|
Revolución
y Caudillos
Otto Morales Benítez
©
Derechos Reservados de Autor
CAPITULO IV
2 Parte
CAPITANES A LA
FUERZA
Pero regresemos al
interés primordial de nuestra modesta investigación. Esta se orienta a demostrar cómo
esos movimientos de tánta cohesión revolucionaria estaban ya predicando lo que en 1850
apenas vendría a tener justo entendimiento en las mentes de algunos políticos
republicanos.
Siguiendo el estudio del
doctor Horacio Rodríguez Plata, ex-Presidente de la Academia Colombiana de Historia, y
uno de los espíritus más abiertos al sentimiento de la verdadera nacionalidad
colombiana, encontramos que él hace una división de las Capitulaciones por las
materias que tratan. Nosotros reproducimos aquí las de carácter económico, que nos
sirven para demostrar, como ha sido el objeto de este trabajo, que la Revolución
Económica de 1850, tiene sus raíces hondas, hundidas en la entraña popular y
corresponden a una angustia contenida durante varios siglos. Que los postulados de la
revolución de los Comuneros sólo vinieron a tener un eco en los reformadores de 1850.
Que parece ser que ellos hubiesen escuchado ese grito de Libertad, que se extendió por
nuestra tierra, entre arrieros, campesinos, mineros y gentes del común, que sentían la
palpitación telúrica como algo propio. Que tenían el sentimiento de la libertad como
atributo de su rebeldía contenida. Es pues la revolución económica de 1850 una
interpretación directa de lo que el pueblo pidió, con ahínco mesiánico, setenta años
antes.
Al efecto, Horacio
Rodríguez Plata, dice:
"Las treinta y cinco
reformas fundamentales contenidas en el pliego de las Capitulaciones se pueden dividir en
tres clases:
Económicas, Eclesiásticas, y políticas y Administrativas. Las primeras, en
síntesis, fueron las siguientes:
1ªAbolición
completa y perpetua del impuesto de armada de Barlovento;
2ªCesación de las
incómodas guías y tornaguías;
3ªExtinción del
ramo de barajas;
4ªUso privilegiado
del papel sellado de a medio real para eclesiásticos, religiosos, indios y pobres, y del
de a dos reales para las personas de alguna comodidad;
5ªSuspensión del
derecho de medias anatas para los puestos, onerosos y sin sueldo, de Alcaldes de hermandad
y alcaldes pedáneos;
6ªAbolición del
odioso monopolio o estanco de tabaco, implantado como medida de tanteo para el Virrey
Mesía de la Cerda; onerosísimo para los productores e intermediarios y de flaco
rendimiento para el fisco;
7ªReducción de la
contribución total y anual de cuatro pesos para los indios y de dos pesos para los
mulatos requintados, no debiéndoseles cobrar en adelante a aquéllos ni a éstos
estipendio alguno por concepto de óleos, casamientos y entierros; prohibición de que los
párrocos continuaran gravándoles con la pensión de alferazgos en las fiestas
eclesiásticas; y, finalmente, restitución de los indios a los resguardos no vendidos y
entera propiedad de aquéllos sobre éstos;
8ªTasación
máxima de seis pesos por botija y dos reales por botella de aguardiente;
9ªFijación, desde
ahora y para siempre, de la rata de alcabala, en un dos por ciento, pero sólo de ciertos
frutos y géneros, con la excepción precisa de los algodones;
10ªCesación de la
contribución de peajes a la entrada de Santa Fe para todos los vecinos de la
jurisdicción del Socorro, Vélez y Tunja;
11ªRebaja en la
tarifa de porte de correos, con pesos y distancias que se estipulan;
12ªRebaja, a mitad
de precio, de la bula de cruzada;
13ªNo redención
de censos para imponerlos en las reales cajas, por lo costoso de su redención y los
crecidos gastos que ocasionaría el cobro de sus réditos;
14ªVuelta al
antiguo precio de dos reales y medio a la arroba de sal; y devolución de las salinas a
sus antiguos dueños los indios, con un impuesto de un peso por carga para el fisco real;
15ªSupresión del
gracioso donativo o capitación de dos pesos para cada persona blanca y de una para
indios, negros y mulatos;
19ªQue los
escribanos públicos cobren sólo la mitad de los derechos arancelarios y que sean
obligados a poner al margen de escrituras y documentos los derechos causados; que los
notarios eclesiásticos no puedan cobrar más de dos reales por cada hoja en las
informaciones para matrimonio, cesando así la corruptela de cobrar doce contra la ley
castellana, estos oficiales, la carcoma, polilla o esponga de todos los
lugares";
21ªQue el precio
de la libra de pólvora, estancada, vuelva a su ser primero de ocho reales;
25ª.Que se les
ande a la mano a jueces de diezmos y sus notarios en los abusos respecto del cobro por las
escrituras;
31ªQue las
tiendecillas de pulpería no tengan pensión distinta de la alcabala y la de propios;
atenta la miserable condición de muchas gentecillas que viven de esa granjería;
32ªQue los alcaides,
porteros o castellanos de la cárcel no se les permita cobrar más de dos reales por
derecho de salida, y eso en prisión corta. Aquí se hace la terrible consideración de
que muchos hombres y mujeres eran llevados a la cárcel no por delito cuanto por la
utilidad para los alcaides...Síntoma tremendo de los abusos prevalecientes".
Después de regresar el
ejército popular a sus aldeas, comienza la época de la represión. Dispersados los
contingentes revolucionarios, se planea toda una campaña de pacificación. No se dejará
un detalle descuidado. El programa será realizado con lentitud, mientras el pueblo pierde
el ímpetu inicial. Así logran adormecerlo. Y no se corre ningún peligro. No habrán
fuertes reacciones, ni nuevos motines, ni amenazas de avanzar sobre Santa Fé. Lo
importante es emplear todos los recursos; hombres vinculados al común, personas
influyentes a las cuales se les dan nuevos cargos, capitanes sorprendidos en su fe. Todo
se utilizará. Luego vendrán, inclusive, las represalias contra quienes colaboraron. Ni
siquiera habrá una amable luz de agradecimiento para aquellos que contribuyeron a
estabilizar el régimen colonial.
Lo primero era dar la
impresión de que se cumplirían las capitulaciones. Entonces no se trató de desarmar al
pueblo, para que continuara el entrenamiento de que se hablaba en una de ellas. Pero se
fue dispersándole, impidiéndole sus contactos, controlándole toda actividad. Y el
fervor que los animó al comienzo, fue decayendo, borrándose. Berbeo tenía que ir de
caserío en caserío, explicando, repitiendo, tomando medidas de emergencia para contener
las reacciones. En Pamplona, donde los arrieros y labriegos no estaban satisfechos, los
calmó con el destierro de los españoles Antonio Pasos y don Joaquín de Molina. Así el
descontento iba creciendo. Pero los capitanes estaban empeñados en cumplir su palabra. No
habían logrado advertir la felonía, que el común había señalado de antemano, que
predijo, que enunció con voces delirantes.
Luego vino la visita del
Arzobispo a las provincias del Oriente. La labor no fue fácil, ni los espíritus estaban
serenos. Pero ello no importaba. Se buscaba, precisamente, reducirles el entusiasmo,
sosegarles su pasión, minimizarles sus sueños. Y se logró. Mientras tanto la
decepción, corría, brincaba en todos los pechos, se volvía murmullo. La conseja
crecía. El pueblo tenía una extraña intuición de su destino. De su trágico destino,
para calificarlo con exactitud. Reaccionaba contra sus antiguos capitanes y se revolvía
contra el Arzobispo. En Suaita hubo un motín contra su Reverencia. Berbeo tuvo que
intervenir y aquietarlo. Entre Oiba y el Socorro quisieron atajar la marcha del futuro
Virrey. Pero entre zalema y bendición, con la colaboración de quienes dirigieron el
movimiento, continuó su política de atracción, de reducción de aspiraciones, con
poderoso influjo para aplacar inquietudes y veleidades. Pero el hombre de pie limpio
sabía que su suerte de angustia y padecimiento volvería a renacer, irremediablemente.
Mientras tanto, José
Bernet, desde Cartagena, había viajado con el Batallón Fijo, en auxilio del Virrey. Con
quinientos veteranos llegó a Santa Fé. No se esperaron las medidas de la Real Audiencia.
Esta comenzó su tarea de control. Las capitulaciones, en poco tiempo, serán letra de
escarnio. Palabras de un pueblo que dejaba allí escrita su rebeldía, su sentido de
independencia nacional, la afirmación de su mestizaje confundido con el ansia de parcela.
No se dejaba oportunidad para que la gente pensase que sería tratada con justicia y
generosidad. Como ejército triunfante. Como impulso de una masa que había previsto su
porvenir. Como humanidad que se desbordaba en lucha por su libertad y la de su tierra.
Se fueron cancelando
todas las conquistas. Un día el antiguo administrador de las Salinas, Juan Raimundo
Cabrera, volvió a su puesto. Los indios de Nemocón pidieron órdenes a don Ambrosio
Pisco. Este los autorizó para resistir. Pero Bernet había ya enviado la Compañía de
Granaderos del Batallón Fijo, comandada por Blas de Soria. El común peleó y venció.
Quemaron la casa del Administrador y obligaron a Soria a retirarse. Habían ganado su
batalla. La de la sal. El Cura comenzó una labor de atracción para someterlos al
Comandante. Ellos prefirieron huír al monte. Sus muertos, que eran cinco, fueron
despojados de sus cabezas por los españoles. En San Diego, en San Victorino, en Las
Cruces, en Egipto quedaron con un gesto grotesco en el rostro. Era el anuncio de que la
Revolución seria sancionada sin ninguna complacencia. Esas cinco cabezas se levantaban
como preludio trágico de la gran traición que, como la sangre de los héroes anónimos
del escarmiento, chorreaba contra la multitud.
Lo que impresiona en este
proceso revolucionario, es la claridad que tuvo el común acerca de su suerte. No tuvo un
momento de perplejidad, sino de luminosa apreciación de cada circunstancia. Cuando el
Arzobispo avanzaba por las aldeas y veredas, las gentes se reunían a avizorar que nada
amable les esperaba. Cuando se tuvieron noticias en el Socorro de que la Real Audiencia no
daría cumplimiento a las Capitulaciones, hubo nuevos motines y palabras duras de la gente
humilde. El Arzobispo pidió esperar. Mientras tanto, en Santa Fé, los amigos de los
Comuneros habían resuelto pasar a mejor vida a todos los españoles incómodos. Para el
diez de agosto de 1781 se fijó la fecha en la cual, al filo de la media noche, serían
sorprendidos oidores y miembros de la Real Audiencia, alcabaleros y alguaciles. Pero
fueron delatados. La maldita lengua que destila al oído palabras de cobardía y de
alabanza, dijo sigilosas razones para la felonía. El castigo fue implacable. Los Comunes
recibieron ese acto como una notificación inexorable. Como una inapelable conjura contra
sus vidas y sus ansias.
Y ellos volvieron a decir
sus frases de claridad impresionante. Tuvieron la sensación de que sólo los salvaría el
reorganizar las fuerzas de la independencia. El Arzobispo pidió quince días de espera.
Mientras tanto el "Batallón Fijo" aceleraba su marcha por las aguas del Río de
la Magdalena. Así habría manera de reprimir sin factores favorables para esos seres
humildes y silenciosos. En septiembre de 1781, se produce un mensaje de los señores
Capitanes de Mogotes, en el cual plantean su verdadera situación: "no debemos
esperar ni un día reflexionan para el cumplimiento de lo que adquirimos en
una cruenta batalla de libertad". Ellos no descuidaban aprestar nuevos elementos
guerreros. Pero el desaliento principiaba a cubrir amplias zonas sociales. El
apaciguamiento iba cumpliendo su labor en las fuerzas latentes de una nacionalidad que
pugnaba por irrumpir. En dicha carta vemos cómo ya está caminando la traición y cómo
dulces promesas detienen el ímpetu de un pueblo que tiene certeza acerca de lo que le
conviene como destino y como lucha:
"Mui nuestros
venerados compañeros: El comun de esta Villa recebimos su favorecida en la que hemos
visto su contenido en la que se hallan Vmds. aquexados de nós y así respondemos que
tienen mui sobrada razón; pero al mismo tiempo suplicamos que nos disculpen, pues no ha
sido tal letargo de sueño, pues por medio de nuestro Procurador a quien le hemos
suplicado les informe de la súplica que se nos ha hecho de parte de nuestro Príncipe, el
Ilmo Señor Arzobispo, el que nos dice que informó a la Corte de Santafé y al señor
Virrey sobre el asunto de las nobedades y cumplimiento de las Capitulaciones para cuio
resulto darnos de ello respuesta nos pidió un mes de término, el cual se cumple de hoy
en quince días, según nuestra cuenta; el cual cumplido y visto su ilustrísimo Señor la
razón, nos tiene prometido sino sejan los Oidores de sus pretensiones, conocida ya la
traición, que el mismo nos acompaña y ser el Juez para castigarlos, por lo que nos a
sido presiso atender á su súplica porque de contrario fuera atropellar la cosa y que por
ay perdiéramos la empresa".
En ese mismo mensaje se
habla de que se están previniendo en Moniquirá cañones de artillería. Era el
desarrollo lógico de la Capitulación número dieciocho, que permitía el adiestramiento
de tropas. Y seguramente un oculto recelo que les indicaba la necesidad de tener repuestos
de abasto para la próxima lucha. Para la que no podrían librar, envueltos entre la
miseria de la delación y la traición manejada con habilidosa maestría diplomática.
José Antonio Galán,
Buenaventura Gutiérrez, Custodio Arenales, Juan Ignacio Gualdrón, Juan Manuel de Rojas,
desde Mogotes, insisten en sus aprensiones. En su rara y profética visión de los hechos.
Para ellos se acerca una época en la cual sólo la muerte triunfará, en acechanza y
recelo. En odio de exterminio contra ellos y en sepultura para sus esperanzas de nuevas
conquistas humanas y económicas. El 23 de septiembre de 1781 plantean sus tesis con
descarnada limpieza:
Principian por quejarse
de que los "amenaza la Corthe de Santa Fe y todo el Reino por el malogrado habanze de
la vez pasado con que nos han dejado vendidos, abariciosos, pícaros, traidores, á lo que
no encontramos otro remedio que bolber a acometer con mas maduras reflecciones como ya
esperimentados". Y finalmente sentencian: "Esto supuesto señores, que es lo que
hacemos? A qué esperamos? A que Santa Fee se abaste de todos sentimientos y que lleguen
las tropas de abaxo que estan a salir y bengan nos aniquilen sin reserba ni aun de los
inocentes como lo tienen prometido. Alentemonos pues, y veamos si á costa de nuestras
vidas hatajamos este pernicioso canser que amenaza nuestra ruina en honra y hasiendas, y
cuando no las vidas el infame borron y sucessibo reato de una sonroxada esclavitud. Y para
poder nosotros de aqui movernos y á otros Comunes participesenos una instrucción con
relacion jurada de lo que debemos hacer y mapa por donde hemos de caminar, por donde, como
y cuando y lo que resultare de esta esclamacion se nos de pronta noticia, sin el embeleso
de que dentro de un mes, ni veinte, ni quince dias, porque segun nos parece no dará el
tiempo ese lugar y porque esperamos de ustedes la más exacta providencia. Parroquia de
Mogotes".
José María Franqui,
desde Málaga, indaga cuál debe ser la política que se debe seguir ante los amargos
presentimientos que tienen todas las personas de su comandancia. Porque él considera que
"en tiempo debido podemos poner al grande río que aunque tiene detenido su curso nos
puede de improbiso inundar en copiosas lástimas que indispensablemente nos combatan
cuando más descuidados nos allemos". De suerte que hay conmoción en todos los
sectores. Hay una profunda inquietud interior en todos los hombres. Sienten que se van a
cancelar sus derechos y a segar sus vidas. Se ven estremecidos de pavor y un agorero
sentimiento les ronda con pávida amargura su alegría. No hay descanso en la guerra, como
sentenciaba el poeta.
¿Cómo se puede explicar
que un movimiento tan fuerte, sobre el cual tuvo tánta claridad el pueblo, se fuera
hundiendo en el vacío, consumido en la persecución y la represión? Hay varias causas a
nuestro entender. La más potente para nosotros es aquella de que los intereses de los
criollos ricos no coincidían exactamente con las peticiones de la plebe. Aquéllos
tenían una serie de ventajas económicas que, por su condición social, habían sido
acordadas por la Corona. Y generalmente tenían su vinculación por la sangre con los
españoles que habían llegado a este continente. Se encontraban cobijados, por lo tanto,
por una serie de Reales Cédulas que hacía más favorable su situación, en contraste con
quienes levantaban banderas más activas de combate. Tenían que producirse escisiones,
luchas extrañas, incompatibilidades manifiestas.
Hubo un factor que
también tuvo un poder determinante: los comunes impusieron a los capitanes el cargo. Y
les dieron órdenes e instrucciones. Les señalaron cuál era su derrotero y sus
obligaciones. Todo ello sin ninguna reserva. Al contrario, con altanería y con soberbia
en el gesto. Los mismos dirigentes lo declaran paladinamente, sin ningún reato, cuando
buscan un escape a sus responsabilidades. O para dejar patente cómo su sentimiento de
clase estaba inclinado hacia otros intereses y otros afanes. Esa fue una de las más
crueles y amargas experiencias de esa revolución. El pueblo apelaba a quienes tenían
más nombradía, a las personas que, por su posición social, despertaban mayores
consideraciones regionales. No a quienes se encontraran más identificados con sus
reivindicaciones. De allí arranca la gran tragedia de este movimiento. Los capitanes no
tenían fé en lo que pedía el común, ni se sentían ligados a su tragedia, ni estaban
espiritualmente confundidos con su angustia. Entonces era lógico que pactasen, a pesar de
las advertencias populares. Y que ayudaran a apaciguar, a pesar de las inquietudes
colectivas.
El 18 de abril de 1781,
al mes de comenzar la revolución, los señores Berbeo, Plata, Monsalve y Rosillo,
firmaron ante el Notario del Socorro y en presencia del Teniente Corregidor, don Clemente
Estévez, un instrumento en el cual puntualizaban su pensamiento, que ya es un augurio de
lo que podrá padecer la gente que los proclamaba como sus jefes: "Que por todo lo
referido, temerosos de recibir la muerte, con sus familias a manos de éstos, y por esto
violentados y contra su voluntad, sin que se entienda incurrir en la fea nota de traidores
del Rey (que Dios guarde), y antes sí por ver si con el comando en que les constituyen
pueden, por medios lícitos y suaves, contener, sosegar y subordinar a los abanderizados,
admiten el nombramiento bajo de esta exclamación, que en tiempo hacer en debida forma,
sobre que el consentir en ello no les sea mancha ni deshonor a sus buenas circunstancias y
fidelidad a nuestro soberano".
En esas palabras queda ya
escrita la suerte del movimiento. Los capitanes aceptan por resguardar sus vidas y para
suavizar a los "abanderizados". No sentían ningún ímpetu cordial por el
movimiento. No estaban convencidos de la necesidad de llevarlo hasta sus últimas
consecuencias. No se sentían comprometidos con el fervor y padecimiento de su pueblo. Las
guías esenciales de la Revolución no les impresionaban como mandato y agonía. Era
imposible, por lo tanto, y ahora sí explicable, toda táctica de componenda y retirada,
de complacencia y de ayuda a los poderes represivos.
De allí, también, que el artesano y el labriego dudasen del comando. Por ello
aconsejaban frecuentemente. Y levantaban voces airadas para pedir que no se negociara. El
entendimiento lo comprendía el populacho en su simplicidad e intuición, como la derrota
de sus ideales. La más cruel iniquidad contra su profunda vocación de independencia.
Porque ese fue el significado y la virtud de su movimiento. El Padre Fray Joaquín de
Finestrad, en su obra "El Vasallo Ilustrado en el Estado del Nuevo Reino de
Granada", deja claramente establecido cuál era el sentido del gobierno que tenían
los del Común. Y cómo toda una concepción orgánica de la administración los impulsó
a establecer todas las agencias de un estado. Era un profundo sentimiento de liberación
el que les daba aliento para una vasta empresa administrativa. Oigámosle:
"....Continuó la
insurrección sus desleales atentados paseando por las calles, a son de caja, con bandera
negra, excitando en unos la desconfianza con el Rey, en otros la contumacia a sus
mandatos, en éstos la conspiración contra la real justicia, en aquéllos la destrucción
del erario de S. M. y en todos la acción más tirana y cruel contra el honor de S. M.,
apedreando sus reales armas, explíandolas de la antigua posesión de su lugar,
arrojándolas a la tierra, pisándolas con vil desprecio, haciéndolas menudos pedazos con
las lanzas y en algunas partes sacrificándolas vergonzosamente a las llamas en pública
hoguera. Declaró su Independencia, quiso gobernarse como República soberana,
nombró Magistrados, estableció un Consejo Supremo que lo componían seis Capitanes
Generales con su Secretario de Estado para la fácil y pronta expedición de los negocios
de la empresa, saliendo de este subrepticio Tribunal los títulos de Tenientes generales,
de Sargentos Mayores, de Capitanes, con las ordenanzas para las tropas, aunque sin la
formalidad propia de la milicia, y los reglamentos para los Comunes, con apercibimiento de
multas pecuniarias, de azotes y de la vida. Se firmaban títulos de Capitanes volantes y
se les asignaban tropas, a fin de que caminaran de provincia en provincia, de ciudad en
ciudad, de villa en villa y de lugar en lugar para conmover a sus habitantes, tumultuarles
condenando los estancos reales y declararles a voz de caja por cuenta de los Comunes para
los costos de la empresa. Se mandaban órdenes rigurosas de comisión para que los
cabildos y los pueblos prestasen juramento de fidelidad y obediencia a los Capitanes
Generales del Socorro, amenazando con graves penas a los que se oponían. El supremo
figurado Consejo era el tribunal de las causas en donde se trataba de quejas y se conocía
de apelación sin atender a la Real Audiencia para estos actos de jurisdicción".
A pesar de todo ello,
algunos Capitanes no comprendieron que su misión era "estar en quicio con su pueblo
y con su tierra". Ni siquiera el advertir cómo se movía una multitud con verdadero
sentido de orientación política, les impuso la obligación de ser fieles a esa plebe. No
queda ninguna duda de que sus intereses no concidían. De que sus vidas estaban separadas
por ambiciones, afanes, derroteros económicos diferentes, compromisos sociales en
oposición. En nota que los capitanes dirigen al Virrey, en mayo de 1781, dejan ya todas
las puertas abiertas ante las autoridades coloniales para que cuenten con su cooperación.
Es un temor recóndito el que aletea en sus frases. Vuelven a repetir que
"violentados, hemos admitido el nombramiento que se nos hizo de Capitanes, y con el
fin de contener los desarreglados procedimientos que se habían experimentado, y ver si
por medios de prudencia se puede conseguir la tranquilidad de estas repúblicas, mediante
a que no podemos tratar, sin pérdida de nuestras vidas y pocos bienes, de impedirles el
intento, pues ni aún consiente en que se trate en ningún término, a menos que no sea al
fin que ellos pretenden, a fin de quitar todo pecho y consumir a quien se lo impida".
Y reafirman con énfasis que han tenido que someterse a "padecer las molestias que
son de considerar en tan críticas circunstancias".
Al leer estas palabras
puede uno explicarse todo el proceso de desintegración de la revolución. No existía
ninguna identidad en lo que se proponía el pueblo y lo que representaban los capitanes.
Estos defendían sus vidas y sus bienes y por ello aceptaban dirigir un movimiento que
buscaba suprimir una política fiscal que tenía liquidado todo un conglomerado social.
Los jefes advertían que al tomar la dirección querían apaciguar, reducir, imposibilitar
el cumplimiento del verdadero ideal que movía a la chusma. Es lógico que así no se
pudiera adelantar ninguna gestión que noblemente resumiera y exaltara el destino de una
raza. Que lo integrara y lo destacara en su verdadero valor y sentimiento.
Todo esto lo entendían
el peón y el arriero. Por ello pregonaban de aldea en caserío, y de villorrio en vereda:
"se ordena y manda que ningún capitán, ni otro de los oficiales militares puedan
apartarse del ejercicio de su empleo, so pena de ser degradado públicamente y castigado
conforme al estilo militar". Así se volvía más agónica la lucha y el padecimiento
de ese conglomerado social. No podía concebir que sus caudillos tuviesen que estar
vigilados, controlados, impulsados a cumplir la ruta de la liberación, que era también
la suya, pero que en ese momento quizás no concordaba con sus intereses.
Salvador Plata, célebre
Capitán de Mujeres, quiso romper las Capitulaciones cuando las conoció. Luego se propuso
"reducir a las gentes de las Parroquias de Simatoca y Chima para que otorgaran
suficiente poder a fin de invalidar tratados tan odiosos, y que se redujesen a sólo
cuanto fuese de la soberana voluntad del Real Acuerdo".
Culmina este proceso
cuando Salvador Plata, Francisco Rosilo, Antonio Monsalve, Ramón Ramírez y Pedro
Alejandro de Prada, extienden un poder el 28 de julio, para modificar las capitulaciones,
invalidándolas. Así decían:
"y como para la
celebración de éstas no concurriesen los otorgantes con poder ni instrucción alguna,
para que en ningún tiempo se les atribuya culpa, sino antes bien dar a conocer y
manifestar su lealtad, y que por nuestro Soberano están dispuestos a sacrificarse con sus
vidas y cortos haberes, para la modificación, reformación y enmienda de las
dichas capitulaciones, dan todo su poder cumplido y necesario, por lo que a su parte toca
y a la de sus Comunes, etc. etc."
El pueblo, una vez más,
se defiende. No dejó firmar este documento. Plata en sus descargos ante la Audiencia nos
revela que cuando el común supo lo del poder, se insurreccionó, llamó traidores a sus
Capitanes y, finalmente, se apoderó del Protocolo del Notario, destruyendo el malhadado y
cobarde papel. Siempre la gleba luchando contra sus Capitanes, que obedecían a otra
mentalidad y tenían otros principios.
Este instrumento sí
revela, con dramática evidencia, cuál era el espíritu de los conductores escogidos por
esos proletarios rurales. Así se explica, también, la génesis de una serie de
claudicaciones, de jugadas habilidosas, de reticencias que hicieron perder importancia y
categoría a la revolución. Vuelve a ser cierto que el auténtico caudillo es aquel que
escucha el subterráneo impulso y el recatado fervor de la multitud. Estos capitanes de
los comuneros no tuvieron claridad de la grandeza y altura de su misión. No supieron
escuchar el turbulento mundo pasional y creador que atravesaba el pecho de esos humildes
labriegos, de esos arrieros sigilosos.
Continuar
Regreso
al Indice
|