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Revolución
y Caudillos
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO IV
3 Parte
GALAN, EL CAUDILLO
HUMANO Y MITICCO
¿Y la
figura mítica de José Antonio Galán qué papel desempeñó en este episodio, uno de los
más fecundos en hechos y enseñanzas de la historia? Su vida sí estuvo más
entrañablemente hundida en los afanes populares. Había nacido en Charalá. Sus padres
fueron Antonio y Ana María de Argüello. Era un mestizo legítimo. Tenía una altanería
natural y una sensibilidad que se hacía visible ante la injusticia. No toleraba ningún
acto que se rompiese con las normas del respeto a lo humano. Presentía que el hombre era
la medida del mundo. Galán recibía de labios de su hermano Hilario, quien era arriero,
noticias de cómo andaba el mundo de convulsionado en todos los contornos. El conocía, a
detalle, cada uno de los episodios que hacían estremecer a la provincia.
El primer
acto de insurgencia de José Antonio Galán se registra en la década séptima del siglo
XVIII. Se ordenó una nueva reducción de indios. Se pagaría diez pesos por cada indio
vivo y ocho por cada uno muerto. Galán había contraído matrimonio con Teresa Berdugo.
Su suegro, Juan, resolvió aprovechar el negocio. Se internó en la montaña en busca de
los indios guanes. El día de mercado regresó con su carga de cabezas. José Antonio, que
se hallaba en la plaza, se indignó ante la afrenta a ¡a dignidad humana. Inmediatamente
arremetió contra su pariente político. Berdugo insistió, protegido por los guardas.
Galán había notificado que no toleraría que así se tratase a los indios y que haría
su defensa con denuedo. Con varios amigos castigó la nueva infamia en la persona del
Corregidor. Lo puso preso y le exigió la renuncia. Y como el escribano real le habla
levantado un expediente por el primer ataque a su suegro, se lo arrancó de sus manos y lo
quemó públicamente. Sólo lo favoreció la montaña. Mediante celada le pusieron preso y
fue llevado a Santa Fe. Catorce meses de prisión pagó allí y luego lo remitieron a
Cartagena condenado a pagar diez años de confinamiento. Su estampa heroica fue
imponiéndose hasta ser requerido para el Batallón "Fijo", para ayudar a la
defensa de Cartagena del asedio de los ingleses. Alcanzó el grado de cabo de la Fuerza
Real. Conquistó la confianza de sus jefes. Esto le permitió huir por el mar y luego por
deshechos, atajos y montañas llegar a Charalá, a su tierra amable y al hogar presentido
tiernamente en la distancia. Una tibia temperatura de amor y una ardiente vocación de
lucha cruzaban su espíritu.
En 1776
estaba Galán en Cartagena. Allí llegaban las noticias de Norteamérica. Se hablaba de
que el pueblo se había insurreccionado. Se contaban detalles de las batallas que la masa
libraba contra sus amos. Todo ello caía en un ambiente de susurro y de aprensión. No era
para menos, pues la inquisición funcionaba a pocos pasos de la plaza mayor. Pero el rumor
se iba extendiendo. Las mentes oprimidas, hacían crecer, en mágico espejismo, todo el
resplandor de esas luchas que elevaban como banderas propias. Como las que podrían llegar
a aglutinar al campesino y al minero en una futura arremetida contra el poder español.
Este presentía que todo ello empujaba el mar humano contra sus rocas poderosas. Por ello
dictaba la orden inapelable:
"Prohíbese
se admita ningún género de trato con extranjeros, pena de la vida y perdimiento de todos
sus bienes".
Coordinaba esta disposición con aquella otra que dictaminaba:
"Es
necesario cuidar mucho de la correspondencia y retener y quemar con un secreto como el de
la confesión sacramental".
Allí
está la síntesis de una política: que la opinión pública no tenga información. Todo
lo que sucede en el mundo es perjudicial, pues pone en evidencia que España no está
acertando en su política imperial. En lo económico persiste en el sistema feudal, cuando
Europa va hacia la revolución industrial. En lo administrativo, lo esencial es la
reducción de indios. El explotamiento fiscal de sus capacidades humanas y de sus reservas
territoriales. En lo social, el sometimiento y el atraso. En lo cultural, la censura. En
lo moral, el aprovechamiento de las posiciones por estanqueros y alcabaleros. Era lógico
que incomodaran los relatos de los viajeros y las cartas que han cumplido siempre
una grata labor de difusión lenta y amable de todas las hazañas de la libertad.
José
Antonio Galán, sabe que en ese año Estados Unidos ha proclamado su independencia. Al
regreso lo cuenta. Advierte que los estancos están amarrando en forma cruel a su pueblo.
El tabaco llegaba a perseguirse como hoja de hechicería. Que la miseria cubría todo su
territorio, porque el nativo no podía tener ninguna iniciativa para asegurar su propia
economía. El padre Finestrad habla de que había "victimas lastimosas de la
necesidad" y recuerda que solo en el Socorro seis mil personas perecieron de
inanición. Igualmente Galán encontraba congestionado el medio social por una serie de
luchas contra guardas y alcabaleros. En Simatoca, en 1760, los alguaciles tratan de atajar
arrieros que conducen un contrabando de tabaco. Fueron vencidos aquéllos. En Mogotes el
Corregidor declara que "durante meses sólo ha vendido allí el Estanco doce
reales". Las gentes se defendían con cultivos ocultos entre la montaña. Era la
única manera de supervivir. El 29 de octubre de 1780 quinientos plebeyos se lanzaron
contra las autoridades, dominándolas. En Charalá Pedro Nieto era destituido como Juez de
Fábrica y Tesorero de una Cofradía, siendo reemplazado por un español. Entonces Nieto
promete hacer la iglesia solo. El español recibió el castigo de la masa ardida de
pasión libertaria. En esa ocasión no valieron ni palabras conjurables del cura, ni la
procesión del Santísimo, ni la imploración del poder divino.
Viene el
movimiento Comunero, después. José Antonio Galán recibe el titulo de Capitán el 25 de
mayo de 1781. Berbeo se lo otorga. Y da pábulo a su acción guerrera, tan intensa y tan
llena de resplandores, por el sentido auténticamente popular que le otorgó. Su paso
desde Zipaquirá hasta Ibagué, es una serie de triunfos. Su nombre crecía en el corazón
de los hombres oprimidos. Todo el Alto Magdalena se levantó contra el poder español. Al
solo anuncio de su nombre, tropas victoriosas realistas, como en Honda, huían
despavoridas. Y los hombres humildes, las mujeres paupérrimas, los niños que presentían
la libertad en el gesto romántico del caudillo, iban engrosando sus filas. El había dado
una orden que era un mandato para aglutinar fuerzas sociales dispersas:
"Dado
que no haya plata en el estanco, podrá vuestra merced presionar a los sujetos de
comodidad, y a los pobres por ningún modo, llevándolos con mucho amor y tolerancia, pues
éstos es menester tratarlos bien, como que sin ellos no hacemos cosa mayor, y ellos nos
dan para conseguir las victorias de nuestra empresa".
Este
pensamiento lo completó con una táctica: a los capitanes no los buscaba entre las gentes
ricas, sino que los improvisaba de las gentes humildes. No quería más confusiones en los
enunciados y los hechos. Ya advertía que sólo se puede dar la batalla completa si hay
una total identidad entre quienes comandan y quienes piden. El fenómeno era que los ricos
ayudaban a protestar, pero no querían desligarse de España que les aseguraba la
fertilidad de sus ganancias. El grito de protesta era para mejorar sus posiciones, que
estaban concentradas en los cuatro poderes: en la iglesia, en lo judicial, en las rentas y
en las armas.
José
Antonio Galán crea un nuevo género de libertad: la de los esclavos. En Malpaso, cerca de
Mariquita, se las declara a quienes allí estaban sometidos a la mita minera. Irrumpe
contra la sociedad esclavista. Su ejemplo es atendido por Lorenzo de Agudelo, en la ciudad
de Antioquia. En Villavieja, en el Huila, los esclavos amarran al mayordomo y lo azotan.
El Alcalde de Medellín informa que se teme que se concentren sobre el Cauca e impidan la
comunicación con el resto del Reino. Así iban aglutinándose nuevas fuerzas revolucionarias.
Con ello se producía un sacudimiento en la raíz más profunda de la organización
económica de las colonias españolas. Ese gesto audaz y vibrante de Galán lo repetirá
Bolívar, más tarde, en la guerra de la Independencia. Era la manera de quebrar un
sistema aberrante, donde el hombre queda sometido a la más baja y asqueante forma de
padecimiento en favor de otro. Galán es por ello el precursor de esta forma de respeto
humano, que luego tendrá su total culminación en la Revolución económica de 1850.
Estos actos acentuaron la persecusión contra Galán en forma criminal y perversa, porque
venía a destruir un patrimonio individual de muchos de los criollos que habían ayudado a
los Comuneros. Esa es la explicación para que colaborasen en su captura, no sólo las
autoridades españolas, sino elementos mestizos, que gozaban de los privilegios de la
esclavitud. Galán era, entonces, el símbolo contra su poderío económico y quien estaba
ayudando a destruirlo. Ese es el profundo sentido de su lucha y de su ejemplo. Por ello su
huracanada figura de caudillo se levanta en la imaginación social como un mito, como una
bandera que con sus pliegues cubre todo movimiento de honda y auténtica extracción
colectiva. La multitud lo siente como su padre y protector, porque habló su idioma,
buscó sus hombres, exaltó sus virtudes.
Boleslao
Lewin reafirma esta tesis con sus palabras de investigadorr y de erudito:
"Cabe
señalar que fue Galán quien levantaba a los esclavos donde llegaba con su gente. Con
este antecedente importante, porque aún después de la independencia los negros seguían
siendo esclavos, no resultará tan extraño el hecho de que dos Capitanes generales de los
Comuneros fueran los que se tomaran la tarea de entregarlo, cuando se puso al frente de
los que reaccionaron contra la traición de la Real Audiencia.
"Es
cierto que uno de esos Capitanes Generales era el miserable don Salvador Plata; pero no
menos cierto es que le ayudaron en la vil tarea de entregar al heroico caudillo popular,
los Capitanes de los comuneros de tan destacada actuación, como Pedro Alejandro de la
Prada y Juan Bernardo Plata. A todos ellos no sólo les movía el deseo de demostrar
palmariamente su fidelidad al Gobierno español, para librarse del castigo por sus pecados
anteriores, sino también el rencor profundo del vecino criollo hacia la plebe y su
Capitán, libertador de esclavos. Creemos oportuno volver a recalcar esto, porque después
de decenas de años de vida independiente, lograda al calor de las ideas igualitarias del
iluminismo, en la parte septentrional y austral del continente, en las antiguas colonias
inglesas y españolas, los negros seguían siendo esclavos ...."
Por donde
Galán caminaba se encendía la revolución. Tuvo grandes triunfos en Las Cuevas y El
Roble. A Guaduas la ocupó. De Honda huyen los realistas tan pronto saben que él se
acerca con su apasionada chusma. En Mariquita se estremecen de alegría al ver su estampa
y oír sus palabras de fe en la libertad. En La Mesa, en Ibagué, en Purificación, en
Tocaima, en Coyaima, secundaban a los Comuneros al solo conjuro del apelativo del
caudillo. Cuando se firmaron las capitulaciones, José Antonio Galán se encontraba en
Ambalema. Allí lo fue a buscar Pedro Nieto. Hay varias versiones. Unos enuncian la tesis
de que aquél consintió el pacto de Zipaquirá, sin resistencias. Otros aceptan que
siempre Galán fue enemigo de esa tregua, que él consideraba perjudicial para los
intereses del pueblo. Que él comprendió, desde el primer momento, que la traición y la
represión caminarían como secuela por haber detenido el avance contra la capital. Todo
ello hay que relacionarlo, directamente, con su conducta cuando el Arzobispo viajaba a la
pacificación. Sus mensajes, las cartas cruzadas, las llamadas angustiosas, las mismas
fuerzas que concentró, todo indica que su poder de análisis de los hechos, era más
agudo que el fervor de pacificación que les entró a algunos capitanes para hacerse
perdonar su desviación por la causa americana.
Quedan
dos mensajes que dan mucha claridad acerca del comportamiento de Galán frente a las
capitulaciones. Uno de Juan de Dios Reyes al Gobernador de Mariquita, de septiembre 8 de
1781, en el cual manifiesta que el Caudillo mestizo se separó de Ambalema, pero siguió
con una "pequeña fuerza" por el río Magdalena y que hizo nuevos nombramientos
de capitanes en Upito, en Coello, en la Capilla del Espinal. Su espíritu de continuidad
del movimiento está allí establecido. Y en cuanto a la misión de don Pedro Nieto, por
orden de Berbeo, que cumplió ante Galán, queda una carta de aquél, dirigida al Alcalde
Ordinario, en la cual puntualiza que no pudo entenderse con él. Que, al contrarío,
tenía una tendencia a huír que impedía su localización. Al efecto, leemos en la parte
esencial del documento:
"He
tenido noticia que por orden superior se halla en captura de Jph. Antonio Galán, hombre
revoltoso, levantado y de tan infames operaciones, que no solamente es reo de lesa
Majestad, sino también de innumerables delitos que ha cometido; y para su contención
habiéndoseme comisionado por la Real Audiencia y Real Junta, pasé a la villa de Honda,
ciudad de Mariquita sobre su caución, y quietud de aquellas poblaciones; y habiendo
practicado las más exactas diligencias sobre la prisión de dicho Galán y seguro con la
prisión de su persona, sólo conseguí que este levantado desertase huyendo de los
lugares en que hacía la resistencia y poderío contra la Hacienda Real y particulares; y
habiendo sacado varias gentes de aquellos parajes, que de estos lugares le patrocinaban, y
dadas las providencias correspondientes sobre el seguro de la Real Hacienda, con la
noticia de haber salido prófugo me restituí a la ciudad de Santa Fe, en donde di cuenta
a la Superioridad de mi comisión; y en virtud de mi cumplimiento se aprobó y se me dió
el documento correspondiente, en grado de mérito por aquel servicio".
Naturalmente
sobre Galán recayeron los más graves epítetos: bandolero, ladrón, jefe de cuadrilla,
asaltante del tesoro público, incestuoso, hombre de depravada conducta. No hubo
calificación infamante que no se le otorgara. El poder español contó para ello con la
colaboración de las declaraciones de todos los criollos que estaban más cerca de los
privilegios que otorgaban de ultramar. Y hubo capitanes que se solazaban en arreciar su
combate verbal contra el joven caudillo. Es apenas elemental, pues Galán levantaba la
emoción del pueblo, que veía en él a un hombre auténtico, que no tenía declives en su
adhesión y su lucha.
Juan
Manuel González escribe a Berbeo: "en vista del tumulto que se suscitó, contra
vuestra merced y yo no pude entrar a Mogotes ese día pero me retiré a convidar gente
para aprehender a Galán, pues ha sido el pícaro que nos ha desacreditado". En el
texto de ese mensaje hallamos la clave de la incruenta acción contra Galán. Quienes
antes tenían poder, ahora eran sumisos cumplidores de órdenes virreynales y admoniciones
arzobispales. En cambio Galán era el romántico impulso revolucionario, la entereza
humana, la limpia corteza de un pueblo oprimido.
La Real
Audiencia desde el 1º de septiembre de 1781 ordenó la prisión de Galán. A los setenta
días de haber sido firmadas las capitulaciones, desconociendo que en ellas se establecía
que serían respetados y perdonados quienes hubiesen dirigido, alentado o comandado
fuerzas de la revolución. Todo ello se olvidó. El Regente Gutiérrez de Piñeres parece
que no perdonó nunca el haber sido perseguido en su huida por Galán, por Hilario, su
hermano, por el talabartero Lorenzo Alcantuz, por el plebeyo Isidro Molina. Más tarde
todos ellos fueron condenados a padecer afrenta y muerte. Y quienes subrayaron la
sentencia fueron Juan Francisco Pey Ruiz, Juan Antonio Mon y Velarde, Joaquín Vasco y
Vargas, Pedro Catani y Francisco Javier de Serna. Al repasar sus apelativos vemos que
coinciden con quienes firmaron en nombre de la Real Audiencia las capitulaciones. Así,
Galán, con sus compañeros, entró a la hagiografía de los héroes populares. Alcanzó
esa consagración que sólo se les da, en memoria de las sociedades, a quienes han sido
fieles a lo más entrañable y puro que tiene un pueblo. Ellos, con Galán a la cabeza,
son el primer gran eslabón de misterio y de muerte que va uniendo la historia
revolucionaria de nuestra tierra. En su tragedia y en su padecimiento está la raíz de
nuevos dolores que sufrirá la democracia para volver a repetir el júbilo de su lucha, de
su nueva caída, de su apoteosis también, de su afán de liberación, otra vez. Siempre
ha sido igual: "hacia la libertad por los caminos del dolor".
No podía
quedar la muerte sin su aureola de infamia. Salvador Plata, uno de los jefes, que sólo
alcanzó a ser Capitán de Mujeres, fue quien persiguió a Galán, lo redujo, lo entregó.
Por ello con marcada intuición, la gente había pasado por sus balcones cantando la copla
punzante:
"Ya
te conocemos, Plata,
la traición que habéis de hacer...
que vos hagáis cosa buena
ninguna esperanza queda...."
Galán
fue descuartizado. Lo mismo sus compañeros de cadalso. Sus miembros fueron repartidos por
aldeas y villorrios para que se escarmentara. Para que nadie fuera capaz de levantar sus
palabras de libertad. Para que no se creyera en el poder de la muchedumbre. Para que no se
intentara reclamar el cumplimiento de lo que habían ganado en batalla de varones
encendidos de pasión por la independencia. Así quedaban notificados de que el Silencio
el hondo y patético silencio de la Colonia volvía a reinar sobre esos
mestizos estremecidos. La sangre, en coágulos, estaba en los rostros de José Antonio
Galán, de Lorenzo Alcantuz, de Isidro Molina, de Manuel Ortiz. Era como que se hubiera
petrificado, detenido misteriosamente, el curso de la sangre de la revolución. Por esas
mismas gotas que cayeron al suelo, que en forma impresionante se concentraban en torno a
los cabellos y que corrían hacia su desaparecimiento en las gargantas, las gentes juraban
fidelidad a su Caudillo. A quien no los había traicionado y había entendido la tragedia
común, y confió en los pobres y humildes. A quien fue fiel a su estatura de hombre y que
se puede medir en la dignidad humana que presidió su existencia.
Todo el
sentido popular de la lucha de Galán, de auténtico valor popular, que es lo que
distingue su gesto de intrépido caudillo mestizo, tuvo tánta resonancia en el pueblo y
tan dramática desazón en las autoridades, porque él sintetizaba esa proclama
multitudinaria de repudio al engaño. Esa es su gran virtud y su amplio valor social. El
encarnaba todas las palabras que sigilosamente se decían los comuneros de cómo su
movimiento estaba siendo traicionado. Y él se manifestaba de la orilla de los
desamparados, que ya estaban captando cómo la vida sería cruel con ellos, porque una
pacificación represiva se acentuaba contra sus tesis y contra sus vidas. Esos arrieros y
campesinos, con su mirada un poco melancólica, hilaban sus angustias al pie de la fonda
de la vereda. Esa agonía que cruzaba sus emociones, era la tragedia y la muerte que ya
asomaban en la zalema diplomática, en la dilación cortesana, en la osadía para
calificar a los caudillos.
El común
no se desorientó un solo momento. Al contrario, tuvo el presentimiento de lo que le
sucedería. Por ello le escribía a Berbeo, por intermedio de sus capitanes, cartas en las
cuales le anunciaba sus agoreros afanes. Y con clarividencia que denota conciencia
revolucionaria, señalaba cómo debía volverse a agrupar la multitud para defender las
capitulaciones. Todo lo barruntó con corazonada mágica. Nunca creyó en las soluciones
intermedias. Esa debió de haber sido una de sus más grandes tragedias: el comprender que
sus vislumbres no apasionaban a sus jefes. Sólo uno, que tenía un origen distinto, que
no poseía privilegios de la Corona ni de la sangre, y que, además, había realizado una
política popular en la revolución, era quien interpretaba todo ese almácigo de
agónicas cavilaciones. Cómo serían los diálogos de apremiantes. Las palabras cómo
resbalarían con acerbía cruel o con huidiza pasión, según los compañeros de diálogo.
Y la impotencia cómo les crecería inundando el corazón de torturantes padecimientos
humanos.
Y se
confirmaron todas esas vivas impresiones del pueblo. El Batallón "Fijo" llegó
de Cartagena. Más tarde actuó contra los indios que disfrutaban de las Salinas.
Posteriormente se anunció que viajaría al Socorro, lo que produjo una conmoción
general. El Regente regresó a la capital, a pesar de que en una de las capitulaciones se
había establecido que no lo haría. Se fue desarmando a los labriegos, sin tener en
consideración que ellos debían continuar su entrenamiento guerrero. Se dictó orden de
prisión contra Galán. Las autoridades todos los días encendían el ánimo persecutorio
contra todo lo que entrañara conexión con el victorioso movimiento.
Finalmente
el 18 de marzo de 1782 la Real Audiencia declaró nulas las Capitulaciones. Los mismos que
las habían aprobado, quienes ordenaron el descuartizamiento de Galán, ahora acompañados
del Regente Gutiérrez Piñeres, firman el Acta que las invalidan. Todo ello con una
precaución y con una cobardía que espanta al descubrirlas detrás de los adjetivos
pudorosos. Es un mensaje que vale conocer en la parte fundamental, porque revela la
ciudadosa, metódica y cruel paciencia para desarmar la valentía y resolución de una
raza. Por el valor histórico y como testimonio psicológico que pone tan al descubierto
la calidad moral y humana de quienes lo firman, debemos dejar aquí transcrita siquiera la
esencial muestra de ese ingenio de perversión política:
"Deseando
proceder con todas las precauciones que exigen la importancia del asunto, y sus
consecuencias, se informe a dicho Excelentísimo señor Virrey, que el concepto del
Tribunal es que se aguarde a que venga la tropa que su Excelencia piensa remitir del
Regimiento de la Corona; y que quando se halle ya distribuida por destacamentos en el
Socorro, San Gil, Girón, Ocaña, Pamplona y demas que se tengan por oportunos, se
publiquen las providencias acordadas; lo que seguramente contribuirá á remover todo
recelo de nueva inquietud y afianzará la tranquilidad pública y la debida sólida
subordinación. Que estando acreditado el terror y espanto que ocasiona la tropa en los
pueblos anteriormente sublevados, cuyos habitantes luego que se ven acercarse se retiran
huyendo a los montes como ha sucedido con la pequeña partida de recluta que se destinó a
Tunxa y lugares del tránsito y conviniendo desengañar, y asegurar á la plebe para que
se tranquilice y no dé oídos á las falsas voces, en que se funda su desconfianza; se
informe, y proponga al Excelentísimo señor Virrey que este Real Acuerdo gradúa por
oportuno que su Excelencia ratifique y renueve el General indulto que en uso de sus regias
facultades ha concedido a todos los que se hayan mezclado en los pasados bullicios, á
excepción únicamente de los que resulte haber sido los principales autores, y reservando
el Tribunal proponer en quanto á éstos lo que le parezca correspondiente en llegando los
documentos que tiene pedidos á su Excelencia. Que desde luego, y sin pérdida de tiempo,
se libren Reales Provisiones por separado a los Cabildos del Socorro y San Gil para que
recojan y remitan el título de Corregidor que se expidió a favor de Juan Francisco Berbeo,
tilden y borren las Actas que en su cumplimiento y para ponerle en posesion se hayan
celebrado; y le hagan saber cese en el exercicio de este empleo, cuidando las respectivas
justicias de que así se verifique pena de responsabilidad, y las demas establecidas por
derecho contra los que obedecen y admiten jueces intrusos. Y que con testimonio de este
Acordado se dé cuenta á su Majestad. Y así lo acordaron, mandaron y firmaron".
El
proceso continuaba en su afán de desbaratar todo el poder que había alcanzado esa lucha.
El Arzobispo en su visita había apaciguado montoneras rebeldes. Y ahora se retirarían los
títulos a los Capitanes y el nombramiento que se había hecho a Berbeo sería
desconocido. Las medidas avanzaban en la proporción en que se descubría que la fuerza
inicial de combate había desaparecido. Se presiona para firmar actas de renunciación a
las Capitulaciones y sometimiento al Rey. Igualmente en ellas se obligaban a cubrir: 1º
"pérdidas y perjuicios causados en esta parroquia en tiempo de la calamidad", y
2º A no sembrar tabaco "por ser opuesta y contraria a la regalía de nuestro amable
soberano". Además, se ponía precio a la cabeza de los caudillos. Por la de Javier
de Mendoza, de los Llanos de Casanare, se ofrecen quinientos patacones. Y así
sucesivamente. En otras latitudes la pacificación se hacía con mano fuerte. Antonio
Villalonga adelantó la de los Llanos, quemando las capitulaciones, haciendo abjurar al
común de ellas, llevando a la prisión a quienes las defendieron e impusieron. Y con el
bárbaro escarmiento de Galán, de Alcantuz, de Ortiz, de Molina. Es decir, de la muerte
como sombra de la justicia.
Así se
iban destruyendo las conquistas que había alcanzado la muchedumbre. Y no puede menos que
pensarse en la sentencia del libro santo: "Prevaricadores que prevaricáis con
prevaricación de protervos".
* * *
El
Arzobispo Caballero y Góngora es la contraluz de Galán. Mientras éste es impulso y
fuerza elemental de una raza, aquél es parsimonia y cálculo al servicio de un régimen.
Mientras el mestizo es fidelidad a una gente ruda y campesina, el Arzobispo es de hábiles
combinaciones, que ayudan a desvirtuar toda la reciedumbre de un movimiento. Cuando el uno
predica por su propia libertad y habla por la desolladura de su angustia, el otro es la
fría inteligencia comprometida en una batalla palaciega. El americano es la tiara
enardecida, que al contemplarla le impulsa la soledad a la garganta. El otro es el
cortesano de sutiles recursos.
El
Arzobispo cumple una tarea que ha merecido el doble calificativo de traición y de hábil
político. En todo caso, ya hemos visto algunas de sus intervenciones. Primero viaja desde
Santa Fé a evitar que sea invadida por el río humano de los comuneros. Luego divide los
ejércitos, para así asegurar el tiempo para las combinaciones y conversaciones. Más
tarde, después de firmadas las capitulaciones, oficia el Te Deum. Sobre los libros santos
él pide que se juren aquéllas. Después viaja a las provincias rebeldes. El 11 de junio
de 1781 le escribe al Oidor Osorio que "conseguimos a lo menos que todo este Reino,
ya conmovido y reunido como en un solo cuerpo, no sacudiese de una vez la subordinación y
dependencia de su dueño".
"Yo
estoy pronto a regresarme a Santa Fé, dentro de dos horas; pero después de quince días
determino salir a recorrer los principales lugares autores de la conmoción, a fin de
dejar aquellas gentes enteramente tranquilas". Ya hemos hecho relación de los
incidentes más importantes de la visita pastoral. El Arzobispo utilizó a los Capitanes
con manifiesta destreza, o ellos, que no eran en su totalidad afectos al movimiento
revolucionario, prestaron su concurso escuchando no la voz popular sino el
silbo mágico de su interioridad arrepentida.
Cuando en
el Socorro corrió la noticia de que el Virrey, en Cartagena, no consentía en las
capitulaciones, el Arzobispo dio nueva fé de su fidelidad a ellas. Pidió, frente al
alboroto social que se estaba incubando, un plazo para intervenir ante los poderosos de
Santa Fé y de la costa. Así lo testimonian los Comunes en la citada carta del 26 de
septiembre de 1781:"... el cual cumplido y visto su Ilustrísimo Señor la razón,
nos tiene prometido sino sejan los Oidores de sus pretensiones, conocida ya la traición,
que él mismo nos acompaña y ser el Juez para castigarlos, por lo que nos ha sido presiso
atender a su súplica porque de contrario fuera atropellar la cosa y que por ay
perdiéramos la empresa". Esta es una nueva muestra de su afecto a las
Capitulaciones. Y fue otra de sus tácticas para evitar que se aglutinaran los Comunes, en
ese instante tan dramático para la Revolución porque las voces más elementales de los
labriegos pedían apresuradamente una segunda marcha a Santa Fé. El hecho de saber que el
Arzobispo no permitiría la "traición" ayudó a sosegar los ánimos. Pero
desgraciadamente las capitulaciones no se aprobaron por el Oidor y fueron anuladas por la
Real Audiencia. El Arzobispo no ayudó a la humilde plebe a reclamar contra ello, ni fue
Juez severo de los violadores.........
Pero lo
que sí aclara la posición del Arzobispo son sus propias palabras y nos deja conocer su
concepto acerca de las capitulaciones. Este coincide, calificación de mayor o menor
agudeza, con las que entregaron todos los burócratas reales. Al efecto, en su relación
de Mando de 1789, ya con un poco de perspectiva, sin la amenaza inminente de unas huestes
armadas y resueltas, con el ánimo sereno y limpio de todo encono, en ese momento el
juicio aparece sin ninguna vacilación. Después de ocho años de la Revolución, no puede
haber interés inmediato en torcer la apreciación íntima, procediendo con cautela o
desviando los juicios auténticos. Al contrario, es una apreciación que se ha decantado,
que aparece nítida entre el montón de sucesos que le ha tocado vivir, que ha persistido
en la memoria. El Arzobispo, doblado ya de Virrey, dice enfáticamente:
"El
grado de fermentación a que llegó el campo de Zipaquirá, en que se juntaron de quince a
veinte mil hombres; los débiles esfuerzos de la junta de Tribunales, las escandalosas
capitulaciones que se propusieron, las modificaciones a que en aquellas angustias pudieron
ser reducidas, mis representaciones a la junta para que las aceptase, la dispersión de
tantos pueblos sin saciar el espíritu de venganza con que venían armados, mis
peregrinaciones y las exhortaciones hechas por mí y por mis misioneros en todas las
provincias manchadas de infidelidad, el reconocimiento de sus errores, la renuncia de sus
capitulaciones, la restitución del Regente Visitador al ejercicio de sus facultades, la
entrega de sus armas y hasta las obligaciones de resarcir los perjuicios que ocasionaron,
y el perdón que por mi intermedio les concedió el Rey, todo podrá verlo V. E. en la
correspondencia que tuve con el señor Flórez y los papeles que existen en la
Secretaría".
Hay que
concluir que el Arzobispo no tuvo nunca concepto favorable de las Capitulaciones. Ya
veremos cómo, además, le tocó acabar de destruirlas, volviendo al régimen del Regente.
Y no quedan o hasta el momento no se han publicado los documentos en los
cuales Caballero y Góngora deje consignado su pensamiento de defensa de ellas. No
conocemos un solo mensaje suyo en el cual intervenga, con clara y limpia ardentía, en el
sostenimiento de las conquistas del pueblo. Que sus compromisos con la Corona lo relevaban
de toda fidelidad a la plebe se puede admitir como certeza. Pero también es evidente que
los comunes no le estaban pidiendo que hiciera permanentes juramentos de adhesión a sus
postulados y sus triunfos.
El once
de junio de 1782, Caballero y Góngora toma posesión del cargo de Virrey. A la autoridad
religiosa une la política. Y en el mes de agosto produce su mensaje de Indulto. Al
leerlo, desgraciadamente, se observa que más que un perdón es el restablecimiento de
todas las contribuciones fiscales que habían sido abolidas por las Capitulaciones. Se
llega a pensar que el calificativo que se le dio permitía la desviación crítica. Pero
su contenido tiene toda la fuerza de una nueva carga fiscal. Detrás de la melíflua
palabra de absolución, va el impuesto caminando con su cohorte de sufrimiento y de
miseria. Allí hay una reiterada demostración de la habilidad política del virrey. Y con
esa publicación se estabilizan las cargas tributarias. El alcabalero vuelve a adquirir
todo su poder y el común a sufrir todas las exacciones.
Repasando
tal documento, hallamos que en él se consignaban los siguientes principios: el indulto
establecía el perdón, "salvo siempre los perjuicios y derechos civiles de terceros
y del Real Fisco". Ya tuvimos oportunidad de recordar cómo a las aldeas se les
estaba haciendo suscribir obligaciones de pago por los daños e incomodidades sufridos por
el régimen español.
Por las
expresiones del mensaje se comprende que había persecución a quienes tomaron parte en la
revolución. Y que el hecho de citar esa circunstancia constituía una degradante
calificación. El Arzobispo por ello dice que no es infamante haber sido "Capitán de
Levantados" y que no es posible que se esgrima esa expresión contra nadie, como
"feo borrón". Pero, además, el mismo texto consigna confusas diferenciaciones,
que dan oportunidad para luchar contra algunos de los jefes.
Muerto el
símbolo y guía del pueblo, lo llama "infame caudillo" y sus actos los
considera "los escandalosos delitos del nombrado José Antonio Galán y el ejemplar
suplicio con que fue castigado". Para él es "hombre de oscurísimo
nacimiento". Y a este mestizo históricamente tan importante, como a sus compañeros,
los moteja de "despechada tropa de fascinerosos". No era parco el
Arzobispo-Virrey para interpretar ni los hechos ni los hombres, que más tarde serían la
mejor encarnación de los anhelos y pasiones de una nacionalidad.
Luego
entra a anunciar que se puede comerciar. A la vez, que es necesario hacer la
"recaudación de las rentas reales". Para esto establece:
"a)
Alcabala de los frutos y géneros de la tierra con especificaciones muy claras para
cada provincia.
b) Que en
las demás Cajas Reales se continúen exigiendo los derechos que se han cobrado con el
nombre de Alcabala, de Sisa, de Puertos, de Proyecto, o con cualquiera otro título".
c) Que en
los puertos del Mar del Sur hay libre comercio siempre que cubran los derechos de
Almojarifazgo, Alcabala y Armada.
d)
Termina diciendo que sería una "injusticia, el que pagaran de mala gana y
fraudulentamente una deuda tan justa y que tánto les importa".
e)
Defiende las guías y tornaguías, diciendo que ellas "que no llevan otro fin que la
prosperidad del comercio y la seguridad de los reales intereses".
f)
Amonesta pidiendo no difundan papeles o noticias sediciosos, ni fijen pasquines, ni se
"atrevan a murmurar, criticar o desaprobar las providencias del gobierno", pues
"los oprimiremos con todo el peso de la suprema potestad".
No
podemos menos que recordar varios hechos: Galán y sus compañeros habían sido
descuartizados cuando se produjo el indulto y ya hemos tenido oportunidad de leer los
acres adjetivos que le merecen al Arzobispo. Abraham Pisco no logró el perdón. Confinado
en Cartagena, debía presentarse diariamente al Gobernador, de acuerdo con las
instrucciones del Virrey. Al efecto, el Arzobispo escribe el 20 de septiembre de 1782:
"Reservada .....impondrá a V. E. de haber sido comprendido en el Indulto expedido
Ambrosio Pisco, que se denominaba Cacique de Bogotá y se halla preso en uno de esos
castillos. Pero no conviniendo que regrese a su patria para evitar las consecuencias que
antecedentemente se han experimentado, prevengo a V. S. lo detenga en esa plaza con el
pretexto que le parezca, obligándole que se presente a V. S. diariamente ..."
Y en
cuanto al hecho del restablecimiento de las cargas fiscales, no es necesario apelar a la
imaginación, ni detenerse con metódico cuidado en las proposiciones del Indulto. Basta
repasar un aparte de la Relación de Mando del Arzobispo-Virrey, en el cual confirma con
qué espíritu se ha movilizado en su acción política:
"Instruido
el ignorante pueblo de su obligación, y persuadido por medio de una carta pastoral a que
renunciase voluntariamente los privilegios que había arrancado del gobierno y causaban
enorme perjuicio a la Real Hacienda, se restableció la observancia de las instrucciones y
arreglo hecho por el Regente Visitador, excepción hecha de ciertas formalidades chocantes
que miradas con honor y preocupación de los pueblos servían más para agriar los ánimos
que de utilidad considerable para la Real Hacienda".
Hay otros
documentos que dan mayor acopio de datos acerca de la actitud de España frente al
problema humano de los comuneros. Joseph de Gálvez, en cartas del 15 de junio y del 3 de
agosto de 1784, en su carácter de Ministro de las Indias, dice al Arzobispo-Virrey que su
M. Real "espera del celo y vigilancia de V. E. que para asegurarla en lo sucesivo,
hará que se consiga el escarmiento y condigno castigo de los delincuentes de las pasadas
alteraciones". Antes el Arzobispo había dicho que ello era difícil para él
"hasta obtener la dispensa y habilitación necesaria de su Santidad". A ello se
refiere el Ministro en la segunda letra: "en el seguro supuesto de que con esta fecha
se pide a Su Santidad la dispensa y habilitaciones necesarias para que V. E. pueda conocer
con toda amplitud, directa o indirectamente, en los autos criminales y sus incidencias,
sin recelo de que esto deje de conseguirse". Por real orden de 12 de octubre de 1784,
se le ordenó a Caballero cumplir lo anterior. Este contesta en mensaje reservado en el
cual dice 31 de enero de 1785 que la recibió "y el Breve de Su Santidad,
que le acompaña y le informa que procederá en adelante sin el menor escrúpulo a ejercer
toda jurisdicción". Así completaba España su política represiva. Y el
Arzobispo-Virrey dejaba consignada la voluntad política que animaba su sentido del poder.
* * *
Hay un
episodio que aún no se ha investigado suficientemente. Es el relacionado con las
gestiones de los Comuneros frente a Inglaterra. Esto saca la Revolución de su ámbito
"municipal y espeso", para darle alcances de extraordinaria significación. Los
relatos concuerdan en puntos esenciales como el de que hubo una reunión en la Hacienda de
Tescua y allí resolvieron entenderse con Luis Vidalle, capitán de un navío italiano,
quien se encontraba con su barco en Curazao. El había servido al gobierno inglés, en su
marina, y podía ser elemento de enlace con los ministros británicos para conseguir
recursos bélicos para implantar la independencia en Nueva Granada. El espíritu de esa
misión sí aparece demasiado claro y elocuente en los papeles que nos ha sido posible
consultar. Se habla de la independencia total, sin cortapisas y sin concesiones para el
poder español. Es el mismo desvelo que aupaba a los Comuneros. El que fue comprendido tan
exactamente por el Arzobispo. Y el mismo que aceptaron, como síntoma de total
descomposición, en Madrid. Al efecto, José Gálvez decía en carta al primero que los
Comunes tenían sus "designios a nada menos que a la total subversión del
Govierno". Esta misión diplomática ante Inglaterra era la continuación del mismo
interés político, social y aliento permanente de esa marejada humana.
Hay una
diferencia en los nombres de los comisionado a Inglaterra. Algunos historiadores hablan de
Juan Bautista Morales y Antonio Pita, y del primero advierten que murió en Europa. Del
otro se desconoce su suerte. Sólo queda un mensaje dirigido por el gobierno español al
Virrey, en el cual le encarga la Vigilancia de ese súbdito inquietante. Y otros
comunicados en los cuales se hace directa referencia a Vicente Aguiar y Dionisio
Contreras, de quienes se decían representantes los primeros. Pero siempre hablando y
negociando en nombre de los comuneros. Por una serie de deducciones, otros escritores han
llegado a la conclusión de que Aguiar es el mismísimo Berbeo y Contreras don Jorge
Lozano de Peralta.
El hecho
es que la misión se produjo. Todo ello concuerda con las afirmaciones de Lewin, quien ha
sostenido que la misión a Inglaterra es uno de los tantos y normales episodios que
correspondían dentro de un verdadero afán de revolución integral. Que los documentos
que se han encontrado en los archivos españoles e ingleses no dejan margen para dudar del
dato histórico y de su significación trascendental como antecedente de incuestionable
dimensión y profundidad sociológicas, de la independencia de Nueva Granada.
Los
comisionados viajaron a Inglaterra. Allí tomaron contacto con altas personalidades del
mundo político. El general Dalling, antiguo gobernador de Jamaica, les entregó su
colaboración y logró de Lord Sidney, Ministro del Interior, una entrevista. Este parece
que no se entusiasmó con el proyecto. Vidalle y Morales fueron reducidos a prisión por
el gobierno español y en Cádiz murieron. De Antonio Pita se pierden los rastros. De
todos ellos quedan sus nombres excitando con su prestigio de precursores.
Para
puntualizar las pretensiones y el sentido de esta importante misión, es necesario hacer
un estudio sobre los documentos que circulan, hasta ahora, para la investigación. Don
Vicente Aguiar y don Dionisio de Contreras someten a don Luis Vidalle, en marzo de 1783,
una serie de proposiciones para que éste presente al estudio del gobierno inglés. Ellas
son en síntesis fiel:
Primera:
Piden ayuda, invocando el antecedente de que la casa de Borbón ayudó a los
"americanos septentrionales". Que lo que liberten de España lo entregan a Gran
Bretaña. Que habrá libertad de religiones.
Segunda:
Inglaterra debía despachar 10.000 fusiles con sus bayonetas y cartucheras, 1.000 sables,
20 culebrinas, 600 trabucos para disparar a caballo, balas de culebrina y de fusil, 30.000
libras de pólvora común y 1.000 de la de mejor calidad.
Tercera:
Todo se debía enviar a Curazao, pues está próxima a Bahía Honda donde hay un grupo de
indios que España nunca pudo someter. Además desde allí se pueden conducir rápidamente
a Santa Fé, en donde se debe dar el primer golpe, pues están "seguros de
apoderarnos de todo lo perteneciente al Gobierno español".
Cuarta:
El envío a Curazao obedece a la oportunidad de desviar la atención, haciendo creer que
es un cargamento de mercancías. Allí se facilita el viaje al Sr. Aguiar quien en
compañía de Vidalle, lograría colocar las armas en sitios estratégicos.
Quinta:
Ofrecen pagar la suma de 222.080 pesos por la totalidad del despacho. Se daría el dinero
al entregar las armas en Bahía Honda.
Sexta:
Debe existir un barco velero en Curazao para que lleve a Jamaica las noticias de lo que
ocurra, pues habrá una comunicación permanente entre don Vicente y don Luis.
Séptima:
Quienes ayuden a cargar el barco deben viajar en él para que no ocurra ninguna
indiscreción.
Octava:
Que Inglaterra haga preparar algunos oficiales en castellano para que ayuden a dirigir y
orientar.
Don Luis
Vidalle cumplió el encargo con fidelidad. El gobierno inglés le pidió un informe, del
cual circula copia en varios libros y que, en resumen, lleva el deseo de independencia:
a)
Vicente de Aguilar y Dionisio de Contreras son los principales generales que dirigieron
las disputas de 1781.
b)Que
estos generales "tenían la mayor parte del Reino en estado propio de defensa contra
todas las fuerzas españolas". Pero que resolvieron firmar unas capitulaciones
mientras lograban conseguir los elementos de guerra que eran indispensables.
c) Que
esas capitulaciones le dieron mucha preeminencia al Arzobispo. Este visitó a don Vicente
en una llanura de Zipaquirá. Que "prometió bajo su palabra de honor que todo cuanto
deseaban en las mismas Capitulaciones presentadas a la Corte de España se les
conseguiría. Bien se hicieron cargo los Generales que en ello no decía verdad, y que el
Arzobispo hacía estas ofertas meramente para engañar y entretenerlos".
d) Esas
Capitulaciones le merecieron el título de Virrey al Arzobispo y "en fin la resulta
de las Capitulaciones presentada a España, fue aumentar los privilegios, pero procurar
con mafia poner presos a los principales habitantes del país".
e) Don
Vicente y don Dionisio tienen comunicación con el Cacique de Tenca (Don Joseph Gabriel
Túpac Amaru, inca descendiente de los Reyes de Indias en el Reino del Perú). Sus
movimientos han obedecido a las mismas causas y sus retiros tácticos a idénticas
razones. Túpac ahora vive resguardado muy tierra adentro, dice como sucede a
los jefes más principales de Santa Fé.
f) Hay un
vehemente afán de ser súbditos ingleses, pues hay un impulso natural al comercio, que
hoy, por el exceso de prohibiciones sólo lo pueden ejercer a través del contrabando.
g) Todo
esto lo han convenido en una reunión en una casa de campo con los jefes del Reino.
Esto se
confirma, además, con otros documentos importantes. Don Bernardo del Campo, Ministro
Español, en Londres, escribe a Madrid, en el año de 1784, informando de todos estos
hechos. Un eclesiástico católico, Dionisio O. Driscol, le reveló la presencia de un
comisionado que buscaba armas y apoyo para una dinámica y extensa sublevación en
América. Sin ninguna duda se refiere a Luis Vidalle. Pero aún más: el informante le
entregó copias de los mensajes que hemos sintetizado anteriormente. Todo ello se pudo
conocer porque el Capitán Kennedy, con quien Vidalle se entendía, revelaba los sucesos.
Era el delator. Tenía la lengua pestilente del que susurra en su incapacidad de concebir
nobles afanes para la humanidad.
El Conde
de Arana residía en París. El escribe a Floridablanca, el 22 de julio de 1786, todo lo
que ha logrado averiguar acerca de las molestas informaciones que le llegan. Inclusive
hace viajar desde Londres al Capitán John Broojs, el cual le afirma que hay otro
movimiento similar al que ya venia impulsando Vidalle en nombre de estos mestizos
neogranadinos. ¿Esto será fantasía y prolongación de los antiguos temores? No, en
absoluto. Realmente, la convulsión interna de las provincias continuaba.
La
política represiva, el escarmiento, la burla de las capitulaciones, la obligación de los
villorrios de devolver los "perjuicios" a la Corona, el continuo peregrinar por
montañas de quienes tuvieron participación en la revolución, las nuevas y amargas
cargas fiscales, todo ello predisponía a un continuo frente de resistencia. En 1786 se
hicieron nuevos intentos de aproximación a Inglaterra. Don Pedro Fermín de Vargas
confirma el hecho en comunicación de 17 de noviembre de 1799, al gobierno británico. Sus
juicios, insertos en el capítulo de este libro en que hacemos referencia a su titulo de
precursor, permiten situar, aún más, el alcance y espíritu de independencia que movía
a las gentes batalladoras de este continente.
El
recorrido por la historia de los Comuneros nos permite advertir cómo existía una
conciencia revolucionaria en la plebe. Este movimiento lo hizo la multitud, inclusive
contra la indiferencia de algunos de sus Capitanes, que sólo se acordaron, al momento de
aceptar el cargo, de protestar su fidelidad al Rey. Que su ímpetu fue traicionado por
quienes no confiaban en las propias fuerzas de la muchedumbre. Que en ese momento el
pueblo sólo tuvo un caudillo que lo interpretó. Ese nombre pasa a la posteridad con el
de José Antonio Galán, iluminado de martirio y libertad.
Acerca
del alcance de esta irrupción de mestizos no queda ninguna duda. Todos los documentos
revelan su espíritu de total independencia. Lewin habla de que su preparación obedeció
a los planes de "núcleos revolucionarios" que ejercían su actividad en todo el
continente americano. En todo caso, su ardentía y la clarividencia para enunciar sus
reivindicaciones y comprender los peligros en las negociaciones, nos pone en claridad
intelectual, que existía un espíritu de lucha muy definido, que no obedecía a un
esporádico afán de litigio.
Esta
Revolución es de arrieros, campesinos, labriegos. Las gentes más apegadas a la tierra.
Las que sentían con mayor opresión las medidas fiscales y aprendían, en dura lección
de tortura y pobreza, que el estanco era la limitación para sus existencias. Desde 1765
vienen cantando la copla popular que en Cali se encendió en todas las gargantas. Mientras
regresan a la vereda soledosa y amable y cuando hacen recorridos por montañas ariscas y
al llegar al ojo de agua que calma la sed, van repitiendo el verso elemental:
"Viva
el rey, muera el mal gobierno,
el estanquero, sus amigos y fiadores.
Guerra contra el estanquero,
guerra, amigos, muera ese perro".
La
lectura de las Capitulaciones no permite vacilación en cuanto a la calificación del
movimiento. Las reformas fiscales a las cuales en particular nos hemos referido
aquí tienen un sentido de reconquista de la tierra y sus milagros. Las de carácter
político, son de una limpieza impresionante, en sus propósitos, a pesar de que se
invoque al Rey y su poder. La consecuencia inmediata de ellas es el desconocimiento de su
autoridad y el reclamo y entrega de las ventajas para los mestizos. Es ya un gobierno
asentado sobre lo que autónomamente resuelve un pueblo. Allí está el origen de nuestro
movimiento democrático. Carlos Martínez Silva decía en patética declaración:
"Las Capitulaciones de Zipaquirá valen más para nosotros, como fundamento del
sistema representativo, que los Derechos del Hombre, traducidos e impresos por don Antonio
Nariño".
Los
comuneros señalaron la ruta a nuestro pueblo. Cada vez que se ha desviado de ella,
económica o políticamente, hay un sacudimiento de tragedia. Ese es su gran magisterio y
su imponderable mandato. Recibirlo y cumplirlo, es apenas la sabia consigna humana para
nuestra multitud. Ese es el testimonio de una colectividad precursora de su propia
libertad. Y, además, la enseñanza de cómo sólo se pueden buscar los caudillos en
aquellos hombres que se estremezcan de angustia al nivel humano de la plebe. Por ello
José Antonio Galán todos los días crece en el corazón de la historia colombiana. De
los desheredados y agónicos. De los humillados e iluminados en la brega. De los pacientes
y duros en la espera. De los vibrantes y sobresaltados de esperanza. De allí, que
haciendo un acto de fé en quienes les precedieron en la lucha por la total liberación
política, económica y humana, que nuevamente vuelve a repetir misteriosamente en
América, un ciclo de desazones y de inquietudes populares, el común vuelve a escuchar
como el auténtico mandamiento de sus ideas, el juramento de Galán:
"En
el nombre de Dios, de mis mayores, y la libertad, ni un paso atrás. Siempre adelante. Y
lo que fuera menester: sea".
"Así
sea", vuelve a susurrar el pueblo de América.
Y
mientras tanto, piensa en los cabellos revueltos por el viento de la libertad, que
acentúan el perfil de bronce y de leyenda de José Antonio Galán.
Continuar
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