Revolución y Caudillos
Otto Morales Benítez

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CAPITULO IV
2 Parte

 

 

CAPITANES A LA FUERZA

 

Pero regresemos al interés primordial de nuestra modesta investigación. Esta se orienta a demostrar cómo esos movimientos de tánta cohesión revolucionaria estaban ya predicando lo que en 1850 apenas vendría a tener justo entendimiento en las mentes de algunos políticos republicanos.

Siguiendo el estudio del doctor Horacio Rodríguez Plata, ex-Presidente de la Academia Colombiana de Historia, y uno de los espíritus más abiertos al sentimiento de la verdadera nacionalidad colombiana, encontramos que él hace una división de las Capitulaciones por las materias que tratan. Nosotros reproducimos aquí las de carácter económico, que nos sirven para demostrar, como ha sido el objeto de este trabajo, que la Revolución Económica de 1850, tiene sus raíces hondas, hundidas en la entraña popular y corresponden a una angustia contenida durante varios siglos. Que los postulados de la revolución de los Comuneros sólo vinieron a tener un eco en los reformadores de 1850. Que parece ser que ellos hubiesen escuchado ese grito de Libertad, que se extendió por nuestra tierra, entre arrieros, campesinos, mineros y gentes del común, que sentían la palpitación telúrica como algo propio. Que tenían el sentimiento de la libertad como atributo de su rebeldía contenida. Es pues la revolución económica de 1850 una interpretación directa de lo que el pueblo pidió, con ahínco mesiánico, setenta años antes.

Al efecto, Horacio Rodríguez Plata, dice:

"Las treinta y cinco reformas fundamentales contenidas en el pliego de las Capitulaciones se pueden dividir en tres clases:
Económicas, Eclesiásticas, y políticas y Administrativas. Las primeras, en síntesis, fueron las siguientes:

1ª—Abolición completa y perpetua del impuesto de armada de Barlovento;

2ª—Cesación de las incómodas guías y tornaguías;

3ª—Extinción del ramo de barajas;

4ª—Uso privilegiado del papel sellado de a medio real para eclesiásticos, religiosos, indios y pobres, y del de a dos reales para las personas de alguna comodidad;

5ª—Suspensión del derecho de medias anatas para los puestos, onerosos y sin sueldo, de Alcaldes de hermandad y alcaldes pedáneos;

6ª—Abolición del odioso monopolio o estanco de tabaco, implantado como medida de tanteo para el Virrey Mesía de la Cerda; onerosísimo para los productores e intermediarios y de flaco rendimiento para el fisco;

7ª—Reducción de la contribución total y anual de cuatro pesos para los indios y de dos pesos para los mulatos requintados, no debiéndoseles cobrar en adelante a aquéllos ni a éstos estipendio alguno por concepto de óleos, casamientos y entierros; prohibición de que los párrocos continuaran gravándoles con la pensión de alferazgos en las fiestas eclesiásticas; y, finalmente, restitución de los indios a los resguardos no vendidos y entera propiedad de aquéllos sobre éstos;

8ª—Tasación máxima de seis pesos por botija y dos reales por botella de aguardiente;

9ª—Fijación, desde ahora y para siempre, de la rata de alcabala, en un dos por ciento, pero sólo de ciertos frutos y géneros, con la excepción precisa de los algodones;

10ª—Cesación de la contribución de peajes a la entrada de Santa Fe para todos los vecinos de la jurisdicción del Socorro, Vélez y Tunja;

11ª—Rebaja en la tarifa de porte de correos, con pesos y distancias que se estipulan;

12ª—Rebaja, a mitad de precio, de la bula de cruzada;

13ª—No redención de censos para imponerlos en las reales cajas, por lo costoso de su redención y los crecidos gastos que ocasionaría el cobro de sus réditos;

14ª—Vuelta al antiguo precio de dos reales y medio a la arroba de sal; y devolución de las salinas a sus antiguos dueños los indios, con un impuesto de un peso por carga para el fisco real;

15ª—Supresión del gracioso donativo o capitación de dos pesos para cada persona blanca y de una para indios, negros y mulatos;

19ª—Que los escribanos públicos cobren sólo la mitad de los derechos arancelarios y que sean obligados a poner al margen de escrituras y documentos los derechos causados; que los notarios eclesiásticos no puedan cobrar más de dos reales por cada hoja en las informaciones para matrimonio, cesando así la corruptela de cobrar doce contra la ley castellana, estos oficiales, ‘la carcoma, polilla o esponga de todos los lugares";

21ª—Que el precio de la libra de pólvora, estancada, vuelva a su ser primero de ocho reales;

25ª.—Que se les ande a la mano a jueces de diezmos y sus notarios en los abusos respecto del cobro por las escrituras;

31ª—Que las tiendecillas de pulpería no tengan pensión distinta de la alcabala y la de propios; atenta la miserable condición de muchas gentecillas que viven de esa granjería;

32ª—Que los alcaides, porteros o castellanos de la cárcel no se les permita cobrar más de dos reales por derecho de salida, y eso en prisión corta. Aquí se hace la terrible consideración de que muchos hombres y mujeres eran llevados a la cárcel no por delito cuanto por la utilidad para los alcaides...Síntoma tremendo de los abusos prevalecientes".

Después de regresar el ejército popular a sus aldeas, comienza la época de la represión. Dispersados los contingentes revolucionarios, se planea toda una campaña de pacificación. No se dejará un detalle descuidado. El programa será realizado con lentitud, mientras el pueblo pierde el ímpetu inicial. Así logran adormecerlo. Y no se corre ningún peligro. No habrán fuertes reacciones, ni nuevos motines, ni amenazas de avanzar sobre Santa Fé. Lo importante es emplear todos los recursos; hombres vinculados al común, personas influyentes a las cuales se les dan nuevos cargos, capitanes sorprendidos en su fe. Todo se utilizará. Luego vendrán, inclusive, las represalias contra quienes colaboraron. Ni siquiera habrá una amable luz de agradecimiento para aquellos que contribuyeron a estabilizar el régimen colonial.

Lo primero era dar la impresión de que se cumplirían las capitulaciones. Entonces no se trató de desarmar al pueblo, para que continuara el entrenamiento de que se hablaba en una de ellas. Pero se fue dispersándole, impidiéndole sus contactos, controlándole toda actividad. Y el fervor que los animó al comienzo, fue decayendo, borrándose. Berbeo tenía que ir de caserío en caserío, explicando, repitiendo, tomando medidas de emergencia para contener las reacciones. En Pamplona, donde los arrieros y labriegos no estaban satisfechos, los calmó con el destierro de los españoles Antonio Pasos y don Joaquín de Molina. Así el descontento iba creciendo. Pero los capitanes estaban empeñados en cumplir su palabra. No habían logrado advertir la felonía, que el común había señalado de antemano, que predijo, que enunció con voces delirantes.

Luego vino la visita del Arzobispo a las provincias del Oriente. La labor no fue fácil, ni los espíritus estaban serenos. Pero ello no importaba. Se buscaba, precisamente, reducirles el entusiasmo, sosegarles su pasión, minimizarles sus sueños. Y se logró. Mientras tanto la decepción, corría, brincaba en todos los pechos, se volvía murmullo. La conseja crecía. El pueblo tenía una extraña intuición de su destino. De su trágico destino, para calificarlo con exactitud. Reaccionaba contra sus antiguos capitanes y se revolvía contra el Arzobispo. En Suaita hubo un motín contra su Reverencia. Berbeo tuvo que intervenir y aquietarlo. Entre Oiba y el Socorro quisieron atajar la marcha del futuro Virrey. Pero entre zalema y bendición, con la colaboración de quienes dirigieron el movimiento, continuó su política de atracción, de reducción de aspiraciones, con poderoso influjo para aplacar inquietudes y veleidades. Pero el hombre de pie limpio sabía que su suerte de angustia y padecimiento volvería a renacer, irremediablemente.

Mientras tanto, José Bernet, desde Cartagena, había viajado con el Batallón Fijo, en auxilio del Virrey. Con quinientos veteranos llegó a Santa Fé. No se esperaron las medidas de la Real Audiencia. Esta comenzó su tarea de control. Las capitulaciones, en poco tiempo, serán letra de escarnio. Palabras de un pueblo que dejaba allí escrita su rebeldía, su sentido de independencia nacional, la afirmación de su mestizaje confundido con el ansia de parcela. No se dejaba oportunidad para que la gente pensase que sería tratada con justicia y generosidad. Como ejército triunfante. Como impulso de una masa que había previsto su porvenir. Como humanidad que se desbordaba en lucha por su libertad y la de su tierra.

Se fueron cancelando todas las conquistas. Un día el antiguo administrador de las Salinas, Juan Raimundo Cabrera, volvió a su puesto. Los indios de Nemocón pidieron órdenes a don Ambrosio Pisco. Este los autorizó para resistir. Pero Bernet había ya enviado la Compañía de Granaderos del Batallón Fijo, comandada por Blas de Soria. El común peleó y venció. Quemaron la casa del Administrador y obligaron a Soria a retirarse. Habían ganado su batalla. La de la sal. El Cura comenzó una labor de atracción para someterlos al Comandante. Ellos prefirieron huír al monte. Sus muertos, que eran cinco, fueron despojados de sus cabezas por los españoles. En San Diego, en San Victorino, en Las Cruces, en Egipto quedaron con un gesto grotesco en el rostro. Era el anuncio de que la Revolución seria sancionada sin ninguna complacencia. Esas cinco cabezas se levantaban como preludio trágico de la gran traición que, como la sangre de los héroes anónimos del escarmiento, chorreaba contra la multitud.

Lo que impresiona en este proceso revolucionario, es la claridad que tuvo el común acerca de su suerte. No tuvo un momento de perplejidad, sino de luminosa apreciación de cada circunstancia. Cuando el Arzobispo avanzaba por las aldeas y veredas, las gentes se reunían a avizorar que nada amable les esperaba. Cuando se tuvieron noticias en el Socorro de que la Real Audiencia no daría cumplimiento a las Capitulaciones, hubo nuevos motines y palabras duras de la gente humilde. El Arzobispo pidió esperar. Mientras tanto, en Santa Fé, los amigos de los Comuneros habían resuelto pasar a mejor vida a todos los españoles incómodos. Para el diez de agosto de 1781 se fijó la fecha en la cual, al filo de la media noche, serían sorprendidos oidores y miembros de la Real Audiencia, alcabaleros y alguaciles. Pero fueron delatados. La maldita lengua que destila al oído palabras de cobardía y de alabanza, dijo sigilosas razones para la felonía. El castigo fue implacable. Los Comunes recibieron ese acto como una notificación inexorable. Como una inapelable conjura contra sus vidas y sus ansias.

Y ellos volvieron a decir sus frases de claridad impresionante. Tuvieron la sensación de que sólo los salvaría el reorganizar las fuerzas de la independencia. El Arzobispo pidió quince días de espera. Mientras tanto el "Batallón Fijo" aceleraba su marcha por las aguas del Río de la Magdalena. Así habría manera de reprimir sin factores favorables para esos seres humildes y silenciosos. En septiembre de 1781, se produce un mensaje de los señores Capitanes de Mogotes, en el cual plantean su verdadera situación: "no debemos esperar ni un día —reflexionan— para el cumplimiento de lo que adquirimos en una cruenta batalla de libertad". Ellos no descuidaban aprestar nuevos elementos guerreros. Pero el desaliento principiaba a cubrir amplias zonas sociales. El apaciguamiento iba cumpliendo su labor en las fuerzas latentes de una nacionalidad que pugnaba por irrumpir. En dicha carta vemos cómo ya está caminando la traición y cómo dulces promesas detienen el ímpetu de un pueblo que tiene certeza acerca de lo que le conviene como destino y como lucha:

"Mui nuestros venerados compañeros: El comun de esta Villa recebimos su favorecida en la que hemos visto su contenido en la que se hallan Vmds. aquexados de nós y así respondemos que tienen mui sobrada razón; pero al mismo tiempo suplicamos que nos disculpen, pues no ha sido tal letargo de sueño, pues por medio de nuestro Procurador a quien le hemos suplicado les informe de la súplica que se nos ha hecho de parte de nuestro Príncipe, el Ilmo Señor Arzobispo, el que nos dice que informó a la Corte de Santafé y al señor Virrey sobre el asunto de las nobedades y cumplimiento de las Capitulaciones para cuio resulto darnos de ello respuesta nos pidió un mes de término, el cual se cumple de hoy en quince días, según nuestra cuenta; el cual cumplido y visto su ilustrísimo Señor la razón, nos tiene prometido sino sejan los Oidores de sus pretensiones, conocida ya la traición, que el mismo nos acompaña y ser el Juez para castigarlos, por lo que nos a sido presiso atender á su súplica porque de contrario fuera atropellar la cosa y que por ay perdiéramos la empresa".

En ese mismo mensaje se habla de que se están previniendo en Moniquirá cañones de artillería. Era el desarrollo lógico de la Capitulación número dieciocho, que permitía el adiestramiento de tropas. Y seguramente un oculto recelo que les indicaba la necesidad de tener repuestos de abasto para la próxima lucha. Para la que no podrían librar, envueltos entre la miseria de la delación y la traición manejada con habilidosa maestría diplomática.

José Antonio Galán, Buenaventura Gutiérrez, Custodio Arenales, Juan Ignacio Gualdrón, Juan Manuel de Rojas, desde Mogotes, insisten en sus aprensiones. En su rara y profética visión de los hechos. Para ellos se acerca una época en la cual sólo la muerte triunfará, en acechanza y recelo. En odio de exterminio contra ellos y en sepultura para sus esperanzas de nuevas conquistas humanas y económicas. El 23 de septiembre de 1781 plantean sus tesis con descarnada limpieza:

Principian por quejarse de que los "amenaza la Corthe de Santa Fe y todo el Reino por el malogrado habanze de la vez pasado con que nos han dejado vendidos, abariciosos, pícaros, traidores, á lo que no encontramos otro remedio que bolber a acometer con mas maduras reflecciones como ya esperimentados". Y finalmente sentencian: "Esto supuesto señores, que es lo que hacemos? A qué esperamos? A que Santa Fee se abaste de todos sentimientos y que lleguen las tropas de abaxo que estan a salir y bengan nos aniquilen sin reserba ni aun de los inocentes como lo tienen prometido. Alentemonos pues, y veamos si á costa de nuestras vidas hatajamos este pernicioso canser que amenaza nuestra ruina en honra y hasiendas, y cuando no las vidas el infame borron y sucessibo reato de una sonroxada esclavitud. Y para poder nosotros de aqui movernos y á otros Comunes participesenos una instrucción con relacion jurada de lo que debemos hacer y mapa por donde hemos de caminar, por donde, como y cuando y lo que resultare de esta esclamacion se nos de pronta noticia, sin el embeleso de que dentro de un mes, ni veinte, ni quince dias, porque segun nos parece no dará el tiempo ese lugar y porque esperamos de ustedes la más exacta providencia. Parroquia de Mogotes".

José María Franqui, desde Málaga, indaga cuál debe ser la política que se debe seguir ante los amargos presentimientos que tienen todas las personas de su comandancia. Porque él considera que "en tiempo debido podemos poner al grande río que aunque tiene detenido su curso nos puede de improbiso inundar en copiosas lástimas que indispensablemente nos combatan cuando más descuidados nos allemos". De suerte que hay conmoción en todos los sectores. Hay una profunda inquietud interior en todos los hombres. Sienten que se van a cancelar sus derechos y a segar sus vidas. Se ven estremecidos de pavor y un agorero sentimiento les ronda con pávida amargura su alegría. No hay descanso en la guerra, como sentenciaba el poeta.

¿Cómo se puede explicar que un movimiento tan fuerte, sobre el cual tuvo tánta claridad el pueblo, se fuera hundiendo en el vacío, consumido en la persecución y la represión? Hay varias causas a nuestro entender. La más potente para nosotros es aquella de que los intereses de los criollos ricos no coincidían exactamente con las peticiones de la plebe. Aquéllos tenían una serie de ventajas económicas que, por su condición social, habían sido acordadas por la Corona. Y generalmente tenían su vinculación por la sangre con los españoles que habían llegado a este continente. Se encontraban cobijados, por lo tanto, por una serie de Reales Cédulas que hacía más favorable su situación, en contraste con quienes levantaban banderas más activas de combate. Tenían que producirse escisiones, luchas extrañas, incompatibilidades manifiestas.

Hubo un factor que también tuvo un poder determinante: los comunes impusieron a los capitanes el cargo. Y les dieron órdenes e instrucciones. Les señalaron cuál era su derrotero y sus obligaciones. Todo ello sin ninguna reserva. Al contrario, con altanería y con soberbia en el gesto. Los mismos dirigentes lo declaran paladinamente, sin ningún reato, cuando buscan un escape a sus responsabilidades. O para dejar patente cómo su sentimiento de clase estaba inclinado hacia otros intereses y otros afanes. Esa fue una de las más crueles y amargas experiencias de esa revolución. El pueblo apelaba a quienes tenían más nombradía, a las personas que, por su posición social, despertaban mayores consideraciones regionales. No a quienes se encontraran más identificados con sus reivindicaciones. De allí arranca la gran tragedia de este movimiento. Los capitanes no tenían fé en lo que pedía el común, ni se sentían ligados a su tragedia, ni estaban espiritualmente confundidos con su angustia. Entonces era lógico que pactasen, a pesar de las advertencias populares. Y que ayudaran a apaciguar, a pesar de las inquietudes colectivas.

El 18 de abril de 1781, al mes de comenzar la revolución, los señores Berbeo, Plata, Monsalve y Rosillo, firmaron ante el Notario del Socorro y en presencia del Teniente Corregidor, don Clemente Estévez, un instrumento en el cual puntualizaban su pensamiento, que ya es un augurio de lo que podrá padecer la gente que los proclamaba como sus jefes: "Que por todo lo referido, temerosos de recibir la muerte, con sus familias a manos de éstos, y por esto violentados y contra su voluntad, sin que se entienda incurrir en la fea nota de traidores del Rey (que Dios guarde), y antes sí por ver si con el comando en que les constituyen pueden, por medios lícitos y suaves, contener, sosegar y subordinar a los abanderizados, admiten el nombramiento bajo de esta exclamación, que en tiempo hacer en debida forma, sobre que el consentir en ello no les sea mancha ni deshonor a sus buenas circunstancias y fidelidad a nuestro soberano".

En esas palabras queda ya escrita la suerte del movimiento. Los capitanes aceptan por resguardar sus vidas y para suavizar a los "abanderizados". No sentían ningún ímpetu cordial por el movimiento. No estaban convencidos de la necesidad de llevarlo hasta sus últimas consecuencias. No se sentían comprometidos con el fervor y padecimiento de su pueblo. Las guías esenciales de la Revolución no les impresionaban como mandato y agonía. Era imposible, por lo tanto, y ahora sí explicable, toda táctica de componenda y retirada, de complacencia y de ayuda a los poderes represivos.

De allí, también, que el artesano y el labriego dudasen del comando. Por ello aconsejaban frecuentemente. Y levantaban voces airadas para pedir que no se negociara. El entendimiento lo comprendía el populacho en su simplicidad e intuición, como la derrota de sus ideales. La más cruel iniquidad contra su profunda vocación de independencia. Porque ese fue el significado y la virtud de su movimiento. El Padre Fray Joaquín de Finestrad, en su obra "El Vasallo Ilustrado en el Estado del Nuevo Reino de Granada", deja claramente establecido cuál era el sentido del gobierno que tenían los del Común. Y cómo toda una concepción orgánica de la administración los impulsó a establecer todas las agencias de un estado. Era un profundo sentimiento de liberación el que les daba aliento para una vasta empresa administrativa. Oigámosle:

"....Continuó la insurrección sus desleales atentados paseando por las calles, a son de caja, con bandera negra, excitando en unos la desconfianza con el Rey, en otros la contumacia a sus mandatos, en éstos la conspiración contra la real justicia, en aquéllos la destrucción del erario de S. M. y en todos la acción más tirana y cruel contra el honor de S. M., apedreando sus reales armas, explíandolas de la antigua posesión de su lugar, arrojándolas a la tierra, pisándolas con vil desprecio, haciéndolas menudos pedazos con las lanzas y en algunas partes sacrificándolas vergonzosamente a las llamas en pública hoguera. Declaró su Independencia, quiso gobernarse como República soberana, nombró Magistrados, estableció un Consejo Supremo que lo componían seis Capitanes Generales con su Secretario de Estado para la fácil y pronta expedición de los negocios de la empresa, saliendo de este subrepticio Tribunal los títulos de Tenientes generales, de Sargentos Mayores, de Capitanes, con las ordenanzas para las tropas, aunque sin la formalidad propia de la milicia, y los reglamentos para los Comunes, con apercibimiento de multas pecuniarias, de azotes y de la vida. Se firmaban títulos de Capitanes volantes y se les asignaban tropas, a fin de que caminaran de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, de villa en villa y de lugar en lugar para conmover a sus habitantes, tumultuarles condenando los estancos reales y declararles a voz de caja por cuenta de los Comunes para los costos de la empresa. Se mandaban órdenes rigurosas de comisión para que los cabildos y los pueblos prestasen juramento de fidelidad y obediencia a los Capitanes Generales del Socorro, amenazando con graves penas a los que se oponían. El supremo figurado Consejo era el tribunal de las causas en donde se trataba de quejas y se conocía de apelación sin atender a la Real Audiencia para estos actos de jurisdicción".

A pesar de todo ello, algunos Capitanes no comprendieron que su misión era "estar en quicio con su pueblo y con su tierra". Ni siquiera el advertir cómo se movía una multitud con verdadero sentido de orientación política, les impuso la obligación de ser fieles a esa plebe. No queda ninguna duda de que sus intereses no concidían. De que sus vidas estaban separadas por ambiciones, afanes, derroteros económicos diferentes, compromisos sociales en oposición. En nota que los capitanes dirigen al Virrey, en mayo de 1781, dejan ya todas las puertas abiertas ante las autoridades coloniales para que cuenten con su cooperación. Es un temor recóndito el que aletea en sus frases. Vuelven a repetir que "violentados, hemos admitido el nombramiento que se nos hizo de Capitanes, y con el fin de contener los desarreglados procedimientos que se habían experimentado, y ver si por medios de prudencia se puede conseguir la tranquilidad de estas repúblicas, mediante a que no podemos tratar, sin pérdida de nuestras vidas y pocos bienes, de impedirles el intento, pues ni aún consiente en que se trate en ningún término, a menos que no sea al fin que ellos pretenden, a fin de quitar todo pecho y consumir a quien se lo impida". Y reafirman con énfasis que han tenido que someterse a "padecer las molestias que son de considerar en tan críticas circunstancias".

Al leer estas palabras puede uno explicarse todo el proceso de desintegración de la revolución. No existía ninguna identidad en lo que se proponía el pueblo y lo que representaban los capitanes. Estos defendían sus vidas y sus bienes y por ello aceptaban dirigir un movimiento que buscaba suprimir una política fiscal que tenía liquidado todo un conglomerado social. Los jefes advertían que al tomar la dirección querían apaciguar, reducir, imposibilitar el cumplimiento del verdadero ideal que movía a la chusma. Es lógico que así no se pudiera adelantar ninguna gestión que noblemente resumiera y exaltara el destino de una raza. Que lo integrara y lo destacara en su verdadero valor y sentimiento.

Todo esto lo entendían el peón y el arriero. Por ello pregonaban de aldea en caserío, y de villorrio en vereda: "se ordena y manda que ningún capitán, ni otro de los oficiales militares puedan apartarse del ejercicio de su empleo, so pena de ser degradado públicamente y castigado conforme al estilo militar". Así se volvía más agónica la lucha y el padecimiento de ese conglomerado social. No podía concebir que sus caudillos tuviesen que estar vigilados, controlados, impulsados a cumplir la ruta de la liberación, que era también la suya, pero que en ese momento quizás no concordaba con sus intereses.

Salvador Plata, célebre Capitán de Mujeres, quiso romper las Capitulaciones cuando las conoció. Luego se propuso "reducir a las gentes de las Parroquias de Simatoca y Chima para que otorgaran suficiente poder a fin de invalidar tratados tan odiosos, y que se redujesen a sólo cuanto fuese de la soberana voluntad del Real Acuerdo".

Culmina este proceso cuando Salvador Plata, Francisco Rosilo, Antonio Monsalve, Ramón Ramírez y Pedro Alejandro de Prada, extienden un poder el 28 de julio, para modificar las capitulaciones, invalidándolas. Así decían:

"y como para la celebración de éstas no concurriesen los otorgantes con poder ni instrucción alguna, para que en ningún tiempo se les atribuya culpa, sino antes bien dar a conocer y manifestar su lealtad, y que por nuestro Soberano están dispuestos a sacrificarse con sus vidas y cortos haberes, para la modificación, reformación y enmienda de las dichas capitulaciones, dan todo su poder cumplido y necesario, por lo que a su parte toca y a la de sus Comunes, etc. etc."

El pueblo, una vez más, se defiende. No dejó firmar este documento. Plata en sus descargos ante la Audiencia nos revela que cuando el común supo lo del poder, se insurreccionó, llamó traidores a sus Capitanes y, finalmente, se apoderó del Protocolo del Notario, destruyendo el malhadado y cobarde papel. Siempre la gleba luchando contra sus Capitanes, que obedecían a otra mentalidad y tenían otros principios.

Este instrumento sí revela, con dramática evidencia, cuál era el espíritu de los conductores escogidos por esos proletarios rurales. Así se explica, también, la génesis de una serie de claudicaciones, de jugadas habilidosas, de reticencias que hicieron perder importancia y categoría a la revolución. Vuelve a ser cierto que el auténtico caudillo es aquel que escucha el subterráneo impulso y el recatado fervor de la multitud. Estos capitanes de los comuneros no tuvieron claridad de la grandeza y altura de su misión. No supieron escuchar el turbulento mundo pasional y creador que atravesaba el pecho de esos humildes labriegos, de esos arrieros sigilosos.

 

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