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V

 

La fusión social en Colombia. — Caracteres típicos de las razas y castas de ese continente. — Tipos particulares de la Confederación granadina: el criollo de Bogotá; — el mestizo de Antioquia; el indio de Pasto; — el indio Chibcha; — el mulato de los valles y costas; — el Llanero; — el zambo de los grandes ríos. — Las zonas etnológicas.

  Nada puede ser más interesante, a propósito de las repúblicas hispano-colombianas, que el estudio profundo de sus condiciones etnológicas. En el Nuevo Mundo que, si se nos permite el atrevimiento de la frase, pudiera ser llamado el inmenso valle de Josafat de los vivos, todas las razas principales del globo se han dado cita para mezclar su sangre, sus tradiciones, sus fuerzas y caracteres, concurriendo simultáneamente á la grande obra de la civilización. Lo que la conquista y el régimen colonial coseptentrionales de Méjico hasta el cabo de Hornos, que todas las razas más notables de Europa están en contacto entre sí y con las indígenas y las negras africanas; sea en virtud dmenzaron, lo están completando las libres inmigraciones á que ha dado lugar la independencia política y social del Nuevo Mundo. Aun haciendo abstracción de la América, vemos donde quiera, desde las fronteras el libre acceso permitido por nuestras instituciones, sea por causa de la coexistencia de muchas colonias europeas.

Si los españoles y portugueses, como razas dominantes, ocupan la mayor extensión del territorio continental de la religión llamada latina, los ingleses, franceses, holandeses y dinamarqueses tienen también sus porciones más ó menos considerables, sea en las tres Guayanas, sea en las numerosas islas del mar Caribe. Además, las inmigraciones, unas privadas ó espontáneas, otras provocadas por los gobiernos, han hecho entrar más ó menos en todas nuestras repúblicas el elemento italiano, el germán, el suizo, etc., además de los ya mencionados. Tal parece como si la Providencia, viendo las dificultades que en el Viejo Mundo oponen al cruzamiento fraternal de las razas las preocupaciones tradicionales, las rivalidades internacionales, las antipatías de los climas y otros hechos, hubiera querido destinar el Nuevo Mundo á ser el teatro de la fusión y reconciliación de las razas, inaugurando así las bases de una nueva civilización!

Pero ¿qué civilización? Una civilización mestiza, es verdad, sorprendente, difícil en su elaboración, tumultuosa y ruda al comenzar, contradictoria en apariencia, destinada á regenerar al mundo, mediante la práctica del principio fundamental del cristianismo: el de la fraternidad! Todo en Colombia facilita esa obra providencial: la novedad del suelo y de las condiciones sociales, la inmensidad de los elementos de progreso, la promiscuidad maravillosa de todos los climas y de todas las producciones simultáneas, y la necesidad absoluta que tienen las sociedades colombianas de ser liberales y hospitalarias, so pena, en caso contrario, de estancarse. Si la independencia de esas sociedades no hubiera de producir otro resultado feliz que el de favorecer esa fusión providencial de las razas humanas, y aun de los animales domesticables, eso nos bastaría para que la civilización tuviese el derecho de regocijarse con la emancipación colombiana y el deber de estimularla y sostenerla.

Y en esto de fusiones hay que notar un contraste que por si solo manifiesta cuánto ha servido á la civilización la independencia de los pueblos hispano-colombianos. Antes de 1810 eran muy poco numerosos los españoles que se establecían definitivamente en Colombia: iban como empleados ó especuladores, cumplían su periodo ó hacían fortuna y regresaban á la madre patria. Hoy sucede lo contrario: españoles, ingleses, franceses, alemanes, italianos, etc., van á Hispano-Colombia, á veces sin ánimo de establecerse allí; y como las instituciones son generalmente liberales y hospitalarias, el europeo reconoce que allí puede tener una nueva patria, gozando de plenas libertades, con derechos iguales, mejor considerado y con una posición social mucho menos oscura y subalterna y mucho más afortunada que la que tenía en Europa. El resultado es que el europeo se fija en Hispano-Colombia, se casa con una criolla, entra del todo en la gran familia colombiana y concurre á la formación de una bellísima raza, mestiza pero caucásica, en la cual se alían el sentimiento heróico y el vigor del hispano-colombiano con el genio positivista, individualista, emprendedor y tenaz del anglo-sajón, del alemán, del holandés, del suizo, etc.

Suponiendo que los cruzamientos que producen zambos, mulatos é indo-españoles fuesen un mal, — que no lo son en manera alguna, sino un gran bien al contrario, —en todo caso debe esperarse un porvenir dichoso en Colombia, preparado por el cruzamiento de las razas blancas. Podríamos citar innumerables ejemplos personales de superiores tipos que en Hispano-Colombia van resultando de la fusión, que nuestra democracia facilita, entre el gran elemento blanco de ese continente y los inmigrantes, extranjeros ó naturalizados, que proceden de Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y otras comarcas europeas.

Como se ve, la materia es digna de vastos estudios y se presta á consideraciones de suma importancia social, tan originales cómo útiles. Sin embargo, nosotros no podemos penetrar en ese vasto campo. Carecemos de los conocimientos anatómicos, fisiológicos, lingüísticos y arqueológicos que son necesarios para emprender con provecho la inmensa investigación á que convidan los caracteres de las razas y castas mestizas de Colombia. Y aunque no tuviésemos tamaño inconveniente, la materia no podría ser tratada con ligereza en un rápido ensayo. Pero esto no obsta para que, apelando á nuestra memoria y aprovechando las nociones que algunas lecturas y nuestra observación personal nos han procurado, ensayemos indicar someramente los caracteres prominentes  de las castas hispano-colombianas, la coexistencia de las zonas etnográficas (fenómeno de sumo interés) y los efectos de su yuxtaposición, respecto de la condición social y política de nuestras repúblicas.

Para esto nos limitaremos á nuestro país natal, ya por no perdernos en un campo ilimitado, ya porque Nueva Granada es justamente el Estado más típico de Hispano-Colombia, tanto en lo relativo á la geografía y la topografía como á la etnología. En efecto, el territorio granadino tiene la triple circunstancia de hallarse íntegramente en la zona tórrida, estar surcado por numerosas cordilleras que le dan á su topografía la más prodigiosa variedad, y tener un inmenso litoral sobre los dos océanos, lo que facilita el acceso de todas las inmigraciones extranjeras. Además, por sus instituciones eminentemente liberales, la Confederación granadina se presta más que ningún otro Estado colombiano á la fusión de todas las razas.

Hallándose á los dos lados de la línea ecuatorial, el territorio granadino carece por lo mismo de estaciones. Pero estando surcado por tan enormes y complicadas cordilleras, suple admirablemente la ausencia de estaciones con las infinitas diferencias de elevación y exposición de los lugares, que equivalen, con indisputable ventaja, á todas las variaciones que la latitud puede producir en Europa. Así, en las costas y los valles profundos se vive perpetuamente en verano (mas ó menos suavizado por las lluvias y las brisas); en las faldas de las montañas se tienen todos los grados que median entre la primavera y el verano; en las alti-planicies se goza de una primavera eterna, ó de una temperatura análoga á la del fin de marzo en el norte de Europa; y en las más encumbradas cimas, en la región de los páramos y nevados, reinan eternamente los huracanes y el frío insoportable de los más rudos inviernos europeos.

Las producciones de la naturaleza y de la agricultura y la ganadería, siguen forzosamente la ley que les imponen los grados de elevación y exposición. El territorio suizo, en los meses de verano, ofrece una idea, aunque muy deficiente, de la escala climatérica, así como de la geología, la fauna y la flora de nuestro país. Se comprenderá, pues, que allí viven simultáneamente todas las razas y las más diversas organizaciones, subsisten todos los grados posibles de temperatura, y medran conjuntamente ó. pueden medrar todas las producciones de que es capaz el suelo de nuestro planeta. El fenómeno de la simultaneidad resulta exclusivamente de las formas orográficas y de la composición geológica; de manera que, con el termómetro y el barómetro en la mano, cada individuo puede escoger el clima que le conviene y la producción que necesita, encontrándose las capas de la sociedad, de la riqueza y de los medios de la alimentación escalonadas en los inmensos anfiteatros de los Andes.

Todas las razas, pues, lo repetirnos, tienen allí cabida y pueden ser observadas y comparadas en su desarrollo físico y moral. Y nada es más curioso que el fenómeno múltiple de las combinaciones de tipos, caracteres morales, tendencias y aptitudes que se derivan de la coexistencia de tantas razas, — unas enteramente puras, pero algo modificadas por las influencias del medio en que viven, otras relacionadas entre sí por cruzamientos más ó menos intensos. Entre los diversos tipos granadinos (prescindiendo de los puros europeos) escogeremos como los más notables los del criollo bogotano, el antioqueno blanco, el indio pastuso, el indio de la Cordillera oriental ó Chibcha, el mulato de las costas ó del bajó Magdalena, el llanero de la hoya del Orinoco, y el zambo batelero llamado en el país boga. Cada uno de esos tipos es la representación de un cruzamiento, ó de una raza ó de una modificación producida por la acción del medio físico y social.

Es en las ciudades de las alti-planicies, tales como Bogotá, Popayán y Tunja, y particularmente en la primera, donde se encuentra en toda su pureza y con su mayor energía de rasgos, cualidades y defectos, la raza del criollo puro, es decir del hijo de español que conserva su sangre sin infusión de otra raza. Contraigámonos al bogotano, llamado en otro tiempo santafereño, descendiente de inmigraciones castellanas, andaluzas, valencianas, etc. En ese tipo todo es discordante ó contradictorio (en apariencia quizás) revelando la lucha entre el viejo elemento español y la sociedad democrática. Por punto general, el bogotano es, en cuanto á su tipo, notablemente bello y distinguido. La talla es robusta (aunque bastante rotunda y algo blanda de carnes en la mujer), la coloración vivamente sonrosada, la tez blanca, fina y transparente, la cabellera abundante, pero poco resistente á la calvicie, y de tinta negra por lo común, el ojo expresivo, al mismo tiempo que afable y burlón, la nariz bien perfilada, la barba espesa y negra, el pié pequeño, el andar fácil y elegante, la voz suave y de fino timbre, la expresión general plácida, cordial y franca; en una palabra, un tipo hermoso, particularmente en la mujer, y muy simpático.

El bogotano tiene adoración por la música, las fiestas públicas de todo género, la danza y los paseos ecuestres, y manifiesta disposiciones muy felices para casi todos los géneros de estudio, de artes y labores. Si las mujeres tienen suma habilidad para bordados y trabajos de mano, los hombres se hacen notar por su aptitud para la poesía y la pintura, las ciencias morales y políticas y los idiomas extranjeros. Pero en lo general tienen poca afición á las matemáticas, á las ciencias experimentales y otras materias que exigen mucha contracción del órgano del cálculo y pacientes investigaciones. Es en Bogotá donde el espíritu aristocrático tiene más resistencia. Las más antiguas familias tienen todavía fe en la sangre azul, y aunque la democracia y el tiempo han modificado las costumbres, esas familias, llamadas en el país raizales, procuran siempre mantener cierto rango aristocrático.

Pero esas ideas no llegan nunca á la exageración. Así, el matrimonio es puramente una cuestión de amor y educación entre gentes homogéneas, y jamás el dinero ni las diferencias de opinión política determinan la suerte de los enlaces. El bogotano es muy puntilloso en las cuestiones de honor y aun de amor propio; vanidoso hasta el punto de creerse en algunas cosas un modelo; amigo de la ostentación y del lujo; hospitalario y generoso en sus relaciones privadas; un poco egoísta en los negocios públicos; inquieto y hacendoso en lo que personalmente le interesa, pero indolente como ciudadano; prodigiosamente novelero, y sin embargo, difícilmente accesible á las innovaciones prácticas; muy apegado á las tradiciones religiosas y los espectáculos artísticos del culto, particularmente las mujeres; aficionadísimo á novelas y periódicos; burlón, epigramático y amigo de crónicas más ó menos escabrosas; curioso y siempre dado á las discusiones, disputas y emociones de la política; sumamente benévolo con el extranjero; poco formal en sus tareas y compromisos, pero leal, honradote y bien inclinado.

El antioqueño es un tipo muy interesante, el más hermoso del país físicamente, y fuerte por sus caracteres y su influencia en la Confederación. No sólo eran muy distintas las razas indígenas que poblaban las montañas y alti-planicies de la cordillera oriental, de las que demoraban en la central (que es la más complicada, escabrosa y cubierta de nieves perpetuas) sino que los criollos de las dos cordilleras difieren muy notablemente. La antigua provincia de Antioquia (hoy Estado federal con el mismo nombre) conquistada por Robledo y Heredia, atrajo naturalmente la inmigración de los primeros españoles, á, causa de su prodigiosa riqueza aurífera y los excelentes climas de sus montañas. Más tarde, perseguidos en España los judíos, aun los convertidos por fuerza, se organizó una emigración de doscientas familias de esa raza, convertidas al catolicismo, que obtuvieron permiso para ir á establecerse en la provincia de Antioquia. Allí desaparecieron todos los obstáculos que en la península habían hecho imposible la fusión. Españoles, israelitas y criollos se cruzaron libremente y produjeron la más hermosa y enérgica raza mestiza—europea que se conoce en Hispano-Colombia. Hoy el Estado de Antioquia tiene más de 300,000 habitantes, de los cuales 250,000 por lo menos corresponden á la fusión en que figura el elemento judaico.

Para indicar someramente los rasgos característicos de los antioqueños, nos reduciremos á transcribir aquí una nota que hemos escrito en otra obra relativa á Nueva Granada.

« El antioqueño es blanco, muy poco sonrosado, delgado, membrudo y fuerte, y su fisonomía es notablemente angulosa ó de rasgos pronunciados; su nariz es recta y de muy fino perfil; el ojo negro, burlón, meditabundo y luminoso; su porte bastante distinguido y su expresión reservada. Se casa á los 19 ó 20 años y es muy fecundo, excelente padre y esposo; se le halla siempre andariego, soldado valiente de infantería, trabajador sufrido, viajero infatigable á pié, laborioso, inteligente para todo, frugal, poco sobrio, aficionado al juego como todos los pueblos mineros, apasionado por el canto, ascético y poco accesible en su país, notablemente ortodoxo, rumboso y gastador como individuo, pero parsimonioso y algo egoísta en comunidad. Además, en todo tiempo le hallareis negociante hábil, muy aficionado al porcentaje, capaz de ir al fin del mundo por ganar un patacón, conocido en toda la Confederación por la energía de su tipo y por el cosmopolitismo de sus negocios, burlón y epigramático en el decir, positivista en todo, poco amigo de innovaciones y reformas y muy apegado á los hábitos de la vida patriarcal.»

Evidentemente en todos esos caracteres se ve la triple acción de la sangre judaica, la española y el medio colombiano, balanceándose y  temperándose mutuamente; de tal manera que, según la faz moral por la cual se considere al antioqueño, se puede ver al español, al israelita ó al colombiano de la zona tórrida.

¿Qué cosa es el indio pastuso ó habitante de las alti-planicies de pasto, en el sur de la Confederación? Para definirlo en pocas palabras, sin ninguna intención ofensiva y atendiendo solo á los caracteres prominentes, diremos: el indio pastuso es un guerrillero vascongado semi—salvaje, de raza primitiva. En las alti-planicies de las montañas de Pasto, donde reina una perpetua primavera, la vida es fácil y barata, los cereales y las plantas más útiles crecen en abundancia, alternando con vergeles que le dan al país el aspecto de una sucesión de paraísos, y las crías de ganados, la industria de tejidos y otras análogas prosperan en cuanto es posible. El indio pastuso, de raza probablemente quechua, vive, pues, contento en medio de la abundancia y sin necesidades ni cultura, reacio á la civilización, impasible ante el progreso. Es un salvaje sedentario, bautizado, que habla español (aunque con provincialismos) y cree que el mundo está todo en sus montañas, sus pueblos y cortijos y sus fiestas parroquiales. Pequeño de cuerpo y rechoncho, de color bronceado más bien que cobrizo, con la mirada estúpida y concentrada, malicioso, astuto, desconfiado, y á veces pérfido, indolente en lo moral, pero laborioso y sufrido, fanático y supersticioso en extremo, el indio pastuso es un ser tan fácil de gobernar por medios clericales cómo indomable una vez que se ha declarado en rebelión.