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XIV
Comparación general entre la Colombia española, la América
república
na
y el Brasil.
Porvenir de las
cuatro grandes divisiones del Nuevo Mundo. Situación general de las repúblicas
colombianas.
Nada
es mas contradictorio que los juicios formados en las diversas regiones del mundo respecto
de las causas que han motivado las revueltas crónicas de Hispano Colombia,
revueltas que hacen fuerte contraste con la paz y prosperidad fabulosa de los Estados
Unidos, hasta 1860, y la estabilidad del imperio del Brasil. No hay sofisma que no se haya
puesto en juego para apoyar apreciaciones erróneas, absolutas, contradictorias, y que no
solo pecan por su prescindencia del estudio comparativo de los hechos, sino también por
el grave defecto de confundir bajo reglas comunes y sistemáticas las situaciones mas
divergentes. Conviene desvanecer esos errores con la simple comparación de los rasgos
características de la colonización y la revolución de la independencia, en cada una de
las tres grandes regiones que en el Nuevo Mundo representan las tendencias y tradiciones
del genio anglo-sajón, el español y el portugués. Nada nuevo podemos decir, sin duda;
pero nosotros no buscamos la novedad, sino la verdad, que suele ser tan vieja como nueva,
y para el caso la verdad consiste solo en
distinguir los hechos confundidos.
Al
juzgar la situación de Colombia, los absolutistas de todos los estilos han emitido
opiniones inconciliables. Unos han dicho: Hispano-Colombia no ha tenido estabilidad porque
la raza latina es inadecuada para el ejercicio del gobierno propio. Se les ha objetado que
el Brasil prospera con ese régimen, y los sistemáticos replican: Es porque los
brasileros tuvieron el buen juicio de adoptar la forma monárquica. Si se arguye con el
ejemplo de los Estados Unidos, los imperturbables amigos de sistemas responden : Es porque
allí está la raza anglo-sajona, única que entiende la democracia, por virtud de sus
tradiciones y hábitos de individualismo y obediencia á la ley.
Otros,
dejando á un lado los sofismas de raza y sistema de gobierno, apelan al de la religión y
dicen : Los Estados Unidas han prosperado á virtud del protestantismo, y las repúblicas
españolas son incapaces de progreso y libertad porque sus pueblos son católicos. En fin,
no faltan espíritus singulares (y en los Estados meridionales de América la
opinión es unánime) que imputan á la abolición heroica de la esclavitud los
males que sufre Hispano-Colombia.
Y
todavía, en el terreno puramente político, las contradicciones sistemáticas se han
abierto campo. Unas han dicho que la ruina para tales Estados proviene de la
federación; otros que la de cuales es obra del régimen unitario. Aquí se clama
contra el militarismo republicano; allá contra la ausencia de una fuerte organización
militar á estilo francés. Estos aconsejan la unión de varias repúblicas en un solo
cuerpo, como el remedio específico y suficiente; aquellos se pronuncian contra tales
agrupamientos, alegando la imposibilidad de que. tan inmensos y desiertos territorios sean
bien gobernados. Algunos políticos de corta vista, desesperando del porvenir, ó tomando
el efecto por la causa, han llegado hasta indicar la necesidad para nuestra repúblicas de
renunciar á la independencia y entregarse á los Americanos, ó bien á discreción de
algunas potencias europeas.
Todas
esas opiniones nos parecen inaceptables por su absolutismo, mas á menos erróneas é
impropias de una discusión seria. Las hechos valen mas que los sistemas, y es solo en la
investigación comparativa de aquellos que se puede encontrar la base de una justa
apreciación de la política colombiana. Comencemos por los Estados Unidos, siguiendo el
orden cronológico, y veremos que los pueblos hispano-colombianos son mucho menos
responsables de lo que parece, de su situación desordenada.
Desde
luego, las trece colonias anglo-sajonas que sirvieron de base á la gran Confederación
americana no nacieron de la conquista armada; fueron el resultado de una
emigración individual y espontánea y de una colonización conducida bajo reglas
absolutamente distintas y aún opuestas á las de la colonización española. Los
puritanos que fundaron esas colonias no fueron los instrumentos de un gobierno codicioso,
destructor y armado contra las hordas americanas. Ellos llevaban consigo el sentimiento de
libertad y personalidad, excitado en lo mas vivo y caro para el hombre la creencia
religiosa , y al emprender la colonización no iban al Nuevo Mundo en solicitud de
oro y como aventureros militares, sino en busca de una patria, resueltos á fundar
una sociedad fija y permanente, y animados por virtudes de la vida civil. Además, la
colonización que ellos emprendieron, verificándose de 1606 (colonia de Virginia) hasta
l732 (colonia de Georgia) en cuanto á
los
trece Estados primitivos, pudo contar con los muy notables progresos que la civilización
había hecho después de la época de las conquistas españolas; y de ese modo la obra de
la colonización en esa América, esencialmente civil ó
social, se encontró libre de los vicios profundamente engendrados en
las colonias españolas desde el principio del siglo XVI.
La
naturaleza y forma de la colonización en el Norte, conducida por los
ciudadanos mismos, hizo que la intervención del gobierno británico se limitase á la
concesión de cartas o patentes, y mas tarde á la protección de las colonias, conforme a
reglas que respetaban la autonomía de cada establecimiento. De ese modo cada sección
tuvo su vida propia y su libre desarrollo, y la emulación comenzó desde temprano á
producir sus benéficios efectos. La libertad religiosa, la libertad de explotación y la
autonomía fueron las bases fundamentales de la organización social. Cada individuo se
habituó desde temprano á cuidar de sus propios intereses y á intervenir en cierta
medida en los colectivos. El acceso de todas las profesiones fue fácil para todo el
mundo, y el interés por los negocios públicos hizo parte de la vida del colono. Cada
colonia tuvo su legislatura, sus instituciones locales, sus condiciones propias; el clero
no fué una institución dominante ni oficial; la religión quedó fuera del resorte del
destino que el de la defensa respecto de las tribus indígenas; y el monopolio no vició
las fuentes de la riqueza y los resortes de la actividad.
Así,
cuando en 1753 los franceses pasaron el Ohio, amenazando á la colonias, todas tenían una
posición determinada, como entidades libres, bajo una dependencia respecto de la madre
patria que casi era nominal ó se reducía á poca cosa; y al celebrar su célebre
convención de Albany, en junio de 1754, les fue muy fácil organizar, ó por lo menos
iniciar, una especie de liga ó confederación colonial, tanto mas cuanto que el rey
de Inglaterra las invitó espontáneamente á un acto semejante, como medio de defensa
contra los franceses.
Es
nuestro ánimo seguir el movimiento de independencia de esos pueblos en todos sus
pormenores. Baste recordar que la lucha, motivada por cuestiones de autoridad respecto de
los impuestos coloniales, comenzó en realidad desde 1754; se mantuvo ardiente y tenaz,
par la energía de los pueblos y las legislaturas, y no se convirtió en revolución
definitiva, levantando la bandera de la independencia, sino en 1775, cuando fueran
inútiles las peticiones y manifestaciones del primer congreso colonial de Filadelfia. Por
tanto, la revolución de las ideas y de los intereses se elaboró activa y
libremente durante 21 años, ántes de que estallase la revolución armada y radical.
El pueblo anglo-americano había tenido, pues, el tiempo y la libertad bastantes para
formar sus convicciones y prepararse a la lucha.
En
cuanto á la guerra de la independencia, hubo circunstancias muy felices que no deben
olvidarse. Desde luego, la obra se facilitó inmensamente con la existencia de las
colonias, realmente constituidas en Estados ó entidades activas, y esta permitió desde el primer momento
regularizar el gobierno y darle unidad á la lucha bajo la suprema dirección de
Washington. Los anglo-americanos contaron
además con el apoyo eficaz y decidido de una potencia tan respetable como Francia, y
tuvieron la gran ventaja de poderse procurar por sí mismas elementos de guerra, gracias
á su avanzada industria, y la no menos considerable de poseer de antemano un sistema de
milicias que debía no solo facilitar el triunfo sino también conjurar los males del
régimen militar.
La
guerra, por otra parte, fue relativamente floja y muy poco desastrosa, sobre todo si se la
compara con la de Hispano-Colombia; apenas duró ocho años (mientras que la colombiana
fue de quince), y los anglo-americanos tuvieron la ventaja de luchar con sus flancos
protegidos del lado de Luisiana y Florida y del Canadá, donde Francia y España tenían
establecimientos: ventaja que no tuvo Hispano-Colombia, abierta por todas partes á la
hostilidad de la metrópoli. Por último (y esto es de capital importancia) los Estados
Unidos tuvieron la gran fortuna de ser reconocidos como potencia soberana, aun antes de
que se ajustase la paz con Inglaterra, por las potencias de primer orden, é
inmediatamente después por las demás de Europa
1
. Esto
simplificó inmensamente la obra de la constitución definitiva de 1787-88, puesto que
conjuró peligros y complicaciones, abrió al comercio del mundo los Estados Unidos y les
permitió consagrarse con tranquilidad á elaborar su
porvenir.
La
colonización del Brasil difirió muy notablemente de la de Hispano-Colombia. Tuvieron
mucho de común ó análoga, es verdad, pues
en el Brasil figuraron en primera línea los donatarios á 12 grandes
concesionarios nobles de tierras costaneras (equivalentes á los encomenderos españoles),
los privilegios de todo género, el riguroso monopolio comercial, el secuestro del país
respecto del extranjero, la centralización absoluta, la inquisición, la opresión de los
indios, la esclavitud y el tráfico de negros, los impuestos ruinosos, la depresión
social de los criollos, la negación del principio municipal, etc. Pero hubo en favor del
Brasil circunstancias favorables que crearon profundas diferencias.
En
primer lugar, la conquista no tuvo carácter militar, ni el oro fue la tentación. Se
comenzó por una exploración casual (la de Pedro Álvarez de Cabral) enviada en
dirección á las Indias Orientales, extendida luego á mayores proporciones por Amerigo
Vespucci; y el gobierno portugués le dio al principio muy poca importancia al Brasil,
abandonándolo á la explotación privada de los negociantes que solicitaban el palo
Brasil. La colonización comenzó, pues, por la explotación agrícola, la mas fecunda
de todas, y aunque mas tarde el Brasil vino á ser un país bastante minero, no tuvo la
desgracia de ser condenado á una forma de trabajo artificial, ó principalmente minero,
sino que conservó su carácter esencial de país agrícola, á lo cual debe realmente
su prosperidad.
En
segundo lugar, las hordas que los portugueses tuvieron que someter eran completamente
bárbaras. No teniendo las tradiciones seculares y los elementos activos de una
civilización avanzada, pudieron amalgamarse mas fácil y prontamente con la civilización
europea, puesto que nada tenían que olvidar ó desaprender, ni su modo de ser se
halló profundamente contrariado por la colonización; ventajas que faltaron en
Hispano-Colombia (sobre todo en Méjico, Perú y Nueva Granada), pues nada es mas difícil
que implantar en un pueblo relativamente civilizado una civilización abiertamente
apuesta.
Pero el hecho capital en cuanto
al Brasil, es que este país no ha conocido la revolución ni sostenido lucha formal para
constituirse. El Brasil hizo su transición del régimen colonial á la independencia sin
que las ideas sufriesen modificación; sin combatir ni derramar sangre (excepto en el
corto bloqueo de Bahía); sin que los intereses se trastornasen; sin que las clases
sociales se pusiesen en contacto, fraternizasen y concurriesen juntas á una lucha; y todo
se redujo á una fácil sucesión de autoridad del rey Juan VI (refugiado con su corte en
el Brasil) al regente, su hijo don Pedro, y de la regencia al imperio asumido por la misma
persona. En menos de dos años, de febrero de 1821 á octubre de 1822, el Brasil hizo la
inmensa transición; la metrópoli fue impotente para hostilizar formalmente al pueblo
gobernado por el hijo de su propio rey; y la independencia fue reconocida por el Portugal
desde 1825.
Ahora
bien: compárense las condiciones absolutamente distintas del régimen colonial en cada
una de las tres grandes divisiones continentales del Nuevo Mundo, y de los medios que las
condujeron á la independencia, y se comprenderá la soberana injusticia que hay en
imputar las desgracias de HispanoColombia sea á la incapacidad radical, á las
faltas políticas de sus pueblos, sea á la adopción hecha por ellos del principio
republicano, federalista ó unitario. Es evidente que las causas vienen de muy lejos, de
la conquista misma y del sistema de colonización
y gobierno, que prepararon fatalmente la
revolución sangrienta y desordenada, sin ningún elemento que le sirviese de guía y
correctivo en sus primeros años.
Y
aquí ocurre preguntar, aunque la cuestión parezca demasiado audaz : ¿Tiene la
organización política y social de AngloAmérica y del Brasil mas solidez en
realidad que la de Hispano-Colombia? A primera vista la pregunta parece impertinente ó
ridícula, puesto que en el Brasil ha reinado la paz casi constantemente, ó al menos sin peligros muy serios, y que en
América la lucha actual es la primera y no tiene apariencias que la asemejen á las
nuestras, mientras que en Hispano-Colombia las revueltas son casi permanentes, ó al menos
frecuentes y periódicas, y en todo caso desastrosas. Y sin embargo, no vacilamos en
decir, á riesgo de excitar sonrisas, que el porvenir social de las repúblicas españolas
ofrece, bajo ciertas aspectos, mas garantías de salud.
En
efecto, al través de sus borrascas, HispanoColombia ha resuelto tres grandes
problemas que el régimen colonial dejó planteados como terribles dificultades: la
cuestión del trabajo, la cuestión de razas y la cuestión comercial ó económica. La
esclavitud ha sido abolida en todas partes, sin peligro ninguno, sin que los brazos de los
negros faltasen á la producción ni se volviesen contra la sociedad; y el trabajo ha
quedado basado en el principio de la libertad. La guerra de la independencia, las
revueltas posteriores, la comunidad del sufragio, la práctica de la igualdad democrática
(en casi todas las repúblicas), y hasta la coexistencia de las zonas climatéricas, han
adelantado mucho y casi completado la fusión política, social y económica de las razas
y castas; conjurando así generalmente un gravísimo peligro y allanando el camino á la
civilización. Por último, el principio del libre cambio, con exclusión de los errores
proteccionistas, ha penetrado en toda la Colombia continental española, y es la base de
la organización económica en su mayor parte.
Los
Estados de América y el Brasil, que han hecho tan asombrosos progresos en lo intelectual
y material, se hallan sin embargo en presencia de esos grandes problemas resueltos en
Hispano-Colombia,
si bien los primeros tienen la enorme ventaja de haber asegurado la completa libertad
religiosa. La esclavitud está en el corazón de Sur América como una amenaza
formidable de disolución social, en pos de la escisión política que ha
provocado. El antagonismo entre la raza blanca y los hombres de color es un obstáculo
inmenso para el progreso cristiano y la
verdadera
democracia, que producirá, lo tememos mucho, las mas terribles calamidades no muy tarde.
El espíritu invasor que los americanos han desplegado, ha sido para ellos una causa de
debilidad presente y futura, y los llevará á la ruina de su grandeza política, porque
la conquista y la república democrática se excluyen mutuamente. Por último, el régimen
monstruosamente protector, que subsiste en los Estados Unidos, agravándose á medida que
el de la libertad avanza en Europa, es un germen de muy graves complicaciones que no poco
ha influido en el rompimiento que hoy se deplora. No hay que hacerse ilusiones: cualquiera
que sea el resultado político de la lucha actual, la unión americana tendrá que pasar
por todas las consecuencias que se derivan forzosamente de la esclavitud, del antagonismo
de razas, del antagonismo entre la protección y el libre cambio, del espíritu invasor, y
acaso también del antagonismo religioso que suscitarán tarde á temprano los mormones.
En cuanto al Brasil, la
estabilidad actual nos parece mas aparente que real. Allí no se ha formalizado todavía
la revolución social, y la política ha sido incompleta y viciosa. La una tiene que venir
un día, por la fuerza de las cosas, y la otra que desarrollarse y completarse. La
monarquía, por muchos motivos, es poco menos que imposible en Colombia, donde la sociedad
es esencialmente mestiza ó de castas inferiores y criollas, y el Brasil tarde ó
temprano habrá de aceptar la ley general del Nuevo Mundo. La esclavitud subsiste como un
cáncer, aunque se haya suprimido la trata, y el remedio buscado en las inmigraciones de colies
aumenta los embarazos de la fusión de castas y razas. Es posible que todos los peligros
se conjuren aunque muy laboriosamente, por medio de instituciones ampliamente
democráticas y grandes medidas; pero estas mismas reformas ¿no comprometerían
seriamente la subsistencia de la organización monárquica? Si en los Estados Unidos se ha
visto que la sola elección constitucional de un presidente abolicionista ha servido de
pretexto para elevar el antagonismo crónico á las proporciones de un gran rompimiento
¿no se deberá temer que un día la guerra política y social estalle en el Brasil,
motivada por la esclavitud, las diferencias de razas y las aspiraciones republicanas? Al
hablar de los tres grandes grupos continentales del Nuevo Mundo, naturalmente ocurre esta
cuestión: ¿cuál será el porvenir de la parte insular y colonial? Basta una simple
reflexión para persuadirse de que no muy tarde el Canadá formará un Estado
independiente, sea como república, sea bajo el centro de un príncipe de Inglaterra, sea
tal vez entrando en la Confederación del
Norte, por vía indirecta. Tal es el destino de las colonias sabiamente formadas en la
escuela del gobierno propio por la política moderna de Inglaterra. También es fácil
imaginar que, tarde ó temprano, por la fuerza de las cosas, el vasto archipiélago de las
Antillas formará una confederación independiente, preparado por la acción misma de los
gobiernos que hoy dominan esas colonias. En cuanto á las tres colonias continentales
llamadas Guayanas, aunque su desarrollo será lento y laborioso, su suerte no puede ser
otra que la que tendrá el Canadá, bastante mas tarde sin duda, pero necesariamente. El
Nuevo Mundo ha sido en otro tiempo un elemento de colonización para todas las potencias
marítimas, pero también está destinado por la naturaleza de las cosas á ser un
enjambre de Estados independientes, donde todas las razas tengan representación y todas
las ideas nuevas su campo de experimentación y acción eficaz. Así lo exige el
equilibrio de la civilización. La época de las colonias tiene que acabar un día para
darle cabida á la del perfeccionamiento de la civilización. La Europa ha civilizado,
colonizando, y el Nuevo Mundo debe completar la obra fundando Estados libres é
independientes.
Pero,
volviendo á Hispano-Colombia, ¿hay motivos fundados para esperar un porvenir de
estabilidad, progreso y verdadera libertad en las quince repúblicas que la componen?
Indudablemente. La situación actual, tan deplorable como es en casi todas esas
repúblicas, á juzgar por los hechos materiales y aparentes, es, aunque parezca paradoxal
la expresión, la mejor garantía de aquella esperanza. Al través de todas las
agitaciones y las luchas sangrientas, la instrucción pública ha hecho sólidos
progresos, en todos sus ramos y escalas. Esta es una verdad que no se palpa sino
observando muy de cerca el juego intelectual y político de esas sociedades. Basta
considerar los inmensos progresos que han hecho allí la prensa periódica, la literatura
en todos sus ramos, la legislación (en la sustancia y en la forma), el arte de
administrar, las asociaciones privadas (políticas, literarias y científicas), el
conocimiento de las lenguas extranjeras mas importantes, el servicio del foro y de la
diplomacia, el lenguaje parlamentario y oficial, la práctica del régimen municipal, las
ideas económicas, y cuanto puede ser un signo del desarrollo intelectual de un país.
La
libertad religiosa, ó por lo menos la tolerancia, gana terreno día por día, y en
algunos Estados ha hecho
conquistas de mucho valor. El espíritu de hospitalidad, noble distintivo de la raza
española, se ha desarrollado con el roce del mundo, las inmigraciones y la práctica,
aunque muy defectuosa, de las instituciones republicanas. Colombia, como todas los pueblos
jóvenes y que ocupan un suelo vasto, exuberante y virgen, tiene un poder maravilloso de
elasticidad que le permite reponer en poco tiempo los bienes que las revueltas hacen
perder. Una revolución en Europa es una crisis espantosa, cualesquiera que sean sus
tendencias; en Hispano-Colombia es una evolución del progreso, que trastorna, como los
purgantes, pero en definitiva depura, vigoriza ciertas fuerzas y desembaraza el camino de
la civilización. Esto para los que miran de lejos es una paradoxa; para los hispano-colombianas es una verdad
evidente. De ahí viene que, a pesar de tantas conmociones, de la agravación de deudas, la debilidad del crédito, la falta de
capitales y brazos y la incertidumbre, todo el mundo se ha habituado á especular á
sabiendas del riesgo y trabajar y producir en medio de las borrascas, y que la riqueza
pública ha hecho muy notables progresos. La simple comparación entre la estadística
hispano-colombiana de 1810, en todos sus ramos y la de 1860, dejaría asombrados á los
que de buena fe se espantan de las revueltas de aquellos países.
En
muchos objetos se manifiesta un progreso sensible y consolador, que la paz elevará á
grandes proporciones. Pero hay un hecho sobre todo en que se manifiesta con evidencia el
progreso moral y político: hablamos del carácter mismo de las luchas civiles. En los
primeros tiempos de la república, las luchas no eran en realidad sino de caudillos,
ambición y pasiones de bandería, aunque en el fondo de ellas se veía asomar el
antagonismo de las ideas. Las insurrecciones salían entonces de los cuarteles y
conducían derecho á la dictadura, si vencían, ó al cadalso ó la proscripción, sí
eran vencidas. Hoy no se hacen insurrecciones sino revoluciones; los caudillos
quedan detrás de los pueblos; las ideas dominan la lucha y le imprimen su sello; las
situaciones se legalizan ante la opinión por medios constitucionales; el cadalso
político está abolido ya en casi toda Hispano-Colombia y los gobiernos ó partidos que
triunfan, en vez de castigar ó vengarse con crueldad, van aprendiendo á perdonar.
La situación general es penosa,
grave, algunas veces alarmante; los vicios arraigados todavía, son profundos; las
costumbres están muy lejos de haberse depurado y suavizado; las instituciones son
contradictorias, en general; se vierte con frecuencia una sangre generosa; los remedios
son muy complejos y exigen una fuerte voluntad de aplicación. Todo eso es verdad. Pero
sobran los elementos de progreso; nuestras sociedades son jóvenes, varoniles, generosas y
accesibles: la democracia contiene en sí misma los resortes de fuerza y los correctivos
de muchos vicios; y todo lo que se ha logrado, al través de mil dificultades, autoriza
para abrigar las mas sólidas esperanzas.
1 Francia lo hizo
desde 1778; Holanda en abril de 1782; Inglaterra en 4785; y en el mismo
ano, de febrero á julio, Suecia, Dinamarca, España y Rusia, seguidas luego por
otras potencias.
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