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XI
Por
qué fue republicana y democrática la revolución. Sus tendencias federalistas.
Explicación de algunos fenómenos de contradicción aparente. Bolívar, San
Martín, Iturbide, y el doctor Francia.
Es
incuestionable que la revolución fue republicana desde su origen. Pero la crítica de la
historia no puede contentarse con establecer simplemente esa verdad. Ella necesita
resolver esta importante cuestión : ¿Por qué fue republicana y democrática esa
revolución?.Los hechos y la filosofía de su encantamiento responde: lo fue porque así
debía ser, porque esa era la razón de su advenimiento
,
la
condición esencial de su vida y su victoria. Sin tales caracteres, aquella revolución no
habría tenido objetivo y una revolución sin objeto no es revolución. Las revoluciones
son obra de los pueblos, instrumentos activos del tiempo y de las ideas, y el tiempo y los
pueblos jamás son empíricos.
Algunos escritores y aun supuestos hombres de estado, han
tenido el candor ó la puerilidad de acusar á la revolución hispanocolombiana por
no haber preferido la monarquía constitucional como la forma mas adecuada á las
tradiciones de las colonias emancipadas, y mas propia para asegurar la tranquilidad y el
progreso de esas sociedades menos que adolescentes. Para avanzar semejante opinión es
necesario ignorar completamente las condiciones físicas, sociales é históricas de
aquellas pueblos, y los caracteres de la terrible y desordenada lucha que les dio la
independencia. Nosotros, al contrario, afirmamos con la mas honda convicción, que la
monarquía, cualquiera que fuese su carácter, era la forma que menos podía convenirle á
HispanoColombia después de comenzada la revolución; que la república democrática
no es la que ha causado las revueltas posteriores de la independencia; que esos males
provienen todos de los hechos anteriores y de las condiciones inevitables de la guerra;
que todos son transitorios y muy inferiores
en importancia á los beneficios que la democracia ha producido ya; y que la estabilidad
no será completa ni la prosperidad palpable
y sólida en el seno de esos pueblas, sino el día en que, terminando la lucha actual de
principios opuestos, la revolución democrática haya vencido completamente á la colonia
ó la tradición.
Todo
en Hispano-Colombia tiene los caracteres y el sello de la confederación,
palabra profunda que es la síntesis de toda sociedad y toda ciencia, puesto que significa
asociación de fuerzas libres, diversas pero en escalas armónicas, superpuestas desde el
sedimento social del individuo hasta la gran personalidad compleja de la nación. En
HispanoColombia toda está clasificado y separado en grupos por la naturaleza, pero
enlazado por una ley general de armonía y reciprocidad. La naturaleza es allí
federalista mas que en ninguna otra región del globo: la confederación (separación y unión
al mismo tiempo) está en los Andes y las pampas, en los ríos y las alti-planicies, en las zonas climatéricas,
en la composición y distribución de las razas y castas, en los medios de alimentación,
en los elementos de toda producción, en todo lo que puede servir de base á la
constitución y conservación de una sociedad.
¿Y
qué podían hacer las colonias emancipadas sino proclamar la república democrática? Con
qué elementos podía contar allí la monarquía? Ella solo se había hecho conocer y
sentir bajo la forma de la organización colonial, profundamente detestada. Aceptar al fin
la forma monárquica, habría sido tanta como repudiar la revolución. Por otra parte,
ninguna monarquía puede existir (aun prescindiendo de la fuerza que le da el prestigio de
las tradiciones) sin dos bases fundamentales: una dinastía y una aristocracia cualquiera.
Suprimid la segunda, y no queda sino la democracia inmovilizada y disfrazada con el manto
real y la corona. Eso no vale la pena de enajenar el porvenir. Suprimid la dinastía
hereditaria, y tendréis apenas una oligarquía mas ó menos odiosa, sin freno y sin
razón de ser.
Y
bien: ¿de qué manera habrían podido procurarse dinastías y aristocracias los nuevos
Estados colombianos? Las dinastías era preciso buscarlas en Europa, lo que implicaba
aceptar la dominación realmente extranjera, en vez de la española, que al menos
tenía sus títulos en la conquista y la colonización. Ninguna familia reinante de Europa
(ni aun buscada en el almácigo alemán) habría alcanzado para llenar los siete ó mas
tronos que se levantasen en Colombia. En caso de haber sido posible ¿habrían tolerado la
Europa y los Estados Unidos la infeudación de toda HispanoColombia bajo la
autoridad de una sola familia? Además, esa uniformidad, inmovilizando al Nuevo Mundo,
habría hecho nugatoria la revolución contra la autoridad única de España. Si al
contrario, los tronas hispano-colombianos les hubiesen tocado á diversas familias
reinantes en Europa, Hispano-Colombia no habría sido otra cosa que un vasto campo de
rivalidades y luchas entre los viejos adversarios de Europa, trasplantados. La Santa
Alianza habría apestado con su aliento mortífero al Nuevo Mundo.
¿Se
habrían constituido dinastías indígenas? Bolívar, Emperador de Colombia,
San Martín, heredero de los Incas, Iturbide, en el trono de Moctezuma, etc.? Pero
¿qué respetabilidad habrían podido tener esos reyes ó emperadores nacidos de una
revolución plebeya, que habían vivaqueado de igual á igual con sus nuevos súbditos, y
casi con los mismos titulas ái la gratitud nacional, si no iguales ó superiores
bajo ciertos conceptos? Una dictadura bajo semejantes condiciones, puede resistir al ridículo:
un trono jamás; la majestad es entonces una caricatura. La suerte de Iturbide
y su triste imperio mejicano fue la mejor prueba.
La cuestión aristocrática era
todavía mas difícil que la dinástica. ¿De quiénes se habría echado mano para
fabricar en cada Estado algunas docenas de candes y marqueses? ¿ De los abogados insurgentes
y filósofos? ¿de los indios, mulatos y otros mestizos, y aun de algunos negros finos,
que habían salido de la mas humilde condición, ó de la esclavitud ó el resguardo,
para elevarse hasta el generalato, á fuerza de heroísmo y audacia, pero sin ninguna
ilustración? La aristocracia hispano-colombiana
se habría parecido mucho a la del
emperador Faustino en Haití, porque todas nuestros grandes ciudadanos no eran de la talla de Bolívar, Santander, Sucre,
Morazán, Blanca, San Martín, OHiggins, Montúfar, etc. Y luego ¿con qué
elementos se había de constituir esa aristocracia de militares y legistas? ¿Con dominios
de tierras baldías? ¿Expropiando á las ciudadanos ó creando privilegios odiosos? Eso
tenia que ser ó ridículo ó infame. Sería solo una aristocracia de títulos, sin
influencia ni espíritu de clase, sin mayorazgos ni riqueza? La comedia no valía la pena
de repetir los papeles siquiera.
Todavía mas. Suponiendo
allanarlo los inconvenientes indicados, ¿se habría podido contar con estabilidad?. Un
pueblo mestizo y nuevo no habría tolerado jamás dinastías ni aristocracias. Vivir á la
sombra de un trono era envejecer antes de tiempo; y los pueblos que en el crecimiento de
la infancia ó en el vigor de la juventud caen en la vejez precoz, se deterioran y mueren:
la decrepitud es entonces la muerte. Y vivir codeándose con una aristocracia, cuando esta
es el contrasentido de la composición social, es cosa imposible; á no ser que se tome
por vida la guerra social y la insurrección permanentes. Allí donde la naturaleza y el
tiempo han creado ciudadanos negros, blancos, amarillos y pardos, destinados a vivir
juntos, la república democrática es la única forma racional. La revolución
hispano-colombiana fue, pues, muy lógica, sabia y previsora al proclamar y establecer esa
fórmula política y social.
¿Lo
fue igualmente en sus tendencias federalistas? Examinemos esta cuestión resumiendo los
hechos principales.
La idea federalista se ha manifestado en casi toda la Colombia española,
mas ó menos temprano y con mayor ó menos energía, como una solución que espíritus muy
notables consideraron necesaria y que á los pueblos, fuese por vanidad ó por instinto de
sus necesidades, les pareció la mas natural. Aunque no hubiese razones poderosas de todo
género a favor de esa fórmula política en Hispano-Colombia, bastaría tener en cuenta
una coincidencia curiosa: donde quiera que los nuevos Estados proclamaron ó solicitaron
la forma federativa, los mas terribles adversarios fueron precisamente ó los hombres del
partido español, que había aceptado la revolución bajo reserva de establecer las
instituciones monárquicas, tales como Aycinema en Centro-Colombia, Iturbide en Méjico,
Puyrredon en Buenos-Aires y otros en Colombia y el Perú, ó los jefes de la misma
revolución que, por su genio poderoso y su ascendiente, se creyeron, como Bolívar y
otros capitanes, destinados á gobernar sin rival las mas extensas comarcas. También es
verdad que, por una gran desgracia para la idea federalista en Hispano-Colombia, ella se
ha visto preconizada en algunos Estados por los hombres que menos podían comprenderla,
representarla y glorificarla: por ejemplo, Santa Ana, en Méjico, desde 1824, y Rosas en
Buenos-Aires, desde 1829. Se comprenderá que en esta delicada materia tenemos que ser muy
prudentes en nuestras apreciaciones, ya porque viven todavía muchos de los personajes que
han figurado en los acontecimientos, ya porque nuestra franqueza podría desviarnos del
terreno de la crítica impersonal en que hemos querido encerrarnos.
Bástenos
decir que la federación fue la primera formula instintivamente solicitada por la
revolución en Hispano-Colombia, sin mas excepciones acaso que las de Chile y Paraguay. En
Buenos-Aires la idea federalista se mostró desde 1810, persistió al través de las
primeras luchas, se determino con mas evidencia en 1819 (al organizarse los partidos federalistas
y centralistas), y se ha mantenido hasta hoy a pesar de tan terrible y sangrientas
pruebas.
En el
Perú y Bolivia ( primitivamente unidos en un cuerpo) las tendencias monárquicas
ofrecieron suma resistencia hasta 1820, y tanto, que sin la intervención de los
ejércitos argentinos y colombiano, capitanados por San Martín y Bolívar, el
opulento virreinato no habría proclamado su independencia en 1821. Los dos caudillos
fueron ambos monarquistas de distinto modo; pero a pesar de su influencia se vio
patentemente en los pueblos la aspiración á la república y la autonomía, puesto que el
país se dividió en dos Estados, rechazó las pretensiones de los dos caudillos y aun
ensayó formas de tendencias federalistas en 1827, al librarse de la presión de Bolívar.
No por eso damos importancia á la
«Confederación perúboliviana» constituida por el
pacto de Tacna; eso no fue obra de los pueblos sino de la ambición de dos hombres, como
lo probó su efímera existencia.
Mucho
mas tenaz se ha mostrado en Colombia, Méjico y CentroColombia la aspiración
al régimen federal. Se puede decir que ella nació con la revolución misma, puesto que
los primeros gobiernos organizados en nueva Granada y Venezuela principalmente, en 1810 y
1811, tuvieron las formas federativas, que subsistieran trabajosamente hasta fines de
1815, a pesar de las resistencias de Bolívar, Nariño y otros personajes y de los
conflictos de la lucha. En 1819, en lo mas crudo de la guerra, el congreso de Angostura se
manifestó federalista. En 1828 la convención de Ocaña proclamó el mismo principio,
contra el régimen militar. En 1830 se propuso todavía la federación como el único
medio de evitar la disolución de Colombia. Las luchas posteriores han manifestado
mas ó menos la persistencia de esa idea, y hoy mismo deploramos las luchas en que la
Confederación granadina (triunfante al fin en sus deseos) y Venezuela (trabajada por la
misma aspiración ) se han hallado envueltas recientemente. Es evidente que esas dos
repúblicas y el Ecuador, alimentan la esperanza de reconstituir á Colombia sobre
la base del principio federal, y que la obra no requiere para su realización sino el
esfuerzo de algunas hombres de fe profunda y energía poderosa que tomen la iniciativa y
obren con perseverancia.
En
Centro-Colombia, donde los primeros síntomas de revolución se manifestaron desde 1808,
pero fueron duramente reprimidos hasta 1820, la idea de la independencia fue inseparable
de la republicana y la federalista, y tanto que desde 1824, al proclamarse la nacionalidad
(no sin haber rechazado primero la traición de Filisola y las pretensiones del efímero
emperador mejicano, gracias al heroísmo del pueblo de San Salvador), la nación
proclamaba al mismo tiempo la organización federal. Después de la disociación de 1839,
Centro-Colombia ha pasado par las mas dolorosas pruebas, y hoy sus hombres de estado mas
notables y las clases que mejor comprenden los intereses de esa bellísima región, desean
vivamente el restablecimiento de la antigua unión federal, evitando, eso si, los
elementos de discordia que hicieron tan azarosa la confederación de 1824. En cuanto á
Méjico, es todavía mas notable la persistencia con que allí ha querido un gran partido
mantener la federación después de 1824, al través de horribles calamidades que el
corazón de todo buen colombiano quisiera olvidar. Acaso de todos los pueblos de
Hispano-Colombia el mejicano es el que menos preparado estaba para la república y el que
ha hecho mas lento y difícilmente su aprendizaje, que está muy lejos aún de completarse
1
. Esto
depende de dos causas principales : la preponderancia poderosísima que tuvo allí durante
el régimen colonial el elemento español, y las condiciones particulares de la guerra de
la independencia. Si los primeros desórdenes coincidieron con la invasión francesa en
España, fueron muy parciales y fácilmente reprimidas hasta 1815. La verdadera
revolución, contragolpe de la de España también en 1820, no estalló sino en este año;
pero la lucha fue significante respecto de la metrópoli. Iturbide, encargado por el
virrey Apodaca de reprimir la insurrección, no hizo mas que fraternizar con ella en su
provecho, mediante el plan de Iguala, para luego hacerse emperador y sucumbir en breve,
haciendo traición tanto á la causa realista coma á la republicana. El partido español
se apoderó del movimiento en gran parte, y los patriotas no tuvieron tiempo de fortificar
su carácter en la lucha contra la metrópoli, que fue casi nula. De ahí la salvaje
energía con que las ideas enemigas se empeñaron en las guerras civiles, á falta del
aprendizaje y la depuración de una gran guerra nacional contra la metrópoli, tal como la
que sostuvo Colombia con heroísmo sin igual durante quince años. Es curioso
observar que en toda Hispano-Colombia los progresos debidos á la organización
democrática están en razón directa de la intensidad que tuviera la lucha sostenida
contra la metrópoli.
Si los
hechos revelan la persistencia de la idea federalista en aquellas comarcas, desde los
primeros tiempos de la revolución, la crítica no puede menos que reconocer la fuerza de
las razones que aducían los federalistas en favor de su sistema, sin que por esa se
desconozca que su aplicación era prematura y perniciosa desde tan temprano. Fuerza es
convenir en que, si los centralistas fueron sobrado rigorosos y absolutos, y en gran
número pasablemente monarquistas, sus adversarios fueron ciegamente sistemáticos. Verdad
es que, donde quiera, los elementos del partido español que no emigraron y que
representaban la causa monarquista, adoptaron, como era natural, la bandera del
centralismo, que en definitiva era la suya; lo cual no podía menos que excitar la
desconfianza de los federalistas y hacerles persistir con mas vigor en su sistema. Es cosa
evidente que en Méjico, lo mismo que en Centro-Colombia, en Nueva Gran4da como en
Venezuela, Perú y Buenos-Aires, los partidarios de la monarquía ó de las dictaduras,
enemigos de reformas radicales, fueran centralistas absolutos, mientras que los
verdaderos republicanos, en general, hallaron su fórmula en la federación.
En
realidad la naturaleza física, la variedad de las razas y castas, el atraso en que se
hallaban los pueblos y aun la manera como la revolución había estallado en las ciudades
espontáneamente, exigían instituciones que favoreciesen el desarrollo simultáneo de
todas las poblaciones ó secciones, casi totalmente incomunicadas entre si y con intereses
diferentes bajo muchos aspectos. Solo la autonomía federativa podía satisfacer esa
necesidad y educar sólidamente á los pueblas para el gobierno republicano. Pero también
esa organización era inoportuna en los momentos de la lucha. Lo que por entonces
importaba de preferencia era vencer, asegurar la independencia, crear un pueblo,
disciplinarlo para la vida libre, formar hombres de administración. La federación era
impotente para obtener tales resultados cuando todavía en Colombia no había sino turbas
entumecidas á la del sol de libertad, con el riesgo de deslumbrarse y aturdirse al
mirarlo.
Si las
observaciones que acabamos de hacer explican las aparentes contradicciones de la
revolución, consideren su conjunto, es decir comparando su desarrollo en todas los
países que se levantaron contra la metrópoli, los personajes mas notables de esa
misma revolución ofrecen por su parte ejemplos muy significativos en corroboración de
los hechos sociales. Si nos fuera permitido estudiar aquí los caracteres y los
actos de ciertos caudillos muy notables, que viven todavía, nos sería fácil manifestar
la íntima correlación que la historia encontrará un día entre esos hombres y los
pueblos de quienes han sido el tipo. Así, por ejemplo, hallaríamos que el general Páez
ha representado en Venezuela con admirable energía y alta superioridad el tipo del llanero
patriota, como Rosas en Buenos-Aires el del gaucho, Santa Ana el de los
elementos sociales de Méjico, y el presidente Carrera el de las clases amalgamadas en
Centro-Colombia. Y sin embargo, ¡qué hombres tan diferentes!
Pero
no conviene á nuestro propósito sino hablar de los personajes que han dejado de existir
y que fueron en cierto modo las personificaciones mas conspicuas de la revolución. Cuatro
hombres de tipos enteramente distintos, de mérito y valor muy desiguales y á quienes la
posteridad juzga y califica de muy distinto modo, con sobrada razón, nos parecen los mas
propios para fijar nuestra atención : Bolívar, San Martín, lturbide y el doctor
Francia. Cada uno de estos hombres llegó á
la cumbre del poder, tuvo su suerte particular y dejo su huella profundamente grabada en
el suelo que dominó, por mas que las apariencias en algunos casos la encubran. De esos
hambres el primero fue
la figura mas brillante, deslumbradora y encumbrada; el
segundo, el mas bello por su desinterés, abnegación y modestia; el tercero, extravagante
y ridículo; el cuarto el mas lógico y tenaz, pero soberanamente odioso. Bolívar murió
en la soledad, caído y abrumado por los desengaños y las amarguras de una ambición
magnánima, pero insaciable; San Martín acabó sus días en el suelo francés, lamentando
las desgracias de los colombianos, pero respetado, estimado y fuerte por la tranquilidad
de su conciencia; Iturbide, dos veces traidor, emperador de un
año, por asalto, cayó miserablemente para sucumbir luego fusilado como un rebelde
vulgar; el doctor Francia, dictador implacable durante veinticinco años, murió en su
lecho y debajo de su solio con la tranquilidad de los tiranos empedernidos.
No
somos fatalistas en nada, pero sí creemos en
la lógica de los hechos, que se alía perfectamente con la noción de la responsabilidad.
Y bien: ¿no pudiera decirse que la historia republicana de los pueblos
hispano-colombianos está toda contenida en la lucha permanente entre los principios, las
virtudes y los defectos de los primeros hombres de la revolución? Bolívar fue la
admirable personificación de una gran virtud el patriotismo heroico y de un gran defecto, la ambición
insaciable y vanidosa. Toda su vida y su política. revelaron grandeza de esa virtud y la
implacable presión de ese defecto. Servir a
la patria, pero mandándola siempre, tal fue la constante aspiración de Bolívar: de ahí
todas sus proezas, glorias, todos sus hechos magnánimos, prodigiosos e inolvidables; de
ahí también todas sus faltas, sus debilidades y sus desengaños.
San
Martín, libertador de cuatro repúblicas,
en gran parte honrado patriota y
desinteresado, protector del Perú unido, mientras no tropezó con la formidable
influencia de Bolívar, no cometió mas que una falta: la de olvidar la lógica de la revolución aconsejando la monarquía. Pero
qué noble ejemplo de abnegación (muy poco ilimitado por desgracia) no dio ese ilustre
capitán, al renunciar, respetando la opinión popular, y retirarse de la escena para
salvar sus convicciones sinceras y no ser un obstáculo del bien nacional!
El
doctor Francia, como dictador, fue sin duda el gobernante mas lógico, ya que no un
revolucionario. El Paraguay siguió la impulsión de Buenos- Aires, levantándose en 1810,
para caer cuatro años después bajo la dictadura del doctor Francia, confirmada con el
carácter de vitalicia en 1817. Rey sin titulo ni corona, pero absoluto por su poder, se
asimiló las tradiciones de los jesuitas misioneros para completar su despotismo
embrutecedor y condenar á un bellísimo país al aislamiento completo. Su dictadura
terminó con su muerte en 1840, para ser reemplazada con otras de larga duración, algo
disimuladas por las formas constitucionales. ¿Qué ventajas logró el doctor Francia con
su sistema de opresión jesuítica? El Paraguay es el mas atrasado, el menos civilizado,
por no decir otra cosa, de todos los Estados de Hispano-Colombia. La cosecha ha sido bien
miserable!
¿Cuál
ha.sido la suerte de Méjico? No vacilamos en afirmar que la situación política y social
de ese pueblo ha sido y es la mas deplorable de Hispano-Colombia, no obstante que las
demás repúblicas han pasado también por numerosas revueltas y catástrofes. Pera las
cosas de Méjico no se parecen á las de ningún otro pueblo colombiano: allí ha habido
algo peor que insurrecciones, traiciones, miserias y desastres; ese algo es la
descomposición social, la putrefacción de ciertas clases y de los gobiernos. ¿Por qué
todo eso? Iturbide con sus traiciones dio el ejemplo capital; la revolución tuvo por
caudillos á hombres de sotana (ojalá hubieran sido todos parecidos á Morelos!); los
principios no llegaron á mostrar su bandera en medio del torbellino, y el suelo se
esterilizó desde temprano.
Todos los desastres sufridos por
los pueblos hispano-colombianos provienen de los precedentes establecidos desde la época
de la revolución, cuando no de los hechos anteriores. Los jefes del movimiento que hemos nombrado particularmente, y otros de
análoga importancia en Hispano-Colombia, no comprendieron que la revolución implicaba la
republica democrática, es decir un cambio profundamente radical en la condición
política y social del Nuevo Mundo. Al patrocinar la monarquía, ó adoptar el sistema
dictatorial, comprensivo y reaccionarlo, no hicieron otra cosa que atravesarse en el
camino de la revolución para detenerla antes de que acabase su inmensa obra. La
revolución los arrastró y ahogó, pero perdió su cauce y se extravió por en medio de
abismos. Allí donde la corriente se detuvo sin desborda, se estancó, convirtiéndose en
laguna salvaje; el dictador Francia fue el rudo cazador de esa laguna: el Paraguay! Un
día, cuando á fuerza de ensayos dolorosos, después de una larga sucesión de caídas al
través de precipicios, la corriente revolucionaria deje de ser un torrente y encuentre un
cauce sólido, tranquilo y desembarazado, los patriotas de Hispano-Colombia podrán decir
: la revolución ha terminado; consolidemos y perfeccionemos su obra!.
1
La
misma observación es aplicable á Centro-Colombia,
Perú y Bolivia, donde la transición del régimen colonial al republicano fue muy rápida
y los pueblos no tuvieron tiempo de luchar á brazo partido contra la metrópoli.
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