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Revolución
y Caudillos
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO VIII
La tierra
y el hombre
SIGNIFICADO DE LA
REVOLUCION DE 1850
Este
problema de la tierra es inquietante. El que gobierna todo el periodo de la conquista y de
la colonia. El que viene a darle significado profundo a la Revolución Económica de 1850.
Esa es nuestra tesis del capítulo anterior. No es que caprichosamente queramos
sostenerla. Porque a medida que avancemos en este estudio, comprenderemos cómo toda la
política estaba subordinada a ella, a su destino, a la aplicación que se le diera.
La
conquista se desarrolló, como hemos visto, con sentido mercantilista. No existía
interés de estabilizar una economía, que sólo se podía alcanzar con la agricultura.
Porque directa o indirectamente ella gobernaba el régimen de los precios. Y es lógico,
entonces, que incida, también, sobre la mayor o menor posibilidad rentística de un
país. El conquistador estaba, además, de tránsito. Nunca se encontró arraigado,
convencido de la necesidad de permanecer. Su afán iba enderezado hacia el rápido
enriquecimiento. El padre Las Casas trató de organizar dos expediciones de labradores. En
ambas fracasó. De suerte que todo ello nos va orientando, con mucha claridad, acerca del
criterio económico que prevaleció en la conquista y en la colonia.
Toda la
reforma de 1850 se va interesando por despertar y avivar los valores de la nacionalidad.
Pero ello no se logra sino a través de una serie de medidas que van despojando la tierra
de las amarras tradicionales, permitiendo un mayor movimiento de ella y obligando a su
mejor aprovechamiento. Al encontrarse ésta libre de tánta atadura, la economía nacional
comienza a tener un incremento mayor. Eso es lo lógico. Y ese es el sentido trascendental
de esa época.
La merced
en tierras se concedía en vista de la importancia de la hazaña o por mera liberalidad.
Ots Capdequi sostiene que "el interés puramente fiscal recaudación de los
derechos reservados a la Corona prevalece en los pactos otorgados con los
adelantados, jefes de las expediciones descubridoras". Desde el año de 1497 se
iniciaron los repartimientos en América. La Carta Patente fue fechada en Medina del Campo
y autorizaba a Colón para hacer entrega a toda persona que viniese en los viajes de
descubrimiento. Allí nada se advertía sobre la obligación de trabajar la tierra.
Posteriormente
vinieron cédulas que imponían la necesidad de los cultivos para conservar el dominio
sobre las parcelas. De resto regresarían a la Corona. Pero no se cumplieron. Así
quedaron sin aplicación disposiciones tan importantes como las cédulas de San Lorenzo,
del 15 de octubre de 1754; la de San Ildefonso del 2 de agosto de 1780; la de Aranjuez del
27 de febrero y de 24 de marzo de 1796. Pero es elemental que una transformación
económica no opera con declarar, en disposiciones legales, los términos de una
política. Sino que ésta corresponde a la que desarrolla el estado en un momento
determinado. Desgraciadamente España no tenía un criterio agrícola para sus colonias.
Su sistema estaba tocado de feudalidad y su fin primordial se orientaba hacia el
acaparamiento fiscal.
Esas
mercedes fueron permitiendo la inmovilidad de la tierra. La sacaron del comercio y la
inutilizaron. Además, sobre ella pesaban multitud de cargas. Don José Ignacio de
Márquez, citado por Augusto Espinosa Valderrama en su importante y agudo análisis,
"El Pensamiento Económico y Político en Colombia", plantea la situación de la
agricultura en exactas palabras: "El primero, es hallarse muchos terrenos afectos a
capellanías, cofradías, obras pías, aniversarios, memorias de misas, etc., o formando
los fondos de los conventos, monasterios y otras corporaciones civiles y eclesiásticas.
Esta clase de amortización es perjudicialísima a la agricultura. Un beneficiado no trata
sino de sacar todo el lucro posible mientras posee el beneficio, y no es de su interés
mejorar el terreno, sino disfrutar del terreno con el menor gasto posible. Un campo que
corresponda a una corporación, y que no pueda enajenarse, siempre estará mal cultivado,
porque el arrendatario, limitándose a sacar toda la utilidad posible en el tiempo de su
arrendamiento, ni hace mejoras útiles, ni emprende aquellas obras que necesitan gastos y
tiempo, y no mira el terreno con el cuidado de un propietario para el cual acrece o
decrece su valor. Si la distribución de las tierras es favorable a la agricultura, el
estar estancadas en manos muertas, es esencialmente perjudicial. El no corresponder en
propiedad los resguardos a los indígenas produce los mismos inconvenientes. Siempre
están descuidados, mal cultivados, y no toman el incremento que les daría el interés
del propietario, porque la propiedad es el mayor aliciente para el fomento de la industria
rural. Ya que se han dado disposiciones laudables para destruír los mayorazgos, debe
disponerse que se enajenen precisamente todos los bienes raíces amortizados que
pertenezcan a conventos, monasterios, capellanías, obras pías, memorias de misas, casas
de misericordia y colegios, o a las ciudades y villas, de manera que no haya uno solo que
no vuelva al comercio de los hombres de que se ha sacado injustamente y contra lo que
exige el interés social, prohibiendo que estas comunidades o corporaciones puedan
adquirirlos nuevamente por ningún título.... El segundo obstáculo de la agricultura son
los días festivos.... El tercer obstáculo de la agricultura entre nosotros ha sido la
milicia.... El cuarto obstáculo ha sido el ejército permanente.... El quinto obstáculo
es la inmoralidad y la holgazanería....."
Allí hay
una enumeración de parte de las dificultades que constreñían el desarrollo de la
agricultura. Y Salvador Camacho Roldán, en el primer tomo de "Mis Memorias",
puntualiza los hechos de impresionante manera:
"Agréguense
ahora las dificultades que perseguían a los trabajadores en todas sus empresas: el diezmo
y la primicia, fuere la cosecha buena o mala; la prohibición de sembrar tabaco, excepto
con la obligación de venderlo al estanco a precio vil; la prohibición de cultivar la
oliva y la viña, industrias populares entre los colonos españoles; la imposiblidad de
aprovechar en la destilación las mieles incristalizables, a causa del estanco de
aguardientes; la obligación de vender los frutos exportables a una sola compañía
privilegiada, la de Sevilla y la vascongada; la ausencia de vías de comunicación para
buscar el mejor mercado; la alcabala en todas sus compras y ventas, ya fuese de fincas
raíces o de artículos fungibles; la obligación de someterse a los precios de los
efectos extranjeros que introducía la compañía privilegiada; la falta absoluta de
escuelas, salvo en los conventos de frailes, dominados por el principio de que "la
letra con sangre entra". Principalmente, y esta dificultad superaba a todas las
otras: la tierra cultivable en la vecindad de las poblaciones y las que lejos de
éstas prometían esperanzas, ya fuese por su buena situación o por su fertilidad
había sido distribuída en grandes extensiones, por vía de merced a los conquistadores
feudales o a título de encomienda, cuando en ella había población indígena que reducir
a la esclavitud; de suerte que cuando el crecimiento de los habitantes aumentaba el
número de los trabajadores nuevos, éstos no podían ejercitar su actividad sino en
calidad de peones a jornal o de arrendatarios sometidos a todos los caprichos y a toda la
avaricia del dueño de tierras. Esta circunstancia es la que, a mi ver, explica el estado
de atraso en que los españoles dejaron sus colonias, y el estorbe más invencible que han
tenido después para mejorar la condición de las masas populares, los que tanto esperaban
de las instituciones republicanas. Adelante veremos cuáles eran las ideas que, con
relación a todos esos estorbos animaban a los hombres que encabezaban el movimiento del
siete de marzo".
Acabar
con todos esos privilegios, destruír todas esas aberrantes contribuciones y limitaciones
a la propiedad, incitaron la revolución de la Independencia. Pero no se impuso ese
criterio totalmente. Nosotros podemos advertir cómo en el Congreso de Cúcuta los juicios
cardinales se orientaban a destruír los monopolios y los tributos. Pero hubo muchas,
insistentes resistencias de las clases superiores. De quienes tenían la iniciativa
política en ese momento. Ellas habían estado libres de todo gravamen. Ahora se hablaba
de una contribución directa y proporcional. Desde luego no era agradable para algunos de
los contribuyentes destruir un sistema que los protegía directamente. En cambio, la
reforma implicaba ya un tremendo impacto a sus propios intereses. Se tiene noticia de que
el Libertador Bolívar suspendió la ley que creaba ese arbitrio. Allí se estancó el
proceso de manumisión de la tierra. O al menos parte del sentido económico de la
independencia. La lucha por ello era tan difícil: porque los grupos fuertes, desde el
punto de vista económico, oponían tremendas resistencias al avance de la redención.
* * *
Una de
las primeras cargas que sintió el influjo reformador de 1850 fueron los diezmos. Estos
habían sido reglamentados por el Rey Sabio. Y a pesar de la Independencia, se produjo el
decreto del 15 de octubre de 1821, que disponía su continuación. Pero los hechos
económicos tenían tal vigor, que luego se tuvieron que suprimir para productos
determinados, como el café y el añil, y así lograr una competencia equilibrada en el
mercado extranjero. Eso nos advierte cómo el diezmo era una pesada fuerza opresora contra
el desarrollo agrícola.
Por ley
de 20 de abril de 1850 se hizo la descentralización de las Rentas Públicas. Las
provincias quedaron con poderes suficientes para determinar sus rentas. Este gravamen
había pasado al gobierno civil, en vista de concesiones de la Iglesia con los monarcas. Y
la república lo conservó hasta 1850. Con la ley del 20 de abril, vemos nosotros que se
produce su abolición, en el mismo año, en las provincias de Azuero, o sea parte de lo
que hoy es Panamá, Bogotá, Chocó, Fábrega (hoy Chiriquí), Ocaña, Mariquita, Panamá,
Neiva, Riohacha, Santa Marta, Socorro, Valledupar y Veraguas. En Antioquia se suprimió el
de quintos de oro, lo mismo que en Bogotá y Mariquita. En Popayán se suspendió el
estanco de aguardiente. No puede, por lo tanto, desconocerse el proceso de evolución
creadora que principiaba a incitar al país.
En 1851,
como consecuencia inmediata, se suprimieron los diezmos en Barbacoas, Buenaventura,
Cartagena, Casanare, Cauca, Mompós, Pamplona, Santander, Soto, Tunja y Vélez. Apenas
persistieron con el impuesto Antioquia, Pasto, Túquerres y Tundama, "últimos
baluartes de la antigua idea del origen divino de la contribución". Pero en 1853,
después de las reformas eclesiásticas de este régimen, cesaron en toda la república.
El interés de beneficiar el desarrollo agrícola no podía desconocerse. Castillo y Rada
había puntualizado el criterio contra ese tributo en las descarnadas palabras que a
continuación leemos: "El diezmo eclesiástico es el primer obstáculo que impide su
progreso y retarda su prosperidad. El diezmo es una contribución directa sobre sus
productos brutos, que no baja de un treinta por ciento y que, en muchas partes de la
República, excede de un cuarenta; es un tributo monstruoso a que están afectas, en
beneficio del clero, todas las tierras de la república; carga pesadísima, que pesa
solamente sobre la profesión más útil de la sociedad y sobre los ciudadanos más dignos
de la protección de las leyes. No puede imaginarse que oprimida por ella, pueda mejorar
su suerte la agricultura".
Luego
viene el censo. Es el cinco por ciento como impuesto. Recae directamente sobre las
propiedades territoriales, urbanas y rurales. Se transmitía con la propiedad. Florentino
González había propuesto, desde 1847, la redención de las fincas que tenían ese
gravamen. Los censos eclesiásticos y laicos sumaban una abrumadora y agobiante cantidad.
En 1851 propuso Murillo Toro el proyecto que vino a ser la ley de 30 de mayo que admite la
consignación de la mitad de los capitales impuestos a censo en favor de cualquier persona
o corporación, quedando libre el que haga el pago. De esa manera se lograba mejorar el
derecho de propiedad, y liberada de ese gravamen se podía enajenar sin las incomodidades
que creaban las deudas por años anteriores. Esta redención del censo produjo un
acelerado mejoramiento de ella, tanto en las ciudades como en los campos.
La
alcabala gravaba todo comercio: el de las fincas y el de sus productos. Era la aduana
hacia el exterior y la que detenía el progreso en lo interno. Castillo y Rada, con
vigoroso entusiasmo, sostiene las posibilidades que se abren al país, logrando destruir
todas esas limitaciones odiosas: "Considérese ahora, la agricultura libre del
diezmo, aliviada en dos quintos del censo, redimida de dos y medio por ciento sobre el
valor de cada venta y teniendo a su disposición todas las tierras de la República, y
desde luego se perciben cuántos estímulos tendrán los colombianos para dedicarse al
cultivo, para asegurar su bienestar, para enriquecerse, para mejorar sus costumbres y para
aumentar el producto de las Rentas del Estado hasta cubrir sus gastos necesarios, que es
el objeto de estas indicaciones".
El
resguardo indígena lleva a una posesión comunitaria de la tierra. Es una forma familiar
de desenvolver la agricultura. Es un usufructo sobre la parcela. No puede, en cambio, ser
enajenada. No existía libertad para movilizarse, pues se imponía un trabajo forzoso
sobre ella. Este sistema, como es elemental, complicaba mucho el desarrollo agrícola,
pues no había ninguna posibilidad de expansión. No permitía mejorar la capacidad de
consumo de muchos grupos humanos. No se podía aprovechar esa mano de obra en beneficio
del trabajo. En tal forma que se volvía un circulo vicioso: el indígena estaba sometido
a una posesión, a la cual no podía renunciar. No estaba autorizado para transmitir sus
derechos. No alcanzaba a mejorar su capacidad adquisitiva y no podía alquilar su trabajo.
La economía salía perjudicada por estar el hombre sitiado. Además, la circulación de
los productos agrícolas era totalmente imposible.
El
proceso legal acerca de ese hecho se puede resumir así: por decreto de 5 de julio de
1820, se ordenó devolver a los indios las tierras del Resguardo. Por ley de 11 de octubre
de 1821 se condicionó el reparto, para cuando las circunstancias fueran propicias. La ley
de 6 de marzo de 1832 prohibió que se enajenaran las tierras. La ley de 23 de junio de
1843 dijo que esa prohibición cubría veinte años. En 1844, por decreto de 23 de julio,
se autorizó a las Cámaras Provinciales de Panamá y Veraguas para decretar los
repartimientos y las adjudicaciones de las grandes comunidades, a todas las provincias.
Así se suprimía uno de los más grandes obstáculos para la evolución agrícola. Y por
la ley de 22 de junio de 1850 se autorizó a las Cámaras de Provincia para "arreglar
la medida, repartimiento, adjudicación y libre enajenación de los Resguardos de
Indígenas".
A ello se
sumaba la posición que había adoptado la Colonia respecto del indígena. Todo se iba
engranando fatídicamente. Don José Manuel Restrepo, en la Memoria al Congreso de 1823,
puntualiza el fenómeno de la siguiente manera: "La mayor parte de los indios
civilizados han sido y aún es una clase absolutamente desgraciada. Ellos estaban
reducidos por las leyes españolas a un perpetuo pupilaje, y puede decirse con verdad, que
eran esclavos de sus curas y de sus alcaldes. Unos y otros les mandaban azotar
públicamente aunque fueran viejos, y por faltas muy leves. Así es que vivían en la
abyección y en el abatimiento, perdida enteramente la energía de sus facultades físicas
e intelectuales".
El doctor
Luis Ospina Vásquez sintetiza su pensamiento diciendo que fue un hecho de la mayor
significación económica: "La liquidación efectiva de los resguardos fue uno de los
actos de mucha más trascendencia en lo económico y en lo social".
Está
señalado por Castillo y Rada, como uno de los factores más pérturbadores del desarrollo
económico neogranadino, la amortización eclesiástica, entendiendo por ella los bienes
raíces que constituían "fondos de conventos, monasterios, capellanías, cofradías,
obras pías, memorias de misas, aniversarios, etc.", y que no podían ser materia de
compraventa. Esto naturalmente producía una paralización de la propiedad, sin que se
pudiera aprovechar la tierra y, desde luego, mermando la capacidad productora del país y
sin que éste recibiera la irrigación económica de una retribución amplia. Además,
esta concentración de la propiedad era muy peligrosa, pues fortalecía sectores que
impedían las reformas sociales. No hay que olvidar la gran división de los progresistas
y regresivos: "Los grupos sociales revolucionarios eran los siguientes: los
comerciantes, los manufactureros, los esclavos y los agricultores. Los grupos sociales
reaccionarios eran estos: los grandes propietarios territoriales y las comunidades o
congregaciones religiosas que también poseían extensos territorios". De suerte que
si se aspiraba a dar cumplimiento a los postulados de la revolución de independencia, era
necesario doblegar el poder de esas clases dominantes, a través de la economía. Y ayudar
a la formación de otras, para lograr que el país avanzase hacia nuevas formas de
producción. Eso es inevitable en un movimiento de avance social.
El
mayorazgo, que era la limitación de la propiedad a través de la sucesión, radicando el
derecho en el primogénito y prohibiendo vender, había sido suspendido por ley de julio
de 1824.
Como se
trata de un movimiento fuerte, que busca quebrar, radicalmente la economía colonial, hay
necesidad de extender su poder, a través de un recio impulso. Sólo de esa manera se
alcanza una total revocación. Y se impone un criterio económico diferente. El sistema
político, necesariamente, debía recibir sus impactos. José Hilario López, en su
discurso de posesión de la Presidencia de la República, tuvo mucha claridad en señalar
sus objetivos renovadores. Nadie podía equivocarse. Y el pueblo, en esos días, tuvo
audiencia; y su presencia custodiaba todos los actos del gobierno. Había un alegre y
abierto panorama de reivindicaciones. Las gentes salían a luchar por algo que les
pertenecía, conquistado a través de esperanzas y alegrías rotas por los poderes
económicos.
* * *
Era
elemental que sufriera cambios transformadores el sistema centralista. Una nueva
conciencia nacional se presentaba al desvelo de la patria. Y no es posible desviar la
atención de que ese federalismo vino a confluír en un impulso decisivo a la agricultura.
A la defensa generosa de la tierra. Ya tuvimos oportunidad de advertirlo cuando enumeramos
la reforma acerca de los diezmos. Pues ahora veremos con mayor claridad su sentido y su
importancia. Salvador Camacho Roldán, en palabras muy objetivas, sitúa el panorama
político y económico que se estaba viviendo en la Nueva Granada:
"El
espíritu de las libertades municipales, nulo en tiempo de la Colonia, despertó con el
ejemplo de los Estados Unidos, vivificado con el movimiento federal de 1810, animado por
las concesiones sucesivas que en 1824, 1832, 1834 y 1848, había obtenido, deseaba con
avidez una libertad de acción mayor todavía, principalmente en las provincias del norte,
en Antioquia, y en las ciudades de la Costa...... "Se deseaba un cambio en el grupo
de hombres que disponían del poder y de la influencia del gobierno desde 1837 hasta
entonces y reducido a los que en 1828 habían favorecido los planes del gobierno militar,
en 1832 y 1837 hecho oposición al General Santander, y en 1841 y 1846 perseguido
implacablemente al general Obando, figura que, como luego veremos, gozaba de una simpatía
especial y a quien se consideraba víctima de los odios de la familia dominante en el
país".
Y
continuando la síntesis de la aspiración transformadora, que atravesaba con sentido
vitalmente creador al pueblo colombiano, decía: "La revolución de la Independencia
había dejado en pie muchas de las instituciones del régimen colonial. La centralización
administrativa; el sistema opresor de las contribuciones públicas con sus monopolios, sus
prohibiciones y sus trabas de todo género al movimiento industrial; la compresión al
pensamiento en las leyes sobre represión al uso de la imprenta; la intolerancia religiosa
y la influencia irregular del clero católico en la vida de los hombres y el interior de
las familias; la mala distribución de la propiedad territorial; costumbres crueles y
estúpidas, como la prisión por deudas, la pena de muerte, los procedimientos arbitrarios
con el pretexto de vagancia, el reclutamiento brutal en las clases desvalidas, y a veces
en las superiores; el abandono de la tarea indispensable de la educación pública; la
prescindencia del gobierno en las ejecuciones de las vías comerciales llamadas a
desarrollar la idea social de la cooperación de todos en favor de todos; la embrollada
legislación española compuesta de una serie de códigos inmensos para cuyo estudio no
bastaba la vida de un hombre, unida a procedimientos judiciales llenos de formalidades
inútiles y encerrados en el recinto estrecho de unos pocos procuradores, abogados,
asesores y jueces privilegiados; todo esto llamaba la atención de la nueva generación
que entraba a manejar los negocios del país".
Hemos
visto que se está realizando una labor, en 1850, tendiente a producir el sosiego público
a través de reformas de carácter revolucionario de la economía. No en atención a
presiones populares, sino a que se encontraba normal la solicitud humana de que se
produjese una evolución razonable en la vida neogranadina. Lo primero que se debía
realizar era una vigorización de la provincia. Ella generosamente había participado en
toda la evolución del pensamiento nacional. El proceso se fue cumpliendo paulatinamente.
Una serie de leyes fueron dando gabelas a los municipios. Todo ello culmina en 1850 con el
proyecto de descentralización. Su influencia se prolonga y vemos que en 1857 la
constitución recibe ese vivificante aliento federalista.
José
Hilario López había proclamado que se necesitaba un régimen que fortaleciera la vida
municipal. Esta no había tenido un desarrollo amplio en la Colonia, pues sus
construcciones obedecían a intereses muy específicos, perfectamente distantes del afán
social o colectivo. La Conquista fundó sus pueblos con un criterio militar. Desaparecido
el peligro, principiaba la decadencia. En la Colonia en las fundaciones de aldeas había
afán económico-político. De suerte que todo su interés se concentraba en que los
recaudos fiscales se pudieran hacer sin perjuicio de la Corona o de los corregidores. Y
que, a la vez, se pudiese tener dominio sobre los sectores indígenas y los mestizos que
principiaban a irrumpir. En cuanto a las fundaciones al lado de los yacimientos auríferos
tuvieron una precariedad asombrosa, alcanzando la estabilidad que la duración del metal
aseguraba.
El
General Francisco de Paula Santander, quien ayudó a conformar todo nuestro sistema civil,
renunciando al brillo militar para el cual tenía también generosa y arrogante
disposición humana, creó las Cámaras Provinciales, en 1820 y 1822, como cuerpos
consultivos. Don Vicente Azuero, que tan profunda energía intelectual desplegó para
arrancar nuestro proceso social de todas las amarras reaccionarias, propuso y alcanzó los
Consejos comunales y los cantonales. En 1824 y luego en 1835 las Cámaras Provinciales
recibieron autorizaciones para crear imposiciones muy parcas.
De suerte
que la importancia de 1850 se acentúa al considerar cómo todo un espíritu
descentralista principia a impulsar la acción gubernamental. No era posible realizar una
transformación social y política, sin modificar todo un régimen administrativo. No
podía tampoco alcanzarse éxito en una revolución económica si no se incidía contra
multitud de intereses. La opinión pública debía estremecerse con todas las noticias de
avance. Es una época en que la muchedumbre estuvo muy alerta y beligerante. Apenas era la
consecuencia lógica de un sacudimiento de la conciencia nacional. En 1850 se estudia
cuáles son las posibilidades de desarrollo de las provincias. Y cómo éstas podían
participar poderosamente en el desenvolvimiento nacional. Manuel Murillo Toro, el doctor
Zaldúa, José María Plata y Salvador Camacho Roldán prepararon el proyecto sobre
"descentralización de Rentas y Gastos", que se llevó al congreso y que
terminó siendo la ley de 20 de abril de 1850.
Para
darnos cuenta de su alcance, basta repasar los siguientes enunciados: "La nación se
reservaba las rentas de aduanas, correos, papel sellado, amonedación, la quinta parte de
las rentas municipales, los descuentos para cubrir las pensiones civiles, el producto de
venta o arrendamiento de bienes nacionales, y los intereses de mora, multas y
aprovechamientos que por razón de contratos celebrados por el gobierno general se
causasen a su favor. Todas las demás rentas: salinas, diezmos, aguardientes, hipotecas y
registro, peajes, quintos y fundición de oro, sello y derecho de títulos y rentas
varias, quedarían cedidas a las provincias para ser manejadas por sus respectivas
cámaras con entera libertad".
Pero el
interés primordial estaba en que al ceder los derechos sobre las contribuciones que
específicamente venían atenazando la agricultura, las provincias las hicieran
desaparecer. Ospina Vásquez viene en confirmación de nuestro aserto: "La
descentralización: la nación se desprendía de rentas importantes en favor de las
provincias, pero también se descargaba sobre ellas de una parte de sus obligaciones. Y
ciertas rentas se cedían con el objeto, más o menos declarado, de hacerlas desaparecer:
tal sucedía, en particular, con la de diezmos, prontamente suprimida en muchas de las
provincias. En las mineras se suprimió también prontamente el derecho de quintos, que se
les había cedido".
Así se
hizo en cuanto a los diezmos. Y progresivamente fueron eliminando tributos cada una de
ellas. Para compensar y equilibrar los presupuestos, derramaron contribuciones directas,
en forma y cantidad moderadas, para no irritar mucho a las clases poderosas, que ya
andaban incómodas y agresivas. En peligrosas y activas combinaciones, proclamando la
necesidad de "salvar la patria", que generalmente termina en la salvación de
sus intereses. Todo este esfuerzo contribuía a ponerle orden a la hacienda nacional.
Hemos visto que el régimen colonial no concordaba con las aspiraciones que habían
impulsado la revolución de independencia. Y, además, la república nacía con un
profundo afán de solidaridad nacional, que necesitaba estimular para que su espíritu se
acentuara. Igualmente esa falta de organización de las rentas, implicaba una
irregularidad en las relaciones políticas, creando anarquía en todos los frentes de
trabajo del Estado. Todo ello era consecuencia de un profundo y agitado juego de intereses
dentro de los comandos del poder. A la iniciativa transformadora se oponían las barreras
de los intereses individuales o espirituales, que estaban representados con amplias
influencias en la administración. La economía nacional por ello aparecía desarticulada,
sin continuidad en sus propósitos, profundamente agitada por las contradicciones. No era
sino el fenómeno de las luchas internas en el poder político, a través de los resabios
de privilegios que interferían la evolución nacional.
Murillo
Toro, que fue fecundo impulsador de todo este movimiento, señala la significación del
sistema adoptado, observando cómo las provincias han podido ampliar sus gastos,
duplicándolos en ocasiones. Señalando cómo el fin propuesto de dar un golpe definitivo
al régimen colonial, se ha logrado. "Abolida la contribución del diezmo en las
provincias de Azuero, Bogotá, Chocó, Fábrega, Ocaña, Mariquita, Neiva, Panamá,
Riohacha, Santa Marta, Socorro, Valledupar y Veraguas; suprimida la contribución del
trabajo personal subsidiario y la de hipotecas y registro en la provincia de Bogotá; la
de quintos de oro en Antioquia, Bogotá y Mariquita; suprimida la de aguardiente en
Popayán, rebajada al tres por ciento en vez del cuatro, en las provincias del Chocó y
Barbacoas, las rentas municipales de las provincias deberán alcanzar, según los
presupuestos respectivos a 5.367.771 reales. Aumentados los gastos de vías de
comunicación y obras públicas, de instrucción pública, de cárceles y establecimientos
de castigo y beneficencia pública a beneficio del común, los gastos municipales
ascienden a 5.312.605 reales a los cuales debe aumentarse la partida de 63.126 botados
para gastos imprevistos".
De suerte
que fuera del balance favorable, del resultado directo sobre las contribuciones, que
avanzaron notablemente según todos los cálculos estadísticos de la época, lo más
esencial es que la provincia con la política reformista de 1850 cambia todo el sistema
colonialista, que venía retardando el progreso de la agricultura, el comercio y la
industria. Entonces se advierte cómo es de profunda la huella de José Hilario López en
la historia Nacional, y en este aspecto, cómo se levanta de enhiesta y creadora la figura
de noble ascendencia espiritual de Manuel Murillo Toro. Rafael Núñez, en su memoria de
Hacienda de 1856, hacía hincapié en los beneficios profundamente impulsadores de la
hacienda nacional, que había traído esa revolución, que no hizo otra cosa diferente que
escuchar la voz del común. El mandato del pueblo. Nieto Arteta decía que "un solo
acto legal eliminaba la vigencia administrativa del sistema tributario colonial y otorgaba
una extensa capacidad impositiva a las provincias. Muy pronto la nación se organizaría
federalmente".
Y se
crea, pues, un movimiento nacional que lleva a nuevas posiciones en la organización del
Estado. El tratadista Ospina Vásquez lo sintetiza en este razonamiento: "Se viró
fuertemente hacia la descentralización administrativa y política. Las constituciones de
1853 y 1858 dan ya entrada al federalismo si bien con cierta falta de estilo. El
conservatismo no quiso o no pudo oponerse a él formal y efectivamente".
* * *
Todo
esto, como hemos visto en capítulos anteriores, era lo que solicitaban, como sistema de
liberación, los Comuneros. Y tuvo el mismo sentido la lucha de Túpac Amaru. Y en las
líneas del Memorial de Agravios encontramos palabras exactas de fiel interpretación de
la realidad social, que descubren toda la angustiosa situación del hombre americano. Don
Antonio Nariño en su célebre alegato, también aquí reseñado, planteaba otro de los
puntos básicos de la reforma de 1850: "El Estanco limita las siembras al consumo
interior, y no sólo esta limitación trae grandes escaseces los años en que se pierde la
cosecha en una provincia, sino que, prohibiéndose el cultivo en un ramo que prospera por
todas partes, se hace más sensible su privación. Permitiéndose la siembra y la
extracción del tabaco, se hará un ramo fortísimo de comercio...."
El
estanco era otra de las dificultades creadas a la agricultura. Incidía directamente sobre
la tierra, aprovechándose de ella, y concentrándola en manos de quienes gozaban del
monopolio. Este siempre aparece y se fortifica en las épocas en las cuales las
orientaciones legales están supeditadas a la voluntad personal del gobernante. Observando
claramente su proceso, se llega a la conclusión de que mientras la democracia tenga su
funcionamiento normal y la opinión pública pueda manifestarse contra los designios del
Estado y sus consecuencias, el monopolio no puede prosperar. Es extirpado en sus efectos,
mediante la lucha económica que implantan las mismas necesidades.
El
estanco, además, desvalorizaba las otras tierras. Se señalaban áreas en las cuales el
tabaco se podía cultivar. Entonces los otros terrenos perdían valor comercial. Y la mano
de obra se concentraba, trayendo como consecuencia el precio mínimo del jornal. Luego el
estado compraba el producto, para revenderlo con precios exorbitantes, que mermaban el
consumo, disminuyendo la capacidad de siembra e impidiendo que el pueblo gozase de mayores
ventajas de trabajo. Todo giraba en torno de la Factoría, que iba imponiendo precios y
aplazando oportunidades al pueblo neogranadino. Esa fue una de las causas del movimiento
de los Comuneros. Todos los versos populares de esa época hacen relación al estanco. O
al del tabaco o al del aguardiente. Es decir, a la limitación más odiosa que ha tenido
la economía nacional.
El
estanco de tabaco constituía una fuerte entrada al erario. De allí la dificultad para
exterminarlo. Sólo estaba permitida su siembra en Ambalema, Girón, Palmira y Casanare.
El gobierno lo dividía en tres clases: la primera la pagaba por quintal a $ 2.40; la
segunda a $ 1.60, y la tercera a $ 1.20. Luego lo vendía a $ 0.40 la libra de 1ª.; a $
0.20 la libra de segunda y a $ 0.10 la de tercera. Entonces la utilidad en orden
descendente es: de $ 30,40; de $ 13.60 y de $ 5.20.
Siguiendo
el magnífico capítulo de la obra de Luis Eduardo Nieto Arteta acerca del tabaco, podemos
hacer una síntesis que da una visión total del problema. El estanco fue creado por la
Corona. El virrey Mesía de la Zerda, según se deduce de una Relación de Mando, lo pone
en vigencia. El Virrey Guirior manifiesta que, desde el primer momento, se presenta contra
tal sistema una profunda resistencia. Que la abundancia del producto es extraordinaria. El
resguardo de rentas opera, controlando, encarcelando, persiguiendo: en Guadalupe se
arrancaron 1.500 matas, y al mismo tiempo 600, después de decomisar 1.200 tangos en la
quebrada de la Monstruosa. Esto en las provincias del Socorro y San Gil. De suerte que la
persecución se intensificaba, a la vez que adquiría mayor vigor el monopolio. Y así se
impedía el aprovechamiento de la tierra para que se desarrollase la agricultura regional.
La ley de
29 de septiembre de 1821 conservó el estanco del tabaco, en la época de la república. Y
amplió el número de factorías. Fue muy lento el proceso de formación de una conciencia
en contra de ese recurso fiscal. Eran los mismos intereses de que hemos hablado tántas
veces los que interferían el proceso evolucionario en la economía de los primeros
tiempos de la república. Porque él llevaría a consecuencias provechosas para el pueblo.
José Ignacio de Márquez, en su Memoria de Hacienda de 1831, explica la defensa del
Monopolio. Francisco Soto, en Memoria de 1833, también lo ampara. En 1837 vuelve a
repetir su alabanza y pone en duda el éxito de las exportaciones. Don Juan de Dios
Aranzazu en 1838 es pesimista; y en 1840 solicita mayor dinero para aumentar las compras
en las factorías. Mariano Calvo, en su Memoria de 1841, pide lo siguiente: 1º fondos
para pagar de contado; 2º vigilancia para evitar fraude; 3º extensión del consumo al
exterior. Su solicitud va acompañada de la petición de que a determinados individuos se
les cree ese nuevo privilegio. Jorge J. Hoyos, en 1842, en su calidad de Secretario de
Hacienda, dice que la renta del tabaco es valiosa y señala la indispensable necesidad de
tecnificar su producción. Rufino Cuervo explica en 1843 cómo se debe fomentar la renta
del tabaco. Lino de Pombo sostiene que el futuro está en la exportación. Florentino
González, en 1847, presenta la tesis de que el tabaco puede aumentar la riqueza nacional.
Pero no es partidario de la libertad de cultivo. González exponía la conveniencia de
desestancar el tabaco, pero cuando su renta fuera reemplazada por otra. De suerte que unos
con este criterio y otros haciendo ostentación de su mentalidad feudalista, seguían
aplazando una renovación social que ya había tenido su más amplia manifestación
colectiva en el movimiento de los Comuneros. Ramón N. Arjona, en 1849, dice que la
extinción del monopolio lo deja en suspenso para que lo estudie el gobierno de José
Hilario López.
No es
posible continuar sin recordar el nombre de Vicente Azuero. Sus contemporáneos expresaron
de él este juicio certero: "Patriota desde 1810, perseguido a muerte por los
españoles, deseoso de que la república cambiase las instituciones opresoras de la
metrópoli, sobre todo en materias fiscales, a sus esfuerzos se debió la abolición de la
alcabala, en 1836, una de las contribuciones más opresoras del sistema español, y que
fue uno de los más constantes abogados de la supresión del monopolio del tabaco, idea
que no triunfó sino cinco años después de su muerte".
Ahora
veamos el proceso legal que siguió el tema trascendental para nuestra economía del
monopolio del tabaco. Ya vimos que la ley de 29 de septiembre de 1821 declaró la
continuación del estanco. El decreto de 31 de marzo de 1832 autorizó al poder ejecutivo
para dar en arrendamiento y en administración delegada la renta del tabaco. La ley 9 de
junio de 1835 habla de exportación; de mayor restricción en el cultivo. La ley de abril
20 de 1838 dedicó al pago de la deuda nacional parte del producto que se vendiera para la
exportación. La ley de 6 de junio de 1844 se reserva la producción y venta de la rama.
La ley de 23 de mayo de 1848 declaró: "Desde el 1º de enero de 1850 será libre en
toda la república el cultivo y comercio del tabaco". La ley 12 de junio de 1849
estipuló: "Desde el primero de enero de mil ochocientos cincuenta es libre en toda
la República el cultivo del tabaco, pagándose a beneficio del Tesoro Nacional a razón
de diez reales por cada mil matas que se siembre". Murillo Toro, como Secretario de
Hacienda de José Hilario López, propuso que se aboliese ese impuesto a las siembras y
así se sancionó la ley de 16 de mayo de 1850, cuyo artículo único dispone:
"Desde
el día de la sanción de esta ley quedarán abolidos los impuestos con que la ley de doce
de junio de 1849 gravó la siembra y exportación del tabaco. Los derechos ya causados
siempre entrarán en las arcas nacionales".
Murillo
Toro relieva la transformación e impulso recibidos por el país, a través de sus Juicios
de la Memoria de 1852:
"Las
rentas, en general, van en aumento, y aumento muy notable; pero por donde comienzan a
percibirse las ventajas de este plan es por el incremento que van tomando la industria y
la exportación. La producción del tabaco se ha cuadruplicado, por lo menos, y ha dado a
muchas poblaciones de Soto, del Socorro, de Ocaña, de Cartagena y de Mariquita, un
impulso notable, impulso que se comunica a las poblaciones aledañas, cuya agricultura
mejora. Las crías y cebas de ganado han tomado mucha importancia, y a pesar del aumento
de éstas y de las fuertes introducciones de ganado que se hacen de Venezuela, el precio
de la carne en casi toda la república ha doblado, hecho que prueba un aumento
considerable de consumo, lo que a su vez revela una extensa mejora en la condición de las
clases pobres de la sociedad, puesto que la carne es un artículo de primera necesidad. En
todos los climas calientes el precio de las tierras ha subido, y el cultivo se ha
extendido de una manera muy consoladora; se siente venir ya una nueva éra para la
industria, y pueden concebirse esperanzas muy lisonjeras para el porvenir.
"Este
plan no necesita sino paciencia y perseverancia, como las que pone un agricultor que
siembra para obtener la cosecha. Dejemos que el cultivo y la exportación del tabaco tomen
bastante extensión, que la exportación de la quina, del palo mora, del brasil, del
dividivi, de la zarzaparrilla, del cacao, del café, tomen mayor importancia que las
crías y cebas de ganado y la producción del azúcar y del trigo mediante la rebaja del
precio de la sal y la extinción del diezmo, tomen mayores proporciones; y que la
explotación de las minas, ya libres del derecho de quintos, se verifique en mayor escala,
y la renta de aduanas, mientras subsista, bastará sin aumentar, sino más bien
disminuyendo el impuesto, a todos los gastos de la administración pública nacional y al
pago de las deudas actuales".
De
acuerdo con los datos que quedaron de la época, hemos podido establecer que el precio de
la arroba oscilaba entre cincuenta y sesenta centavos. Con la abolición del estanco, su
valor alcanzó tres, cuatro y cinco pesos. La producción pasó de 800.000 arrobas. La
exportación fue mayor a 500.000 arrobas. De un millón de pesos que alcanzaban las
ventas, se llegó a seis millones. No es posible, ante la elocuencia de los números,
dudar del beneficio inmenso de la transformación social.
Salvador
Camacho Roldán hacía un resumen de lo alcanzado por el desestanco, que concuerda
también con el análisis de don Miguel Samper: "la industria del cultivo de esta
hoja que, en los años de 1850 a 1865, era considerada como una de las principales del
país; que hizo subir de cinco y diez pesos a más de ciento el valor de la fanegada de
las tierras aptas para producirlo; que triplicó la tasa de los jornales en la tierra
caliente y la duplicó a lo menos en las frías; que introdujo el consumo de carne en la
clase jornalera; y creó con ello una fuente de riqueza y de prosperidad; que determinó
la formación de dehesas de pastos artificiales en una cantidad inapreciable; que
resolvió el problema de la navegación a vapor en el río Magdalena......"
Además,
no es posible olvidar que las casas de exportación que se fundaron elevaban la venta del
producto con rapidez extraordinaria. Ospina Vásquez coincide sobre lo básico de este
juicio y añade que ayudó, poderosamente, a la colonización. En todo caso, era la medida
más radical e importante para darle movimiento a la propiedad, para aumentar la
posibilidad de que el trabajo tuviese una justa remuneración, para conseguir un efectivo
comercio interno y exterior. Todo ello lo produjo la reforma. Algunos han señalado el
posterior decaimiento del comercio. Ello es apenas natural, debido a la competencia de las
islas asiáticas; los altos impuestos de importación creados por los países europeos; el
haber dejado de ser puertos libres los más importantes para nuestro comercio. El escritor
y crítico de los fenómenos económicos nacionales, Augusto Espinosa Valderrama,
puntualiza el enfoque de los posteriores trastornos, con estas frases: "Si luego la
exportación decayó, si más tarde disminuyó considerablemente la producción del
tabaco, nuestra primera industria, ello no puede achacarse al régimen implantado.
También decayeron las exportaciones de quina. Fue la época de la crisis que originó la
malograda revolución de 1885". En todo caso, lo único que se puede advertir es que
la extirpación del régimen colonial no se detuvo un momento. Un país que entra a la
vida republicana y pretende consolidar su nacionalidad, necesariamente tenía que orientar
su política hacia el mejor aprovechamiento de la tierra y la exaltación del hombre. Esos
dos elementos, en combinación, logran producir la transformación del carácter y la
economía de un país. Ese, sencillamente, es el profundo significado de la revolución
económica de 1850. El haber entendido, a cabalidad, cuál era su misión para hacer más
amplio y severo el destino de la patria.
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