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Fue en Pasto donde el régimen colonial resistió más tenazmente á la revolución de la independencia, invocando á Fernando VII, y es de allí que han surgido todas las insurrecciones sangrientas y tenaces, en nombre de la religión, después de la constitución de Colombia. El indio pastuso tiene su cortijo para trabajar y vivir, pero dentro de la casa se halla infaliblemente el telar rudimentario, el fusil del guerrillero, la múcura ó vasija de chicha ó la botella del puro anisado, y una colección de imágenes de santos, cuando no un altarcito. ¿Se trata de pagar los diezmos y primicias (voluntariamente) ó de costear fiestas eclesiásticas? Está listo y paga con largueza. ¿Se trata de un fandango para beber sin medida? De mil amores. ¿ Se trata de ir á la escuela, pagar impuestos públicos, prestarse á las operaciones del censo de población ó concurrir libre y espontáneamente a las elecciones? El indio dice: —Negado. ¿Se trata, en fin, de organizar una guerrilla y declararse en rebelión bajo el mando de un fraile ó del cura párroco? El pastuso está pronto.

¿Y cómo hace la guerra? Hoy se presenta en un desfiladero, ataca resueltamente, haciendo fuego con admirable precisión, y si el negocio va mal, desaparece como por encanto en la espesura del bosque. Mañana llegáis a un cortijo: un indio está desherbando su sementera ó tejiendo una ruana de lana. — ¿ Ha visto V. á los enemigos?  le pregunta el jefe de una compañía. — « No, mi amo! naita de eso! » — responde el indio. El oficial sigue adelante, y el indio astuto, que el día anterior os había combatido, saca su fusil de entre la techumbre de su choza, corre por los brezales de la selva como un gamo, y le asesta un balazo mortal al que acababa de interrogarle! Es así como hacen la guerra los pastusos, cuya existencia, en los tiempos de paz, es una simple vegetación física y moral. Es, pues, un tipo análogo al del antiguo guerrillero vascongado, pero infinitamente peor, porque no tiene los instintos democráticos ni las virtudes sociales y domésticas del campesino de Guipúzcoa, Alava y Vizcaya.

Muy diferente del indio pastuso es el indio de raza chibcha que puebla, al lado de los blancos criollos, las alti—planicies y montañas de Bogotá, Tunja, etc., en la cordillera Oriental. Su tipo físico no ofrece diferencias muy particulares, pero en lo moral es distinto. Frugal pero intemperante, paciente pero estúpido, es incapaz de servir para guerrillero, pero hace un incontratable soldado de línea, por su obediencia pasiva, su impasibilidad. y su prodigiosa resistencia para caminar á pié, cargado con pesados tercios. Sencillo, profundamente ignorante, estacionario y conservador por excelencia, sin ambición ninguna, desconoce totalmente la significación de la palabra ciudadano y esquiva toda ingerencia en las cosas públicas. Fanático, supersticioso, idólatra en su modo de entender el catolicismo, es sin embargo inofensivo, y jamás se entusiasma hasta llegar á las vías de hecho por motivos religiosos.

Además, el indio chibcha es desconfiado y tímido, muy hospitalario y benigno, esencialmente agricultor y celoso por su propiedad, regateador y locuaz hasta la terquedad. Carece absolutamente de aptitudes artísticas, es frío en el amor, adicto al matrimonio por amor al sosiego y al trabajo, fiel á sus superiores, y honrado en el fondo, aunque poco sincero en sus tratos. Es evidente que el indio chibcha ha permanecido estacionario á causa de una doble influencia: la del clima generalmente frío, y la de las instituciones coloniales y prácticas monacales, que se arraigaron en las alti-planicies mucho más que en las regiones bajas. En realidad, la inmovilidad española de los tiempos coloniales armonizaba singularmente con las cualidades sedentarias del elemento chibcha.

Es evidente que el cruzamiento de la raza española con las indígenas y la africana negra ha producido en Nueva Granada castas mestizas muy apreciables, a pesar de sus actuales defectos de educación 1 . Los tipos enérgicos del guache y el orejón, de la alti-planicie de Bogotá, procedentes de español é indio, son excelentes ejemplos de nuestra aserción, lo mismo que la yapanga de Popayán, el guantero de Medellín, etc. Pero es en el mulato y el cuarteron donde aparece con más energía el resultado de las fusiones que se han operado.

En Colombia, cuando las revoluciones ó facciones no son promovidas directamente por los gobernantes, por los clérigos ó por los jefes militares (y esas son las más frecuentes), las suelen hacer los mulatos, ó por lo menos encuentran fácil apoyo en ellos. De ahí la mala fama que en Europa se les ha dado á las poblaciones mulatas ó pardas. ¿ Es por espíritu de casta, por odio á los blancos ó por aspiraciones comunistas que los hombres de color son tan accesibles á las agitaciones civiles? No; de ninguna manera. En Nueva Granada no ha habido jamás lucha de castas. ¿Es por motivos de malestar social, de opresión ó de inferioridad legal? Tampoco. El mulato es turbulento porque es mulato, es decir por exuberancia de savia, de bellas cualidades, exuberancia que, careciendo todavía del doble freno de la educación y de los intereses bien consolidados, produce desbordes pasajeros y que nada malo anuncian para el porvenir. El día en que el pueblo haya hecho su educación de libertad y democracia, y que los intereses se hayan multiplicado y consolidado, por la fuerza de las cosas, las castas mulatas serán uno de los más seguros y fecundos elementos de la civilización en el Nuevo Mundo. Acerca de esto, nuestra convicción es tanto más profunda cuanto es desinteresada nuestra posición personal.

El mulato hispano-colombiano, que no es objeto de desdén ó desprecio como el de Sur-América, gracias al carácter español y á nuestras instituciones fraternales, es un compuesto de las más bellas cualidades del español y el negro, y sus defectos son los de toda casta mestiza en su principio, y los inherentes á una situación transitoria. Nuestros mulatos tienen del negro la resistencia física, la fidelidad, el tierno amor á la familia y la aptitud para los trabajos fuertes; del español, el sentimiento heróico, el espíritu de galantería, el instinto altamente poético, el orgullo caballeresco que no tolera ningún ataque contra la dignidad ó el honor, el genio impresionable, bavard ó picotero, fanfarrón y expansivo; y del colombiano, el amor  instintivo á la libertad y las tendencias poco sedentarias. El mulato es novelero é inconstante, lo que prueba que sus progenitores españoles no eran aragoneses ni castellanos; y añade á la voluptuosidad del negro la galante obsequiosidad del andaluz.

Evidentemente se nota en el mulato cierta distribución de los caracteres de las razas que lo producen: su organización física es mucho más negra que blanca; sus cualidades morales, infinitamente más blancas que negras. Pero el mulato exige que se le trate con cuidado. Dócil y flexible ante la benevolencia y la razón suavemente presentada, es áspero, insolente, turbulento, intratable, cuando se siente insultado, despreciado ó manejado con dureza. Rico de fantasía, sumamente accesible á las influencias poéticas, amigó de perfumes, lujo y novedades, gusta de hacer ruido, dar que decir, y su vanidad generosa y entusiasta le predispone á las pretensiones políticas, al deseo de elevarse, ennoblecerse y hacer papel, casi siempre con desinterés. Su inteligencia es rápida y clara, particularmente para las bellas artes, los negocios de administración pública, la jurisprudencia y el comercio. Su fidelidad conyugal es problemática, su valor arrojado, pero poco resistente, su sentimiento religioso muy despreocupado. El mulato es, pues, un tipo interesante que, bien dirigido, es susceptible de ofrecer resultados no sólo apreciables sino sorprendentes, gracias al espíritu de progreso y emulación que le distingue.

El llanero ó habitante de los inmensos llanos de Casanare y San Martín, regados por el Guaviare, el Meta, el Arauca y muchos otros afluentes considerables de la banda occidental del Orinoco, es, sin disputa ninguna, el tipo más curioso de cuantos han producido en Nueva Granada los cruzamientos de razas, favorecidos por ciertos medios topográficos. El llanero es el gaucho granadino, pero un gaucho infinitamente más poético, más accesible, menos bárbaro. Es un tipo de ópera cómica por excelencia, en el cual se alían lo heróico y lo pastoril, lo dramático y eminentemente cómico, formando el conjunto mas original. Pastor de inmensos y libres rebaños, jinete, toreador y nadador insigne, soldado fabuloso de caballería, poeta de las pampas y de las pasiones candorosamente salvajes, artista galante á su modo, fanfarrón y chistoso, -el llanero es el lazo de unión entre la civilización y la barbarie, entre el criollo y el indio feroz casi antropófago, entre la ley que sujeta y la libertad sin freno moral, entre la sociedad con todas sus trabas convencionales, mas ó menos artificiales, y la sociedad imponente de los desiertos, donde solo impera la naturaleza con su inmoral grandeza y su solemne majestad!

El llanero no tiene á la vista nevados no volcanes, ni colinas risueñas, ni pintorescos vergeles, ni graciosas y regulares villas o ciudades, ni caminos y puentes, ni fábricas, ni iglesias, ni modas, ni asambleas, ni autoridades, ni policía. Sus vergeles son los bosques seculares de palmeras que vegetan llenos de pompa en las márgenes del río. Sus caminos son las interminables llanuras de horizonte ilimitado, cubiertas de gramíneas gigantescas. Su puente es el caballo, lanzado al través de los ríos y las ciénagas, con el cual pasa por entre enjambres de caimanes y cetáceos de poderosa electricidad, ora agarrándose de la cola del animal, -el amigo del desierto, -ora manteniéndose sobre la silla ó en pelo como una especie de tritón o sagitario. Sus asambleas son con los novillos corpulentos y potros indómitos de la pampa, que recoge y para en campo abierto ó enlaza á la carrera con su larguísimo rejo de infalible precisión. Su régimen de policía consiste en incendiar en los veranos las gramíneas de sus pampas para fertilizarlas, limpiarlas de alimañas y renovarlos pastos. Sus modas se reducen á poca cosa, sin necesidad de sastres: el calzoncillo y la camisa flotantes, de lienzo burdo del país, en las faenas comunes; y en los días de gala, el sombrero de fieltro ó de felpa común, de color gris, el enorme bayetón (ruana ó poncho de bayeta doble, azul), el pantalón corto, el pañuelo de colores (rabo-de-gallo) en forma de corbata flotante, los arte es de oro en las orejas, los zamarros de cuero de cabra, de oveja ó de león, las alpargatas de fique y algodón, las enormes espuelas capaces de desangrar á un elefante, el sable terciado bajo la coraza de la silla, el belduque o gran cuchillo pendiente de la cintura, el tiple ó la bandola indispensable para cantar los heroicos, galantes é hiperbólicos galerones, la montura de anchos y altos bordes atrás y adelante, sin cabeza, claveteado y bordada con lujo, cubierto con un cuero lanudo ó una gran cobija de lana, y de la cual penden el rejo de enlazar enroscado en 15 ó 20 chipas y los grandes estribos de cobre, de estilo feudal. Su hogar es un rancho construido a la diabla; su iglesia es el inmenso y fulgurante cielo; su sociedad y su mundo están en el hato o rebaño, la querida (cuando no las), el sable, el trabuco, el rejo, el fandango, la botella de aguardiente, la pampa, la floresta, el río, el brioso potro y la bandola. -¿Para qué mas? Como creyente, nace, vive y muere a su modo, sin cuidarse del cura ni del sacristán. Como ciudadano, obedece con indiferencia, mientras la libertad de la patria no está en peligro; y si le nombran alcalde ó juez, recibe y entrega el archivo de la oficina al peso en balanza, y administra las cosas a la diabla.

El llanero jamas ha servido á la causa de la opresión ni de ninguna dictadura. Cuando la libertad está en peligro, responde con entusiasmo al primer llamamiento, y como cada cual tiene su lanza, su sable, su silla y su caballo, en un día se forma un escuadrón, en tres un regimiento de terribles lanceros; y si es necesario tramontar la cordillera y los caballos faltan ó no pueden maniobrar, el llanero echa pié á tierra y pelea como lancero de infantería. A caballo, con su lanza en ristre, ninguna fuerza le detiene, ningún escrúpulo le pesa sobre la conciencia; lo mismo alancea soldados enemigos que novillos gordos; lo mismo carga en la llanura que al través de las ciénagas y los ríos. Todo el mundo sabe de antemano que, al pedirle su concurso militar al llanero, hay que aceptarlo con todas sus consecuencias. ¿Termina la guerra? El llanero no pide sueldos, ni pensiones, ni gratificación ninguna, porque en el combate es un artista de la muerte que ama el arte por el arte, como cualquiera otro. Al tercer día de la victoria, o cuando se le antoja, dice: -"Me vuelvo á mis llanos" –y nadie le detiene, so pena de verle en rebelión ó muriendo de nostalgia. Jamás ha tenido idea de lo que es el miedo, en términos que hasta su lenguaje lo indica, representando la idea del temor con la expresión: -"tener asco de alguna cosa."

El llanero no es otra cosa que el hijo del cruzamiento entre la raza española y la indígena de las regiones del Orinoco. Moreno, delgado, membrudo, anguloso y cartilaginoso, su mirada tiene al mismo tiempo reflejos salvajes ó feroces y una expresión intermitente de candor y dulzura. Su voz es muy fuerte, como lo exige la necesidad de hacerse oír en abiertas y vastísimas pampas, singularmente gutural y cadenciosa, y silbadora en extremo, formando un silabeo que suena á veces como los rumores del viento entre los árboles. Poeta y galanteador por excelencia, improvisa con admirable facilidad, al son de la bandola, los más originales romances ó redondillas, en el calor de los fandangos; y cuanto tiene es para la mujer ó la querida, á quien trata con largueza y suma ternura mientras es fiel y bonita. En sus romances llamados galerones, figura siempre un cuento heroico, en que la mujer, el novillo, el caballo, la lanza, el sable (machete), el combate común ó singular, etc., excitan la inspiración de la musa y el entusiasmo del auditorio. En esa poesía de las pampas todo es hiperbólico, prodigioso, soberanamente fanfarrón y jactancioso. Ya es un héroe que desbarata solo á un regimiento; ya un endemoniado que agarra los caimanes con la mano, mata tigres á bofetones, arroja un toro, de un puntapié, por encima de la cordillera Oriental, ó hace otras proezas análogas; ya en fin es un Don Juan del desierto, que conquista y hechiza y se lleva consigo á todas las buenas mozas, burla todas las pesquisas y reparte prodigios con abrir las manos.

Terminaremos este diseño con un rasgo característico. El llanero, naturaleza ruda y espontánea, es susceptible de todas las virtudes y todos los crímenes, según como se le trata, y casi siempre por instinto, sin reflexión ni cálculo. Tratado con dulzura, es humilde como un cordero; pero ultrajado, es un tigre. Su crueldad en la venganza, solo es comparable á su fidelidad en la buena amistad y á su consagración desinteresada cuando la gratitud le inspira. El llanero, en una palabra, tiene todo el candor de los pastores, toda la fantástica generosidad del poeta y todas las brutalidades del salvaje. Es al mismo tiempo, el reflejo de la civilización rudimentaria y el símbolo de la naturaleza primitiva.

Del llanero al zambo hay la distancia que media entre el pastor y el batelero, entre el descendiente de Europa y el descendiente de Guinea. Extraño tipo el del boga ó zambo del bajo Magdalena, del Atrato, etc.! La evidente inferioridad de las razas madres (la africana negra y la indígena cobriza) y su degradación más ó menos profunda, auxiliadas por un clima en que todo fermenta, (porque el sol y la tierra se abrazan allí con infinita lubricidad) han producido en el zambo una raza de animales en cuyas formas y facultades la humanidad tiene repugnancia en encontrar su imagen ó una parte de su gran ser... El zambo se muestra en toda su fealdad de tres maneras : á bordo del champan ó bote, en la playa, bailando el currulao, y en su rancho, á la orilla del río, gozando del dolcissimo far niente del salvaje. Retratémosle en pocas líneas, bajo esas tres formas.

A bordo del champan, remontando el Magdalena, veis, á 20 ó 30 figuras de color de madera de rosa, lustrosas como la grasa, vestidas como nuestro padre Adam, con el aditamento de un trapo abajo de la cintura llamado tapa-rabo, y resumiendo en sus fisonomías estúpidas, impasibles y toscas, y sus cabellos intermediarios entre la mota de lana y la mecha lisa, los rasgos dominantes del negro y el indio, más ó menos amalgamados ó modificados. Los 20 ó 30 salvajes, al zarpar de un puerto, entonan en voz alta y ronca, formando una algarabía de todos los diablos, una interminable relación de todas las vírgenes, santas y santos reputados por más milagrosos en los pueblos del río, sin perjuicio de los que corresponden á la devoción particular de cada boga. Pero esa advocación no es puramente religiosa: es una especie de olla podrida de votos y promesas, recuerdos lúbricos, reniegos infernales, insultos á los que se quedan en la playa, recomendaciones para todas las comáes (comadres) y las ñas (abreviación de doña ó señora). Aquel guiriray es tan inteligible cómo grosero y abominable. Es así como la indolencia ó la fría codicia del clero le ha dejado alimentar al zambo el sentimiento religioso, confundido con las cosas más indignas! Si el champan se cruza en el rió con otro que desciende, ¡ay del viajero que esté á bordo! Las dos tripulaciones se dicen las mayores atrocidades en el lenguaje más obsceno que se puede imaginar; sin que por eso dejen de ser excelentes amigos.

El zambo en viaje es un ser singular en punto á honradez y formalidad. Donde se le antoja detenerse, salta á sierra y dice : — "Branco, de aquí no pasamo hoy!"   ¿Os lrritais? es inútil. ¿Apelais á la amenaza? Os servirá según como la apoyéis: si mostráis un sable, estáis perdido, porque el zambo, aunque cobarde, maneja admirablemente el machete; pero si mostráis una arma de fuego, la cosa es diferente, —el zambo tiembla al ver el cañón y la pólvora. Lo mejor es resignarse á darles una de aguardiente de anís, soportarles sus insolencias y hacerles seguir por las buenas. En cuanto á probidad, podéis estar seguro con vuestro cofre abierto, vuestras mercancías y  demás valores que no sean comibles; pero tened por cierto que toda caja, barril ó vasija con provisiones será abierta y saqueada, sobre todo si contiene licores. La probidad del zambo se detiene donde comienzan las tentaciones de la gula ó de la intemperancia. Cuando salta á tierra, de paso, al pié de algún cortijo, es como si cayera langosta: todo lo que es comible queda sujeto á la ley del filibusterismo.

En la playa, durante las noches de alta, ó en las calles y plazuelas de sus aldeas ó arrabales, el zambo y la zamba revelan su salvaje lubricidad en la extraña danza del currulao. La orquesta se compone de una pequeña flauta rudimentaria llamada gaita, y un tamboril, largo, estrecho y de forma cónica. Al derredor forman una gran rueda los danzantes, cogidas de la mano las parejas, llevando cada zamba dos ó más velas encendidas, y andando todos al derredor de la orquesta, en un eterno movimiento de trepidación que combina la marcha lenta con la danza y las contorsiones. Las parejas se quitan y reemplazan en detalle y caprichosamente; todas cantan en coro tonadas de una melancolía brutal y salvaje, y todas procuran rivalizar, ya que están medio-vestidas, en la lubricidad de los gestos, la obscenidad de los movimientos y la extravagancia de las acompasadas contorsiones.... Al ver ese horrible espectáculo, cree uno que está mirando, en una pesadilla, una zambra de réprobos dando vueltas en una de las cavernas del infierno en honor de los siete pecados capitales!

Pero observad esa choza miserable que se destaca en la orilla del río, sobre una barranca arenosa, á la vera del bosque vírgen y de un pequeño platanar y un maizal. Debajo de un árbol se ve pendiente una hamaca de red de pita ó de bejucos ó cordones de paja: allí reposa el voluptuoso príncipe de la soledad, soñoliento, indolente, libre y salvaje como el árbol que le da sombra. Cerca del rancho se ve, secándose al sol sobre una barbacoa, el chinchorro ó la atarraya con que pesca el zambo; á la sombra del mismo rancho penden de las vigas algunos racimos de plátanos verdes y maduros, y al pié de la barranca se balancea entre mimbres y gramíneas la pequeña piragua que le sirve al semi-salvaje para pescar y hacer sus pequeñas excursiones.

¿Os parecerá extraño que un hombre viva en esa indolencia, sin religión, sin relaciones sociales, libre de toda autoridad, contento con su suerte miserable y sin ninguna aspiración? Él se cree más dichoso que nadie, porque no tiene los deberes del ciudadano ni las necesidades de la civilización. Su platanar eterno, su maizal y su yucal (que son casi un lujo), su hamaca, su red y su canoa, le bastan para vivir. Cuando necesita sal, plomo para su red, un machete, un cuchillo, un azadón ó algún pedazo de coleta u otro género, llena su piragua de plátanos, yucas y pescado secó, va á venderlos á la más cercana villa ó parroquia, se provee de lo que necesita y vuelve á su vida de indolente reposo.

Y bien: ¿se deberá desesperar del porvenir del zambo? De ningún modo, aunque sea la peor casta ó raza del país. Mientras el desierto le rodee, seguirá vegetando; pero el desarrollo del comercio, de la navegación, de las vías de comunicación, de la agricultura, etc., irá llevando la civilización, de conquista en conquista, por selvas y valles; y no muy tarde esas castas inferiores, mezcladas al movimiento común, recibirán instrucción, se educarán progresivamente, hasta elevarse, gracias á la libertad y á la igualdad, por el contacto y la fusión con las demás castas.   Su concurso industrial será entonces precioso, por la energía física del mestizo, enervada apenas por falta de estímulo y aplicación.

Tales son los tipos más notables de nuestras sociedades hispano—americanas, resultantes de cruzamientos. ¿De qué manera se hallan en contacto? ¿Cómo funciona el fenómeno de su yuxtaposición? He aquí lo que hace interesante el estudio de las zonas etnográficas. En casi toda la Colombia española, y particularmente en la inmensa región intertropical, desde Méjico hasta las fronteras septentrionales de Chile y de la Confederación Argentina, las razas y castas se encuentran escalonadas como en anfiteatros, desde las riberas marítimas y las pampas interiores hasta las más altas cimas de los Andes que son habitables; y es tal la regularidad de esa distribución topográfica, que donde quiera cada zona social corresponde exactamente á otra relativa de temperatura y elementos de alimentación y trabajo. Así, puede decirse que del mismo modo que las cordilleras son desde sus estribos hasta sus cimas inmensos termómetros naturales, la sociedad forma una estratificación viviente, cuyas capas ó sedimentos son las numerosas y variadas razas y castas, resultantes de muy complicados cruzamientos, situadas todas en el medio que mejor conviene á la sangre, las tradiciones, la industria y la energía de cada una.

De ese modo, todas las producciones y manifestaciones posibles son simultáneas, y aunque cada grupo ocupa su lugar ó su zona, ninguno puede vivir sin el concurso de los  demás. Todos se sirven y necesitan recíprocamente; sin que pueda haber antagonismo natural entre ellos, como no lo hay entre las regiones que les sirven de centro. El blanco de origen español, que habita principalmente las ciudades de las alti-planicies, necesita del concurso del indio agricultor ó fabricante de tejidos burdos. Unos y otros necesitan del llanero que les provee de ganados, como el llanero necesita del servicio que le ofrecen las artes, la agricultura y el comercio de los criollos é indios. Hacia el lado opuesto la reciprocidad es la misma. El hombre de las tierras altas no puede vivir sin pedirles sus productos (azúcar, tabaco, maíz, cacao, café, sombreros de paja, oro, etc.) al mestizo y al mulato de las tierras medias y los valles profundos; y tanto unos como otros obtienen el concurso comercial del zambo y el mulato de las costas, sin los cuales no habría navegación (a pesar de los vapores) ni tráfico ninguno. A su turno los habitantes de las zonas bajas é intermediarias se nutren, física y moralmente, con los productos de las alti-planicies y las obras literarias de las poblaciones más refinadas, concentradas bajo climas benignos.

¿Cuáles pueden ser y son los resultados de ese contacto y esa coexistencia de zonas etnográficas? Evidentemente estos tres, si las instituciones no los contrarían: —1º el desarrollo simultáneo de grupos sociales diferentes, sometidos a la fecunda ley de la emulación; 2º la constante fusión de esos mismos grupos, más ó menos lenta pero infalible, y en todo caso feliz, porque la observación prueba que la raza blanca es la más absorbente, la que predomina por la inteligencia y las facultades morales; 3º el progreso múltiple de la civilización, resultante de la libre acción de todas y cada una de las castas.

Ahora bien: ¿cuál puede ser el sistema político, social y económico que se adapte mejor á esa admirable yuxtaposición ó coexistencia de razas, castas y variedades? No otro, sin duda, que el de la república democrática, — el de la plena libertad individual, la completa igualdad legal y la soberanía popular. Sólo ese régimen puede acomodarse á tantas variedades, respetar todas las manifestaciones de progreso, estimular todos los esfuerzos, garantizar todos los derechos y mantener la unión fraternal, sin violentar á nadie. El régimen colonial no podía satisfacer esa gran necesidad: la fusión de razas ó el mestizaje. Por eso sucumbió; por eso fue unánime y simultánea la revolución de 1810. Las causas y la situación eran las mismas en toda la Colombia española; los efectos tenían que ser los mismos. De ahí la universalidad de la república en ese continente.

Y un hecho excepcional es la mejor confirmación de la regla. La república de Chile es la única de organización aristocrática que existe en Colombia; es la que ha sufrido menos revoluciones, la que ha tenido mayor progreso material y académico, y la que goza de más simpatías en Europa. ¿Por qué? La explicación es muy fácil. La población de Chile es casi totalmente blanca, está situada á lo largo de la costa, en su inmensa mayoría, y goza, por la latitud de su suelo, de estaciones como las de Europa. Sus analogías son más europeas que colombianas, lo que hace comprender las simpatías que la favorecen. Allí los cruzamientos han sido mucho menos intensos y complicados que en las regiones intertropicales; la vida es más regular y acompasada, como lo son las variaciones de temperatura, uniformes para toda la población; las mejoras materiales, la agricultura y el comercio han podido aclimatarse mejor, sobre una zona marítima angosta y fácilmente accesible; y las tendencias democráticas han sido menos exigentes, impacientes y enérgicas, porque han tropezado con una gran masa de población de sangre europea pura, naturalmente aristocrática por su orígen su posición, exenta de esa promiscuidad inevitable que la variedad de los climas les impone á las poblaciones intertropicales.

¿Estas diferencias podrán autorizar para ser optimista respecto de Chile solamente, y pesimista respecto de las  demás repúblicas hispano-colombianas? No; de ningún modo. Cada grupo social obedece á las leyes de su fisiología y su geografía; cada uno se desarrolla según su punto de partida y concurre á la obra de la civilización colombiana en la medida de sus aptitudes. Es preciso darles tiempo al tiempo y á la lógica del progreso. Las revoluciones actuales son fenómenos pasajeros de una sociedad en formación, semejantes á las revoluciones del globo en sus épocas de transición. No hay razón ninguna para desesperar ni hacer tristes augurios!


[ 1 ] Lo que decimos de Nueva Granada es aplicable, por regla general, á toda Hispano-Colombia.