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IV
Las
zonas topográficas y etnológicas.
Si
se quisiese tener, sobre una extensión de territorio relativamente muy reducida, una idea
completa de la prodigiosa variedad de climas, producciones, medios de alimentación,
grupos sociales y costumbres, á que dan lugar las inflexiones infinitamente variadas de
la topografía granadina, bastaría echar una rápida ojeada sobre el conjunto de
fenómenos que se relacionan con el curso del río Bogotá y la catarata de Tequendama,
que es una de las mas grandiosas maravillas naturales del continente colombiano.
Allí, el teatro de observación es completo: el Tequendama es al mismo tiempo un sublime
espectáculo digno de ocupar al mejor pincel de artista y de la admiración del poeta y el
viajero, y un campo de profunda observación é investigación para el naturalista, el
etnólogo, el geógrafo y aun el crítico y el hombre de estado.
El
río Funza, que después de la catarata lleva el nombre de Bogotá, tiene su
fuente principal al norte de la pequeña ciudad de Zipaquirá, en las montañas que median
entre las villas industriosas de Chocontá y Ubaté. De allí, todavía riachuelo de poca
consideración, el Funza (llamado en su parte superior río Tocancipá) se dirige
al sur, riega la mayor parte de la espléndida altiplanicie de Bogotá, pasando por el
centro de ella á la altura de 2,600 metros sobre el nivel del mar, y teniendo, por
término medio, 3 metros de profundidad y 60 de anchura; y después de fertilizar ricas
praderas, sobre las cuales derama sus aguas turbias y dormidas, en vastas lagunas
navegables por pequeños botes, forma un codo fuertemente acentuado, en las cercanías de Soacha,
á unos l8 kilómetros al sur de la ciudad de Bogotá. Es allí, entre las colinas de
la margen oriental y el cerro de Canoas, que tienen su salida las aguas de toda la
altiplanicie, recogidas por el río Funza, que en otro tiempo estuvieron como estancadas
en un magnífico lago de mas de 2,500 kilómetros cuadrados de superficie.
La
tradición indígena, dándole á un fenómeno natural las condiciones prodigiosas de la
mitología, le atribuía al dios Bochica, el dios benigno y protector, la obra
generosa de la disecación del lago. Nenqueteva, divinidad gigantesca, fue
encargado de abrirles paso á las aguas, á fin de procurarles á los Muiscas un terreno
fértil para sus cultivos y librarles del peligro de perecer ahogados. Nenqueteva golpeó
fuertemente sobre las montañas con la punta de su mágico bastón, rompió los cerros que
circundaban la alti-planicie, y les abrió paso á las aguas del lago. De ahí el origen
mitológico del río Bogotá y de la catarata de Tequendama.
En
el punto donde se pronuncia la abertura de la montaña, el suelo se muestra destrozado,
compuesto de poderosas rocas calizas principalmente, cuyas estratificaciones y formas
revelan perfectamente, por su armonía entre las márgenes opuestas, la primitiva unidad
de la formación geológica que se desplomó y despedazó, en virtud de alguna gran
conmoción volcánica, de la fuerza de las aguas y de la gravitación del suelo conmovido.
El río, que llega manso y silencioso al sitio donde comienza la rotura de las montañas,
cambia repentinamente de aspecto y movimiento, convirtiéndose en un enorme torrente que
se desboca, anunciando la espantosa dislocación de sus ondas y la majestad de sus
abismos. A 500 metros del primer raudal, el río se recoge en una pequeña cuenca, como si
quisiese reunir todas sus fuerzas antes de comenzar la formidable lucha á que lo provocan
los laberintos de rocas que le han de servir de lecho. Después, la pequeña cuenca se
estrecha en una especie de pasadizo de 10 ó 12 metros de anchura, y el río, como
dominado por un vértigo de cólera, se lanza por allí á saltar de peñasco en peñasco,
en un trayecto de mas de 4 kilómetros, por encima de una espantosa sucesión de
concavidades y revueltas asperezas.
En
todo ese trayecto el Bogotá no es un río, sino una borrasca líquida, un torbellino de
ondas que se atropellan con furor y sin tregua, dislocándose en innumerables remolinos y
produciendo una serie de centenares de cascadas, estruendosas y de las mas variadas
formas. Donde quiera el formidable torrente se hunde en las profundidades, reaparece sobre
los peñascos, salta, chispea, produce relámpagos de espumas brillantes, se azota, se
revuelca enfurecido, se despedaza en mil torrentes parciales, muerde con violencia los
flancos de la montaña que lo aprisiona de un lado y de las colinas dislocadas que lo
oprimen del otro, y va salpicando con sus plumajes líquidos los bellos cortinajes que
forman en las dos orillas los helechos arborescentes, los arbustos de variados matices y
los grupos de robles y otros árboles corpulentos.
Al
cabo, las ondas se recogen de nuevo en un remanso, en el fondo de la obra profunda que
forman dos montañas de bancos de caliza y carboníferos, cubiertos de opulenta
vegetación. Allí ha llegado el momento solemne: las aguas amontonan su volumen profundo
y poderoso en un lecho de estupendas rocas, y de repente, sin transición ninguna, se
precipitan, formando un solo chorro, al fondo del admirable abismo de Tequendama. El
estruendo de la catarata domina con infinita majestad la soledad de la inmensa selva; y la
mole del río, precipitándose de una altura de 2,200 metros sobre el nivel del mar á una
profundidad inferior en mas de 145 metros, embarga los sentidos y llena el alma del que la
contempla, de un sentimiento en que á la adoración religiosa y el arrobamiento poético
se mezcla la vaga adivinación de los misterios que la ciencia sabe arrancarle á la
naturaleza.
..
Del
fondo del abismo el Bogotá reproduce, acaso con mas grandiosidad, el espectáculo
inmediatamente superior á la catarata, continuando su curso atormentado en un trayecto de
cerca de 40 kilómetros; de manera que el furor de las aguas no es interrumpido sino por
la asombrosa majestad de la caída. Después de haber recorrido una inmensa cadena de
cascadas, producidas por el enjambre de peñascos de un suelo sumamente trastornado y
desigual, el río comienza á perder la espantosa rapidez de su carrera, hacia la confluencia del Apulo; habiendo ya
surcado una hermosa comarca sembrada de pequeñas montañas, vallecitos y quebradas de las
faldas occidentales de la Cordillera. En fin, arriba de la pequeña ciudad de Tocaima, la
marcha se suaviza todavía mas, y el río, atravesando un país llano ó ligeramente
accidentado, cubierto de vastas florestas, en su mayor extensión, y que hace parte del
valle del alto Magdalena, va á llevarle sus aguas á este río, á cerca de 90
kilómetros de Bogotá y á una altura de cerca de 600 metros sobre el nivel del mar.
Y
bien colocándose con la imaginación sobre los formidables peñascos verticales de la
catarata de Tequendama, se la podría considerar como una escala climatológica y
etnográfica, como una especie de etnómetro, por decirlo así, que da
en cierto modo la medida de la vegetación, de las razas y de sus usos y costumbres, en su
relación con la topografía. O bien, es el mismo río de Bogotá el que, en un trayecto
de cerca de 80 kilómetros (que se podría reducir mucho para establecer la comparación)
ofrece casi todos los grados de temperatura ó de condiciones vitales para la población.
En
efecto, á poca distancia de la catarata se ve, por ejemplo, el páramo de Pasquilla, contrafuerte
de la serranía de Sumapaz, que se avanza hacia
el
norte de la alti-planicie de Bogotá, con la altura media de 3,000 metros y una
temperatura ordinaria de 2 grados sobre cero. En aquellos parajes desolados, batidos por
los huracanes, falta todo cultivo, toda vegetación artificial; allí no se encuentran
sino helechos, líquenes, achicorias enanas, gramíneas diminutas, y esa planta de formas
extrañas y color gris, triste pero útil, llamada frailejón, que produce
trementina.
En
el lugar donde el Bogotá sale de la alti-planicie (a unos 2,570 met. de altura y la
temperatura media de 10 grados) se ven magníficas praderas, el sauce gigantesco, el
alizo, el nogal, el cerezo, el manzano, el durazno, vastas plantaciones de trigo, cebada, papas
ó turnas (que en España llaman patatas), en una palabra, todos los
árboles frutales, los cereales, las flores y legumbres y los pastos aromáticos de las
tierras frías. Sin embargo, la gran vegetación falta generalmente, sea por la naturaleza
del suelo, sea porque no pueda resistir al soplo de los vientos del este, frecuentemente
helados y violentos.
En
la cima de los peñascos de la catarata (bajo la temperatura de 16 grados) se ven las
florestas de robles y árboles de quina, los gigantescos helechos
arborescentes,donde quiera la mas hermosa vegetación que se puede encontrar en las
altas regiones de los Andes.
A
dos kilómetros abajo de la catarata (20 grados de temperatura y unos 1,800 metros de
elevación) comienza la región propiamente templada,
que desciende hacia el valle en una sucesión
de contrafuertes entrecortados y faldas ondulosas. En esta zona desaparece casi toda la
vegetación de la alti-planicie. Allí, á medida que se desciende se encuentran
sucesivamente primero la suculenta arracacha
[1]
, cereales de toda especie y muchas plantas leguminosas de la alti-planicie, aunque un
poco degeneradas; en seguida el árbol de café, la caña dulce, la patata, el
plátano de Guinea (llamado guineo), árboles muy considerables, grandes guaduas
ó bambus, etc.; y mas abajo, en la proximidad del valle, el maíz blanco, la
platanera indígena y la yuca. En todas partes una vegetación intermediaria y mixta, por
su fuerza, duración y calidad, que es como el lazo de unión entre la fría
altiplanicie y el ardiente valle.
Todavía
mas abajo, hacia la aldea de Anapoima (25 grados de calor y unos 1,200 de altura
media) comienza á determinarse la zona ardiente. Después las montañas desaparecen
completamente, el valle se desarrolla con toda su exuberancia de vegetación y vida
animal, y se extiende hacia las riberas del
Magdalena, cuya temperatura es de 30 á 32 grados por término medio. En el espacio
intermediario entre la margen del río y el pié de las faldas de la serranía, se
contempla un mar de florestas vírgenes, importantes plantaciones y prados artificiales de
altas gramíneas enteramente tropicales. Es en esa región que florecen el tabaco, el
algodón silvestre, la gran platanera, el árbol de cacao, el mejor maíz, el arroz, la
caña dulce de enormes dimensiones, la vainilla, la piña y los mas hermosos naranjos y
limoneros. Es también en esa zona que se hallan esas florestas interminables formadas por
enjambres de árboles colosales y muy útiles, tales como la ceiba, el higueron,
el caracolí, el guayacán, el comulá, el diomate, el
caucho, el cedro-caoba y los gigantescos bambus, casi todos entrelazados por lianas
formidables que forman pabellones inmensos, bajo los cuales vagan las bestias feroces, los
puercos salvajes, las serpientes, los mosquitos, insectos y pájaros de toda especie que
no existen sobre las altíplanicies.
Por
último, si se desciende el Magdalena hasta la ciudad de Honda, se encuentra, en la
plenitud de la región ardiente, una temperatura que sube hasta 35 ó 36 grados, á 283
metros sobre el nivel del mar, temperatura que alcanza el maximum de 40 grados en
la aldea de Nare ( a 130 kilómetros abajo de Honda) que pertenece al valle del Magdalena
central.
Así,
pues, un francés encontraría simultáneamente, en la región granadina de que vamos
hablando, las cuatro temperaturas que podría soportar en Francia desde el mes de febrero
hasta el de julio, superpuestas del modo siguiente: la del frío riguroso de febrero, en
los páramos helados de altura superior á la de Bogotá (3,500 ó mas metros de
elevación); la del fin de marzo, en la alti-planicie del Funza (á 2,600 met, de alt.);
la del mes de mayo, en las faldas de la serranía occidental (a 1,500 met. de alt. media);
y la del mes de julio, en el fondo del valle, á la altura de 300 á 800 metros.
Las
poblaciones que se encuentran bajo la influencia de esos diferentes grados de temperatura
permanente tienen donde quiera su tipo particular, y forman variedades muy notables, a
pesar de la continuidad de las zonas y de la fusión operada por el tiempo y las
instituciones. Así, por ejemplo, sobre la altiplanicie de Bogotá, la chicha es
la bebida popular
[2]
; el trigo, las legumbres, las papas
y la carne son los principales elementos de la alimentación; las gentes se visten con
telas de lana, de tintas generalmente oscuras y aun sombrías, de fabricación indígena
en gran parte. Sobre las faldas occidentales de la Cordillera, se bebe guarapo
[3]
; la arracacha reemplaza
á las papas, como el maíz se sustituye al trigo; los vestidos, hechos con indianas ó
telas de algodón, de dibujo alegre y contextura algo ligera, tienen mucho de pintorescos.
En fin, en el fondo del valle, el arroz y el maíz, el plátano y la yuca, el cacao y el
pescado de río, forman con la carne en abundancia la base de la alimentación; los
géneros de lino, de cáñamo y de algodón (de importación extranjera), de colores vivos
y muy visibles generalmente, son los de consumo popular; y la bebida común es el
aguardiente ó ron de caña con infusión de anís.
Por
lo que hace á los rasgos típicos de las poblaciones, se las puede distinguir del modo
siguiente:
La
masa de la población andina (puramente indígena) es notable por su carácter paciente y
laborioso, su sentimiento religioso llevado hasta la idolatría y la superstición mas
grosera, su carencia de todo instinto verdaderamente artístico, sin amor á la vida
sedentaria, á la inmovilidad y la rutina, su humildad llena de timidez, su malicia
disimulada, que tempera un poco la estupidez relativa del Muisca, cierta
impasibilidad que le hace indiferente á todas las emociones fuertes, una gran curiosidad
respecto de las cosas puramente materiales ó exteriores, el espíritu de hospitalidad muy
poco desarrollado, y una incapacidad patente para obedecer á las impulsiones del
progreso. Todos los indios de la alti-planicie de Bogotá y de las faldas de la cordillera
que la dominan del lado oriental, son de muy pequeña talla; tienen el color de la piel
atezado, el ojo frío y apagado, la frente estrecha, deprimida y estúpida, la cara
redonda, desprovista de barba y sin expresión ni carácter, los cabellos ásperos,
abundantes, muy negros y lisos, la voz gutural, profunda y como sacudida, la marcha lenta
y pesada, pero muy sostenida, el cuerpo grueso y trapudo, los miembros redondeados y de
fuerte musculación, y las espaldas frecuentemente muy anchas.
El
indio de las altiplanicies carece de entusiasmo y pasión, pero ama el matrimonio y
es fiel al hogar doméstico y á su mujer. Además, ama el terruño hasta el servilismo, y
la chicha hasta el exceso que le conduce frecuentemente á la embriaguez. Adora las
procesiones y las mojigangas, y manifiesta mucha credulidad por todo lo maravilloso.
Débil para la lucha cuerpo á cuerpo, porque su fuerza no reside sino en la nuca, las
espaldas y las piernas, y sin ningún arranque en los combates, tiene sin embargo una
resistencia asombrosa para soportar pesos enormes, y muestra siempre el valor estúpido de
la obediencia pasiva. No sabe correr á pié ni á caballo, pero camina durante algunos
días sin experimentar ni un momento de fatiga, con tal que se le dé chicha, y
viaja por horribles caminos y senderos cargado con alguna caja de estupendo volumen y del
peso de 150 ó mas kilogramos, sosteniéndose con un largo bastón, encorvado por el fardo
pero jamás agobiado ni desfalleciente. Tan mal cazador como luchador, porque carece de
iniciativa, atrevimiento y agilidad, es sin embargo un excelente soldado de infantería de
línea, que avanza rara vez, no retrocede nunca, y sabe siempre morir en su puesto, al
cual parece elevado en la victoria como en la derrota. El Muisca no encanece jamás; así,
es muy difícil distinguir en su raza, á primera vista, al jóven del hombre avanzado en
edad, si no es por las arrugas de la cara y la voz mas cascada del segundo.
Para el indio de las
campañas andinas la sociedad es un lazo peligroso, el maestro de escuela un mito
incomprensible, el alcalde un personaje inútil, el cura de la parroquia un semidios, y el
recaudador de contribuciones poco menos que la peste ó el rayo. Para él también la vida
se concentra en la choza rudimentaria y la pequeña labranza; y su gran día de fiesta ó
regocijo es aquel en que va al mercado de la plaza pública, principalmente de Bogotá, á
vender sus legumbres, sus frutas, sus gallinas y huevos, encerrados en jaulas de caña,
cargadas sobre la espalda y pendientes de la frente. El indio Muisca no es ni pendenciero
ni comunicativo, ni vengativo ni obsequioso. Egoísta, tímido y desconfiado como es,
evita todo compromiso escrito, se oculta en los días de ejercicio de la guardia nacional,
de reclutamiento, de elecciones ó de investigaciones relativas al censo de población ó
á los catastros fiscales, y hace todo lo posible por sustraerse al pago de los impuestos.
En resumen, el descendiente de los Muiscas es un ser pasivo, especie de sordomudo ante la
civilización europea, incapaz de mal como de bien, gracias á la triste condición en que
ha vivido desde la época de la conquista y á la poca elasticidad de sus facultades
intelectuales y morales.
En
esa parte de la población indígena el individuo masculino es siempre feo y de fisonomía
tosca y abyecta; pero no es raro encontrar en el otro sexo muy graciosas y aun bonitas
jóvenes, de rosadas y redondas mejillas, amables y de talla bien conformada. Lo que les
quita toda gracia es el horrible vestido que usan, compuesto de un sombrero de paja muy
ordinaria, alta copa y alas caídas, una mantilla redonda de tela negra y burda de lana,
con enaguas análogas y sumamente estrechas, y una pobre camisa de lienzo nacional.
En algunos distritos, algo distantes de Bogotá, las indias suelen usar todavía, en lugar
de enaguas, un abominable vestido llamado chircate (tenido por oprobioso en
el país) que se reduce á un gran trapo de lana, de color sombrío, atado á la cintura
con una faja y rodeando todo el cuerpo; lo que le da á la india que lo lleva el aspecto
de una momia ambulante.
Es
muy digno de notar que, entre los indios Muiscas, y aun todos los de raza Chibcha pura,
mientras que el hombre es generalmente frío, receloso é hipocritón, la mujer se
manifiesta, al contrario, frecuentemente sandorosa, dulce, muy abnegada, accesible al
trato benévolo, amorosa, buena madre y agradecida. Por lo demás, la mujer no tiene menos
resistencia que el hombre, relativamente, para viajar cargando pesados fardos. Otro rasgo
que es común á los dos sexos es el espíritu interesado, que pudiera definirse: el amor al
dinero por el dinero. Les gusta mucho regatear por todo hasta la suprema
impertinencia, y siempre miran con desconfianza toda moneda antes de guardarla. Es justo
reconocer que casi todos sus defectos son mas bien la consecuencia de las viciosas
instituciones anteriores, y de la explotación, mas ó menos artificiosa ó violenta, á
que han sido sometidos esos pobres indígenas, por los curas y los grandes propietarios ú
hombres influyentes de las pequeñas localidades. Deben ser también esos defectos á la
falta absoluta de instrucción elemental en muchos distritos rurales; y es de notar que
las cualidades del indio Chibcha son rasgos particulares de su raza.
[1]
Tubérculo en forma de cepa múltiple, que parece como un intermediario entre el nabo
grueso y la zanahoria común. Su fécula es muy abundante y delicada, y el tubérculo es
de consumo popular en las tierras frías y templadas.
[2]
Licor
muy vigoroso y nutritivo, pero acre y embrutecedor, de origen indígena, compuesto de una
mezcla de harina de maíz amarillo, agua y melaza fermentadas.
[3]
Licor
que se fabrica simplemente con la fermentación del jugo crudo de la caña dulce, ó de
agua endulzada con melaza. Se hace también con el jugo de la pica, del nolí, etc.
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