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II
Las colonizaciones europeas;
procedimientos diversos de las razas. El genio colonizador de los
Españoles. La organización colonial de Colombia; sus condiciones
políticas, judiciales administrativas. Aislamiento y
centralización.
Toda
conquista tiene que producir uno de dos resultados: ó una fusión político-social, ó
una creación completa de nuevas sociedades.
La historia lo demuestra así; la naturaleza
humana lo exige.
Cuando
la conquista se verifica sobre un pueblo civilizado y relativamente fuerte, sólido por
sus tradiciones, el conquistador da la ley en el primer momento, pero acaba por amoldarse
a las condiciones de la nacionalidad conquistada, y la recíproca absorción que se opera,
al favor del tiempo, establece la fusión de las fuerzas antes antagonistas. Al contrario,
cuando la raza conquistada es incomparablemente inferior, y su suelo está en la barbarie
ó apenas en un período de civilización embrionaria, el conquistador absorbe solo y
aniquila cuanto se le somete y le es extraño, y para mantener su conquista necesita crear
toda una civilización, una sociedad y una organización enteramente nuevas. Esta segunda
situación era la del Nuevo Mundo en el momento en que los reyes de España fundaban allí
su autoridad. ¿De qué manera comprendieron y realizaron su misión? Esto es lo que vamos
a examinar en dos ó más capítulos.
Desde
luego hay que establecer una distinción que ofrece la clave de todos los fenómenos. El
pueblo español (como el portugués, el francés y el italiano) era muy capaz de
aprovechar una conquista de condiciones ordinarias, tal como las que hemos
caracterizado en nuestra primera hipótesis; pero era completamente inhábil para la
conquista colonizadora. ¿Por qué? porque era y es un pueblo meridional, de
raza heróica, de civilización y tradiciones latinas. En Europa se ve un contraste
curioso, que los siglos no han desmentido jamás. Las razas germánicas ó del Norte, son
las únicas que poseen el genio de la colonización, es decir, de la creación
de sociedades civiles en regiones bárbaras. Las razas latinas ó del sur son las
únicas que tienen el genio de la conquista, es decir, de la dominación (por
asimilación) sobre los pueblos ya civilizados.
Trocad
los papeles y no veréis sino pruebas de incapacidad, y todos los esfuerzos
encallan. En los tiempos antiguos, donde quiera que los Romanos conquistaron a pueblos
civilizados, se los asimilaron, manteniendo sólidamente su dominación; mientras que
fueron impotentes para obtener el mismo resultado en Germania, Inglaterra, la Bretaña
francesa, etc, donde la barbarie era poderosa. Es que los romanos no sabían colonizar.
Las razas germánicas, al contrario, se amalgamaron completamente con las de Inglaterra y
Francia, donde fundaron colonias que luego fueron reinos.
En los
tiempos modernos Inglaterra, que tiene en alto grado el genio de la colonización, y que
en esa obra ha hecho prodigios en América, en Asia y la Oceanía, no ha podido jamás
asimilarse a otros pueblos civilizados sometidos á su autoridad. Sin ir muy lejos á
buscar ejemplos, Irlanda y las islas Jónicas lo están probando. Holanda, país
colonizador también por excelencia, que, como Inglaterra, ha hecho inmensos servicios a
la civilización cosmopolita, fue impotente (como conquistadora por derecho diplomático)
para asimilarse la Bélgica y mantenerla bajo su dominación. Los austriacos, que han
establecido sólidamente su autoridad en las comarcas ó colonias semibárbaras de las
fronteras de Turquía, no han podido jamás, en el transcurso de diez siglos, imponer su
amalgama, su genio y su autoridad irrevocable á las razas Italianas, eminentemente
civilizadas. Los rusos, aunque de raza eslava, pero casi en todo orientales muy extraños
á las tradiciones latinas, han hecho grandes progresos de colonización del lado del
Asia; y, sin embargo, al hallarse frente á frente con la civilización, en Polonia, en
Moldo Valaquia, etc., no han logrado nunca hacer aceptar su dominación ni asimilarse los
elementos conquistados ó sojuzgados.
En las
razas latinas sucede lo contrario. España, Portugal y Francia han encallado en todas sus
empresas de colonización, obteniendo resultados miserables ó muy viciosos y perdiendo al
fin lo conquistado. Pero esos pueblos, como el italiano, son muy capaces de mantener su
dominación sobre un pueblo civilizado, una vez que lo hayan conquistado enteramente, por
la naturaleza misma de su genio latino. Castilla y Aragón se amalgamaron bien con los
catalanes y vascongados y los hispano-arábigos, a pesar de sus diferencias de carácter.
España pudo dominar con facilidad las Dos Sícilias; y, sin embargo, jamás supo
colonizar con provecho las regiones bárbaras de Colombia, África y la Oceanía. Francia,
pueblo elástico extremo, se ha sabido amalgamar con la Alsacia, la Lorena y otras
provincias de raza germánica, y, con todo, ha sido impotente para colonizar con ventaja
la India, el Nuevo Mundo y la Argelia.
La
explicación del doble fenómeno es sencilla. Las razas del Norte tienen el espíritu y
las tradiciones del individualismo, de la libertad y la iniciativa personal. En ellas el Estado
es una consecuencia, no una causa, una garantía del derecho, y no la fuente del
derecho mismo, una agregación de fuerzas, y no la fuerza única. De allí el
hábito del cálculo, de la creación y del esfuerzo propio. Nuestras razas latinas, al
contrario, sustituyen la pasión al cálculo, la improvisación á la fría reflexión, la
acción de la autoridad y de la masa entera, á la acción individual, el derecho
colectivo, que lo absorbe todo, al derecho de todos detallado en cada uno. Así, las
razas latinas tienen un poder asombroso para conmover, dirigir y someter á las multitudes
y hacer grandes cosas colectivas; pero son incapaces de producir gérmenes locales
ó parciales de progreso; en
tanto que las razas septentrionales, hábiles para
crear prodigios individuales, son lentas y zurdas para obrar en masa.
Ahora
bien, si para dominar á un pueblo civilizado, lo que se necesita es fuerza colectiva y
poder de asimilación, para fundar una sociedad civilizada en el seno de la barbarie es
indispensable el poder de creación servido por el esfuerzo individual libre y
espontáneo. En Colombia mundo inmenso, salvaje casi en su totalidad, y muy
rudimentario en lo
demás era preciso que
los colonizadores no fuesen los gobiernos (que no saben ni pueden crear, por lo común,
sino reglamentar y regularizar lo creado), sino los individuos, obrando libremente cada
cual según su inspiración, durante un largo período, hasta que el conjunto de esfuerzos
individuales hubiese fundado cultivos y trabajos mineros, artes, comercio, especulaciones,
aldeas y ciudades, haciendo surgir un pueblo. Los gobiernos obran sobre los pueblos,
las sociedades, los intereses, no sobre los territorios desiertos. Son los
individuos los que, explotando libremente esos territorios, creando intereses y
asociándose, preparan el terreno á toda acción colectiva ó gubernamental.
El
gobierno español no comprendió esa verdad, extraña al genio y las tradiciones de la
raza que representaba. Quiso colonizar directamente, hacerse el empresario de la obra,
minero, agricultor, comerciante, fabricante, propietario exclusivo, misionero,
explorador y cien cosas más á un tiempo; y como para eso le fue preciso dividir
sus fuerzas, dislocarse y darles una dirección violenta á los intereses de las colonias,
las sociedades que de estas nacieron fueron verdaderos monstruos.
Toda
colonización hecha por un pueblo ó grupo social, á virtud de esfuerzos individuales,
esencialmente agrícolas y comerciales, ó con miras de autonomía y libertad, ha
sido y será fecunda; porque en tal caso, el egoísmo bastardo no es el espíritu de la
colonización, sino la creación de intereses armónicos y libres. La prueba de esta
verdad, en los tiempos antiguos, está en la consistencia de las colonias de los fenicios,
los griegos, los cartagineses y los árabes; y
en los tiempos modernos, los
prodigios de progreso que los anglosajones han obtenido en los Estados Unidos y el
Canadá, en la India y la Oceanía. Al contrario, toda colonización emprendida
directamente por un gobierno, es por su naturaleza egoísta, tiránica, infecunda, ó por
lo menos empírica. La prueba está en la Colombia latinizada, en Argelia y otros países.
La
colonización hispano-colombiana tuvo esa condición fatal del egoísmo. Y el egoísmo
condujo al monopolio en todo; como la persecución y destrucción de los indígenas hizo
aparecer la esclavitud de los negros. Veamos, sino, cuales fueron las bases del sistema
colonial que adoptó España.
El
Estado, como era lógico, puesto que la conquista era su título, se declaró propietario
de todas las tierras y minas de cada país, reservándose explotar estas según su
conveniencia, y disponer de aquellas en beneficio de los conquistadores exclusivamente españoles
ó de otros peninsulares favoritos. De ese modo, todo elemento de riqueza mineral
quedó monopolizado, estancado casi en su fuente, puesto que los gobiernos son los peores
empresarios en toda especulación; y todo elemento de propiedad urbana y rural, de cultivo
y colonización, quedó sujeto al arbitrio del gobierno, y por lo mismo al favoritismo
egoísta. La feudalidad, como hemos dicho, fue transplantada al suelo colombiano, mediante
el sistema de las encomiendas. El gobierno hacía concesiones de pueblos enteros
de indígenas y tierras cultivadas por ellos, con privilegios que hicieron de cada encomendero
mas que un señor feudal. El encomendero reemplazó al cacique; pero en lugar
de ejercer la autoridad patriarcal de los caciques, se hizo el verdugo de un rebaño de
aborígenes.
Si al
menos hubiese sido admitido el principio de la libre competencia, sin distinción de
nacionalidad, la condición de los indios habría sido menos cruelporque los
colonizadores hubieran tenido interés en tratarles bien parta no aniquilarles sin
provecho, y la colonización habría sido fecunda. Pero no: el gobierno español
comprendió muy mal sus intereses. Obedeciendo ciegamente al espíritu egoísta de aquella
época, cerró la puerta á toda inmigración que no fuese española; quiso hacer del
Nuevo Mundo lo que ha sido el imperio chino, una cárcel continental, y
entregó los indígenas á la explotación exclusiva de los conquistadores, en recompensa
de su obra prodigiosa.
El
soldado aventurero (convertido en un señor feudal) que había hecho la conquista con la
espada, en busca de oro, se vio destinado a
la conquista del hacha y el arado, a colonizar como agricultor o minero. Era imposible que esos hombres de combate se adaptasen a
semejante posición.
No sabiendo trabajar, ni
teniendo más hábitos que los de la destrucción, se dieron a la obra de crearse grandes
fortunas en la ociosidad, en el menor tiempo posible, a expensas de los indígenas
esclavizados. La destrucción de estos, por millones, fue la consecuencia forzosa.
Donde no fueron totalmente aniquilados, gracias á la bondad de los climas y á los
hábitos tradicionales de labor, ó se degradaron y embrutecieron lastimosamente, o
desertaron de la civilización volviendo á la vida salvaje, para sucumbir más tarde.
Y ni
siquiera era posible balancear con cruzamientos fecundos los resultados del sistema de encomiendas.
Las preocupaciones hacían mirar al indígena como un ser inferior, casi un bruto, aun
bautizado y mantenido en la vida civil; por lo cual era imposible en los primeros tiempos
la fusión de la raza española con la indígena, fusión que más tarde habría de
producir una casta vigorosa, bella, fecunda y laboriosa en alto grado. Y las instituciones
que organizaron el gobierno de las colonias completaron el mal que nacía de las
preocupaciones. Todo mestizo quedó implacablemente excluido de las ventajas de la vida
social y de los puestos públicos, aun los más subalternos. Y la intolerancia imprevisora
llegó á tal extremo, que aun los hijos puros de españoles, nacidos en Colombia (los
llamados criollos) fueron tratados como de raza inferior.
Así,
de España salían todos los funcionarios públicos del régimen colonial, que tenían
alguna significación ó importancia; y esos predilectos, ó se perpetuaban en Colombia,
en sus empleos, como representantes de la tiranía egoísta de la metrópoli, formando una
oligarquía privilegiada y odiosa, ó volvían algunos años después, opulentos, sin
dejar más huella que la de sus injusticias, y dando lugar, por sus alternaciones en los
empleos administrativos ó judiciales, á un desorden permanente en la administración,
empírica siempre y sin verdadera estabilidad ni conocimiento exacto de los intereses
locales.
El
gobierno de la metrópoli, siempre receloso y desconfiado, temía por una parte el
advenimiento de los criollos á una situación importante y algo influyente que,
fortalecida por el sentimiento de la patria, pudiese manifestar veleidades de
independencia, ó por lo menos de autonomía y por otra, temía que los virreyes,
presidentes, capitanes generales, oidores, etc., permaneciendo largo tiempo en sus
empleos, llegasen á adquirir demasiado poder
ó prestigio en tan apartadas regiones. De ahí el doble sistema de la alternabilidad y de
la exclusión de los indígenas y criollos (como de los extranjeros), sistema que debía
producir forzosamente dos consecuencias: una administración siempre incapaz y
viciosa,
y un antagonismo profundo, sin conciliación posible, entre las familias españolas, formando
una clase privilegiada, y las familias criollas y los aborígenes, destinadas por la
comunidad de situación á hacer un día causa común
contra la madre patria. Ese antagonismo y esos vicios de administración fueron los
gérmenes que, desarrollados por el tiempo, hicieron estallar al principio del presente
siglo la revolución más lógica, unánime y espontánea que la historia moderna puede
registrar.
El
gobierno español se puso á explotar el suelo americano á puerta cerrada. Todo comercio
de ideas, de brazos capitales, de inteligencias y valores. De ese modo la colonización
quedaba desde su origen condenada, por la fuerza de las cosas, ó á morir de impotencia y
consunción, ó á hacer un día explosión para poder aspirar la atmósfera de la
civilización universal. Y ¡cosa bien singular que debía empeorar la situación! en todo
aquello en que la opresión puede pesar con más violencia, la administración tuvo casi
la omnipotencia de autoridad, mientras que en las cosas más esenciales a la vida civil,
la centralización fue rigorosa.
Así,
los virreyes, presidentes y capitanes generales, con los oidores y consejeros, tuvieron
facultades poco menos que absolutas en la administración política y fiscal, y cuando no
legales de hecho, por la imposibilidad de obtener justicia en la metrópoli contra los
abusos del poder. Pero en los negocios civiles y judiciales, en que las bases de la
sociedad están comprometidas, porque se trata del matrimonio y la familia, de la
propiedad y los contratos y de la responsabilidad que implican las acciones del hombre,
en esos asuntos, decimos, la legislación colonial hacia depender la suerte de los
procesos y de las relaciones civiles (en la mayor parte de los casos graves) de la
decisión de tribunales superiores que residían en España, a miles de leguas de
distancia, ó en las capitales muy lejanas de algunos virreinatos, presidencias ó
capitanías generales. Por eso la administración de justicia en las colonias fue siempre
un caos, y ellas sufrieron por tal causa males profundos y seculares.
El
gobierno español adoptó un sistema completamente empírico, fruto de la desconfianza.
Descentralizando la opresión y centralizando la justicia, ni supo desarrollar en Colombia
los elementos de una autonomía prudente y fecunda, que fortaleciese los intereses y
elevase los espíritus, ni supo alejar de las colonias lo único que convenía
centralizar: el poder de dañar. De ahí proviene que, al cabo de tres siglos de
dominación, cuando las poblaciones se alzaron en masa para constituirse en Estados, se
hallaron completamente novicias en el arte de la administración, incapaces de consolidar
prontamente su obra, y sin poder, ni volver a la obediencia, porque con ella se debía
restablecer un régimen ruinoso, empírico y detestado, ni avanzar con seguridad en la
vía de la republica democrática, abierta por
la revolución, porque para eso era preciso saberse gobernar, contar con hombres de
administración y pueblos, y en el Nuevo Mundo no había hasta 1810 sino, de un
lado, una minoría de explotadores, y del otro, turbas estúpidas y paralíticas.
Así
como la educación del hombre es la obra compleja de las impresiones que le rodean desde
que nace hasta que muere, la educación de los pueblos es el resultado de las impresiones
sociales, entre las cuales las más poderosas son siempre las que emanan de la autoridad.
Gobernar a una sociedad es educarla, bien ó mal, de manera que sus virtudes y sus vicios
son principalmente la obra de sus gobernantes, sea por lo que hacen ó dejan de hacer, sea
por lo que permiten ó prohíben. Y bien: el gobierno español, por la simple
organización política, judicial y administrativa que les dio a las colonias, les impuso
la más triste educación. El genio latino, esencialmente socialista y comunista, se
infiltró en las nuevas sociedades con toda su energía perniciosa. El genio latino tiene
una gran ventaja, eventual, y un gran defecto, permanente. Como es tan impresionable y
colectivo, hace prodigios en todos sentidos cuando siente la impulsión poderosa de algún
César, algún Cid campeador, algún Médicis o León X, algún Colbert o Napoleon, algún
Cavour, Garibaldi, etc. Pero como esos genios son fenomenales, cuando ellos faltan, en los
tiempos normales, los pueblos latinos que carecen de iniciativa y personalidad
caen en la molicie y se atienen a la inmovilidad de sus gobernantes. Si estos son
ineptos, los pueblos latinos lo son también, y degeneran.
Tal
fue el fenómeno que se produjo en las sociedades hispano-colombianas. El gobierno lo
abarcó todo, suprimiendo toda iniciativa individual, o acción espontánea de las
entidades colectivas. Los ridículos consejos ó ayuntamientos y cabildos que fueron
instituidos en varias ciudades y villas (aisladas entre sí por falta de comunicaciones)
se componían de empleados que representaban a la autoridad y nunca a las poblaciones. En
las localidades subalternas, el juez de paz ó regidor, el cura y el encomendero formaron
la trinidad administrativa. Las poblaciones, entretanto, sufrían y dormían, vegetaban
como plantas parásitas sin personalidad ninguna.
De ese
modo la autoridad fue un oráculo infalible; de ella debía emanar todo, la vida
como la muerte; y las poblaciones se acostumbraron a no tener conciencia ni
opinión de nada, viendo en el gobierno la imagen de la Providencia. Una sociedad así
constituida es, ó la más embarazosa para sus gobernantes, por su incapacidad para
iniciar ó comprender el progreso, aunque tenga administradores hábiles (que rarísima
vez tuvo la de Colombia),ó la más peligrosa y pronta a conmoverse, si el ardor del
clima y de la sangre la favorece.
Cuando
los pueblos se acostumbran a creer que todos sus males positivos ó negativos, es decir,
por acción o por deficiencia, les vienen del gobierno, acaban por detestarle, por benigno
que sea en apariencia, y no ven el remedio sino en las insurrecciones. Pero al estallar
estas, como el rebelde se encuentra desorientado, incapaz de constituir un buen gobierno y
colocado entre el temor de la venganza y las incertidumbres de lo desconocido, la
anarquía y el flujo y reflujo de las rebeliones y reacciones son la consecuencia de una
situación desesperada.
Por
eso no vacilamos en afirmar que el gobierno español, por las condiciones que le dio a la
conquista y las formas de su régimen colonial, fue el autor y responsable de la
revolución unánime, inevitable y simultánea de 1810, y de las luchas intestinas que
desde entonces hasta hoy vienen desangrando y cargando de deudas á las repúblicas
hispano-colombianas. Y no esperamos que esas luchas terminen completamente antes de quince
ó veinte años: los gérmenes que las han producido y las producen aún fueron demasiado poderosos y calaron sobrado hondamente en
el organismo de aquellas sociedades, para que
sea dado hacer desaparecer muy pronto sus efectos.
Pero
también diremos que, según nuestra profunda convicción, el día en que aquellas
repúblicas hayan establecido la armonía de su situación, aniquilando los vicios
heredados de la colonia y los que luego emanaron de la guerra de la independencia, ningún
país en el mundo tendrá más positiva estabilidad ni progresos más duraderos y fecundos
que los pueblos hispano-colombianos. ¿Por qué? porque ellos habrán hecho el laborioso
aprendizaje del gobierno propio y popular y
de la libertad democrática, en una
época de luz y actividad, sumamente favorable para las sociedades jóvenes; y saldrán de
las terribles pruebas de la adolescencia depuradas de los vicios que pesaron sobre las
generaciones pasadas.
Demostremos
bajo otros aspectos la verdad de nuestras reflexiones acerca de la organización colonial.
Ese estudio no carecerá de interés para los Españoles de ámbos mundos.
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