|
XVII
CONCLUSION
Verdaderas condiciones sociales de Colombia.
La herencia española en el nuevo mundo. Cualidades y defectos generales de
los colombianos. Rasgos característicos.
Progresos que se han hecho. Responsabilidad de los gobiernos y el clero.
Esperanzas legítimas.
Pongamos
fin a este rápido ensayo con la indicación general de los rasgos característicos de la
sociedad colombiana, que resumen en cierto modo la expresión de las verdaderas
condiciones sociales en el momento actual.
Al
bosquejar la fisonomía social de las repúblicas colombianas, es necesario evitar
igualmente el optimismo de la vanidad ó el pudor nacional, que conduce al ridículo, y el
pesimismo de los malquerientes de la democracia colombiana, que conduce a la injusticia y
la calumnia. No pocas veces, en momentos de
entusiasmo literario ú oratorio, algunos demócratas de Colombia, particularmente
en la Confederación granadina, la mas audaz y liberal de nuestras repúblicas, han
llegado hasta la puerilidad de llamar modelos de liberalismo y filosofía práctica á
nuestros gobiernos mas avanzados. Esa candorosa jactancia encubre una noble pero
falsísima ilusión: La libertad no existe todavía en Colombia, por mas que las
instituciones la proclamen y consagren solemnemente, en mayor ó menor grado. ¿Por qué
no? Porque la libertad que proclamarnos en nuestros programas y códigos políticos no ha
calado en las costumbres populares, ni conquistado siquiera el espíritu de las masas. Las
multitudes, en las ciudades y villas, tienen ideas muy vagas , erróneas y confusas sobre
las condiciones de la libertad; y en las poblaciones rurales carecen absolutamente de
nociones civiles y políticas. Es evidente que la libertad no tendrá solidez mientras no
repose en la noción clara y popular del derecho y del deber y en costumbres sinceramente
democráticas.
La ley
está muy lejos de haber adquirido en Colombia el influjo, el respeto y la autoridad que
le son necesarios para garantizar el derecho y hacer respetar el deber. Cada partido, por
punto general, considera que la libertad es excelente para él mismo, en la oposición, y
poco menos que estorbosa y nociva, cuando está en el poder. De ahí viene que nuestros
gobernantes proclaman siempre el orden y nuestras oposiciones la libertad, como
si fuesen cosas diferentes. Nuestros partidos no han aprendido todavía á reconocer que
la opinión pública es la mejor fuerza, la tolerancia un deber común y de todas las
situaciones, y que las revoluciones armadas son, en general, estériles para el progreso
de las ideas, contraproducentes respecto de toda causa justa. Los gobernantes no saben
desprenderse de las ligaduras de los partidos, ni separar de la pasión política la alta
y severa responsabilidad del gobierno.
Pero
los pesimistas de Europa no andan menos errados en sus tristes apreciaciones respecto de
nuestras repúblicas. Se nos tiene por semi-bárbaros, juzgando de nuestra índole y
civilización según las apariencias de nuestras luchas intestinas. Se nos cree en
retroceso respecto de 1810, en virtud de datos incompletos ó falsos, y porque se ignoran
hechos ó fenómenos de interés capital. Se mira con desdén nuestra civilización,
porque desde lejos no se alcanzan á ver los generosos infinitos y los gérmenes de bien
que ella contiene en el fondo. Es preciso adoptar un criterio diferente: observar los
rasgos característicos de nuestra vida social, y deducir de su apreciación general y de
su comparación con los hechos anteriores á 1810, la síntesis del progreso que han
alcanzado nuestras repúblicas. En uno de los capítulos de este Ensayo hemos delineado
algunos de los tipos mas notables y que conocemos mejor, entre las razas y castas del
mundo colombiano; indiquemos ahora, sin distinción particular de raza, lo que se refiere
al carácter moral y a la vida social.
Cuando
las poblaciones colombianas sacudieron la dominación española, anhelosas de
independencia y libertad, debieron forzosamente aceptar la herencia de la madre patria,
como base de la nueva existencia que la democracia les prometía. Esa herencia era
compleja; era preciso aceptarla sin beneficio de inventario. Por eso, nosotros hemos
comprendido hasta cierto punto las censuras que Inglaterra y Francia nos han hecho, á
causa de nuestros defectos y nuestras revueltas frecuentes; pero no hemos podido
comprender lo mismo los ataques de la prensa española. Censurarnos con acritud era
inculpar al pueblo cuya herencia en el Nuevo Mundo han recogido quince repúblicas
novicias.
La
educación que recibió España del absolutismo y del Santo Oficio, fue transmitida al
mundo colombiano, llevada á sus últimas extravagancias por la conquista y el régimen de
colonización y gobierno, es decir agravada con la esclavitud, la explotación de los
indios, el socialismo de los resguardos, el monopolio comercial, etc. Todo lo que en el
Nuevo Mundo se encontró fecundo y bueno, sólido como base de una civilización
regenerada, fue implacablemente aniquilado. Todo lo que podía producir vicios profundos,
corrupción, debilidad, obstáculos para el progreso, fue aglomerado con profusión: la
esclavitud bajo todas sus formas, la violencia en todos los grados, el tutelaje con todas
sus inepcias, el error y el empirismo en todos sentidos.
La
sociedad española inoculó en la sangre de la colombiana casi todos los gérmenes de vida
y descomposición que ella contenía; pero con esta diferencia: que los segundos obraron
con toda su funesta energía, y los primeros se hallaron deprimidos por el egoísmo del
régimen colonial. Una rápida comparación entre las cualidades y los defectos de la raza
española y de las poblaciones colombianas, haría resaltar muy bien la solidaridad
establecida por la herencia que la sangre y la educación nos han transmitido.
Desde
luego hay que hacer una notable distinción entre el pueblo español de hoy y el de los
tiempos de los Reyes Católicos y sus tres primeros sucesores, así como entre la sociedad
española de la península y la que conquistó, colonizó y gobernó inmensas regiones del
Nuevo Mundo. Gracias á los progresos de la civilización moderna, el pueblo español
está experimentando saludables modificaciones en su carácter, que lo van depurando poco
á poco de algunos de sus gravísimos defectos de educación ó tradición, sin debilitar
en nada las nobles cualidades que lo han distinguido siempre. Y sin embargo, es fácil
calcular lo que esa sociedad fue hace tres siglos, por lo que es hoy, aun haciendo
abstracción de los datos irrecusables que la historia suministra, y reduciendo las
observaciones á las costumbres y los caracteres actuales.
El
pueblo español fue, sin disputa, uno de los que en Europa se amalgamaron menos con las
instituciones y costumbres socialistas y al mismo tiempo aristocráticas de la república
y del imperio de Roma. Y, por una singular fortuna, debida á numerosas circunstancias,
fue uno de los que mejor aprovecharon los gérmenes de regeneración social contenidos en
el cristianismo y la feudalidad. El primer pueblo que le dio formas felices y amplio
desarrollo á la idea municipal y del sistema constitucional y representativo, fue el
español. Pero también tuvo la desgracia, desgracia muy considerable bajo unos
aspectos, y fortuna grande bajo otros, de hallarse envuelto, durante cerca de siete
y medio siglos, en esa lucha á muerte, implacable y terrible, caballeresca y romanesca,
á que dio lugar el establecimiento de los árabes en la península.
En
efecto, esa guerra de tantos siglos, que produjo tan admirables episodios é hizo brillar
sucesivamente figuras interesantes como las de Pelayo, Rodrigo de Vivar, Alfonso el sabio,
Guzmán el bueno, Isabel la católica y Gonzalo de Córdova; esa guerra, decimos,
resume en sus grandes caracteres los de la fisiología de la nación española. Fe
profunda y tenaz, superstición brutal y fanatismo sombrío, abnegación
sublime (como la de Guzmán el bueno), y espíritu de rapiña, insubordinación y codicia,
generosidad heróica, y crueldad inaudita, sentimiento altamente poético, y
costumbres ásperas, brutales y disolutas en la corte, amor á las letras, y furor
por las riquezas y la usura, desinterés pasmoso, y pasión desenfrenada por el
juego, valor imponderable en la pelea, y frías y crueles venganzas á expensas del
vencido, prodigalidades suntuosas, y mezquindades extravagantes por maravedis,
lealtad maravillosa y perfidias inauditas.
En el
continente colombiano, cosa singular, puesto que los climas y las castas tienen tan
notable diversidad, las poblaciones obedecen, gracias á la unidad general de la
conquista y la colonización, a cierta ley de comunidad social y política que facilita
prodigiosamente la obra de los gobernantes. Donde quiera la misma religión, la misma
lengua, las mismas tradiciones, el mismo punto de partidala revolución de 1810
,el mismo plan de instituciones, en lo esencial y aun en las formas, la misma
procedencia etnológica, en definitiva, el mismo conjunto de necesidades y condiciones de
existencia. Así las aspiraciones siguen, poco mas ó menos, un movimiento análogo, las
transformaciones son enteramente semejantes, y todo hecho que se produce en una de
nuestras repúblicas, ventajoso ú adverso, se reproduce ó hace sentir su influencia en
las demás.
Podemos
asegurar que no hay en el mundo cristiano pueblo ninguno tan fácil de gobernar y amoldar
á todas las exigencias de la civilización, como los pueblos colombianos. Verdadera
materia plástica, dócil á toda presión, accesible á toda impulsión benéfica,
rutinera por hábito pero capaz de todo progreso, por espíritu de imitación,
vanidad, prontitud de imaginación y ardentía de temperamento, esa sociedad tiene
todas las cualidades y está expuesta á todos los peligros de una adolescencia candorosa
y precoz. Los gobernantes pueden pulirla ó corromperla, impulsarla ó deprimirla casi con
igual facilidad ; pueden darle casi todas las formas posibles, como el fabricante
que modifica á su voluntad las condiciones de la materia prima. Por eso, si la obra de la
civilización es allí tan fácil y sencilla, también es mucho mayor que en ningún otro
país la responsabilidad de los gobernantes ó los hombres que influyen directamente sobre
la política y las costumbres. Si para otros pueblos puede tener fundamento la máxima
egoísta y fatalista de que « cada pueblo merece su suerte», para el colombiano es no
solo errónea sino cruel. En su seno el gobierno es todo, de hecho ya que no de derecho;
la multitud nada ó un dócil instrumento. Por tanto los gobiernos y las clases ilustradas
son allí responsables, si no de todos los males, porque muchos de ellos (heredados) son
de lenta y laboriosa extirpación, por lo menos de los que la democracia habría podido
corregir ya si hubiera sido siempre íntegra, consecuente, desinteresada y perseverante.
Que el
lector juzgue de la exactitud de nuestras aserciones por los siguientes rasgos generales
de la vida política y social en el continente colombiano.
Todas
nuestras repúblicas han mantenido en su legislación la pena de muerte, respecto de los
crímenes comunes de carácter muy grave
1
. En
todas partes se escogió como instrumento de suplicio el garrote. Y bien en ninguna
de las quince repúblicas ha podido ejecutarse tal disposición, porque no se ha
encontrado ningún hombre que quisiera ser verdugo! Los ciudadanos, individualmente,
han tenido mas moralidad y respeto por la vida humana que la ley. Ha sido necesario
encargar las ejecuciones al ejército; pero cada día sus miembros, humillados con
semejante comisión, a pesar de su sangrienta pero á veces noble profesión, han mostrado
mas y mas repugnancia, influyendo sobre la opinión pública contra el asesinato
jurídico.
En
cuanto á los fusilamientos por delitos políticos, si exceptuamos á Méjico, donde ellos
son moneda corriente en las revoluciones, y al Paraguay, donde todavía reina en ocasiones
la sombra del doctor Francia, la opinión condena en Colombia esas venganzas cobardes de
los partidos vencedores, que deshonran toda victoria é implican la condenación del
vencedor para el caso en que hubiera de ser el vencido. Desde hace doce años casi todas
nuestras repúblicas han suprimido el cadalso como instrumento de justicia política.
La
esclavitud de los negros y sus descendientes fue uno de los mas tristes y odiosos legados
que nos dejó la dominación española. Y bien: nuestros pueblos, calificados de
semi-bárbaros, han sido los primeros en darle golpes mortales á la esclavitud. Mas
humanas, mas cristianas y generosas que las potencias europeas y que la Confederación
llamada república modelo, nuestras repúblicas, al constituirse normas, ó
abolieron totalmente la esclavitud, prohibieron para siempre la trata, declararon libres
á los futuros hijos de esclavas, y organizaron un sistema de rápida manumisión. Desde
1855 la esclavitud quedó completamente abolida en el Perú, su último asilo colombiano.
Y sin embargo, todavía la madre patria, la Holanda, la América democrática y el
Brasil, mantienen la funesta institución, y hasta 1861 la civilizada Francia ha
estimulado por medios indirectos el tráfico de negros africanos.
Si en
las instituciones y la política de nuestras repúblicas se ha revelado claramente el
sentimiento de humanidad y filantropía en favor de los hombres de color, no se muestra
con menos evidencia en las costumbres de la
gran
mayoría social. Donde quiera los indios, negros,
mulatos y mestizos son tratados, en lo civil y político y en las relaciones individuales,
bajo él pié de la igualdad y la fraternidad, en cuanto estas son posibles. Todos los
días se verifican enlaces entre personas blancas de las mejores familias y gentes de
color. Donde quiera se ve á los indios, mulatos y mestizos elevarse, por su talento, su
saber, su valor ó sus virtudes, á los mas altos puestos en el gobierno, en la
magistratura, en los parlamentos, en el ejército, en la diplomacia, en el foro, en el
sacerdocio, en el profesorado, etc. La prensa, la tribuna, la escuela, la universidad, las
elecciones, la defensa armada, etc., les sirven á todas las razas y castas como medios de
elevación en todos sentidos; y jamás el color ó la cuna constituyen la base de una
virtud ó de un pecado original. Una sociedad que se desarrolla bajo tales principios ¿no
será digna de simpatía y de inspirar confianza en su dichoso porvenir? Creemos que sí.
Al menos allí no existe ningún elemento de futuras complicaciones sociales. Los
problemas son todos políticos y de mero desarrollo, y el tiempo y la habilidad los
pueden resolver fácilmente.
En
nuestras incipientes repúblicas, donde las vías de comunicación son tan difíciles y
escasas, cuando no nulas, y donde las localidades se encuentran, en general, aisladas y á
distancias inmensas unas de otras, los correos giran con absoluta seguridad, sin escolta
ninguna (exceptuamos siempre á Méjico), al través de interminables desiertos,
conduciendo valores muy considerables en metálico. Otro tanto acontece á los viajeros
particulares. Es tal el respeto que entre nosotros se tiene por el gobierno (personaje
mitológico para las poblaciones rurales) que basta la banda tricolor del conductor de un
correo, que viaja solo, desarmado y á pié, para alejar todo temor, aun en el caso
fenomenal de tropezar con algún salteador de caminos.
Las
condiciones climatéricas y la libertad de ciertos usos, exigen en nuestras regiones bajas
y templadas que las casas sean de muy sencilla construcción, frecuentemente rudimentaria;
así como varias circunstancias influyen en la extrema imperfección de los medios de
guardar las bodegas, los almacenes, los huertos y las heredades. Los ganados, sobre todo,
se crían en absoluta libertad y dispersos en vastísimas praderas. Además, la policía
es casi nula en todas partes, y los medios de represión del crimen son muy limitados y
difíciles. Pues a pesar de todo eso, el robo con fractura y el abuso de confianza son muy
raros; y los hurtos, aunque mas frecuentes, son muy poco numerosos, relativamente á la
cifra de población, la ignorancia de las masas y la naturaleza de los valores en
circulación.
Los
grandes crímenes, esos que horrorizan la humanidad y son tan frecuentes en Europa, son
fenomenales en Colombia. El ladrón de profesión es allí un tipo extraordinario; las
reincidencias son muy raras, a pesar de los graves defectos de los sistemas de penalidad;
el número de mujeres culpables de delitos graves es relativamente insignificante; el
suicidio es casi totalmente desconocido, y el duelo no ha penetrado en las costumbres. La
gran masa de las condenaciones se refiere á riñas, injurias, heridas, maltratamientos,
irrespetos y otros delitos y contravenciones que jamás prueban perversión, sino
brutalidad, ignorancia ó arrebatos producidos por la intemperancia momentánea.
En
Colombia es casi enteramente desconocida la fecunda institución de los Bancos y las
compañías anónimas. De ahí resulta que los valores mobiliarios en circulación y al
portador casi se reducen á los bonos de deuda pública. Sin embargo, de esta
circunstancia, que restringe mucho el círculo de las transacción es manuales ó momentáneas, es muy digno de notar
que en nuestras poblaciones la mayor parte de los negocios se verifican sobre la simple fe
de la palabra, que las ventas al contado jamás se hacen mediante recibo del vendedor, y
que por punto general no se reducen á instrumento público sino
las
que se refieren á bienes raíces ó de muy grandes valores. Esto, que puede ser
inconveniente para la estadística y para el comercio mismo, es sin embargo una prueba de
moralidad ó del respeto que se tiene por la palabra. La asistencia pública está por
crear ú organizar en nuestras repúblicas, en términos que solo en las ciudades de
primer orden existen algunos hospitales y hospicios. Pero si la autoridad ha sido
negligente en esto, la caridad privada suple á todo, en lo esencial. Ese sentimiento es
universal y profundo en nuestras poblaciones; si en su seno hay mendicidad, como en todos
los países del mundo, jamás un mendigo sucumbe de miseria, ni el
pobre
se siente abandonado por la caridad individual.
El
espíritu de obediencia se manifiesta hasta en los lugares de detención y castigo, porque
nuestras masas son esencialmente sumisas. Nada es tan inseguro como nuestras cárceles,
casas de reclusión y presidios; nada tan vicioso y desesperante como nuestro sistema
penal. Y sin embargo, son muy raros los casos de evasión de los detenidos y penados, a
pesar de mil motivos que los incitan á sustraerse al juicio ó á la pena.
En las
sociedades colombianas no se conoce esa infamia de la civilización refinada que llaman la
prostitución
reglamentada. Hemos creído que,
si la humanidad ha de sufrir por largo tiempo el mal horrible de la prostitución, así
como el duelo, el juego, la intemperancia y otros vicios, la sociedad no debe hacerse
cómplice reconociendo y reglamentando el vicio, la brutalidad ó la infamia, sino al
contrario reprobar todo eso y combatirlo por medios indirectos. Nosotros hemos reservado
nuestra tolerancia para las creencias religiosas, la prensa, el comercio, etc.; y creemos
proceder con mas moralidad.
Se ha
dicho con razón, y es proverbial, que los pueblos de raza española son muy adictos al
juego. Prescindiendo de las causas infalibles que han engendrado esa pasión (la ociosidad
conventual, la mendicidad organizada, las loterías oficiales, las preocupaciones respecto
del valor del numerario, la riqueza mineral de Colombia, y sobre todo la índole de la
conquista y colonización), es justo reconocer que, con rarísimas excepciones, el juego,
en condiciones realmente reprobables, no es una institución permanente en las sociedades
colombianas. Su verdadero carácter allí es el de entretenimiento, en los días de
reposo, funesto siempre por sus consecuencias, pero excusable en mucha parte, si se tiene
en cuenta la viciosa educación que nuestros pueblos recibieron, y las tentaciones
provenientes del aislamiento de las poblaciones, de su ignorancia y carencia de cultura y
de otras circunstancias. En fin de cuentas, jugadores por jugadores, son menos alarmantes
los de Colombia que los que en Europa echan suertes día por día en las bolsas, las
loterías públicas y las ciudades de baños. En Colombia el juego no es un vicio, es apenas una pasión.
Se le
ha censurado también al pueblo español, con sobra de justicia, su entusiasmo frenético
por ciertos espectáculos salvajes, como las corridas de toros, los combates de gallos,
etc. Entre las poblaciones colombianas esas diversiones no tienen en manera alguna el
carácter de permanentes, son infinitamente menos brutales que en España, y la opinión
tiende á suprimirlas. Cada localidad celebra una vez por año la fiesta de la
independencia nacional ó de su patrono, y durante una semana se entrega al delirio del
placer, canto, música, bailes, carreras, cenas, juegos y corridas de toros, sin matadores
ni atrocidades, evitando por lo común
desbordes, pues todo vuelve á su estado normal, y la tranquilidad reina donde quiera, si
la política no levanta una borrasca.
En la
sociedad colombiana es desconocida esa horrible enfermedad europea que se llama el
matrimonio de conveniencia. Allí, gracias á Dios, todo el mundo se casa por amor,
jamás por interés ó razón de estado. De ahí proviene que entre nosotros hay gran
moralidad en la vida del hogar, y que los juicios de divorcio son fenomenales. El
matrimonio es amado y solicitado por la juventud desde muy temprano, y las relaciones de
los cónyuges tienen por reglas la confianza, la igualdad, el desinterés absoluto, la
comunidad de bienes, la compostura y el respeto supremo por la honra. Si en las grandes
capitales son relativamente poco numerosos los enlaces, el mal proviene del lujo
desenfrenado que han provocado y establecido las modas europeas, favorecidas por la
desigualdad de las fortunas que el régimen colonial preparó.
En las
poblaciones rurales los casos de concubinato son raros, y los que ocurren son
exclusivamente efecto de la indolencia y codicia del clero, del abandono en que se halla
la instrucción popular, de la pobreza de las masas, y de las dificultades de locomoción
y agrupamiento social.
Las
poblaciones españolas, como todas las meridionales de Europa, son renombradas por su
frugalidad y sobriedad. Entre las colombianas, tan poderosamente nutridas por el sol
ecuatorial, esas cualidades llaman desde el primer momento la atención del viajero
europeo. Allí el agua pura es la bebida habitual de las clases superiores; su régimen de
alimentación, sano y sencillo, estante mas digno de elogio cuanto que los goces morales
é intelectuales son relativamente muy reducidos. Entre las clases trabajadoras ú
obreras, inferiores por su ignorancia, su pobreza y otras circunstancias, la virtud de la
frugalidad no tiene su excepción sino en la casta de los zambos, y aun en la raza negra,
principalmente entre los que se ocupan en la navegación. La intemperancia les es
habitual, pues abusan de la bebida del aguardiente de caña ó ron; así como los
indígenas de las tierras altas beben con exceso la chicha, el pulque y el guarapo,
líquidos fermentados que hacen parte indispensable de la alimentación popular, como
el vino y la cidra en Francia y la cerveza en Inglaterra y Alemania.
Pero
la gran masa de la población trabajadora, sobria y frugal habitualmente, no incurre en
excesos de intemperancia sino en los días festivos; su conducta es ejemplar en los días
de trabajo. ¿Y qué tiene de extraño lo primero en países donde las cajas de ahorros
son rarísimas, donde no se conocen las escuelas dominicales, donde la multitud carece de
todo medio de diversión exenta de tentaciones para el vicio, donde la policía es un
mito, y donde el clero ignorante, indolente y codicioso en su gran masa no
ejerce sobre las poblaciones ninguna influencia saludable, sino un prestigio maléfico? En
realidad, nada aventuramos al decir que, relativamente á las condiciones de vida material
y social y de civilización, las poblaciones colombianas son mucho mas sobrias y frugales
que las europeas.
Se ha
hecho ya trivial la calificación de perezosos que se les da á los colombianos en
general. Nada es mas injusto que hacer de ese defecto, heredado y transitorio, un motivo
de acusación. Aun prescindiendo de la excusa que ofrece el rigor de algunos climas, es
preciso reconocer que tal defecto es hoy natural é inevitable. La extrema fecundidad y
baratura de la tierra (que produce dos cosechas por año en todas las regiones
intertropicales); el aislamiento en que se hallan las población respecto del mundo
refinado, á causa de la topografía, la inmensidad de los territorios, la escasez
de población, la falta de buenas comunicaciones, y los hábitos heredados dados de
incuria y conformidad con todo ; la prodigiosa facilidad con que se puede obtener lo
necesario para la vida material, y aun la riqueza; la exuberancia del suelo en una
multitud de productos, tales como los de caza y pesca, las maderas, el oro en granos
ó de aluvión, las materias hilables y mil otros frutos naturales, alimenticios ó
explotables por la industria, exuberancia que simplifica mucho los esfuerzos
humanos; y en fin, la enormidad de los obstáculos que ofrece un mundo tan bravío,
variado y formidable, á los esfuerzos artificiales de la lucha humana, haciendo que
parezcan imposibles mil empresas que la ciencia, el arte, la asociación y la
perseverancia realizan fácilmente en otras regiones,todo eso contribuye á limitar
las necesidades, las aspiraciones y por lo mismo los esfuerzos de las multitudes, en esos
países donde los intereses están todavía en su infancia. El pobre se contenta allí con
su pobreza, y el puramente acomodado con su mediocridad, porque faltan aún los estimulas
que solo una civilización bien avanzada puede ofrecerle al espíritu de empresa. La
naturaleza, demasiado pródiga en todo en favores como en obstáculos no ha
comenzado todavía á cederlas el campo á la ciencia y el arte, que la someterán un
día. De ahí el defecto de nuestras poblaciones, de una confianza excesiva en los
recursos naturales del suelo, y una desconfianza también excesiva respecto de sus propias
aptitudes y fuerzas.
Pero
si esas poblaciones son desconfiadas así, están muy lejos de ser ineptas. Rutineras por
educación, pero noveleras por carácter, su inercia en la obra del progreso es mas
aparente que real. Una vez que se les da el ejemplo de un progreso cualquiera, con
perseverancia, lo aceptan de buen grado y con inteligencia; y revelan su feliz
disposición á continuar marchando por la buena vía. Por eso es que los gobernantes de
buena voluntad encuentran allí tan evidentes facilidades para introducir reformas
saludables.
No hay
que juzgar á los pueblos colombianos por la conducta de algunos ambiciosos intrigantes.
La abnegación política de esos pueblos es admirable. Para estimarla en todo su valor
basta ver cómo se manejan allí las rebeliones. Nuestros ejércitos, que son caricaturas
por sus proporciones, y bárbaros por su organización, son siempre insuficientes para
reprimir prontamente las revueltas. Así, cuando estalla una insurrección, hay que apelar
á las guardias nacionales, mal organizadas y sin disciplina, y al método brutal de los
reclutamientos. Los pobres obreros y labradores quedan repentinamente habilitados de
soldados; hacen largas y penosísimas campañas; se baten con mucho valor, hambrientos,
mal vestidos, sin abrigo ni consideraciones ningunas; y al terminar la lucha, que ha
servido para elevar á unos pocos y humillar á otros, los hijos del pueblo, los
siervos de la democracia, vuelven á sus hogares peor de lo que estaban sin ninguna
recompensa, sin obtener justicia, pero resignados, sin murmurar, y contentos con haber
servido a la patria y dejar el oficio militar. Si eso no es moralidad y virtud, si un
pueblo de tal carácter no es digno de alta estimación, no sabemos qué significación
puedan tener las palabras patriotismo, desinterés y abnegación.
Pero
la mas eminente virtud de nuestras poblaciones es la hospitalidad, en la cual se
refleja la fusión hispano-indígena. Solo en nuestros países se ve resuelto el singular
problema de la posibilidad de viajar sin dinero con cartas de recomendación ó sin
ellas al través de comarcas desiertas y mil dificultades de locomoción. Allí el
pobre los acoge en su choza, siempre gratuitamente, mirando como ofensiva la
remuneración, en la soledad de las montañas, las pampas ó llanos y los ríos; y el
hombre rico ú acomodado aprovecha con placer y sencillez toda ocasión de obsequiaros en
su hacienda ó su habitación de la ciudad. El título de extranjero, sobre
todo, es un pasaporte seguro para obtener en todas partes la mas cordial hospitalidad. La
mejor prueba de esta aserción se halla en la extrema facilidad con que hacen fortuna los
extranjeros, acogidos donde quiera con benevolencia y candorosa simpatía.
El espíritu de asociación industrial y comercial
es casi nulo en Colombia, y esta circunstancia de la cual proviene la falta de
institutos de crédito explica la tendencia á la usura y al agio, que se nota
entre los capitalistas de nuestros grandes centros de población. Nada es mas fácil que
desarraigar ese defecto, si se estimula con inteligencia el desarrollo de la agricultura,
la industria, el comercio, y la explotación minera.
Es
notable el fenómeno económico, bien general en Colombia, del exceso constante de las
exportaciones sobre las importaciones (en mercancías) que los estadistas europeos
atribuyen generalmente, por error, á cierto estancamiento de los consumos. La verdadera
causa del desnivel (que se salda con numerario y libranzas para pagar dividendos de deuda
pública) está en la producción, relativamente valiosa, de la industria nacional,
particularmente en Méjico, la Confederación granadina, el Ecuador, el Perú y Bolivia;
producción que satisface en gran parte las necesidades del consumo interior,
respecto de una multitud de artículos importantes, tales como tejidos de algodón y lana,
joyas y objetos de fundición, licores, sombreros de paja y fieltro, muebles deservicio
doméstico, monturas, cordajes, artículos para empaques, etc. En todos esos trabajos
nacionales, y aun en muchos artísticos, nuestras poblaciones revelan notables aptitudes,
que no requieren para desarrollarse activamente sino algunos estímulos (no de protección,
sin duda), mucha libertad, y estabilidad en la situación política.
Bajo
el punto de vista religioso, las poblaciones colombianas poseen, al lado de graves
defectos comunes á todas las católico-romanas, cualidades bien dignas de aprecio. Su sentimiento
religioso es profundo y sincero; su piedad dulce y poética en alto grado. Las
multitudes se muestran tolerantes respecto de los sectarios de otras religiones, en tanto
que los miembros del clero y los tartufos que especulan con la religión no las excitan á
cometer excesos momentáneos de fanatismo. Por lo demás, esos excesos solo han
llegado á producirse en las poblaciones de raza indígena, las mas dominadas por el clero
y embrutecidas por el régimen colonial.
A
decir verdad, las multitudes no tienen en Colombia creencias positivamente religiosas: el
catolicismo que el clero les ha enseñado consiste en un conjunto de supersticiones
groseras, de actos de iconolatría, una ciega credulidad respecto de cuanto el sacerdote
afirma, y sobre todo la noción del deber de pagar diezmos y primicias, y de la eficacia
de las misas para rescatar almas del purgatorio
2
. Así,
en ninguna parte es tan necesaria como en Colombia una competencia libre y enérgica que
depure al catolicismo de las monstruosidades que allí lo pervierten y descaminan, y que
morigere al clero y lo obligue á ser ilustrado, desinteresado y diligente, en beneficio
propio y de la sociedad.
En
nada se manifiesta con mas evidencia la aptitud de esa sociedad para progresar
rápidamente, que en el movimiento de la literatura y la política. El instinto popular es
favorable al desarrollo de la democracia, á causa del espíritu de imitación que en él
domina. La viveza de imaginación, la claridad de las inteligencias, el gran desarrollo de
la memoria, la vanidad de raza, la emulación que provocan las instituciones, y el
ardor generoso de los temperamentos, facilitan el progreso de las letras, de la
jurisprudencia y de las nociones prácticas del gobierno popular. De ahí la prodigiosa
facilidad con que en Colombia se improvisan y multiplican los oradores y publicistas, los
poetas, los jurisconsultos y los hombres de estado, frecuentemente estimables; y los raros
progresos que, relativamente al tiempo y las circunstancias, han hecho en casi todas
nuestras repúblicas el conocimiento de las lenguas extranjeras (particularmente la
francesa, la inglesa y la italiana), el periodismo, la literatura y las ciencias morales y
políticas. Es evidente que el abuso de esas aptitudes ha sido y será pernicioso; pero la
generalidad misma con que ellas aparecen indica las facilidades que la civilización, bien
dirigida, puede encontrar para seguir su marcha desembarazada en el seno de esas
poblaciones inteligentes y entusiastas.
Como
se ve, nuestras sociedades no son en su gran masa sino una excelente materia prima, tosca,
incorrecta y llena de asperezas, pero susceptible por sus buenas cualidades de ofrecerle
al progreso la base de grandes conquistas y de los mas felices resultados. Pero los
pueblos colombianos necesitan, de parte de sus gobernantes, de un gran caudal de virtudes
desinterés, previsión, integridad, firmeza, lógica de acción, y una alta
comprensión de las leyes del progreso y de las exigencias de la libertad en los tiempos
actuales y de parte de los gobiernos y pueblos de Europa, un gran fundo de
tolerancia, de consideración paciente, de confianza y poder estimulante, de simpatía y
benevolencia.
La
política del desdén y de la susceptibilidad altanera, que nos irrita y humilla en vez de
corregirnos, no producirá jamás sino resultados diametralmente opuestos a los que se
apetecen en Europa, porque nuestra civilización no es algodonera, sino que
nuestras razas tienen antes que todo corazón y orgullo. Así mismo, la política reaccionaria
y tutelar, en el seno de aquellas poblaciones, no dará otros frutos que revueltas
y desmoralización.
Nuestra
situación es difícil y delicada, como toda situación transitoria, pero nada tiene de
aflictiva ni desesperante. Que haya integridad en los gobernantes y buena voluntad de
parte de las potencias extranjeras, y todos los intereses seguirán el cauce natural del
progreso. La libertad hará lo demás.
FIN.
1
Las
únicas excepciones han sido: el Perú, en 1856, y algunos Estados de la
Confederación granadina, en 1858, que abolieron esa pena.
2
El
infierno, como lugar de castigo irremisible, goza de muy poco favor entre el clero
colombiano; pero el purgatorio es eminentemente popular
.
|