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Elementos
de la revolución de 1810; sus obstáculos y adversarios, su espontaneidad y universalidad.
Significación de estas cualidades. Primeros actos y tendencias.
Si se
han de determinar los elementos con que pudo contar la revolución hispano-colombiana,
así como sus obstáculos y adversarios, es preciso desentenderse de las excepciones para
no incurrir en graves errores de apreciación. Así, por ejemplo, si hubo algún alto
prelado que en este ó aquel virreinato aceptase la revolución, fuese por cálculo
ó por patriotismo; si en ella figuraron algunos jóvenes militares de los muy pocos
criollos admitidos por el gobierno español al servicio militar, y si se vio también á
jefes, oficiales y ciudadanos enteramente españoles prolijar generosamente la causa de la
libertad colombiana, en vez de atacarla, no por eso se debe olvidar que tales
hechos, puramente excepcionales, en nada modifican el carácter esencial de la
revolución.
El
alzamiento colombiano, que en el fondo era mas social que político, encontró y debió
encontrar sus defensores y sus adversarios clasificados según la topografía, las
tradiciones, la condición social de las clases y multitudes, y el grado de adelanto en
que se hallaban en sus relaciones con el mundo exterior y aun con las demás poblaciones
colombianas. Por eso es muy difícil establecer reglas absolutas en la materia, sin riesgo
de que los hechos históricos las desmientan. Sin embargo, no es aventurado fijar ciertas
conclusiones generales que la historia de la revolución suministra.
Podemos
decir que el alzamiento tuvo su apoyo, por punto general, en las clases ó fracciones
siguientes :
Los
hombres de letras (todos criollos) comprendiendo bajo
esta denominación a los abogados, médicos, literatos, naturalistas (como el ilustre
Cáldas, el elocuente
Zea, etc.) y profesores de diversos géneros;
El
bajo clero, en su parte mas ilustrada de ámbas categorías, procedente casi en su
totalidad del suelo hispano-colombiano y en su mayor parte de familias pobres y plebeyas;
Los
jóvenes militares que, en muy pequeño número, habían logrado figurar en las escuelas
militares de España ó en los regimientos o cuerpos de ingenieros;
Los artesanos de las ciudades, de origen colombiano ó criollos, y los pequeños
propietarios.
Además,
conviene hacer notar que, por regla general, las poblaciones urbanas fueron las mas
accesibles a la revolución y mas vehementes en su entusiasmo, haciendo contraste con las
poblaciones rurales, mucho mas ignorantes y sometidas á influencias tradicionales
irresistibles. Así mismo se notó una diferencia muy marcada entre las poblaciones,
según la topografía y el clima: en las llanuras y regiones ardientes, la chispa
revolucionaria cundió siempre con mayor rapidez y persistió con mas tenacidad que en las
regiones montañosas y frías, secuestradas
con mas rigor del contacto de la civilización, casi incomunicadas con los centros
sociales donde se había concentrado una ilustración relativa. Este fenómeno se
comprende muy fácilmente y su explicación salta á la vista, si se tiene en cuenta el
influjo del clima y de la topografía sobre el carácter de los pueblos.
Si el
antagonismo entre españoles y criollos estalló con evidencia en los sucesos de la
revolución, no fue menos interesante el contraste que ofrecieron las demás razas. Los
negros esclavos, incapaces de comprender la revolución y oprimidos por su condición
servil, sirvieron simultáneamente á
las
dos causas, según la opinión de sus amos ó los recursos de acción de los jefes
militares enemigos. La revolución por un lado excitaba a los negros diciéndoles :
«El que de vosotros me sirva será libre.»
Los jefes españoles hacían otro
tanto en las provincias que ocupaban; y el resultado fue que los negros esclavos, pelearon
bajo las dos banderas enemigas, en gran numero, y que de ese modo la revolución y la
reacción contribuyeron simultáneamente á emancipar á muchos miles de esclavos, é
hicieron inevitable la abolición mas o menos radical y próxima de la esclavitud.
En
cuanto a los indios, mulatos y otros mestizos, es evidente que, por regla general, los
primeros fueron en su mayor numero instrumentos de la reacción, en las regiones
montañosas que los mulatos y zambos libres formaron en las filas de la revolución, en su
mayor numero, y que los mestizos de indio y español fueron de los mas temibles
combatientes en los dos campos; sirviendo esas turbas semi-bárbaras de elementos de
acción a cada partido, según la ley general de su radicación. Pero en realidad puede
afirmarse que esas castas, sobre todos los llaneros de Colombia y los gauchos de
Buenos-Aires, le dieron mucha fuerza á la revolución y fueron en definitiva, el gran
recurso de la independencia.
Otro
hecho merece particular mención porque es muy significativo: el concurso que le dieron
las mujeres á la revolución. Se puede asegurar que, cuando se quiere conocer á priori
el carácter ó la justicia de una revolución ó de un gran acontecimiento social, ó
al menos el grado de popularidad de un hecho semejante, basta observar de qué lado están
las mujeres.
De
cada cien casos, en noventa y nueve las mujeres (en su gran masa y en lo mas respetable)
defienden la buena causa. ¿Por qué? Las mujeres, es verdad, no comprenden la filosofía
de las revoluciones, ni tienen la fuerza moral é intelectual bastante para hacerse cargo
de las cuestiones políticas, respecto de cuyos pormenores pueden equivocarse y se
equivocan con facilidad y frecuencia. Pera su instinto es infinitamente mas sensible y
penetrante
que el
hombre para adivinar la justicia
,
para
sentir noblemente y ejercer su piedad. Son el
espíritu y la fuerza del hombre los que formulan las ideas y las hacen triunfar; pero son
la piedad de la mujer y su consagración á
una causa, las virtudes que la
ennoblecen y prueban la moralidad de esa misma causa.
Y bien: el concurso de las
mujeres fue admirable durante la revolución y la lucha por la independencia. Su inmenso
entusiasmo, su abnegación y su constancia fueron motivos de universal admiración, y sus
servicios tuvieron gran eficacia en todos los momentos de crisis. Algunas llevaron su
consagración hasta el heroísmo y el martirio; muchas se distinguieran por su varonil
energía y grandeza de ánimo, arrostrando cuantas amarguras eran inherentes á la
proscripción y la ruina, la viudez y el desamparo, y probando que uno de los mas sublimes
deberes de la maternidad es el de saber sacrificar sus hijos en las aras de la patria
cuando esta reclama sus servicios! El día que un gran poeta, un gran historiador y un
gran filósofo escriban el poema, la historia y la crítica de la revolución colombiana
en su conjunto, las mujeres de ese mundo exuberante en todo tendrán, no lo dudamos, las
mas hermosas é instructivas páginas.
Bien se comprende que, si la
revolución debía encontrar sus elementos naturales en las castas, clases y localidades
que hemos indicado, en lo puramente personal, debía hallar también sus adversarios y sus
obstáculos en las clases exactamente opuestas, por virtud de las instituciones. Así, los
españoles fueron implacables, y con razón, puesto que la cuestión era de vida o muerte
para sus privilegios y monopolios
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. El alto clero, casi en su
totalidad, se creyó amenazado en su prerrogativas y, por sus hábitos de dominación y
sus tradiciones, se sintió desde luego interesado en combatir abiertamente á la
revolución.
El ejército perfectamente
disciplinado y muy temible debió naturalmente servir la causa de la metrópoli, al menos
en sus elementos puramente españoles. Por último, los indios de las comarcas mas
aisladas y montañosas, los mas estúpidos y supersticiosos (como los de Pasto y el Cuzco)
le dieron á la causa realista un gran poder de resistencia; así como ciertas rivalidades
locales (tales como la muy famosa entre Cartagena y Santa-Marta, en Colombia) fueron muy
útiles a los españoles, porque las explotaron hábilmente en provecho de su causa, del
mismo modo que explotaron los instintos brutales.
Pero
si prescindimos del elemento puramente social
ó personal, veremos que en lo demás el cúmulo de circunstancias favorables ó adversas
á
la revolución era muy vasto y complicado. La revolución contaba con
grandes ventajas latentes, por decirlo así, y enormes obstáculos, activos en
su mayor número. La represión realista tenía á
su disposición todo el tren de
un gobierno de tres siglos, la fuerza organizada, los recursos pecuniarios, el prestigio
de las tradiciones, el embrutecimiento y marasmo de los pueblos, la posesión del arte
militar hasta entonces conocido en Colombia, la facilidad de imponer contribuciones (que
no tienen por lo común los gobiernos revolucionarios, por falta de organización y por el
interés de ganar prosélitos); en una palabra, todas las ventajas que tiene un gobierno
establecido entre poblaciones ignorantes y abyectas.
La
revolución contaba, por su parte, con preciosas ventajas de otro género. Estando los
españoles en evidente minoría, sus fuerzas mas eficaces no podían llegarles sino de
España, supuesto que todas las colonias se habían levantado. Pero la metrópoli luchaba
en campo estrecho contra la invasión francesa, y sus fuerzas, impotentes para resistir
fuera de Cádiz y otros puntos aislados, durante algunas años, lo eran mucho mas para
arriesgarse á la travesía del océano y socorrer á
los gobiernos coloniales.
Así la invasión francesa era en realidad un poderoso auxiliar de la revolución
colombiana. Además, bajo el punto de vista estratégico, los bisoños colombianos
contaban con ventajas muy notables sobre los aguerridos españoles, provistos de
ingenieros y formidables elementos de guerra. Bolívar, San Martín, Carrera (de Chile),
Montúfar
y otras jefes eminentes, aunque formados en la escuela española como
oficiales, no combatían según las reglas de la táctica tradicional, sino mas bien
conforme á las inspiraciones del genio, á las especialidades de la topografía
colombiana y á los principios recientemente creados por Napoleón.
La
rapidez prodigiosa de los movimientos, lo imprevisto de las operaciones, la intrepidez
inaudita y el ataque fuera de las reglas comunes, eran las bases del sistema revolucionario,
que sorprendía siempre á los jefes valientes, pero demasiado académicos, de los
ejércitos españoles. Ninguna táctica reglamentada podía servir contra caudillos tan
soberanamente audaces, bruscos en sus movimientos y originales en su terrible moda
de combatir, como fueron Páez y Cedeño, en Venezuela; Córdova y Anzuátegui, en Nueva
Granada; Morelos, Victoria y Bravo, en
Méjico; Morazán, en Centro-Colombia; Gamarra, en el Perú; La valle y Quiroga, en
Buenos-Aires, y cien otros generales que se formaron en la lucha.
Si el
aislamiento en que se hallaron durante algunos años los jefes españoles los expuso á
tan grandes peligros, el clima y la topografía se conjuraban contra ellos cuando en 1816
se rehicieron con fuertes expediciones armadas en la península. Los saldados españoles
no podían habituarse á los cambios incesantes de temperatura, inevitables en las
regiones tropicales, ni
á
los medios de locomoción que eran pasibles en
Hispano-Colombia. Ricamente vestidos y llevando pesadísimos atavíos y trenes de
artillería, parques y ambulancias, los soldados de España tenían que batallar al mismo
tiempo contra las montañas intransitables y los ríos invadeables ó sin puentes ó
barcas, y un enemigo que, pobre y sin recursos, tenía que pelear medio desnudo, supliendo
la falta de conocimientos militares y elementos de fuerza material con la audacia, las
grandes y terribles sorpresas, en una palabra, con la táctica de lo imprevisto.
La
revolución no contaba con armas, ni dinero, ni militares instruidos , ni hombres de
administración, ni un pueblo capaz de comprender con claridad las necesidades de la nueva
situación. Pero tenia su justicia, su entusiasmo y su abnegación como virtudes, y se
veía forzada á vencer á todo trance, so pena de hacer pasar á los pueblos
insurreccionados por todos los horrores del martirio. Los jefes españoles , sumamente
severos de 1811 á 1815 en la represión, porque jamás quisieron reconocer los principios
de la guerra, fueron implacables de 1816 á 1819 ó 20
sin
darle cuartel á la revolución. Las represalias fueron terribles, y esa situación no
podía menos que colocar á los colombianos en esta alternativa: ó la victoria, y con
ella la independencia y la gloria; ó la derrota, sin esperanza de salvación ni cuartel.
Toda vacilación en semejante alternativa era imposible.
Hubo
en la explosión revolucionaria circunstancias que merecen mucha atención, porque en
cierto modo explican la índole de la revolución: hablamos de su espontaneidad y
universalidad, verdades que las excepciones mismas confirman. Nada mas singular que esa
revolución, estallando simultáneamente, sin
acuerdo previo ni plan ninguno general, en todo un continente semi-salvaje, repleto de
obstáculos formidables para las comunicaciones, dividido en regiones vastísimas, con
gobiernos especiales, sin caminos, sin navegación, sin buenos ni frecuentes correos, sin
periódicos ni medio alguno de propaganda, sin armas, ni dinero que manifestase la
confabulación secreta de las primeras revoluciones.
Y sin
embargo, la revolución aparece al mismo tiempo, á distancias inmensas, desde
Buenos-Aires hasta Caracas; donde quiera se formaliza en las ciudades de primero y segundo
orden; los hombres que la encabezan pertenecen á las mismas clases sociales respectivamente; los ayuntamientos
sirven de base; las juntas populares tienen el mismo origen y adoptan procedimientos
análogos; las actas de pronunciamiento revelan exactamente las mismas quejas , ideas y
aspiraciones; los programas guardan completa armonía; los gobiernos coloniales observan
igual sistema (con diferencias de poca monta) en las primeras amenazas, las subsiguientes
debilidades y concesiones y la posterior represión; en fin, donde quiera la revolución
sigue las mismas vías, levanta una sola bandera y pasa por análogas pruebas,
contradicciones y flaquezas, ambiciones y sacrificios, martirios y victorias, expiaciones
y recompensas, vacilaciones y grandes crisis.
Donde
quiera los pueblos se muestran igualmente accesibles al contagio, según la ley de
su radicación ó de su etnología; las mujeres aparecen dignas de admiración; la idea ó
el instinto de la república predomina; la independencia obtiene la consagración general
de los patriotas; los pueblos de distintas secciones se buscan, se alían, se apoyan
mutuamente y comprenden la solidaridad de su causa; y la táctica de guerra y el método
de administración que se inauguran, parecen obedecer a una inspiración común. ¿Cómo
explicar esa espontaneidad de movimiento? En presencia de los hechos, la crítica no puede
menos que admitir y establecer esta verdad: que la revolución estaba en la lógica del
tiempo y de los antecedentes, en las necesidades de la situación, en todos los espíritus
y en la organización misma de las colonias; que era inevitable, forzosa, mucho mas social
que política; que era una revolución de la civilización mas bien que la obra de pueblos
incomunicados y estancados; que era mas instintiva que premeditada; que era, en fin, un
hecho supremo destinado á establecer y hacer efectiva la responsabilidad de la política
española, por sus faltas de tres siglos, y á modificar profundamente, al mismo tiempo,
la situación política y social del mundo, mediante nuevos elementos de fuerza y
equilibrio y la inauguración del derecho público de la libertad.
Si
alguna duda se tuviese respecto de estas verdades, bastaría para desvanecerla considerar
el carácter de los primeros actos de la revolución, indagar los motivos que la hicieron
decididamente republicana, democrática y aun federalista en casi toda Hispano-Colombia, y
estudiar la significación de ciertas excepciones ó contradicciones aparentes. Examinemos
estos tres puntos con la mayor brevedad posible, omitiendo pormenores y circunstancias
puramente locales.
Dos
hechos muy significativos se notan en los primeras actos y las tendencias de la
revolución, en todas las grandes secciones que la proclamaron: el propósito de evitar
á
todo trance la militarización de cada país, y el de consultar el
voto popular en cuanto fuese posible, buscando el apoyo en las municipalidades, reforzadas
con el concurso de todos los padres de familia y los hombres de influencia y posición
social, capaces de comprender y desarrollar el movimiento. Como se verá después, el
primero de esos propósitos, que revelaba la noble filosofía de la revolución, fue, por
la exageración á que se quiso llevar en momentos tan críticos una causa de debilidad,
desunión y antagonismos y desaciertos, que facilitaron el triunfo general de la reacción
en 1816; mientras que el segundo, exagerado también por una parte, y por otra mal
comprendido, condujo á los ensayos prematuros de federación, y á un sistema electoral restringido que debía ser
fecundo en luchas de partidas y aun de clases sociales.
La
revolución, al buscar su apoyo principal en las ciudades y villas, los centros de
una civilización relativa, quería
consultar dos intereses: el de contar con la opinión pública, iniciando en el movimiento
republicano á todos los pueblos y desarrollando el espíritu municipal, indispensable
para fundar un gobierno regular; y el de evitar que las tumultos de la plaza pública le
diesen á la política una impulsión anónima y desordenada, habituando á las multitudes
á ejercer una coacción funesta sobre los gobernantes. En eso se mostraban sabios y
previsores los directores de la revolución, tanto mas cuanto que las multitudes eran
profundamente ignorantes y podían ser un instrumento peligroso por entonces, y que lo mas
urgente era organizar y regularizar la situación y asegurar el triunfo, dejando para el
momento de la constitución definitiva de las nuevas nacionalidades la solución de los
grandes problemas políticos, sociales y económicos que la revolución tenia que
afrontar.
Algunos
escritores han querido aventurar la opinión de que los directores de la revolución no
aspiraron á fundar la democracia, si no únicamente á sustituirse á los españoles en
el poder, olvidándose de las clases mas oprimidas y explotadas. Todos los grandes actos
de la revolución desmienten esa injusta creencia; sea que se repare en las medidas de
emancipación relativas á los esclavos y los indios, sea en las referentes á la
instrucción pública, la situación del trabajo y de la propiedad, la condición del
culto, la vida civil de la familia, el régimen militar, el sistema electoral y la
organización del impuesto.
Lo que
hay de cierto es que los jefes de la revolución, en su mayor número, corrieron la suerte
inevitable de toda partida que, á virtud de
sus esfuerzos, se convierte de vencida en vencedor, de oposición en gobierno. Todo
partido, por muy liberal que sea en los días de lucha y aspiración, se hace mas ó menos
conservador desde que llega al poder, porque el poder es por su esencia un instrumento de
conservación y resistencia, y porque la
responsabilidad de los partidos y los hombres de estado es infinitamente mayor en el
gobierno, donde su política tiene que ser mas práctica. Así mismo, todo partido que
pierde el poder se liberaliza mas ó menos, porque sin esto su oposición carece de razón
de ser, y le es necesario equilibrar los recursos poderosos de que dispone el gobierno con
el empuje estimulante y la fascinación que ejercen las ideas generosas de libertad,
justicia y tolerancia.
Estaba,
pues, en la naturaleza de las cosas que la falange que hizo la revolución aflojase en su
liberalismo al hallarse en el poder, y que á su turno naciesen de la nueva generación y
de las clases inferiores partidos mucho mas avanzados que reclamasen nuevas libertades y
reformas; á reserva de verse un día combatidos también por la segunda generación
republicana, decididamente radical. De ahí la sucesión lógica de cuatro partidos que
en Hispano-Colombia han marcado sus huellas en
las instituciones: primero el español ó realista; después en el
independiente, que se hizo
á
su turno conservador; en seguida el liberal,
y mas tarde el radical; partidos que, según la lógica de sus doctrinas
y su origen, han defendido, en cuanto á la
forma política, las causas enemigas de la centralización y de la federación.
La
revolución fue, pues, real y sinceramente republicana y democrática, a pesar de sus
vacilaciones y alternativas de política secundaria; y no pudo ser otra cosa, so pena de
perder su título, destrozar su bandera, renegar su origen y sucumbir. Si hoy atraviesan
todavía crisis violentas las repúblicas de Hispano-Colombia, es, evidentemente, porque
la revolución de 1840 no se ha completado y subsisten muchas de las causas que produjeron
la lucha. La vieja España no es ya nuestro terrible y valiente adversario directo, pero
todavía nos combate, sin quererlo, por medio de sus representantes, es decir de los
elementos que nos dejó profundamente arraigados en las instituciones, tradiciones y
costumbres coloniales.
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Es
bien sabido que los canarios, gaditanos y demás negociantes españoles, interesados en
las compañías de Contratación, fueron de los mas tenaces contra la revolución.
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