Revolución y Caudillos
Otto Morales Benítez

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CAPITULO I

 

 

LA REVOLUCION ECONOMICA DE 1850

 

El Mestizo y el barroco

 

LIBERACION POR EL ARTE

 

Para poder apreciar un acto histórico, en su intensidad de irradiación, es necesario seguir detrás de muchas huellas. Ninguno pertenece al vigor insuperable de una personalidad. Los hechos se van encadenando, a través de días y días, que se pueden convertir en siglos pero que, en un momento dado, afloran con su persistencia creadora. Nunca hemos podido admitir que la historia sea forjada por pequeñas minorías. En cambio, hemos cavilado que éstas sólo recogen los mandatos universales de una sociedad. Que escuchan los subterráneos movimientos de la plebe. Que sienten cómo hay un rumor subconsciente de la multitud que va indicando su destino.

Todo ello, claro está, no es sino consecuencia de lo que pensamos acerca de la cultura. No nos ha sido posible creer que los países necesitan una élite para dirigir sus destinos, descuidando la gran masa humana. Porque aceptamos que aquella es consecuencia de las mismas virtudes que emergen de la conciencia colectiva. Los jefes son expresión de las circunstancias en que se mueve la muchedumbre. De allí que sea tan socorrida la frase de que cada país tiene el gobernante que le corresponde a los descuidos que se han tenido para enrutar y mejorar el conglomerado social. Porque no son explicables los super-hombres sin que exista una agrupación humana que pueda interpretar, captar y ayudar a movilizar sus ideas.

Esto no excluye, como es lógico, que en los países se presenten fuertes personalidades. Que destellen como héroes, como científicos, como estadistas, como escritores, a los cuales la genialidad les ha dado su aletazo inspirador. Pero no son cosa distinta a la fuerza inmanente del conglomerado que representan.

Son oscuros destinos, anónimos deseos, subterráneos afanes, que un día exultan en un alma. Y que se convierten en mandato de su existencia. Que se vuelven permanente adivinación del camino que quería seguir la multitud. Que oyen, con cabalística intuición, esos mensajes inaprensibles de la gente común. Que se sitúan con un extraño afán de captación en medio de su siglo y advierten cuáles son las corrientes que atraviesan al pensamiento en un momento determinado. Que se hacen eco de las palpitaciones colectivas y las aceptan para sí como mandato y designio. De esa manera campea el hombre símbolo de un país, guía de un tiempo histórico.

Siguiendo limpiamente la evolución del pensamiento universal, nos podemos dar cuenta de un hecho: que para interpretar la historia se han formulado varias tesis filosóficas. Que ellas se han incrustado en diferentes movimientos culturales y políticos. Que la inteligencia todos los días amanece con un nuevo interrogante acerca de cómo es posible explicar los hechos del pasado. Lograr un fundamento, que les dé un incontrovertible poder de verdad. Conseguir que el lector acepte que su proposición arranca de bases sólidas, de planteamientos científicos.

Nuestro empeño es más modesto. Apenas tratamos de bucear por los caminos de la historia para advertir cuáles pueden ser los orígenes remotos que nos conducen a la "Revolución Económica de 1850", que es el tema de estas digresiones. Irnos detrás de algunos sucesos, para ver si ellos se acoplan al propósito de los reformadores de la mitad del siglo anterior. Y averiguar si las ambiciones sociales que dieron vida y reciedumbre a esa evolución, tienen raíz colombiana, fuente nutricia en el mismo descontento colectivo. Al enunciar el tema, irrumpen en nuestra memoria varios hechos que se van encadenando hasta llegar al desenlace en uno de los períodos más fecundos de la historia colombiana. Lo que permite insistir en que ese movimiento creador no estuvo sujeto a simple audacia demagógica, a agotador interés de secta, sino a fiel y cumplido mandato de la sociedad. Lo que él representa es una revolución que se venía aplazando —frustrando para ser más exactos— desde la época colonial. Que no tiene una simple raíz nacional, sino que abre su radio de acción por el continente, y, por lo tanto, consulta la inquietud de un profundo desvelo americano. A una suerte de confrontación con la propia experiencia de este mundo nuevo. La "Revolución Económica de 1850", tiene sus materiales concordantes incrustados en todos los países de América. Sus palabras de reivindicación se van escuchando, con rumor sordo al principio, con profunda resonancia de convicción después, con marcada claridad multitudinaria más adelante, hasta reventar en la libertad de independencia. Todo ello como acometida popular, como un anónimo impulso colectivo, como un mandato de una población que principia a insurgir contra la colonia.

¿Sería posible decir en qué momento el alma americana tiene su propia pujanza, su aliento ecuménico? ¿En qué hora se va produciendo el divorcio en nuestra gente respecto al ancestro indígena y se libera de las manifestaciones espirituales impuestas por el conquistador español? Ello sería tema suficiente para varios volúmenes. Pero el fenómeno insurgió, no como olvido de lo autóctono y repudio insólito de lo europeo, sino como insobornable voluntad de manifestar una actitud ante la vida. Muchos autores coinciden en señalar los años finales del siglo XVII como la época en que el nuevo producto biológico, el mestizo, ya tuvo una criolla actitud ante los hechos. Una viril y activa posición ante el mundo. En el siglo XVIII se asoman las manifestaciones de características esenciales, de lo que va a ser el mensaje americano. De lo que él debe interpretar y representar. Desgraciadamente su ancha voz ha sido apagada en varias ocasiones. Pero esa apetencia íntima, ese desvelo cotidiano, han seguido propagando su intención, haciendo alarde de su beligerancia.

Lenta y sosegadamente se levantan voces con una autenticidad inusitada; con un lenguaje antes desconocido para interpretar los hechos. Inicialmente sin seguridad y sin aspiración de mensaje; todo envuelto en titubeos y cavilaciones. Quizás sin presentir que ello implicaba una audacia revolucionaria. Se va imponiendo el sentido de una nueva existencia; el matiz de una época; el acento propio de un pueblo. Eso pasó en América, a finales del siglo XVII. Aún hoy no ha terminado esa ingente labor para mostrar el perfil americano. Todavía tenemos multitud de hazañas por descubrir; de regiones por analizar; de temas por esculpir y llevar a la pintura; de cogitaciones por revelar en la novela y en la poesía. Estamos aún en un período de formación, de integración. Los materiales sólo ahora comenzamos a separarlos. Universalmente, estamos naciendo. Pero no nos desviemos: esta es otra de las inquietudes en todo el continente.

Pues bien: volviendo a los finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, advertimos que muchas manifestaciones de la cultura y de la sociedad van adquiriendo una expresión particular. No son el producto directo de la tradición indígena, ni son tampoco el sometimiento a las normas y conducta señaladas por el conquistador español. Son algo que se aparta de ambas rutas. Hay una dicotomía que, en la mayoría de las ocasiones, sólo se viene a observar con el tiempo. Después de transcurrir más de un siglo. Cuando nuevos hombres, con mirada limpia, principian a reparar en que seres anónimos, la mayoría de las veces, dejaron allí su mensaje, que ya tenía un contenido diferente al que había sido impuesto o heredado. Todo ello implica, desde luego, una revolución. Porque es una manera inédita de observar los acontecimientos y valorarlos. Y esa actitud conlleva a una rebelión, consciente o subconsciente, contra un orden preestablecido. Contra un sistema impuesto. Contra una cultura prestada. Es una sublevación del hombre, como producto de la atención que ha puesto a su "yo y su circunstancia", para obrar en concordancia con los mandatos telúricos que lo determinan; contra los sistemas esclavistas que lo reducen; contra las órdenes imperialistas que tratan de impedirle dar de sí su plena manifestación.

Ese es un bello espectáculo. Uno de los más admirables a que puede asistir el hombre. Es una insurrección sorda, sin protestas airadas, sin gritos estridentes, sin palabras de odio. Pero que se va abriendo paso a través de los actos que le toca encarar. Esto, posteriormente, coincide con un momento en el cual el pueblo, como entidad social, va también insubordinándose contra sistemas, gobernantes, actos y sojuzgamientos políticos. Todo se va entrelazando subterráneamente. Cuando uno menos piensa existe un contenido de igual palpitación en el folklore que crea la imaginación popular, o en la talla de madera que decora una iglesia, o en el gesto de protesta que lleva a romper edictos y resoluciones gubernamentales.

¿En qué momento se gestó aquello? ¿Qué poderes excepcionales se conjuraron para producir esos actos que vistos en conjunto, parecen todos sincronizados? Un día lo sabremos, pero será necesario descubrir los datos suficientes para reconstruir aquellos tramos intermedios que por ahora se nos aparecen como inexistentes o, al menos, en extremo desdibujados en el marco de nuestro pensamiento histórico. El alma popular va teniendo unas reacciones peregrinas y profundas. Los historiadores y los filósofos tratan de situar esos hechos a través de razonamientos graves, pero no logran aprisionar el valor de todos esos innúmeros y apasionantes actos. Que van apareciendo por distintos caminos. Que van insurgiendo en diferentes latitudes. Sin acuerdo previo, sin consultas recíprocas, sin guías prefabricadas. Con verdadera espontaneidad.

En América sucede cuando aparece el mestizo con sus propias características. Cuando hay un hombre nuevo, que vuelve a sentir el paisaje como cosa propia. Que no está hipotecado a un gobierno real, ni sometido a una sola línea de sangre. Cuando ese individuo hace su experiencia sobre el suelo americano, tomando posesión de su tierra, comienzan a volar, de cordillera en cordillera, y de llano en llano, canciones populares que ya incorporan los elementos naturales a su júbilo y a su poesía. Y dejan de representar, en la plástica, sólo aquello que oficialmente se ha indicado. Muy al contrario, se van permitiendo toda clase de libertades, para llevar elementos nuevos, símbolos y objetos que no pertenecen al mundo espiritual del conquistador: es la vasta presencia del mestizo. Y van levantándose voces para reclamar derechos políticos y reivindicaciones, que sólo ellos sienten, pues los otros o están sometidos o están comprometidos con la metrópoli que imparte órdenes. Es el caso americano, exactamente. Mientras no se había producido esa fusión de razas, aquí la placidez colonial se renovaba, en cordiales muestras de efusión, al cambio de los virreyes. Y el lento ritmo de la existencia se iba ampliando en leves complacencias gubernamentales.

La sangre entra a jugar un papel imponderable. Ese misterioso juego de los glóbulos rojos y blancos hace su aparición de repente. Esa nueva pujanza étnica se manifiesta con todo su poder. En Indo-América lo que más convino a la formación de ese mestizaje poderoso fue el hecho de que los conquistadores españoles trajeron muy pocas mujeres. El connubio tenía que precipitarse. Y así, la sangre cumplió su insobornable destino. En sus leves canales, en su presencia que ilumina de ritmo el corazón, la sangre va acelerando la revolución americana. Es ella esencialmente la que va dando su grito de libertad y democracia. Es francamente sugerente el inmiscuirse y combinarse ese líquido rojo, que nos va sosteniendo erguidos frente a la existencia. Y sólo buscando ese roto hilo podremos ir reconstruyendo la historia americana.

Aún hoy no se puede hablar de una raza americana, ceñidos al rigor científico. Pero los expertos en estas exploraciones, afirman que ya están asomando los perfiles de ella. Lo único cierto es que no tenemos ya ninguna sangre pura, en el sentido de que no haya sido sometida a una mezcla. Anotan los que han observado más detenidamente el proceso psicológico, moral, social, de quienes llegaron aquí en la conquista, que ellos perdían sus características primordiales. Iban apareciendo con un nuevo sentido de la existencia. Apenas natural la observación al enfrentarse a problemas inexplorados, a soluciones imprevistas. Y al estar en contacto con una serie de valores que no correspondían a los antiguos planteamientos en los cuales ellos habían sido conformados. El contacto con América transformaba seres y cosas. Los hombres tomaban rumbos que antes no presentía su sensibilidad. El medio tenía una fuerza extraña, que los gobernaba. Y no lograban conservar el acento y estilo españoles. Había una extraña participación de substancias para él antes desconocidas. Cuestión de matiz tal vez, pero profundo y definitivo en la expresión de formas propias.

 

* * *

 

Estamos, así, ante la presencia de lo que se llamará la Raza Americana. Ya hay rasgos antropológicos que le van dando sus características determinantes. Así como va brotando una literatura y un arte, que aprovechando directrices generales de estética que son universales, tratan de expresar sus símbolos, sus propias cavilaciones ante el misterio del universo o ante su propia cosmovisión. En el período de conquista y descubrimiento, nos vemos ante varias circunstancias históricas. En primer lugar, a América llegaron, fuera de los españoles, algunos ingleses, irlandeses, alemanes e italianos. Pero no fue considerable su aporte. Porque vinieron una serie de restricciones para su establecimiento en estas tierras. Hubo de parte de España lo que ha calificado un autor como un "monopolio racista". Inicialmente se permitió su entrada y se convino, en entendimiento económico con los alemanes, su participación en algunos territorios del nuevo mundo. Pero luego hubo rumbos distintos en la política de inmigración española. Se dictaron reales cédulas —entre otros por Carlos IV—, que imponían gravámenes económicos muy fuertes a quienes no fueran españoles. De esta manera la actividad del "extraño" quedaba totalmente paralizada. Porque los impuestos impedían su progreso. Ese hecho hizo que la hibridación entre indios y españoles fuera más activa.

Así vino a aparecer el mestizo. Ese es el tipo que se ha ido diferenciando. Porque ya era un hombre con una calidad humana sui-géneris. Además, producto de conjunciones sexuales y de un medio diferente. De allí su ardentía para defender lo que consideraba propio. Y ese mestizo fue surgiendo con una explosiva combinación de sangres: la india, la española, la negra. Y, en ocasiones, con participación de la inglesa, de la alemana, la italiana, o la irlandesa, etc. Y que, según los especialistas, todos los días tendrá más claridad como entidad humana y como producto biológico.

La realidad americana y sus características han creado inclusive discusiones de honda travesía intelectual, acerca de cuál nombre podría ser el más adecuado para llamar el nuevo mundo. Se ha dicho que Latinoamérica nos circunscribe a ciertos enunciados de la cultura latina. Que Hispanoamérica deja por fuera mucho de los aportes sanguíneos que han ayudado a conformar nuestro tipo racial. Y que, desde el punto de vista cultural, la presencia de España no es la única que nos ha permitido evolucionar intelectualmente. Víctor Raúl Haya de la Torre propuso el nombre de Indo-América. Alegaba el escritor y estudioso de nuestra realidad, que así era posible conjugar todos los factores de integración que nos distinguen y señalan con modalidades propias. Y además, que no se abandonaba caprichosamente o por resabio de puristas o racistas el recuerdo del indio, porque él sigue siendo "la base étnica, social y económica de América".

Ello no implica que debamos levantar la bandera del indigenismo con alevosía. No. Es apenas un afán de claridad que impulsa el estudio del problema americano. Todos los días se acentúa ese interés de conocimiento, porque nos hemos movido con desgano y desprecio por todos los temas que conciernen a nuestro medio. Es una actitud intelectual muy peligrosa, porque ello ha servido, también, para el desconocimiento de nuestra realidad, que lleva a una falta de claridad en su estudio. Hay otros autores, como Gonzalo Aguirre Beltrán, que en su estudio "Indigenismo y Mestizaje: una polaridad bio-cultural", señala al "conjunto de naciones comprendidas en el término expresivo de Mestizoaméríca". El no expresa con claridad si su calificativo conduce a un nuevo término para bautizar nuestro continente. En todo caso, sí revela su espíritu y su intención.

No podemos dejar de citar a André Siegfried, quien ha sido punto de referencia de casi todos los autores que se han preocupado de situar este caso científico, cuando dice en palabras que ya hemos visto reproducidas en varios estudios: que a través del mestizaje se ha formado en América "un tipo indefinible que desafía toda clasificación. En los países andinos es muy difícil hacer la distinción entre blanco o indios, así como en el Brasil entre negro e indio, porque muchos indios o negros tienen un poco de sangre blanca, y muchos blancos un poco de sangre india o negra, sin hablar de combinaciones de zambos que mezclan el negro con el cobrizo. Por eso, en la mayor parte de los americanos del sur se afirma la presencia dominante de una de las razas en cuestión".

Acerca del mestizo, se han producido ensayos, libros, aseveraciones científicas, que lo señalan como un ser degenerado. La tesis progresó e incluso muchos intelectuales de este continente recogieron el eco de esos razonamientos. Podrían citarse varios títulos de obras que desarrollan esa opinión adversa a nuestro tipo humano. Con ellos coincidían quienes predicaban patéticamente que el trópico es medio inadecuado para el desenvolvimiento del ser, de una cultura, de una civilización. Esos enunciados han sido derrotados lentamente. Porque es imposible, en pocos años, integrar una raza, una filosofía, un sistema de vida favorable para aplicar a la existencia. Pero la reflexión negativa ha ido cediendo a medida que aparecen nuevos enfoques críticos de la realidad americana.

En primer lugar, los mismos españoles no tenían interés en que se produjera lo que podríamos calificar de un "estilo americano", no sólo para las manifestaciones estéticas, sino para afrontar los hechos más simples. Y luego, todos los regímenes imperialistas, que han tenido interés de asegurar su influencia en nuestro continente, han predicado invariablemente nuestra incapacidad para tener un destino, con una cultura y con unas manifestaciones propias. Se ha apelado a la peligrosa afirmación de que nuestra ascendencia india nos impide desarrollar ciertas facultades. Después se ha recurrido al trópico para acomodarle a este todas las deficiencias y limitaciones de nuestra evolución técnica. En esa forma pretenden asegurar el vasallaje y la resignación de nuestros conglomerados sociales.

El científico Enrique Pérez Arbeláez hace una síntesis afortunada de dicho sistema:

"El arma más efectiva usada por los imperialistas para retener sus colonias, ha sido mantener en los pueblos la convicción de su incapacidad. Incapacidad intelectual para resolver sus problemas vitales, incapacidad de su medio para sostener hombres altivos, suposición de peligros en el derecho a nacer, ayuda técnica que amortece el vigor investigativo propio. Y lo peor es que este sentimiento esclavizante tiene en nuestros países una poderosa quinta columna empeñada en devaluar y coartar la ideología, las costumbres, el ambiente y los derechos a disfrutar la vida criolla. Así el desconocimiento del trópico, su vilipendio, ha conducido al desprecio de los que en él nacimos".

En el Nuevo Mundo se vivió, como consecuencia de esos enunciados, una época —que aún pervive en algunos escritores— en la cual sólo tenía validez, brío creador, facultad de permanencia, aquello que era producto de ultramar. Eso ha sido superado en gran parte. Ya se cree en nuestros valores, en lo que piensan, en lo que emprenden. Y lentamente va surgiendo un arte americano, que es una demostración de que aquí hay unos hechos que sólo pueden ser justamente apreciados por hombres de la misma tierra. A ese ambiente de desconfianza, de cruel colonialismo mental, corresponde esa lucha contra el mestizo, ese desdén olímpico contra toda manifestación original de esta tierra. Algunos autores han contestado a la gritería anti-mestiza, diciendo: y ¿dónde no hay noticias del mestizaje? ¿Cuál es el país o la raza que logra librarse de él? Aún ellos persisten en la espera de la respuesta.

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En el momento histórico en el cual el mestizo se exhibe ya con su personalidad, América principia a sentir su bronco sentido. Su apasionado destino histórico. Al comienzo es un tímido balbuceo. Es un buscar los símbolos de su tierra, los motivos que representan nuestro trópico, lo que va constituyendo, en una lenta evolución, los puntos de referencia para nuestra cultura. Y como fenómeno curioso, cuando en el siglo XVIII aparecen los movimientos precursores de emancipación —los Comuneros del Socorro, Tupac Amaru, la rebelión de Bolivia, insurrección de los mineros de Antioquia, etc.—, también se está logrando un escape de las formas culturales impuestas por España. El mestizo principia a dar de sí su mensaje. Su actitud se va extendiendo, haciendo de América su gran telón de fondo, para su impetuosidad y su lucha.

Tratadistas especializados en el análisis del barroco en América, encuentran que, después de la primera conquista española, hubo una reconquista americana. Esta coincide exactamente con ese momento de videntes de la libertad y del arte. El profesor Ángel Guido, señalado como uno de los más valiosos precursores en el enfoque americano de nuestras calidades espirituales, plantea esos dos estados espirituales en las siguientes palabras:

"La primera conquista europea en el Arte Americano, fue aquella que se consumó paralelamente a la otra conquista europea en lo social, que todos conocéis. Para nuestro caso hispanoamericano la conquista española. Europa sojuzga, pues, el arte americano indio en forma enérgica y excluyente. El arte indígena sucumbe o bien agoniza durante siglo y medio de dictadura estética europea. Mas en el siglo XVIII una reacción se advierte en el arte de la Colonia. En los centros que hubo verdadera grandeza en el indio de América —en el Anahuac en el Norte y el Tahuantinsuyu en el Sur— polarízase una suerte de rebelión estética, paralela a la subterránea insurrección social y que dimos en llamar: primera conquista americana del arte".

Al producirse la conquista en América, el movimiento social y espiritual de nuestros pueblos indios representaba un auténtico aporte a la cultura. Al efecto, el mismo tratadista puntualiza ese fenómeno de la siguiente manera: 

"Pequeña o grande, trascendente o efímera —como queráis— la cultura de este Hombre Americano era, de cualquier modo que se la aprecie, cultura al fin, Y al decir "cultura", va, implícito, todo un repertorio de valores concomitantes: religión, política, economía, filosofía, idioma y algo fundamental para nosotros: Arte. En efecto, sea el hombre del Anahuac, como el de Tahuantinsuyu, tenía su precisa y perfilada mundividencia, su "Weltanschauung", y desde esta su correspondiente mundividencia o cosmovisión, sentían y veían pasar y discurrir la vida, como actores y espectadores, simultáneamente, ya que tal y no otra cosa es la actitud de todo hombre en su espacio y en su tiempo. Panteísta, astrolátrico, levantó templos magníficos como los del sol y la luna en Teotihuacan, o en el Cuzco. Construyó palacios estupendos como los de Mitla y Palenque. Fundó ciudades con un concepto urbanista avanzado, sorprendente. Trazó caminos, canales de desagües e irrigación. Agricultor consumado, mejoró las especies de maíz: transformó el "teozintle" o maíz salvaje en el actual. En su organización del trabajo fue colectivista, comunista. En la distribución de tierras generoso: no conoció el latifundio".

Todo esto fue arrasado, mutilado, deshecho por el conquistador. A sus intereses fiscales y políticos, y a su orientación religiosa, no convenía la conservación de esos dones sociales y espirituales, que encontró en América. Lo interesante estaba en que los indígenas aceptaran lo que les iba a llegar, en enseñanza, a través de la imposición que amparaban la cruz y la espada.

Regresemos a nuestro camino interrumpido: coinciden con los movimientos rebeldes, que solicitan que se supriman las opresoras medidas económicas, las primeras incrustaciones de los símbolos americanos en el arte que tratan de imponer los españoles. Esa extraña coexistencia no puede ser despreciada. En el siglo XVIII se cumplió "un verdadero proceso estético rebelde contra el arte de la metrópoli". Por esto: "elementos de la fauna y de la flora indígenas, desplazaron las unidades decorativas barrocas europeas. El sol, la luna y la concepción sideral del cosmos incaico, se introducen heréticamente en los frontispicios de las iglesias católicas. Las indiátides reemplazan las cariátides europeas. En el siglo XVIII, por primera vez, después de casi dos siglos, vuelve el arte a incorporarse al paisaje y al hombre americanos. Las indiátides de José Condori, por ejemplo, son sendas indias que soportan para una eternidad los dos pétreos cornisamentos, como si esa carga constante fuera el destino que los hombres blancos legaran al indio de América. Mas, si las cariátides griegas fueron aquellas prisioneras, esclavizadas, que el artista transfigura en belleza ática en el Erectión, también el quechua Condori, transfigura en belleza criolla toda su humana amargura, toda su sofocada angustia de rebelión, ante la sangrienta esclavitud del mitayo, su hermano en sangre y en espíritu".

De suerte que el artista está dando su batalla también contra España. Y la da con sentido social, como en el caso de José Condori, que lleva a su obra el dolor y la angustia que produce la mita, uno de los factores esenciales en la rebelión de Tupac Amaru. De suerte que el mestizo principia a librar de la fugacidad del recuerdo los elementos de su América. Quiere que ellos permanezcan en las obras de arte. Que queden allí representando sus mitos y sus leyendas. Haciendo que el mundo sepa cuáles son sus creencias a través de sus representaciones.

Siguiendo las mismas indicaciones críticas del profesor Guido, hallamos nosotros este fenómeno singular e interesante. Cuando el ultrabarroco español está en todo su poderío, aquí los talladores modestos, los artífices anónimos, los que rendían una jornada sin brillo y sin nombre, iban llevando a las obras plásticas motivos zoomorfos, fitomorfos y elementos antropomorfos y míticos. Así vemos que quedaron, contra la voluntad oficial de quienes ordenaban las obras: colibríes, chinchillas, loros, cóndores; chirimoyas, mazorcas, cacao, piñas, mazorcas de maíz; figuras de indios o de indias; el sol, la luna, las estrellas. Es decir, todo lo que animaba el mestizo con su aliento de herencia idolátrica y con su poder de influencia inmediata como el paisaje, y todo lo que aportaba la naturaleza. Bien han dicho escritores que han interpretado el fenómeno de la independencia americana, que ésta se produjo cuando los naturalistas llegaron con su medida científica a saber cuál era la realidad de nuestros recursos. En ese momento, también, el mestizo tuvo conciencia de su nacionalidad, de su tierra, de su destino de libertad y de democracia.

El hombre ha logrado expresarse a través del arte con mayor plenitud que en ninguna otra forma de la inteligencia. Se ha llegado a la conclusión de que aquél sólo irrumpe como una manifestación del querer. Como una abscóndita decisión interna que hace padecer en la creación. Que impone su rigor a la vida. Y, entonces, el artista no sólo traduce su sentimiento, sino que se ve constreñido por ese poderoso impulso que es la necesidad de expresarse. Ese fenómeno se reproduce en el momento de la creación artística en América, en los siglos XVII y XVIII. Y ello se hace más evidente cuando advertimos que el creador, o el simple artesano, llevan a la obra su acento peculiar, la manifestación soterrada de su querer. De lo que es esencialmente el arte. Se cumple, pues, a cabalidad el enunciado.

El arte expresa, además, el atado social, político, económico de una época. Es una verdad de Perogrullo. Hay que repetirla, pues algunos buscan encontrar en las manifestaciones de ese género apenas una leve respuesta del hombre a su afán interior. Puede ser éste muy profundo y tener un vigor de exultación creadora. Pero consciente o no, el artista responde, también, a las inquietudes que están traspasando su tiempo. Y lleva a la escultura o al cuadro esos valores dispersos de la sociedad en la cual actúa. En todo caso, cada matiz va señalando las condiciones de una edad histórica. Y qué intereses movían a la colectividad, en ese instante de la creación. Y hacia dónde dirigía sus pasos el desenvolvimiento de la cultura. De ello no se logra escapar el enjuiciamiento critico de la obra artística. Inclusive es factible que no se advierta en el mismo momento de la aparición. Porque como concentra todos los símbolos y representa en sí las creencias y repulsas de un momento dado, se acepta como una de las cosas que corresponden lógicamente a ese estado. Pero luego viene el enjuiciamiento que, con perspectiva, va descubriendo aquellas características, que sitúan la obra en su verdadero medio social.

El artista, el simple artesano, los obreros, no pueden escapar a esa ley sociológica. La misma evasión de las cosas que circundan al hombre en un momento dado, están confirmando que se está rechazando, sobre qué se está reaccionando estéticamente. Al llevar a la plástica los símbolos de una etapa histórica, se expresa con ellos exactamente cuáles son las cosas que nos inquietan. Allí se dejan todas las afirmaciones y negaciones que nos suscita un momento determinado. Por ello en América, cuando el mestizo principió a participar en la creación estética, irrumpió en la pintura y en la escultura con un acento de liberación. Esta era su lucha y su desazón interiores. Allí las reflejó. Todo dentro de la complejidad que tiene la materia artística.

Entonces viene un período, el más inquietante por cierto, de grandes realizaciones artísticas de España en América. España señalaba los patrones serios para copiar y modelar. Pero el hombre americano por los invisibles y misteriosos caminos de la sangre, recordaba que él tenía una naturaleza, unas concepciones míticas, unos enunciados arcanos y complejos, que eran parte esencial de su espíritu. Quizás ese arte tan singular e imponderable que le destruyó la Conquista seguía pesando en su mentalidad creadora. Esas manifestaciones artísticas, que hoy son guiones y motivo de consulta y apasionada investigación dirigían, inconscientemente, su poder de creación. San Agustín, Tiahuanaco, Tarascos, Huaylas, Muchil, Mayas, Chavin, Olmecas, Chimú, Incas, Chiaco santiagueños, Zapotecas, Totanacas, etc., etc., como culturas seguían imponiendo su rigor. El mandato era del medio, de la tradición, del sentido peculiar que la vida tenía para el mestizo.

De allí la trascendencia de lo que significa el barroco en América. Llegaban órdenes oficiales para construir grandes monumentos, iglesias, etc. La imposición y la conquista económicas se habían logrado. Pero las gentes seguían reacias a escuchar el credo católico. Mientras los tenían a la vista guardias y empleados peninsulares, se estaban serenos, con su impasible rostro de cobre, repitiendo genuflexiones. Pero de allí salían a refugiarse en sus mitos, en sus creencias, en sus dioses, en sus ídolos. España no había logrado dominar la totalidad de la vida espiritual. Quizás no lo logró nunca. Porque aún se debate el americano entre las creencias impuestas y su propia mitología, que ancestralmente viene regulando sus dichas y temores. Se pensó que a través de grandes monumentos se podría desplazar los que aquí tenían los indígenas. Y así llamar la atención de su sentimiento moral y religioso.

Pero nuevamente volvió a hallarse esa confusa dualidad de actitudes en que se debatía el mestizo. Tenía que obedecer la orden imperialista. Y debía corresponder a su mandato íntimo, soterrado y finamente orientador de su obra. No podía librarse de ello. El barroco fue adquiriendo aquí características singulares. Llegó un momento, por ejemplo, en México, en que el barroco tenía valores plásticos que no concuerdan ni con los españoles ni con los europeos. Tiene ese barroquismo una manera de expresarse esencialmente distinta, fundamentalmente diferente. Justino Fernández, crítico de arte de amplias y serias obras, se atrevió a formular esta aseveración: "Nueva España contempló a mediados del siglo XVIII la erección de suntuosas iglesias, de extravagantes altares o retablos, de espléndidas residencias en que venía a culminar la expresión barroca más libre y atrevida, más rica y emocionante, que tenía una larga gestación y en la que este pueblo de América se expresaba con acento propio en obras que rivalizaban por su grandeza y originalidad con las del barroco español y europeo en general". Y Leopoldo Zea confirma esas apreciaciones, insistiendo en que se cambia de signo, no sólo en lo plástico, sino en el mundo espiritual. Que hay caracteres que se vuelven indelebles al más profundo sentimiento del mestizo mexicano. Raúl Flores Guerrero advierte que en el siglo XVII cristalizó la "conciencia nacional" y que ello explica el afán americanista que le da su sello intransferible al barroco. Pero aún más: Federico Hernández Serrano sostiene que ese barroco que trató de imponer España, se convierte finalmente en el "arte nacional por excelencia". América principia ganar la batalla aún imprecisa de su liberación.

La importancia del fenómeno estético no puede ser ignorada. Era una respuesta americana a un "estilo" de ultramar. Era la aparición de una personalidad, que había estado sojuzgada. Políticamente el mestizo no podía tener iniciativa en ese momento, pues ni existían ni se admitían los partidos. Económicamente, el afán de acaparamiento hispano lo había convertido en un paria en su propia tierra. Como funcionario no tenía ningún derecho a participar en las empresas cívicas. Como ser humano se le negaban muchas de sus cualidades. Entonces el arte fue su primer escape, el más esencial medio de afirmación de su personalidad, la de su naturaleza, la de sus creencias. De allí la trascendencia de esas afirmaciones que, inicialmente, toleraban y creían inocentes devaneos y esparcimientos. No alcanzaron a comprender que era la mejor y más auténtica manera de protestar contra el cerco a su espíritu. De hacerlo patente y de convertirlo en resistencia dinámica, en expresión de sus sueños.

Este suceso le da a lo que será la cultura americana un valor y una guía. Desde el siglo XVI, principiamos a advertir ya los signos de la creación propia. Pero la batalla sorda y enigmática estuvo en contienda desde el mismo momento en que las carabelas atracaron en tierras del nuevo mundo. Rodolfo Grossman, en estudios severos, se ha preocupado de puntualizar los hechos más valiosos acerca de los problemas que nos inquietan. Debemos hacer una enunciación de sus tesis, que vienen a relievar la trascendencia de los fenómenos que en estas líneas sugerimos:

1. Hay una tensión —desde 1492— entre la cultura europea y la cultura autóctona. "Obra en contra de una fuerte tendencia europeizante la misteriosa fuerza de la tierra americana" . Aquí se ha operado una síntesis, que llegará a tener una trascendencia como la que tuvo el encuentro de lo greco-romano con lo ibérico, etrusco, celta y germano.

2. La primitiva colonización de los españoles en América, florece en aquellos puntos en los cuales coincide con la cultura urbana de los indios, a la cual muchos suponen influida por Asia. Es estéril cuando no ocurre ese fenómeno.

3. La enseñanza tuvo que ceder y establecer el estudio de los idiomas indios en las universidades. En la literatura también se produce un enlace entre lo español y lo indígena, con características propias y diversas de lo hispánico. Al efecto, cita el libro "Lazarillo de Ciegos Caminantes", publicado en 1773 en Lima. Su lectura es una guía de observaciones, de apretados datos sociológicos de esta tierra.

4. Lo más duradero y vital es la arquitectura y las artes a ella aplicadas, donde el fenómeno del barroco va tomando caminos particulares en este continente. Por eso se desarrolló un estilo colonial "de sabor genuinamente americano", en el cual "casi imperceptiblemente se viene a introducir en el conjunto ornamental de las catedrales cristianas y de los palacios señoriales de la época del barroco, el ornamento indio que empieza a figurar al lado del europeo para ocupar el lugar de éste en no pocos casos".

5. El estudio "L’Argenterie Hispanoamericaine á 1, epoque coloniale", publicado en Génova, en 1950, del profesor de la Universidad de Ginebra, doctor Friedrich Muthmann, le permite destacar este juicio que con la claridad que da al problema lo ilumina por su acento de firme investigación: "Descubriremos numerosas analogías entre estas dos artes. Ambas traen su origen de un mundo fabuloso, fantástico, pero, sin embargo, muy real a los ojos del hombre y del artista de ambos continentes. Tal entrelazamiento de plantas, de animales, de monstruos, de demonios y de escenas religiosas, mitológicas o profanas era para el europeo de la Edad Media y para el indio la imagen de la vida, de la naturaleza, del universo. El arte precolombino que entró en decadencia ya antes de la conquista, quedó aniquilado, pero las aptitudes artísticas, el instinto decorativo y sobre todo la imagen del mundo se habían conservado entre los indios a pesar de la nueva civilización y de la nueva religión que les habían traído los conquistadores. Todo esto volvió a cobrar vida bajo la influencia de las artes decorativas de Europa. El resultado de esta aportación fue un arte americano, dentro del cual volvieron a adquirir su sentido primitivo, toda su frescura y todo su vigor gran numero de antiguos motivos europeos e indios".

Este investigador europeo viene a confirmar los enunciados que han proclamado, con timidez al principio y luego ya con énfasis, los estudiosos de todos aquellos elementos que sirven de base y fundamento para la presentación de una tesis acerca de los orígenes de una cultura en América.

6. Para poder influir sobre el indígena, hubo necesidad de ceder en cuanto a la utilización de mitos y símbolos en las iglesias. Ha sido fenómeno anotado rigurosamente que el transplante católico a América, dio como resultado el que algunos ritos se modificaran. O adquirieran otra calidad de expresión, todo en consonancia con el sentido de la vida y de la muerte que tenía el hombre de estas latitudes. Hay en Guatemala hoy mismo, pueblos donde la Semana Santa alcanza esplendor frente a los ritos ancestrales, que tienen que tolerar al margen de las prácticas de la religión oficial. En México el valor de la muerte es diferente al del católico español. En Boyacá, en nuestra Colombia, anotaba Armando Solano que creencias iniciales persistían en los corazones de los campesinos. Así podrían ampliarse los ejemplos. El hecho histórico es que hubo que realizar la hibridación. Y eso, para nosotros, ayudó a conformar el arte barroco, que tan claras manifestaciones auténticas tiene en este suelo.

7. Aún persiste el choque. El problema en 1500 es el mismo en 1950, dice Grossman. Son dos culturas que no han logrado acoplarse. La necesidad de llegar a un equilibrio, que él prevé fundamental para la evolución cultural de la humanidad, entre "el sentimiento mágico de la vida del indígena y el pensamiento del europeo cuyo fundamento es el concepto de la causalidad".

8. Nuestros pueblos han demostrado, desde la época de la Independencia, capacidad para vivir y desarrollarse sin apoyos y direcciones extraños. Con una personalidad política. Es apenas la consecuencia de una tradición cultural terrígena que, después de muchos años, volvía a orillar. La conquista precisamente había roto la formación de grandes núcleos nacionales. La independencia principia a reconstruir esas posibilidades.

Mariano Picón-Salas también coincide en advertir en el barroco una de las manifestaciones más punzantes del arte en América. España estaba resolviendo los problemas de manera diferente a como los enfocaba la época moderna. Llevó precisamente el barroco a un monólogo. Y no sólo ello, sino que lo puso a interpretar interrogantes aún de la Edad Media. Todo adquiere un valor críptico, pues hay un deliberado afán de no decir las cosas o una prohibición de que se manifiesten. Esa complejidad salva de afrontar, limpia y directamente, los interrogantes. Nada: lo esencial es volver a los emblemas caballerescos, a cierto plebeyismo, a un si y a un no, en la ceremonia y en la burla, en el respeto y en el desenfado, en lo contingente y en lo ultraterreno, etc.

Y siguiendo a Picón-Salas, en Hispanoamérica las tesis se complican frente a la hibridación de problemas que se plantean. A los hechos que ostentan valores que se desconocían o no se querían tener en cuenta. Pero que persisten serena, inconteniblemente. Por ello él tiene que llegar a afirmar que "la época colonial, y especialmente el período barroco que no ofrece al historiador la abundante historia externa de los días de la conquista, que contiene una verdad soterrada que requiere más fina pupila psicológica para descubrirla, es el más desconocido e incomprendido en todo nuestro proceso cultural histórico. Sin embargo, fue uno de los elementos más prolongadamente arraigados en la tradición de nuestra cultura. A pesar de casi dos siglos de enciclopedismo y de crítica moderna, los hispanoamericanos no nos evadimos enteramente aún del laberinto barroco. Pesa en nuestra sensibilidad estética y en muchas formas complicadas de psicología colectiva".

Gabriel Giraldo Jaramillo, en su libro "La Pintura en Colombia", puntualiza como América, con su mítico acento, le daba a la pintura y a la escultura valores desconocidos para el español. Es una comprobación de la tesis desarrollada la que hace el diligente y serio investigador, cuando sostiene que "inconscientemente se veían envueltos en el medio en el cual pintaban; el paisaje, el alma americana se metía de contrabando en sus telas; ya sea una hermosa y atrayente fisonomía indígena que bien podía servir de modelo para una piadosa virgen, ya uno motivos ornamentales de nuestra fauna o nuestra flora, nos está hablando de un medio aborigen que imprime indeleble a la pintura colonial americana".

Hay escultores en los cuales estos postulados tienen su entero cumplimiento. El mulato Antonio Francisco Lisboa, el Aleijadinho, de tan dramática existencia, en su obra relieva rasgos criollos. Sumergido en la fuente de su propia angustia, atenazado de pavor por el asedio de su desgracia, el Aleijadinho llevó a los rostros de sus profetas, en creaciones monumentales, el matiz típicamente nuestro, tanto en sus fisionomías como en el reflejo de sus expresiones íntimas. Y hay muchas tallas donde la flora y la fauna están elocuentes y reclamando su sitio de admiración. Manuel Chili, Capiscara, Zúñiga de Guatemala, Condori en Potosí, y muchos otros artistas, buscan expresar la fuerza original de su tierra. El bordado, la platería, la cestería, la cerámica en sus sistemas primitivos, contribuyeron fundamentalmente a conservar, en formas de gran primor artesanal, toda la tradición indígena. No es posible olvidar que las culturas autóctonas aún tienen significados crípticos. A pesar de las investigaciones no se ha logrado desentrañar todo el contenido de sus expresiones artísticas. Por ello no puede aparecer como hecho insólito el que en América se haya transformado el barroco. La tradición artística de este continente fue rota por la conquista. Pero allí quedan algunos de sus monumentos, de sus pinturas iniciales, de sus esculturas megalíticas, que responden por lo que constituían esas culturas milenarias. El pintor santafereño Gregorio Vásquez Arce y Ceballos, a pesar de su estilo tan europeo, aprendió maestría y técnicas de colorantes que eran recursos propios de los indígenas: "el elemí, resina de tono amarillo; la goma guta regional; las tierras amarillas, rojas, tostadas, usadas por los indígenas; el añil americano; el carmín extraído de la cochinilla".

De suerte que no hay nada incomprensible en el hecho histórico-artístico que hemos venido analizando. Es sólo la controversia de una tradición interrumpida. Se defendió a través de la sangre, por los vericuetos del subconsciente. El hecho podría ser estudiado, detenidamente, buceando en otras manifestaciones artísticas. La literatura, por ejemplo, da material abundante, de insigne repercusión crítica, para establecer que un vigor diferente agitaba las páginas escritas en esta tierra misteriosa. Inclusive los mismos cronistas españoles se veían atenazados por un enfoque particular de los temas. El idioma adquiría ciertos resplandores y algunos caracteres cabalísticos, que antes le eran desconocidos. Y unos interrogantes inéditos principiaban a invadir las páginas. Era otro el contenido, otra la fuerza psíquica que movía la creación, otro el derrotero que llevaba el escritor. Arturo Uslar-Pietri al aceptar la existencia de un barroquismo americano, también enuncia la presencia de un sistema literario con caracteres diferenciados a los de Espana. Robert G. Mead sostiene que la literatura nació con la conquista. En ese momento hay un nuevo vocabulario, un enfoque diferente de los temas, una inquietud humana que se opone, en parte considerable, a los modelos ultramarinos. Era un apasionado y profundo matiz el que imprimía América. Tanto que crea su sistema literario con personalidad. Pero este asunto lo tocamos tangencialmente, para insistir en que este continente principió su gran revolución, su inquieta liberación, desde que el mestizo se incorporó con su ansia espiritual al mundo de las creaciones. Allí comenzó la derrota de España en sus sistemas, en sus enseñanzas, en su afán imperialista. La invasión y el mandato de la sangre eran más arrolladoras y eficaces que la fuerza de los conquistadores.

Y esto se repite en toda América. Igual en el Perú que en México. Lo mismo en Colombia que en otros pueblos del Paraguay. Al efecto, no podemos resistir la tentación de repetir lo que cuenta, en forma deliciosa y patética, nuestro gran escritor continental Germán Arciniegas. Es una confirmación de lo que aquí hemos venido hilvanando, apoyados en datos científicos. Y que abre una ceja de luz para que nuestros investigadores y críticos colombianos busquen, ahora sí, cuál es el vigor del mensaje de nuestros artistas anónimos del siglo XVIII. Y que internándose en su estudio, vayan diciendo cómo América tiene su auténtica presencia, su densidad, su vigor incontrovertibles. Que todo ello no pudieron sonsacarlo, ni doblegarlo, a pesar de la fuerza de la imposición gubernamental. Sin obedecer a la guía oficial que señalaba lo permitido y lo bueno; y que no dejaba al mestizo la facultad de resolverse por lo desconocido o por lo "malo".

Cuenta Arciniegas que cuando llegó a Colombia el escritor don Luis de Zulueta, profesor español de fina sensibilidad artística, lo llevó a la capillita de Santo Domingo, en el Templo de San Francisco, en Tunja. El la considera una obra de singular valor pues ese retablo parece de "una vieja catedral española". Para revivirle a de Zulueta la emoción de su patria, lo condulo allí. Este observó, contempló, se extasió. De pronto regresa y sentencia:

—"Es extraordinario. Todo esto es americano!!!".

No es otra cosa, como hemos tratado de demostrar, a través de estas páginas, que el golpe de la sangre mestiza. La liberación de América caminando en la nueva emoción de un hombre que siente y asimila su paisaje y toma posesión de su tierra.

 

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