Revolución y Caudillos
Otto Morales Benítez

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CAPITULO X

 

 

 

El pueblo y sus banderas.

 

 BELIGERANCIA CONTRA LOS PRIVILEGIOS

 

1850 da material para inmiscuírnos en aspectos múltiples del desarrollo colombiano. No es posible aprisionar su significado en tan pocas páginas y reseñar su influencia en breves comentarios. Su poder va desde la destrucción del régimen colonial hasta dar una orientación orgánica a todo el estado colombiano. Creemos que allí radica su fuerza más profunda. Fue época que derrotó muchos privilegios. Volvió el fuero del individuo canon indispensable para lograr su presencia creadora en lo nacional.

Recordando las páginas iniciales de este estudio, vemos cómo no fue un júbilo mental, o especulación generosa de la inteligencia, relacionar la aparición del mestizo con este movimiento, que viene a consolidar la verdadera independencia nacional. Santiago Pérez llamó a esta generación "segundos padres de la patria". Y no es extraño el que hayamos consultado la tesis de los Comuneros, pues vemos cómo sus enunciados económicos, contenidos en las Capitulaciones, alcanzan su respuesta en 1850. El sentido continental de la lucha económica, que en Túpac Amaru tiene su representante nimbado de heroísmo y de leyenda, también tiene profundas relaciones con esta obra de liberación del medio siglo XIX. Y las palabras de Antonio Nariño, de Pedro Fermín de Vargas, o de don Camilo Torres, hasta aquí llegan con su eco, con su profundo significado revolucionario. Y si en las artes, en la mitad del siglo XVII, el mestizo buscaba incorporar sus símbolos, sus creencias, sus mitos, al movimiento artístico, en 1850, se trata de dar un sentido nacional también al estado. He allí la verdadera función creadora de esa generación.

No es posible olvidar que José Hilario López, con profunda pasión por los elementos que nos integran, en su gobierno hizo posible la labor de la Comisión Corográfica. Era el afán de aprisionar el país en todas sus contingencias. Descubrir cuáles eran los rumbos económicos más acertados. Advertir qué posibilidades guardaban su flora, su fauna, su suelo y su subsuelo. Era la confianza en lo propio. Siempre se ha dicho que es tan importante la visión geográfica de un territorio para poder gobernarlo, como desentrañar hasta su última eventualidad para ser aprovechada. Además, hay que tener el sentido de la nacionalidad que impulsaba ese movimiento. Porque contribuir a su exaltación, convencido del poderío de su pueblo y de la abundancia de su tierra, es condición del caudillo que quiere irradiar históricamente. Todos los críticos le dan a la Comisión Corográfica el mismo valor y sentido que tuvo la Expedición Botánica. Era necesario que en el momento republicano más importante se hiciera un balance de riquezas, capacidades y desventajas hacia el futuro, para darle alcance de creación a todo el movimiento. Además, para destruír prejuicios que venían circulando desde las apreciaciones de Buffon y de Cornelio de Pauw. Y a esas tesis confluía la obstinación, alimentada durante varios siglos, sobre nuestra incapacidad para determinar nuestro destino. También contribuían a desconfiar de nuestras innatas condiciones las afirmaciones de grupos imperialistas y de personas económicamente poderosas, que necesitaban que se conservase el orden social establecido. Pero tuvo más fuerza y arraigo el convencimiento de que nuestro medio tenía un profundo poder, que era necesario descubrir y alentar, con medidas revolucionarias que lo impulsaran hacia la creación. Ese es otro de los valores específicos de ese movimiento. Así se cumplía la afirmación científica de que no es posible asentar una cultura sino sobre el dominio de los recursos naturales de una comarca. Gabriel Giraldo Jaramillo, en su libro "El Arte en Colombia", hace un análisis certero del fenómeno: "La Comisión Corográfica, organizada a principios del año de 1850 bajo la administración del General José Hilario López, representa dentro de la vida cultural republicana lo que la Expedición Botánica significó durante la etapa final del coloniaje: una y otra estuvieron inspiradas en un sentido nuevo y realista de las necesidades económicas y culturales del país, que debía abandonar los viejos moldes escolásticos, la varna elucubración intelectual, los manidos derroteros de especulación empírica, para orientarse hacia una inédita ruta de progreso, de investigación, de experimentación pragmática y racional".

De suerte que la Comisión Corográfica revela, muy auténticamente, el sentido nacionalista del movimiento de 1850. No conocemos ningún estudio que le dé un sentido total a dicha obra. Que le dé un dinámico poder de influencia, para situar, como punto de referencia, su enseñanza, que es de la única manera que logramos encontrar nuestro propio camino. El mismo autor citado nos recuerda, por ejemplo, que sus pintores incorporaron al arte el paisaje nacional. Ello sería ya suficiente justificación. Pero su alcance es más profundo. Manuel Ancízar nos deja su "Peregrinación de Alpha", que es referencia indispensable cada vez que necesitemos establecer nuestra evolución sociológica, el cambio de costumbres, y revivir el acento peculiar de nuestras gentes y nuestras regiones.

Hemos visto que el espíritu colonial tenía una fuerte censura para el pensamiento. Si a nuestros países lograron llegar muchos libros, de orientación que reñía con las seculares españolas, se debe a un clandestino servicio de la inteligencia, que logra descubrir, con minuciosa delectación, el sentido profundo de lo que le vedan. Pero no podía completarse este audaz ajetreo sin libertad, que implicara para el pensamiento todas las oportunidades de expresar sus recónditos anhelos, sus implícitas condenaciones. Entonces se impone la libertad de la prensa. Se recuerda que los principales argumentos contra ella son, con variantes, los mismos que se renuevan por todos los gobiernos —de hoy, de ayer, de mañana— que sienten débil su arraigo en la opinión pública. O que la desprecian por estar convencidos de que el individuo necesita supeditación a pensamientos previamente elaborados. O cuando, como en el caso de la Colonia, y en muchos casos que se multiplican e inquietan a las sociedades, a una economía dirigida corresponde un pensamiento igualmente encadenado. 1850 fue la reacción contra ambos prospectos del Estado. Pues bien: los enemigos de la libertad de prensa sugerían cinco posibilidades incómodas para el desenvolvimiento armónico del país: "1º. hay pensamientos buenos y otros malos; 2º. la libertad de prensa conduce al libertinaje; 3º. el hombre tiene tendencia a exagerar todas las libertades; 4º. la prensa libre corrompe las costumbres; 5º. será atacada la religión, desprestigiada la autoridad; destruídas las buenas reputaciones".

Murillo Toro libró la más ardua y vibrante batalla por esta libertad. El mismo José Hilario López objetó la ley, pues en esos momentos su nombre era utilizado en una acre, punzante y apasionada batalla verbal. Pero el Congreso insistió en sus tesis. Se respetó la voluntad popular. Y luego en las Constituciones de 1853, de 1858 y de 1863, se confirmó el principio de la libertad de prensa. Así el espíritu público podía manifestarse sin amarras. Porque tratar de interferir el proceso de la inteligencia es inútil empeño de los gobiernos. Lo único esencial es que la acción administrativa se oriente a levantar nuevas fuerzas sociales y creadoras, para que sea vencida toda oposición, por severa y audaz que ella sea. Porque tanto la inteligencia, como los pueblos, tienen sus caminos misteriosos, por los cuales la noticia va llegando, invadiendo los predios de su desesperanza. Generalmente el silencio es el más activo estimulante para las revoluciones. Porque éstas se nutren de leyendas, anhelos y pasiones contenidas. Su fuerza radica en su propio enclaustramiento.

Aún nos quedan muchos hechos esenciales por reseñar. En 1850 se decretó la libertad de los esclavos; se abolió la pena de muerte; se reconoció como absolutamente libre la expresión del pensamiento por medio de la imprenta; se estableció el juicio por jurados en materia criminal; se abolieron los diezmos, se expulsó a los jesuitas; se suprimió el fuero eclesiástico y se reformó la constitución en el sentido de garantizar los derechos individuales, de reducir las atribuciones del poder ejecutivo y de darle mayor autonomía a las secciones.

Las reformas eclesiásticas que dieron pábulo para tánta agitación social, fueron fecundas. Estimularon muchas resistencias contra el gobierno. Y llevaron, después, a críticas inclusive de gentes del liberalismo, que no concebían cómo se podía destruir el patronato, que impedía la lucha de los poderes del Estado y de la Iglesia. Así podrían multiplicarse los ejemplos de nuevos actos administrativos, que determinaron cambios profundos en la organización colombiana. Pero creemos que hemos cumplido con nuestro propósito inicial de buscar el sentido profundamente revolucionario de este movimiento de 1850. De encontrar en sus medidas toda una coordinada función económica, a través del Estado, para favorecer al individuo en la orientación de su propio camino.

Pero no sería posible terminar sin recordar que coincidió con ello, no sólo una gran movilización de hombres hacia la colonización, sino de masas en torno a cada uno de estos problemas. Inicialmente las sociedades democráticas se organizaron con sentido de ayuda mutua, entre los artesanos. Después, cuando los jesuítas integraron las sociedades Populares, se fueron confundiendo en la lucha social del momento. Y no podía hacerse un movimiento de tal trascendencia sin la presencia del pueblo. Por ello nos entusiasman sus pasiones, sus palabras de fé en el destino revolucionario colombiano. Si tuvieron actos reprobables, ellos se debían al mismo impulso de sus contiendas. Más tarde la batalla se iba a acentuar en beligerancia frente a las "sociedades Católicas". Lo esencial estuvo en la formación de un conjunto humano, que luchaba por sus tesis, por sus creencias, afirmando el sentido masivo de la revolución económica de 1850.

El significado de esa inquietud colectiva no puede ocultarse. Era una consecuencia inmediata de los privilegios que desaparecían. De las nuevas tesis que se incorporaban a la legislación civil y penal. A la diferenciación profunda que se acentuaba entre el derecho público y el privado. Todo ello confundido con los intereses económicos de grupos tan poderosos como el de los esclavistas, que agitaron la bandera de la guerra de 1851. Que tuvo un profundo carácter económico. Que reveló cómo era de incisiva esa manifestación del capitalismo, en contra del espíritu renovador.

Era tan activo el poder económico, en ese momento histórico, que la división de draconianos y gólgotas obedecía, en gran parte, a sus intereses encontrados. Los draconianos predicaban medidas políticas de carácter restrictivo. Los gólgotas enunciaban tesis sobre todas las libertades, presididos por Murillo Toro. Y reflejaban, a la vez, la inconformidad que iba suscitando el movimiento de 1850. Los comerciantes se inclinaban hacia el librecambismo, alternando con los gólgotas, que sostenían esa tesis. Los manufactureros y los artesanos hablaban del proteccionismo, que fue cogido como bandera de agitación por los draconianos.

De suerte que hay una fuerte influencia del pueblo en todas las determinaciones. Eso es natural en actos de esta magnitud. Gerardo Molina, en su obra "Proceso y Destino de la Libertad", destaca este hecho: "Las dos entidades clásicas, el Estado y el individuo, han venido rodando en nuestra historia cada una por su lado, en vez de fusionarse, pues la una no se explica sin la otra. Sólo excepcionalmente, en períodos ilustres como durante la administración de José Hilado López en el siglo pasado, y en la de Alfonso López, ochenta años después, se han cortado sus curvas de evolución, y esos breves momentos nos han permitido presentir la claridad y la acción creadora que brotarían de su compenetración definitiva".

1850 está sacudido por un profundo estremecimiento social. Desde los Comuneros se venía aplazando esta autonomía. Es el momento en el cual el mestizo colombiano toma verdadera posesión de su ruta. Y lo proclama, en medio de la "chusma" que se entromete a gritar su verdad. Manuel Murillo Toro sentencia que llega el fin de la Colonia. Lo dice con énfasis creador. Y se cumple el deslinde. Hasta una guerra engendra el revolucionario acento de 1850. El hombre y la tierra vuelven a recobrar su equilibrio. El individuo principia a sentirse libre, porque le han asegurado la posibilidad de decir su verdad, de proclamar su ansia, de maldecir con sus propios adjetivos de desaliento. De demostrar, también, su arraigo y confusión con el perfil de la patria. La multitud se iba congregando airosa, alegremente. Y los hombres de ese tiempo escuchaban su mandato. E interpretaban sus anhelos íntimos, sus subterráneos deseos. Y los iban volviendo leyes nacionales. Así el pueblo se incorporaba a su destino. A su auténtico destino nacional.

FIN

 

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