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Revolución
y Caudillos
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO VI
La segunda
Independencia.
LA GESTA POPULAR
Y LOS SUEÑOS COLECTIVOS
Cada vez
que se piensa en la Independencia, se siente un profundo sacudimiento. Hoy parece su
hazaña como imposible de repetir. Sin recursos bélicos; sin previa preparación militar;
sin vías de comunicación que hicieran posibles los movimientos; venciendo obstáculos
que la misma naturaleza levantaba en impresionante sucesión. Pero el fenómeno más
admirable de este suceso histórico radica en el contagio psicológico que se apoderó de
la muchedumbre. No le contuvieron su furor y el
ansia de libertad el control
gubernamental. Ni lo retuvo la amenaza del latifundista y encomendero. Ni logró
desvirtuarle su sueño el esclavista. Al contrario, era algo que se iba extendiendo
misteriosamente por todos los montes, selvas y ríos de América. Alguna extraña y honda
fuerza mítica debió darles brío e impulso a sus resoluciones. Los mitos americanos
debieron conjurarse para dar vitalidad a esa rebelión de la conciencia mestiza en el
continente.
Ya hemos
visto que el pueblo sabía, desde hacía muchos años, con claro sentido, para qué se
debía adelantar la guerra. Al romper el vinculo con la Monarquía, no se logró
establecer una nueva mentalidad en gobernantes y dirigentes. Se alcanzó la plenitud del
triunfo en la revolución política. Pero se persistió en sostener formas económicas,
que detenían la evolución de una economía nacional. Parece que la misma concentración
intelectual y humana que exigió la guerra hubiera dejado desprovistos otros frentes de
lucha. El económico, por ejemplo, que era fundamental dentro de la evolución política y
social de América.
Se hace
evidente que no se había logrado derrotar el sistema colonial. Esto era muy difícil, si
tenemos en cuenta que España se empeñó en alinderar ideológicamente al hombre
americano mediante barreras intelectuales y métodos represivos contra el pensamiento. El
sentido de renuncia a favor de la metrópoli y la fuerza escolástica de las prédicas,
indicaban el camino de sumisión espiritual. Entonces era difícil desterrar ese proceso
de formación intelectual. Porque las ideas, a pesar de que momentáneamente se destruyan
sus símbolos, siguen persistiendo en la volición de los actos. De allí la necesidad de
que América, con el criollo a la cabeza, iniciara una segunda etapa de su liberación,
que venía a constituir la emancipación ideológica. Esta es un poco más lenta, menos
espectacular y brillante, que la acción de las armas. Es una prédica insistente, llena
de palabras que van haciendo conocer nuevos valores para situar al "hombre y su
circunstancia", con frases que se van incrustando en la memoria, para que al
reaccionar el individuo sepa cuál es su verdadero y auténtico destino.
Así
aparece una generación idealista y fuerte, que de sus creencias hace barricadas. Se
vuelve agresiva en sus términos. Esos hombres comprenden que tienen que derrotar a
España, especialmente en el campo mental. Es cuando comienzan a insistir en que el hombre
es algo concreto, que está reducido a una determinada situación. Que de acuerdo con esa
tesis filosófica, debe operarse en el mundo de las acciones del estado. Pero es lógico
que a ello se oponen las resistencias intelectuales que había dejado España a través de
su educación. El criollo siente que su tierra, su paisaje, el mundo que le rodea, debe
tener un nuevo enfoque para la solución de sus problemas. Pero ello implica un total
deslinde con lo anterior. El drama es intenso, lleno de dificultades, porque el avance de
las ideas es lento contra los prejuicios ancestrales. Mas ese grupo civil no es menos
importante que el escuadrón de militares, que irrumpieron con su valor guerrero. Al
contrario, ellos ayudan a conformar la verdadera América. A darle un perfil. A
condicionar sus actos a una concepción política y humana, que se sienta como expresión
propia de un medio y unas manifestaciones sociales diferentes. De allí la importancia de
su mensaje, el poderío de su gesto.
Leopoldo
Zea sitúa esa inquietud espiritual en justos términos:
"El
pasado o el futuro! fue el dilema. Para alcanzar el futuro ideal era menester renunciar al
pasado. Este no era otra cosa que la absoluta negación del pasado heredado de España.
Había que elegir, sin evasión posible alguna. "Republicanismo o Catolicismo ",
grita el chileno Francisco Bilbao! Democracia o absolutismo! Civilización o barbarie! da
a elegir el argentino Sarmiento. Progreso o retroceso! exige el mexicano José María Luis
Mora. ¡ Liberalismo o tiranía!, no hay otra solución posible. Era menester elegir entre
el predominio absoluto de la Colonia o el predominio absoluto de los nuevos ideales. No
era posible conciliación alguna, ya que un modo de ser estorbaba al otro. En esta forma
una mitad de la América hispana se entregaba a la tarea de exterminar a la otra mitad y
viceversa. La segunda mitad del siglo XIX ofrece este doloroso espectáculo. Nuevas y
siempre sangrientas revoluciones tiñen el suelo americano. El hombre americano consciente
de esa realidad se desgarra a sí mismo inútilmente".
Quedaba
una tarea difícil de cumplir. Si nosotros seguimos de cerca el desarrollo de los primeros
cincuenta años de vida republicana en los países de América, observaremos que las
vacilaciones se intensificaban dramáticamente. Es un período de formación política, se
puede argumentar. Pero revela, además, la falta de una orientación segura acerca del
verdadero destino de América. Es un proceso que lo detienen muchos intereses económicos,
también. Pero, ante todo, es una mentalidad de sometimiento, que sigue pesando dura,
tercamente sobre el mestizo. Muchos de los hombres que llegan al poder se encuentran
perplejos ante la inminencia y apremio de las soluciones. Acostumbrados a una orientación
ultramarina y a que el estado les tuviera resueltos los problemas mal resueltos,
pero sin necesidad de pensar acerca de ellos se vieron con una serie de elementos,
que no sabían cómo emplear para su cabal desenvolvimiento social. Muchos optaron por
admitir que lo único lógico y sensato era conservar la vigencia del régimen colonial.
Era tanto como perder, con las técnicas del estado en las manos, la batalla por la total
revelación americana. Entonces el pueblo principió a sentir que una incomprensión lenta
se erigía contra sus sueños. Eso le permitió a Medardo Vitier concluír que "aquel
régimen muy peculiar ha irradiado hasta hoy de tal suerte sobre nosotros que
la lucha de los mejores hombres por superarlo ha sido la de una segunda
independencia".
De allí
la importancia del grupo de reformadores americanos.
Empeñados
en exaltar las figuras guerreras, no se ha dedicado suficiente meditación a escudriñar
la historia de las ideas en América. Por esto no alcanzamos a comprender, en su hondo
significado espiritual, esa segunda emancipación. Que ideológicamente representa el
afán de encontrar el matiz propio, que debe destacar los actos sociales y políticos de
América, como su tributo a la búsqueda de la autenticidad.
No puede
escapar, en un análisis de esta naturaleza, la participación que tuvieron los grupos
económicos enfrentados en sus intereses. España fue derrotada bélicamente. Sus
gobernantes fueron depuestos. Sus ideas, como hemos visto, continuaron un largo
peregrinaje, visible en las interrupciones del proceso emancipador, en varios aspectos. En
el económico, por una parte; en el espiritual, por la otra. Inclusive reviven, de vez en
cuando, grupos hispánicos que predican el total retorno a la colonia. Por fortuna la
vida, en su impulso generador, infringe derrotas a esos afanes imperialistas. En la Nueva
Granada hallamos que los comerciantes y artesanos irrumpen duramente contra el régimen
colonial. El desenvolvimiento de sus actividades no puede intensificarse, si sigue
sometido el país a dicha política. Ese grupo social determinará fuertemente el proceso
social, político y económico de nuestra tierra. Pero los latifundistas y las comunidades
religiosas, que gozaban de una serie de privilegios económicos, presionaban fuertemente
para impedir la total renovación. Estos últimos tenían más fácil acceso al poder, a
través de sus representantes. Entonces se frenaba la verdadera, la auténtica, la
poderosa revolución que el pueblo venía proclamando desde la época de los comuneros
iluminados.
De suerte
que a la sutil trama de los prejuicios espirituales se iban añadiendo los marrulleros y
taimados afanes económicos. A las tesis progresistas se oponían las enseñanzas
escolásticas. A los deseos de renovación se le enfrentaban los prejuicios que, para el
mismo Estado, entrañaría el liquidar todo un sistema económico, que daba provechos
jugosos. Pero olvidando que, de esa manera, no podía aparecer una economía
verdaderamente independiente. Ni ello permitía el desarrollo de las auténticas
características de la nacionalidad. Ahí está la dificultad para cumplir una verdadera
política fiscal y económica. Pero de allí arranca, también, la importancia vital de la
época engendrada por la Independencia. Porque es el momento de mayor plenitud para el
hombre americano. Arturo Uslar-Pietri sintetiza el alcance de su mensaje en las siguientes
palabras: "Sentía que en el impulso destructor y creador de la guerra de la
Independencia se había revelado de un modo pleno la condición criolla de nuestra
humanidad. Fue el primer momento en que el alma criolla pudo entregarse con fruición
posesiva a la irrestricta expresión de su ser".
Es tan
importante la participación civil como la militar. Esta nadie la desconoce. Pero no puede
dejarse descansar en ella sola la formación e integración de nuestra personalidad
nacional. Ahora, hay un hecho que es importante relievar: muchos de quienes batallaron
dura, cruentamente, que tuvieron títulos y preeminencias militares, pasado el fervor
bélico, volvieron encendidos de humildad y de esperanza en su tierra, a cumplir un
mandato civil. A pensar en términos sencillos de civilidad. A atender al paso y marcha
del pueblo. A auscultar el corazón de la muchedumbre, tratando de sentir su palpitación
social y humana. Y esos se vuelven héroes civiles. Dejan sus arreos militares para vestir
sus sencillos trajes de paisanos para ayudar así más fecundamente, a descubrir el
verdadero perfil de estos países. Esos héroes civiles, que lucharon formando el
verdadero pensamiento americano; que dieron orientaciones claras para obrar en términos
de democracia; que se sintieron confundidos con las aspiraciones de redención económica
del pueblo tienen un alto sitio, tan respetable y tan singular como el que hace estremecer
la imaginación al recuento de las hazañas de los militares de la independencia. De
suerte que a ellos, honda, profunda, ahincadamente, les tocó ayudar a conformar el
verdadero país. Este que nosotros gozamos y padecemos como ellos con agónico
presentimiento de esperanza.
Y esa
decisión de ser fieles a lo civil, de renunciar a su prestigio de casta guerrera, en
algunos es la más clara manifestación de fidelidad al pueblo. Este, como lo hemos visto,
se había expresado a través de movimientos guerrilleros, con acento de manumisión. Con
coplas populares habían encendido la pasión por lo que limpiamente consideraban su
revolución. Lo mismo debía suceder a nuestros héroes civiles. Fue lo que congregó al
pueblo en el cabildo abierto, que es la primera gran presencia democrática de América.
En él busca declarar su voluntad propia, sin limitaciones, para que se integre un estado
a su imagen y semejanza. Por ello, a pesar de las vicisitudes que sufra la democracia en
nuestro medio, tendrá que regresar el péndulo a las decisiones colectivas. Esa es la
verdad. Que arranca desde el primer momento de la emancipación.
El
pueblo, lentamente, se iba dando cuenta de que le aplazaban sus reivindicaciones. Claro
que también observaba que gentes de alto designio personal, se comprometían con su
destino, se confundían con él. Pero las cosas por las cuales habla luchado pues no
sólo era para ver apenas unos reemplazos en los cargos administrativos se iban
prolongando en el tiempo. Haciendo que las esperanzas comunitarias se fueran adormeciendo.
Pero nadie podía detener el impulso social. Francisco de Paula Santander enunciaba en
frases certeras el sacudimiento que se estaba operando: "que el espíritu de empresa
y actividad empieza a apoderarse de nuestros conciudadanos, que se han echado los
fundamentos para poblar y cultivar grandes terrenos casi desconocidos; que dentro de siete
años habrán aumentado las familias y la riqueza de Colombia". Pero aún se
necesitaba acelerar más el proceso, pues la política colonial no había permitido ni el
aprovechamiento racional de la tierra; ni la formación de un comercio; ni la
manifestación de la actividad individual. Todo había estado restringido. Y ésto no se
podía conciliar con la fuerza de un poder que proclamaba derechos y libertades, que se
negaban en los frentes económicos. De suerte que no se compaginaba lo uno con lo otro,
sino en una irrupción fuerte, orgánica, decidida, hacia la transformación del
pensamiento y de los sistemas feudales de España.
La serie
de guerras civiles de América nos revelan la pugna de intereses. No era, como sostienen
algunos, simples devaneos de militares que no encuentran otra ocupación. Era que ellos
encarnaban intereses opuestos, en los procesos económicos. Entonces, bajo pretextos
políticos o religiosos, ayudan a consolidar hechos sociales, aberrantes, porque no
corresponden a los enunciados de la revolución. "El rey hispano era substituido por
multitud de pequeños reyes locales. Un despotismo se trocaba en múltiples despotismos. A
la guerra de independencia había seguido una guerra de intereses. Se peleaba ahora por
los intereses del clero, la milicia, o el caudillo. Cada uno de estos grupos buscaba la
mayor concentración de poder. Quedan en pie los mismos privilegios gravados con otros
nuevos. Los mismos libertadores han mantenido este status. Hispanoamérica sigue siendo
colonia mental de un pasado que sigue aún vivo".
Claro que
todo podía ser caótico en aquellos momentos. Pero existía conciencia de que lo
importante era permitir el aprovechamiento de los recursos con que se contaba. De éstos
nos vinimos a dar cuenta cuando llegaron las comisiones de naturalistas y nos fueron
revelando, orgánicamente, cuál era su poderío y sus posibilidades. De suerte que allí
encontramos un afán de aparecimiento de la verdadera nacionalidad. El mestizo había
advertido, ya con mucha elocuencia en los actos que hemos reseñado que él tenía
derecho, después de apropiarse de su paisaje y de adquirir conciencia de su tierra, a
determinar los actos que allí podían desarrollarse. Entonces, en ese momento, es cuando
aparece su sentido de la nacionalidad. Esta, como es elemental, no podía adquirir su
vigor sino destruyendo y arrasando una serie de prejuicios de todo orden: mentales,
económicos religiosos, políticos, sociales. Es decir, cumpliendo el ciclo total de la
revolución americana. Era la necesidad de sentir que este no era el territorio
desafortunado de que hablaban todos los voceros de los sistemas imperialistas. De que el
hombre tiene un destino, que no puede ser desconocido, y menos sometido a realidades que
no son las que lo rodean. Que sólo evolucionando, de acuerdo con el ritmo ascendente del
país, es posible concentrar el poderío de su tierra, en creaciones de bonanza y de
cultura propias. Buenas o malas, brillantes o descaecidas, pero auténticas. De todo eso
se mofaban los grupos regresivos, que además predicaban la incapacidad humana e
intelectual de su pueblo. Afirmaciones que se suelen escuchar aún, en aquellos que no
tienen confianza en el destino americano.
En ese
momento adquiere su más alto valor la lucha de quienes predicaban una nueva emancipación
mental y una revocación del sistema colonial. No era por odio ultramontano a España. No,
como suele interpretarse aún. Era apenas el afán de concentrar el poder en las propias
fuerzas nacionales. No era eco de ideologías extrañas. Para el movimiento de los
Comuneros en el Socorro, o en Antioquia, o en Cali. Para la revolución de Tinta dirigida
por Túpac Amaru. Para decir las verdades quemantes de fe y de indignación que dijeron
nuestras gentes en los Cabildos abiertos sólo necesitó el pueblo americano mirar su
tierra; observar a quienes lo gobernaban; sentir paulatina y cruelmente, los monopolios
que lo cercaban. Exteriorizar su verdad. Su limpia verdad, la suya, la de su raza. La de
América, que era la del mestizo. Que, en un momento dado, comprendió y observó con esa
inquietud que lo caracterizaba y que aún se transmite a los renuevos americanos, que su
mundo le pertenecía. Que debía defenderlo e insuflarle la fuerza creadora de su aliento.
De su agonía y de su sueño.
Para
entender todo esto se necesita sentir hondamente la verdad americana. Luis Eduardo Nieto
Arteta, a quien tendremos que recurrir frecuentemente en el estudio de la Revolución de
1850, planteó una tesis que debe tener agudo y profundo desarrollo en la investigación
histórica americana. Sus conceptos tienen vibración de mensaje:
"Actualmente
la mayor urgencia en los estudios e investigaciones sociológicos americanos es la
constitución de una sociología y de una economía esencialmente americana. El
americanismo sociológico y económico está condicionado, desde el punto de vista de las
concepciones teóricas que lo informan, por hechos sociales diversos de los que integran y
constituyen el desarrollo histórico del viejo continente. Nuestra historia social y
política es compleja a veces, simple las más. Pero siempre distinta de la europea. Esa
diversidad de los hechos sociales, objeto de estudio de nuestra sociología y nuestra
economía, es la que produce y ha producido, ya, la formación de una ciencia sociológica
decididamente americana. Los métodos de investigación de la sociología y economía
americanas pueden encontrarse definidos y precisados en algunos autores europeos. Eso no
importa. Lo científico reside simplemente en que la utilización objetiva y sensata de
dichos métodos no produzca en los sociólogos y economistas americanos la definición de
un sistema que torture la libre y compleja realidad social de nuestra América. Esos
métodos, tales por ejemplo, los que he utilizado en este ensayo, deben conducir, si son
bien aplicados, al descubrimiento de conclusiones y hechos distintos de las conclusiones y
de los hechos de la sociología y economía europeas. Así entiendo el americanismo
sociológico y económico. No lo concibo como la definición o invención geniales de
nuevos métodos americanos de investigación sociológica, sino como el descubrimiento de
hechos sociales autóctonamente, originalmente americanos, dentro de la aplicación de
métodos de estudio y análisis de interpretación y de investigación, definidos en
algunos autores europeos, o precisados anticipadamente en algunos geniales autores
americanos".
Haya de
la Torre hizo, también, un enjuiciamiento importante acerca del Espacio y Tiempo
históricos en la investigación americana. No podemos prescindir de hacer una síntesis
de su pensamiento, porque hay necesidad de ir formando un grupo que sienta el mensaje
americano, como un destino propio, con fuerza y poderío de irradiación futura en la
cultura universal. Sin complejos y sin exaltaciones. Con pulso firme y conciencia de estar
asistiendo a un orto creador. Advierte Haya de la Torre que al hacer referencia a los
continentes opuestos en la ubicación geográfica, o en las estaciones, o a fenómenos
más simples, los americanos apelan a un espacio que no es el nuestro. Es el mismo
planteamiento que tanto lo ha inquietado. Revolucionarios y reaccionarios han explicado
los problemas propios a la manera europea. Para situar la historia inicia un proceso
investigativo serio y profundo. Lo primero que establece es que cada hecho histórico
tiene su Tiempo y su Espacio particulares, inmodificables, que lo distingue en forma
independiente. A la vez, que la historia es inseparable de la política. "La historia
no es un proceso, es una serie de procesos". Por lo tanto, debemos interpretar este
continente, desde el "Espacio-Tiempo histórico indoamericano".
Pero
antes, al ponerse en contacto con la teoría del relativismo de Einstein, encontró que
ella produciría una revolución científica de alcances imprevisibles. Al efecto, la
Relatividad modificó la concepción de Espacio y Tiempo, que en la teoría clásica era
abstracta. De allí, también, la divergencia con el marxismo, pues Haya considera que sus
fundadores tuvieron que apoyarse en los conceptos del Tiempo y Espacio de su siglo, que
eran metafísicos.
Su
teoría la resume diciendo que "cada Espacio-Tiempo Histórico es expresión de un
grado de conciencia colectiva capaz de observar, comprender y distinguir, como dimensión
histórica, su propio campo de desenvolvimiento social". Haya se preocupa de explicar
cómo esa concepción sirve para interpretar, no exclusivamente los interrogantes
históricos, sino aquellos que se refieren a las otras manifestaciones de la inteligencia:
arquitectura, pintura, escultura, música, literatura, etc. Pero él advierte que cada
ciclo o manifestación de éstas es relativo a su Espacio - Tiempo Histórico o Estético.
Finalmente,
en relación con el partido que dirige, su enunciado opera de la siguiente manera:
"El Aprismo aplica, pues, a la filosofía de la historia el nuevo concepto
científico y filosófico del Espacio-Tiempo. Y en él se afinca para el examen de las
condiciones objetivas de la relatividad social de Indoamérica, y para la interpretación
de su devenir histórico. No acepta, por ende, que nuestra realidad sea interpretada desde
Europa sino desde el Espacio-Tiempo Histórico indoamericano. Rechaza, por lo pronto, la
división de la historia universal en Antigua, Media, Moderna, sujeta a la cronología del
Viejo Mundo. Este tiene su propio tiempo-histórico inseparable de su espacio.
Consecuentemente, no es universal esa división de la historia. Es el universo europeo el
que la ha concebido desde su realidad y para ella. Pero con ojos de América y desde suelo
americano no ya colonial nuestra antigüedad histórica no coincide con la
antigüedad histórica europea, cronológicamente, ni es su Edad Media la nuestra".
Aparece
el concepto muy restringido, en el interés de dar una exclusiva visión indoamericana.
Pero el mismo autor se encarga de destruir ese juicio, al afirmar que "desde este
punto de vista, miremos los fenómenos históricos estableciendo las relaciones entre lo
que hay en ellos de universal o absoluto, y lo que hay de particular o relativo".
Hay que
bucear en estas orientaciones, para situar nuestros procesos históricos. Así nos
entusiasma contemplar la imagen de América. Y comprender sus vicisitudes sociales. En las
páginas que siguen asistiremos a un momento culminante en su evolución política y
humana. Veremos si los campesinos, los comerciantes, los propietarios que odian los
monopolios, los esclavos que aman su libertad, ganan su batalla. La de su independencia. O
la pierden en una lucha violenta y agresiva de los latifundistas y los grupos coaligados
de intereses económicos, religiosos y militares. Ya contemplaremos cómo la luz del
pueblo vuelve, en 1850, a levantar su estandarte de libertad. El mismo de Galán, de
Túpac Amaru, de las gentes congregadas en los cabildos abiertos. La bandera de la
igualdad. La bandera que han empuñado gentes descalzas, sin títulos, sin privilegios. La
que han visto agitada por el viento americano, en las montañas, en los llanos, en las
selvas profundas, al pie de sus ríos misteriosos. La misma que han sacudido las gentes
con hambre de América.
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