Revolución y Caudillos
Otto Morales Benítez

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CAPITULO VII

 

Espadas de Maíz.

 

1850

 

Este período de 1850 ha sido muy discutido en la historia colombiana. Pero poco y seriamente estudiado. Este mismo afán de puntualizar algunos hechos es apenas esbozo, y lo confesamos paladinamente. Pero qué gran fuerza nacional se mueve por entre su cauce social. Y qué vitalidad política, de gran renovación, la que atraviesa sus signos. Sin poder desconocer que es tiempo dramático, porque se rompen intereses; se doblegan muchas aspiraciones de latifundistas, religiosos y militares; se deja parlamentar al pueblo, también, con su gracia, con sus actos afirmativos y con sus gestos rotundos. Todo ello, en febril combinación, produce escalofrío a mucho colombiano, aferrado devotamente a la tradición colonialista. Pero no pueden dejar de reconocer que hay una fuerza recóndita y poderosa, que se comunica, en impulso de creación, a Colombia.

Después de cuarenta años de independencia política no habíamos logrado una total liberación económica. La reacción colonial seguía imponiendo su silencio. Muchas reformas se habían iniciado. Otras se paralizaron. Algunas ni siquiera era posible presentarlas a la crítica pública, pues conmovían la seguridad del país. Entonces aparecían los brotes guerreros. Los grupos económicos se iban fortaleciendo. Buscaban aliados naturales. Los políticos, según su tendencia, se iban con los comerciantes o los latifundistas, O invocaban tesis teológicas para congregar a los levitas; o se ponían a decir su limpia verdad para que los escuchara el pueblo, que duramente buscaba cimentar unas incipientes manufacturas. Otros apelaban al expediente de invocar autoridades militares, muy importantes y de vuelo ecuménico, para con su poder detener el proceso de evolución. Los otros se amparaban en sus héroes civiles, que continuaban repitiendo sus tesis, con acento cargado de promesas insurgentes. Todo ello contagiaba el ambiente de una febril incitación al combate. Al intelectual, al político, al guerrero. Pero ahora va triunfando el movimiento liberador, con su inquieta alegría popular: comienza el de la emancipación mental.

Ha sido muy difícil formar un clima para las reformas. El grupo de la reacción colonialista es el que organiza el estado neogranadino. Ese predomina contra los que se atreven a exponer modificaciones radicales. Desde ese momento ya existían causas de divergencia entre los granadinos. Esas disputas, que se concretaban a la manera de orientar la acción del poder, en cuanto a la urgencia de crear un clima favorable a las reformas económicas, determinaron el nacimiento de los partidos políticos. Hubo muchas confusiones iniciales en cuanto al sitio que ocupaban los hombres dirigentes. Porque algunos aparecían con declaraciones revolucionarias y después estuvieron matriculados en el conservatismo. Otros se hicieron presentes en la defensa de los sistemas colonialistas, para terminar incrustados en el liberalismo. Pero, en todo caso, ya existía materia de divergencia intelectual. Importante materia, por cierto, pues se dirigía a toda la organización del estado y a la evolución de la economía nacional. Sobre ello parece que no nos podemos equivocar.

El conservatismo venía gobernando desde 1837. Regía la constitución de 1843, que era desde todos los puntos de vista—de sus principios políticos y sus planteamientos jurídicos— una expresión del grupo reaccionario. Mediante una división, que se hizo evidente a través de varios candidatos, se demostró la imposibilidad de su triunfo. Y el proceso de cambio de la política colonial, que se venía adelantando, sufrió una regresión notable cuando, después de la revolución septembrina —por decreto— desaparecieron muchas de las conquistas mínimas, adquiridas. Pero vamos por partes.

Don José María Samper puntualizó la manera como se desarrollaba, en lo político, en lo económico y en lo espiritual el régimen colonial, diciendo:

"El Gobierno del Virreynato era la representación o encarnación de todo un sistema político, que podía condensarse en estas ideas cardinales: exclusión absoluta de los criollos, de intervención en el gobierno; concentración completa de la autoridad pública, conforme a la lógica del despotismo; régimen feudal respecto de la propiedad raíz y de las muchedumbres, mantenido por medio de los mayorazgos, los restos de encomiendas, las manos muertas, los conventos, la esclavitud y los resguardos de indígenas; íntima alianza del Estado y la Iglesia, con absoluta prohibición de otros cultos distintos del católico; clausura comercial respecto de las producciones no españolas, con el consiguiente monopolio del comercio, y la prohibición de producir en el Virreynato aquellos frutos que pudieran competir con los españoles; régimen de administración de justicia basado en el monopolio de las profesiones forenses, en el secreto de los procedimientos, en el carácter político del poder judicial y en una excesiva y formidable severidad de penas; régimen fiscal basado en todo linaje de monopolios y restricciones, y en innumerables impuestos, tan vejatorios como mal distribuidos; y en fin, secuestración intelectual de los pueblos mediante un sistema de instrucción monacal, o muy limitada o calculada de cierto, y la prohibición de libros y periódicos que no tuvieran el pase de la autoridad".

Podríamos repetir las citas sobre los diferentes impuestos que pesaban, contra todos los órdenes de la economía, en la época colonial. Pero ellos han quedado enumerados en estas páginas. Como también hemos visto que el afán de reforma se concentraba en puntos esenciales, que necesariamente llevarían a tocar, en el fondo, todo el sistema colonial. Podíamos sintetizar diciendo que se aspiraba a la extinción de los monopolios; a que se terminaran los resguardos; que se acabara con la esclavitud y que se permitiera un desarrollo del comercio nacional. Ninguno de estos puntos había querido ser resuelto por España. No podía absolverlos, además, porque quebraba toda su organización. Pero ahora la República, debido a fuertes presiones de grupos económicos, también retardaba ese descanso contra la opresión fiscal.

Antes de 1850, desde la administración del general Tomás Cipriano de Mosquera, advertimos que hay aliento renovador. El congreso principia a legislar tomando medidas que tienen sentido de reforma. Y ministros como Florentino González, que recoge la inquietud social de su tiempo, imbuí.do igualmente por el poder de las tesis que circulaban en Inglaterra, de donde regresa, principia a lanzar juicios que indican salidas ya hacia la total culminación del proceso de la Independencia. Es un aleteo extraordinario de acciones políticas el que sacude al pueblo, en esos días. Todo ello culmina con la elección de José Hilario López. Algunos tratadistas consideran que esa escogencia y su obra política y social hacen culminar el proceso de formación de los partidos políticos. Allí alcanzan su más clara ubicación los temperamentos y las ideas que han conformado, a través de nuestros dos grandes partidos, la grandeza de Colombia. Que no puede separarse de su espíritu y de su poder de creación.

Toda la lucha popular de varios años tenía en 1850 su culminación. Varias décadas trágicas habían iluminado las horas de padecimiento para llegar a este momento histórico. Para alcanzarlo se habían tenido que librar duras consignas. El pueblo había regresado varias veces con sus anhelos segados por la traición, pero fuertemente esperanzados en el interior de sus vidas. Raymond E. Crist, profesor de la Universidad de Florida, en su estudio "El Valle del Cauca - Colombia. La posesión de la tierra y el uso de la tierra", que ha traducido admirablemente la vigilante inteligencia de Darío Mesa, enjuicia el dominio español de la siguiente manera:

"La época colonial fue una éra de monopolio económico, ilustración teológica y desprecio del trabajo. Las barreras aduaneras locales, las prohibiciones, los impuestos municipales y departamentales, todo tendía a desjarretar la agricultura, la industria y el comercio. España trató de imponer una economía uniforme sobre un centón de pueblos de diferentes transfondos tribales, en varias etapas de desarrollo y en paisajes cambiantes, y esperó dominarlos por todos los tiempos. No se dio ningún estímulo al intercambio interregional, y ni siquiera se afrontaron los más leves ajustes regionales. El Estado era negativo y parasitario, satisfecho con fijar impuestos, al parecer sin ningún interés en la creación de nueva riqueza por medio del estímulo a la agricultura y a la industria. Todo el poder de un gobierno distante y altamente centralizado se utilizó para oponerse a las menores tendencias al crecimiento. El estancamiento fue el sumo bien".

Pero todo esto será abatido, sin ninguna duda. Porque de lo que se trata es de liberar la tierra. Es una lucha apasionante porque es el hombre tratando de conquistarla nuevamente, pues había escapado de sus manos, a través del poder político impuesto. No se trata de luchas abstractas. Ni apenas simbólicas. Muy al contrario, se refieren a algo directo, inmediato, objetivo. A la reconquista de lo perdido. En torno de la tierra se había realizado toda una política. La Colonia somete todo su poderío fiscal a su dominio. Los hombres pierden su libertad, y son mitayos, o esclavos importados, porque el régimen colonialista no escuchó la sencilla lección del campo. Este tiene su sabiduría, que la impone al hombre. Cada vez que un país deja de escuchar esas voces telúricas, pierde su camino. Lo sacrifica. El hombre abandona su ruta y se desquicia social y políticamente. Cada ocasión en la cual el agro se ha visto interferido por la guerra, por el odio, por la violencia, por el desconocimiento de sus problemas fundamentales, el país se congestiona, se siente herido, lacerante. Esa es la realidad. En la Colonia la tiara estaba sometida. Y en consecuencia el hombre americano no tenía ningún destino. Ni podía obedecer a sus propias consignas interiores. Cuando no se tiene conciencia de poder descansar sobre el surco, amasado con las propias manos, el pueblo entonces se insubordina. Porque sabe que sólo devolviendo a su rancho, a su sementera, su propia y personal sombra, se logra restaurar el equilibro de la nacionalidad.

Esa es la historia viva que nosotros hemos aprendido, repasando los anales de esa época. Creo que es lo más esencial para un colombiano establecer cuál era la corriente social que cruzaba al país. Este se encontraba sobresaltado de angustia por avanzar en defensa de su tierra. Esta batalla no se ha terminado, como es elemental. Quizás nunca se encuentre totalmente concluída. Pero es algo que nos ata al pasado, con devoción colombianista. Que nos pone a vibrar, con sentido futurista, en función de patria. Si nos empeñamos en atisbar con cuidado esa etapa histórica, advertimos que se realiza la presencia del hombre descalzo, con poder de imposición y de lucha, a través de la colonización. Y que es la manifestación del mestizo colombiano con sus tesis claras, limpias, como la fuente que mana de la propia tierra. Que luego hayan tratado de oscurecer su cauce, con interpretaciones y con juicios críticos de carácter político, no implica que el pueblo, en ese momento, no haya tenido el mayor volumen de poderío en el alegre regreso a la tierra. A la suya, a la de la patria.

Pero ¿por qué nos empeñamos en esta tesis de que lo esencial, en ese momento, fue la recuperación de la tierra? Por razones elementales. Vemos que las grandes reformas de 1850 se refieren al problema que entraña el campo neogranadino. La legislación colonial se había establecido para dominar, mediante mercedes y concesiones, todo el territorio americano. Para explotarlo, con mínimo rendimiento, con personal de mitayos. El comercio estaba supeditado a las urgencias españolas, que impedían el desarrollo de un intercambio entre las regiones e imposibilitaba, además, la exportación de productos. Entonces ello conlleva la paralización de los cultivos. Se hizo luego una política orientada hacia las tesis mercantilistas, que sólo miraban a la extracción del oro y de los metales preciosos, creando una agricultura inestable, que se iba arrasando a medida que disminuían las explotaciones mineras. Cuando se arrancaba al indio de la parcela, se cedía al conquistador, al hombre que lograba hacerse escuchar en la Corona. Así se crearon grandes latifundios, que llevaron al aprovechamiento extensivo, con notable perjuicio para conseguir trabajo y para aumentar la riqueza nacional. Las dehesas aparecieron propiciando el ocio de los dueños e impidiendo la producción de elementos agrícolas indispensables. Luego venían los monopolios, que en vista de la ausencia de industria próspera, incidían sobre la tierra y sus productos. Los estancos del tabaco y del aguardiente se relacionaban directamente con lo que el trabajo había logrado conquistar al campo. Las capellanías, los censos, los bienes de manos muertas, los tributos innumerables, que se ampliaban y ampliaban con agobiante persistencia, recaían sobre los cultivos. Ellos pagaban todos los afanes fiscales de la Corona y se veían constreñidos por todas las limitaciones tributarias. No había, por lo tanto, ninguna posibilidad de que se sintiera una honda vibración creadora. Mientras la heredad se encuentra sometida a sistemas opresores para su expansión, los países van viendo agonizar todo el poderío de su pueblo.

El hombre, también, tenía su vida atenazada, casi en calidad de esclavo, a través de las encomiendas, de los repartos, de los jornales escasos, de la sub-alimentación que entregaba el patrón. De suerte que mientras no hay manumisión del suelo, el hombre no tiene su destino abierto clara y definitivamente. Esa es la enseñanza de la historia, además. Todo el esfuerzo de la revolución económica de 1850 por acabar con la esclavitud; por modificar el régimen de resguardos; por hacer caminos; por enviar la Comisión Corográfica al estudio minucioso de la patria, por aligerar al mestizo de todas las trabas y duras pruebas fiscales y humanas a que estaba sometido, no son sino una nueva tentativa por hacer de la tierra, ancha faja de esperanza y de descanso para el ser neogranadino. Es, pues, una revolución en su favor, buscando su redención, alimentando su poder, impulsando su productividad. Y poniendo sobre esa tierra un hombre libre. Un hombre descalzo que iba a probarle a la historia, que sólo el trabajo logra rescatar al individuo y su comarca. Esa es otra de las grandes lecciones de 1850. Es una enseñanza vibrante y activa, que debe prolongarse como ejemplo y estímulo. Porque para nosotros la historia no tiene importancia por lo que tiene de pasado, de recuento, sino por lo que deja de inquietud y de agitación, aprovechable en la futura formación de la nacionalidad, que es un constante avance en favor de la creación de sus verdaderas y auténticas formas.

No nos podemos equivocar. Este año de 1850 logra victorias populares. Impone conquistas multitudinarias. La interpretación se puede desviar, perder en otros hechos, extraviarse de las verdaderas motivaciones de la revolución. Pero no se puede desorientar al intérprete. No es posible olvidar que el pueblo irrumpió también en esta época. Y hubo una guerra económica en 1851, que sintetizaba todo el sentido de este momento histórico. A través de las "sociedades democráticas", de las "Sociedades populares y católicas", organizadas éstas por los jesuitas, el común estuvo presente en la batalla. Muy activo y vibrante. Muy fiel y muy airoso, porque era otra vez la libertad la que aleteaba en los mensajes de Manuel Murillo Toro. En las órdenes de José Hilario López. El populacho invadía las calles. Y presentaba sus tesis. De los montes abandonados se posesionaba creando la colonización antioqueña, agitando la única bandera de ese movimiento, que era la del hambre. Que se iba extendiendo como una sombra de infamia, por todo el suelo de Colombia. Pero que en sus manos de campesinos, de labriegos, de gentes del común, se volvía enseña amable para todo aquel que quisiera darle un valor económico a la tierra, mediante el trabajo. El pueblo arremetió en ese momento, con insignias rojas y banderas desplegadas, diciendo su verdad. La de su miseria, la de su pasión patriótica. Que no le habían permitido proclamar. Todos se iban congregando, para con aire vigilante, en posición de defensa, abrir los brazos, formando un gran coro, para cubrir el terreno, para defenderlo. Esa es la imagen de la Revolución de 1850. No es otra cosa diferente a una gran lucha por lo que el pueblo venía pidiendo hacía varios años. Era una manera de hacer que el sueño colectivo tuviera un descanso. Y éste sólo se logra durmiendo en el rancho campesino. Vigilando el paso del sol. Atisbando cuándo el agua se va a verter para refrescar la sementera. Cuando el hombre sabe que no necesita empuñar el fusil, sino mirar los elementos de labranza, como sus nuevas espadas. Las más iluminadas y finas, que reciben la caricia de su mano; que se ciñen al cinto con orgullo de creación. Espadas que se confunden con las verdes y altas espadas del maíz y que, lentamente, se van levantando de la tierra.

 

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