Revolución y Caudillos
Otto Morales Benítez

© Derechos Reservados de Autor

 

CAPITULO II

 

 

La realidad y la ley

 

UNA POLITICA IMPERIALISTA

 

En la Colonia "se estancó el tiempo en la cisterna". Parecía que todo estuviese asentado en la mayor seguridad para la Corona. Que no podría ser interrumpido su dominio en muchos siglos. Que la estabilidad de su política dependía de la vigilancia que se ejerciese sobre los "naturales". Pero el gran conflicto se presentaba entre las leyes orgánicas de ultramar y la manera sencilla y descomplicada de burlarlas que tenían los encargados de su aplicación. De allí ha nacido una herencia muy americana, de disponer lo más conveniente y lo más justo para el pueblo, y luego escamotearle los derechos. Además, el indígena, que no creía en esa organización jurídica, porque su sentimiento y su vida se configuraban en otros valores, también ayudaba a la burla, a acentuarla. Todo conducía a una permanente y sorda lucha entre la ley y la realidad.

Sería absurdo predicar que todos los estatutos de la Corona no incluían un profundo aliento humanitario para los indios. Injusto sostener que no se inclinaban a resolver, con equidad, algunos de sus problemas y angustias. Pero igualmente imposible aseverar que ellos tuvieron cumplimiento. Muy al contrario, la rebelión se fue incubando cuando el mestizo descubrió que había procedimientos que estaban entorpeciendo su desarrollo, su evolución, su total felicidad.

La "Legislación de Indias", llegó a tener más de seis mil reglas sobre justicia, culto, administración, economía, higiene, educación, letras, arte. El VI volumen se refería sólo a los indígenas. Pero a cada nuevo decreto el conquistador, el virrey, el regente, el alcabalero, hallaban la manera de ocultar su sentido recóndito. Le creaban una nueva formulación. Le daban una interpretación jurisprudencial que concordara con su interés. Cuando era indispensable, pues, se apelaba a nuevos factores y descubrimientos o mandatos sobre el alma. O se buscaba, a través del concepto de la racionalidad, si era factible detener la ventaja para el natural, para ese ser broncíneo y silencioso, que iba ayudando a aumentar la riqueza del encomendero. Entre tanto, la sangre seguía su ritmo turbulento, su extraña mezcla. Llegará un día en que se levantará en grito, en alucinado motín. El aliento heroico cubriendo el sudo de América, con su bandera de protesta.

Es difícil enumerar los hechos sociales, culturales, políticos y económicos que se entrecruzaron para alumbrar la libertad en América. Habría que hacer un análisis de todo el período y destacar cuál fue la política imperial de España con las tierras conquistadas. Detenernos, con asombrado criterio, ante la posición exclusivista que impulsó todas sus realizaciones. Ver, con perplejidad, cómo el régimen fiscal paralizaba toda evolución que implicara una economía nacional en estos países. Con profundo recogimiento y sorpresa asegurarnos cómo la inquisición se insinuaba con celosa censura, para impedir todo avance cultural. Multiplicar así los enfoques críticos, hasta el momento en que una desazón colectiva se va volviendo pasión y grito airado. Que más tarde se cruza de banderas y de proclamas. Y se convierte en guía de gentes de pie limpio, de modestas camisas, de pantalones de rústico bayetón. En sonoro afán de pueblo. Y ese sonido era el metálico y grato de la libertad, que siempre hace estremecer a los hombres.

Es difícil hacer un sintético enfoque de la posición de los países coloniales. Eran tántas las acciones, tan agudos los problemas, tan agobiadores los métodos de expoliación económica y política y tan prolijas sus reglamentaciones legales, que hoy mismo, a pesar de las exhaustivas investigaciones, apenas se conocen parcialmente. España, siguiendo el pensamiento que impulsa a los países imperialistas de su tiempo, consideraba que las colonias debían dar el mayor rendimiento, entregar el más amplio margen de aprovechamiento a sus usufructuarios. Lo esencial era lo que producían. No lo que ellas pudieran reclamar o anhelar.

América se convirtió, para España, en fuente económica. Ayudaba a solucionar multitud de necesidades que la agobiaban. El oro y la plata de sus minas le daban una base permanente para sus conquistas y le proporcionaban capacidad para continuar sus afanes en Europa. Sus mercados aseguraban la venta de sus productos, a precios inimaginables, pues no regía la competencia comercial. El poder político se dilataba: el mundo comprendía que una nación —España— tenía reservas infinitas, que le permitían jugar a los más intrincados sucesos políticos de carácter internacional.

Fray Bartolomé de las Casas levantó su mensaje de protesta por la disparidad entre el texto escrito y la aplicación circunstancial. Por el beligerante afán de rapiña que alienta en todos los funcionarios. Por la "capitis diminutio" que aplican al americano. Finalmente triunfa. Diego Montaña Cuéllar recuerda que se produjeron, como respuesta al padre Las Casas, las "Nuevas Leyes de Indias". Sus preceptos esenciales fueron:

"1º.—Que por ninguna causa de guerra, rebelión o rescate, ni por otra de cualquier género, se pueda hacer esclavo a indio alguno, pues todos son vasallos de la Corona Real de Castilla.

"2º.—Que ninguna persona se sirva de los indios por vía de naboria, ni de otro medio alguno, contra su voluntad.

"3º.—Que ningún virrey, audiencia, o persona alguna pueda encomendar indios por ninguna vía ni en ninguna manera, sino que en muriendo las personas que tuvieran indios, éstos sean puestos en la Corona Real.

"4º—Que hecha relación de los servicios del difunto y de la calidad de los indios, éstos sean bien tratados y adoctrinados mientras se provee a la sustentación de la mujer e hijos del encomendero, a quienes se dará entre tanto una pensión de lo que tributen los mismos indios.

"5º—Que todo el que tenga indios sin títulos, sea desposeído inmediatamente.

"6º.—Que en las audiencias se reduzcan los repartimientos excesivos, limitándolos a una honesta y moderada cantidad.

"7º— Que los indios no sean cargados y que cuando esto pareciere inexcusable, la carga sea moderada.

"8º.— Que los virreyes, gobernadores, prelados, monasterios, cofradías, hospitales, casas de moneda, tesorerías, etc., no tengan indios encomendados, y que los que tuvieren, sean puestos en la Corona Real".

Los textos eran generosos, humanitarios, justos, previsivos. Los que los aplicaban tenían sus desvelos económicos aferrados a otros derroteros humanos. Su conciencia se veía sometida a otras apremiosidades. Sus sueños tenían otros caminos de codicia. España, cuando menos se espera, principia a reclamar contribuciones y ventajas de estos americanos, que llevaban a permanentes exacciones fiscales. Esa fue una de las profundas amarguras de la Colonia. Los signos feudales económicos de los grupos sociales que dominaban en América, y la premura de recaudar dinero para sus empresas, pusieron en bancarrota todos los principios enunciados por las leyes de Indias. Entre la orden legal y el determinante económico, se imponía éste. Entre el artículo justiciero y humano, y la urgencia fiscal, concluía por ser derrotado el cristiano valor de la disposición de ultramar. En la inclemente desazón los encomenderos y la orden de aplicar las leyes, salía maltrecho el principio de la autoridad real. Lo indiscutible es que América tenía que sufragar todo lo que demandaba la Corona o los grupos económicos que predominaban e influían en el Nuevo Mundo. Sólo el mestizo dará el salto de beligerancia, con su garganta enronquecida de pedir justicia y libertad.

Llega el siglo XVIII. Y así comienza el suelo de América a sentir que hay unos pasos sigilosos, unos hombres que se mueven soterradamente, unos pies que van hacia un mismo destino. Observamos que en 1723, en el Paraguay, la gente del común irrumpe contra los jesuitas. En 1765 en Cali y en Quito hay voces inquietantes. En 1780 Tupac Amaru se subleva en Tinta con sus indios y sus criollos. En los Llanos venezolanos hay la misma conjura. Y en 1781 en nuestras aldeas se reunieron arrieros, mineros, agricultores, para ulular su reivindicación económica. Para decir, también, sus consignas de beligerancia contra el dominio español. Y no de cualquier manera, sino afirmando la obligación de que concluya su mandato y la jerarquía llegue a las manos ávidas de regencia del americano. Pues éste ya ha advertido que su capacidad de dirigir se está perdiendo entre sílabas que no se escuchan; entre juicios que enuncia y no se aceptan; entre su sumisión económica, que le obliga a estar totalmente sumergido en la producción para sostener técnicas fiscales que no le traen ninguna ventaja, alegría ni consuelo.

Estas eran las azarosas meditaciones del vecindario, que no podía abuchear su sentimiento hasta el clima de la rebelión. Tenía que resistir con resignada y cristiana paciencia. Maniatado al rigor omnímodo de un Rey que no ha visto, y que ni siquiera tiene la amable perspectiva de conocer. Esperando, únicamente, que se multipliquen sus deberes, pues los preceptos por generosos y amables que aparezcan, siempre andan adheridos al vigor de las relaciones de mando. Estas ahogan cualquier amable perspectiva de justicia. El regente, el virrey, el alcabalero, y cada uno de los funcionarios, saben que la queja tiene eco muy limitado. Que mientras exista entre el Rey y sus súbditos, esa barrera móvil del mar, es más probable el predominio de la impunidad.

Todo ello lo iba comprendiendo y padeciendo nuestra muchedumbre. Se reunía en corrillos para hablar de esas laberínticas dificultades que conducían diariamente a la injusticia. Pero su angustia envolvía sus gargantas en silencio. Porque no contaban con ningún medio propicio a la liberación. Pues a los indígenas, para lograr la consumación de su explotación económica, se les había asimilado a la condición de bestias. A los criollos sólo se les daba representación en los cabildos, cuando descendían de conquistadores y compartían las mismas ventajas en encomiendas y repartos. Es decir, con aquellos que podían tener la misma actitud económica de defensa.

Las glosas tenían que hacerse sigilosamente. Y sólo susurrarse. Casi imperceptiblemente. Apelando a signos mágicos. Al pie del fuego que se encendía cerca del tambo se concentraban, con su rostro de sombra y su corazón anhelante. Allí se transmitían las renovadas noticias amargas. Y volvían así al ensimismamiento. A la meditación que se iba convirtiendo en muda reprobación. La plática se insinuaba en la plaza del pueblo, el día de mercado. Con un ojo rasgado hacia un ángulo de su órbita, para vigilar si le escuchaban el relato de sus agonías y de sus padecimientos. Con una serie de interrupciones, que era manera de eludir al vigilante, al delator, al cobarde que comprometía el sentido de su raza en servicio de sus explotadores. Tenían que ingeniarse muchos recursos idiomáticos; seguir el curso de lo apenas sugerido, con una mano en suspenso, con un guiño en los ojos, con un afirmativo gesto de los labios. Las personas se habían compenetrado tanto de su tragedia —de la tragedia común— que cualquier menudo acto de sus compañeros ya se volvía revelación y mandato.

Lentamente el indio americano sufrió un tremendo impacto en su sensibilidad. Había sido cercado en todas sus grandes concepciones. Sus sueños habían sido desterrados. Declarado inhábil para todo razonamiento, quedaba así reducido, prácticamente, a la esclavitud. Con esa previa declaración se podía estabilizar ésta. Por ello se apeló a ese expediente. Luego le destruyeron sus dioses, sus creencias se las borraron a la fuerza, sus símbolos los fueron desalojando de su imaginación. Un mundo ideológico, religioso y humano, le caía encima, con la agresividad tradicional de la conquista. El indio no alcanzaba a medir siquiera la magnitud de su desventura. Seguía hundido en abstracciones, en indagaciones que se resolvían en taciturno designio.

Pero hay algo más: con su irracionalidad, nació también el exilio de su tierra. De ese suelo que tenía su mismo color y había amasado con tánta fuerza creadora. Lo extrañaban de su propio mundo. Ninguna congoja igual a la que produce la invasión del paisaje en el cual nacimos y nos regodeamos. Y con mayor razón cuando no es fácil esperar nada —nada en absoluto— como inmediata retribución a nuestro trabajo. Cuando vemos que nuestro esfuerzo es vano y el afán y el vibrante acometimiento se aprovechan por otros. El indio no podía entender cómo se rompían todos los hilos de la alegría, segando todas las fuentes de dicha y de consuelo para sus ánimas atormentadas. La tierra no tuvo una aplicación noble en la Colonia. Sirvió primordialmente para hacer sentir las diferencias entre los grupos económicos que aquí habitaban. De ella fueron despojados nuestros antepasados indígenas y repartidas con criterio feudal. España no logró un claro concepto económico de lo que podía ella dar para el fortalecimiento de su economía. Ni supo, tampoco, valorar al hombre americano como elemento insustituíble para la producción. Es decir, no tuvo conciencia de esos dos valores económicos de la sociedad. Ese es el juicio de Mariátegui. Ello es aún más explicable si aceptamos la afirmación del Maestro Luis López de Mesa de que "España no tuvo genio económico".

Necesariamente volvía el mestizo a platicar sobre el mismo tema. Con sus rudimentarios principios de cultura —casi con la total ausencia de ésta, pues le habían cercenado la evolución de ella— no alcanzaba a explicar su desdicha. A darle un significado y un sitio dentro de los valores míticos que lo habían guiado. Comprendía que su apetencia económica no podía tener desarrollo, ni ampliarse. Que estaba, en su totalidad, entregada a la gracia y ventaja de los conquistadores. El mundo, por lo tanto, se le cubría con negro manto de injusticia. A medida que avanzaba su peregrinar y su acomodo al desconocido estado de cosas, iba descubriendo que nuevas formas económicas aparecían desconocidas para él, que siempre había batallado en un orden colectivo, con orientación comunitaria. Además, que todo el poderío que acumulaba en la mina, en el surco, en las pequeñas e incipientes industrias, tenía una serie de interposiciones de los monopolistas. Inclusive que el fisco español entraba con su presencia vigilante en todos los actos del hombre.

Ya ni siquiera tenía memoria para enunciar todos los impuestos que impedían su existencia económica. En primer término, su vida era "cosa" que correspondía a los españoles. Su independencia humana, estaba supeditada al beneficio económico de quienes llegaban. Todo lo iban concentrando en torno de una política fiscal, que imposibilitaba un desenvolvimiento ordenado de las Colonias. Esto sólo se podía cancelar con una revolución, con sus banderas de libertad en el orden político y económico y de democracia en la forma de evolucionar los métodos administrativos.

Toda fuente comercial fue recortada por la política española en América. El cerco se iba estrechando. Todo lo que se extraía—el cacao, el tabaco, los metales, las perlas, la cochinilla, las pieles— era exportado a España. Y sólo se podía traer lo que España vendía. Como no elaboraba muchos géneros, lo que se introducía tenía un primer recargo. Tampoco podía transportarse libremente: sólo se le permitía a los barcos españoles. El envío sólo era aceptado a través de puertos específicamente señalados. En el principio, eran nueve. Más tarde sólo Sevilla y Cádiz. Y a América sólo arribaban por Vera Cruz y Panamá.

No se detenía allí el fenómeno: se debía pagar impuesto de aduana al salir y otro al desembarcar la mercancía. Más adelante la alcabala se encarga de elevar el precio, por el impuesto que se debe cubrir cada vez que se realiza una operación sobre dicha mercadería.

En defensa del comercio peninsular, se prohibió la exportación o cultivo en las Indias de aquello que se produjera en la metrópoli. No se consentía producir la vid ni el olivo. Cuando los textiles rudimentarios de América podían competir con los españoles, se impidió el envío. La consigna era una y sola: comprar caro y vender barato, para el americano. Limitar toda probabilidad de desarrollo económico de las colonias, que pudiese disminuir siquiera la más leve gabela de los peninsulares. La política podía ser la indicada para acaparar gangas fiscales y económicas, pero en ningún momento indicaba una posición propicia al desenvolvimiento de las colonias. Y todo ésto era lo que se iba volviendo rumor encolerizado entre los criollos.

Si observamos siquiera someramente la situación económica, encontramos que ella era agobiante para el americano. España conoció el intervencionismo de Estado en todas las formas. No para racionalizar y distribuir la producción. Al contrario, para impedirla y señalar las fuentes a las cuales se debía apelar. El monopolio fue su sistema comercial. Compañías privilegiadas, que tenían a la vez ayuda en la Casa de Contratación de Sevilla, eran las que usufructuaban los mercados. El precio lo señalaban con tal severidad que no permitía siquiera esperar nuevas oportunidades. El comercio era cerrado, sólo para las sociedades que gozaban del privilegio económico de la Corona. La competencia era desconocida. La economía popular se veía constreñida a usurarias demandas. La pobreza general se acentuaba con requerimientos de precios exorbitantes. La iniciativa particular quedaba sometida a los regímenes de los grupos privilegiados. Sólo el contrabando, con su cara zumbona y pendenciera, en ocasiones le abría una amable perspectiva al hombre de América.

Pero no sólo la inequitativa prioridad se estancaba allí. Avanzaba aún más con reglamentos y exclusiones. No era exclusivamente el precio agobiante de los productos. También la prohibición de producirlos. Y métodos activos que precavían que se fueran a transgredir las órdenes conminatorias. Entonces a una marcada prebenda para comerciantes que no estaban vinculados a los intereses americanos, se agregaba la imposibilidad de desarrollar la actividad creadora del individuo de este continente. Se le paralizaba la iniciativa. No podía, en tales condiciones, ni acelerar la industria fabril, ni extraer a la tierra las cosechas que pudieran liberarlo económicamente. La inquisición fiscal y económica era tan impiadosa como la cultural y religiosa. El hombre americano se sentía cercado, impotente en su sometimiento.

España, en su desorbitado afán de conservar su preponderancia económica, no comprendió que, con tal política, restringía su futuro. Porque América no pudo desarrollar una economía nacional, que le permitiera mayores medios de adquisición, y llegó un momento de paralización en su capacidad de compra. Luis Eduardo Nieto Arteta afirma con énfasis: "La organización económica impuesta por España a sus colonias de América impidió —esa era su finalidad— el desarrollo económico de las mismas". Grave error de España, porque el fortalecimiento de economías regionales le hubiera permitido conservar e intensificar sus mercados, ampliar sus ventas, permitir, con mayor rigor, la subsistencia del monopolio.

España intervenía en todo. Basta recordar que, en su meticulosidad, llegó a reglamentar la operación cesárea, por Real Cédula de 1803. Y señalaba la guía de su ejecución: lo que indicaba el Protomédico Real. Este ejemplo nos da la clave de la sistematización excesiva, de la continua preocupación por señalar la conducta, por vigilar cada acto, por impedir que se manifestara la iniciativa. Era una secuela del juicio que predominó en la Conquista de que quienes aquí habitaban no tenían "alma". Y para otros que requerían la protección que todos los códigos dan a los infantes. También un desprecio hacia la capacidad, hacia la autonomía de la personalidad del hombre americano.

Hay otra tesis económica muy en boga en la época: la riqueza de las naciones dependía de la cantidad de oro y plata que poseyeran. España concentró su acción hacia la extracción de metales preciosos. La imaginación del conquistador crecía haciendo jeroglíficos detrás de "El Dorado". Este fue un motivo incitante para la lucha. Para la adquisición de nuevos territorios. Y el encomendero iba imaginando nuevos dorados, hacia adelante, hacia nuevos espacios, hacia otros meridianos. Así el corazón se henchía de esperanza. España, en tal virtud, favoreció la minería. A tal punto que las providencias más prolijas, las más meticulosas, fueron las que con ella se relacionaban. Ello alentó posturas especificas, tanto en el orden económico como en el social. En primer lugar, la riqueza en metales era abundante, pero no favorecía este continente. Su producto desaparecía. No eran medios que le permitieran a nuestras gentes el mejoramiento de su nivel social. Al contrario, ello implicaba que el natural se viese sometido a un trabajo agobiador, a una inquieta pesadilla humana para extraer los metales. Y esa actividad no dejaba nada firme. La agricultura sólo era la indispensable para atender a quienes explotaban el filón. Las edificaciones eran modestas y frágiles, pues el rendimiento, en muchas ocasiones, era incierto. Todo adolecía de precariedad. Este fenómeno ha sido y es universal. Hoy mismo observamos nosotros en Colombia que los sitios mineros sólo sirven de tránsito a explotadores internacionales. El oro y la plata, si no hay una política agraria y comercial que le dé estabilidad a su simbolismo, apenas producen inquietud y leyendas. Pero no crean nuevas utilidades económicas para la sociedad.

La tierra tenía barreras legales para la explotación. Había una lista de cultivos prohibidos. Luego los mayorazgos, capellanías, patronatos, fundaciones y las manos muertas impedían su circulación. Los gravámenes se acrecentaban contra el territorio sumiso. A él le recaían multitud de cargas fiscales, que hacían nugatorio todo empeño por fecundarlo. Luego se repartía en mercedes generosísimas, para premiar actos de conquista, para pagar servicios a la Corona, para estimular la vinculación entre la Iglesia y el Estado. Pero nunca se hizo su entrega con criterio económico. Con el determinante de incrementar la agricultura, de despertar energías perdidas en la masa americana. Cuando ésta tenía que dar su capacidad de trabajo, era en servicio de personas o de comunidades religiosas. De suerte que la economía de los individuos no se ampliaba al contacto con la tierra. Al contrario, le hacía sentir su fuerza oprimente de subyugación. Las cortapisas a la agricultura, como es natural, desterraron la posibilidad de una economía nacional. Y los latifundios sin limites, en manos de quienes consideraban el trabajo como un vil oficio, hacían más y más apabullante el doloroso signo de miseria que se iba internando en las carnes y en el corazón de los mestizos.

Entonces, como efecto de la minería y como resultado de la ausencia de una politica agraria, no se abrieron caminos en América. Alejandro López I.C., en su libro "Problemas Colombianos" nos recuerda cómo los españoles tuvieron poca devoción por ellos. Lo que sucedía era que no los necesitaban. El comercio era escaso y sólo interesaba a las casas monopolistas. La agricultura estaba tan asediada por problemas y limitaciones, que no constituía una fuerte economía. Como corolario, el camino era innecesario. Y la producción minera tenía tales alternativas, que modestas trochas llevaban a los lugares de explotación.

El indígena tuvo que sufrir la esclavitud. La mita era el tributo obligado, en las minas o en el surco. Cuando no creyeron suficiente su rendimiento, apelaron al negro. "A una sociedad feudal, con la esclavitud le unieron los elementos de una sociedad esclavista". El hombre perdía la dimensión de su yo. El acicate de la competencia. Estaba sometido a los afanes económicos de otros grupos. Era el aprovechamiento de la forma más odiosa del comercio de seres. Así la inquietud, el recelo y el resentimiento fueron creciendo en la soledad y el silencio del oprobio que les imponían.

El sistema fiscal de España fue excesivamente riguroso. Todo estaba gravado. Existía una vigilante persecución del tributo. La autoridad parecía instituída para reclamar el pago de todas las cargas fiscales, con minuciosa delectación. José M. Samper, en su libro "Ensayos sobre las Revoluciones Políticas", enuncia las siguientes imposiciones:

"Las Aduanas, sometidas al régimen del monopolio semioficial y de la exclusión de toda importación no española;

"Las Alcabalas, o derechos sobre toda clase de compras o ventas;

"Los impuestos sobre las sucesiones, en cuotas diversas según la naturaleza de los herederos;

"Los derechos de almotacén, basados en el uso forzoso para todas las transacciones, de los pesos, pesas y medidas oficiales;

"Los quintos de fundición, enorme impuesto que pesaba sobre la producción de oro y plata;

"El tributo, de que ya hemos hablado, que, bajo la odiosa forma de capitación, abrumaba a los indígenas;

"Los diezmos y primicias, impuestos crueles, exorbitantes, que gravaban la totalidad del producido agrícola y pecuario, es decir, capital, trabajo y renta, y muchas veces gravaban la pérdida en vez de la utilidad; prestándose, por otra parte, a los abusos más odiosos y funestos;

"Los derechos de registros y anotaciones;

"Los derechos por razón de oficios o industrias, títulos profesionales, títulos de minas y tierras, títulos de empleos, etc.;

"El papel sellado, obligatorio para todos los actos oficiales y la mayor parte de los contratos o actos privados, con una escala de precios muy subidos;

"Los derechos de consumo, que gravaban la vida en sus más imperiosas necesidades;

"Los peajes y pontazgos, sobre caminos y puentes, construídos gracias al trabajo personal, forzado y gratuito de ciudadanos y los indios;

"Los proventos de multas, ventas de empleos, sisas de todo género; más o menos inmorales y odiosas, y otras menudencias;

"El monopolio del cultivo y venta de tabaco;

"El de la fabricación y venta de naipes;

"El de la propiedad de minas de plata, esmeraldas, azogue y otras materias;

"El de todo servicio de correos;

"La renta proveniente de la amonedación, de la venta de tierras baldías, de los bienes mostrencos, etc.

"Agregad a todo eso un enjambre de impuestos municipales de diversas formas, tales como:

"Los propios, derechos sobre tiendas, puertas, ventanas, mercados a cielo raso, etc.;

"El impuesto directo para apertura de caminos, sobre los vecinos pudientes;

"El trabajo personal subsidiario, especie de corvea, exigido a los proletarios, sin indemnización alguna, para atender a los mismos caminos;

"Los derechos de puertos, tránsito, pasaportes, licencias para fiestas, bailes y mil cosas.

"No acabaríamos al querer continuar la nomenclatura".

La mejor síntesis de esa tributación la da don Salvador Camacho Roldán en frases de intención literaria, que denuncia todo un criterio de gobierno: "Todo está gravado: el capital y la renta, la industria y el suelo, la vida y la muerte, el pan y el hambre, la alegría y el duelo. Monstruo multiforme, verdadero Proteo, el fisco lo invade todo, en todas partes se encuentra, y ora toma la forma enruanada del guarda de aguardiente, el rostro colérico del asentista, el tono grosero del cobrador de peaje, la sucia sotana del cura avaro, los anteojos del escribano, la figura impasible del alcalde armado de vara, la insolencia brutal del rematador del diezmo, o la cara aritmética del administrador de aduana".

Socialmente, el panorama no era menos inquietante. Se habían establecido una serie de diferencias raciales, que volvían el medio incómodo y afectado de prejuicios. Sobre el indio cayó la afirmación inapelable de que no tenía alma. Vitoria y otros filósofos españoles libraron la batalla en contra del absurdo. Se dieron títulos, que acreditaban nobleza indiscutible. Los puestos se otorgaron sólo a quienes llegaban de España. Podían aspirar a algunos modestos cargos, los descendientes de éstos. Era una manera de conservar todo el dominio exclusivista por el lado de España. Pero no comprendían que el mandato sexual, que es más impositivo que los resabios de clase, estaba operando la fusión de la sociedad. Ya la india, y el negro y el blanco, en connubio sorprendente, estaban dando un nuevo producto racial. Los empleos en la mayoría de las ocasiones se vendían. Esto puede dar la dimensión de justicia que presidiría sus juicios. Otros se daban en concesiones que no favorecían, desde luego, un recto criterio para juzgar sentimientos y actitudes de individuos que se consideraban totalmente desligados de sus designios de grandeza. La vida social, por ello, dejaba asomar su hondo padecimiento. Su silencioso resentimiento. Su desvelo por nuevas formas sociales. Los zambos, los mulatos, los mestizos, llegó un momento en el cual no comprendieron que se obstaculizara el ritmo ascendente de sus existencias.

España políticamente, como lo hemos visto, intensificaba su dominación exclusiva. El centralismo dirigía sus actos de gobierno. La justicia, por ejemplo, se discernía desde España. Cuando las sentencias se producían, los hechos que habían creado el debate jurídico estaban, en muchas ocasiones, superados. El juzgador, además, no tenía noción del criterio humano y social del lugar en el cual se incubó la litis. Ni las causas externas le preocupaban porque las desconocía. Y estaba consolidado el "monopolio de las profesiones forenses". Claro está que, en cambio, no se puede alegar falta de legislación. Al contrario. Ella fue abundante y exageradamente detallista. El formulismo era uno de los dones de creación de esa España imperialista. Existió un minucioso reglamento sobre cada aspecto social. Por ello se puede levantar un generoso expediente de exaltación de la previsión española, en favor de estas comarcas y sus habitantes, apelando a la enunciación de las medidas reales. El papel contenía la norma, que era burlada. Que se convirtió, en un estilo, en un sistema de vida americana: escamotear la regla jurídica, eludir su contenido, tergiversar su sentido. "Se obedece pero no se cumple", que parece ya ser una conducta que subsistiera aún en gobernantes y gobernados en América.

Esa exagerada centralización administrativa convertía en lento y monótono el desenvolvimiento de la política española para sus colonias. E imposibilitaba una buena gestión de gobierno. Todo lo tenía que prever y controlar. De esa manera subrayaba el recelo acerca de la capacidad de dirigir, incluso de sus delegatarios. Estos, en muchas ocasiones, comprendieron las dificultades y las amenazas que incidían sobre la estabilidad de estas colonias. Pero nunca se creyó ni se hizo caso. Caballero y Góngora, por ejemplo, hizo un análisis dramático de la realidad americana. Lo mismo Ezpeleta. Sus juicios no tuvieron resonancia favorable. Hay muchos mensajes de Virreyes y Oidores, en todo el continente, que advierten las miserias y las exageraciones oficiales, que van incubando resentimientos profundos.

Es natural que a España no llegase el eco de ese descomponerse el medio social. Había una total falta de opinión pública. No se permitía expresarse. Sin prensa, sin tribuna pública, el pensamiento censurado, las publicaciones vueltas hacia fines religiosos, el hombre americano no podía manifestar su adhesión o su repulsa. Pero, como siempre, tenían sus métodos clandestinos, sus expedientes para la comunicación de noticias sigilosas, sus claves que ayudaban a concentrar el descontento. Debido a la vigilancia monopolista del comercio, América estaba cerrada a todos los recursos del universo. Sus contactos debían estar violentamente controlados. Para ellos se imponía una vigilancia total sobre la inmigración. Cuando llegaron seres de otras razas, venían por concesiones especiales, a servir la política de la Corona. Se volvía, por lo tanto, a un círculo viciosos de silencio y soledad.

Para todo ello se encauzaba la cultura con un sentido de cábala. La instrucción pública era nula. No se necesitaba, además, pues los indígenas estaban desposeídos, según el pretencioso absurdo español, de toda vida espiritual. En cambio, operaba acelerada y cruelmente la inquisición. El fanatismo y la superstición cumplían sus funciones de limitar el pensamiento, de envolverlo en sus principios, que generalmente no correspondían al desenvolvimiento moderno de la ciencia. En Sevilla estaban los censores del pensamiento. Allí se expurgaban los cargamentos para ver que no atravesase el mar el libro que traía inéditos alientos intelectuales; la novela que descubría un mundo de sueños y de liberaciones humanos; el estudio que creaba desconocidas beligerancias políticas y económicas. En el puerto americano se operaba otro control. Allí el Santo Oficio castigaba, con cruel ejemplo de sacrificio y dolor, la pasión por la cultura, el desvío de los cánones morales y la obediencia ciega impuesta por el español. Don Francisco de Miranda, uno de los místicos de la revolución americana, en frase para Pitt, en 1790, sintetiza este problema: " España les saca los ojos del entendimiento a los americanos para tenerlos más sujetos".

 

Continuar

 

Regreso al Indice