nosotros vemos principalmente en la
política artificial que se propuso hacer a
los pueblos colombianos casi exclusivamente productores de oro y plata.
La
minería, en su mas vasta acepción, es una
gran cosa, un fecundo elemento de riqueza y prosperidad y de desarrollo intelectual; pero
reducida á la extracción de metales preciosos, es la mas triste fortuna que la
Providencia puede ofrecerle á un pueblo, exceptuando los arenales desiertos. No hay
riqueza mas adecuada (cuando es única) para pervertir á un pueblo y estancarlo en todas
sus manifestaciones de progreso durable y sólida civilización.
Estableced á un
pueblo en un territorio preñado de minas de hierro, cobre, plomo, carbón, etc., de
canteras de piedras útiles, en fin, de materias pesadas, de poco valor específico, de
indispensable necesidad para todas las industrias y exigencias de la vida, de aplicación
infinita y al alcance de todas las clases sociales. Ese pueblo será industrioso, activo,
emprendedor, inteligente,
múltiple
en
sus esfuerzos, tenaz en su lucha contra todos los obstáculos naturales. Todas las fuerzas
tendrán ocupación; todas las necesidades se harán sentir y serán satisfechas; los
centros de población se multiplarán; habrá muchas
vías de comunicación para dar movimiento á productos
voluminosos; la agricultura, las artes y las ciencias prosperarán; el hombre tendrá
notable moralidad, porque tendrá mucho que trabajar, y nada moraliza tanto como el
trabajo. Tendréis un gran pueblo,
Inglaterra, por ejemplo!
¿
Queréis,
al contrario, producir un pueblo que se llame Méjico, Perú, Nueva Granada, etc.?
Estableced
lo
en un suelo aurífero; alejadlo del hierro, del carbón, del cobre y la piedra,
que
son los agentes de la industria;
entregadlo exclusivamente al culto del oro, de la plata y las piedras preciosas,
que son los agentes de la vanidad, del lujo, de la soberbia, la disipación y la
corrupción,
y
el espectáculo será triste.
¿
Qué
habría sido de Australia y California si, después de algunos años de fiebre de oro, no
hubiesen buscado la base principal de su riqueza en la producción agrícola y fabril?
Estarían en la barbarie. La riqueza aurífera es puramente transitoria; es una
fascinación, un sofisma de riqueza, cuando le faltan las bases principales de toda
civilización estable. La civilización es el hogar porque es al derredor del hogar
que nacen y florecen las artes y la ciencia, la agricultura, el comercio, todas las
relaciones sociales permanentes. La mina no es un hogar, es un abismo que se explota hoy y
se abandona mañana, quedando (hablamos de las minas preciosas) tan desierto como
ayer.
Esto
es lo que ha sucedido, en mayor ó menor escala, en todos los países de Hispano-Colombia
que fueron artificialmente destinados á la explotación casi exclusiva de las minas de
oro y plata. Pondremos un ejemplo, con el cual nos dispensaremos de mayores comentarios
porque él revela y explica exactamente la situación económica social de casi toda la
Colombia española. Ese ejemplo es la famosa mina de esmeraldas de Muzo, en Nueva Granada,
en otros tiempos explotada por el gobierno español directamente y hoy arrendada a
compañías particulares. La mina es inmensamente rica y de superior calidad, y ha dado
grandes rendimientos cuando se ha trabajado en ella con habilidad. Se encuentra en una
serranía de bancos prolongados de cuarzo y pizarra, en el fondo de selvas vírgenes y
solitarias. Una aldea miserable, la de Muzo, vegeta en las cercanías, y, donde quiera, en
muchas leguas á la redonda, reinan la soledad y majestad de la naturaleza, es decir la
barbarie. No busquéis allí agricultura, ni ganadería, ni arte ninguna, ni comercio, ni
vías de comunicación, ni movimiento social. Los peones que trabajan en la mina,
arriesgando su vida á cada instante, viven miserablemente, y la actividad que reina
algunas veces en los socavones no estimula en derredor de ellos ningún desarrollo social.
Algunos de los especuladores que han explotado la mina se han enriquecido, viviendo
siempre en la comodidad de las capitales.
Y
no puede ser de otro modo. El valor artificial que el gusto y los modales dan á las
esmeraldas, es enorme en proporción al volumen del producto. En una cajita, en un
estuche, en los bolsillos, puede transportar la empresa o el valor de muchos miles de
pesos, toda una fortuna. Por lo mismo, no hay motivo para costear puentes, caminos, un
gran tren de vehículos, hospederías, extensos cultivos,
ni para colonizar tierras, fundar haciendas, ingenios, almacenes,
centros de población civilizada, en fin, todo lo que resulta de la producción de
artículos voluminosos, de uso común,
al alcance de todas las clases sociales y necesarios á todos los usos de la vida regular,
múltiple y permanente. Las esmeraldas salen de la mina, unos pocos se hacen opulentos, y
la barbarie sigue reinando en las selvas y montañas de Muzo.
Tal
es la condición de los países cuya riqueza principal consiste en la explotación de
materias llamadas preciosas por una falsa inteligencia de la economía social.
Eso es lo que ha
sucedido en casi toda Hispano-Colombia. Es curioso el contraste que allí forma la
fisonomía de las localidades y de las comarcas intermediarias.
Si
se llevase a un europeo de buena sociedad, con los ojos vendados, y como por encanto se le
fuese conduciendo á Méjico (la capital), Caracas, Bogotá, Lima, Santiago de
Chile, Buenos-Aires y aun Quito, no dejaría de exclamar, al quitársele la venda:
«
¿
Estoy, pues, en Europa?. No es esta una ciudad europea, por su aspecto, sus formas, su
población ilustrada, sus costumbres, su elegancia, su riqueza, su refinamiento? » Pero
luego, si se le llevase á diez leguas ó menos de distancia, y se le mostrasen los
desfiladeros, abismos y fangales llamados caminos, los miserables ranchos perdidos
en las selvas, las deplorables aldeas en la mayor incuria, y los campos desiertos y
eriales, el mismo europeo, tan maravillado en las capitales, exclamaría con tristeza y
desencanto amargo: « Ah! esto es el desierto, es el África, es la barbarie, la
naturaleza imperando sobre la abyeccion del hombre! » Y tendría razón para decirlo.
El
fenómeno se explica fácilmente. Aparte de los enormes obstáculos que una formidable
naturaleza amontona donde quiera, los hispano
colombianos
se habían visto excluidos de la industria, del comercio exterior y de la agricultura en
escala importante, por los innumerables monopolios y las prohibiciones del régimen
colonial. La minería, reducida al oro y la plata, fue el elemento cardinal de la riqueza.
Pero las minas de oro y plata no enriquecen sino á sus propietarios, muy poco numerosos y
dispensados de la verdadera actividad social, por la extrema facilidad con que hacen
fortuna. El oro pasa en pequeñas y valiosas barras por cualquiera parte; él no estimula
el desarrollo de las vías de comunicación, de la agricultura, las artes, la población,
las escuelas, etc.; concentra enormes fortunas en muy pocas manos, en las ciudades
confortables; deja á la masa proletaria en la miseria, la inacción, ignorancia y el
estancamiento favorece 1as desigualdades sociales, y es un poderoso estimulante del juego, la ostentación, el lujo estéril,
la disipación, la ociosidad y todos los vicios análogos y consiguientes.
Feliz
el pueblo que trabaja con el hierro, el carbón, el arado, el ingenio, la máquina y el
hacha! Desgraciado el que no produce sino oro y piedras preciosas! Pero se nos dirá:
Los pueblos de Hispano-Colombia han tenido tiempo de sobra para mejorar su situación y
remediar los males del régimen colonial. No; haceos cargo de las dificultades. Durante
quince años, de 1810 á 1825, no hicieron mas que luchar por su independencia; y todavía
en 1829 á 1830 se creían amenazados por
España. Después han tenido que consagrar sus principales esfuerzos á la obra de su
constitución y organización, teniendo que crearlo todo (comenzando por crearse á sí
mismos), atender á enormes deudas, apaciguar las borrascas de una vida inexperta, luchar
contra una naturaleza soberanamente abrumadora, asegurar antes que todo la existencia
de
cualquier modo.
Una
sociedad no puede cambiar súbitamente sus condiciones económicas, y si estas han sido
artificiales, tanto peor todo se desquicia y disloca en el primer momento, y solo el
tiempo hace entrar todos los intereses en su camino ó asiento natural. Hispano-Colombia
puede contener y alimentar 600 millones de habitantes holgadamente.
¿
Qué
podían hacer 20 millones ó menos de recién-nacidos á la libertad, contra todo un mundo
de imponderable exuberancia y fuerza? Es necesario saber esperar de los pueblos sus
destinos como de la propia fortuna. Hispano-Colombia, republicana, ha nacido en un lecho
de espinas
las instituciones coloniales
,
y no
ha podido producir rosas de la noche á la mañana.
[
1
]
Entre
las muchas prohibiciones que la legislación colonial mantuvo en Colombia, citaremos la
que impidió constantemente el cultivo de la viña, las olivas y otros frutos muy
importantes, so pretexto de que no sufriesen competencia las producciones análogas de la
Península. Podríamos citar muchas otras prohibiciones de este género, ó de carácter
fiscal, que fueron ruinosas para la riqueza hispano-colombiana y perniciosas para la
metrópoli misma.
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