Revolución y Caudillos
Otto Morales Benítez

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CAPITULO IV
3 Parte

 

 

GALAN, EL CAUDILLO HUMANO Y MITICCO

 

¿Y la figura mítica de José Antonio Galán qué papel desempeñó en este episodio, uno de los más fecundos en hechos y enseñanzas de la historia? Su vida sí estuvo más entrañablemente hundida en los afanes populares. Había nacido en Charalá. Sus padres fueron Antonio y Ana María de Argüello. Era un mestizo legítimo. Tenía una altanería natural y una sensibilidad que se hacía visible ante la injusticia. No toleraba ningún acto que se rompiese con las normas del respeto a lo humano. Presentía que el hombre era la medida del mundo. Galán recibía de labios de su hermano Hilario, quien era arriero, noticias de cómo andaba el mundo de convulsionado en todos los contornos. El conocía, a detalle, cada uno de los episodios que hacían estremecer a la provincia.

El primer acto de insurgencia de José Antonio Galán se registra en la década séptima del siglo XVIII. Se ordenó una nueva reducción de indios. Se pagaría diez pesos por cada indio vivo y ocho por cada uno muerto. Galán había contraído matrimonio con Teresa Berdugo. Su suegro, Juan, resolvió aprovechar el negocio. Se internó en la montaña en busca de los indios guanes. El día de mercado regresó con su carga de cabezas. José Antonio, que se hallaba en la plaza, se indignó ante la afrenta a ¡a dignidad humana. Inmediatamente arremetió contra su pariente político. Berdugo insistió, protegido por los guardas. Galán había notificado que no toleraría que así se tratase a los indios y que haría su defensa con denuedo. Con varios amigos castigó la nueva infamia en la persona del Corregidor. Lo puso preso y le exigió la renuncia. Y como el escribano real le habla levantado un expediente por el primer ataque a su suegro, se lo arrancó de sus manos y lo quemó públicamente. Sólo lo favoreció la montaña. Mediante celada le pusieron preso y fue llevado a Santa Fe. Catorce meses de prisión pagó allí y luego lo remitieron a Cartagena condenado a pagar diez años de confinamiento. Su estampa heroica fue imponiéndose hasta ser requerido para el Batallón "Fijo", para ayudar a la defensa de Cartagena del asedio de los ingleses. Alcanzó el grado de cabo de la Fuerza Real. Conquistó la confianza de sus jefes. Esto le permitió huir por el mar y luego por deshechos, atajos y montañas llegar a Charalá, a su tierra amable y al hogar presentido tiernamente en la distancia. Una tibia temperatura de amor y una ardiente vocación de lucha cruzaban su espíritu.

En 1776 estaba Galán en Cartagena. Allí llegaban las noticias de Norteamérica. Se hablaba de que el pueblo se había insurreccionado. Se contaban detalles de las batallas que la masa libraba contra sus amos. Todo ello caía en un ambiente de susurro y de aprensión. No era para menos, pues la inquisición funcionaba a pocos pasos de la plaza mayor. Pero el rumor se iba extendiendo. Las mentes oprimidas, hacían crecer, en mágico espejismo, todo el resplandor de esas luchas que elevaban como banderas propias. Como las que podrían llegar a aglutinar al campesino y al minero en una futura arremetida contra el poder español. Este presentía que todo ello empujaba el mar humano contra sus rocas poderosas. Por ello dictaba la orden inapelable:

"Prohíbese se admita ningún género de trato con extranjeros, pena de la vida y perdimiento de todos sus bienes".

Coordinaba esta disposición con aquella otra que dictaminaba:

"Es necesario cuidar mucho de la correspondencia y retener y quemar con un secreto como el de la confesión sacramental".

Allí está la síntesis de una política: que la opinión pública no tenga información. Todo lo que sucede en el mundo es perjudicial, pues pone en evidencia que España no está acertando en su política imperial. En lo económico persiste en el sistema feudal, cuando Europa va hacia la revolución industrial. En lo administrativo, lo esencial es la reducción de indios. El explotamiento fiscal de sus capacidades humanas y de sus reservas territoriales. En lo social, el sometimiento y el atraso. En lo cultural, la censura. En lo moral, el aprovechamiento de las posiciones por estanqueros y alcabaleros. Era lógico que incomodaran los relatos de los viajeros y las cartas —que han cumplido siempre una grata labor de difusión lenta y amable de todas las hazañas de la libertad.

José Antonio Galán, sabe que en ese año Estados Unidos ha proclamado su independencia. Al regreso lo cuenta. Advierte que los estancos están amarrando en forma cruel a su pueblo. El tabaco llegaba a perseguirse como hoja de hechicería. Que la miseria cubría todo su territorio, porque el nativo no podía tener ninguna iniciativa para asegurar su propia economía. El padre Finestrad habla de que había "victimas lastimosas de la necesidad" y recuerda que solo en el Socorro seis mil personas perecieron de inanición. Igualmente Galán encontraba congestionado el medio social por una serie de luchas contra guardas y alcabaleros. En Simatoca, en 1760, los alguaciles tratan de atajar arrieros que conducen un contrabando de tabaco. Fueron vencidos aquéllos. En Mogotes el Corregidor declara que "durante meses sólo ha vendido allí el Estanco doce reales". Las gentes se defendían con cultivos ocultos entre la montaña. Era la única manera de supervivir. El 29 de octubre de 1780 quinientos plebeyos se lanzaron contra las autoridades, dominándolas. En Charalá Pedro Nieto era destituido como Juez de Fábrica y Tesorero de una Cofradía, siendo reemplazado por un español. Entonces Nieto promete hacer la iglesia solo. El español recibió el castigo de la masa ardida de pasión libertaria. En esa ocasión no valieron ni palabras conjurables del cura, ni la procesión del Santísimo, ni la imploración del poder divino.

Viene el movimiento Comunero, después. José Antonio Galán recibe el titulo de Capitán el 25 de mayo de 1781. Berbeo se lo otorga. Y da pábulo a su acción guerrera, tan intensa y tan llena de resplandores, por el sentido auténticamente popular que le otorgó. Su paso desde Zipaquirá hasta Ibagué, es una serie de triunfos. Su nombre crecía en el corazón de los hombres oprimidos. Todo el Alto Magdalena se levantó contra el poder español. Al solo anuncio de su nombre, tropas victoriosas realistas, como en Honda, huían despavoridas. Y los hombres humildes, las mujeres paupérrimas, los niños que presentían la libertad en el gesto romántico del caudillo, iban engrosando sus filas. El había dado una orden que era un mandato para aglutinar fuerzas sociales dispersas:

"Dado que no haya plata en el estanco, podrá vuestra merced presionar a los sujetos de comodidad, y a los pobres por ningún modo, llevándolos con mucho amor y tolerancia, pues éstos es menester tratarlos bien, como que sin ellos no hacemos cosa mayor, y ellos nos dan para conseguir las victorias de nuestra empresa".

Este pensamiento lo completó con una táctica: a los capitanes no los buscaba entre las gentes ricas, sino que los improvisaba de las gentes humildes. No quería más confusiones en los enunciados y los hechos. Ya advertía que sólo se puede dar la batalla completa si hay una total identidad entre quienes comandan y quienes piden. El fenómeno era que los ricos ayudaban a protestar, pero no querían desligarse de España que les aseguraba la fertilidad de sus ganancias. El grito de protesta era para mejorar sus posiciones, que estaban concentradas en los cuatro poderes: en la iglesia, en lo judicial, en las rentas y en las armas.

José Antonio Galán crea un nuevo género de libertad: la de los esclavos. En Malpaso, cerca de Mariquita, se las declara a quienes allí estaban sometidos a la mita minera. Irrumpe contra la sociedad esclavista. Su ejemplo es atendido por Lorenzo de Agudelo, en la ciudad de Antioquia. En Villavieja, en el Huila, los esclavos amarran al mayordomo y lo azotan. El Alcalde de Medellín informa que se teme que se concentren sobre el Cauca e impidan la comunicación con el resto del Reino. Así iban aglutinándose nuevas fuerzas revolucionarias. Con ello se producía un sacudimiento en la raíz más profunda de la organización económica de las colonias españolas. Ese gesto audaz y vibrante de Galán lo repetirá Bolívar, más tarde, en la guerra de la Independencia. Era la manera de quebrar un sistema aberrante, donde el hombre queda sometido a la más baja y asqueante forma de padecimiento en favor de otro. Galán es por ello el precursor de esta forma de respeto humano, que luego tendrá su total culminación en la Revolución económica de 1850. Estos actos acentuaron la persecusión contra Galán en forma criminal y perversa, porque venía a destruir un patrimonio individual de muchos de los criollos que habían ayudado a los Comuneros. Esa es la explicación para que colaborasen en su captura, no sólo las autoridades españolas, sino elementos mestizos, que gozaban de los privilegios de la esclavitud. Galán era, entonces, el símbolo contra su poderío económico y quien estaba ayudando a destruirlo. Ese es el profundo sentido de su lucha y de su ejemplo. Por ello su huracanada figura de caudillo se levanta en la imaginación social como un mito, como una bandera que con sus pliegues cubre todo movimiento de honda y auténtica extracción colectiva. La multitud lo siente como su padre y protector, porque habló su idioma, buscó sus hombres, exaltó sus virtudes.

Boleslao Lewin reafirma esta tesis con sus palabras de investigadorr y de erudito:

"Cabe señalar que fue Galán quien levantaba a los esclavos donde llegaba con su gente. Con este antecedente importante, porque aún después de la independencia los negros seguían siendo esclavos, no resultará tan extraño el hecho de que dos Capitanes generales de los Comuneros fueran los que se tomaran la tarea de entregarlo, cuando se puso al frente de los que reaccionaron contra la traición de la Real Audiencia.

"Es cierto que uno de esos Capitanes Generales era el miserable don Salvador Plata; pero no menos cierto es que le ayudaron en la vil tarea de entregar al heroico caudillo popular, los Capitanes de los comuneros de tan destacada actuación, como Pedro Alejandro de la Prada y Juan Bernardo Plata. A todos ellos no sólo les movía el deseo de demostrar palmariamente su fidelidad al Gobierno español, para librarse del castigo por sus pecados anteriores, sino también el rencor profundo del vecino criollo hacia la plebe y su Capitán, libertador de esclavos. Creemos oportuno volver a recalcar esto, porque después de decenas de años de vida independiente, lograda al calor de las ideas igualitarias del iluminismo, en la parte septentrional y austral del continente, en las antiguas colonias inglesas y españolas, los negros seguían siendo esclavos ...."

Por donde Galán caminaba se encendía la revolución. Tuvo grandes triunfos en Las Cuevas y El Roble. A Guaduas la ocupó. De Honda huyen los realistas tan pronto saben que él se acerca con su apasionada chusma. En Mariquita se estremecen de alegría al ver su estampa y oír sus palabras de fe en la libertad. En La Mesa, en Ibagué, en Purificación, en Tocaima, en Coyaima, secundaban a los Comuneros al solo conjuro del apelativo del caudillo. Cuando se firmaron las capitulaciones, José Antonio Galán se encontraba en Ambalema. Allí lo fue a buscar Pedro Nieto. Hay varias versiones. Unos enuncian la tesis de que aquél consintió el pacto de Zipaquirá, sin resistencias. Otros aceptan que siempre Galán fue enemigo de esa tregua, que él consideraba perjudicial para los intereses del pueblo. Que él comprendió, desde el primer momento, que la traición y la represión caminarían como secuela por haber detenido el avance contra la capital. Todo ello hay que relacionarlo, directamente, con su conducta cuando el Arzobispo viajaba a la pacificación. Sus mensajes, las cartas cruzadas, las llamadas angustiosas, las mismas fuerzas que concentró, todo indica que su poder de análisis de los hechos, era más agudo que el fervor de pacificación que les entró a algunos capitanes para hacerse perdonar su desviación por la causa americana.

Quedan dos mensajes que dan mucha claridad acerca del comportamiento de Galán frente a las capitulaciones. Uno de Juan de Dios Reyes al Gobernador de Mariquita, de septiembre 8 de 1781, en el cual manifiesta que el Caudillo mestizo se separó de Ambalema, pero siguió con una "pequeña fuerza" por el río Magdalena y que hizo nuevos nombramientos de capitanes en Upito, en Coello, en la Capilla del Espinal. Su espíritu de continuidad del movimiento está allí establecido. Y en cuanto a la misión de don Pedro Nieto, por orden de Berbeo, que cumplió ante Galán, queda una carta de aquél, dirigida al Alcalde Ordinario, en la cual puntualiza que no pudo entenderse con él. Que, al contrarío, tenía una tendencia a huír que impedía su localización. Al efecto, leemos en la parte esencial del documento:

"He tenido noticia que por orden superior se halla en captura de Jph. Antonio Galán, hombre revoltoso, levantado y de tan infames operaciones, que no solamente es reo de lesa Majestad, sino también de innumerables delitos que ha cometido; y para su contención habiéndoseme comisionado por la Real Audiencia y Real Junta, pasé a la villa de Honda, ciudad de Mariquita sobre su caución, y quietud de aquellas poblaciones; y habiendo practicado las más exactas diligencias sobre la prisión de dicho Galán y seguro con la prisión de su persona, sólo conseguí que este levantado desertase huyendo de los lugares en que hacía la resistencia y poderío contra la Hacienda Real y particulares; y habiendo sacado varias gentes de aquellos parajes, que de estos lugares le patrocinaban, y dadas las providencias correspondientes sobre el seguro de la Real Hacienda, con la noticia de haber salido prófugo me restituí a la ciudad de Santa Fe, en donde di cuenta a la Superioridad de mi comisión; y en virtud de mi cumplimiento se aprobó y se me dió el documento correspondiente, en grado de mérito por aquel servicio".

Naturalmente sobre Galán recayeron los más graves epítetos: bandolero, ladrón, jefe de cuadrilla, asaltante del tesoro público, incestuoso, hombre de depravada conducta. No hubo calificación infamante que no se le otorgara. El poder español contó para ello con la colaboración de las declaraciones de todos los criollos que estaban más cerca de los privilegios que otorgaban de ultramar. Y hubo capitanes que se solazaban en arreciar su combate verbal contra el joven caudillo. Es apenas elemental, pues Galán levantaba la emoción del pueblo, que veía en él a un hombre auténtico, que no tenía declives en su adhesión y su lucha.

Juan Manuel González escribe a Berbeo: "en vista del tumulto que se suscitó, contra vuestra merced y yo no pude entrar a Mogotes ese día pero me retiré a convidar gente para aprehender a Galán, pues ha sido el pícaro que nos ha desacreditado". En el texto de ese mensaje hallamos la clave de la incruenta acción contra Galán. Quienes antes tenían poder, ahora eran sumisos cumplidores de órdenes virreynales y admoniciones arzobispales. En cambio Galán era el romántico impulso revolucionario, la entereza humana, la limpia corteza de un pueblo oprimido.

La Real Audiencia desde el 1º de septiembre de 1781 ordenó la prisión de Galán. A los setenta días de haber sido firmadas las capitulaciones, desconociendo que en ellas se establecía que serían respetados y perdonados quienes hubiesen dirigido, alentado o comandado fuerzas de la revolución. Todo ello se olvidó. El Regente Gutiérrez de Piñeres parece que no perdonó nunca el haber sido perseguido en su huida por Galán, por Hilario, su hermano, por el talabartero Lorenzo Alcantuz, por el plebeyo Isidro Molina. Más tarde todos ellos fueron condenados a padecer afrenta y muerte. Y quienes subrayaron la sentencia fueron Juan Francisco Pey Ruiz, Juan Antonio Mon y Velarde, Joaquín Vasco y Vargas, Pedro Catani y Francisco Javier de Serna. Al repasar sus apelativos vemos que coinciden con quienes firmaron en nombre de la Real Audiencia las capitulaciones. Así, Galán, con sus compañeros, entró a la hagiografía de los héroes populares. Alcanzó esa consagración que sólo se les da, en memoria de las sociedades, a quienes han sido fieles a lo más entrañable y puro que tiene un pueblo. Ellos, con Galán a la cabeza, son el primer gran eslabón de misterio y de muerte que va uniendo la historia revolucionaria de nuestra tierra. En su tragedia y en su padecimiento está la raíz de nuevos dolores que sufrirá la democracia para volver a repetir el júbilo de su lucha, de su nueva caída, de su apoteosis también, de su afán de liberación, otra vez. Siempre ha sido igual: "hacia la libertad por los caminos del dolor".

No podía quedar la muerte sin su aureola de infamia. Salvador Plata, uno de los jefes, que sólo alcanzó a ser Capitán de Mujeres, fue quien persiguió a Galán, lo redujo, lo entregó. Por ello con marcada intuición, la gente había pasado por sus balcones cantando la copla punzante:

"Ya te conocemos, Plata,
la traición que habéis de hacer...
que vos hagáis cosa buena
ninguna esperanza queda...."

Galán fue descuartizado. Lo mismo sus compañeros de cadalso. Sus miembros fueron repartidos por aldeas y villorrios para que se escarmentara. Para que nadie fuera capaz de levantar sus palabras de libertad. Para que no se creyera en el poder de la muchedumbre. Para que no se intentara reclamar el cumplimiento de lo que habían ganado en batalla de varones encendidos de pasión por la independencia. Así quedaban notificados de que el Silencio —el hondo y patético silencio de la Colonia— volvía a reinar sobre esos mestizos estremecidos. La sangre, en coágulos, estaba en los rostros de José Antonio Galán, de Lorenzo Alcantuz, de Isidro Molina, de Manuel Ortiz. Era como que se hubiera petrificado, detenido misteriosamente, el curso de la sangre de la revolución. Por esas mismas gotas que cayeron al suelo, que en forma impresionante se concentraban en torno a los cabellos y que corrían hacia su desaparecimiento en las gargantas, las gentes juraban fidelidad a su Caudillo. A quien no los había traicionado y había entendido la tragedia común, y confió en los pobres y humildes. A quien fue fiel a su estatura de hombre y que se puede medir en la dignidad humana que presidió su existencia.

Todo el sentido popular de la lucha de Galán, de auténtico valor popular, que es lo que distingue su gesto de intrépido caudillo mestizo, tuvo tánta resonancia en el pueblo y tan dramática desazón en las autoridades, porque él sintetizaba esa proclama multitudinaria de repudio al engaño. Esa es su gran virtud y su amplio valor social. El encarnaba todas las palabras que sigilosamente se decían los comuneros de cómo su movimiento estaba siendo traicionado. Y él se manifestaba de la orilla de los desamparados, que ya estaban captando cómo la vida sería cruel con ellos, porque una pacificación represiva se acentuaba contra sus tesis y contra sus vidas. Esos arrieros y campesinos, con su mirada un poco melancólica, hilaban sus angustias al pie de la fonda de la vereda. Esa agonía que cruzaba sus emociones, era la tragedia y la muerte que ya asomaban en la zalema diplomática, en la dilación cortesana, en la osadía para calificar a los caudillos.

El común no se desorientó un solo momento. Al contrario, tuvo el presentimiento de lo que le sucedería. Por ello le escribía a Berbeo, por intermedio de sus capitanes, cartas en las cuales le anunciaba sus agoreros afanes. Y con clarividencia que denota conciencia revolucionaria, señalaba cómo debía volverse a agrupar la multitud para defender las capitulaciones. Todo lo barruntó con corazonada mágica. Nunca creyó en las soluciones intermedias. Esa debió de haber sido una de sus más grandes tragedias: el comprender que sus vislumbres no apasionaban a sus jefes. Sólo uno, que tenía un origen distinto, que no poseía privilegios de la Corona ni de la sangre, y que, además, había realizado una política popular en la revolución, era quien interpretaba todo ese almácigo de agónicas cavilaciones. Cómo serían los diálogos de apremiantes. Las palabras cómo resbalarían con acerbía cruel o con huidiza pasión, según los compañeros de diálogo. Y la impotencia cómo les crecería inundando el corazón de torturantes padecimientos humanos.

Y se confirmaron todas esas vivas impresiones del pueblo. El Batallón "Fijo" llegó de Cartagena. Más tarde actuó contra los indios que disfrutaban de las Salinas. Posteriormente se anunció que viajaría al Socorro, lo que produjo una conmoción general. El Regente regresó a la capital, a pesar de que en una de las capitulaciones se había establecido que no lo haría. Se fue desarmando a los labriegos, sin tener en consideración que ellos debían continuar su entrenamiento guerrero. Se dictó orden de prisión contra Galán. Las autoridades todos los días encendían el ánimo persecutorio contra todo lo que entrañara conexión con el victorioso movimiento.

Finalmente el 18 de marzo de 1782 la Real Audiencia declaró nulas las Capitulaciones. Los mismos que las habían aprobado, quienes ordenaron el descuartizamiento de Galán, ahora acompañados del Regente Gutiérrez Piñeres, firman el Acta que las invalidan. Todo ello con una precaución y con una cobardía que espanta al descubrirlas detrás de los adjetivos pudorosos. Es un mensaje que vale conocer en la parte fundamental, porque revela la ciudadosa, metódica y cruel paciencia para desarmar la valentía y resolución de una raza. Por el valor histórico y como testimonio psicológico que pone tan al descubierto la calidad moral y humana de quienes lo firman, debemos dejar aquí transcrita siquiera la esencial muestra de ese ingenio de perversión política:

"Deseando proceder con todas las precauciones que exigen la importancia del asunto, y sus consecuencias, se informe a dicho Excelentísimo señor Virrey, que el concepto del Tribunal es que se aguarde a que venga la tropa que su Excelencia piensa remitir del Regimiento de la Corona; y que quando se halle ya distribuida por destacamentos en el Socorro, San Gil, Girón, Ocaña, Pamplona y demas que se tengan por oportunos, se publiquen las providencias acordadas; lo que seguramente contribuirá á remover todo recelo de nueva inquietud y afianzará la tranquilidad pública y la debida sólida subordinación. Que estando acreditado el terror y espanto que ocasiona la tropa en los pueblos anteriormente sublevados, cuyos habitantes luego que se ven acercarse se retiran huyendo a los montes como ha sucedido con la pequeña partida de recluta que se destinó a Tunxa y lugares del tránsito y conviniendo desengañar, y asegurar á la plebe para que se tranquilice y no dé oídos á las falsas voces, en que se funda su desconfianza; se informe, y proponga al Excelentísimo señor Virrey que este Real Acuerdo gradúa por oportuno que su Excelencia ratifique y renueve el General indulto que en uso de sus regias facultades ha concedido a todos los que se hayan mezclado en los pasados bullicios, á excepción únicamente de los que resulte haber sido los principales autores, y reservando el Tribunal proponer en quanto á éstos lo que le parezca correspondiente en llegando los documentos que tiene pedidos á su Excelencia. Que desde luego, y sin pérdida de tiempo, se libren Reales Provisiones por separado a los Cabildos del Socorro y San Gil para que recojan y remitan el título de Corregidor que se expidió a favor de Juan Francisco Berbeo, tilden y borren las Actas que en su cumplimiento y para ponerle en posesion se hayan celebrado; y le hagan saber cese en el exercicio de este empleo, cuidando las respectivas justicias de que así se verifique pena de responsabilidad, y las demas establecidas por derecho contra los que obedecen y admiten jueces intrusos. Y que con testimonio de este Acordado se dé cuenta á su Majestad. Y así lo acordaron, mandaron y firmaron".

El proceso continuaba en su afán de desbaratar todo el poder que había alcanzado esa lucha. El Arzobispo en su visita había apaciguado montoneras rebeldes. Y ahora se retirarían los títulos a los Capitanes y el nombramiento que se había hecho a Berbeo sería desconocido. Las medidas avanzaban en la proporción en que se descubría que la fuerza inicial de combate había desaparecido. Se presiona para firmar actas de renunciación a las Capitulaciones y sometimiento al Rey. Igualmente en ellas se obligaban a cubrir: 1º "pérdidas y perjuicios causados en esta parroquia en tiempo de la calamidad", y 2º A no sembrar tabaco "por ser opuesta y contraria a la regalía de nuestro amable soberano". Además, se ponía precio a la cabeza de los caudillos. Por la de Javier de Mendoza, de los Llanos de Casanare, se ofrecen quinientos patacones. Y así sucesivamente. En otras latitudes la pacificación se hacía con mano fuerte. Antonio Villalonga adelantó la de los Llanos, quemando las capitulaciones, haciendo abjurar al común de ellas, llevando a la prisión a quienes las defendieron e impusieron. Y con el bárbaro escarmiento de Galán, de Alcantuz, de Ortiz, de Molina. Es decir, de la muerte como sombra de la justicia.

Así se iban destruyendo las conquistas que había alcanzado la muchedumbre. Y no puede menos que pensarse en la sentencia del libro santo: "Prevaricadores que prevaricáis con prevaricación de protervos".

 

* * *

 

El Arzobispo Caballero y Góngora es la contraluz de Galán. Mientras éste es impulso y fuerza elemental de una raza, aquél es parsimonia y cálculo al servicio de un régimen. Mientras el mestizo es fidelidad a una gente ruda y campesina, el Arzobispo es de hábiles combinaciones, que ayudan a desvirtuar toda la reciedumbre de un movimiento. Cuando el uno predica por su propia libertad y habla por la desolladura de su angustia, el otro es la fría inteligencia comprometida en una batalla palaciega. El americano es la tiara enardecida, que al contemplarla le impulsa la soledad a la garganta. El otro es el cortesano de sutiles recursos.

El Arzobispo cumple una tarea que ha merecido el doble calificativo de traición y de hábil político. En todo caso, ya hemos visto algunas de sus intervenciones. Primero viaja desde Santa Fé a evitar que sea invadida por el río humano de los comuneros. Luego divide los ejércitos, para así asegurar el tiempo para las combinaciones y conversaciones. Más tarde, después de firmadas las capitulaciones, oficia el Te Deum. Sobre los libros santos él pide que se juren aquéllas. Después viaja a las provincias rebeldes. El 11 de junio de 1781 le escribe al Oidor Osorio que "conseguimos a lo menos que todo este Reino, ya conmovido y reunido como en un solo cuerpo, no sacudiese de una vez la subordinación y dependencia de su dueño".

"Yo estoy pronto a regresarme a Santa Fé, dentro de dos horas; pero después de quince días determino salir a recorrer los principales lugares autores de la conmoción, a fin de dejar aquellas gentes enteramente tranquilas". Ya hemos hecho relación de los incidentes más importantes de la visita pastoral. El Arzobispo utilizó a los Capitanes con manifiesta destreza, o ellos, que no eran en su totalidad afectos al movimiento revolucionario, prestaron su concurso escuchando —no la voz popular— sino el silbo mágico de su interioridad arrepentida.

Cuando en el Socorro corrió la noticia de que el Virrey, en Cartagena, no consentía en las capitulaciones, el Arzobispo dio nueva fé de su fidelidad a ellas. Pidió, frente al alboroto social que se estaba incubando, un plazo para intervenir ante los poderosos de Santa Fé y de la costa. Así lo testimonian los Comunes en la citada carta del 26 de septiembre de 1781:"... el cual cumplido y visto su Ilustrísimo Señor la razón, nos tiene prometido sino sejan los Oidores de sus pretensiones, conocida ya la traición, que él mismo nos acompaña y ser el Juez para castigarlos, por lo que nos ha sido presiso atender a su súplica porque de contrario fuera atropellar la cosa y que por ay perdiéramos la empresa". Esta es una nueva muestra de su afecto a las Capitulaciones. Y fue otra de sus tácticas para evitar que se aglutinaran los Comunes, en ese instante tan dramático para la Revolución porque las voces más elementales de los labriegos pedían apresuradamente una segunda marcha a Santa Fé. El hecho de saber que el Arzobispo no permitiría la "traición" ayudó a sosegar los ánimos. Pero desgraciadamente las capitulaciones no se aprobaron por el Oidor y fueron anuladas por la Real Audiencia. El Arzobispo no ayudó a la humilde plebe a reclamar contra ello, ni fue Juez severo de los violadores.........

Pero lo que sí aclara la posición del Arzobispo son sus propias palabras y nos deja conocer su concepto acerca de las capitulaciones. Este coincide, calificación de mayor o menor agudeza, con las que entregaron todos los burócratas reales. Al efecto, en su relación de Mando de 1789, ya con un poco de perspectiva, sin la amenaza inminente de unas huestes armadas y resueltas, con el ánimo sereno y limpio de todo encono, en ese momento el juicio aparece sin ninguna vacilación. Después de ocho años de la Revolución, no puede haber interés inmediato en torcer la apreciación íntima, procediendo con cautela o desviando los juicios auténticos. Al contrario, es una apreciación que se ha decantado, que aparece nítida entre el montón de sucesos que le ha tocado vivir, que ha persistido en la memoria. El Arzobispo, doblado ya de Virrey, dice enfáticamente:

"El grado de fermentación a que llegó el campo de Zipaquirá, en que se juntaron de quince a veinte mil hombres; los débiles esfuerzos de la junta de Tribunales, las escandalosas capitulaciones que se propusieron, las modificaciones a que en aquellas angustias pudieron ser reducidas, mis representaciones a la junta para que las aceptase, la dispersión de tantos pueblos sin saciar el espíritu de venganza con que venían armados, mis peregrinaciones y las exhortaciones hechas por mí y por mis misioneros en todas las provincias manchadas de infidelidad, el reconocimiento de sus errores, la renuncia de sus capitulaciones, la restitución del Regente Visitador al ejercicio de sus facultades, la entrega de sus armas y hasta las obligaciones de resarcir los perjuicios que ocasionaron, y el perdón que por mi intermedio les concedió el Rey, todo podrá verlo V. E. en la correspondencia que tuve con el señor Flórez y los papeles que existen en la Secretaría".

Hay que concluir que el Arzobispo no tuvo nunca concepto favorable de las Capitulaciones. Ya veremos cómo, además, le tocó acabar de destruirlas, volviendo al régimen del Regente. Y no quedan —o hasta el momento no se han publicado— los documentos en los cuales Caballero y Góngora deje consignado su pensamiento de defensa de ellas. No conocemos un solo mensaje suyo en el cual intervenga, con clara y limpia ardentía, en el sostenimiento de las conquistas del pueblo. Que sus compromisos con la Corona lo relevaban de toda fidelidad a la plebe se puede admitir como certeza. Pero también es evidente que los comunes no le estaban pidiendo que hiciera permanentes juramentos de adhesión a sus postulados y sus triunfos.

El once de junio de 1782, Caballero y Góngora toma posesión del cargo de Virrey. A la autoridad religiosa une la política. Y en el mes de agosto produce su mensaje de Indulto. Al leerlo, desgraciadamente, se observa que más que un perdón es el restablecimiento de todas las contribuciones fiscales que habían sido abolidas por las Capitulaciones. Se llega a pensar que el calificativo que se le dio permitía la desviación crítica. Pero su contenido tiene toda la fuerza de una nueva carga fiscal. Detrás de la melíflua palabra de absolución, va el impuesto caminando con su cohorte de sufrimiento y de miseria. Allí hay una reiterada demostración de la habilidad política del virrey. Y con esa publicación se estabilizan las cargas tributarias. El alcabalero vuelve a adquirir todo su poder y el común a sufrir todas las exacciones.

Repasando tal documento, hallamos que en él se consignaban los siguientes principios: el indulto establecía el perdón, "salvo siempre los perjuicios y derechos civiles de terceros y del Real Fisco". Ya tuvimos oportunidad de recordar cómo a las aldeas se les estaba haciendo suscribir obligaciones de pago por los daños e incomodidades sufridos por el régimen español.

Por las expresiones del mensaje se comprende que había persecución a quienes tomaron parte en la revolución. Y que el hecho de citar esa circunstancia constituía una degradante calificación. El Arzobispo por ello dice que no es infamante haber sido "Capitán de Levantados" y que no es posible que se esgrima esa expresión contra nadie, como "feo borrón". Pero, además, el mismo texto consigna confusas diferenciaciones, que dan oportunidad para luchar contra algunos de los jefes.

Muerto el símbolo y guía del pueblo, lo llama "infame caudillo" y sus actos los considera "los escandalosos delitos del nombrado José Antonio Galán y el ejemplar suplicio con que fue castigado". Para él es "hombre de oscurísimo nacimiento". Y a este mestizo históricamente tan importante, como a sus compañeros, los moteja de "despechada tropa de fascinerosos". No era parco el Arzobispo-Virrey para interpretar ni los hechos ni los hombres, que más tarde serían la mejor encarnación de los anhelos y pasiones de una nacionalidad.

Luego entra a anunciar que se puede comerciar. A la vez, que es necesario hacer la "recaudación de las rentas reales". Para esto establece:

"a) Alcabala de los frutos y géneros de la tierra —con especificaciones muy claras para cada provincia.

b) Que en las demás Cajas Reales se continúen exigiendo los derechos que se han cobrado con el nombre de Alcabala, de Sisa, de Puertos, de Proyecto, o con cualquiera otro título".

c) Que en los puertos del Mar del Sur hay libre comercio siempre que cubran los derechos de Almojarifazgo, Alcabala y Armada.

d) Termina diciendo que sería una "injusticia, el que pagaran de mala gana y fraudulentamente una deuda tan justa y que tánto les importa".

e) Defiende las guías y tornaguías, diciendo que ellas "que no llevan otro fin que la prosperidad del comercio y la seguridad de los reales intereses".

f) Amonesta pidiendo no difundan papeles o noticias sediciosos, ni fijen pasquines, ni se "atrevan a murmurar, criticar o desaprobar las providencias del gobierno", pues "los oprimiremos con todo el peso de la suprema potestad".

No podemos menos que recordar varios hechos: Galán y sus compañeros habían sido descuartizados cuando se produjo el indulto y ya hemos tenido oportunidad de leer los acres adjetivos que le merecen al Arzobispo. Abraham Pisco no logró el perdón. Confinado en Cartagena, debía presentarse diariamente al Gobernador, de acuerdo con las instrucciones del Virrey. Al efecto, el Arzobispo escribe el 20 de septiembre de 1782: "Reservada .....impondrá a V. E. de haber sido comprendido en el Indulto expedido Ambrosio Pisco, que se denominaba Cacique de Bogotá y se halla preso en uno de esos castillos. Pero no conviniendo que regrese a su patria para evitar las consecuencias que antecedentemente se han experimentado, prevengo a V. S. lo detenga en esa plaza con el pretexto que le parezca, obligándole que se presente a V. S. diariamente ..."

Y en cuanto al hecho del restablecimiento de las cargas fiscales, no es necesario apelar a la imaginación, ni detenerse con metódico cuidado en las proposiciones del Indulto. Basta repasar un aparte de la Relación de Mando del Arzobispo-Virrey, en el cual confirma con qué espíritu se ha movilizado en su acción política:

"Instruido el ignorante pueblo de su obligación, y persuadido por medio de una carta pastoral a que renunciase voluntariamente los privilegios que había arrancado del gobierno y causaban enorme perjuicio a la Real Hacienda, se restableció la observancia de las instrucciones y arreglo hecho por el Regente Visitador, excepción hecha de ciertas formalidades chocantes que miradas con honor y preocupación de los pueblos servían más para agriar los ánimos que de utilidad considerable para la Real Hacienda".

Hay otros documentos que dan mayor acopio de datos acerca de la actitud de España frente al problema humano de los comuneros. Joseph de Gálvez, en cartas del 15 de junio y del 3 de agosto de 1784, en su carácter de Ministro de las Indias, dice al Arzobispo-Virrey que su M. Real "espera del celo y vigilancia de V. E. que para asegurarla en lo sucesivo, hará que se consiga el escarmiento y condigno castigo de los delincuentes de las pasadas alteraciones". Antes el Arzobispo había dicho que ello era difícil para él "hasta obtener la dispensa y habilitación necesaria de su Santidad". A ello se refiere el Ministro en la segunda letra: "en el seguro supuesto de que con esta fecha se pide a Su Santidad la dispensa y habilitaciones necesarias para que V. E. pueda conocer con toda amplitud, directa o indirectamente, en los autos criminales y sus incidencias, sin recelo de que esto deje de conseguirse". Por real orden de 12 de octubre de 1784, se le ordenó a Caballero cumplir lo anterior. Este contesta en mensaje reservado en el cual dice —31 de enero de 1785— que la recibió "y el Breve de Su Santidad, que le acompaña y le informa que procederá en adelante sin el menor escrúpulo a ejercer toda jurisdicción". Así completaba España su política represiva. Y el Arzobispo-Virrey dejaba consignada la voluntad política que animaba su sentido del poder.

 

* * *

 

Hay un episodio que aún no se ha investigado suficientemente. Es el relacionado con las gestiones de los Comuneros frente a Inglaterra. Esto saca la Revolución de su ámbito "municipal y espeso", para darle alcances de extraordinaria significación. Los relatos concuerdan en puntos esenciales como el de que hubo una reunión en la Hacienda de Tescua y allí resolvieron entenderse con Luis Vidalle, capitán de un navío italiano, quien se encontraba con su barco en Curazao. El había servido al gobierno inglés, en su marina, y podía ser elemento de enlace con los ministros británicos para conseguir recursos bélicos para implantar la independencia en Nueva Granada. El espíritu de esa misión sí aparece demasiado claro y elocuente en los papeles que nos ha sido posible consultar. Se habla de la independencia total, sin cortapisas y sin concesiones para el poder español. Es el mismo desvelo que aupaba a los Comuneros. El que fue comprendido tan exactamente por el Arzobispo. Y el mismo que aceptaron, como síntoma de total descomposición, en Madrid. Al efecto, José Gálvez decía en carta al primero que los Comunes tenían sus "designios a nada menos que a la total subversión del Govierno". Esta misión diplomática ante Inglaterra era la continuación del mismo interés político, social y aliento permanente de esa marejada humana.

Hay una diferencia en los nombres de los comisionado a Inglaterra. Algunos historiadores hablan de Juan Bautista Morales y Antonio Pita, y del primero advierten que murió en Europa. Del otro se desconoce su suerte. Sólo queda un mensaje dirigido por el gobierno español al Virrey, en el cual le encarga la Vigilancia de ese súbdito inquietante. Y otros comunicados en los cuales se hace directa referencia a Vicente Aguiar y Dionisio Contreras, de quienes se decían representantes los primeros. Pero siempre hablando y negociando en nombre de los comuneros. Por una serie de deducciones, otros escritores han llegado a la conclusión de que Aguiar es el mismísimo Berbeo y Contreras don Jorge Lozano de Peralta.

El hecho es que la misión se produjo. Todo ello concuerda con las afirmaciones de Lewin, quien ha sostenido que la misión a Inglaterra es uno de los tantos y normales episodios que correspondían dentro de un verdadero afán de revolución integral. Que los documentos que se han encontrado en los archivos españoles e ingleses no dejan margen para dudar del dato histórico y de su significación trascendental como antecedente de incuestionable dimensión y profundidad sociológicas, de la independencia de Nueva Granada.

Los comisionados viajaron a Inglaterra. Allí tomaron contacto con altas personalidades del mundo político. El general Dalling, antiguo gobernador de Jamaica, les entregó su colaboración y logró de Lord Sidney, Ministro del Interior, una entrevista. Este parece que no se entusiasmó con el proyecto. Vidalle y Morales fueron reducidos a prisión por el gobierno español y en Cádiz murieron. De Antonio Pita se pierden los rastros. De todos ellos quedan sus nombres excitando con su prestigio de precursores.

Para puntualizar las pretensiones y el sentido de esta importante misión, es necesario hacer un estudio sobre los documentos que circulan, hasta ahora, para la investigación. Don Vicente Aguiar y don Dionisio de Contreras someten a don Luis Vidalle, en marzo de 1783, una serie de proposiciones para que éste presente al estudio del gobierno inglés. Ellas son en síntesis fiel:

Primera: Piden ayuda, invocando el antecedente de que la casa de Borbón ayudó a los "americanos septentrionales". Que lo que liberten de España lo entregan a Gran Bretaña. Que habrá libertad de religiones.

Segunda: Inglaterra debía despachar 10.000 fusiles con sus bayonetas y cartucheras, 1.000 sables, 20 culebrinas, 600 trabucos para disparar a caballo, balas de culebrina y de fusil, 30.000 libras de pólvora común y 1.000 de la de mejor calidad.

Tercera: Todo se debía enviar a Curazao, pues está próxima a Bahía Honda donde hay un grupo de indios que España nunca pudo someter. Además desde allí se pueden conducir rápidamente a Santa Fé, en donde se debe dar el primer golpe, pues están "seguros de apoderarnos de todo lo perteneciente al Gobierno español".

Cuarta: El envío a Curazao obedece a la oportunidad de desviar la atención, haciendo creer que es un cargamento de mercancías. Allí se facilita el viaje al Sr. Aguiar quien en compañía de Vidalle, lograría colocar las armas en sitios estratégicos.

Quinta: Ofrecen pagar la suma de 222.080 pesos por la totalidad del despacho. Se daría el dinero al entregar las armas en Bahía Honda.

Sexta: Debe existir un barco velero en Curazao para que lleve a Jamaica las noticias de lo que ocurra, pues habrá una comunicación permanente entre don Vicente y don Luis.

Séptima: Quienes ayuden a cargar el barco deben viajar en él para que no ocurra ninguna indiscreción.

Octava: Que Inglaterra haga preparar algunos oficiales en castellano para que ayuden a dirigir y orientar.

Don Luis Vidalle cumplió el encargo con fidelidad. El gobierno inglés le pidió un informe, del cual circula copia en varios libros y que, en resumen, lleva el deseo de independencia:

a) Vicente de Aguilar y Dionisio de Contreras son los principales generales que dirigieron las disputas de 1781.

b)Que estos generales "tenían la mayor parte del Reino en estado propio de defensa contra todas las fuerzas españolas". Pero que resolvieron firmar unas capitulaciones mientras lograban conseguir los elementos de guerra que eran indispensables.

c) Que esas capitulaciones le dieron mucha preeminencia al Arzobispo. Este visitó a don Vicente en una llanura de Zipaquirá. Que "prometió bajo su palabra de honor que todo cuanto deseaban en las mismas Capitulaciones presentadas a la Corte de España se les conseguiría. Bien se hicieron cargo los Generales que en ello no decía verdad, y que el Arzobispo hacía estas ofertas meramente para engañar y entretenerlos".

d) Esas Capitulaciones le merecieron el título de Virrey al Arzobispo y "en fin la resulta de las Capitulaciones presentada a España, fue aumentar los privilegios, pero procurar con mafia poner presos a los principales habitantes del país".

e) Don Vicente y don Dionisio tienen comunicación con el Cacique de Tenca (Don Joseph Gabriel Túpac Amaru, inca descendiente de los Reyes de Indias en el Reino del Perú). Sus movimientos han obedecido a las mismas causas y sus retiros tácticos a idénticas razones. Túpac ahora vive resguardado muy tierra adentro, —dice— como sucede a los jefes más principales de Santa Fé.

f) Hay un vehemente afán de ser súbditos ingleses, pues hay un impulso natural al comercio, que hoy, por el exceso de prohibiciones sólo lo pueden ejercer a través del contrabando.

g) Todo esto lo han convenido en una reunión en una casa de campo con los jefes del Reino.

Esto se confirma, además, con otros documentos importantes. Don Bernardo del Campo, Ministro Español, en Londres, escribe a Madrid, en el año de 1784, informando de todos estos hechos. Un eclesiástico católico, Dionisio O. Driscol, le reveló la presencia de un comisionado que buscaba armas y apoyo para una dinámica y extensa sublevación en América. Sin ninguna duda se refiere a Luis Vidalle. Pero aún más: el informante le entregó copias de los mensajes que hemos sintetizado anteriormente. Todo ello se pudo conocer porque el Capitán Kennedy, con quien Vidalle se entendía, revelaba los sucesos. Era el delator. Tenía la lengua pestilente del que susurra en su incapacidad de concebir nobles afanes para la humanidad.

El Conde de Arana residía en París. El escribe a Floridablanca, el 22 de julio de 1786, todo lo que ha logrado averiguar acerca de las molestas informaciones que le llegan. Inclusive hace viajar desde Londres al Capitán John Broojs, el cual le afirma que hay otro movimiento similar al que ya venia impulsando Vidalle en nombre de estos mestizos neogranadinos. ¿Esto será fantasía y prolongación de los antiguos temores? No, en absoluto. Realmente, la convulsión interna de las provincias continuaba.

La política represiva, el escarmiento, la burla de las capitulaciones, la obligación de los villorrios de devolver los "perjuicios" a la Corona, el continuo peregrinar por montañas de quienes tuvieron participación en la revolución, las nuevas y amargas cargas fiscales, todo ello predisponía a un continuo frente de resistencia. En 1786 se hicieron nuevos intentos de aproximación a Inglaterra. Don Pedro Fermín de Vargas confirma el hecho en comunicación de 17 de noviembre de 1799, al gobierno británico. Sus juicios, insertos en el capítulo de este libro en que hacemos referencia a su titulo de precursor, permiten situar, aún más, el alcance y espíritu de independencia que movía a las gentes batalladoras de este continente.

El recorrido por la historia de los Comuneros nos permite advertir cómo existía una conciencia revolucionaria en la plebe. Este movimiento lo hizo la multitud, inclusive contra la indiferencia de algunos de sus Capitanes, que sólo se acordaron, al momento de aceptar el cargo, de protestar su fidelidad al Rey. Que su ímpetu fue traicionado por quienes no confiaban en las propias fuerzas de la muchedumbre. Que en ese momento el pueblo sólo tuvo un caudillo que lo interpretó. Ese nombre pasa a la posteridad con el de José Antonio Galán, iluminado de martirio y libertad.

Acerca del alcance de esta irrupción de mestizos no queda ninguna duda. Todos los documentos revelan su espíritu de total independencia. Lewin habla de que su preparación obedeció a los planes de "núcleos revolucionarios" que ejercían su actividad en todo el continente americano. En todo caso, su ardentía y la clarividencia para enunciar sus reivindicaciones y comprender los peligros en las negociaciones, nos pone en claridad intelectual, que existía un espíritu de lucha muy definido, que no obedecía a un esporádico afán de litigio.

Esta Revolución es de arrieros, campesinos, labriegos. Las gentes más apegadas a la tierra. Las que sentían con mayor opresión las medidas fiscales y aprendían, en dura lección de tortura y pobreza, que el estanco era la limitación para sus existencias. Desde 1765 vienen cantando la copla popular que en Cali se encendió en todas las gargantas. Mientras regresan a la vereda soledosa y amable y cuando hacen recorridos por montañas ariscas y al llegar al ojo de agua que calma la sed, van repitiendo el verso elemental:

"Viva el rey, muera el mal gobierno,
el estanquero, sus amigos y fiadores.
Guerra contra el estanquero,
guerra, amigos, muera ese perro".

La lectura de las Capitulaciones no permite vacilación en cuanto a la calificación del movimiento. Las reformas fiscales —a las cuales en particular nos hemos referido aquí— tienen un sentido de reconquista de la tierra y sus milagros. Las de carácter político, son de una limpieza impresionante, en sus propósitos, a pesar de que se invoque al Rey y su poder. La consecuencia inmediata de ellas es el desconocimiento de su autoridad y el reclamo y entrega de las ventajas para los mestizos. Es ya un gobierno asentado sobre lo que autónomamente resuelve un pueblo. Allí está el origen de nuestro movimiento democrático. Carlos Martínez Silva decía en patética declaración: "Las Capitulaciones de Zipaquirá valen más para nosotros, como fundamento del sistema representativo, que los Derechos del Hombre, traducidos e impresos por don Antonio Nariño".

Los comuneros señalaron la ruta a nuestro pueblo. Cada vez que se ha desviado de ella, económica o políticamente, hay un sacudimiento de tragedia. Ese es su gran magisterio y su imponderable mandato. Recibirlo y cumplirlo, es apenas la sabia consigna humana para nuestra multitud. Ese es el testimonio de una colectividad precursora de su propia libertad. Y, además, la enseñanza de cómo sólo se pueden buscar los caudillos en aquellos hombres que se estremezcan de angustia al nivel humano de la plebe. Por ello José Antonio Galán todos los días crece en el corazón de la historia colombiana. De los desheredados y agónicos. De los humillados e iluminados en la brega. De los pacientes y duros en la espera. De los vibrantes y sobresaltados de esperanza. De allí, que haciendo un acto de fé en quienes les precedieron en la lucha por la total liberación política, económica y humana, que nuevamente vuelve a repetir misteriosamente en América, un ciclo de desazones y de inquietudes populares, el común vuelve a escuchar como el auténtico mandamiento de sus ideas, el juramento de Galán:

"En el nombre de Dios, de mis mayores, y la libertad, ni un paso atrás. Siempre adelante. Y lo que fuera menester: sea".

"Así sea", vuelve a susurrar el pueblo de América.

Y mientras tanto, piensa en los cabellos revueltos por el viento de la libertad, que acentúan el perfil de bronce y de leyenda de José Antonio Galán.

 

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