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XIII
Espíritu
de la democracia colombiana. Causas generales de las revueltas políticas.
Dificultades que han entrabado el movimiento de las nuevas repúblicas: unas sociales y
políticas; otras fiscales y económicas; otras puramente físicas.
Conducta de la diplomacia extranjera en Hispano-Colombia.
Dos
tendencias, al parecer opuestas, pero que concurren al mismo objeto por vías y medios
diferentes, ambas sostenidas de buena fe en lo general, se han disputado la
dirección de la democracia hispano-colombiana. La una, buscando el progreso moral como
una consecuencia, se ha propuesto principalmente asegurar los bienes materiales, contando
con que estos traerían de suyo todo los demás. Por
otra parte, creyendo que la libertad es un efecto de la seguridad y de
la propiedad, y que el orden y la libertad son dos fenómenos distintos y aun algunas
veces contradictorios, esa teoría se ha inclinado decididamente del lado de la autoridad,
haciendo de ella una entidad diferente del pueblo mismo. Esta tendencia ha tenido sus mas
conspicuos representantes en las repúblicas de Chile y Guatemala.
La
tendencia opuesta ha partido del principio general
de que el hombre es ante todo un
ser moral. De ahí la creencia de que los intereses materiales son secundarios, no siendo
sino manifestaciones de la libertad, de esa fuerza en acción que se llama el hombre; de
que el orden y la libertad son tan
perfectamente
armónicos que se confunden en la simple noción de la justicia, no pudiendo haber derecho
contra el derecho. En consecuencia se ha creído que la autoridad, manifestación
colectiva de las fuerzas humanas, no podía ser antagonista de la libertad; que el pueblo
y el gobierno eran una misma cosa, es decir el ciudadano bajo diversas formas de
acción; que la opinión debía ser la ley suprema de la política, en cuanto la
ley escrita no se interpusiese. Así mismo se ha creído que, siendo la propiedad el
efecto de la libertad, y la seguridad su garantía, lo que importaba ante todo era hacer
libres á los ciudadanos y los pueblos, confiando en que la libertad traería de por sí
el mas seguro correctivo de todos los abusos; y que siendo el hombre un ser esencialmente
espiritual, como fuerza social, bastaría asegurar ante todo el progreso moral, mediante
la práctica sincera de la república democrática, con la seguridad de que el progreso
material vendría luego, como una consecuencia inevitable, sin necesidad de que los
gobiernos lo precipitasen por medios artificiales. Esta doctrina radical ha tenido su mas
decidido representante en la Nueva Granada, particularmente desde 1849, y ha encontrado
acogida en Venezuela y el Ecuador en ciertos momentos, en Méjico poco ántes de la caída
del presidente Comonfort, en el Perú en 1856, y en la Confederación Argentina y
Buenos-Aires después de la caída de Rosas; aunque casi en todas partes con muy notables
inconsecuencias.
N
o es
del caso discutir aquí cual de las dos tendencias y doctrinas es mas racional y consulta
mejor las necesidades de Hispano-Colombia. Acaso ámbas son erróneas por su absolutismo,
y la verdad puede hallarse en una justa
combinación de los dos sistemas. Pero sea lo que fuere, el hecho es que toda la historia
de las repúblicas españolas está contenida en la lucha permanente producida por esas
das tendencias, y que toda apreciación que se desentienda de una de ellas falseará la
comprensión del espíritu de la democracia hispano-colombiana. Si algunas veces, por suma
desgracia, se han perpetrado en nuestras contiendas civiles crímenes abominables; si las
luchas han sido en varias circunstancias muy sangrientas y aun devastadoras; si del
torbellino de esas revueltas han surgido figuras odiosas, encarnaciones de todo lo que hay
de salvaje en la vida casi rudimentaria del Nuevo Mundo, de todos modos es fuerza
reconocer que los partidas políticos han sido generalmente sinceros en sus programas,
obedeciendo á una de las dos tendencias indicadas.
Si
entre nosotros las luchas son siempre sangrientas, y a veces muy tenaces, el hecho depende
de tres circunstancias: 1ª que nuestros pueblos están todavía muy atrasados, y sus
medios de combate son sumamente inferiores á los de Europa, y diferentes, por lo cual las
batallas se sostienen cuerpo á cuerpo, y la bayoneta y la lanza funcionan demasiado; 2ª
que la raza de los cobardes es desconocida en Hispano-Colombia; allí ninguno recula
una vez que se compromete, y las transacciones amigables se dificultan mucho así; 3ª que
cada día los pueblos avanzan en ideas y en la fusión de las castas, de lo cual resulta
que, por lo común, cada combatiente pelea por una convicción, sobre todo si es
revolucionaria y voluntaria. Así, no se debe juzgar el espíritu de la democracia
hispano-colombiana por las apariencias de esas revueltas, si se quiere evitar el error en
las apreciaciones. Es preciso, ante todo, inquirir las causas de esas revueltas.
Ya
hemos indicado cuán funesta ha sido la influencia del militarismo y de casi todos los
grandes caudillos de la revolución; y en el curso de este Ensayo hemos hecho notar
también cuán inevitable y fatal era esa revolución y cuán poco preparadas para ella
estaban las poblaciones, que hicieron tan violentamente su transición del inmenso y
oscuro calabozo colonial al campo abierto, ilimitado y azaroso de la república. Pero las
causas generales de las revueltas vienen de mucho mas atrás que el militarismo y las
complicaciones de la guerra, que no fueron sino efectos ó accidentes. Las causas estaban
en la composición misma de la sociedad la mas incongruente que se pueda imaginar.
Y en la esencia del régimen colonial.
Esa sociedad, compuesta de tantas razas y castas en
antagonismo, entrañaba el germen de la democracia, pero la fusión tenía que pasar por
muy dolorosas crisis ántes de operarse. Ese régimen, estancando la vida y haciéndolo
todo artificial, contenía en si la enfermedad mortal y los elementos de la explosión,
pero no llevaba consigo los de la recomposición.
Así,
la revolución tenía que destruirlo todo y crearlo todo. Obra inmensa por su multiplicidad, aun para pueblos envejecidos en la
gran lucha de la civilización. Era imposible recular ó quedarse en el terreno de la
monarquía, porque faltaban los sólidos elementos que tal sistema requiere. Era forzoso
tomar el único camino abierto: el de la república democrática, y en él todo era
nuevo, difícil, peligroso. Se marchaba hacia lo desconocido, sin luz ni guía, sin mas
fuerza que los instintos y la esperanza, en lugar de las convicciones populares. La
revolución había sido un inmenso clamor de desesperación; la guerra una epopeya
prodigiosa; la victoria un milagro de la fe instintiva de los pueblos. Y lo demás?.... un
prolongado ensayo, una incesante exploración de horizontes desconocidos! ¿ Cómo
es que la Europa se escandaliza de las luchas civiles de cuarenta años en un mundo
exuberante y bravío como Colombia, en cuyo seno se pierde un pueblo infante, cuando esta
vieja Europa nos ha dejado el germen de esas luchas, y ella misma se agita en solicitud de
otro derecho público y de una mejor civilización después de diez y ocho y medio siglos
de cuántas catástrofes y grandes miserias, posteriores á la sublime epopeya moral y
religiosa de Cristo? No comprendemos esa obsesión respecto de Hispano-Colombia.
Allí
se ha luchado y se lucha porque se debía luchar, porque era forzoso cumplir la ley eterna
del progreso, buscar la verdad y preparar el porvenir. La democracia hispano-colombiana ha
tenido que hacer la dolorosa peregrinación de su calvario: un día, no muy tarde, hará
su última estación y saldrá purificada y fuerte, sin necesidad de morir y resucitar
para glorificarse! Cada revolución ó guerra
civil no es mas que un nuevo combate, armado entre la Colonia, que resiste y que
quiere
vivir, como la hiedra en los escombros y la democracia, que avanza, cobra
bríos y espera sin cesar. Las luchas no
acabarán sino el día en que la Colonia haya sido arrancada de raíz y
pulverizada, desapareciendo el dualismo de tendencias enemigas. Entre tanto, cada lucha,
por funesta que sea transitoriamente, será en definitiva una ventaja para los intereses
permanentes, cuya base no puede ser otra que el DERECHO en su mas completo desarrollo.
Importa
indicar, siquiera sea de paso, las principales dificultades que han embarazado el
movimiento de la repúblicas españolas,
unas políticas y sociales, otras económicas y fiscales, y algunas puramente
físicas.
Desde
luego, entre las primeras, encontramos: las cuestiones eclesiásticas y religiosas, la
ignorancia y estupidez de las multitudes, la diversidad de castas, el predominio
inevitable de los libertadores militares, las rivalidades locales que el régimen colonial
había suscitado, y las complicaciones de la diplomacia extranjera. De esta última
dificultad hablaremos mas adelante.
El
régimen colonial había hecho á los pueblos singularmente supersticiosos y fanáticos;
engendrado odios profundos entre las diversas razas y castas; concentrando la propiedad territorial en muy
pocas manos; enriquecida con exceso al clero seglar y regular, dándole un ascendiente
político irresistible; y mantenido á la clase media y las turbas populares en la
ignorancia mas profunda. ¿ Cómo evitar que se produjesen con frecuencia conflictos
eclesiásticos y religiosos; que hubiese movimientos populares contra las clases ántes
privilegiadas; que los hombres de color no pareciesen amenazantes por algún tiempo y en
muchas circunstancias turbulentos? ¿Cómo establecer una administración sabia y regular, si las ruedas inferiores no
podían funcionar desde luego, si era imposible convertir de improviso al imbécil
en ciudadano libre, al pobre vecino de un distrito rural en alcalde, juez de paz ó
consejero municipal? Las dificultades, como se ve, surgían de todos lados.
En el
orden fiscal y económico, los embarazos no han sido menos graves. Para borrar de la
legislación fiscal todo lo que era odioso, inquisitorial y vejatorio era preciso abolir casi
todos los impuestos, contribuciones y ramos de rentas publicas porque en todos se hallaban
arraigados el monopolio, el privilegio, e1fraude y la violencia. Era muy fácil destruir,
y los pueblas lo exigían; ¿pero cómo improvisar nuevas rentas en momentos de lucha ó
de recomposición política y social? Cómo obtener rentas cuantiosas inmediatamente de
poblaciones extenuadas por una larga y terrible guerra, que ignoraban los rudimentos del
comercio y habían vegetado en la inmovilidad? Cómo formar de repente hombres de
administración, allí donde a hasta la aritmética era desconocida por casi la totalidad
de las poblaciones? Qué de embarazos, y por lo mismo qué de conflictos para los
gobiernas, bajo el punto de vista fiscal y económico! La riqueza, concentrada en pocas
manos, sólo habría podido ofrecer rendimientos apelando á las contribuciones directas.
Pero estas conformaron precisamente la resistencia del clero y de las gentes mas
acaudaladas é influyentes. Los impuestos indirectos, gravando los consumos y la
producción, pesaban sobre poblaciones pobres y detenían el desarrollo de la riqueza; y
además, su percepción era tan dispendiosa como arbitraria, por falta de estadística,
vías de comunicación y administradores hábiles.
Por
otra parte, las nuevas repúblicas comenzaron su carrera bajo el peso de una carga
abrumadora. No teniendo recursos propios para hacer frente á las grandes exigencias de la
guerra , hubieron de apelar al crédito, aun antes de estar definitivamente constituidas.
Así cada república se levantó gravada con una deuda de muchos millones, interior y
exterior, deuda exagerada en extremo por la imprudencia de algunos agentes, la mala
fe de algunos prestamistas y la incuria inevitable de la revolución. Con esas fuertes
deudas venían los conflictos diplomáticos, las dificultades fiscales mas penosas y el
peligro inminente del descrédito. Puede decirse que cada república española ha vivido
uncida al yugo de su deuda, como el hombre de pena que trabaja y sufre sin tregua sin
emanciparse nunca.
Por
último, las dificultades puramente físicas han sido de formidable peso. Donde quiera
poblaciones infinitesimales, esparcidas o perdidas en territorios inmensos; una naturaleza admirablemente propicia
para un pueblo fuerte, pero abrumadora para uno débil como el nuestro; montañas
colosales y complicadísimas; ríos inmensos, selvas y desiertos sin limites, climas
terribles en las tierras bajas, plagas, terremotos y cuanto puede aglomerar la fuerza de
una naturaleza febricitante y lujuriosa! Y
luego, ausencia de caminos y navegación
ó donde existían, con las condiciones mas absurdas, porque en Hispano-Colombia todo
estaba calculado para el aislamiento. Casi todas las obras de ese género en Colombia
provenían de los indios. Se navegaba en las piraguas, canoas y balsas indígenas, de las
cuales el monstruoso champan no era mas que un progreso en el tamaño; los caminos
subían á las mas altas eminencias para descender á las profundidades y recomenzar,
siguiendo por los mismos desfiladeros trazados por los indios ántes de la conquista: los
puentes en casi todas las vías ó faltaban totalmente ó eran los colgantes de invención indígena, unos de lianas y otros de la singular especie de maroma llamada cabuya
ó tarabita. Baste recordar que los empedrados de muchas capitales y muchos de
los mejores caminos de herradura, fueron obra de los patriotas y prisioneros condenados á
presidio, por sus opiniones políticas, de 1814 á 1820.
Pero
uno de los mas graves embarazos que los gobiernos hispano-colombianos han encontrado en su
marcha, es el de la diplomacia extranjera. Acerca de esto es preciso que hablemos con
entera franqueza, por dura que sea la verdad, si bien omitiremos toda alusión personal.
Digámoslo
de una vez: la diplomacia europea, por regla
general, como la de AngloAmérica, ha
sido en las repúblicas hispano-colombianas profundamente antipática, incapaz y desdorosa
para los gobiernos y pueblos representados. España, cosa singular, es la potencia que
en sus relaciones con nuestras repúblicas ha manifestado
mas dignidad, haciéndose representar, por lo común, por sujetos distinguidos y
simpáticos, cualesquiera que hayan sido sus opiniones. En cuanto á las demás potencias,
apenas podríamos citar respecto de cada una excepciones muy honorables bajo todos
conceptos. Pero ¡ay! la regla general ofrece muy poco que recomendar. Las potencias
europeas y los Estados Unidos han contraído el hábito de desdeñamos soberanamente,
considerando el servicio de su diplomacia en HispanoColombia como un interés muy
subalterno ó cosa de pura forma. Así, en tanto que las repúblicas españolas han puesto
siempre gran esmero en hacerse representar en Europa y los Estados Unidos por personajes
eminentes ú hombres cultos y distinguidos, la correspondencia ha sido generalmente
deplorable.
Los
Estados Unidos nos han enviado casi siempre ministros que parecían mas propios para
caporales de plantaciones que para las austeras y delicadas funciones de la diplomacia:
ásperos de carácter y maneras, imperiosos y exigentes y ensoberbecidos con la
prosperidad de su patria, su tema favorito ha sido el de que nuestras poblaciones de color
no servían sino para la esclavitud; y en sus relaciones personales han ostentado sumo
desprecio por las llamadas razas serviles. Ello es que los Estados Unidos no han
tenido el tacto de hacerse estimar con simpatía en la persona del mayor número de sus
ministros. Méjico, Centro-Colombia, Nueva Granada, Venezuela, el Perú, el Ecuador y el
Paraguay han tenido ocasiones de sentir las asperezas de la diplomacia democrática de
Anglo-América.
En
Europa se ha seguido un singular sistema. Cada vez que algún pariente ó protejido,
algún subalterno ó algún empleado cesante, ha sido bastante impertinente, ó embarazoso,
ó hábil en solicitar favores, si es un sujeto considerablemente inepto ú «embrollón»,
se le considera con los mejores títulos para ser ministro, encargado de negocios ó
cónsul cerca de los gobiernos «berberiscos» del Nuevo Mundo, coma los ha
llamado un gran hombre de estado de Inglaterra. No se averigua si el candidato ha
funcionado en la carrera diplomática; si tiene alta ilustración, cortesanía y savoir
faire; si conoce un poco la historia y el carácter de las instituciones
hispano-colombianas; si entiende siquiera la lengua española; si llevará una familia que
le dé cierta respetabilidad personal; si será ó no, por algún motivo, antipático para
el gobierno y el pueblo ante quien se le acredita. Su misión es representar una
fuerza, no un espíritu amigable y un estímulo, y hacer respetar de cualquier modo el
pabellón y los intereses de su nación.
Así,
muchos de los ministros europeos no van á Hispano-Colombia sino á especular con su
posición, buscando fortuna á toda costa; solicitando ciertos enlaces ventajosos;
entrando secretamente en especulaciones reprobables; haciendo con descaro el contrabando
con cargamentos introducidos para consumo propio (en virtud de la franquicia) y luego vendidos por mano tercera;
dándose sin pudor algunas veces á los excesos del agio y de la usura; mezclándose en
intrigas y combinaciones políticas; patrocinando, por interés personal, las pretensiones
mas injustas sobre negocios de dinero; haciendo servir su fuero diplomático en las
revueltas civiles para cohonestar ventas simuladas, mediante utilidad; insultando
la dignidad de los gobiernos y los pueblos con ciertos hábitos que indican desprecio por
las conveniencias sociales; haciéndose no pocas veces odiosos ante sus mismos
compatriotas, porque al llegar, ignorando la lengua y las instituciones, se rodean de
favoritos antipáticos ó intrigantes; y en fin, llegando algunas veces hasta azuzar unas gobiernos contra otros, con la mira de favorecer ciertas combinaciones
interesadas.
Todo
esto es grave, gravísimo, y se comprenderá que nosotros, teniendo la conciencia de nuestra probidad y nuestro deber
como escritores, no nos atreveríamos á enumerar hechos de tal naturaleza si no
pudiésemos probarlos plenamente, y no hubiésemos ido testigos presenciales
de muchos escándalos. A cuántos ministros y
cónsules no pondríamos en triste exhibición si tuviésemos el arrojo de citar nombres!
Ministros hemos conocido que han hecho fortuna patrocinando acreencias incalificables; que siendo negociantes y
propietarios han pretendido esquivar la acción de los tribunales civiles en asuntos en que la ley y la dignidad excluían todo fuero
diplomático: que han pretendido vivir á expensas de la hospitalidad privada, y
escandalizado á la opinión con vergonzosas cuestiones de dinero y hospedaje; que
han organizado bailes públicos de mujeres equivalentes á las loretas francesas de
la peor clase; que se han presentado en los grandes bailes, los teatros y las fiestas con
sus concubinas; que se han hecho opulentos con el agio, el contrabando, la usura y los
contratos con los gobiernos por interpuesta persona; que se han paseado por las calles de
las capitales, á pié, seguidos de grandes terranovas ó mastines, como si viviesen entre
rústicos y palurdos; que desconociendo puerilmente las instituciones, han pretendido
exigir de los gobernantes la violación de la libertad de la prensa, parlamentaria y
privada, en obsequio de las legaciones de los soberanos á gobiernos representados; en una
palabra, que no han procedido sino como si su misión fuese la de desprestigiar á sus
gobiernos, sembrar antipatías, suscitar embarazos y destruir la legítima influencia de
grandes y gloriosos pueblos, como la Francia, la Inglaterra, etc., tan profundamente
respetados y estimados por los hispanocolombianos.
Es
necesario que esa influencia sea muy grande y sólida, como lo es en realidad, para que
pueda resistir á los rudos golpes de la diplomacia encargada de mantenerla con honor. Los
hispano- colombianos hemos sufrido muy crueles é inmerecidas humillaciones (aunque
algunas veces hemos provocado otras con las debilidades á las faltas de nuestra
inexperiencia), y se ha hecho muy poco por inspirarnos confianza y cordialidad. Ella es
que en Hispano-Colombia se nota un fenómeno singular: nuestros pueblos admiran,
consideran y estiman profundamente á los pueblos europeos , particularmente al francés,
el español, el inglés, el italiano y el alemán, pero miran á sus gobiernos con
antipatía. Los extranjeros residentes ó transeúntes son mas que considerados,
mimados con exquisita cordialidad y espíritu hospitalario; en tanto que sus ministros y
cónsules provocan fuertes antipatías, una vez que entran en funciones. Y en cuanto
á nuestros gobernantes, es preciso decirlo con franqueza, sus actas respecto de los
ministros extranjeros son mas bien dictados por el temor de las complicaciones que por un
sentimiento de merecida cordialidad.
Es
evidente que tal situación ha debido embarazar mucho el progreso pacífico y digno de
nuestra democracia, y retardar la marcha de la civilización europea en Hispano-Colombia.
Los gobiernos de Europa contribuirán á la obra de nuestra estabilidad mucho mas
poderosamente de lo que se piensa, el día en que se persuadan de que sus relaciones
diplomáticas y consulares con nuestras repúblicas no pueden ser fructuosas sino teniendo
por base la consideración recíproca, la dignidad y la práctica sincera y constante del
principio de la igualdad internacional, que no es mas que la igualdad moral de los hombres
en su mas alta escala.
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