|
Revolución
y Caudillos
Otto Morales Benítez
©
Derechos Reservados de Autor
CAPITULO V
Los
enunciados económicos
EL MEMORIAL DE
AGRAVIOS Y LA
REVOLUCION AMERICANA
No
podemos olvidar el sitio que la historia ha alcanzado en todas las investigaciones. Su
interés cobija desde el hecho político hasta los simples elementos de labranza. Desde la
acción guerrera hasta la manera como se elaboran los alimentos. No hay un sólo documento
que pueda ser despreciable en el afán de situar los hechos que han movido toda una gesta
social, política o una revolución económica. Lionello Venturi, el gran crítico de arte
italiano, en su libro, "Cómo se mira un cuadro", destacaba la tesis:
"Desde comienzos del siglo XIX en que la interpretación de todos los acontecimientos
humanos se tomaron subordinados al enfoque histórico, la historia ha adquirido una
importancia desconocida hasta entonces en la cultura humana. Este interés histórico se
ha divulgado tanto que ahora encierra todas las fases de las actividades humanas, desde
los hechos históricos hasta las minucias de la vida cotidiana".
Por ello,
nosotros, en el afán de dar unidad a este trabajo, nos detendremos a examinar algunos
papeles esenciales a la independencia americana. Se ha hablado mucho de que no existió un
derrotero claro en los prospectos económicos de la emancipación. Pero ello no es cierto,
pues quedan esos movimientos populares que hemos enumerado cuyas tesis aún seguían
vivas, pues sus reivindicaciones habían sido sacrificadas en medio de felonías y
cadalsos. El pueblo seguía padeciendo el impulso de su revolución económica. Además,
los enunciados políticos de la independencia conllevan, implícitamente, una obligación
de reforma económica. La política es un ejercicio total. Se hace para lograr el dominio
sobre el Estado y con las técnicas que éste tiene a su servicio alcanzar una revocación
de aquellos sistemas que no se acoplan a nuestra ideología. De manera que nuestros
próceres, que venían presentando tesis económicas contra la vida fiscal impuesta por
España; contra la manera como se desarrollaba el comercio; contra los sistemas horrendos
de esclavitud de los indígenas y de explotación económica humana, al llegar al poder,
tenían que producir unas modificaciones sustanciales en la economía. En ocasiones en los
programas políticos se olvidan algunas tesis más radicales, sobre algunos aspectos, pero
ello no implica que se desvíe la urgencia de renovación. Además, ciñéndonos al
Memorial de Agravios de don Camilo Torres, hallamos que fue esencialmente un alegato para
conseguir una mayor representación en los cuerpos colegiados españoles, que una
exposición total sobre las inclemencias que caían sobre América. Pero, a pesar de ello,
estudiando el documento con cuidado, nos podemos percatar de que hay tesis que coinciden
con lo que conmovía el alma del pueblo americano. Lo que lo impulsó en el Socorro y en
Tinta. Lo que lo movió en el Paraguay y en Chile a pregonar palabras de acción
revolucionaria. Y de allí, también, que eso nos permita encontrar unidad con lo anterior
y lo que sucede en la Revolución de la independencia, con lo que se proyectará y
resolverá, como afirmación de la nacionalidad, en la Revolución Económica de 1850.
Lo
importante, además, es que se inicia la afirmación del verdadero espíritu y sentido
americano, con estas declaraciones. No se debe olvidar, por ejemplo, que era imposible
expresar ninguna idea sin previa venia gubernamental y religiosa. América se encontró
con que su cultura, sus sistemas sociales, sus posiciones religiosas, sus manifestaciones
colectivas en lo agrario y en lo económico, sus principios en todo orden, fueron
condenadas por los conquistadores. Sobre ellas montaron todo el armazón de su espíritu.
Pero como lo afirma Leopoldo Zea, en su libro "América como Conciencia",
"se estudia todo esto, no para comprender los puntos de vista del indígena, sino
para cambiarlos, para imponerles la concepción del mundo y de la vida propios de sus
conquistadores. Las historias y relaciones, que sobre la vida y costumbres de este hombre
se escriben, van cubriendo su auténtica realidad en vez de explicarla".
Pero no
se entiende cómo perece todo un mundo de manifestaciones, plasmadas profundamente en la
interioridad de un pueblo. Ya vimos, en el primer capítulo, cómo principió el mestizo a
hacer sus apariciones sigilosamente, en las obras de artífice que le encargaban. Y hemos
tenido oportunidad de detenernos a observar cómo cuando el mestizo, ya incorporado al
paisaje y a la tragedia americanas, salta contra los sistemas económicos, sociales y
políticos. Es cuando principia a amanecer la nueva sensibilidad americana. Allí está la
raíz de su profundo sentido de liberación.
Pero hay
más: se había organizado un sistema permanente, cuidadosamente previsivo de control del
pensamiento, el cual no permitía ninguna irrupción contra lo estatuido en órdenes
claras y perentorias desde la metrópoli. O contra lo que predicaba el levita. El Santo
Oficio de la Inquisición tenía su poder avasallante, que hacía de la inteligencia un
militarizado escuadrón de silencio. El hombre americano "no podía afirmar porque
sabía que toda afirmación era inmediatamente sometida a la prueba de la ortodoxia".
Pero, a medida que el mestizo iba considerando su tierra más propia y cosa suya la
determinación de su suerte, entonces se fueron abriendo los lentos y parsimoniosos
sistemas de memoriales, representaciones y peticiones. Era una manera de ir dejando
constancias de una rebeldía apremiante e insistente. De una agonía colectiva, que se
traducía en mensajes que un atrevido y valeroso capitán anónimo levantaba. El mestizaje
vivía en función de afirmaciones. Claras, rotundas. Así se va dejando establecida la
verdad de su anhelo.
Verdad
que no podía ser desconocida. Había sido pronunciada con fuerza de revolución y de
combate guerrero. Lección que había impuesto el común. De suerte que no se podía
olvidar fácilmente. Relegarla era tanto como traicionar al pueblo. Si nosotros nos
detenemos a leer el libro "Industria y protección en Colombia, 1810-1930", del
Profesor Luis Ospina Vásquez, tropezamos con que sí existía un claro sentido económico
en el movimiento emancipador. Su contenido podía no estar muy explícito en los mensajes
mas inmediatos que se relacionan con él, pero aparecía vigorosamente expuesto por
hombres que influyeron y determinaron la independencia. Y, además, no se había revocado
ninguno de los aberrantes sistemas fiscales, contra los cuales hemos visto revoluciones
locales y otras de carácter continental.
Don
Antonio Nariño en su "Ensayo sobre un nuevo Plan de administración en el Nuevo
Reino de Granada", del año de 1796, sostiene que la orientación que le ha dado
España a la economía hace imposible que puedan tener ninguna prosperidad el comercio o
la industria en estas colonias. Luis Eduardo Nieto Arteta dice de este mensaje: "Las
consideraciones de don Antonio Nariño en torno al monopolio del tabaco, hacen por primera
vez en la historia de la cultura nacional, una crítica histórica del feudalismo
colonial. Esa crítica es la más objetiva definición en los albores del siglo XIX, de lo
que podría llamarse "la comprensión histórica de nuestra economía nacional. El
precursor considera a la economía de la Colonia y muy atinadamente, como una sucesión
progresiva de jornadas históricas, de las cuales las anteriores producen a las actuales,
y éstas y aquéllas a las posteriores. Se abandona la sociología metafísica".
El ensayo
de don Antonio Nariño plantea una verdadera y franca política antimonopolista. Sus tesis
contra el estanco de aguardiente y el del tabaco, nos indican su posición mental. Nos
están advirtiendo, igualmente, que quienes impulsaban la retención política sabían, de
antemano, que no podía relegarse el afán de despojarse de las dificultades económicas,
impuestas por el sistema feudal imperante. Igualmente solicita la supresión de las
alcabalas, pues impiden el desarrollo interno de la economía, ya que se paraliza el
movimiento del comercio. Pide el establecimiento del papel moneda. Y es enfático en
afirmar que los indios deben estar en condiciones de igualdad con los demás. Las reformas
fiscales son calificadas de "audaces y serias" por Ospina Vásquez. Era apenas
natural que Nariño enunciara esas tesis. La situación de las colonias era muy
angustiosa, sin posibilidades de ninguna evolución en su economía. Caballero y Góngora
sintetizaba la alarmante situación de sus gentes diciendo:
"Lo
mismo tienen donde mueren que donde nacieron, y en cualquiera parte hallan lo mismo que
dejaron".
* * *
Uno de
los puntos básicos, en ese momento histórico, era el comercio. Todos los escritores de
la época insisten en sus dificultades. Luis Ospina Vásquez nos presenta, también, la
síntesis de las ideas de Pedro Fermín de Vargas en sus "Pensamientos Políticos y
Memoria sobre la población del Nuevo Reino de Granada". "Ya pide -dice-
francamente la libertad para los criollos de comerciar directamente y sin estorbos con el
exterior "en embarcaciones nacionales", es decir, de propiedad de españoles,
peninsulares o americanos; la libertad para la venida de extranjeros, etc. Ya en esto iba
más lejos de lo usado. Pero aboga además por el establecimiento de industrias en el
Nuevo Reino, aunque limitadas más, según él cree, por la fuerza de las
circunstancias que por la regulación política a las manufacturas bastas, que no
podía suministrar la Madre Patria, llegando, si fuere necesario a la intervención
estatal para favorecerlas. Se trataba, además, de una industria bastante diversificada:
textiles, vidrio, loza, papel, hierro; y aun hace figurar el petróleo entre los productos
mineros de posible explotación. En sus ideas sobre la posibilidad y las ventajas de un
porvenir industrial para el país, y sobre la manera de lograrlo, Vargas se distancia de
los que se limitaban a pedir más libertad económica, y creían que lo demás vendría
por añadidura".
Pedro
Fermín de Vargas es uno de los personajes más interesantes dentro de la historia
colombiana. Deja libros, ensayos, estudios, que nos permiten acercarnos a la realidad
nacional. Y coger el hilo de la historia económica de nuestro medio social. Igualmente
dentro de la política jugó un papel primordial. Sus cargos fueron modestos:
"oficial en la Secretaría del Virreynato; miembro de la Expedición Botánica y
corregidor de Zipaquirá". Su actitud de beligerancia, contra la opresión, le ha
dado el título de Precursor.
Su
tránsito humano fue una peripecia extraordinaria. La aventura parece ser su signo y su
destino. "Ascético, letrado y libertino", lo llama Alberto Miramón. En su
personalidad, por lo tanto, se conjugaron los más extraños caracteres psicológicos.
Mientras escribía sus "Pensamientos", gozaba de las complacencias de una dama
querenciosa, protagonizando un escándalo social que aún recuerdan cronistas e
investigadores curiosos de las anécdotas de las delicias del amor. Y cuando huía en
compañía de Bárbara Forero, recitando versos y agudizando los goces sensuales, también
se le acusaba de haber dilapidado los fondos públicos de Zipaquirá. Pero su mundo
seguía girando detrás del amor, y cada nueva alborada se encendía en líricos arrebatos
y en graves meditaciones que le daban un acento romántico a sus palabras sobre la patria.
Entre el amor, la aventura y los sueños de libertad, el mundo se le iba volviendo
representación fantástica a los ojos iluminados de su espíritu. Su corazón se
estremecía de pasión por una mujer o por la revolución. Su inteligencia estaba puesta
para los goces y para el descubrimiento del impulso heroico, que hace comprender la
intensidad humana que sacude el alma del hombre.
Pedro
Fermín de Vargas tuvo mucha participación en cada uno de los hechos de su época. Pudo
analizar los problemas, porque tenía un directo conocimiento de ellos. El territorio lo
había cruzado en sus afanes de investigador y en sus clásicas escapadas de romántico
aventurero, con la sombra amorosa dándole un encendido color a los paisajes y a las
palabras. Algunos le acusan de falta de bizarría, pero todos concluyen aceptando que su
existencia se iba contra quienes tenían el poder y ellos supieron de sus juicios certeros
y de sus palabras enconadas.
El
territorio del Nuevo Reino de Granada lo recorrió. Por los Llanos, por Caracas, por
Curazao, anduvo huyendo, unas veces y otras en estudio de la naturaleza. En Madrid publica
un folleto impetrando los derechos del hombre americano. En París se reune con Miranda.
Sus diálogos fueron interminables sobre este continente. Y en las horas amables, el tema
del amor debió henchirles sus pechos de gratas recordaciones y de vocablos suaves que
repiten los nombres del recuerdo con agridulce entonación.
Va a
Londres, regresa a París, toma contacto con los grupos revolucionarios que luchan por la
libertad de América. Escribe representaciones a los gobiernos ingleses, pidiendo apoyo a
la revolución de este continente. Interpreta los hechos sociales con agudeza para poner
en evidencia que aquí se está gestando un movimiento que sólo se puede traducir en
rebelde acción y en heroico gesto. En 1799 pergeña una página sobre los Comuneros,
dirigida al Ministro británico, que evidencia su agudeza crítica de la política y de
los hechos históricos:
"Que
es nativo del Nuevo Reino de Granada, dice, y descendiente por su madre de los indígenas
de aquel país, llamados por los españoles indios. Conociendo que así estos últimos,
como los españoles americanos, vivimos en nuestro país natal como extranjeros, o más
bien como esclavos, la indignación se ha apoderado de nosotros y nada deseamos tanto como
sacudir el yugo de una opresión tan odiosa como la de la Corte de Madrid. Es demasiado
conocida esta opresión para que yo ocupe la atención del gobierno en describirla. El mal
ha llegado a su colmo; la población del país es suficiente para aspirar a la
independencia, y el Nuevo Reino de Granada es hoy como un hijo mayor que desea
emanciparse. Todas las clases desean esta emancipación, y las tentativas de 1781 y 1796
lo prueban claramente. Este Gobierno está instruido de ellas, cuyo mal suceso nos ha
convencido de que el medio más seguro para conseguir nuestro fin es el de recurrir a una
potencia extranjera con cuyos auxilios formar un punto de reunión que proteja nuestra
declaración simultánea".
Con
Miranda viene en la expedición libertadora de 1806. En 1809 está en el Socorro y redacta
la Instrucción para el Diputado a las Cortes, de la cual damos noticias en este mismo
capitulo. En 1813 se le sigue un juicio en New York. Ya Napoleón cuando lo trató y
Vargas le ofreció su apoyo en el movimiento contra Prusia, lo llama "el mayor
pícaro que salió de España". Su vida, por lo tanto, es una continua sucesión de
episodios dramáticos, intensamente apasionantes. Su existencia está plena de colorido.
Y de
contenido, también. Su obra intelectual es de lo más fundamental que tenemos para
presentar en la época en la cual principia a derrumbarse la Colonia. El previó el
fenómeno y lo estudió con aguda severidad crítica. Alfredo García Cadena lo señala
como un revolucionario que dio expresión a su rebeldía profundizando en el análisis
real y escueto de los vicios implantados por el régimen de la Corona de España,
"frente al problema de sus colonos, de la deficiencia administrativa del Virreynato y
del proceso natural del desenvolvimiento de una sociedad que se inspiraba en la comunidad
de las tierras cristianizadas, destinada a alcanzar una civilización avanzada".
La obra
de Vargas parte del principio de los fisiócratas, aceptando que la agricultura es el
medio regulador para un buen gobierno. Era la tesis en boga, y, ademas, la necesidad de
devolverle la tierra al indígena conducía a ese razonamiento escueto y exacto. De allí
que toda su obra aparezca estremecida de un profundo interés por el mejoramiento de las
clases sociales. Su preocupación va desde el arreglo conveniente de las aldeas, hasta la
distribución equilibrada de la riqueza. Sus conocimientos geográficos y la versación en
la economía granadina le daban visión de estadista. Y sus ensayos alcanzan dimensión
sociológica por su rigor científico.
Siguiendo
sus estudios, se concluye que hay multitud de principios suyos que aún tienen vigencia.
Pedro Fermín de Vargas se detenía a analizar cómo estaba de mal preparado el labriego
para el aprovechamiento de la tierra, por no abonarla y por no saber distribuir sus
productos, y lanza sus dardos contra el latifundio que no diversifica la producción. Los
transportes lo preocupaban tánto como las grandes reservas forestales que se estaban
perdiendo en la incuria y la falta de la organización del trabajo. El no creía en las
minas, que eran la gula y orientación de la política española, y sólo el hierro le
parecía utilizable en una gran ferreña, que produjera nuevos implementos, aprovechables
en nuestro desarrollo y evolución sociales. Todo, naturalmente, iba hacia el objeto
primordial que era atacar el monopolio del comercio español, que había sacrificado todo
intento de evolución en nuestro medio. Además, sus tesis propiciaban una redención, que
era la que el pueblo venía buscando por distintos caminos y que Pedro Fermín de Vargas
impulsaba con sus escritos, con sus reflexiones serenas y objetivas con sus continuos
reclamos ante el gobierno inglés. Y con su propia participación en empresas guerreras,
al lado de iluminados de la libertad como Miranda. De allí que el nombre de Pedro Fermín
de Vargas haya alcanzado el calificativo de precursor. Todas las horas iniciales en las
cuales la Colonia necesitaba un enjuiciamiento y una crítica, encontraron a Pedro Fermín
de Vargas meditando con seriedad sobre la manera de solucionar su crisis y la angustia
sociales. El mismo fue diciendo palabras y palabras que hoy se recogen como testimonio no
sólo de su inteligencia sino de su época, de su medio. Como síntesis del desvelo
revolucionario que atravesaba el alma del pueblo. Del pueblo con ojos abiertos hacia la
libertad. Y hacia el amor. Pedro Fermín de Vargas tenía en su vida la dimensión exacta
de esos dos sueños jubilosos.
* * *
Es
imposible, entonces, pensar que no había criterio económico acerca de las reformas que
era necesario implantar, en América, al mismo tiempo que las políticas. Muy al
contrario, lo que ayudaba, daba impulso y reciedumbre al movimiento emancipador era sentir
que la injusticia fiscal no pesaría más sobre los hombres americanos. Y advertir que era
una voluntad popular, un deseo colectivo. Claro está que había grupos que se oponían,
pues sus intereses salían maltrechos, ofuscados en sus ventajas al establecer ciertas
restricciones y al rescatar de otras trabas la evolución económica.
El 20 de
octubre de 1809, se produce otro documento importante en la historia de la revolución
económica que anhelaba el pueblo americano. Es la "Instrucción que da el M. I.
Cabildo, Justicia y regimiento de la Villa del Socorro al diputado del Nuevo Reino de
Granada a la Junta Suprema Central Gubernativa de Españas e Indias". El diputado era
don Antonio de Narváez y Latorre. La síntesis que hace Ospina Vásquez es la siguiente:
"Se
pedía en ella la emancipación de los indios y la adjudicación en plena propiedad de las
tierras de los resguardos a los miembros de las comunidades de indígenas; la libertad de
los esclavos; una muy amplia libertad industrial, y particularmente el "comercio
libre por todos los puertos de América y de España con las naciones amigas y neutrales;
la libertad de las propiedades territoriales; una reorganización del sistema rentístico,
hasta el punto de que no se mira ya "como un proyecto quimérico el de la única
contribución: los pueblos, más ilustrados (que) en la época en que quiso establecerla
el Excmo. S. don Miguel de Muzgún (sic: evidentemente se trata de don Miguel de Muzquiz),
concurrirán gustosos a repartirse el equivalente de lo que hoy entra en el tesoro
público "la reducción de los días de fiesta; la supresión de los derechos
eclesiásticos (salvo los de diezmo y primicias); la mejora de las vías de comunicación;
el fomento de la instrucción pública; la simplificación de las instituciones
jurídicas".
Allí hay
una claridad de aspiraciones que se confunden, todas ellas, con lo solicitado y reclamado,
con énfasis humano, por los comuneros. De suerte que está vivo ese sentimiento de
escape. Y los corolarios en este mensaje son concretos, objetivos, sin elusiones
acomodaticias. La claridad de este ensayo nos está haciendo observar que no había
desviaciones en los puntos concordantes de lucha en América. Se conserva una unidad que
hace comprender que la manifestación de los problemas es continental. Ese acento
colectivo, multitudinario, social, de la presentación de las necesidades y reclamos, va
indicando cómo el sistema colonial español había logrado una unanimidad de
desconfianza, desafecto e inconformidad, que impulsa hacia la revolución.
Jaime
Posada, en su obra "La Revolución Democrática", trae en su capítulo
"Hallazgo de la Historia" una descripción de cómo se fue formando el cabildo
popular en las aldeas silenciosas, para proclamar los fines de la independencia. Y hace
una síntesis afortunada, en su estilo límpido, de las reivindicaciones que se buscaban
afanosamente:
"Cuando
estalló el pronunciamiento de 1810 en Girón, aldea natal de Eloy Valenzuela, se reunió
el conciliábulo, mientras en la plaza esperaba el pueblo, entre ardido y sospechoso.
Muchos de los del montón alcanzaban a recordar que en una reunión de puerta estrecha y
cerrada, como esa, había sido estrangulado el sacudimiento de los comuneros. Para
participar en la junta había sido traído de Bucaramanga el cura Valenzuela. Una vez en
el corro de las autoridades locales, de los notables, de los terratenientes, él sabia
qué hacer. Y comenzó a ejercitar su indudable influencia. Tomó, para aquietar a los
dueños de riqueza, un juramento de adhesión a la monarquía. Y repitió sus votos para
que la Providencia guardase a don Fernando. En seguida se fue al balcón de la Casa
Consistorial a entenderse con el pueblo, con quien había que hablar sobre los verdaderos
fines de la revolución. "Lanzó dicen los historiadores lo que
pudiéramos llamar un programa de gobierno, que es un maravilloso compendio de sociología
y economía política, como obra de un moderno estadista. Promete librar de la ruina de
las alcabalas a los cosecheros del tabaco, rebajar los gravámenes de los mineros del río
de Oro, suprimir rentas ominosas, perseguir el fraude, gravar los artículos de lujo,
combatir la holgazanería y el hurto, abrir caminos y puertos".
No hay
allá, en el programa de don Eloy Valenzuela, tan sólo un programa de reivindicaciones
económicas sino el juicio de un estadista convencido de la necesidad de hacer un fuerte
avance en el progreso de América, a través de la libertad. Especialmente de la libertad
de la necesidad.
Y
podrían multiplicarse los ejemplos en Colombia y en otros países americanos. Pero esa no
es nuestra intención. Lo primordial es destacar las tesis que se expusieron en el
Memorial de Agravios de don Camilo Torres. Este fue un alegato de carácter político
antes que una aposición acerca de las dificultades creadas por el mal dominio de la
tierra, el exceso de tributos, falta de oportunidades para el comercio, etc. que traían
las orientaciones coloniales. Además, no se oculta a nadie que cuando se hace un
planteamiento político, es lógico que se está relacionado con todos los frentes que
constituyen la nacionalidad sobre la cual se pretende actuar. Ya alguien dijo que la
política influye hasta en el precio de las legumbres. Es una manera acertada de hacer
comprender su extensión y su radio de acción. Porque la política es un ejercicio cabal,
en que el hombre compromete todas sus energías intelectuales y humanas, para
imponer sobre todos los órdenes sociales su concepción ideológica. No puede quedar por
fuera ningún aspecto, porque entonces le va cercenando sentido ecuménico a la
exposición. De allí que sea tan difícil encontrar conductores y hombres providenciales.
Estos sólo lo son en la medida que escuchan ese rumor hondo, latente, que emana de los
diálogos del pueblo.
Camilo
Torres entendía el problema político. Su Memorial de Agravios tiene la importancia de
que es una afirmación americana ante la metrópoli. Ya se ha logrado despojar el temor
reverencial con que debían tratarse los problemas de este continente. Y hay un acento de
afirmación nacional, pues allí se pone, en igualdad de condiciones, nuestras modestas
provincias con las airosas españolas. De manera que esta irrupción de verdades y
consignas es signo ya de una claridad social en el tire americano. Algunos estudiosos del
Memorial de Agravios consideran que en él no existen declaraciones económicas. No
compartimos totalmente esa opinión. Ya hemos situado, en los párrafos anteriores, el
valor de esa representación. Pero aún más: hay verdaderos enjuiciamientos económicos,
que coinciden con todas las inquietudes que han venido atravesando el alma popular.
Estremeciéndola de fuerza y de pasión rebelde.
Si
nosotros seguimos el curso dialéctico del Memorial de Agravios, nos vemos enfrentados a
juicios severos acerca de la situación económica reinante. Uno de los temas esenciales
de discusión, fue el problema del comercio. Torres enjuicia el fenómeno de la siguiente
manera: "España ha creído que su comercia puede florecer sin las trabas, el
monopolio y las restricciones del de América: la América piensa, por el contrario, que
la conducta de la Península con estas posesiones ha debido y debe ser más liberal, que
de ello depende su felicidad y que no hay razón para otra cosa. Es preciso que nos
entendamos y que nos acordemos recíproca y amistosamente en este punto".
Bien se
ha dicho, inclusive por tratadistas tan respetables como Ots Caqdequi, que lo que dominó
la política española en América fueron el exclusivismo y el mercantilismo. La
encomienda, la mita, el reparto, la esclavitud, fueron formas tendientes a darle
importancia al comercio del oro y de los metales preciosos. No interesaba el hombre; lo
importante era lo que éste pudiera entregar. Y para coordinar aquello con las tesis
religiosas que venían a imponer, pues lo primordial era declarar sin valor de humanidad
al individuo, a sus ídolos, a sus sistemas. Pero, desgraciadamente, España no supo
aprovechar esa oportunidad para su enriquecimiento. La industrialización se aflojó en su
medio; los intereses personales absorbieron la atención social y política y el oro
americano no ayudó a fomentar una gran transformación ibérica. Torres formula el
interrogante:
"De
dónde han manado esos ríos de oro y de plata, que, por la pésima administración del
gobierno han pasado por las manos de sus poseedores, sin dejarles otra cosa, que el triste
recuerdo de lo que han podido ser con los medios poderosos que puso la Providencia a su
disposición, pero de que no se han sabido aprovechar? La Inglaterra, la Holanda, la
Francia, la Europa toda, ha sido dueña de nuestras riquezas, mientras la España,
contribuyendo al engrandecimiento de los ajenos Estados, se consumía en su propia
abundancia".
Y luego
advierte algo sobre lo cual no han querido reflexionar quienes inspiraban la política
fiscal colonialista. El llama la atención sobre la agricultura. Sus palabras son de
elocuente claridad: "Pero no son las riquezas precarias de los metales, las que hacen
estimables a las Américas, y las que las constituyen en un grado eminente sobre toda la
Europa. Su suelo fecundo en producciones naturales que no podrá agotar la extracción, y
que aumentará sucesivamente, a proporción de los brazos que lo cultiven: su templado y
vario clima, donde la naturaleza ha querido domiciliar cuantos bienes repartió, tal vez
con escasa mano, en los demás; ventajas indisputables, que constituirían a la América,
el granero, el reservatorio, el verdadero patrimonio de la Europa entera".
Para
señalar la importancia y la posición de nuestro paísque más tarde permitió a un
ilustre colombiano llamarnos "casa de esquina oceánica" Camilo Torres
explicaba la importancia de nuestra liberación, pues era necesaria para el cabal
desarrollo de las grandes posibilidades internas. Leamos al respecto: "Su situación
local, dominando dos mares, el Océano Atlántico y el Pacifico: dueño del Istmo que
algún día, tal vez, les dará comunicación y donde vendrán a encontrarse las naves de
oriente y del ocaso; con puertos en que puede recibir las producciones del norte y
mediodía; ríos navegables y lo que pueden ser; gente industriosa, hábil y dotada por la
naturaleza de los más ricos dones del ingenio y la imaginación; sí, esta situación
feliz, que parece inventada por una fantasía que exaltó el amor de la patria, con todas
las proporciones que ya se han dicho, con una numerosa población, con un territorio
inmenso, riquezas naturales y que pueden dar fomento a un vasto comercio; todo constituye
el Nuevo Reino de Granada, digno de ocupar uno de los primeros y más brillantes lugares
en la escala de las provincias de España, y de que se gloríe ella de llamar integrante,
al que sin su dependencia sería un estado poderoso en el mundo".
Allí,
además, se afirma la necesidad de libertad, de comercio. En el libro de Eduardo Umaña
Luna, "Camilo Torres y el Memorial de Agravios", se pueden seguir las peripecias
de este mensaje, que ha sido considerado como el primer eslabón en la cadena del
enunciado de nuestra independencia. En esas páginas se advierte cómo Torres no sólo
pretendía, como en el párrafo anterior, enumerar los encantos y posibilidades de esta
tierra, sino situar los problemas del comercio; y, a la vez, anunciarle a la Corona,
aunque tímidamente, que la dependencia en que se vivía traicionaba el destino poderoso
de esta nacionalidad.
A cada
momento es mayor el afán de puntualizar el derecho a que se escuche la voz de América en
la imposición de nuevas cargas. Ante todo, el Memorial de Agravios establece esa
apreciación: la necesidad de ir a las Cortes que, fuera de entrañar el reconocimiento de
una igualdad política, significaba la oportunidad de intervenir en las determinaciones
que afectaban su vida. Es una manera de hacer visible el desvío con que se miran los
tributos. Ya lo que el mestizo logra expresar es su deseo de batalla, de discusión en
plano de igualdad jerárquica. Y que no se determine sin su conocimiento. Torres es
vibrante en su tesis: "Está decidido por una ley fundamental del Reino "que no
se echen ni repartan pechos, servicios, pedidos, monedas, ni otros tributos nuevos,
especial ni generalmente, en todos los reinos de la Monarquía, sin que primeramente sean
llamados a Cortes los procuradores de todas sus villas y ciudades, y sean otorgados por
los dichos procuradores que viniesen a las Cortes. Cómo se exigirán, pues, de las
Américas contribuciones que no haya concedido por medio de diputados que puedan
constituir una verdadera representación, y cuyos votos no han sido ahogados por la
pluralidad de otros que no sentirán esas cargas? Si en semejantes circunstancias, los
pueblos de América se denegasen a llevarla, tendrían en su apoyo esta ley fundamental
del Reino".
No es
posible equivocarse sobre el sentido entrañable de la frase final. No es sino la
notificación del incumplimiento de las nuevas cargas fiscales. Es un beligerante parte de
revolución económica en el fondo. No es cosa diferente a lo que ha venido predicando el
pueblo, primero en movimientos revolucionarios, después en corrillos políticos, más
tarde en los mercados y en los zaguanes acogedores para que discurriesen vientos de
renovación, sin "oidorcillos" delatores.
Entonces,
como comprobamos, el Memorial de Agravios sí tiene un amplio sentido económico. La
exposición está hecha con reposo mental. Ni las palabras empleadas tienen poder
explosivo. Ni la manera de raciocinar que va precedida de undoso respeto a la autoridad
real, hace presumir que sus cláusulas lleven tanto poder corrosivo. Los adjetivos han
sido escogidos con cuidado de jurista, sin querer levantar voces de conjura y rebelión.
Por ello no se logra captar, en una lectura apresurada, su significativa resonancia. Y no
se entiende que en su vaguedad está implícita su condena; que su equilibrio implica
fortaleza en el poderío interior de los razonamientos.
Podía
estar o nó presente el tema económico. Ya nadie dudaba cuál era el camino. Era,
además, una tendencia social. La gente no sólo iba a sacrificar su tranquilidad por unos
cambios de corregidores. El labriego había meditado en cómo había sido desarraigado de
su tierra, inclusive de su propio paisaje. El minero había perdido su capacidad de
ensoñación, pues ya tal lucha en el socavón no le correspondía con las alegres monedas
de esperanza. El que tenía alguna posibilidad de comerciar, veía su afán sentenciado a
la inmovilidad. El que había soñado con disfrutar de su propio trabajo, vivía
constreñido por las demandas fiscales. Y el pueblo se sabía desterrado en su propio
mundo, en el territorio que había conquistado, y sometido, aún más, a la explotación
económica. Claro que la Independencia tuvo un alto porcentaje de fuerza romántica, de
leyenda, de aventura popular. Las gentes del común iban impulsando los actos de
precursores, generales en formación, estadistas en agraz. Y el sentido popular es intenso
en sus reacciones y tiene un fino olfato para prever la autenticidad en sus jefes. Para
descubrir las fallas que les imposibilitan para estar al nivel de su propio padecimiento
colectivo. De allí la esquiva y lenta entrega a quienes se llaman sus conductores. El
repudio íntimo que emana de él, cuando siquiera logra maliciar un leve resquicio de
vaguedad en la concepción humana de sus caudillos. En ese momento histórico de América,
aún era más difícil el oficio de conductor. Porque una innata malicia, una sigilosa
prudencia, una desconfiada intuición, convierte a cada hombre en un receloso. La manera
como el poder se ha ejercido por los españoles pone al hombre del pueblo en guardia. Y
con mayor razón cuando en los relatos ha escuchado la manera pérfida como se han
traicionado sus intereses, detenido su avance sedicioso, cancelando con la muerte su poder
de acción directa.
Pero
llega un momento en que el pueblo avanza plena, romántica, apasionadamente. Esto no
excluye el sentido económico de la Revolución. Estaba la sociedad en un período
semejante al que enjuicia Carlos Marx: "En el período de la Revolución burguesa,
los principales obstáculos al desarrollo eran las siguientes relaciones de producción:
primera, propiedad feudal de la tierra; segunda, el sistema corporativo en la industria
naciente; tercera, el monopolio del comercio, perpetuando el conjunto por medio de
innumerables normas jurídicas. La propiedad privada de los terratenientes producía
atributos incontables; muchos campesinos eran obligados a pagar una "renta de
hambre", y el mercado interno para la industria era extremadamente limitado. A fin de
que la propiedad pudiera desarrollarse, "las leyes de propiedad feudal tenían que
ser antes violentadas".
Esto
último se había entendido muy bien por la muchedumbre. Su única liberación podía ser
la económica, a través de los mecanismos políticos. Porque es otra avilantez querer
entender una libertad sin la otra. La tesis que hoy vemos muy asistida por dictadores
contemporáneos, consiste en que la humanidad está dispuesta a tolerar que se le entregue
pan sin libertad. O que se le tolere vivir, dentro de las restricciones policivas del
estado. Todo ello es audaz, pero no hace parte de la entraña vital de su sentimiento. De
suerte que, por ello, éste vuelve a levantar sus banderas rojas de libertad y de
democracia económica.
Tan
profundo era el sentido de la insurrección económica en la Independencia, que después
de cumplida ésta y cuando se detuvo su fuerza y empuje en accidentales reformas, sin
llegar al fondo de la cuestión socio-económica, la multitud luchó, en tremendas guerras
civiles, por encontrar su equilibrio. Muchas de esas batallas sólo se han analizado por
el aspecto político o religioso. Ellas, en el fondo, entrañaron defensas internas, de
grupos económicos, que no podían tolerar que con el poder político de España también
desapareciera su seguridad económica, atrincherada en el feudalismo y en la explotación
del hombre. Ya principiaba a asomar, también, en la interpretación filosófica un nuevo
concepto acerca de éste. Pero eso es materia para futuras divagaciones.
Alejandro
López I. C., en su obra "Problemas Colombianos", con la agudeza que empleó en
atisbar los hechos sociológicos y políticos que se relacionaban con Colombia, dejó
deslindado el afán íntimo de la Independencia:
"Supongo
que ya hoy nadie creerá que nuestros próceres se lanzaron en la rebeldía contra España
solamente por un delirio romántico de libertad política, de orden meramente mental, y
entiendo que nuestro pliego de cargos comenzaba por dos gruesos renglones de orden
económico: la distribución de las tierras en forma de encomiendas como feudos
territoriales, y las exacciones tributarias. De éstas nos habló muy extensamente la
oratoria lírica que surgió a mediados del siglo XIX, cuando eran moda en los discursos
callejeros las deprecaciones contra España; ya hoy quedan pocos recuerdos de los nombres
que daban los chapetones a sus impuestos, pero encuentro casualmente una lista en el
librito de don Tulio Ospina: "De los pechos, tributos y albcabalas, diezmos, quintos
y novenos, derechos de fundición, de bulas y de indultos, monopolios, sisas y averías,
con que se gravaba inconsideradamente a las personas y a cuanto se importaba, producía o
consumía la provincia, nada se gastaba en beneficio de ésta". En lo que no parece
haber sido muy abundante la literatura política del año 40 es en lo de los feudos
territoriales, ni parece (que yo sepa) que la independencia política nos hubiese dado un
impulso en la extirpación del feudalismo territorial".
Lo único
cierto es que el pueblo, desde hace muchos años había dicho su verdad. Su auténtica
palabra. Su grito, que no se detenía en el poder político, sino que adquiría resonancia
de conjura y de muerte, en su interés de liberación económica. En unos versos populares
queda la síntesis de su angustia colectiva:
"Si
no quitan el estanque
nos anegamos en Sangre".
Continuar
Regreso
al Indice
|