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III
Organización social de las
colonias. Relaciones y condición de las clases sociales y las castas. La
enseñanza pública. Las Misiones y el sistema religioso. Una digresión por
vía de réplica. El espíritu de las Leyes de Indias. Los Resguardos
de indígenas; sus consecuencias
bajo los puntos de vista económico y social.
Las
sociedades tienen sus climas o temperaturas morales como sus climas físicos; y
así como no es posible librarse de ciertas influencias de calor ó frío, de higiene
natural ó de mortalidad, bajo ciertas latitudes ó elevaciones, del mismo modo son
inevitables las consecuencias de una organización que establece en la sociedad
clasificaciones artificiales que son como las regiones superpuestas de la atmósfera
social.
Tal es
el fenómeno que hoy se produce en Hispano Colombia, por virtud de la organización
que el régimen colonial les dió a las nuevas sociedades. La fuerza de las cosas,
superior a toda combinación artificial, ha hecho que la obra de tres siglos, al
desquiciarse bajo el choque de la revolución de 1810, no dejase sino escombros para
embarazar la marcha de los Estados independientes. La demolición era inevitable; pero los
nuevos pueblos que surgían de la revolución se encontraron perdidos en el laberinto de
un edificio desmantelado, forcejando por construirlo enteramente, y
sin
embargo, sin poder hacer otra cosa que levantar un techo nuevo sobre viejas murallas. Ese
techo nuevo, mal ajustado, es la república democrática, y esas murallas cuarteadas, pero
resistentes, son las instituciones y costumbres oligárquicas de la colonia. Colombia no
tendrá paz ni estabilidad y armonía, en tanto que su extravagante edificio no haya sido
enteramente renovado.
Hemos
visto que los conquistadores y primeros aventureros fueron la base fundamental de las
nuevas sociedades, constituidos en encomenderos, ó señores feudales poco más o menos.
Hemos visto también cual fue la condición política en que se hallaron los indios y los
criollos. Veamos en qué escala se formó la sociedad.
En la
base se hallaron los indígenas, como la gran masa explotable: dos, cuatro, ocho ó diez
millones de ilotas en cada virreinato, presidencia, ó capitanía general, siervos de la encomienda,
cristianizados á palos, desheredados de todo, condenados a un trabajo abrumador que
les era enteramente desconocido en casi todas las comarcas.
Encima
de esa clase, si clase puede llamarse a la materia bruta explotada, se hallaban los
explotadores: los dueños de minas y tierras por virtud de concesiones reales.
Mas
arriba la aristocracia burocrática, totalmente española, peninsular, encargada de
gobernar, administrar justicia, recaudar los impuestos, propagar la religión católica
romana y apoyar las especulaciones del Estado o de los negociantes privilegiados por él,
en las salinas, las aduanas, las misiones, la acuñación de monedas o expedición de
metales preciosos, las importaciones y ventas, etc., etc. Por último, en la región
superior a todas las clases, el clero, procedente todo de España en los primeros
tiempos y más tarde naciendo de dos fuentes: de España, el alto clero (obispos y
arzobispos, canónigos, capellanes privilegiados, curas de primer orden
y prelados de los
conventos), y de hispano-Colombia, los frailes y legos subalternos, los curas de pueblos
miserables y los misioneros de tropa, hombres de pena en la obra de la propagación de la
fe cristiana, de que se aprovechaba el alto clero.
Pero
en medio de esas clases se iban formando lentamente otras dos, la esperanza de las
nuevas sociedades: los criollos y los mestizos. A pesar del desprecio con que los
españoles miraban a los indios, los encomenderos solían, en sus ratos perdidos, hacer
alianzas de contrabando: la alianza del león, o del señor feudal con la hija del siervo.
De esos contubernios de nuevo género fue naciendo una casta varonil, inteligente,
notablemente blanca, animada por una aspiración vaga, que un día debía llamarse patriotismo
y encontrar su símbolo en. la revolución democrática. Jamás el opresor engendra
impunemente en el seno de la raza oprimida!
La
clase criolla, encontrándose proscrita de las altas dignidades, los empleos, honores y
provechos de la sociedad oficial, comprendió con admirable instinto cual debía ser su
medio de acción. << Puesto que los de España tienen los empleos, se hacen ricos en
pocos años y se vuelven a su país, se dijeron los criollos sin duda,
nosotros, a la sordina, iremos adquiriendo la propiedad territorial, base de todo poder;
nos haremos abogados, para tener la fuerza de la inteligencia, y un día los que hoy nos
dominan serán vencidos. »
En
efecto, los encomenderos, mirando con desprecio el trabajo y muy dados a la ostentación y
los goces del orgullo, se iban arruinando con sus disipaciones, y los criollos
aprovechaban toda coyuntura para comprarles sus tierras (las más productivas y mejor
situadas) en tanto que el comercio seguía
monopolizado en manos de los canarios, catalanes, vizcaínos, etc., y que los trabajos de
industria y artefactos, como desdorosos para los peninsulares, preparaban la
emancipación de las clases subalternas, criollas ó mestizas.
Si el
antagonismo era patente entre españoles y criollos, en términos que la aristocracia de
los empleos era detestada por los que sufrían abusos y exclusiones injustas, el clero no
estaba menos dividido. El alto clero era aristocrático, egoísta, altanero, y gozaba de
todas las ventajas. El bajo clero, desheredado casi, se reclutaba en el país, y por
eso los frailes y curas muy subalternos eran patriotas. Cuando en 1809-10 estalló
la revolución hispanocolombiana, se vio á los prelados, casi en su totalidad, enemigos
encarnizados de los patriotas, y á los frailes y clérigos subalternos, en su gran
mayoría, apoyando la causa de la independencia, al lado de los abogados (criollos), los
pequeños propietarios rurales, los artesanos y menestrales, los mulatos y mestizos de
todo linaje, y encabezados en muchos puntos por nobles muy notables, pero nacidos en
Colombia. Tal es el fenómeno que han ofrecido las revoluciones de Francia, Italia,
España, etc., y él se presentará en todo tiempo como consecuencia de un régimen
análogo al de las colonias españolas.
La
enseñanza pública correspondió exactamente á las desigualdades del régimen colonial y
determinó con más energía las diferencias de las clases sociales. Como el indio no
era sino un objeto de explotación, no se tenía interés en enseñarle otra cosa que lo
estrictamente necesario para que comprendiese: 1º que debía fiel y ciega obediencia al
rey su señor y á todas las autoridades; 2º que debía pagar religiosamente sus
tributos; 3º que no había salvación posible en este mundo ni en el otro sin « pagar
diezmos y primicias á la iglesia de Dios nuestro Señor,» hacer muchas novenas, fiestas
y rogativas, y contribuir con largueza á la fundación de capellanías y la redención de
las ánimas benditas.
Por lo demás, el indio no sabía distinguir la mano
derecha de la izquierda, no conoció jamás escuela ni cosa parecida, y en punto á
religión no adquirió en general sino supersticiones groseras y las prácticas de una
idolatría bestial bautizada con el nombre de cristianismo. Puede decirse que el tipo del
predicador en Colombia era un cierto cura que les decía á sus feligreses en el pálpito:
« Miren y vean que les digo que no crean en brujas, » esto en voz alta, y al
bajar del púlpito, en voz baja: « Pero que las hay, las hay, porque á mi me han
espantado »...
En
cuanto á las multitudes criollos plebeyos, mestizos, etc., las escuelas
fueron escasísimas, mal dotadas y peor servidas, y reducidas á la enseñanza de la
doctrina cristiana, los silabeos gangosos, insustanciales y recitados de memoria, y el
arte de hacer jeroglíficos de estilo pastrano.
Los
españoles no se cuidaban de estudiar ni aprender nada, porque su orgullo, su posición
dominante y la casi seguridad que tenían siempre de volver á España al terminar sus
períodos de mando ó empleo, les apartaban de todo interés en ilustrarse y contribuir á
la ilustración del país.
Quedaban
los criollos de buenas familias como los únicos que podían aprovechar los raros colegios
establecidos en las colonias. Puesto que los empleos les estaban vedados, el foro les
abría el camino hacia una consideración de otro orden. De ahí la suma abundancia de
abogados
entre los patriotas que hicieron la revolución; pero también un grave mal que
apuntaremos desde ahora: el enorme desnivel entre la muy alta ilustración relativa de los
jefes de la revolución y la profunda ignorancia de las masas que les sirvieron de
elemento. Cuando la revolución hizo aparecer la república, esta fue un monstruo que
tenía una soberbia cabeza, pero que carecía de brazos y pies. Y más tarde, cuando la
democracia llamó á la puerta de la república revolucionaria república de
abogados, clérigos y militares las multitudes se hallaron en presencia de sus
primeros jefes exactamente en la misma situación de antagonismo en que se habían
hallado, antes de la revolución, los criollos ilustrados, pero excluidos del poder, en
presencia de los españoles privilegiados.
Y es
menester recordar, de paso, una circunstancia que influyó poderosamente en favor de ese
funesto desnivel que hemos indicado. El gobierno español prohibió en todas sus
posesiones, con el mayor rigor, la introducción y lectura de libros de política,
filosofía, historia y alta literatura. Se temía que al penetrar la luz en las colonias
todo el edificio se derrumbara. La inquisición completaba lo que los cancerberos de las
aduanas iniciaban: la proscripción del libro y la persecución contra el introductor y el
lector. Y ¿qué sucedía? Como solo los criollos acomodados, teólogos ó letrados,
tenían medios de procurarse, aunque con mil trabajos, la fruta vedada, las clases
subalternas quedaban en completa oscuridad, y la que podía leer no solo se sentía
infinitamente superior, sino que aceptaba todas las lecturas como revolucionarias. Grocio,
Burlamaqui, Montesquieu, Fenelon y cien otros apóstoles de la justicia, eran impíos para
los gobiernos coloniales, al fin del siglo pasado; y los criollos, al beber en esas
fuentes la noción del derecho y la verdad histórica, se habituaron á mancomunar como
inseparables la filosofía y la revolución. El gobierno español, con sus prohibiciones,
no hacía, pues, otra cosa que agravar el mal que temía, convirtiendo la luz en objeto de
contrabando y monopolio.
El
gobierno español pensó que el establecimiento de las Misiones sería fecundo en
grandes beneficios en América: acaso creyó también que los misioneros serian la
compensación de los encomenderos, y que, á falta de escuelas, colegios, buenos caminos,
comercio y demás ventajas de la
civilización rehusadas á los criollos, se alcanzaría por lo menos el gran bien de
atraer el mayor número posible de indios salvajes á una semi-barbarie reducida al
bautismo y la vida común de los caseríos ó
pueblos. Si el gobierno procedió de buena fe en ese asunto, como lo creemos, su
cálculo fue muy equivocado. Los hechos probaron que las misiones (con fenomenales
excepciones) nada le hicieron ganar á la civilización, pues solo sirvieron para dar
opulencia á los Jesuitas, opulencia que fue peligrosísima para el gobierno y
funesta para la sociedad, y para mantener á los indígenas reducidos á la vida civil
en la más triste abyección. Las misiones hicieron degenerar las razas indígenas
donde quiera; y si la historia de esos establecimientos no estuviese probando la plena
exactitud de nuestra aserción, los ejemplos que hoy ofrece todavía Colombia no
dejarían lugar á duda alguna. De todos los pueblos de Hispano-Colombia el más
hondamente atrasado (a pesar de sus excelentes elementos de prosperidad) es el Paraguay,
que fue patrimonio de los Jesuitas, dignamente representados más tarde por el Doctor
Francia. En Nueva Granada y Venezuela, como en Buenos-Aires, los Jesuitas tuvieron sus
más valiosas haciendas ó misiones en los Llanos y las Pampas. Allí
poseyeron inmensos rebaños, y crías, y tierras superiores é ilimitadas que les dieron
opulencia. Y bien, ¿cuáles fueron los resultados? Por una parte las poblaciones risas
belicosas, ásperas y temibles de Colombia y las repúblicas del Plata han surgido
precisamente de esas Misiones; por otra, el Llanero y el Gaucho, semi-bárbaros
en todo y crueles y devastadores en la guerra, no aprendieron sino á guardar
resentimientos, por la dura explotación que sufrieron, y el día en que se hizo general
la lucha por la independencia, fue de los Llanos y las Pampas que salieron los más
formidables enemigos de España.
Mientras
que los Jesuitas y algunas otras corporaciones monásticas ostentaban con sus misiones un
espíritu evangélico de que en lo general carecían, tratando á los indígenas con
egoísmo y mero espíritu de especulación, en las ciudades se propagaban y multiplicaban
los conventos en una proporción calamitosa. Ciudades había do cuatro ó cinco mil
habitantes que contaban en su recinto seis ó más conventos ó monasterios, institutos
completamente inútiles, porque ni servían á la enseñanza ni á la caridad inteligente,
como era natural en frailes adocenados, sin importancia ni instrucción ninguna. Pero esos
monasterios no eran solo inútiles, sino en extremo perniciosos. Mantenían en las
ciudades ejemplos de ociosidad y mendicidad; estimulaban la propagación de mil
supersticiones, y lo que era peor, concentraban é inmovilizaban la riqueza urbana y
territorial, gracias á las capellanías, herencias conventuales y demás instituciones análogas; en términos que
casi todas las ciudades, villas y parroquias se convertían, andando el tiempo, en feudos
más ó menos completos de las comunidades religiosas.
De ese
modo la sociedad tomó donde quiera una fisonomía monacal que debía resistir á muchos
embates. Hoy todavía la república democrática está luchando en Colombia contra una
inmensa falange de conventos: y de esa lucha, cuya feliz terminación tanto interesa á la
libertad y la civilización, la religión ha tenido que salir mal librada, toda vez que
los pueblos se han visto acribillar por los dictadores y explotar por los tartufos de la
república, en nombre de la Iglesia. La propiedad raíz quedó en poder de manos muertas
allí donde más se necesitaban su movilidad y desarrollo; y el gobierno español, al
multiplicar los conventos como instrumentos de dominación, olvidó que por el mismo hecho
destruía sólidos elementos fiscales y preparaba muy graves dificultados para un porvenir
no muy lejano.
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