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                                                                        II

 

                            Naturaleza y distribución de las razas granadinas.

 

Hace tres siglos y medio que un sacerdote español, Las Casas, lleno de benevolencia y caridad hacia  los indios, — esos mártires de la España de Carlos Quinto y Felipe II, abrumados por las violencias de la conquista y las iniquidades del régimen colonial,— pensó en buscar los medios de conciliar este doble interés: el alivio de la suerte de los indios, y el progreso en la explotación de las comarcas colombianas, para la cual había necesidad de buena navegación interior, de abrir caminos, emprender trabajos considerables de cultivo y en las minas de oro, y en fin seguir un buen sistema de colonización.

El excelente Las Casas (explotador convertido) que no podía comprender que la libertad y la justicia para todos debían ser los mejores medios de alcanzar el objeto deseado, propuso, como cosa conveniente y natural, la sustitución de una esclavitud á otra. Pidió la importación formal y permanente de negros africanos, para relevar á los indios de los trabajos agobiantes que pesaban sobre ellos.

Ya desde antes de realizarse el plan de Las Casas, Cristóval Colomb, que entendía poco de gobierno, había establecido algunos precedentes funestos, haciendo llevar de España unos cien negros esclavos; mandándoles dar caza á los indios negros Caribes, y reduciendo á esclavitud á los prisioneros, que eran trasladados á la isla de Haití, y vendidos allí; enviando á España buques cargados de indios esclavos (en 1495), al mismo tiempo que creaba los repartimientos de feudos de indígenas; y en fin, estableciendo el tributo, como una de las formas de la esclavitud, — convertido después (en 1496) en trabajo personal ó corvea de la gleba. Colomb, como virrey ó almirante, adoptó después, ó propuso y solicitó de España, otras medidas análogas, que agravaron la implantación de la esclavitud, ó que contribuyeron á crear en el mundo colombiano una sociedad radicalmente viciada. ¿No es curioso que la historia moderna de la conquista del Nuevo Mundo haya venido á probar que fue Colomb precisamente el iniciador de las mas funestas instituciones fundamentales de la colonización? Los repartimientos y las encomiendas, los tributos y el trabajo forzoso de los indios, la caza que se hizo de estos para reducirlos á la esclavitud, la introducción ó trata de los primeros negros africanos, y el sistema de indultos en España para los criminales que colonizasen las Indias, todo eso fue iniciado ó sugerido por Colomb. Pero ese grande hombre, que no era un administrador, sino un intrépido descubridor de mundos, procedía de buena fe, con sanas intenciones, y su inmensa gloria le dio el derecho de que la posteridad le disculpase sus errores de administración.

Los desgraciados negros africanos, arrancados por la fuerza á su patria, fueron destinados, una vez convertidos en mercancías , á ser los descuajadores, los mineros, los bateleros y los hombres de pena del Nuevo Mundo. La esclavitud fue establecida allí, pero el gobierno español se cuidó bien de seguir en todo el consejo de Las Casas. En lugar de un género de esclavitud, creó dos, con esta diferencia: que los negros vinieron á ser los esclavos de los propietarios de minas y haciendas, mientras que los indios continuaron siendo el elemento de explotación para los curas, los encomenderos y los empleados de la administración, y luego para los Jesuitas, de ribete, como verdaderos siervos de la gleba.

Seguramente Las Casas y los consejeros de Carlos Quinto no se imaginaron que al introducir la sangre de los negros en Colombia, bajo la forma de mercancía, preparaban para un porvenir mas ó menos próximo no solo el advenimiento de una democracia muy valerosa y completamente cristiana, sino también la solución del gran problema de la fusión, en cierta medida, de las razas humanas mas diferentes. Arrojar una raza nueva al fondo de Colombia, era introducir allí una nueva fuerza, — fuerza latente o pasiva al principio, es verdad, pero que debía  estallar un día, después de verificar su infusión en el organismo activo de la sociedad.

Una nueva raza debía ser un nuevo elemento de cruzamientos, de mezclas; y crear una sociedad mezclada era preparar la democracia de la sangre, punto de partida de la democracia de las ideas y del derecho. Allí donde las razas no pueden alegar pureza, ninguna puede aspirar á la supremacía; — todos los intereses vienen á ser complejos, y el régimen de la igualdad se hace también la única organización posible. Para demostrar la exactitud de esta idea basta recordar que los criollos, negros y mestizos fueron, desde 1810, los mas enérgicos é indomables soldados de la independencia colombiana.

¿Cuáles eran las condiciones etnológicas del país conquistado por Balboa, Pedrárias, Quesada, Fedreman, Belalcázar, Alfinger, Robledo, Nicuesa, y tantos otros capitanes, gobernadores ó colonizadores? Acerca de esto la oscuridad es casi completa. Los conquistadores destruyeron casi todos los vestigios de la historia primitiva del país, y aun los elementos de la recomposición imperfecta de esa historia. No hay sino conjeturas, datos inexactos y absurdos de toda especie, debidos á cronistas sin criterio. Puesto que el origen de las razas indígenas de Colombia es todavía un misterio para la historia y para la ciencia etnográfica, debemos limitarnos á establecer, en cuanto á Nueva Granada, ciertos hechos generales, suficientemente averiguados en la época de la conquista y confirmados por la observación actual.

Las poblaciones y tribus mas ó menos distintas que componían el conjunto de las razas granadinas, eran tan numerosas, que es imposible nombrarlas ó clasificarlas hoy, tanto mas cuanto que muchas de ellas han desaparecido enteramente, ó se han confundido en cruzamientos mas ó menos caracterizados. Aun teniendo en cuenta el poder de las influencias climatéricas, que debían producir muy numerosas variedades de tipos y de grados de civilización, es evidente que varias grandes razas muy diferentes se habían repartido el territorio granadino, distribuyéndose según sus relaciones con los climas y la topografía, y haciéndose una guerra encarnizada, casi sin tregua ni merced. En cuanto es posible resumir la situación en que se hallaban las poblaciones indígenas, en la época de la conquista, nos parece que no es aventurado concretarla del modo siguiente:

Las razas mas bárbaras (de tal manera análogas á las caribes que estamos dispuestos á creer que todas ellas pertenecían á un tronco común) poblaban las vastas comarcas de la región marítima, desde la península de Guajira (inclusive) hasta la extremidad occidental del istmo de Panamá, y sobre la costa del Chocó, el valle del Atrato y el del bajo Magdalena. Así mismo, otras razas bárbaras, cuya genealogía es hoy imposible determinar, se hallaban esparcidas en las llanuras y selvas del Orinoco y el Amazonas, y en el fondo de todas las grandes hoyas.

Las razas mas avanzadas en civilización se hallaban distribuidas sobre las alti-planicies, según este orden de preeminencia: 1º La gran raza de los Chibchas, en posesión de todo el sistema de alti-planicies de la cordillera Oriental, de las cuales las mas importantes son las de Bogotá (Bacatá ó Funza), Tunja, Chiquinquirá, Sogamoso, Soatá, Pamplona, etc.; 2º la poderosa raza de los Quichuas, procedente del Perú, al través del país de Quito, y que llegó hasta la cordillera Central,— raza que, teniendo sus centros principales en las alti-planicies de Pasto y Popayán, se había diseminado, por emigraciones sucesivas, en los valles del Cauca y el Patía y sobre las alturas de las cordilleras Central y Occidental, llegando muy probablemente hasta las vertientes del San-Juan y el Atrato, y hasta las montañas de Antioquia, provincia conquistada por Robledo y Heredia.

Las poblaciones ó tribus pertenecientes á esas grandes razas, sobre todo los Chibchas, cultivaban la tierra, construían casas, templos, palacios y grandes ciudades, mantenían buenos caminos, conocían muchas artes, aunque rudimentarias, practicaban el régimen de los graneros públicos, tenían mercados permanentes y hacían el comercio activo de sus productos industriales, amaban la paz y la vida sedentaria, obedecían á gobiernos regulares, mas ó menos ligados por vínculos federativos, tenían un clero, una teogonía completa y culto público y permanente, habían llegado á la noción clara de la propiedad, del matrimonio, la familia y la herencia, tenían leyes, instituciones permanentes y una administración de justicia que daba bastantes garantías. La situación no estaba tan avanzada en el reino de Popayán (ó Payan), mucho mas unitario y guerrero, pero se hallaba muy lejos de la barbarie de las demás poblaciones. En cuanto á las tribus derivadas de la misma raza quechua, que se hallaban en posesión de la cordillera Central, ellas se distinguían por su carácter sumamente belicoso, y se hallaban aún muy atrasadas en civilización relativamente á las poblaciones de Bogotá y Popayán.

Pero había también numerosas y fuertes hordas intermediarias, establecidas sobre las faldas y los bajos contrafuertes de las cordilleras. Siempre ocupadas en hacer la guerra á sus vecinos, combatían era contra los enemigos mas civilizados de las alti-planicies, ora contra los mas bárbaros del fondo de los valles. Evidentemente esas guerras no eran la consecuencia exclusiva de un antagonismo de civilizaciones ó de razas. Provenían principalmente de la tendencia constantes por una parte, de los habitantes de la región templada, á posesionarse de las alti-planicies para tener allí climas suaves y comarcas mas prósperas, y por otra parte, de los habitantes de los valles ardientes, que aspiraban siempre á subir en la escala topográfica de las cordilleras, reemplazando á los invasores de las alti-planicies.

Es natural suponer que las condiciones típicas de las razas que se conservan todavía puras, eran en la época de la conquista poco mas ó menos las mismas que hoy. Y bien: á causa de las influencias climatéricas, ó en virtud de las diferencias esenciales de las razas, se puede decir, conforme á las tradiciones de los conquistadores y las observaciones actuales, que á la escala de las alturas y de los grados de temperatura correspondía una gradación de matices muy marcados en el color de los tipos. Así, haremos notar que, en Nueva Granada, los Pieles-Rojas no han existido jamás ni existen aún sino en las tierras bajas y por consiguiente muy húmedas, es decir en las costas y los Llanos, y en el fondo de los valles profundos. Sobre las faldas de las cordilleras los indios tenían la tez cobriza ó amarillenta, que era un término medio entre el color de ollín desleído, un poco oscuro, de los tipos de las llanuras y los valles, y el matiz algo atezado de los indios de las alti-planicies.

Tomaremos principalmente como base de comparación la grande hoya del alto Magdalena, tanto mas cuanto que era sobre las cordilleras que la determinan que se hallaban distribuidas las principales poblaciones de Nueva Granada antes de la conquista.

Comenzando por la cordillera Oriental, vemos que los Chibchas (divididos en varias ramas sobre las alti-planicies) se hallaban rodeados del lado occidental por las fuertes y rudas hordas de los Panches, los Colimas, los Muzos, los Guanes, los Laches, etc., que descendían hasta a base de la cordillera ó los valles del Magdalena (el Río grande de los indígenas) y de sus principales afluentes de la margen derecha. Los Panches sobre todo, establecidos en las faldas que median entre la alti-planicie de Bogotá y el alto Magdalena, eran los peligrosos vecinos de los Muiscas (Chibchas en posesión de esa alti-planicie), y les amenazaban siempre con una invasión terrible; del mismo modo que los Muzos y Guanes vivían prontos á lanzarse sobre las ricas comarcas de Chiquinquirá, Sogamoso, etc.

En el fondo del valle del alto Magdalena, sobre la ribera izquierda del río y las de sus muy numerosos y no poco caudalosos afluentes (que surgen de la cordillera Central) moraban en medio de vastas praderas y florestas inmensas, varias hordas considerables, de las cuales las mas importantes eran la de los Páezes, establecidos cerca de las fuentes del Magdalena; la de los Yaporages, hacia  el centro del curso del rió (a la altura de Natagaima); la de los Marquetones ó habitantes de  Marquetá, hacia  la extremidad norte del valle (donde hoy demoran Ambalema, Lérida y otros distritos importantes); y la de los Gualíes, que, frente a frente con los Colimas, dominaban el pié del valle del alto Magdalena, desde la región de Honda hacia  abajo, sobre las dos márgenes del río. Esas tribus, que no cultivaban la tierra, pero que conocían el uso del oro, vivían solamente de la caza, la pesca y los frutos espontáneos del suelo.

La cordillera central, en la parte que domina al valle de que hablamos, estaba poblada por la gran familia de los Pantagoros (de origen quechua muy probablemente), muy numerosa, poderosa y guerrera. Una de sus tribus principales era la de los Pijaos, notable por la belleza, el valor, la talla esbelta, la altivez y el espíritu de independencia de sus individuos. Era al pié de las nieves perpetuas y de las alturas dominadas por los huracanes y las frías borrascas, llamadas páramos, que vivía esa raza de montañeses vigorosos, verdadero baluarte entre los Quichuas y los Panches y Muiscas.

Así, pues, al llegar á las comarcas mas interiores del país, los conquistadores españoles encontraron: 1º sobre las alti-planicies, es decir bajo la influencia del frío seco y casi invariable (10 grados sobre cero, por término medio), la agricultura, la industria, las artes, el comercio, gobiernos regulares, una teogonía muy avanzada, en fin una civilización casi tan desarrollada como la del Cuzco ó imperio de los Incas, reinando sobre poblaciones pacíficas y de costumbres muy dulces; — 2º en medio de los pliegues ó las faldas de las montañas (bajo una temperatura media de 20 grados cent.) tribus belicosas, sin cultura, sin estabilidad, sin ninguna industria seria, siempre invasoras y apenas muy medianamente agrícolas; — 3º en el fondo del valle (bajo un clima húmedo frecuentemente y de 30 grados de calor por término medio, acaso mas) la ausencia absoluta de la ley — símbolo universal de la civilización —, del trabajo regular y fijo, de la propiedad, del comercio, del arte, etc.; — la vida en esbozo, enteramente salvaje, dividida miserablemente entre la guerra y el sueño, la caza y la pesca, la destrucción y la inacción.

Una vez introducida á ese país la civilización europea, el trabajo — base esencial de toda propiedad, de toda fuerza social y de todo progreso— debía suceder en las dos regiones inferiores á los hábitos de la violencia. Pero las razas indígenas de las tierras bajas no eran capaces de soportar rudos trabajos, sometidas á un clima muy riguroso. En esas regiones ardientes y de asombrosa exuberancia vegetal y animal, la naturaleza carecía totalmente del contrapeso del trabajo y de la inteligencia, y su poder agobiaba al indio.

El habitante de las zonas templadas de las cordillera era casi exclusivamente cazador y guerrero; por tanto, aunque fuese audaz, buen caminador, ligero, valeroso, frugal y paciente en caso necesario, carecía de la fuerza física y del hábito del trabajo, exigidos por los intereses de la colonización. En cuanto a los indios de las alti-planicies, los mas numerosos y útiles, vinieron á ser naturalmente un gran elemento de explotación en las tierras altas, y fueron bien pronto diezmados, agobiados, casi destruidos por las violencias del régimen colonial. En fin, los europeos, procediendo como señores, no querían trabajar, sino únicamente enriquecerse á expensas de los indígenas, y no podían tampoco resistir á la acción de los climas ardientes.

Aconteció, pues, que la introducción de la esclavitud y las diferencias de los climas y las razas determinaron una distribución de la población muy distintamente marcada, escalonada según las exigencias de la topografía. La raza europea se fijó casi totalmente sobre las alti­planicies mas ó menos elevadas y los pliegues de las montañas; la raza africana, esclava, fue condenada á la explotación de las minas y á los desmontes de colonización, en los valles profundos y ardientes; y las razas indígenas, explotadas y abrumadas donde quiera, permanecieron en sus respectivas comarcas. Así se tuvo, pues: arriba, la civilización, — hacia  el medio, el abandono, —abajo, las violencias y los horrores de la esclavitud.

En virtud de esa distribución de las razas y de las condiciones sociales, todo el trabajo de la civilización en Nueva Granada debía resumirse en un doble movimiento de descenso y ascensión. La civilización tenia que descender hacia las faldas y los valles para propagarse allí, explotando el suelo aurífero y verdaderamente tropical. La barbarie debía subir hacia  las alti-planicies para desaparecer ó modificarse profundamente. Es en ese doble movimiento que se encuentra en gran parte la explicación de los cruzamientos que se han verificado entre las diversas razas de Nueva Granada.

Es consolador observar que aquellas cordilleras, tan enemigas del progreso en apariencia, han sido los agentes de Dios — silenciosos pero irresistibles — en esa obra maravillosa de la mezcla de las razas, que debía producir toda una sociedad democrática, una raza de republicanos, representante al mismo tiempo de la Europa, del África y de Colombia, y que le da su carácter particular al Nuevo Mundo. La conquista, llevándole á Colombia la poderosa infusión de la sangre caucaso-arábiga, — es decir el elemento espiritual; — el régimen colonial, vigorizando el organismo del europeo y del indio con la sangre generosa, fuerte y ardiente del Negro, — es decir el elemento físico; — y el sistema orográfico, haciendo sin cesar, durante tres y medio siglos, el gran trabajo de fusión, —tales han sido los agentes creadores de los fenómenos sociales mas interesantes en la situación actual de casi todo el mundo colombiano.