Revolución y Caudillos
Otto Morales Benítez

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CAPITULO IX

 

 

Defensa del Elemento Humano.

 

ABOLICION DE LA ESCLAVITUD

 

 

Pero aquí no se detiene el proceso de esa época verdaderamente inquietante, por la multitud de facetas que abarca. Como un corolario del desestanco, y de toda la política respecto del valor de la tierra, se produjo una movilización humana hacia nuevas zonas inhabitadas. La colonización fue su inmediata consecuencia. Ese sentido de que la tierra adquiría valor, a través del trabajo, se fue imponiendo contra las dificultades que levantaban las mercedes coloniales y las adjudicaciones de principio de la república. Pero lo esencial es que el movimiento se produjo en Antioquia y en Cundinamarca y hacia lo que es hoy el Valle, en Boyacá y en Santander. No nos detenemos en este estudio porque tuvimos oportunidad de dejar en el libro, "Testimonio de un Pueblo", puntualizada nuestra inquietud humana de defensa y exaltación de esa gente sin recursos, sin pergaminos, sin otra hoja de servicios que su propio machete reluciente, para imponer un nuevo criterio sobre la tierra: el que debía amparar la república. Don Miguel Samper escribía en 1880 la certera visión del fenómeno: "La población ha ido bajando paulatinamente de las altiplanicies a las faldas y de éstas a los valles, tomando posesión del suelo por medio del cultivo. Esto es empezar a enderezar el trabajo nacional. La libertad del cultivo del tabaco aceleró prodigiosamente ese movimiento, que hoy se sostiene a pesar de la decadencia de ese cultivo, pues los moradores de las tierras frías van encontrando que es más fácil la subsistencia en las tierras calientes. La población de Antioquia toma posesión de las faldas orientales de la cordillera central, mientras que la de Cundinamarca tiene ya cultivada la ribera del Magdalena, y el Tolima ha desarrollado en el valle su rica agricultura. En Santander el avance es lento por la hoya del Carare, algo menos por la de Sogamoso y muy importante por las del Lebrija y Zulia. Falta que la población de Pasto y de Túquerres baje a las hoyas del Patía y del Caquetá, lo que empezará a suceder si se abren buenos caminos de herradura". En "Testimonio de Un Pueblo" dejamos escrita nuestra sentencia: "ya veremos si unas gentes paupérrimas, con un bronco sentido de la existencia, van a darle una nueva dimensión económica a la República. Detrás del machete y del hacha colonizadores hay toda una política agraria. Siguiendo el curso de la existencia, de esos proletarios, alcanzaremos una nueva estrella de la justicia social".

Naturalmente ello debía traer como consecuencia la necesidad de comunicaciones. Es el país que se va integrando, totalmente, a través de esta reforma. Ya vimos, por ejemplo, cómo la libertad de cultivo del tabaco, propicia el incremento de la navegación en el Magdalena, porque la abundancia del producto y la necesidad de conducción para el comercio exterior, regulariza la carga. El transporte se amplia en todos los horizontes patrios.

El doctor Alejandro López, en su citado libro, nos declara que "los españoles no eran tan solícitos como los romanos en la construcción de carreteras para el manejo y defensa de las colonias, sino que más bien se adaptaban con sorprendente facilidad a la falta de comunicaciones; de manera que, al constituirse la República, no había caminos, propiamente hablando, y si el de mayor importancia entonces, que fue el que sirvió para la huída del Virrey, a principios de agosto de 1819, se hallaba en tan pésimo estado un siglo después, cuando se terminó la vía férrea que lo reemplazó, ya puede imaginarse de lo que serían las otras vías de entonces". Este criterio principia a cambiar fundamentalmente. Hay una inquietud, que se radicalizaba a través del nuevo criterio acerca de la tierra, por desembotellar todas las regiones. La libertad de comercio tanto en el interior como en el exterior; la urgencia de aprovechar los desestancos para alcanzar altos precios de los productos; la irrupción de grupos humanos por distantes territorios, precipita un gran movimiento en los caminos. Tomando los datos de varios autores, ya citados en este estudio, nos hallamos con los siguientes frentes de trabajo. Cartagena se interesa por la navegación en el Canal del Dique; mejoraron el canal de La Piña que ponía en comunicación al Magdalena con la bahía de Sabanilla. Se arreglaron los caños de Pueblo Viejo y la Ciénaga, para favorecer a Santa Marta. Se hicieron limpiezas en el Río Magdalena. Se proyectaron vías de penetración al mar como las del Zulia a Cúcuta y de Buenaventura hacia el Valle. Se inició la Carretera de Bogotá al Magdalena. Carretera entre Vélez y el Carare y navegación por este río. El camino al Quindío. El Socorro hacia Barrancabermeja; Soto y Ocaña hacia el río grande de la patria. En Medellín se formó una sociedad para orientar los trabajos hacia el Atrato, Urabá y Mar Pacifico, porque confiaba en que se haría el canal. José Maria Obando pide privilegio para abrir un camino de Popayán al Mar. Manuel Cárdenas y Florentino González piden concesión para comunicar el río Atrato con el Mar Pacífico, por medio del río Napipí. Ricardo de la Parra y Benjamín Blagge celebran un contrato para comunicar los ríos Atrato y San Juan. Y podría enumerarse otra serie de vías menores. Pero lo esencial es la transformación de la fisonomía de la economía neogranadina. Con todas estas medidas se inicia un fuerte movimiento comercial. Se logra el aprovechamiento de inmensos terrenos abandonados. Se le va dando unidad al país. Principian a progresar los nuevos sistemas de cultivos, haciéndose extensivo el uso de nuevas semillas, etc. La inquietud de 1850 no estaba solamente en la agitación política. A ésta correspondía una vibrante acción nacional, que iba perfilando el futuro desenvolvimiento de todos los recursos naturales.

Todos estos esfuerzos por intercomunicarse las provincias, y de ellas ambicionar una salida al mar, es consecuencia también de la política librecambista, que se adoptó en 1850. La Colonia no había dejado organizar un comercio, ni en el interior, ni en el exterior. Todos los días cerraba, con mayor cautela, las posibilidades de que se pudiera llegar a desenvolver. La única perspectiva era el sistema del contrabando, que fuera de su leyenda y su alegre sentido de aventura, tenía una profunda tendencia hacia el rescate de mercados para los productos. Inglaterra entraba en un período de extraordinaria competencia con sus mercancías. Y el pueblo americano, encerrado, amurallado de alcabalas y de prohibiciones, veía que toda posibilidad de ensanchamiento le era prohibitiva. Entonces había una mentalidad librecambista que se hacía insistente en todos los órdenes. No fue, pues, una tesis caprichosa, ni de momento.

Además, si nos detenemos a revisar las disposiciones legales que manejaron el sistema comercial en los primeros años de la república, vemos que no había un criterio fijo. Sería posible preguntar ¿cuándo en materias económicas, hay una orientación infalible, sin carácter de variabilidad? Pues bien: se pone uno a repasar las disposiciones sobre tránsito comercial y encuentra que hoy se dictaba una ley que establecía zonas proteccionistas y al día siguiente el librecambismo había logrado su imperio. Todo era muy de ensayo prematuro. Pero la realidad es que America aspiraba a formar su comercio.

Luego se presentaron en 1850 pugnas hondas entre los grupos sociales, de acuerdo con sus intereses económicos. Vemos, por ejemplo, que la división del liberalismo, entre gólgotas y draconianos, tiene, en el fondo, un profundo espíritu de agitación económica. De manera que los diferentes sectores, a través y con pretexto de la agitación política, trataban de imponer las medidas que más ordenadamente convenían a sus afanes personales. Entonces la formación de un criterio era difícil. Repasando las memorias de nuestros economistas nos hallamos con que predicaban, en sucesión ininterrumpida, las más disímiles, contradictorias soluciones. "Todos en 1850 fueron librecambistas. Todos quisieron acabar con las aduanas". Y si nos empeñamos en atisbar la actitud, frente a este interrogante nacional, de muchos de nuestros más principales conductores políticos, vemos que conservadores insignes también estaban con estas ideas. Y que otros, que se apellidaban liberales, no concebían sino el proteccionismo. Lo único que se ha logrado establecer es que después de 1850 hubo una profunda movilización de capitales hacia la industrialización. Si posteriormente se produjo una merma en la industria del oriente colombiano, valdría la pena de estudiar el fenómeno, aunque podemos anticipar que todas nuestras industrias, por ser artificiales, generalmente necesitan de una vigorosa protección. Y existía la presión de Europa, que necesitaba estos mercados y bajo cuya órbita girábamos en esa época.

La orientación en esta materia ha oscilado en los años iniciales de la república: de 1821 a 1833 fue librecambista. De 1833 a 1847 fue proteccionista. De allí en adelante vuelve al sistema primitivo: "este cambio está necesitado por la tendencia general de la época, como lo estaba la supresión del estanco. Evidentemente, concluye Ospina Vásquez, no estaban los tiempos para proteccionismos". En todo caso, su imperio duró varias décadas. De 1850 a 1854 la creación de industrias fue muy poderosa. Hubo un profundo auge de renovación.

Todo ello, como es elemental, se combinaba con una serie de medidas fiscales sobre aduanas, que se convertían en necesidad inmediata, en vista de que la renta del tabaco desaparecía. Los hechos se engranaban en una gran política económica. No era que se produjera un solo acto, para realizar y determinar ciertas obras. Al contrario, se buscaba que todos ellos se fueran entrelazando, coordinando, buscando desatar un nuevo movimiento social en toda la Nueva Granada. Era el deseo de incitar la formación de una economía nacional. Para ello necesariamente muchas de las medidas se produjeron teniendo en cuenta las inquietudes que creaba la deuda externa. Desde 1849 se inicia un movimiento para lograr estabilizar el pago, amortizar muchos de sus intereses, disminuir el gravamen que mantenía, en continua zozobra, el avance fiscal de la república. Este fenómeno hay que relacionarlo, profundamente, con toda la política fiscal de ese periodo extraordinario.

José Carlos Mariátegui, en sus "7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana", sostiene la tesis de que el conquistador no tenía conciencia económica del valor del hombre. Que por ello arrasó y aniquiló a los indígenas. Permitió, más tarde, el comercio de negros. La revolución económica de 1850 vuelve por el fuero de la integridad del hombre. Y lo proclama. Se preocupa de él como algo concreto. De allí todo el movimiento de redención de la tierra, que hasta aquí hemos enunciado. Por ello vuelve sus ojos inquisidores hacia la exaltación del hombre. Buscando darle oportunidad para incrementar no sólo la vida económica nacional sino defender su propio destino, a través de una independencia política, que le permitiera moverse hacia su propia integración. De suerte que era la imposición de un verdadero y total criterio democrático.

No hay que equivocarse en la interpretación de la resistencia a la libertad de los esclavos. Había dos factores que se combinaban demoníacamente. El criterio filosófico acerca del hombre y el afán de su explotación económica. Lo demás es paisaje, para usar una expresión que ha adquirido su timbre popular. Horacio Rodríguez Plata sostiene —Boletín de Historia y Antigüedades", Nos. 459 a 461— que el tráfico de negros se inició en la Conquista. Augusto Espinosa Valderrama, en su citado libro, trae el desarrollo interpretativo del proceso de la política de España frente al indio: Desde ser considerado un esclavo, hasta dejarlo bajo tutela, para poder imponer las cargas económicas necesarias. Es decir, una nueva forma de esclavitud, que llevaba hasta la mita agotadora y cruel.

El proceso de la esclavitud, es también confuso, difícil, enmarañado en los primeros años de la república. Los grupos económicos que tenían su negocio esclavista, estaban empotrados en el gobierno o en el parlamento, disminuyéndole ímpetu a todas las reformas. Haciendo que se cancelaran los afanes de destruír ese monstruoso comercio con el hombre. La eliminación de la esclavitud era también una medida contra la concentración de la propiedad. Porque se conseguiría abundancia de obra. Y el individuo, en el afán colonizador que existía en esa época, podía incoporarse a la posesión de parcelas. Era, en síntesis, un desvelo humano, que coincidía honda, fielmente, con el pensamiento político que dominaba en 1850.

La esclavitud sigue preocupando la conciencia de los hombres y de los pueblos. Agita sus banderas humanas, con un estremecimiento pávido de honor y de muerte. Aún no se ha cancelado ese tráfico doloroso, que conduce a la mayor soledad que es la del destierro del sitio que se ama, en el cual se nació y se espera morir. Se produce el desarraigo de su ambiente cultural, del medio que le toca compartir para su total realización vital. Es el martirio de las horas sin esperanzas; de las palabras rotas en la inutilidad; de los sueños perdidos en el vasallaje de la voluntad a otra persona. Es el sometimiento y la amargura. Como hecho social, revela una falta de superación de ciertas condiciones peculiares, en servicio del hombre y de la sociedad. Y una mentalidad económica, de explotación, que no se concilia con ninguno de los principios elementales de respeto a la vida. Siempre aparece como una imposición de sectores comerciales, que tienen raigambre en cl poder político y audacia en las combinaciones financieras.

España estimuló esta institución. Si nos detenemos a leer el folleto "Libertad de los Esclavos en Colombia", de Gregorio Hernández de Alba, comprobamos cómo su ejercicio comienza desde los primeros días de la conquista. Colón en su primer viaje de regreso a España llevó indígenas, no como curiosidad etnográfica, ni como material de estudio científico etnológico, sino como esclavos. Como simples esclavos. En Real Cédula de 12 de abril de 1495, declaran los Reyes: "Parécenos que se podrán vender como mejor os paresciere". Ya queda marcado el destino de una raza y la política de un gobierno. La actitud hispánica frente a los indígenas ha quedado francamente descubierta en estos capítulos. Pero, además, se establecieron firmas que orientaban su política comercial hacia la trata de indígenas. Fray Bartolomé de las Casas dejó muchas páginas en las cuales duramente censuraba el "comercio de indios". Y si leemos las relaciones de J. Juan y A. de Ulloa, nos estremecemos de ver cómo ellos relievan la esclavitud de los indios en los obreajes, que llevaron a extinguir tribus de vibrante valor humano. Iba tan acelerado el proceso, que en 1500 se dictaron las Leyes nuevas, en las cuales su espíritu se orientaba a buscar un trato para los naturales como personas libres e impidiendo que se tomen como esclavos. Todo se iba extendiendo en círculos de angustia y dolor para esos seres perseguidos y acosados en su propio medio, en su tierra, en su paisaje.

Los españoles principiaron a invadir con la raza negra el continente americano. No venían directamente del Africa. Los tomaban de los que tenían en su propio territorio. Los investigadores señalan el año de 1502 como la fecha más exacta de la iniciación del envío de esas tropas humanas. Y recuerdan que Nicolás de Ovando, en la Española, recibió 17 que le remitió el propio Rey Fernando. No se puede desconocer que los descubridores los traían y los empleaban, especialmente, en lucha contra las tribus que presentaban resistencia a la invasión. Más tarde se les utilizó en las minas y en el pastoreo. Con marcada predisposición en las primeras, agotando sus vidas y reduciendo su ímpetu. La huida era la única manera de eludir tan despiadado sistema. Buscando la libertad a través de los caños de los ríos y de los montes protectores. Así nació el negro cimarrón, que tuvo importancia capital en la lucha contra la tiranía y en el castigo de quienes consideraba sus perseguidores.

España continuó intensificando el comercio. Al contrario lo estimuló y lo incitó por todos los medios. Para ello dicta reglamentos, disposiciones prolijas, eruditos medios de procedimiento. Nadie se escapaba del pago fiscal, ni era posible eludir el control. Pero era imposible lograr estos dos objetivos. El negocio era tan lucrativo, que el contrabando volvió con su nueva cara de picardía a asomar en los estandartes que cubrían los barcos negreros. Y la burla a la ley fue solaz y recurso de fuertes grupos de comerciantes. Por Real Cédula del 22 de julio de 1513, el Imperio exigía licencia para el transporte de la carne humana y el pago de cierta cantidad de ducados por cabeza. Así se solidificaba una política comercial en la cual el hombre atravesaba con su angustia y su miseria, como una simple cifra del fichero estadístico.

Como no poseía flota mercante que le permitiera hacer un comercio intensivo de esclavos, España propició los contratos con compañías que explotaran ese lucrativo renglón. Desde 1517 se inician las negociaciones. Quedan nombres, y nombres, incrustados en la historia como crueles y duros ante el dolor. Impasibles ante la llama espiritual que iluminaba a esas gentes. Despóticos en su orgullo económico y en su afán de dominar en la vida financiera. No importaba que una cruel soledad cruzara el mundo de esas criaturas, que sólo podían estar dóciles al sufrimiento y a la muerte. En esas concesiones que daba el gobierno español, participó toda Europa.

En Nueva Granada, Cartagena fue el puerto esclavista. Allí llegaban racimos de personas, sumidas en el desespero del desarraigo. Viajaban hacinadas en barcos sin ninguna comodidad para el ser más elemental y primitivo. Los mantenían atados a cadenas en la travesía, para que no prefirieran el suicidio en el mar a la tortura y melancolía que los atenazaría en su futura vida desamparada. Sólo un lampo de luz les iluminaba sus tristes existencias. Era cuando San Pedro Claver levantaba su voz de protesta o humildemente se inclinaba sobre el cuerpo llagado y convulso. De resto era el silencio, la crueldad y la muerte que rondaban sus vidas laceradas.

Un penetrante y agudo olor, invadía las calles de Cartagena. El hierro había sido colocado para atestiguar la propiedad y para dar fe del pago de los impuestos fiscales por la mercancía introducida. Se sobrecoge el ánimo de tener que estampar estas frías y lacónicas palabras, pero España había creado el sistema de matemática precisión rentística. El aliento humano estaba desplazado de esta yerta contabilidad impositiva. Pero no se detenía allí la encarnizada indiferencia. A los negros se les dictaban aquí, en la Tierra Firme, severas y rígidas normas para asegurar aún más su padecimiento. El vino que llegaba en botijas sugerentes, se les negaba sistemáticamente. Igualmente era prohibido comprar lo que ellos ofrecían. También se les indicaba cómo debían vestir y cuántos atuendos podían llevar las mujeres. Les estaba vedado vivir fuera del lugar que les asignaba su dueño. No toleraban que portasen armas y si lo hicieren podían "cortalle los miembros genitales al albeldrío del Juez". Como en ocasiones invadían con sus bailes y sus cantos las calles de la ciudad, se les notificó que esas expansiones sólo se tolerarían en sitios previamente señalados. Así se desterraba la alegría y la danza. Sus vidas sentirían más aún la fuerza oprimente de un gobierno que no tenía del hombre otra concepción que la de su miseria y su ruina. El corazón sale oprimido de la lectura de esas rigurosas reglas, donde no hay un solo aletazo de humana generosidad... Es lógico, pues las redactaban mentalidades palaciegas, siempre indiferentes al rumor del pueblo; y aquellos otros que usufructuaban el sórdido y pérfido negocio.

Es tánta la agónica inquietud que traspasa sus vidas, que los negros huyen. Otros levantan sus manos agresivas contra los blancos explotadores. Muchos se van en grupos, fundan pueblos, hacen respetar sus derechos, se convierten en fuerza viva de una nacionalidad que no dejan manifestarse. Y hacen movimientos de altanera insurgencia, que no han podido ser olvidados. En 1530, por ejemplo, los negros cimarrones queman a Santa Marta. Desde 1503 principian estos brotes de defensa. El negro, contagiado de los continuos movimientos de sublevación indígena, también inicia sus revueltas, sus peleas, el desconocimiento de las autoridades. Nada logra aplacarlo. Al contrario, cada vez es más agresivo. Su personalidad va creciendo a medida que advierte que el mundo, también, le pertenece. Y cuando, con mucha claridad, comprende que quienes le subyugan y maltratan, tampoco tienen derecho al suelo que pisan. Y que lo tienen dominado por conquista dura y cruenta. Entonces el negro comienza su batalla, su dramática pelea. Sus deserciones son permanentes. Se tuvieron que dictar las "ordenanzas de los Cimarrones", que buscan detener el fuego de su anhelo liberador. Son meticulosos y largos artículos que tratan de paralizar su huída. Para interceptar el camino que les abre la esperanza de reconstruir sus existencias.

Siguiendo la misma y erudita exposición de Gregorio Hernández de Alba, arribamos al período más importante del movimiento de los esclavos. Es cuando en 1767 Javiera Londoño les entrega a 125 negros la libertad y una mina para su explotación. Es el primer gran gesto de solidaridad humana que hallamos en este sombrío panorama de injusticia. No volvemos a los días de 1781 porque en los Capítulos de Los Comuneros queda el recuerdo de actitudes como la de Galán, de manumisiones como las de Lorenzo Agudelo, de insurrecciones precursoras como las de las gentes en el paso del Cauca en las tierras de Antioquia. Es un doble viento de libertad y de pueblo que va guiando, llevando, impulsando, arreciando montoneras y principios.

El gobierno español entiende que algo principia a escapar de sus manos. Hay una fuente fiscal que se seca. Los negros ya no están sumisos al pie del amo. Hay voces que cruzan de presentimientos el suelo de este continente. Gestos que no dejan dudas acerca de cómo deben portarse en sus pasiones libertarias. España se conmueve. Este negocio se descompone. Hay que reconstruirlo. Para ello dicta la Real Cédula de 1789 por medio de la cual pide que se mejore el trato a los esclavos. Que se les modifiquen sus condiciones de vida. Que se logre humanizar su tratamiento. Estas disposiciones llegaron, cuando ya sobre este nuevo mundo una agitación estaba sacudiendo el oprobio y la miseria. La libertad ya no era tesis abstracta, era razón vital.

Asoma la Independencia con su aire pendenciero. Petión promete ayuda a Bolívar siempre que liberte a los negros. Un son jamaicano se va infiltrando en nuestra lucha de emancipación. Bolívar cumple. Al regresar a Venezuela lo realiza. Y así seguirá de vivac en vivac: estimulándola, proclamándola. Muchas ocasiones pidió a Francisco de Paula Santander que le enviase escuadrones negros. Las cargas de machete —que como una hoja iluminada se levantaba en sus manos de ebonita—, son títulos que pueblan de grandeza el valor colombiano.

Desde 1811 en el Cauca principian a pedir su libertad. Era un griterío colectivo que no podía callarse. Los españoles también prometían la liberación si peleaban a su lado. Pero no se le podía creer la promesa al opresor. De allí que los negros sintieran tan estimulados sus afanes de lucha. Y que su causa fuera creciendo con gigante impulso, con natural poder arrollador. En la primera constitución, la de Cartagena, en 1812, se prohibe la importación. Es ya un principio hacia la exterminación de un comercio de inexplicable salvajismo. En Antioquia José Felix de Restrepo y Juan del Corral presentan un proyecto que mejora su suerte y limita las posibilidades de seguir en tan aflictivo estado y se convierte en ley de 20 de abril de 1814. La Constitución de 1815 de Mariquita también consagra sus declaraciones esenciales. Mientras tanto los realistas azuzan a los negros a pedir a la Revolución que los liberten, y como no lo logran con la inminencia deseada, así estimulan la reacción de esos sectores contra la Independencia. Pero no alcanzan a empujarlos contra quienes llegan con un sentimiento humano que tiene exactamente el nivel del pueblo. Ahora, a medida que se consolida la República, el proceso legal sigue un ritmo no tan acelerado como era de presumir. Los grupos de esclavistas pertenecían a las clases socialmente más importantes y con influencia muy determinante en la política. Pero el vocerío de esos hombres de charol se iba imponiendo. Y el sentido democráticamente social de la Independencia también obtenía su fuerza y su irradiación. El Congreso de Angostura, en 1819, pide que se confirme la libertad otorgada en la guerra y que no haya restricciones. En el Congreso del Rosario de Cúcuta en 1821, nuevamente apareció el espíritu reformador de José Félix de Restrepo. El, además, se había empeñado en la causa anti-esclavista con denuedo intelectual, con profunda convicción ideológica y con reciedumbre moral. El avance logrado en Cúcuta debe considerarse como un paso fundamental dentro del proceso social colombiano. La síntesis de la ley definitiva la formula Hernández de Alba en estas palabras:

".....que los hijos de esclavas serán libres. Los dueños educarán y mantendrán los niños y éstos les servirán hasta los diez y ocho años como indemnización. No se venderán separadamente los hijos de los padres hasta la edad de la pubertad. Se prohibe la venta para fuera del territorio de Colombia, o su extracción. Se prohibe la introducción de esclavos a Colombia, y si se hace, los importados quedarán libres. Se establecen fondos para manumisión y juntas que los administren, para libertar anualmente esclavos según los recursos y se declaran libres a quienes lo fueron por disposiciones republicanas anteriores y luego reducidos a esclavitud por el gobierno español".

Francisco de Paula Santander, que tántas veces aparece unido con devoción a esta inquietud colectiva, en desarrollo de los principios transcritos, ordenó dar trato cristiano a los esclavos; aceleró el cumplimiento de la disposición que concedía libertad a los hijos de las esclavas y los eximía del derecho de entierro.

Cuando el Hombre de las Leyes asumió el poder en 1830, el mismo día, y como ceremonia esencial, que venía a ratificar su anhelo de transformación y su vehemente pasión de justicia social, liberta 16 esclavos. El pueblo nuevamente agitaba sus banderas. Sus gritos eran los mismos que lo habían conmovido en la batalla.

Pero el contrabando se intensificó, pues no querían dejar el negocio asqueante pero lucrativo. Llegó a tener tal importancia que Santander, en 1825, tuvo que negociar un tratado con Inglaterra, en el cual se comprometen ambos gobiernos a buscar la total abolición del tráfico de esclavos. Inclusive la Gran Bretaña podía visitar los buques que estuvieran amparados con el pabellón neogranadino y que se pudiera creer que en ellos se hacinaran esclavos. Estos podían ser libertados inmediatamente. Así Santander preveía el desarrollo y cumplimiento total del espíritu liberador que animó al Congreso de Cúcuta.

Ello no calma la estremecida inquietud que le permitía al pueblo, y a los negros en particular, insistir en sus reclamos. Todavía quedaban grandes sectores sin manumitir. José María Obando, en la guerra de 1840, sublevó los negros del Patía. Y ellos siempre le fueron fieles, rendidos compañeros de sus sueños de libertad y de democracia activas, beligerantes, plenos en su poder de creación. Gran parte del odio acumulado contra Obando, —fuera del acrecentado por su lucha contra la dictadura bolivariana— nace de que nunca admitió la esclavitud y luchó contra ella en uno de los medios más activos en el tráfico negrero. Esa incitación a la masa sometida, nos está indicando cómo marchaba de lento el proceso de emancipación en la república. En 1843, en el mismo Cauca, hay otro levantamiento. Es otro clamor de gente reducida, que no ha hallado aún la resurrección de su estirpe y el nivel para su ambición social.

Vuelven los pasos regresivos. Todos estos movimientos los explotan para impresionar a quienes vigilan tánto el concepto del orden, que dejan escapar el sentido de la Justicia. Entonces logran expedir la ley de 22 de junio de 1843, que buscaba crear medidas represivas de los movimientos sediciosos de las gentes de color: y aprovechan para suspender la prohibición de exportar esclavos. La síntesis de esa ley dañina para el proceso republicano, la han concretado en estas líneas:

".....fijar penas para los que conciten a los esclavos a rebelarse contra sus amos, o les den asilo a sabiendas de su condición de servidumbre; autorizar la venta para fuera de la Nueva Granada; ordenar a las autoridades que apoyen a los amos que quieran sacar del país o cambiar de lugar a los esclavos perjudiciales y (otra vez se compra la delación), conceder la libertad con indemnización de los fondos de manumisión, a los esclavos delatores de conjuras contra sus amos. Y debe recordarse que ya, por otra disposición a que alude un historiador (Rodríguez Plata 1953), la ley de José Félix de Restrepo que daba libertad a los hijos, venia burlándose al exportar al Perú negras encinta cuyos hijos eran después traídos como nuevos esclavos".

En 1847 se vuelve a prohibir la importación y exportación. Por decreto del 31 de enero de 1848, se señala el procedimiento para hacer la manumisión por los concejos municipales. Pero el movimiento final de exterminación de la esclavitud, corresponde al gobierno de José Hilario López. Camacho Roldán nos recuerda que los opositores a esta medida, sostenían seis puntos como primordiales para justificar la esclavitud: 1º los esclavos son propiedad de los amos; 2º el derecho de propiedad es anterior y superior a la ley; 3º la propiedad es un dogma de la sociedad civilizada; 4º si los negros no están obligados al trabajo, se van a la ociosidad y los crímenes; 5º las haciendas desaparecerían pues no habría quien las trabajara; 6º la suerte de esa raza sería trágica en la libertad, no tendría quien la vistiera y la alimentara; 7º sería una crueldad su emancipación.

El 23 de abril de 1847, Julio Arboleda vendió a Pablo del Solar varios esclavos para ser transportados al Perú. Esto hirió mucho la imaginación creadora de López, quien era un obsesionado luchador contra la esclavitud. Por ello al llegar al poder, en sus mensajes, insistía en que se debía exterminar totalmente ese sistema que revivía épocas bárbaras y que le hacía perder sentido democrático al aspecto social de la nacionalidad. Más adelante pide que como se burló la ley de 1821, y se exportaron gentes que eran libres, se autorice al gobierno para su rescate. Así se hizo. En 1856 se repatriaron a quienes habían sido vendidos en el afán del acaparamiento económico. No es posible olvidar que en 1847 Manuel Murillo Toro había presentado al Congreso, sin ningún éxito, un proyecto que impetraba autorizaciones para conseguir un empréstito con Inglaterra de dos millones de pesos, para manumitir, de una sola vez, a todos los esclavos.

Finalmente, después de grandes forcejeos parlamentarios, y de recias oposiciones, se produjo la ley de 21 de mayo de 1851 sobre libertad de los esclavos, cuyo articulo 1º dice:

"Desde el día primero de enero de 1852, serán libres todos los esclavos que existan en el territorio de la República. En consecuencia, desde aquella fecha gozarán de los mismos derechos y tendrán las mismas obligaciones que la Constitución y leyes garantizan e imponen a los demás granadinos".

El movimiento de 1850, se iniciaba con profunda voluntad de transformar al país. Y cumple su propósito. Sus hombres traen un sentido nuevo, dinámico de la patria. No es posible lograr ningún avance social, si se conserva una estructura económica que impide desarrollar nuevas formas de la vida cultural y política. Para ello los hombres de 1850, poseían un criterio moderno de la sociedad. Imponían así una orientación enérgica en la vida económica nacional. Su tesis evolucionista respecto de la tierra y del hombre, quedaba elocuente y vitalmente incrustada en las nuevas formas del Estado. Lo esencial era que rescataban el territorio de la patria para el individuo, y ponían a éste en camino de hallar, mediante fuertes demostraciones de su capacidad de trabajo, destinos diversos y fecundos para la patria.

 

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