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Necesidades actuales de Colombia. — Medios de obtener estabilidad: en lo político; — en lo social; en lo económico y fiscal. — La estabilidad depende de la práctica fiel del espíritu de la revolución. —     Consecuencias del espíritu de imitación. — El gobierno en Colombia debe ser sui generis.

 

En el curso de este Ensayo hemos procurado indicar la relación íntima que hallamos entre los elementos capi tales de la naturaleza física del Nuevo Mundo y de la organización colonial, como causas generales, y los sucesos de la revolución de 1810 y de los tiempos subsiguientes, como efectos mas ó menos inevitables de aquellas causas. Hemos determinado sucintamente los caracteres de las luchas civiles que han atormentado á Hispano-Colombia durante el rudo periodo de gobierno republicano (si no en el hecho en muchos de los Estados, al menos en el nombre y las apariencias) ; y creemos haber expuesto con exactitud la situación general de aquellos pueblos. Es llegado el momento de indicar las necesidades que esa situación implica y los medios generales que, sin perjuicio de las diferencias en la ejecución que comporten los intereses particulares de cada país, pueden asegurar la estabilidad de las repúblicas colombianas; — estabilidad, bien entendido, que no debe ser artificial, sino enteramente conforme con las condiciones propias de Hispano-Colombia , pues solo así se puede tener confianza en la solidez de una situación y el progreso en el porvenir.

Desde luego se comprende, por ser obvio y trivial, que la necesidad suprema de Hispano-Colombia es la de aniquilar las causas mismas de sus males, creando una política verdaderamente colombiana, —ó en otros términos completar pacíficamente la obra de la revolución, que las insurrecciones, los golpes de estado y las dictaduras han perturbado y descaminado. Cualquier remedio parcial ó puramente local ó transitorio sería inútil; cualquier plan de reglamentación no haría mas que complicar la tarea de los gobiernos y embarazar la marcha progresiva de los pueblos. Lo que se necesita es adoptar remedios decisivos, que pongan fin á la crisis permanente de las revueltas y las ambiciones; es preciso arrancar de raíz el cáncer de la violencia y los antagonismos tradicionales y artificiales.

Las repúblicas hispano - americanas necesitan ante todo simplificar su existencia ó su organización; aniquilar el caudillaje político; fundar la soberanía de la ley como la mas conspicua fórmula de la soberanía individual y popular; poner en armonía la constitución política con la etnología colombiana; hacer efectivas las garantías del derecho y las promesas de la revolución; fundar el crédito nacional; abrir la puerta al progreso bajo todas sus formas, y consolidar de una vez, si no crear, el reinado de la tolerancia y la verdadera fraternidad; — sin lo cual no será posible adquirir fuerza y respetabilidad ante el mundo. ¿ De qué modo se podrán alcanzar tamaños bienes? La cuestión es muy compleja, y apareja un vasto conjunto de medidas políticas, sociales, económicas y de carácter internacional. Examinemos estos asuntos, dejando para el capítulo siguiente lo que se refiere á la política exterior.

En las repúblicas hispano-colombianas no han faltado nunca las leyes: muy al contrario, los congresos, y los gobernantes han pecado por exceso, multiplicando prodigiosamente los actos legislativos y los decretos gubernamentales ó reglamentarios sin darles tiempo jamás para que produzcan sus efectos, y mostrando, como los glotones hambrientos, mas interés muchas veces por la cantidad que por la calidad. Se ha creído que el remedio estaba en las formas, cuando no estaba sino en la sustancia, — que el mal social era de atrofia, cuando no era sino de hipertrofia; y la intemperancia de legislar y reglamentar ha llegado hasta los extravíos de la fiebre, produciendo el caos, tanto en la legislación como en los procedimientos administrativos. El resultado de esa intemperancia legislativa y de reglamentación ha sido este: los pueblos han perdido la noción de la ley, sin adquirir por eso la ley derecho; y los mandatarios y administradores se han habituado al régimen de las interpretaciones, — necesario donde la legislación es caótica, contradictoria y versátil,— régimen funesto, porque conduce directamente á suplantar la autoridad de la ley con la personalidad del funcionario público.

Aparte de aquel vicio político, las tradiciones hispano- colombianas han sido perniciosas, preparando á las nuevas repúblicas á la funesta monomanía reglamentaria. Los pueblos se habían habituado á vegetar, privados de toda iniciativa, á esperarlo todo del gobierno, y á personificar la ley, la autoridad y la justicia en los gobernantes, administradores ó jueces. Semejante habitud se desarraiga muy difícilmente, y el régimen que se ha seguido en la república tiende a fortalecerla y perpetuarla. Ello es que en Hispano-Colombia los pueblos no conocen la ley sino personificada, y no la respetan sino en tanto tienen la sanción de la fuerza, ó de un nombre popular ó de un funcionario.  De esta triste situación ha sido el caudillaje político y administrativo en todas las  esferas.  Así como en la religión el catolicismo de las turbas no es mas que la iconolatría, en política las creencias de las multitudes se centran en el culto por algún caudillo, — sea general ó dictador, gobernante ó faccioso, tributo audaz ó arzobispo pretencioso. Así, mientras en la conciencia de los pueblos ó de los partidos las influencias personales se han sustituido á las convicciones y al respeto austero por la ley, en la política de los gobernantes la práctica leal del deber ha cedido el campo al deseo insaciable de popularidad y prestigio. Ninguno, al gobernar, sabe hacerse esclavo de la ley; pero todos, como ciudadanos, son esclavos de la pasión de un caudillo ó del interés de un partido.

Mientras esa perversión política subsista, la libertad será una quimera, porque no hay mas libertad sólida en el mundo que la que se apoya en la ley, que es la garantía del derecho de todos y cada uno; ni habrá estabilidad ninguna, porque, por una parte, las violaciones frecuentes de la ley provocan las revueltas, y por otra, el espíritu de caudillaje y el servilismo departido ponen á los pueblos á la meced de los ambiciosos y apasionan todas las cuestiones. El remedio está indicado por el mal mismo. Es menester legislar lo menos posible, — renunciar á la manía de reglamentación é imitación. En las viejas sociedades, donde los intereses son tan complicados y tienen tan profundas raíces, la reglamentación de la vida social, sin ser justificable en sus excesos, es algo comprensible. En las sociedades nuevas, exuberantes é incorrectas, reglamentar la vida es estancarla. Lo que Hispano-Colombia necesita es una legislación sencilla, clara, sobria y al alcance de pueblos adolescentes, inexpertos y generalmente ignorantes; legislación que, siendo comprendida, sea respetada y cumplida, consolide los intereses y engendre en las multitudes convicciones profundas: la convicción del derecho legal, de que los principios valen mas que los hombres, y que toda mejora se puede obtener por el camino de la discusión y de la ley. Un pueblo que tiene pocas y buenas leyes que estudiar y cumplir, las mira con amor y respeto y no tiene jamás interés en violarlas; y ellas son mas eficaces, porque no se sustituyen con presuntuosa previsión á la previsión del interés individual y popular. Si un gobierno está siempre mejor servido con pocos empleados bien pagados, una sociedad se desarrolla mejor con pocas leyes fielmente cumplidas. La libertad, fundada en la ley, hace entonces, respecto de muchos casos, las veces de ley misma, en cuanto esta calla.

Así, los pueblos hispano-colombianos deben sobre todo esforzarse por simplificar su organización, suprimiendo, por substracción de materia, una multitud de problemas espinosos, de cuestiones ardientes y dificultades puramente artificiales. ¿Se quiere evitar todos los conflictos que con tanta frecuencia han ocurrido en asuntos religiosos, ya respecto de los extranjeros, ya de la corte romana, de los obispos, las corporaciones y las turbas fanatizadas? Nada mas sencillo que proclamar y hacer efectiva la completa libertad de religiones y cultos, la separación absoluta del Estado y la Iglesia y la independencia del sacerdocio, alejado de las luchas políticas. ¿ Se quiere conjurar los conflictos entre el gobierno y la magistratura, que provienen de las luchas de la prensa, y al mismo tiempo suavizar las costumbres, desarmar la cólera de los partidos, desembozar al hipócrita y privar de pretextos á los revoltosos? La libertad absoluta de la prensa misma producirá todas esas ventajas; puesto que ella favorece la discusión, abre camino á la verdad y obliga á los partidos á ser leales y tolerantes. Ninguna sociedad ha muerto por exceso de verdad y justicia; pero sí han sucumbido muchas por falta de discusión, censura y responsabilidad eficaz ante la opinión.

¿Se quiere economizar un costoso y considerable tren de empleados, evitar conflictos entre la autoridad y el ciudadano y asegurarle al gobierno una sólida popularidad? El medio mas natural es la supresión de los obstáculos artificiales que hacen al ciudadano antagonista del gobierno: abolir los pasaportes y todo lo que, no siendo la justa represión de un hecho culpable y pernicioso para la sociedad, se ingiere en los actos de la vida individual ó colectiva, con la pretensión de reglamentarios y someterlos á molde ó medida. La manía de los gobernantes   hispano-colombianos de gobernar á la europea, plagiando sistemas impropios del Nuevo Mundo, ha conducido las cosas al contraste mas absurdo: la reglamentación en la democracia, — ideas que se excluyen esencialmente. Si se quiere, pues, tener estabilidad, libertad y progreso en Hispano-Colombia, es preciso que los hombres de estado se resuelvan á gobernar lo menos posible, confiando en el buen sentido popular y en la lógica de la libertad; que se esfuercen por simplificar y despejar las situaciones, suprimiendo todas las cuestiones artificiales, que solo sirven de embarazo.

No menos perniciosa es la tendencia reformadora llevada al exceso. En Hispano-Colombia, mientras que los gobiernos conservadores han querido gobernar demasiado, restringiendo la libertad, los radicales han pretendido llevar la reforma hasta el punto de hacer leyes para crear necesidades y situaciones artificiales, anticipándose á la opinión y al tiempo. El hombre de estado no tiene la misión de crear intereses, necesidades y opiniones, sino la de administrar del mejor modo posible los intereses creados por la sociedad, abrir el camino a los esfuerzos espontáneos y dar satisfacción á las necesidades reales y las opiniones justas y respetables. Así, el radicalismo debe abstenerse en Hispano-Colombia de iniciar demasiado, en el gobierno, tanto como el conservatismo debe abstenerse de reglamentar con exceso. En uno y otro caso se incurre en la falta de suscitar embarazos, promover cuestiones artificiales y desacreditar las instituciones.

Sin salir del terreno político, indicaremos todavía tres grandes medios de estabilidad que se refieren á la constitución de los poderes públicos, las condiciones del sufragio y la organización militar.

Nuestras constituciones, sean centralizadoras ó federativas, fruto de las revoluciones triunfantes ó de la soberbia de los dictadores, han incurrido en el gravísimo error de imitar en sustancia, en cuanto al poder ejecutivo, las formas tradicionales de la monarquía ó de los gobiernos unipersonales. En eso han revelado dos cosas: una errónea comprensión de los caracteres esenciales de la república democrática, y un olvido completo de las condiciones físicas y etnológicas de Hispano—Colombia.

La democracia, — gobierno libre de todos, de cada uno y para todos, — exige forzosamente el concurso y la representación simultánea, en el gobierno, de todos los partidos y todas las opiniones, en la proporción de sus respectivas fuerzas, — y por la muy simple razón de que toda opinión (mayoría ó minoría) representa un derecho y una fuerza. Por eso es que, así como la elección por escrutinio de lista, y no por fracción  es ó círculos de representación unipersonal, son verdaderas coacción   es que anulan á las minorías, evitan la discusión libre y aseguran el despotismo de las mayorías, — toda organización del poder ejecutivo que le dé á este un carácter absoluto, libre de contrapeso y fiscalización y esencialmente personal, es contraría á la índole de la democracia, introduce la discordancia entre los poderes, y favorece los abusos, los golpes de estado y el advenimiento de dictaduras mas ó menos odiosas. ¿Qué cosa es el poder electoral? — un jurado popular. ¿ Qué el poder legislativo?—un jurado parlamentario. ¿Qué el poder judicial? —un sistema de jurados mas ó menos libres en su de liberación. ¿ Qué el poder ejecutivo, tal como está organizado en todos los Estados del mundo, con excepción de la libre Suiza? — un poder personal, unitario, símbolo ilógico del derecho colectivo. Las repúblicas colombianas, aceptando esa forma, han puesto al gobierno en contradicción con los demás poderes y las condiciones esenciales de la sociedad democrática.

Pero hay mas: nuestras sociedades tienen los defectos (que pueden un día convertirse en cualidades) inherentes a estas cuatro circunstancias: la influencia de la sangre española, la promiscuidad de castas, la índole de la democracia, y las condiciones topográficas. La raza española,  por causas que no es del caso examinar, es petulante y vanidosa, en lo bueno como en lo malo ; y de esa cualidad provienen muchas de las grandes cosas y de las debilidades que han hecho notable á España. Los criollos colombianos hemos heredado ese don, y á veces lo hemos llevado hasta el quijotismo mas risible. Nuestros mulatos   son todavía mas petulantes y vanidosos, ya por causa del cruzamiento mismo, ya por espíritu de imitación. La república, de por sí, predispone á los pueblos á la vanidad y el ensimismamiento, sobre todo en una sociedad mezclada y joven, porque el sentimiento de la igualdad, la idea de la libertad y el hábito de concurrir á la obra común, con su voto, su palabra ó su brazo, le inspiran a cada ciudadano la convicción de su valer, de su capacidad y de la necesidad que tienen sus conciudadanos de contar con él. Por último, esos pueblos jóvenes, — vanidosos como es siempre la juventud, — viven dispersos en vastísimas regiones difícilmente comunicadas, y esa situación les ha inspirado la aspiración á la autonomía y la con— ciencia de cierta personalidad local ó seccional.

De ahí el espíritu celoso, desconfiado y petulante de los partidos políticos en Hispano-Colombia. Todos quieren tener su parte en el gobierno (muchas veces por un sentimiento de patriotismo sincero), fiscalizar los actos del gobernante, intervenir en las discusiones políticas, hacerse necesarios é importantes, si se quiere. Nada mas natural y acertado que satisfacer esa aspiración legítima, ofreciendo á los partidos, en el sufragio y en la organización de los poderes activos, un campo de acción simultánea, semejante al de la prensa y la tribuna popular. Se ha dicho que la democracia es envidiosa, interpretando mal ciertas manifestaciones deplorables hechas en Europa. No : la democracia no es la forma de las clases envidiosas, sino de los derechos desconfiados, celosos y amigos de fiscalización. Ello es que en Hispano-Colombia se ha prescindido de la necesidad de contar con el concurso de todas las opiniones y todos los partidos sinceros. Cada partido triunfante ha oprimido mas ó menos al vencido, procurando á todo trance perpetuarse en el poder, es decir, gobernando para sí y no para la nación, y haciendo del poder y de la ley meros instrumentos políticos. De ahí los abusos, las violencias, las insurrecciones y las dictaduras!

Si se quiere, pues, que haya estabilidad en Hispano-Colombia, es necesario buscar una combinación, en el sistema electoral y en la organización de los poderes activos (legislativo y ejecutivo), que permita: la coexistencia de representación de los partidos en el gobierno; la mutua fiscalización, elemento de confianza y armonía; el contentamiento de todas las ambiciones nobles, de todas las susceptibilidades legítimas; y la alternación positiva, sin comprometer por eso la unidad de la acción gubernamental, conciliando la responsabilidad efectiva con la movilidad de las opiniones. Lo que mas falta en Hispano-Colombia es: sinceridad en los gobernantes, fiscalización en la política y responsabilidad real.

Las luchas eleccionarias han sido muy fecundas en conflictos en Colombia, y es penoso reconocer que hasta ahora los pueblos no han hecho un aprendizaje regular de la noble institución del sufragio. Las multitudes, ó no lo poseen de derecho, ó no lo ejercen en realidad, porque no tienen la conciencia del valor de la votación, y apenas funcionan como ciegos instrumentos del poder ó de los intrigantes ambiciosos. Las clases ilustradas no saben estimar la santidad del sufragio, y no ven en él sino un medio de explotación, de corrupción ó de violencia disimulada. Y es evidente que si el sufragio no es una institución sincera, positiva y respetable, la república democrática no es mas que una comedia en que solo medran las clases privilegiadas y las dictaduras.

Dos opuestos sistemas han sido ensayados en Colombia, teniendo sus mas conspicuos representantes en Nueva Granada y Chile. El uno, obedeciendo á la lógica de la democracia, pero olvidando las condiciones del país, ha fundado resueltamente el sufragio directo, secreto y universal, como base del gobierno, llamando á la ciudadanía política á todos los hombres mayores de 21 años, sin distinción ninguna. El otro sistema, siguiendo la lógica de la restricción, ha limitado mucho la acción del sufragio y lo ha reducido á un círculo muy estrecho de privilegiados, haciéndolo indirecto y público. ¿ Cuál de los dos sistemas ha producido mejores resultados? No podemos decirlo. El radicalismo neogranadino, haciendo del sufragio, en definitiva, una cuestión de boletines y no de opiniones, ha puesto el poder en manos de minorías del peor carácter; y las mayorías inteligentes y respetables se han visto ahogadas por una fantasmagoría de votos que en realidad no representan sino las intrigas de los curas y de algunos pelafustanes de parroquia. El conservatismo chileno, por un camino diferente, ha llegado á un resultado muy semejante : hacer del sufragio un artículo monopolizado por el gobierno, la policía, el clero y los ricos propietarios y capitalistas. En ninguno de los dos casos el sufragio es en realidad cl instrumento de acción pacífica ó gobierno de las mayorías legitimas.

En otros Estados los gobiernos se han dejado de escrúpulos. Importándoles poco las fórmulas, se han servido de todo sistema indiferentemente, ganando las elecciones (ó farsas de elecciones) por medio de la corrupción, la violencia militar ó de policía, los fraudes atrevidos y los golpes de mano á estilo dictatorial. En este género de campañas, Hispano-Colombia ha contado veteranos famosos, tales corno Rosas, López 1 , Belzú, Castilla, Urbina, Ospina, Monágas, Santa Ana, etc. El método es mas cómodo que ninguno otro, pero tiene sus inconvenientes, entre otros el de hacer caer tristemente á los gobernantes que lo emplean. De todos modos, el sufragio en Colombia peca por exageraciones y no tiene la fuerza y respetabilidad que la democracia exige.

Es, pues, necesario que los demócratas de ese continente se persuadan de que el sufragio no será una verdad, una institución fecunda, sino á condición de ser directo y secreto, y de estar solamente confiado á los ciudadanos que sepan leer y escribir, sin consideración á la fortuna ó el censo de imposición. Solo así será el sufragio una inteligencia en acción, una conciencia capaz de responsabilidad, una institución fuerte y soberana, un elemento de educación política y social, un estímulo que realce el valor del derecho, y un medio de estabilidad. Solo así tendrán los gobiernos y los partidos interés en ilustrar á las masas ; las elecciones serán sinceras, y el triunfo de las causas políticas no será la obra del clero, del ejército y la policía, — de la intriga interesada, la corrupción y la violencia. En toda Hispano—Colombia reina el empirismo en la organización militar. El ejército es la personificación de la violencia, tanto por su modo de organización como por su modo de acción y sus injustificables privilegios. El reclutamiento, apasionado, brusco, ciego, salvaje y altamente odioso, es el medio universal de composición de la fuerza pública; y semejante sistema suprime la seguridad individual, destruye la libertad, hace imposible la fraternidad social , pervierte el sentimiento de la dignidad nacional y hace del ejército el enemigo permanente del pueblo. Estamos persuadidos de que se habrían evitado          la mayor parte de las calamidades políticas sufridas en         Hispano—Colombia, si se hubiese organizado el ejército desde temprano en armonía con el principio democrático. En las monarquías absolutas ó que se les parecen, el ejército es una fuerza del soberano, un instrumento del monarca. En las repúblicas no puede ni debe ser otra cosa que la democracia armada, — la nación, acuartetada ó en reserva, pronta á defenderse, — el ciudadano hecho soldado. Por lo mismo, la igualdad, la armonía y la justicia deben reinar en ese terreno como en el del sufragio. Elegir, administrar ó combatir, son funciones de distinta forma pero de igual naturaleza, que no modifican el derecho ni el deber del ciudadano, y por tanto no modifican su carácter.

No vacilamos, pues, en decir que las repúblicas hispano—colombianas, puesto que andan siempre á caza de modelos europeos, deben imitar el de la modesta y libre Suiza, cuya organización militar es la mas sabia. la mas sólida y democrática del mundo. Con un sistema que iguale á todos los ciudadanos ante el fusil del patriota; que haga del espíritu militar un sentimiento nacional confundido con el patriotismo, y no un espíritu (le clase dominante y privilegiada; que permita disciplinar al pueblo para su defensa, manteniéndolo en reserva, y al mismo tiempo sostener con economía una pequeña fuerza activa, como elemento de instrucción y núcleo de un grande ejército nacional, necesario en momentos de peligro ; y que, alejando al soldado activo de las urnas electorales y manteniéndolo sin privilegios, lo haga popular, respetable y útil, jamás amenazante para la libertad ; con ese sistema, decimos , habría en hispano-Colombia paz interior sólida y grandes elementos de fuerza para obtener el respeto de las potencias extranjeras.

Para no prolongar demasiado este capitulo , nos limitaremos á indicar brevemente las medidas generales que nos parecen conducentes , en lo social , económico y fiscal , á obtener la estabilidad, como base de progreso.

Dos sistemas de legislación se disputan en el mundo cl predominio, en las cuestiones sociales, políticas, religiosas y económicas : el sistema socialista, y el de los economistas absolutos. El primero se funda en el absolutismo del Estado, pretende reglamentarlo todo, intervenir en todo y sustituir la acción del Estado á la del individuo, centralizando toda autoridad. El segundo, partiendo del principio de dejar hacer, aspira á fundar la autonomía individual exclusiva, limitando la acción del gobierno á la simple función de dar seguridad, reprimir la violencia contra todo derecho é impartir justicia. En Hispano-Colombia los dos sistemas han tenido también sus defensores, si bien el socialista es el que ha tenido aceptación general. La Confederación granadina es la sola república que ha ensayado el radicalismo de los economistas, aceptando estos dos principios : libertad plena para el ciudadano, en cuanto no vulnere el derecho ajeno; y abstención del gobierno nacional de ingerirse en lo que corresponde principalmente á la actividad individual.

¿ Cuáles han sido los resultados? El sistema socialista, aunque mucho menos exagerado que en Europa, ha producido el estancamiento. Los gobiernos ni han hecho ni han dejado hacer, dominados por mil dificultades, y ocupados principalmente en reprimir revueltas ó suscitar dictaduras. Así como hay artistas que aman el arte por el arte, en Hispano-Colombia hay muchos hombres de estado que gobiernan por gobernar y nada mas. El sistema radical, favoreciendo algunos progresos, particularmente en la instrucción pública y la agricultura, ha sido pernicioso bajo otros aspectos, sobre todo en cuanto á vías de comunicación; porque los pueblos hispano-colombianos tienen muy poco espíritu de empresa y asociación y son notablemente rutineros. La libertad hará mucho por si sola, con el tiempo; pero mientras que ella produce sus infalibles resultados, algunos grandes intereses quedan abandonados, por falta de la iniciativa oficial, y á causa de los formidables obstáculos que la naturaleza abrumadora de Colombia opone á los débiles esfuerzos de poblaciones inexpertas y muy reducidas.

Creemos, pues, que los dos sistemas son viciosos por su exageración, y que lo que conviene á las sociedades hispano-colombianas es una combinación reducida á estas dos ideas: dejar hacer libremente á los ciudadanos cuanto sea inocente, y hacer con eficacia lo que sea superior transitoriamente á los esfuerzos individuales. La libertad es perfectamente conciliable con la iniciativa oficial, siempre que los gobiernos prescindan de hacerles competencia á los particulares, sin llevar su acción   mas allá de lo que exija la debilidad transitoria del esfuerzo privado. Con este sistema, la intervención gubernamental será realmente útil y fecunda, y los gobiernos, asegurando la estabilidad política con la estabilidad de los intereses, simplificarán su tarea y apartarán de su vía muchos y grandes embarazos.

De lo dicho se desprende lógicamente el programa de acción    gubernamental que conviene á Hispano-Colombia, y que se puede reducir á términos generales y sencillos: Proteger del modo mas eficaz, sin omitir esfuerzo ni sacrificio alguno, la propagación de la enseñanza pública, sea que se ejerza por la prensa ó por las academias, los colegios, las escuelas técnicas ó especiales, las primarias, observatorios, museos, etc.

Favorecer poderosamente las inmigraciones europeas y de otras regiones, escogidas con criterio y conducidas con tino y liberalidad; á fin de fortalecer á la sociedad en su lucha contra la mas formidable naturaleza, y de ilustrar, depurar y equilibrar las razas y castas, mediante la infusión de una sangre activa que lleve consigo grandes fuerzas para la civilización.

Consagrar vastísimas porciones de las tierras baldías á una distribución gratuita entre los inmigrantes, que en breve producirá su interés con grande usura, en la riqueza y el bienestar que las colonizaciones desarrollen.

Favorecer con empeño y sin ahorrar sacrificios, la multiplicación y mejora de los medios de comunicación de todo género, y de las obras públicas favorables al comercio, la agricultura y la industria. Un buen servicio de correos, un gran camino, un telégrafo, etc., son instrumentos mucho mas seguros y poderosos que un ejército ó una legión de gendarmas para prevenir ó reprimir las revueltas de poblaciones ociosas ó incomunicadas, descontentas á causa de su pobreza y malestar.

Multiplicar, con el carácter de permanentes y periódicas, las exposiciones industriales, agrícolas y artísticas, y los concursos que estimulen sus progresos.

Establecer colonizaciones en los desiertos interiores, sobre todo á orillas de los grandes ríos, á fin de evitar cuestiones sobre límites, favorecer las comunicaciones, reducir las tribus salvajes á la vida civil, etc.

Emprender ó completar con inteligencia y energía toda clase de exploraciones y trabajos geográficos que permitan adquirir un pleno conocimiento de la topografía y las poblaciones, y revelar al mundo las riquezas naturales ó elementos de prosperidad de las comarcas hispano-colombianas, todavía ignoradas ó mal conocidas.

Fundar á todo trance el crédito nacional, por medio de arreglos con los acreedores nacionales y extranjeros, lealmente cumplidos y que inspiren confianza como garantías de orden y probidad.

Otras medidas muy importantes, igualmente aplicables á toda la Colombia española, merecen especial indicación; pero su carácter internacional exige que las reservemos para otro lugar.

Acaso se dirá que el conjunto de medidas hasta aquí Indicadas exige recursos muy considerables en el erario de las repúblicas en cuestión. La objeción sería muy especiosa. Por una parte, los recursos no faltan en realidad, sino que son mal invertidos. Que se gaste menos en ejércitos ruinosos y amenazantes, y se tendrá toda lo necesario para estimular dignamente el progreso dada insurrección cuesta millones, — mucho mas de lo que cosa tarjan las obras públicas y mejoras que pueden conjurar toda revuelta. Por otra parte, silos recursos faltan, será fácil obtenerlos por medio de contribuciones ó del crédito, si se les da su legítima inversión con lealtad. Los pueblos pagan siempre con placer los impuestos, cuando ven que sus sacrificios se convierten en progreso y bienestar; y los capitales buscan espontáneamente á los gobiernos, cuando estos merecen la confianza general por su severidad en el cumplimiento del deber, su probidad y su liberalismo inteligente.



1 En el Paraguay.