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I
La
conquista de América, sus
tendencias; sus medios de
acción.Condiciones físicas y sociales que tenía el Nuevo Mundo.
La
lucha formidable que había ensangrentado el suelo de la Península durante siete y medio
siglos, acababa de tener su solución definitiva con la reconquista de Granada, en 1492.
El pueblo ibérico (si tal nombre puede ser aplicado sin faltar á la etnología)
múltiple en su origen, sus tradiciones y costumbres, pueblo federativo, embrión de
una grande y heróica nacionalidad mixta, renacía como pueblo soberano, y acababa
de constituirse en potencia de primer orden, por la fusión ó reunión de los reinos de
Castilla y Aragón, León y las Andalucías. La España estaba hecha,
hija de la lucha más terrible y caballeresca, y su horizonte se debía ensanchar,
en proporción de su heroísmo y su gloria, de su importancia geográfica y marítima y de
su influencia y relaciones en Europa.
Era en
aquellos momentos que el genovés Colomb llamaba á las puertas de España, por última
vez, para ofrecerle la conquista, ó por lo menos la gloria suprema del descubrimiento, de
un mundo que el intrépido marino había adivinado vagamente, por intuición,
informes y estudio profundo, sin tener la convicción de su verdadera geografía.
Aparte de la incredulidad que en aquella época despertaban los proyectos de esa clase, la
empresa de Colomb encontró desde luego dos grandes obstáculos: el fanatismo religioso, y
la penuria del tesoro español, penuria que se hacia sentir cruelmente en todos los
Estados de Europa.
El
fanatismo religioso hacia considerar la empresa, la simple enunciación de la existencia
de otro continente, como una impiedad que conculcaba las nociones necesariamente
incompletas, ó metafóricas, ó mal traducidas y comprendidas, de las Santas Escrituras,
respecto de la forma de la tierra. La penuria del tesoro hacia imposible aventurar una
expedición que requería fuertes gastos, en una obra misteriosa, que tenía delante lo
desconocido, lo infinito, y exigía una abnegación y un esfuerzo incomparables. España
había agotado todos sus recursos en la lucha contra los moros y en las guerras de los
antiguos reinos españoles, y lejos de poder desembolsar, necesitaba montones de
oro.
Pero
al mismo tiempo Colomb halló dos elementos favorables á su empresa, que se hallaban en
la composición misma de la sociedad: por una parte, el sentimiento heróico de la
nación, excitado y alimentado por la lucha á muerte sostenida durante tantos siglos; por
otra, el espíritu aventurero y codicioso que la política de los reyes de Aragón,
Castilla, etc., mantenido en las luchas con los pueblos de Francia, Portugal, Italia y
otros países, espíritu aguijoneado en aquel tiempo por la pobreza general, el
estancamiento de toda industria, la supremacía del guerrero sobre el hombre civil y la
urgente necesidad de dinero. Los españoles sabían ó no habían tenido tiempo de
aprender á trabajar; pero sabían combatir con bravura incomparable. Necesitaban seguir
luchando para vivir, y puesto que el moro (autor con el judío de toda industria en el
país) acababa de sucumbir, era preciso transportar la lucha á otras regiones. Todo el
mundodesde los reyes hasta el último labriego pedía « Oro, oro! y siempre
oro! »Talados los campos, destruida la industria, estancado el comercio, el oro era
la preocupación universal, y los reyes de
Europa no excusaban acto ninguno, por inmoral ó equivoco que fuese, á fin de procurarse
el milagroso metal.
Los
alquimistas esos heróicos y misteriosos precursores del químico moderno, que es
el gran revolucionario se declaraban impotentes para producir la maravilla tan
ansiada. Colomb dijo entonces : « Yo soy el gran alquimista ; yo tengo en el corazón y
la cabeza un mundo de oro; yo descubriré las tierras del prodigio, un continente
repleto de lo que buscáis con ahínco. Dadme algunas carabelas armadas, y os enviará
torrentes de oro, más que torrentes, un inmenso aluvión metálico! »
La
sugestión era oportuna, elocuente y tentadora. Al escuchar ese lenguaje las sacristías
enmudecieron; las Escrituras parecieron susceptibles de una interpretación elástica ; la
Iglesia cerró los ojos y dio su pase. El Rey, que había sido tan hostil á
la empresa, dijo entonces : «Tal vez tenga razón el visionario; probemos ó dejemos
hacer. » Isabel la Católica quiso arrojar sus joyas á los pies del marino alquimista,
preocupada ante todo con la santa idea de agradar á Dios mediante la conversión de
gentiles desconocidos. El aventurero, formado en los campamentos, ávido de fortuna
y de acción y sintiéndose amenazado de tener que buscar la vida en el trabajo,
corrió á la playa à enrolarse bajo las banderas del marino; y al zarpar del puerto de
Palos la pequeña expedición de conquistadores de lo desconocido, todo el mundo exclamó
: «¡Tendremos oro! »
Los
obstáculos y los elementos ventajosos que Colomb encontró, resumen todo el genio y la
historia de la conquista. Fanatismo religioso, codicia, ó necesidad de oro,
espíritu de aventuras y caballeresco heroísmo, he ahí los
cuatro símbolos de la más extraordinaria epopeya que el mundo cristiano haya conocido,
superior bajo muchos aspectos á la guerra colosal de las Cruzadas. Si estas fueron la
irrupción del mundo cristiano sobre el oriental (mas inspirada por intereses
político-sociales que por los religiosos), la conquista de América fue mucho más: fue
la irrupción de la civilización sobre el caos, sobre lo desconocido, especie de
segundo génesis que debía completar á los ojos del hombre el prodigio de la creación,
el equilibrio, la unidad y la armonía de la obra de Dios y de los siglos.
Lo que
hicieron los conquistadores de « América » fue tan estupendo, tan fabuloso, que jamás
poema ninguno podrá cantarlo dignamente, que jamás descripción ninguna, por fiel,
extensa y poderosa que sea, podrá igualar la realidad. Es preciso haber nacido ó vivido
largo tiempo en Colombia, y conocer los Andes, los desiertos, las selvas, los ríos y
ciénagas, las costas y los climas de ese mundo en que todo es colosal, para comprender y
apreciar, por los formidables obstáculos de hoy, lo que entonces hicieron
los conquistadores, prodigiosamente audaz, heróico, tenaz y temerario!
Toda
la impetuosidad del vencedor del moro, la tenacidad indomable del aragonés, la
sufrida y silenciosa constancia del castellano (que combatía y moría diciendo chistes y
refranes) , la vehemente curiosidad y pasión del andaluz, y la fría perseverancia
calculadora del catalán y el vascongado, se ostentaron en esa lucha de titanes,
empeñados, en número molecular, en la conquista de un mundo exuberante de calor y vida,
de fuerza y majestad, de riqueza y población, de novedad y prodigios. Si al
pasar bajo los umbrales de un vasto templo desconocido se siente siempre no sé qué
impresión de recogimiento y respeto, ¡qué no debieron sentir aquellos zapadores de la
civilización europea, al hollar por la primera vez un mundo en que todo era pompa y
misterio, y de cuyas proporciones y condiciones no se tenía noción ninguna!
El
poema complejo de Colomb y Balboa, de Cortés y Alvarado, de Pizarro y Almagro, de Quesada
y Benalcázar, de Fedreman y Robledo, de Valdivia y Orellana y tantos otros capitanes, es
no solo el poema del supremo heroísmo, la tenacidad y el sufrimiento, sino también la
epopeya completa y sintética de la humanidad en los siglos XV y XVI, en su transición de
la feudalidad caballeresca y ávida al Renacimiento pensador y progresista; epopeya en que
se ve la lucha de la civilización maliciosa y cruel contra la barbarie inocente, débil y
confiada; lucha sostenida cuerpo á cuerpo por cada uno contra mil, de
pasiones terribles, de insaciable codicia, de aterrador fanatismo, de supersticiones
fabulosas, de brutalidad heróica, de caballerescos sacrificios, de ingratitudes atroces,
de sorpresas infinitas, de fraternidad especuladora, de devastación y creación
simultáneas!
En esa
epopeya todo fue grande: el bien como el mal, la iniquidad como la virtud, el esfuerzo
como la resistencia; solo que la grandeza del esfuerzo estuvo toda en los hombres, y la de
la resistencia se mostró solo en la naturaleza. Tres imperios poderosos y muy avanzados
en civilización, relativamente, fueron conquistados por tres puñados de hombres de
fierro, titanes hambrientos de oro, que escalaban los Andes con mayor audacia que los
titanes de la fábula quisieron escalar el cielo! y
cosa singular que
comprueba que la verdadera civilización es esencialmente inocente y pacífica los
conquistadores se apoderaron con suma facilidad de los imperios de los Aztecas, los
Chibchas y los Quichuas, donde reinaba ya la civilización, y no tuvieron que luchar con
grande energía sino en los valles ardientes, donde las tribus bárbaras, no teniendo más
hábitos que los de la guerra, se defendieron con desesperación y se mostraron terribles.
Un
hecho muy notable, entre otros, caracteriza admirablemente la conquista: la uniformidad
típica de los conquistadores. Si la fortuna, la superioridad del genio (el de la lucha y
la violencia), el orgullo y la ambición en mayor grado, hicieron sobresalir en la epopeya
de la conquista á Cortés, Alvarado, Jiménez de Quesada, Benalcázar, Pizarro, Valdivia
y otros capitanes, no por eso dejó de ser evidente la comunidad de cualidades y defectos
entre los jefes, oficiales y hombres de tropa. Cada conquistador cuasinoble
(hidalgo) ó plebeyo, jefe ó soldado, era un tipo, un representante completo de todas las
huestes conquistadoras. Cada cual era la unidad característica y la parte de un todo
armónico.
¿Por
qué esa uniformidad de caracteres? Es que la conquista no era más que una
especulación de mano armada. Cada soldado era un socio comanditario, que trabajaba
con el arcabuz, la espada y la lanza, á partir de ganancias y pérdidas. Todo el
mundo (excepto algunos frailes de fanatismo feroz, como Valverde) tenía el mismo
pensamiento, la misma aspiración: el oro! Todos los conquistadores eran terribles,
impávidos, indiferentes al peligro, altivos, indomables en la pelea; todos brutales,
implacables en la victoria; todos sufridos, pacientes, abnegados, se auxiliaban y
socorrían mutuamente en los conflictos y las raras derrotas, soportando con pasmosa
resignación las miserias, los rigores del clima, el hambre, las enfermedades y la muerte.
Todos se mostraron supersticiosos y fanáticos, y al mismo tiempo cínicos en su
extraña moral, profundamente pervertidos, jugadores, codiciosos, inclinados siempre á
conspirar contra el superior para suplantarlo en el mando. Parecíales (no obstante la
nobleza de las tradiciones de lealtad española) que la traición y la perfidia eran
legítimas respecto de los indios; y practicaban, á veces sin pensarlo, el abominable
principio de que el fin justifica los medios. Todas las virtudes de esos hombres no eran
sino las de la guerra (excepto la magnanimidad y la lealtad á los convenios), las
rudas virtudes de la situación misma, las que engendra el peligro, las que inspira la
grandeza de la obra y del resultado que se busca. Sus vicios eran los de su época, de sus
antecedentes y de las clases sociales de donde salieron los conquistadores. ¡ Cosa
singular! esos hombres pertenecían á pueblos muy distintos: unos castellanos ó
aragoneses, otros andaluces ó vascongados, no pocos eran portugueses ó italianos; y sin
embargo todos tenían el mismo tipo!
¿Por
qué esa uniformidad? volvemos á preguntar. La explicación es sencilla. Es que la
conquista no es ni será en realidad la obra del pueblo español ó de una raza,
sino la obra anónima de una época, de una civilización. Si los conquistadores exclaman
siempre al combatir: Cierra España! es el siglo XV (ó el XVI que lo continúa en
gran parte) el que hace la conquista de un mundo nuevo, con la tendencia aparente de
engrandecerse, pero en realidad con el instinto secreto de regenerar y transformar toda la
civilización. Es ese siglo el que se sirve de Colomb, recluta sus hambrientos y heróicos
voluntarios y le pone su grande y terrible sello al Nuevo Mundo, á reserva de que más
tarde el soplo ardiente de ese mundo sojuzgado borre en Europa misma las huellas de aquel
siglo conquistador. Ese fenómeno será lento y laborioso, tardará tres siglos en
producirse, pero vendrá forzosamente. La justicia exige reconocer que lo que hoy está
pasando en Colombia, ese juego de revoluciones y reacciones difícilmente
comprendidas, es pura y simplemente una lucha profunda y general : la lucha entre el
siglo XIX y el XV y XVI; entre los gérmenes de la conquista, todavía palpitantes,
y las creaciones de la época prodigiosa de Fulton, Stephenson y Morse.
Las
tendencias y los medios de acción de la conquista no podían menos que corresponder á su
carácter y sus elementos. Puesto que no se trataba de colonizar, sino de obtener
oro, era preciso buscarlo y conseguirlo á todo trance, sin parar mientes en la moralidad
de los medios. Terrible fatalidad que debía ser fecunda en resultados funestos! La
violencia fue el medio único de la conquista: la violencia bajo todas sus formas. Se
llamó soldado, y bajo ese nombre combatió, hirió, mató sin piedad, taló y
devastó cuanto era devastable. Se llamó fraile-capellán, y como tal fanatizó,
apasionó las conciencias, violentó sin miramiento alguno las creencias indígenas,
prendió la hoguera, predicó el exterminio de las razas gentiles. Se llamó vire y,
gobernador ó lugarteniente, y con esa autoridad fundó el despotismo centralizador,
que debía suprimir toda espontaneidad en la vida social; inauguró una era secular de
tiranía y conspiraciones, é hizo del monopolio en todos sentidos la base de la
organización y de la fuerza brutal el título de todo poder. En fin (para no
alargar la nomenclatura) se llamó encomendero y como tal transplantó la
feudalidad al Nuevo Mundo, hizo al indígena, siervo de la gleba, súbdito del látigo, y
lo expropió y aniquiló.
Preciso
es reconocer que, si más tarde, á fines del siglo XVII y en el XVIII, la
colonización hubo de formalizarse por la fuerza de las cosas, por la lógica de la
conquista y las conveniencias y necesidades de la madre patria, en todo el siglo XVI no se
pensó seriamente en aprovechar los inmensos recursos de todo género que, aparte del oro,
ofrecía la explotación hábil y previsora del Nuevo Mundo. Asimismo, si en el
segundo período de la colonización (que comenzó con las Leyes de Indias) España
empezó á enviar á sus colonias, demasiado
tarde, algunos hombres honorables, cultos y benéficos, algunas familias distinguidas, si
bien arruinadas, que prepararon la nueva sociedad, durante la conquista y el primer
período España no arrojó sobre el Nuevo Mundo sino un aluvión compuesto de la hez de
su población enhambrecida, la espuma de la vieja sociedad batalladora y aventurera.
Así
mientras que la conquista destruía ó embrutecía completamente a las razas fecundas y
accesibles de Colombia, excluyéndolas de toda personalidad y todo cruzamiento con las
razas peninsulares, los conquistadores no fundaban con su propia sangre sino una sociedad
viciosa, profundamente pervertida por el hábito de la violencia, y que tenía todos los
defectos sin ninguna de las virtudes civiles del mundo europeo. Más tarde la política de
Carlos Quinto y Felipe IV agravó el mal, arrojando sobre América nuevos aluviones de
aventureros de la peor clase. La introducción de los esclavos africanos, la de la
Inquisición, y la acción de los misioneros jesuitas, completaron como lo haremos
ver después el cúmulo de elementos fatales para la sociedad hispano-Colombiana.
Tales
fueron las condiciones de la conquista. ¿Cuáles eran las del mundo conquistado?
Resumamos los rasgos más característicos, en lo natural como en lo social, y ellos nos
bastarán para establecer nuestro punto de partida en la rápida investigación que nos
proponemos hacer.
El
Nuevo Mundo no era solo infinitamente hermoso, virginal y poético. Aparte de esos rasgos
generales de aspecto, sus condiciones físicas se resumían en estas palabras : majestad
grandeza novedad exuberancia prodigiosa riqueza inagotable y
múltiple pompa infinita de formas, de vegetación, de vitalidad animal y de
pujanza! España, con todo su poder de entonces (que era uno de los más considerables en
Europa) era un átomo en presencia del Nuevo Mundo. Ella no tenía la luz, ni la fuerza,
ni el arte, ni la población necesarias para emprender una colonización que exigía
inmensos recursos y formidables esfuerzos. Le era preciso, ó reducirse á un círculo
relativamente estrecho, arriesgando perder inmensas regiones que Francia, Inglaterra y
Portugal codiciaban mucho; ó diseminar su acción sobre todo el continente colombiano, y
por tanto hacerla estéril, empírica, impotente y viciosa. Uno solo de los tres imperios
principales conquistados habría bastado para ofrecer vastísimo campo á la actividad
española. Queriendo abarcarlo todo, la potencia colonizadora se ahogó, se anonadó en la
grandeza misma del mundo colonizable, y en vez de producir une civilización vigorosa,
engendró un feto de semi-barbarie extravagante.
Las
nociones que la civilización había alcanzado en la época de la conquista tropezaron con
un mundo que las desorientaba enteramente. La geología, la geografía, la fauna, la
flora, la hidrografía, la orografía, la meteorología y la etnología,todo era
diferente de lo que el viejo mundo conocía. Así como los Alpes en nada se asemejaban á
los Andes, ni el Mediterráneo al Pacifico, ni el Tajo y el Guadalquivir al Orinoco, el
Amazonas y el Plata, la semejanza y la analogía faltaban en todo lo demás. Todas las nociones del arte y de la
ciencia, de la guerra y la política, de la religión y la moral, de la belleza y la
fuerza, tenían que sufrir una profunda modificación para acomodarse á la portentosa
novedad de Colombia, so pena, en caso contrario, de encallar completamente en su
aclimatación. Era forzoso crear una. nueva ciencia, otra economía política,
un
nuevo sistema de estrategia, de gobierno, de administración, de legislación, de
explotación del suelo, de vida social, de usos y costumbres, para hacer frente á las
exigencias de comarcas y razas que no tenían ninguna analogía con las de Europa.
La
exuberancia maravillosa de la vida y las fuerzas de la naturaleza, así como su
riqueza inagotable y variada basta lo infinito oponían inmensas dificultades
á una colonización desordenada, caprichosa y aventurera. En aquel mundo donde todo es
colosal en la naturaleza, donde el árbol crece de la noche á la mañana;
donde la luz trabaja como un obrero infatigable y de prodigiosa facultad productiva;
donde la tierra fermenta día y noche con la fiebre de un poder de creación
asombroso, haciendo sentir el soplo de su respiración acelerada y las
palpitaciones de un
pulso de fuego; donde la vida se duplica por la ausencia de los inviernos y
otoños, sin reposo ninguno en su trabajo de descomposición, reproducción y
multiplicación; donde parece que la creación no se ha completado todavía y se
embriaga con sus esbozos portentosos en un delirio incesante de vitalidad, voluptuosidad y
progreso; en aquel mundo, decimos, no era posible crear la civilización sino á
condición de concentrarla. Allí, apenas se da un paso cuando la huella del anterior se
ha borrado bajo la onda siempre invasora de una vegetación calenturienta y lujuriosa, que
nace, crece y muere para renacer centuplicada, en un perpetuo estremecimiento de amor y
pujanza. Abrid un camino, y mañana, si volvéis la espalda, no hallaréis en su lugar
sino la selva, un templo de verdura. Construid una casa en el desierto, y si no
lucháis hora por hora contra los gérmenes de vida que fermentan debajo y en
derredor,en el suelo como en el aire y la luz, la potencia implacablemente
generosa de la naturaleza os expulsará en breve del asilo que creíais tener seguro.
Cread un puerto, un dique, un puente, confiando en la mansedumbre de la onda que lo baña,
y una semana después, si no defendéis vuestra obra cuerpo á cuerpo, el torrente hecho
río, la cascada convertida en catarata formidable, el río, salido de madre y
transformado en mar, repentinamente, demolerán en un minuto toda construcción.
A los
europeos que no conocen el Nuevo Mundo, se les podría decir para darles una vaga
idea de la grandeza física de ese continente: Multiplicad veinte veces los Alpes por los
Pirineos y los Apeninos, y tendréis, aunque con grandes diferencias geológicas é
hidrográficas, algo parecido á los Andes. Imaginaos el Mediterráneo sólido, surcado
por ríos tan grandes como el canal de Gibraltar, inmóvil, batido por huracanes
poderosos, y cubierto de gramíneas gigantescas, de bosques interminables de bambús ó guaduas,
de selvas de palmeras, y de colosos vegetales y plantas de todo género; y tendréis
alguna idea de las Pampas del Plata y los Llanos de la región del Orinoco.
Figuraos el Vesuvio y el Etna centuplicados, sobre enjambres de nevados tres veces más
colosales que el Mont Blanc, y comprenderéis lo que son el Chimborazo, el Cotopaxi, el
Antisana y todos los nevados y volcanes de Colombia. Las sierras de Guadarrama, la Nevada
y Morena de España, son grupitos de colinas comparadas con las Cordilleras colombianas.
Así es todo en proporción.
Así,
pensar en colonizar y explotar aquel mundo, diseminando las fuerzas, sin prever las
consecuencias de la exuberancia prodigiosa que amenazaba devorarlo todo, era comprometer
desde su nacimiento la obra de la colonización. Eso aconteció. España era demasiado débil para monopolizar y dominar el
mundo que había conquistado con tan suprema bravura; porque la distancia es inmensa de la
simple conquista, que no requiere sino cualidades heróicas, á la dominación, que
exige tener el genio de la administración y numerosos elementos de un orden permanente y
complicado.
España,
nación caballeresca y guerrera, fanática y tenaz, profundamente fiel á
sus tradiciones, no tenía la elasticidad necesaria (ni
la tenía tampoco la civilización de aquella época) para plegarse ó acomodarse á la
novedad, la grandeza y exuberancia del mundo colombiano, á fin de asimilárselo
paulatinamente; tomando por base la civilización relativa de Méjico y Guatemala, del
imperio Chibcha y del de los Quichuas ó Peruanos, tan felizmente establecidos sobre las
hermosas, fértiles y benignas alti-planicies de los Andes. Así, la grandeza, novedad y
exuberancia de América fueron los escollos de la colonización, no menos que la
imponderable riqueza aurífera, que dio lugar á fenómenos sociales qué después
analizaremos.
Si tan
extraordinario era el mundo físico descubierto ¿ cuáles eran las condiciones
características de sus razas y modo de ser social? Importa mucho determinarlas,
siquiera
sea someramente.
Pero
desde luego es preciso establecer una distinción, que la naturaleza había determinado en
la distribución de las razas. La región de las alti-planicies había concentrado todas
las fuerzas de la civilización en progreso. La región ardiente de las costas, de los
valles profundos, las Pampas y los Llanos, era el inmenso imperio de la barbarie. De ese
modo la orografía y la hidrografía de Colombia eran los guías más seguros de la
colonización. Bastaba observarlas y seguirlas, calcando las nuevas sociedades sobre la
base de las que existían.
El
fenómeno era uniforme. Cortés, como Alvarado, Quesada y Fedreman, Benalcázar y Pizarro,
tuvieron suerte idéntica. En las costas y los valles profundos, lucha terrible y mortal
con tribus belicosas, indomables, desnudas, esencialmente cazadoras, muy poco ó nada
agricultoras, sin vida civil ni formas determinadas de organización, viviendo á la
ventura y enteramente nómades; tribus sin belleza ni nobleza, profundamente miserables en
la plenitud de su libertad salvaje. Pero al trepar resueltamente á las
altiplanicies de Méjico, de los Andes venezolanos, de Sogamoso, Bogotá y Popayán
en los Andes granadinos, de Quito, el Cuzco, etc., la situación cambia enteramente.
Allí,
la dulzura de los climas favorece á los conquistadores tanto como la riqueza y abundancia
del cultivo; donde quiera encuentran vastas ciudades y pueblos y caseríos innumerables,
que les sirven de asilo contra la intemperie; ejércitos de 40, 80 ó 100,000 indígenas
sucumben , casi sin combatir, ante algunos centenares de conquistadores temerarios; las
poblaciones, en vez de la astucia, la malicia rebelde y la inflexible resistencia de las
tribus nómades, se distinguen por la sencillez candorosa, la ciega confianza, el
sentimiento hospitalario, el amor á la paz, los hábitos de la vida sedentaria, la
dulzura y la resignación. Los conquistadores no combaten allí en realidad. Toda victoria
es una carnicería de corderos, porque el indio de las alti-planicies no se defiende, sino
que se rinde, dobla la rodilla, suplica, llora y se resigna á la esclavitud sin
protestar.
¿Qué
encuentran los conquistadores en esa región? Monumentos de notable arquitectura;
rudimentos de cronología, dibujo, aritmética y escritura; todo un sistema de correos, de
impuestos y comunicaciones regulares organizado; puentes, canales, calzadas, caminos,
templos suntuosos ú oratorios, monasterios de vírgenes, graneros públicos de
previsión, ciudades opulentas y muy regulares; un sistema completo de leyes civiles y
penales, de tribunales, consejos legisladores y administrativos, jerarquías en la
autoridad gubernativa, religiones avanzadas, culto regular y permanente y órdenes
sacerdotales; el matrimonio y la propiedad reconocidos y organizados; agricultura
floreciente, industria muy notable (particularmente de tejidos), explotación y servicio
de animales domesticados; notable progreso en la estrategia civil y militar; artes
importantes, como las de pintar, disecar, malear los metales, fermentar sustancias
vegetales, etc., cuyo secreto se ha perdido.
Y todo
ese conjunto de elementos de civilización enlazado en vastos sistemas de confederación,
en que se ve la gradación de las tribus, las naciones, los reinos y los imperios, como la
de los caciques, los zipas, los zaques, los Incas y los
emperadores. ¿Y las razas? Mucho más bellas, robustas é inteligentes que las de las
costas y los valles ardientes; razas laboriosas, fraternales hasta el socialismo, dulces y
hospitalarias, susceptibles de todo progreso, de una regeneración ó modificación fácil
y fecunda, con tal que el régimen de colonización no las contrariase bruscamente.
Los
monarcas españoles y sus representantes en Colombia no supieron apreciar las
amables cualidades de esas razas infantiles, eminentemente accesibles á la civilización;
ni menos supieron comprender el genio particular de las instituciones, costumbres y
tradiciones de esas nacionalidades embrionarias. Quisieron centralizarlo todo allí donde
naturaleza, la organización social y las costumbres eran federativas; y de ese modo
rompieron súbitamente los resortes y músculos de aquellas sociedades condenándolas á
perecer ó degenerar. Careciendo del genio de la colonización, y no teniendo (como más
tarde los puritanos de Escocia en la América) ningún interés político ni social que
los adhiriese al suelo conquistado, sino apenas el interés de recoger y amontonar
oro para volver á la metrópoli
opulentos, los Españoles destruyeron en su gérmen los elementos de la nueva sociedad
compleja que debía surgir de las alti-planicies andinas.
Pero
seamos justos. ¿ Se podía esperar ni exigir otra política de los conquistadores y
colonizadores? No: ellos eran lo que su siglo los había hecho, y procedían según las
nociones y el espíritu de una época sin elasticidad ni previsión en la ciencia social y
en el arte de gobernar. Por tanto, si hemos determinado los elementos, el carácter, las
tendencias y los medios de acción de la conquista, así como los rasgos generales del
mundo físico y social que se trataba de colonizar, no es con la mira de hacer estériles
é injustas acusaciones á la España conquistadora y colonizadora. Nos importaba solo
fijar el punto de partida de esa sociedad que hoy está constituida en quince repúblicas
y cuya existencia difícil, atormentada y casi febricitante, no es más que el reflejo, la
consecuencia lógica de ese génesis tumultuoso y empírico que se llamó conquista de «
América. »
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