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Revolución
y Caudillos
Otto Morales Benítez
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Derechos Reservados de Autor
CAPITULO IV
1 Parte
La Revolución de los Comuneros
UN PUEBLO FRENTE
A SU DESTINO
Estremecidos de
entrañable afecto nos acercamos al estudio del movimiento de Los Comuneros. Se ha
convertido en una frase estereotipada la de que hubo una "calma chibcha" en la
Colonia. Y con ella quedan satisfechos quienes tratan de demostrar que España no tuvo
resistencias en su conquista y su dominio. Que las gentes americanas miraron impasibles el
avance del hierro guerrero y la invasión a sus destinos humanos y económicos. Ello no es
cierto. Este continente estuvo conmovido, sometido al régimen de la zozobra. Primero eran
leves comentarios. Más tarde palabras clandestinas que se cruzaban. Después sentencias
diabólicas que se hacían realidad en ataques y en combates.
Lealmente fieles a su
territorio amoroso, los mestizos esperaban soñaban, padecían. Cuando menos lo
aguardaban, al cúmulo de tributos que ya constreñían toda posible evolución de una
economía nacional, se vino a agregar un nuevo decreto. El regente de la audiencia de
Santa Fe, Gutiérrez de Piñeres, produce uno el 12 de octubre de 1780, para el más
arreglado y exacto manejo de las reales rentas de alcabala y de Armada de Barlovento.
Sacudidos de ardor y de
fé, escuchaban los decretos y providencias, como nueva participación en su desesperanza.
La Armada iba a combatir el contrabando, que era el sistema que habían encontrado algunos
países europeos para poder establecer comercio con América. Y los "naturales"
protegían el sistema porque era lo único que les permitía comprar a precios más
justos. De manera que la odiosidad del impuesto era aún más profunda. El decreto
empezaba a regir desde el día primero de enero de 1781.
Amorosamente apasionados
confiaban en su mundo interior alegrado por el mágico aletazo del paisaje que
no podía ser materia de confiscación. En él se abroquelaban, y susurraban las unciosas
palabras de esperanza. Pero esto no los salvaba. La disposición implicaba nuevas
amenazas, ademas de la exacción. Porque venía el allanamiento en caso de no cumplirse. Y
si había necesidad se destruiría el sembrado, pues para ello estaban los estancos de
aguardiente y de tabaco. También se podrían tomar con violencia los bienes. Todo ello se
percibía como realidad y como amenaza. El hombre siente su círculo vital muy reducido,
su existencia constreñida.
El mismo don Cristóbal
Colón implantó los repartimientos. Al llegar a tierra firme empezaron sus dificultades.
Motines, inquietudes, amenazas de rebeldía, profundo desapego a su autoridad, resquemores
entre los mismos tripulantes. Para sosegar el ambiente, comenzaron las mercedes a suavizar
en nombre de la religión y del rey. Esto le restó autoridad, pero él consideraba que
ganaba la batalla. Y los indios se iban incorporando al servicio de los españoles, de sus
tierras y de sus casas. Así iban creciendo las industrias de los conquistadores:
cultivaban la tierra. Construían edificios públicos. Hacían acarreo de cargas.
Laboraban las minas. Se sumergían en la navegación y en la pesquería de perlas. Tenían
obrajes de lana y de algodón. Criaban y cuidaban ganados. Eso si, todo ello lo realizaban
con el trabajo de los indios y lo usufructuaban los españoles. Y así el sistema se
prolongaba hasta llegar el regente, señor Gutiérrez de Piñeres. Este venía a
puntualizar con su pluma de ganso, en letra cursiva, con la metódica exposición de tesis
y puntos, procedimientos y sistemas, cómo no debía escaparse al fisco un solo centavo.
Ni uno solo. Porque era grave atentado a la Majestad divina del Rey.
El Regente, con su
pasión por los incisos, se dedicó a estudiar las Reales Cédulas de 4 de mayo de 1635 y
4 de septiembre de 1637. Ellas establecían los gravámenes para el sostenimiento de la
Armada de Barlovento, y la "sisa", que se fue confundiendo con la Alcabala, y
que imponía impuestos a los géneros y efectos. Allí encontró la mentalidad
exaccionista del Regente una amplia y generosa fuente. Se dedicó a redactar en sesenta y
siete páginas todas las instrucciones. Nada podía quedar al margen. Como decía el
ingenioso, si no se podía obtener el pago con el articulo, se lograría con el
parágrafo. La meticulosidad era su guía y su inspiración. Y ella se iba internando en
nuevas órdenes, en agudas y finas interpretaciones. Así no habría forma de que se
escaparan del fisco estos mestizos. Quedaban condenados y atados al pago,
irremediablemente.
Manuel Briceño hace una
división de la Alcabala en quince clases o ramos, las mismas que utilizó el Regente:
"1ª- Efectos de
Castilla comprendía todos los géneros, frutos o efectos que se introducían de
España, y que debían pagar o asegurar la Alcabala al hacerse introducción,
"2ª-Efectos de la
tierra comprendía todos los géneros y ropas de cualquiera clase que se fabricasen
en el país: el azúcar, conservas, panela, miel y toda clase de dulces; el cacao y demás
frutos; el jabón, los cueros y cordobanes;
"3ª-Las pulperías
debían pagar no sólo las tiendas a que se daba este nombre, sino también todo
puesto donde se vendieran géneros, frutos, carnes, y cualquiera otra clase de efectos.
"4ª-Las tiendas de
mercaderes comprendía a todos los que vendían mercancías compradas a los
introductores.
"5ª-Las
carnicerías- se debía pagar por la venta de carne, sebo, cueros, etc.
"6ª-Los ganaderos y
hacendados comprendía toda venta o cambio que se hacía en las haciendas, estancias
o trapiches
"7ª-Las fincas y
heredades debía pagarse por la venta o cambio de toda finca raíz.
"8ª-Los censos
se debía pagar por la imposición de todo censo, y se cobraba al imponerlo o al
redimirlo.
"9ª-Las almonedas y
contratos públicos comprendía toda venta judicial.
"10ª - Del viento
los traficantes, transeúntes o forasteros que no tenían domicilio fijo, pagaban en
el lugar donde hacían sus tratos. Pertenecían a esta clase todos los cambios de bienes
muebles o inmuebles no comprendidos en las otras.
"11ª - Los artistas
y menestrales debían pagar por el arte u oficio que ejercieran.
"12ª - Las
administraciones foráneas comprendía la cuota que pagaban los administradores
subalternos de las rentas.
"13ª - Los
arriendos comprendía el pago de la contribución que debían satisfacer los
rematadores de las rentas.
"14ª- Los comisos y
condenaciones comprendía la parte que tenía la Real Hacienda en los comisos y
penas pecuniarias.
"15ª- Falta de
torna-guías -contribución que pagaban los que no las tenían en la conducción de sus
frutos, mercancías, etc.
"Estaban exentos del
pago de la Alcabala: los caballos ensillados y enfrenados los libros en latín o
romance los halcones y alzores el maíz y otras semillas que se vendieran al
por menor en los mercados el oro, plata, cobre y rasuras que se compraban para la
fábrica de moneda, los bienes muebles y raíces dados en dote, las armas ofensivas y
defensivas, las pinturas, las medicinas, los sombreros de la fábrica real de Madrid, los
trapos recogidos para enviarlos a España.
"Todo individuo
estaba obligado a llevar una cuenta comprobada de lo que producía, compraba o vendía, y
esta cuenta tenían derecho de examinarla los administradores de las rentas. Estos
ejercían una autoridad verdaderamente despótica, siendo superiores a los jueces
ordinarios en el conocimiento de las causas por defraudación de las rentas e imposición
de los castigos. A todo esto se agregaba la incomodidad que proporcionaba la indispensable
formalidad de las guías y torna-guías.
"La guía" era
un documento auténtico con que se comprobaba la legitimidad con que se conducían los
efectos que en ella se expresaban. En la guía debía especificarse con claridad y
precisión el número y calidad de los géneros, frutos etc. para que se daba, y el que la
pedía debía acreditar la procedencia de los efectos. La torna-guía era una
certificación que comprobaba haberse satisfecho la Alcabala en el punto en donde se
hacía la venta, certificación que debía presentarse en la oficina que extendía
la guía.
"A las
contribuciones de la Armada de Barlovento y Alcabala se agregaban el monopolio de la sal,
el aguardiente, el tabaco y las barajas; los peajes, tributos, correos, papel sellado y
" el gracioso donativo". Multitud dc empleados estaban encargados del cobro de
estas contribuciones y de la administración de los estancos. La conducta de estos
empleados hacía insoportable la vida".
Pero, acaso, al lanzar
Gutiérrez de Piñeres la "Instrucción General para el más exacto y arreglado
manejo de las Reales rentas de Alcabala y Barlovento", pensó en ¿cuál era la
situación que atravesaba a este territorio y a sus habitantes? ¿Se detuvo a meditar
acerca de las consecuencias, que se irían internando aún más hacia la desolación y la
miseria? Parece que nó. Ni advirtió que el ambiente estaba cargado de una fuerza
revolucionaria, que inquiría pretextos para manifestarse. Que vivía latente un fuerte
resquemor, un hondo malestar social, buscando irrumpir en protesta. Y no tuvo en cuenta
que la división de clases, que se subrayaba todos los días, también tendría un poder
explosivo, pues llevaría a la irrupción de viejos y soterrados resentimientos. Lo menos
que tuvo el Regente fue visión para interpretar sociológicamente el complicado mecanismo
social de su época. En cambio, fue aguda y sensible su retina de leguleyo para no dejar
resquicio posible para eludir el gravamen.
En los capítulos
anteriores hemos enunciado, desde el punto de vista legal y de su sistema de aplicación,
todas las trabas que iban constriñendo al pueblo americano. Cuando en 1781 se lanza el
edicto, la suerte no había sido modificada. Al contrario, se agudizaba la constante
amenaza de miseria. La tristeza ingénita del indio se acentuaba con melancolía
inquietante al percibir derrota de su raza y de su tierra. El mismo Arzobispo Caballero y
Góngora, en mensaje a España, puntualiza que el continente desfallece. Que hay una
profunda fatiga social, que arranca de esos seres humildes que laboran todo el año, para
apenas cubrir sus cargas fiscales. Que el trabajo no tiene ningún rendimiento, porque el
alcabalero anda zahorí e inquieto, detrás de la percepción del tributo. Y unos seres
humildes se van agazapando en su pobreza, acurrucados sobre el suelo, confundidos con la
tierra parda de la cual han sido despojados. El corazón apenas presiente catástrofes y
catástrofes, que se repetirán al golpe del encomendero. El Arzobispo reclama por la
decidida atención que se presta a quien más dineros recauda, cuando los Ministros
debían indagar con mayor entereza de cómo un territorio rico y promesero, va viendo
consumir sus reservas. Y sigue enunciando todos lo desastres sociales que en nada
inquietan a quienes gobiernan esta parcela. "Sus débiles haciendas y trabajosas
vidas" es lo único que le queda a todo un conglomerado humano. Es lo que lo
distingue y lo señala.
España no tuvo genio
económico, sentenció nuestro profesor Luis López de Mesa. Es exacto. No pudo comprender
que no era posible asentar una economía sobre la única ventaja del imperio de su fuerza,
mientras el "natural" no percibía la compensación de su esfuerzo. No logró
establecer un sistema que le diera un rendimiento económico, y a la vez le dejara al
hombre de esta latitud la esperanza de reivindicarse con su lucha y su desvelo. En esa
forma fue sacrificando las fuentes de producción. Con la amenaza vigente de que los
sembrados podían ser destruidos, ya nadie quería comprometer su ambición y su capacidad
de trabajo. Se hacía un modesto esfuerzo para subsistir. Cada cual comprendía que la
inanición le caminaba carne y huesos adentro. Y que le iba opacando el espíritu,
además.
"Sólo en llorar dan
muestras de vivir", dice el Arzobispo. Todo lo demás, el afán creador, el deseo de
otras conquistas, el desvelo por desconocidos territorios, el juicioso y valeroso empeño
por industrias nuevas, se ha perdido. Es la destitución de la ilusión económica lo que
ha logrado España. Caballero y Góngora sintetiza la denuncia en esta frase limpia de
toda escoria anti-española: "V. M. y su real familia; la nobleza de su corte; los
bríos de sus ejércitos y la multitud de los habitadores de pueblos, todos dependen del
sudor del jornalero".
Hemos apelado a la cita
de uno de los personajes que mayor influencia tendría en este movimiento de los
Comuneros, porque allí queda en evidencia cómo andaba esa sociedad perseguida
fiscalmente. Se le trataba con dureza incruenta, con acerbía sin limites. Que, además,
no podía levantar su voz, ni apresar sus sentimientos, ni manifestar sus querellas. El
silencio era una nueva contribución al sistema del buen gobierno. Nada tan cruel como no
poder abuchear la protesta que se tiene que reprimir. Nada tan incómodo como someter la
palabra a la discreción y la cautela para no herir al poderoso. Nada tan doloroso como
tener fuertes emociones que pugnan por insurgir y que apenas pueden "plegar su
adormidera". Nada tan amargo como una soledad prolongada por siglos entre la
esclavitud y la censura. El mismo Arzobispo dejaba oír su lamento que recoge el hondo
rumor de un pueblo: "Oh feliz tiempo aquel donde se puede sentir lo que se quiere, y
decir lo que se siente".
Allí entre la miseria
física y la desazón espiritual, se tienen noticias de las providencias del Regente. Era
un estimulo para la pasión revolucionaria, para el ansia de sacudir la ignominia. Venía
a contribuir a levantar el sentimiento adormecido de protesta. Que tanto se había
vigilado para que no fuera a insurgir, impetrando sus derechos. El pueblo tiene una sutil
percepción de los hechos y los va contagiando de una fuerza poderosa. Esta es la de su
fé y su confianza. No necesita guías, ni palabras estimulantes, ni consejeros
afortunados. Sus silencios, en ocasiones, tienen mayor valor expresivo que todo un tratado
acerca de las iniquidades que sobre él se acumulan. Los interrogantes se van apoderando
de su corazón, volviéndolo receloso y cauto. Entonces es cuando el pueblo descubre su
fuerza oculta, su poderoso valor social. Esto sucedió con las disposiciones de Gutiérrez
de Piñeres. Fueron el reactivo que necesitaba una sociedad congestionada por el
padecimiento y la injusticia.
Tan pronto se conocieron
las minuciosas y leguleyas órdenes, se inició un movimiento de protesta. Antes de que se
manifestara en todo su poder, pasarán varios meses. Pero desde Santa Fé don Jorge Lozano
de Peralta, don Juan Bautista Morales, don Manuel García Olano y el lego dominicano
Ciriaco de Archila, inician la resistencia. Y la predican. Al principio sigilosamente.
Luego con mayor audacia. Pero esa palabra seductora le da al mestizo resplandores para su
existencia y su lucha. Así se van contagiando de un furor que va caminando hacia la
independencia del continente. Que arde en sueños y en protestas. Resistir es la consigna.
Siempre ha sido cuando el pueblo siente que su vida es traicionada a golpes de tiranía y
de falacia.
En octubre de 1780, en
Barichara y en Simatoca, iniciaron una serie de protestas activas. Don Javier Gómez era
el que las dirigía. En Mogotes, el 29 del mismo mes y año, también hay palabras
cruzadas de odio al régimen. Don Custodio Arenales y don Juan Ignacio Gualdrón pusieron,
con la plebe, en estampía a los guardas. En diciembre don Pedro Nieto, en Charalá, hizo
una manifestación y se firmó un pliego en el cual se juraba solemnemente desconocer todo
lo que disponía el Regente. Así principiaba la Revolución. José Antonio Galán, con
sus ojos azorados, miraba cómo un pueblo levanta sus banderas y sus palabras en el filo
de la rebeldía. Es toda una sociedad que defiende con palos y con gritos su derecho a no
morir acosada por el hambre. Y que se enciende de pasión libertaria cuando comprende que
la tierra que pisa le pertenece y que quienes le gobiernan, sólo le tiranizan y expolian.
Así se va integrando una imagen nueva del mundo, liberada de opresiones y de cobardías.
No es posible situar el
movimiento de los Comuneros como un simple brote regionalista del oriente. Todos los
documentos demuestran que hubo una inquietud por todo el territorio de lo que hoy
constituye nuestra Colombia. Que los hechos no se hayan logrado estudiar en conjunto, es
falta de mayor documentación. Pero no implica que sólo un grupo de hombres haya
reaccionado vigorosamente. Al contrario, las mismas observaciones del Arzobispo advierten
que el movimiento tenía una aspiración continental. Que no era razonable equivocarse en
su significado y en su extensión. Si nosotros repasamos la lista de los miembros de los
Comunes hallamos representantes desde Cúcuta hasta el don Juan Valois del Chocó, y desde
Chire, en los Llanos, hasta Popayán que se hizo presente con don Vicente Torres. Neiva
con Matías de Herrera, con Gerardo Cardoso, con Cristóbal Rodríguez colaboraba en el
mismo empeño que sofocaba a Antioquia con Alonso Jaramillo, con Francisco e Ignacio
Zapata, con Fruno Guiral y con Manuel Jaramillo, que dirigían los comunes del Guarne.
Juan de Lastra se encabrita contra la sombra del Regente gritando: "Todos tenemos
tabacales". Y principian a dominar situaciones estratégicas. Los de El Tablazo, El
Rodeo, La Miranda, Sopetrán y Sacaojal se toman el paso del Cauca. Allí son
inexpugnables. Y los de San Jerónimo andan detrás de Pablo Flórez y Carlos Londoño,
con su sombrero a "la pedrada", lanzando mueras e interjecciones. Es el pueblo
con su ardentía y sus sentencias. El movimiento de independencia tenía un alcance
continental que no puede desconocerse. Disminuirlo es tratar de constreñir el aliento de
la propia nacionalidad, que allí tiene su poder y su principio originario.
Por todas partes iba
creciendo el afán de inutilizar las medidas del Regente. En los Llanos don Javier de
Mendoza reúne a los indios de Pore, de Támara, de Ten, de Manare. Y se puso a las
órdenes de los Capitanes del Socorro. El Común del Cocuy había aceptado a Tupac-Amaru
como Rey de "quien dicen viene quitando todos los pechos, y las demoras las hemos
quitado nosotros a repulsa, quebrando botijas de aguardiente y quemando tabaco". En
Pore crece la agitación y don Eugenio Bohórquez, que es el Capitán de Chire, viaja al
Socorro para coordinar toda la acción guerrera y de protesta. En Valledupar, también,
hay voces que se aglutinan detrás de su sentimiento de rebeldía, en manifestaciones
caudalosas. En Neiva es muerto inclusive el Gobernador y Teresa Olaya preside, con su aire
pendenciero y resuelto, un motín que grita las mismas palabras que vienen inflamando el
pecho de alegría y de pasión libertarias.
Todo ello va creciendo en
torno al Socorro. Allí, el 16 de marzo de 1781, se congregaron en la plaza sus habitantes
para elevar su protesta contra las medidas fiscales que se habían dictado por el regidor
Gutiérrez de Piñeres. Las personas se fueron reuniendo sin previa cita, sin caudillos
que orientaran sus sentimientos. Fue un amplio movimiento popular. Los hombres y las
mujeres del pueblo, de la más auténtica greda colectiva, hacían afirmaciones sobre sus
derechos. Era el mestizo que ya con conciencia de su personalidad y con el sentimiento de
su paisaje y de su tierra como entidades propias hacía irrupción para
presentar su protesta. Esta no iba hacia un simple motín. A medida que se engrosaba el
movimiento, sus tesis se afirmaban en una actitud política de independencia. Y su afán
tenía, además ambiciones ecuménicas. Así nació la Revolución de los Comuneros, que
tuvo la importancia de dejar, en las Capitulaciones de Zipaquirá, establecido el origen
de nuestra orientación democrática y republicana. Tenemos la obligación de exaltar a
nuestros primeros héroes populares. Esas gentes del común, sin ninguna preeminencia,
libres de toda influencia social, dieron el primer grito de libertad en nuestra patria. A
ellos y a su ejemplo siempre hay que recurrir para establecer la admirable condición
humana de nuestro pueblo colombiano.
Para comprender el
verdadero significado de independencia que tuvo el Movimiento de los Comuneros, es
necesario repasar los documentos de tal época. En las Capitulaciones de 1781 se hallan
expresados los anhelos de liberación económica y las ambiciones de dominio político,
que no ocultó el pueblo en ningún momento. El Arzobispo Caballero y Góngora, el 20 de
junio de tal año, en carta a José de Gálvez, Ministro del Rey para los asuntos de las
Indias, establece inequívocamente las orientaciones de dicha revolución: "Que su
principal objeto era apoderarse del Erario Real, fijar aquí (en Santa Fe) la silla de la
sedición, y extender desde ella su fuego a las vecinas provincias de Caracas, Quito y
Popayán". Más adelante habla de que si triunfa ese amplio movimiento, se llegará a
la "inminente perdición del Reino". Y el 21 de enero de 1782, Don José de
Gálvez respondía al prelado al hacer referencia a las Capitulaciones de Zipaquirá que
se produjeron "para sosegar y contener el furor de los amotinados, cuyos designios se
dirigían a nada menos que a la total subversión del gobierno". Bien sabemos todos
los colombianos que el pueblo tomó esa actitud, para usar las mismas palabras del Virrey
Caballero y Góngora, pues " la inexplicable miseria de este país los ha despeñado
a tan grandes atentados". Y en otro mensaje aclara aún más su
pensamiento:"Abrumados estos moribundos vasallos con tan pesada carga, no pueden ya
llevarla sin la costa de acabar de perder sus débiles haciendas y trabajosas vidas".
De esas transcripciones
de desprende la importancia histórica de la Revolución de los Comuneros. Esas multitudes
que sintieron, en su inteligencia y en su sentimiento, el pulso de la patria amaneciendo
en la independencia. Esos humildes labriegos, arrieros, campesinos de los más sencillos
oficios, artesanos de elementales recursos, dijeron su palabra de rebeldía y de
afirmación nacionalista. Ellos incubaron los principios de nuestro derecho social y
político.
Así, pues, en marzo de
1781 se fijó en el Socorro el edicto de las disposiciones del Regente de Santa Fé de
Bogotá. El 16 de dicho mes se levantó la protesta en el mercado. Allí se habían
concentrado los campesinos a dialogar sobre el amor, sobre la muerte, sobre la cosecha,
sobre los achaques y males de su gente. Por los caminos de la vereda habían descendido
las mozas y los hombres jóvenes del campo. Traían la ilusión de venir a la plaza del
pueblo para refrescar su visión del mundo. De su mundo, para ser más exactos. Pues en el
marco de la plaza se detenían sus sueños.
Y encuentran que éstos
se rompen con nuevas cargas. Se vuelve más gravoso el destino de existir. La condena de
subsistir, como la calificaban los hombres de esa época. José Delgado, acompañado del
cojo Pablo Ardila, y el zarco Ignacio Ardila, Roque Cristancho, Miguel Uribe e Isidro
Molina, levanta su protesta ante el Alcalde. El Socorro así se pone a la cabeza de un
descontento que cubre toda la zona americana conquistada por los españoles. Ya se deja
murmurar el descontento, para volverlo palabra de advertencia a las autoridades. Pero
éstas no escuchan y el movimiento crece, consolidándose en esta forma la verdadera
revolución americana. Porque no sólo tenía un sentido político, sino que llevaba
implícito uno de emancipación económica. Había un interés de darle validez,
consciente o inconscientemente, a esas palabras del Común del Paraguay, que establecían
el poderío del pueblo:
"El poder del Común
de cualquier república, villa, ciudad o aldea, es más poderoso que el mismo Rey.
En manos del Común está admitir la ley o gobernador que le gustase, porque aunque se le
diese príncipe, si el Común no lo quiere, puede justamente resistir y dejar de
obedecer". Eso sentenció la plebe de Asunción de 1721. Eso creía la chusma
americana.
Así proclamaba el
derecho a señalar sus gobernantes y sus cargas. A determinar, por primera vez, su
destino. Manuela Beltrán, en gesto que merece un medallón, arrancó el edicto. Desde ese
momento ya no habrá reposo para España en América. Lorenzo Alcantuz, en Simatoca, al
día siguiente, descolgó las armas reales, las pisó y las rompió. Ya no hay duda de que
está creciendo el alma de un pueblo en el pecho de cada luchador. El 23 de marzo se
enciende la protesta en San Gil. El 30 de marzo llega al Socorro don José de Alba con
unos versos para don Dionisio Plata. Su lectura produce el delirio. El misterio de la
poesía ilumina, como siempre, el destino de los pueblos. El hombre ha apelado al verso
para cantar, para situar su melancolía, para dejar la expresión vívida de los
sentimientos íntimos o de su raza. Es una manera de transmitir más fácilmente las
imágenes que van impulsando su corazón. A través de la poesía se logra impresionar con
mayor fuerza el alma popular. Esas palabras esotéricas ordenadas por la inteligencia, se
encargan de llevar su mensaje, con ritmo, con cadencia, estando presentes con su melodía
en la memoria.
La lectura en público
precipita el hervor multitudinario. Las causas son las que hemos dejado expuestas a lo
largo de estas páginas. Es una limitación humana, fiscal, económica, social, política,
que está disminuyendo la personalidad del hombre de América. Es un ser que se siente
constreñido y aherrojado hasta en los propios bordes de su orgullo personal. Es un hombre
que ve su destino mutilado, cercenado. Hundido en sombras de silencio y de sometimiento. Y
cuando ese ser escucha que otros hombres, en otras latitudes, están escribiendo las
mismas palabras de fuego que le queman sus entrañas, comprende que su destino ya tiene
una solidaridad. Entonces se pronuncia contra aquello que representa ese poder opresor. El
pueblo va a la casa del Estanco. Al sitio donde tiene que hacer la consignación de los
impuestos. De donde salen las disposiciones que impiden su redención material. Donde han
detenido el progreso de la agricultura. Hacia el estanco que encarna la tiranía sobre la
tierra. Que implica todo el poderío de confiscación, arrasamiento del cultivo,
mutilación de las posibilidades del trabajo. El pueblo busca sus símbolos. Y los mismos
fueron aquí a Nueva Granada, que en el Paraguay, que en Quito, que en el movimiento
de
Túpac Amaru.
Y al llegar al Estanco,
derrama el aguardiente como quien lo libera, para que corra abierto hacia la alegría.
Rompe los naipes y el papel sellado. Quema el tabaco. Así inicia su protesta. La primera
reacción es contra las agencias que oprimían económicamente. Y reacciona desbordando el
aguardiente, que en lugar de darle júbilo al pueblo, le ha venido oprimiendo su alma con
amarguras por las persecuciones e impuestos que tiene que ofrecerle como tributo, Destruye
el papel sellado, que está impidiendo la evolución de sus negocios. Que implica una
justicia al servicio de conquistadores, siempre desfavorable a las demandas de humilde
equilibrio que presentan los indios y los criollos. Ese movimiento en ese punto va
representando la gran amenaza contra los poderes centrales, políticos y financieros.
Aquí está la gran fuente de la independencia en la cual hallamos las raíces profundas
de donde se nutre y arranca la revolución económica de 1850".
El regente Visitador
trata de aplacar el movimiento. Expide con tal fin un decreto relevando a las
jurisdicciones de Socorro, San Gil, Tunja y Sogamoso del impuesto sobre el algodón
y
el hilo. Pero los comuneros ya se han citado para reunirse el 18 de abril de 1781. En el
Socorro se concentran más de mil hombres. La sublevación salta con su cara airada y
pendenciera. Se extiende a Charalá, a Pinchote, Barichara, San Gil, Mogotes, Guadalupe. Y
sigue creciendo. Es algo que tiene un poder contagioso. Se va haciendo la concentración
con versos y con banderas. Y con angustia contenida durante siglos. Por ello atruenan
palabras de júbilo y de muerte en Tocaima, en Espinal, en Purificación. Lo mismo en el
Aipe que en Ibagué, en Chaparral que en Neiva, se escucha cómo las montoneras van
amojonando su radical independencia. Porque no podemos quitarles a los comuneros su
carácter de precursores de la emancipación. Su movimiento tiene una honda bronca, dura
autenticidad revolucionaria. De allí que en el Pore, en Tame, en Valledupar, en Pasto y
en Tumaco, la plebe se congregue para hablar el mismo idioma de libertad. En Barbacoas, en
Iscuandé, en Pamplona, en Caguán, en el Caquetá, en Manare, también hay hilos ocultos
que los va haciendo solidarios en su pasión y en su lucha. En Antioquia hay mineros
inconformes que riegan el aguardiente, lo mismo en Guarne que en Rionegro. Y en Villavieja
y en el Huila los esclavos amarran y azotan a los administradores de haciendas. Siempre el
común contra los símbolos de opresión. Contra los que representan, más directa y
objetivamente a su imaginación, los poderes monopolistas y odiosos, que impiden su
desarrollo económico y su alegría colectiva. La multitud haciendo su insurgencia, con
voces de democrático sentido y con arrebatos de profunda energía humana.
El movimiento cubre todo
el territorio de Nueva Granada. De ahí su importancia. Su mayor volumen, su organización
más promisoria, estuvo en las provincias del Oriente. De allí avanzaron contra Bogotá.
Su lucha no está encaminada a una protesta municipal. Su gesto de indignación se orienta
a deponer las autoridades del Virreynato. Avanzan con resolución. El gobierno de Santa
Fé envía tropas para detenerlos. Estas tienen que entregarse y capitular en Puente
Nacional.
No es posible olvidar que
muchos actos populares habían sacudido la Colonia. Y de diferentes tipos de orientación.
Desde la lucha contra el empleado de menor categoría, hasta la resistencia armada contra
todo el sistema imperial. Tierra Firme se sentía estremecida de pasión revolucionaria,
permanentemente, desde la llegada de Colón, hasta el momento de promulgar las últimas
ordenanzas. Siempre se había logrado contener esas inquietas promociones. Y con nuevos
expedientes, con recursos matreros y con habilidosas promesas, esos afanes habían tenido
un fin incierto y un desenlace de amargura. Ahora se volvía al sistema: se cancelarían
algunas obligaciones fiscales y se retornaría a la mansedumbre. El Regente dictó un
decreto en el cual se disponía que Tunja, Socorro, Sogamoso, San Gil no tuvieran que
pagar impuesto sobre el algodón y el hilo. Era una medida muy audaz, pues ella implicaba
que en la región manufacturera más importante de Nueva Granada el impuesto no tendría
su rigurosa obtención. Pero se olvidó que la tierra gobernaba el sentimiento de los
hombres y que ella quedaba llena de trabas, de inquisitoriales reclamos económicos, de
apabullantes cargas fiscales que le impedían al hombre adquirir con ella una vida limpia
y honesta, al pie del rancho campesino. La medida no apaciguó el espíritu de contienda.
Cada ser se veía aún más henchido de pasión sediciosa. El pueblo principiaba a caminar
sobre su propio destino.
El avance de tropas
humildes, armadas con improvisados elementos guerreros, no logran detenerlo. El viento de
la libertad viene inflamándoles el alma de ciegos impulsos de sacrificio. Marchan con
furia sobre Santa Fé. Hay una decisión de revancha contra corregidores, virreyes,
regentes, oidores. El conglomerado no se equivocó acerca de la misión que le
correspondía. Si repasamos los pliegos que se cruzaron en esas horas llenas de plenitud
creadora, advertimos que todos concluyen con su afán de impedir una nueva traición, una
jugada artera, una nueva imposición de silencio. Presentían que contra ellos avanzaba el
recurso habilidoso, la combinación falaz. Los mismos capitanes del movimiento, Juan
Francisco Berbeo, Antonio José Monsalve, Francisco Rosillo y José Antonio Estévez, en
carta dirigida al Virrey, dejan planteado claramente cuál es la aspiración colectiva:
"pues ni aún consienten en que se trate en ningún término, a menos que no sea al
fin que ellos pretenden, a fin de quitar todo pecho y consumir a quien se lo impida".
En esas palabras queda grabada la orden del común. Allí está el mandato! Lo demás es
la traición y la cobardía. El comerciante y el campesino ya habían descubierto cómo no
era posible la transacción y la complacencia.
Hay varios instrumentos
de una elocuencia agresiva. No hubo equivocaciones en cuanto a sus propósitos, ni
debilidades en cuanto a sus aspiraciones. El común no aceptaba sino el triunfo total. La
rendición del poder colonial sin condiciones. Antonio de Molina, en nombre de esas gentes
simples y honestas que dirigía, le advierte a Berbeo con luminosa percepción: "Que
por ningún término se deje vencer de persuasiones". Y le propone con una entereza
táctica, recogiendo el rumor popular, que sólo los salva el arrasamiento de Santa Fé.
Ese es el sentimiento colectivo, el ansia multitudinaria. En carta del 23 de mayo de 1781,
Antonio de Monsalve, Francisco Rosillo, con la insistencia del mismo Molina, vuelven a
presentar el sentimiento que atraviesa a esos labriegos: "puede suceder que la
inspección de pechos sea para mientras pueden tomar arbitrios para acometernos".
Allí está la previsión aguda de lo que ellos entendían en su llana y simple manera de
mirar los actos de sus gobernantes. Y continúan el análisis certero: "Por lo que se
infiere de la salida del señor Arzobispo, es a contener la entrada y que la Corte quede
libre con lo que no hay que condescender sin el predicho requisito. En caso de que imponga
excomunión, podrá V. M. extrañarlo y tocar a Sede vacante, que así lo pide este
común". De suerte que hay una conjetura de que ya viene la traición caminando sobre
sus aspiraciones. Y tiene la gente simple la convicción de que su vida será sacrificada
en el juego turbio de la combinación palaciega. El arriero, el campesino, el hombre de la
fonda, el pequeño tejedor de lanas, que todos ellos eran quienes formaban el equipo de la
revolución, sabían que sus sueños y sus vidas quedarían despedazados si cedían frente
al poder envolvente de sus enemigos. Ellos, con su humilde acento, decían su verdad. La
verdad que después se volvería tragedia al convertirse en evidencia el oscuro
presentimiento.
En junio 3 de 1781
vuelven a insistir en sus puntos de vista. Había una preocupación honda, que no podían
ocultar. Era apenas lo que les llegaba del murmullo del pueblo, del diálogo del labrador,
de la observación del artesano. A Berbeo le repiten: "Y así, compañero nuestro, no
hay que desmayar en la empresa, ni admitir capitulaciones, a menos que no estemos bien
seguros". Es una admonición que recoge el congestionado pavor de las gentes. Es una
enseñanza de que el pueblo ya advirtió su sino y lo quiere enfrentar con furia y sin
complacencias. Desgraciadamente todo ello tuvo epílogos inesperados, soluciones
fragmentarias. Ese hondo rumor humano no se escuchó. Ya veremos que, otra vez, la
insurrección fue detenida, cuando los hombres sencillos de la gleba habían entendido que
su mandato estaba en padecer al lado de las banderas rojas de la rebelión. A la sombra de
sus limpios impulsos de amor y de victoria, que estremecían sus corazones de alegría y
de deleite.
Así llegó la algarada
hasta Zipaquirá. Allí se detuvieron esos hombres que pensaban en sacudirse el yugo
español. Arribó también saliéndoles al paso el Arzobispo Caballero y
Góngora. Ahora comienza el juego de sorprendente habilidad política, que desconcierta y
reduce. El tejemaneje de las concesiones y de los halagos, para impedir el avance. Desde
ese sitio regresará luego ese ejército hacia sus aldeas, para sentir, en muy poco
tiempo, el azote de la persecución y la muerte. Así se va integrando otro episodio de la
gran tragedia nacional, que es haber visto desviadas todas sus revoluciones
auténticamente populares. De haberlas destruído en su gestación. De sacrificarlas en el
comienzo de su aventura.
Después de la derrota de
Puente Nacional, el gobierno de la Colonia estaba en total impotencia para contener al
pueblo. Además, había un ímpetu en la multitud, que no era posible aminorar con
elementos bélicos. El fuerte guerrero de la Colonia estaba en Cartagena. De manera que
todas las facilidades se concentraban al servicio de la plebe. Esta, cada vez sentía con
mayor vehemencia que una fuerza de decisión, desconocida antes, le crecía en su pecho. A
Santa Fé!!! era el grito conminatorio. A Santa Fé!!! volvían a repetir voces
enronquecidas por la proclamación de la libertad. A Santa Fé!!! era su consigna. A Santa
Fé, que era el paso decisivo para reducir a todos aquellos que expoliaban y explotaban.
Para someterlos a la impotencia. Para pedirles cuentas por su sistema que despojaba al
hombre de toda dignidad.
En el camino hacia
Zipaquirá aparece Ambrosio Pisco, descendiente directo de los chibchas. Era un título
apreciable en un levantamiento que busca encontrar las propias fuentes de su tierra, de su
sangre, de sus mitos, de su emoción. Y es proclamado, sin vacilaciones, director de las
Salinas. La historia de la sal se confunde, también, con la parte más esencial de
nuestra creación democrática. Ella ha sido elemento, no sólo básico en la
organización económica de la nación, sino representación del primer contacto del
hombre con la sabiduría eterna. Desde el bautismo recibimos la sal como una enseñanza
que nos hace la existencia. Con su jugo y con su amargura, a la vez. Sigue alimentando a
los hombres y concentrando sus heredades en torno a los lugares donde ella prolifera.
Detrás de ese grano menudo, las sociedades han buscado los sitios de organización
económica. Ha sido eje de la actividad humana. En las grandes guerras nuestras, la sal ha
sido recurso fundamental. Siempre se ha tratado de sitiar a los ejércitos,
imposibilitándoles ese recurso vital. En la independencia se cuidaban esos depósitos con
una devoción amorosa. En las guerras civiles, la primera preocupación de los gobiernos
ha sido impedir el normal aprovisionamiento de las tropas rebeldes. En nuestras recientes
guerrillas, la mayor audacia era conseguirla, para mantener al ejército de gentes
populares unido en su devoción democrática. La beligerancia de los déspotas contra la
sal va encaminada a reducir a la impotencia las fuerzas de la revolución. Ayer como hoy,
como siempre. Pero las sutilezas y habilidades que imponen el acoso y el asedio son
legendarios. El hombre se defiende y vuelve a adquirir el precioso elemento, con
voracidad. Cuando los estafetas llegan con la provisión, el batallón se siente seguro y
recobrado. Seguro en su misión. Liberado de la amenaza de la inanición. La sal adquiere,
por lo tanto, una trascendencia heroica.
Las salinas eran
propiedad de los indígenas. Ellos las administraban comunitariamente. La producción la
repartían hacia muchos lugares. Los conquistadores la hallaron donde hoy es
Barrancabermeja, en grandes panales. Gregorio Hernández de Alba, en su "biografía
de la sal", que actualmente escribe, sostiene que ella descubrió la Sabana. Porque
Jiménez de Quesada la encontró y siguió las trochas por donde la transportaban los
indígenas. Así vino a la Sabana embrujadora y plácida. Ese es el origen de la
fundación de Santa Fé. De suerte que nuestra sal está unida a grandes episodios, a los
más esenciales por cierto, de nuestra formación como nacionalidad.
Los indígenas explotaban
metódicamente, ese recurso natural. En vasijas de barro, amasadas amorosamente, iban
depositando el material, que era cocido a grandes temperaturas. Después venían los
panales, que salían al mercado. Durante mucho tiempo sirvió de moneda, pues favorecía
el trueque. Era lo que permitía a los indígenas de la altiplanicie conseguir los
productos de tierra caliente. Con ella se surtían de bayetones y de mantas rústicas del
oriente colombiano. También iba integrando la unidad nacional, impidiendo las luchas de
tribus, pues no podía guerrear contra quien tenía el dominio del elemento básico de la
alimentación.
Los españoles despojaron
a los indios de las Salinas. Ya dejó de ser una explotación comunitaria, para entrar al
patrimonio del régimen colonial. Los conquistadores la única reforma que introdujeron
fue la de intensificar la producción. Para ello utilizaron ollas más grandes, pero con
el rudimentario procedimiento de los nativos. Después trajeron el sistema que tenían en
la región del Quindío, que era la producción en granos, mediante la combustión
continua. Al principio dejaron algunos hornos exclusivos para los indígenas. Pero se
trataba de utilizarlos hasta lograr el conocimiento de la técnica de producción y
distribución. Inclusive se tomaron algunas precauciones para que sólo allí pudiesen
vivir las gentes de esa región, los técnicos de la explotación salinera. Pero ello
duró bien poco. Luego se les despojó de los hornos y se les autorizó para que
recogieran los desperdicios. Y cuando la industria estaba conocida en todos sus
repliegues, se "estancó" la sal. Vino el monopolio. Los indios tuvieron que
pagar lo suyo a precios excesivos. De esa manera se consolidaba el dominio sobre una raza,
que ya no tendría la sal, que es sostén de la vida animal.
Por ello cuando Ambrosio
Pisco apareció en Nemocón, con su prestigio de descendiente de caciques, el nombramiento
de Administrador de las Salinas cayó sobre sus hombros como un natural derecho. El lo
ejerció con seguridad y audacia. Lo primero que hizo fue suprimir el estanco. Los
indígenas volvían a los sacavones de la mina, con una nueva esperanza. Ese acto fue uno
de los más importantes de soberanía que realizó la Revolución de los Comuneros.
En Zipaquirá se
encuentra el Arzobispo con los Capitanes. Las gentes descalzas estaban vigilantes y
recelosas. Desconfiaban de todo contacto con los poderes coloniales. Uno de los más
visibles, en esa época, era el de la Iglesia. Por ello se sentían incómodos,
perseguidos, traicionados. Y no lo ocultaban. Al contrario, lo manifestaban con
vociferaciones en la plaza. Lo hacen comprender con actitudes hostiles. El mismo Arzobispo
ha contado, en una de sus célebres cartas, que todo parecía arreglarse, interpretando lo
que el pueblo hacía visible, con una bala que eliminara a Berbeo y otra que lo arrollara
a él. Es bueno insistir en este aspecto de la agitación: el pueblo no se dejó
desorientar en sus propósitos. Y no creyó en las soluciones intermedias. Quienes las
consintieron fueron los conductores, que habían aceptado a la fuerza sus posiciones. Pero
el común no creía en promesas, en apaciguamientos, en concesiones. No daban crédito
sino a la invasión de Santa Fe y luego a todo el Reino. A pesar de las protestas de
fidelidad al Rey, en el fondo bullía un impresionante espíritu de independencia,
subyugación del poder real. Se inician los movimientos habilidosos del Arzobispo. Trae
poderes suficientes para conferenciar con los Capitanes del Común. Y para llegar a un
entendimiento que impidiera el avance hacia Santa Fé. El tuvo una aguda comprensión del
alcance de la revolución, que no se halla expuesta en ninguno de los informes de los
otros burócratas que intervinieron en ella. Sus palabras no dejan lugar a dudas acerca de
su alcance. En mensaje del Arzobispo al Ministro José de Gálvez, puntualiza su vigor
así: que se extendería "su fuego a las vecinas provincias de Caracas, Quito y
Popayán". Y acentúa su observación, diciendo que estaban ante la "inminente
perdición del Reino", porque todo ello llevaría a poner en "combustión todo
el continente", ya que se movilizaba un "ejército formidable".
Esta visión tan objetiva
le permitió actuar con mucha mafia y con indiscutible provecho para los intereses reales.
El arzobispo comprendió que la unidad del ejército perjudicaba todas sus travesuras
políticas del momento. Entonces adelantó una tarea que tendía a suavizar los
resquemores, a aplacar las iras encendidas, a morigerar el ímpetu inicial. Mientras tanto
el pueblo se amotinaba en la plaza pidiendo no escuchar más zalemas del Arzobispo.
Inclusive contra la ventana de la casa que habitaba se lanzó la multitud. Los Capitanes
que estaban en el Socorro y en Pamplona escribían a Berbeo como ya lo leímos,
pidiéndole no detener el movimiento. Toda concesión era una traición irremediable a la
revolución. Pero más pudo la habilidad que el sentimiento popular. Una de las primeras
tareas del Arzobispo fue dividir el ejército. El mismo lo expresa en su carta del 20 de
junio, que tenía el carácter de Reservada en la cual le expone al Ministro de Indias el
sistema que adoptó:
"Los de la
comprensión de Tunja, Sogamoso y San Gil dice que componían el considerable
número de cinco a seis mil hombres, adhirieron a mi estipulación con Berbeo y la
hicieron valer contra el sentimiento del partido contrario, pues aunque éste les excedía
en el número de gentes, ellos les llevaban otras tantas ventajas, que en perjuicio suyo
se pretendía erigir el gobierno la villa del Socorro, cuanto que era la tropa más lucida
de aquel ejército, la más esforzada y más subordinada a sus jefes. Estos me coadyuvaron
bastantemente en mi empresa o porque los más de ellos, especialmente los de Tunja y
Sogamoso venían por fuerza, como se ve por el documento número 6º". Y para que no
quedara ninguna duda acerca del sentido de su intervención, más adelante destaca su
significado en estas crudas palabras: "me ayudaron algunos buenos patriotas a
distribuirles los medios necesarios para su viático, con lo que los despedimos y
marcharon a sus pueblos muy contentos, siendo los últimos que levantaron su campo los de
Tunja y Sogamoso, a quienes dí orden se mantuviesen hasta el fin para oponerles a
cualquier ocurrencia".
En esas condiciones se
adelantarían las conversaciones. La intuición del común no había fallado. Este seguía
ensoberbecido, pujante en su fuerza democrática. No toleraba las soluciones intermedias.
Sólo el poder total le inquietaba. Pero su ambición fue detenida en el juego de las
composiciones diplomáticas. Así se fueron redactando las Capitulaciones. Ellas tienen un
claro y hondo acento de independencia política. Su significado recoge el sentimiento
popular. Por todos los medios se trató de morigerarlas, de quitarles contenido político
y social. Pero una plebe alegre y vigorosa estaba vigilante de cada uno de sus renglones.
Y así las aprobaron. Una vez más, la gleba no se equivocó: impuso su pensamiento,
logró sus objetivos. Al menos en los enunciados. Pero ya la felonía venía caminando
contra su angustia y su miseria.
Briceño al analizar las
Capitulaciones las divide y las analiza con claridad:
"Tres clases de
reformas se solicitaban en ese documento:
"Reformas
económicas: las marcadas con los números 1 a 16, 19, 22 y 27 a 31. Reformas
eclesiásticas: las marcadas con los números 23 y 24. Reformas políticas y
administrativas las marcadas con los números 17, 18, 20, 21, 25, 26, 30 y 33. Las
primeras cambiaban por completo el sistema del doctor Piñeres y las últimas eran
realmente el avasallamiento del poder real. Los revolucionarios conservaban su
organización militar, debiendo instruir los jefes a los subalternos en el manejo de las
armas; se extrañaba al Visitador-Regente y se suprimía su empleo, con la advertencia de
que siempre que algún empleado los tratara como él lo había hecho, juntarían el reino
para libertarse de la opresión; se estipulaba que los empleos públicos se conferirían a
los americanos; se hacía constar la odiosidad que existía entre españoles y criollos, y
en fin, se establecía una autoridad superior en el Socorro, a la cual estaban sometidos
todos los pueblos de los Corregimientos de Socorro y San Gil".
Boleslao Lewin, autor de
una obra sobre Túpac Amaru, puntualiza el valor de ellas en este juicio inobjetable:
"Del breve resumen de algunos de los artículos de las capitulaciones, de carácter
político, se ve nítidamente el verdadero significado de ellas. Y no pueden ser tomadas
en cuenta las protestas de fidelidad a nuestro católico monarca (que Dios guarde), ya que
su autoridad es menoscabada desembozadamente".
El texto fue redactado
por don Agustín Justo de Medina y por don Juan Bautista de Vargas, delegados de la ciudad
de Tunja. Algunas modificaciones le introdujeron Juan Francisco Berbeo y Jorge Lozano de
Peralta. Se discutieron el siete de junio de 1781. El Comisionado de la Real Audiencia y
Alcalde de Santa Fé, Eustaquio Galavis Hurtado, se apresuró a perjurar. Era el sistema.
Era, además, lo que la multitud tenía previsto y estaba proclamando con su grito de
"guerra a Santa Fé". Ya intuían los Capitanes que estaban lejos de la
influencia de comisionados del poder colonial. Desde las aldeas lejanas advertían los
peligros que cercaban sus aspiraciones. El Arzobispo acababa de confirmarnos su política
en esta emergencia: "Hallándolos así divididos por sus propios intereses me
aproveché dice con facilidad de su misma división, porque a fin de contener
con su respeto a los otros, si intentasen pasar adelante y tener a ellos siempre a raya y
bajo mis órdenes para que se efectuasen las capitulaciones en Zipaquirá, como me lo
prometieron y guardaron religiosísimamente, procuré separarlos de los demás y lo
ejecutaron con el pretexto de serles necesario mudar de para que pastasen sus caballos y
para libertarse de alguna peste que podría introducirse por la multitud. En este estado
me hubiera sido muy fácil (y aunque algunos ofrecieron contribuir a ello) empeñar los
unos contra las otros si aquellos instasen ir a la capital; pero este medio que tiene
bastantes ejemplares en los anales de las naciones, a más de parecerme muy contrario a
las piadosas intenciones del Rey y ser muy ajeno de la mansedumbre de mi santo ministerio,
no podría producir otra cosa que hacerles soltar de una vez las riendas a la
independencia y a la rebeldía".
El señor Galavis, uno de
los firmantes del documento, ante José Camacho, escribano público de Zipaquirá,
declaró el día seis, antes de conocer el texto de lo que proponía el común, su
intención que desde luego era la intenci6n gubernamental de desconocer las
concesiones que se hiciesen a la humilde gente que pedía menos impuestos y menos mal
gobierno. Al efecto, afirma: "se halla estrechado a condescender en la admisión de
dichas capitulaciones, así por las desmedidas fuerzas de más de quince mil hombres
armados con lanzas, hondas y bocas de fuego, que están dispuestos a hacerlas efectivas
por violencia, como porque de su negativa no resultaría otra cosa que encender más el
ánimo de los rebeldes y exponer el Reino a su total pérdida, mayormente cuando
públicamente vociferan que así lograrán remediar su pobreza con los caudales del Rey y
de aquellos particulares. Por lo que y para que en ningún tiempo le obste cualquiera acto
que acerca de este particular practique, desde ahora para entonces lo reclama, protestando
su nulidad, como que sólo lo ejecutará precisando de la fuerza y por ceder a la
necesidad, sin que sea su ánimo el que en tiempo alguno tenga efecto; pues antes por el
contrarío desde luego lo declara por de ningún valor, como si nada se hubiera
ejecutado".
Después de firmar esta
aseveración de nulidad, al día siguiente entra a discutir lo que hoy se llamaría el
pliego de peticiones. Lo aprueba y lo firma. Y pide, en carta a la Real Audiencia, que lo
consienta. Más adelante lo jura sobre los Santos Evangelios, en la misa que oficiará el
Arzobispo Caballero y Góngora, que da por terminado el movimiento de los Comuneros. Desde
ese momento ya se sabe cuál es la suerte que cubrirá al pueblo, al hombre del común, al
arriero, al labriego, al artesano que no confiaba en la justicia real, sino que se la han
impuesto entre complacencia diplomática y artimaña religiosa.
Se aprueban las
capitulaciones. De acuerdo con documento de Manuel de Aranzazuzugoitia la gente del común
no admitía transacciones acerca de su contenido. Porque a las objeciones, el pueblo
respondía con ardentía revolucionaría. Dudaban y recelaban de todo. Tenían razón
elemental. Ese había sido el tratamiento de todos los movimientos de sublevación que se
habían incubado en este continente en la época colonial. Siempre una transacción entre
los rebeldes y las autoridades. Y finalmente un avance de éstas contra aquellos,
destrozándolos y persiguiéndolos. Sólo la selva era amable confidente en estos
desengaños sociales y políticos. Ahora el mismo pueblo lo intuía y lo proclamaba. Por
ello, cuando la discusión de la décima cuarta capitulación, hubo alboroto y gritos y
afán de tomar a Santa Fé. Así lo relata el escribano real: "En este estado fue tal
la confusión de las gentes en la plaza y vocerío con que expresaban que su ánimo era
pasar a la Capital, y que querían morir más bien que ser engañados; y fue preciso cesar
en reflexiones que iban haciendo dichos Comisionados y suplicar a los Capitanes el que
salieran a contener sus gentes; cuya novedad sorprendió al Ylmo. Señor Arzobispo, cuando
observó que ni sus propios Capitanes eran bastantes a contenerlas y a suspender los
gritos con que proseguían diciendo: Guerra, Guerra a Santa Fé".
Duele ver que una
multitud ignorante sea traicionada en su lucha. Con mayor inquietud ello nos golpea la
imaginación, pues no fue por su culpa o por su falta de preparación intelectual. Al
contrario, el común comprendió dónde podía estar la oposición a sus nobles
propósitos. Y de allí su grito desgarrador. Y su pasión enardecida.
Mientras tanto los
pliegos viajan a Santa Fe. Los señores del real Acuerdo de Justicia y Junta General de
Tribunales se reúnen. No se trata de cumplirle a una muchedumbre desharrapada, sino de
disolver una revolución. Por ello la premura y el celo en que no queden descontentos los
sectores populares. Ya habrá tiempo de traer ejército y someterlos. Y de darles duras y
agrias lecciones de obediencia.
Entonces aprueban las
capitulaciones por acta de siete de junio. Y a continuación de donde están sus firmas
refrendando el acuerdo, "dijeron son sus palabras haber procedido a dicha
aprobación sin embargo de la notoria repugnancia y monstruosidad que envuelven". Y
más adelante agregan: "procedió a la admisión, aprobación y confirmación de
dichas proposiciones, bajo el seguro concepto de su nulidad". Y en el párrafo final
hacen la advertencia sigilosa, confirman la patraña: "Con lo cual se concluyó esta
junta, mandando se pusiese por separado de la aprobación, para que de ningún modo conste
a aquellas gentes y con este motivo se embarace el restablecimiento de la quietud
pública". Era una honesta manera de negociar.
Regresaron con los
papeles a Zipaquirá. Hubo misa solemne y Te Deum. Ofició el Arzobispo Caballero y
Góngora. Este les tomó el juramento a Vasco y Galavis. Después se rindieron las armas
de los Comuneros. Se oyeron muchos, reiterados gritos de vivas al Rey nuestro señor.
Sobre el pueblo neogranadino caía una nueva desgracia y otra sombra de tiranía
principiaba a cubrir las montañas y las llanuras de esta tierra.
Continuar
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